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por LUIS MIGUEL RIVAS // Ustedes no saben lo que es oír el nombre de uno saliendo de ahí, de la radio. O sea, que las palabras con las que a uno lo bautizaron las esté escuchando todo el mundo en todas partes: “Un saludo para Manuel, ‘El Muelas’”. Uno como que existe más, uno es más grande que uno. A uno lo están diciendo en la radio.

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // Los nombres de pila, o los apodos, empezaron a oírse los sábados en el horario de seis a diez de la noche. Desde el inicio los oyentes sintieron que aquel gesto era algo más que saludarse; se estaban reconociendo como parte de una tribu urbana en torno a los ritmos afrolatinos y caribeños

Un silencio sostenido

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 45 Mayo de 2013

El maestro llegó del Centro y se puso a sintonizar un radio de tres bandas, de esos en los que se pescan las frecuencias más remotas. Entre el ronquido hertziano alcanzó a oír las notas de Hacia el calvario, transmitidas por Radio Moscú. La música había cruzado la Cortina de Hierro, y en ese momento él la estaba oyendo allí, en su casa de Pichincha, en el barrio El Salvador.

No les dijo nada a sus hijos, apagó el radio, abrió el piano y siguió pulsando las teclas hasta el mediodía, en el almuerzo, cuando le comentó a Raquel, su esposa, que los rusos estaban poniendo esa canción.

Este Carlos tan requeñeque para hablar, diría ella. ¡Cómo es que oye su propia canción por allá, desde el otro lado del mundo, y se queda callado!

Iba al Café La Bastilla todos los días a encontrarse con León Zafir, ‘El Vate’ Gonzalez, Tartarín Moreira o José Mejía y Mejía, los infaltables de esa mesa. Vieco anclaba allí, pedía un tinto, se lo bogaba en silencio, sin dejar de teclear en las rodillas el piano invisible que siempre llevaba consigo. De pronto, se sorbía el poso del café, se paraba y decía: “bueno, hablamos…”. Y esas podían ser las únicas palabras que decía en toda la mañana.

Oía en su cabeza acordes y arpegios todo el tiempo, y pensaba que el resto del mundo también los oía y por eso no hacía falta decir nada. Su cabeza bullía como un panal de notas. “No me pregunte nada, por favor”, decía con frecuencia al gacetillero de turno que soñaba con la entrevista a ocho columnas. “Dígame qué quiere que le toque”, agregaba, para no parecer desatento.

Al cumplir los dieciocho, y ante el temor de ser reclutado para el servicio militar, Carlos Vieco se refugió en casa de sus padres durante tres meses. Allí llegó un pariente a sugerirle que huyera hacia la parte alta del cerro El Salvador. La idea le quedó sonando y se sentó a componer la canción Echen pal morro, un llamado a la desobediencia en ritmo de pasillo.

En la Escuela de música de Santa Cecilia el maestro de Vieco, Jesús Arriola, convenció a unos intérpretes para que la tocaran. La melodía se estrenó con aplauso cerrado en el Circo España, el escenario más popular de Medellín en los años veinte. De golpe, la pieza comenzó a ser parte del repertorio de los rollos de pianola, la música mecánica que sonaba a lo largo de la Villa. Pocos sabían que su autor era un tímido joven que enseñaba guitarra a las señoritas de la alta sociedad.

Carlos intentaba componer desde los siete años, según la leyenda familiar. Su padre, don Camilo Vieco, ebanista de profesión, también interpretaba varios instrumentos, pues había heredado el gusto por la música de su padre Emigdio Vieco, un flautista de origen italiano radicado en Yolombó en el siglo XIX.

Después de emigrar a la capital de Antioquia desde el Nordeste, Camilo conoció a María Teresa y fundaron un hogar curioso en estas tierras. Si para cualquier patriarca antioqueño la idea de que un hijo suyo se vuelva artista es sinónimo de bohemia, pobreza y holgazanería, Don Camilo en cambio pensaba que este era el mejor destino para su prole. Así que no solo matriculó a los nueve en escuelas de arte, sino que además les infundió el gusto estético que lo llevó a tallar en madera el altar mayor de varias iglesias, a tocar guitarra y a componer pasillos. Al cabo del tiempo los hermanos de Carlos no fueron diletantes sino artistas de verdad: músicos, pintores y escultores con obras renombradas. Carlos, el benjamín de la casa, después de estudiar en el Liceo Antioqueño aprendió dictado musical y armonía, como el resto de sus hermanos, para luego conformar la orquesta de los Vieco, que era un furor en los bailes de salón y en los festivales de la canción antioqueña.

Otra de las piezas más celebradas del maestro fue su obra Noches de Agua de Dios, compuesta a beneficio del leprocomio donde estaba recluido el también compositor Luis A. Calvo. Faltaban solo doce días para el acto benéfico cuando desde Agua de Dios encomendaron a un locutor que entregara la letra a Gonzalo Vidal, autor de la música del himno antioqueño. Este pretextó que era muy poco tiempo para inventar una melodía. Sugirió el nombre de ese muchacho que había compuesto Echen pal morro, cuyo talento apenas empezaba a trascender. “Ese lunes llegué a la casa, me senté al piano y me dediqué a escribir –dijo Vieco un día que andaba locuaz–. Francamente no creo que me haya demorado más de media hora. Al día siguiente, martes, madrugué, como suelo hacerlo desde joven, y le llevé la música al locutor”.

Después del estreno en el Teatro Bolívar, la facilidad para componer y el talento que resonaba en las melodías de Vieco empezaron a pregonarse por todo el país. El propio Luis A. Calvo, autor del Intermezzo número dos, vino a conocer a ese prodigio de la lied paisa. Tocaron a cuatro manos varias piezas, pero después de la visita las tías de Carlos lo obligaron a bañarse en alcohol, porque cómo se le ocurría tocar en el mismo piano con un leproso. Vieco quedó contagiado del deseo de hacer una música refinada como la de Calvo. Varias circunstancias se cruzaron para frustrar la obra que quería hacer, a la que le dedicaba largas horas y que guardaba con orden en un secreter de tres piezas. Esta música, compuesta en más de tres mil partituras, tiene un aire algo distinto de las canciones del sentir popular, las que el mercado y los poderosos le impusieron, junto con las medallas para adoptarlo como un símbolo de la raza montañera.

Hasta hoy la imagen que tenemos de Vieco es la de un compositor popular. Sus piezas aluden a escenas bucólicas que recuerdan lo que se va quedando atrás por el delirio de modernidad y la migración de los campesinos hacia la urbe. A eso tal vez se deba el eco emotivo de canciones como Adiós casita blanca o Tierra labrantía, que obligaron al maestro a hacerle más caso a ese sentimiento que a su propio deseo de hacer otra clase de música.

En 1937, en otra sesión con sus amigos del Café, León Zafir le entregó una letra para que la enviaran a un concurso que organizaba Bellas Artes. En la misma mesa el autor sacó las notas en veinte minutos. No pasó nada esa vez, y entonces Vieco, algo dolido, la mandó a un concurso en Estados Unidos, porque le gustaban las competencias. Para este segundo concurso sí les avisó a los suyos que iban a dar el veredicto por radio. Se reunieron en la sala alrededor del transistor. Un locutor de una cadena americana anunció en español los nombres de las canciones. El grito unánime se escuchó en todo el barrio. Te vi cultivando rosas había quedado de tercera entre quinientas canciones de Latinoamérica.

El reconocimiento público no disipó su inspiración, que ya tenía domesticada a punta del ejercicio cotidiano frente al piano y la escucha intensiva de las piezas en el almacén musical de su hermano Alfonso, en la Avenida De Greiff. Vieco se sentía atraído por la música europea, en especial por el vals, la zarzuela y la opereta. En alguna ocasión comentó: “qué dirá la gente si escucha estas cosas, les debe sonar muy raro”.

En 1937 se estrenó en el Teatro Junín como director de su opereta El romance esclavo, con letra de Arturo Sanín. La trama de la obra es la historia de una dama de alcurnia que en un veraneo en Santa Fe de Antioquia se enamora hasta la perdición de un esclavo. Al regresar a la Villa de la Candelaria sus padres la destierran, pues la noticia de su aventura ha llegado antes que ella. Entonces interviene Juan del Corral, quien pugna por abolir la esclavitud y favorece el encuentro de los amantes furtivos. El arrebato amoroso se convierte en el detonante principal de la independencia de Antioquia.

Aunque a las funciones iba poca gente, Vieco estaba contento con su labor de director de opereta, mientras su esposa Raquel llevaba con firmeza la batuta de un hogar con diez hijos y otras cargas de las que no podía entenderse alguien que solo pensaba en componer otra melodía aún más pegajosa que la anterior, o una contradanza para su secreter. La posteridad daría cuenta de otro Vieco, más sutil y profundo, un autor refinado a la altura de Schubert y otros maestros vieneses. Raquel entendía con admiración los largos silencios de su marido, y hasta se reía de ellos en público. Contaba que Carlos se hacía el que escuchaba las confidencias de ella mientras oía esa música interior.

El mutismo del maestro se hizo más hondo después de una tragedia familiar de la que no logró reponerse. Al regresar de su recorrido por el Centro no encontró a nadie en casa, y algunos vecinos de la calle Pichincha le contaron que a uno de sus hijos menores lo había arrollado un bus de servicio público al volver del colegio. La muerte del pequeño lo sumergió en la honda pena de la que habla una de sus canciones. Desde entonces, Vieco, triste y lejano, se refugió otra vez en la creación de una música que parece replicar el tono de su emoción de esos años.

Como saben los pocos conocedores de su obra, los que han repasado las partituras que solo interpretó en su cabeza, Vieco compuso obras en todos los géneros de la música andina. Les puso melodía a poemas de Barba Jacob cuando este aún vivía, y a los de cientos de escritores anónimos que tocaban a su casa para entregarle un papelito o se lo tiraban por debajo de la puerta, con la pretensión de que el maestro pusiera a sonar sus estrofas. Cuando alguna letra le gustaba empezaba a agitar el índice para medir los compases.

En los sesenta, el pasillo, el bambuco y la guabina fueron quedando a un lado por la irrupción de la música costeña de la mano de Lucho Bermúdez, otro prolífico. Vieco, que también hizo galerones, torbellinos, marchas, valses y zarzuelas, e incluso un réquiem de broma para un contertulio del Café La Bastilla, sufrió un traspié creativo. Cuando los productores empezaron a pedirle ritmos que surtieran la fiebre tropical, el maestro, por primera vez en su larga historia de genio repentista, se declaró impotente para traer una cumbia al mundo. Llegó a componer tangos para Agustín Magaldi y obras para Juan Pulido, el divo de Columbia Records, pero pedirle cumbias era demasiado.

Mientras tanto, con su clarinete caribeño, Bermúdez se hacía seguir de un séquito de muchachas hasta el lugar de la pachanga, como en el cuento El flautista de Hamelín. Una tarde el músico costeño y su cola de embrujadas llegaron hasta una finca que tenía Bernardo Vieco, hermano de Carlos, en las lomas de Robledo. El recato de la época los obligaba a hacer los bailes de día para que dejaran ir a las mujeres. Cuando ya la fiesta estaba prendida, se largó un aguacero que se extendió hasta por la noche. Las niñas dejaron de bailar, empezaron a agitarse nerviosas de un lado a otro del zaguán, con temor a la sanción de sus padres por la tardanza. Entonces Lucho Bermúdez, que no pudo convencerlas de que siguieran la rumba, se sentó a componer, en media hora, un tema a manera de crónica sobre lo que estaba pasando: Sal si puedes, un porro que se volvió inmortal. Pedirle a Carlos Vieco una pera de esas era el colmo, sobre todo después de la muerte de su hijo.

Los figurones del espectáculo que visitaban Medellín tenían en sus agendas una visita obligada a la casa del maestro, y se hacían tomar fotos con él mientras Vieco, como siempre, callaba y volvía a preguntar “qué quiere que le toque”. Al final de sus días, cuando una enfermedad lo postró, eran sus hijos los que iban a tocarle sus canciones. Vieco se sintió desesperar con los sonidos de sus propios ritmos, y ordenó que nadie volviera jamás a tocar ese piano.

En una de las escenas de La puntual inspiración, un documental que estaba grabando en casa del maestro, su hijo Julián Vieco, violinista jubilado de la Orquesta sinfónica de Bogotá, extrajo del secreter una partitura, la ensayó en su cabeza un rato y luego se puso a tocar una fantasía colombiana indescriptible, porque como decía el mismo Vieco, “hay otros que tienen palabras para todo, pero yo no he podido”.

“Creo que es la única vez que eso se ha escuchado –me dijo Julián, conmovido–. Lástima que usted no sea músico para entender lo que yo siento”.

A su funeral de tres días asistieron, además de sus amigos, próceres de la república, tunas, coros, reinas de belleza. La multitud tarareaba entre llantos la música de Hacia el calvario, que acompañaba el cortejo. Los amigos del Café sabían que esa obra no tenía una intención religiosa sino que era otro de los poemas de León Zafir, en el que el poeta describía su ascenso por una montaña hacia la cárcel de Concordia mientras la policía de rentas lo llevaba a empellones. Al bohemio Zafir lo habían sorprendido por esos caminos transportando tapetusa de contrabando.

El diario de la parroquia tituló No faltó nadie. Y eran tales los duelos y gemidos, que la propia viuda tuvo que tomar un megáfono para pedir que por favor no crecieran el dolor con tanto llanto porque lo que más quería Carlos Vieco era silencio.

Familia Vieco Ortiz. Fotografía Rodríguez. Carlos en el extremo izquierdo. 1944.

por DORA LUZ ECHEVERRÍA // Aunque el Gordo Aníbal era bien ducho en el oficio, los de la mesa del fondo lo retaron cuando comenzó a tratar de calmar los ánimos, y uno de ellos, ya de pie, dijo mirándome provocador: “también traen niñas a Guayaco, ¿será que brindamos con ella?”, “hombre negro, yo no creo, no ves que ni tan niña será, con esa culifalda”…

Ciudad vs. pueblo

por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 25 Julio de 2011

“El oro no estaba en las minas sino en el Parque Berrío”.
Frase de un ingenio local alrededor de 1910

1

El Parque Berrío todavía entrega su sombra de palmeras a cambio de la mierda inofensiva de las palomas. A simple vista, palmeras y palomas es lo único que le queda de parque de pueblo a esa casilla arrinconada del centro de la ciudad: aplastada por el metro, sitiada por los taxis, animada por el sermón de los vendedores de la pujante industria del porno local. Ahora el parque no es más que una modesta plazuela de paso coronada por un prócer diminuto, empequeñecido por la escala de los edificios y los hombres, de los buses y la gorda de Botero.

Pero en los corrillos espontáneos que se van juntando bajo los árboles se puede encontrar el Medellín más pueblerino, una increíble colección de montañeros que han elegido el ombligo maltrecho de la ciudad para cantarle a su pueblo perdido. Todos tienen los dedos roídos de rasgar las cuerdas y fumarse el cigarrillo hasta la última pavesa. Y entre ninguno de los tríos juntan 32 dientes. Se agrupan según los alientos del día, las complicidades de la botella, los resentimientos de la última gresca. Van y vienen deshaciendo los tríos, conformando los dúos, completando los cuartetos mientras una sinfonía de desocupados los oye con dudoso entusiasmo. Un poco más atrás vigila la horda de tinteras, rondando, las unas ofreciendo el termo, las otras ofreciendo el trono.

Por momentos el centro de Medellín, ignorado por los citadinos que cruzan en busca de una rebaja, parece la plaza de algarabías de un caserío recién fundado por las desgracias del desplazamiento, los azares de la coca o las promesas del contrabando: Cartagena del Chairá, por decir algo, o Remolinos del Caguán, o Medellín del Ariari. Todos se conocen en medio de esa extraña caricatura del pueblo en la ciudad. Los más viejos hablan del ambiente de fiesta que fue creciendo, hace 20 o 25 años, alrededor de los carros de mercado que vendían cerveza, guaro, salchichón, cigarrillos. Poco a poco los músicos callejeros fueron acompañando el chirrido de esas cantinas ambulantes. Muy pronto los surrungueros se hicieron indispensables y lo que era una beba de cartas y alegatos frente a un carro ambulante, se convirtió en baile y cantata. “En ese tiempo algún gracioso le puso el Parque Berrido”, me dice una de las gargantas de vieja data.

2

Es sábado a las 2 de la tarde y se cuentan más de 20 guitarras entre las activas y las enfundadas. Los corrillos apenas están afinando las historias de la noche anterior: un viaje repentino a tocar en una fiesta en San Pedro, dos horas de música carrilera que resultaron en La Estancia, en el Parque Bolívar, un contacto del tercer tipo con una de las bailarinas ocasionales del parque. Lucely es una de las fundadoras de la escena. Acaba de llegar de un recorrido en buses con su parlante compañero: “Me cansé de tocar con otros músicos, eso es muy difícil, los humores de cada uno, de cada día… Esto no es sino prenderlo y listo, no pone problema.” Parece que antes de la primera canción es necesario una especie de desahogo sin acompañamiento, a palo seco: “Yo empecé a cantar por un desespero, por un hijo enfermo. Estaba lista pa robar, pa ime pa la pieza con el primero que me ofreciera. Y resulté cantando. No sabía, pero cantaba con el corazón”. Sus primeros temas hacen parte de esa inagotable colección de desgracias que se lloran en las cantinas: Mil puñados de oro y Cruz de madera.

Lucely me hace una lista de muertos que no alcanzo a copiar en mi libreta: tres de sus maestros musicales a los que llama el difunto Argemiro, el difunto El Tábano, el difunto tales… Más dos hijos asesinados en Ituango y Medellín. Tiene los ojos chiquitos, esquivos, perfectos para esas canciones de llantos eternos. Abrazada a su parlante canta una alegoría a las madres solteras, sin afán, con la misma parsimonia y concentración con la que me acaba de contar un pedazo de su vida. Su canto y su cuento tienen la misma letra truculenta.

Desde que llegó el metro con sus alardes de trapeadora y su cultura de ascensor, los músicos populares del Parque Berrío fueron perseguidos como la peor de las plagas. Muecos, con tufo a alcohol y canciones de lágrimas y puñales, con sombrero peludo y zapatos sufriendo su tercer dueño, los músicos, los bailarines y los pegados del parche le parecían al metro impresentables para sus alrededores metropolitanos. Recordaban demasiado a los personajes callejeros, algo siniestros y desaliñados, que sólo le gustan a la cultura oficial cuando están pintados por Débora Arango o retratados por Benjamín de la Calle. Los policías comenzaron, entonces, a trabajar en el desalojo del parque y la guitarra se volvió una amenaza: “Es muy difícil conseguir a uno de por aquí que no haya terminado en el comando”, me dice el Segoviano, un cantante vestido con la camisa del Nacional.

En medio de esa purga contra la guasca, la carrilera, la parrandera, el despecho y sus costumbres, surgió una escena que cambiaría un poco la historia del parque. Eran los tiempos en que Lucely aún no había descubierto a su compañero el parlante y andaba con la guitarra a cuestas, su cruz. Un policía trata de arrebatársela y ella da pelea con las pajuelas como única arma. El tombo gana el duelo y amenaza con quebrar la guitarra contra el piso. Una estampa perfecta para un stencil. José Manuel Barrionuevo, un hombre de Barranca curtido en rebusques y caminancia, ve todo el tropel desde una esquina y decide comprar la pelea. Salva la guitarra y se le ocurre que hay una buena posibilidad de pelear por los músicos del Parque. Tiene varias categorías que seducen en el lenguaje burocrático del momento: población vulnerable, desplazados, gestores culturales. Comienza a llenar planillas, sacar carnés, juntar tríos camino a la secretaría de cultura. Barrionuevo se declara analfabeta musicalmente. Tal vez así tenía que ser para animarse a dar la pelea por los músicos en el escalón más bajo de la tarima.

El metro debió resignarse y decidió poner una línea imaginaria que los músicos y su guachafita se comprometieron a no cruzar: “Ese es el paralelo 38”, me dice Barrionuevo entre risas, aludiendo a la línea roja entre las dos Coreas. Ahora los merenderos tienen el compromiso de pensar más en la guitarra que en la copa mientras estén en el Parque, y cumplen con discreción, yendo a enjuagarse la boca cada tanto a una esquina cercana. Incluso lograron recibir clases de técnica vocal en la sede del Banco de la República y lucir los adelantos en un concierto de lujo en la Minorista.

3

A comienzos del siglo XX el Parque Berrío también era un escenario clave en la lucha del pueblo contra la ciudad. Medellín tenía seis “automóviles” y comenzaba a desdeñar las casas de balcones que alojaron durante mucho tiempo los almacenes surtidos y los apellidos ilustres. Cuando los incendios de 1916, 1921, 1922 y 1925 dejaron sus estragos en el Parque, buena parte de la ciudad celebró con el carro de bomberos: “Sobre los escombros se levantaron magníficos edificios modernos que son adorno de la ciudad”. Los incendios eran un mal necesario para abrir paso al Edificio Olano y al primer ascensor de la ciudad, o para el Edificio Henry -llamado rascacielos-, y que algún milagro sostiene todavía en pie.

Ahora, cuando los esplendores del Parque Berrío son imposibles de reconstruir desde la visual de Pedro Justo, cuando la ciudad decidió sepultar su cuna bajo su gran orgullo, los personajes que se reúnen día a día para cantar y bailar sus cuitas, hacen posible vivir en el pueblo pretencioso de Cosiaca, Marañas, Lorita y demás vagos de pata ancha y ruana. Ese Medellín que baila a salticos en los corrillos del Parque, que exhibe la mirada vidriosa de los jubilados sobre las putas jubiladas, que rebusca monedas invocando brujas y resuelve todas las discusiones con el refranero, es un sumidero privilegiado en la ciudad. Ahí no está solo una colección de lo más granado de los montañeros de la provincia, están los campechanos más rebeldes, más bohemios como todavía dicen en los pueblos, los menos obedientes. Intentan mezclarle algo de guitarra al palustre de la semana y no se dejan atortolar por el reguetón ambiente: “A mí me tocó venirme pa Medellín porque uno de músico en el pueblo es visto como un loco, un borracho sin oficio”, me dice El Genuino de Antioquia. Algo parecido dijo el inglés Charles Saffray cuando salió de lo poco que había en este valle a finales del siglo XIX: “… en aquel pueblo ocupado sólo en buscar progreso material, los sabios, los poetas, los músicos, los artistas quedan siempre pobres, sin poder construir una clase separada.” Lo han logrado a medias: ahora tienen carné de desplazados, asociación de músicos populares y el beneplácito a regañadientes de la nueva iglesia local y sus vagones.

por PAULA CAMILA O. LEMA // No sé si les pasa, pero cuando llega diciembre, y en tiendas y cantinas resuena un chucu chucu de esos cuya letra todos nos sabemos, de repente me entra lo que me gusta llamar el “síndrome decembrino”: instintivo meneaíto chucuchuquero, que las tías, casi siempre en diciembre, casi siempre al calor de un aguardientico, acompañan de un siseo, muy de tía: ps, ps, ps.

Líbido, un antro sin máscaras

por EDWIN VÉLEZ

Número 4 Febrero de 2009

Corre la voz. Unos metros abajo del Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, se encuentra Líbido. El lugar donde concluye la noche, o mejor donde comienza para aquellos que no quieren dejarla ir.

El lugar está al costado izquierdo sobre una de las vías principales que conducen a Campo Valdez, Aranjuez, Santa Cruz y los Populares. Sólo abre los viernes y sábados. No tiene ningún aviso en su fachada. Para llegar allí es necesario conocer la ubicación precisa. Es una casa vieja, con dos ventanas con rejas de hierro y una puerta de aluminio. Al frente un árbol gigante de caucho. Pero si vas demasiado ebrio, quizá la próxima vez no puedas llegar de nuevo, conozco algunos amigos que han tenido que devolverse, frustrados por no dar con la casa, a pesar de haber pasado por su frente varias veces.

Tampoco hay teléfono allí, sólo un armazón de plástico que sirve de adorno. Y, es posible, que al entrar dejes de recibir tu señal de celular. Esto le ha significado a muchos la separación o la prohibición de volver allí.

Líbido se ha convertido en un referente en la Ciudad. Es el sitio para rematar, pero no es para todos los gustos. Quienes lo conocen no hacen alarde y quienes nunca han ido crean imaginarios sobre sexo desenfrenado, drogas ilimitadas y rock mucho rock. La verdad es más compleja y quizá lo único cierto sea el rock and roll y la vivencia de un sitio oscuro, denso y gótico.

En Líbido confluyen todas las ansias de libertad y a veces se produce la chispa que desata todas las inhibiciones y la rumba puede llegar hasta las diez de la mañana; eso sí, casi siempre empieza mucho después de la medianoche. Por eso para llegar a Líbido es necesario beber bastante y entrar en ese estado de desenfreno en el cual todo es posible y la vida es bella y eterna. El periplo puede empezar en el Parque del Periodista o del Poblado, seguir en algún bar de rock o de salsa y finalizar en Líbido a las 3 am, hora pico del lugar.

No se puede definir este antro. Siempre es un lugar que se le ocurre a uno de los ebrios que nos acompañan y que guarda un buen recuerdo, pues allí, en medio de las paredes húmedas y descascaradas, los baños mugrosos y llenos de orín, y el ambiente denso por el humo, sintió esa energía que te conecta con los dioses y se hizo adicto.

Tocas la puerta y entras. Dos personajes indefinibles como el lugar te cachean y te cobran un cóver mínimo; no entiendes por qué. Sigues y tus ojos intentan acostumbrarse a la oscuridad, estás en la sala de una casa, al fondo un closet se mueve, pero no puedes asegurarlo. En la habitación contigua hay una cama y algunos muebles, está iluminada solo por una luz negra, las paredes pintadas con motivos fantasmales te invitan a perderse en ellas.

Enseguida, otra habitación amoblada y al fondo un pasillo donde reconoces las filas para el baño y con el poco olfato que te queda, el olor ácido a orín, cigarrillo y alcohol. Hay gente, mucha gente, pero no distingues a nadie. Está demasiado oscuro.

Sigues y encuentras el patio, también lleno de pinturas de fantasmas oscuros, decorado con baldosas de arabescos, como las de la casa de la abuela, y al fondo una barra y en ella Mario Líbido, que parece alguien que se ha salido de la fiesta para ser el barman y poner la música; pero no, es el dueño. Estamos en Líbido, la casa de Mario, y esa es talvez la definición más aproximada de este lugar de la noche.

Una vez adentro nadie te mira ni determina. Puedes contorsionarte, saltar de cabeza o hablarle a cualquiera de las pinturas y será totalmente normal. Puedes fundirte en un abrazo con un desconocido, con un metalero, un punkero, un abogado, un artista o un pillo y todo será natural. En Líbido puedes quitarte las máscaras y ser sólo uno más de la jauría humana; ser libre y mirar hacia arriba y claro ver el techo lleno de humedad y la pintura cayéndose y formando diseños abstractos que nunca te imaginabas contemplar, hermosos te dices. Te preguntas sobre lo divino, lo humano ha dejado de importar.

Luego suena The Doors. Te desconectas:

You know the day
destroys the night
Night divides the day.
Tried to run, tried to hide
Break on through to the other side

Cantas y sólo puedes brincar y contorsionarte. Luego te rodea un tumulto, no te das cuenta y empieza el pogo. Pero no te importa, es como una forma de comunicación, no sientes dolor, te caes y te paras y buscas los cuerpos con ansia de golpear y ser golpeado. Gritas un coro que no escuchabas hace mucho tiempo:

Hit Man Hit Man
You’re Not Afraid To Die

Todo se hace más suave, el dulce olor de la hierba te atrapa. Recuerdas épocas pasadas. Las canciones se suceden, bailas y luego te sientas, bebes otro poco. Miras el reloj y te das cuenta de la hora, pero no importa. Suena Nirvana y quieres pararte al pogo, pero todos se abrazan y gritan:

With the lights out,
it’s less dangerous
Here we are now, entertain us
I feel stupid and contagious
Here we are now, entertain us
A mulatto, an albino
A mosquito, my libido, yeah

Te dices que esa canción siempre debe sonar allí. No hay ninguna más apropiada.

En cualquier momento de la noche llega la policía. Pero no hay requisas. La música rebaja un poco, el humo denso escapa por el patio y te das cuenta que se puede ver un pedacito de cielo desde adentro y con suerte la luna y con más suerte sentir la lluvia allí mismo mientras suena Shadowplay de Joy Division.

Mario te dice que allí es el lugar de la tolerancia, Sin máscaras, sin pretensiones. Que esa es su casa y donde tiene la vida y el alma. Te cuenta que estudió pedagogía y que quiere trabajar, ser maestro; mientras tanto piensas en dejar de trabajar y tener un lugar así para liberarte.

Siempre fue su sueño tener este lugar; empezó hace trece años con una grabadora en el garaje y ha tenido público sólo desde hace 5 años; los otros 8 los pasó solitario en Líbido. “Hice esto en contra de la familia, los vecinos y la iglesia de la esquina, en la que me acusaban de satánico cada fin de semana. Pero seguí constante, aquí encontré mi energía. Quizá porque en esta casa velaron a mi padre, en esa sala”.

Los policías beben gaseosa en un rincón. Uno de ellos le pregunta a Mario si las paredes y el techo están descascarados intencionalmente como decoración. Mario le contesta que las paredes y el techo de Libido están vivos y que le agradecen cada vez que pone música, pues se les va la humedad y el tiempo que las corroe. Los policías ríen y se marchan. Por esta noche han dejado tranquilo a Líbido y la gente sigue llegando.

Sube de nuevo el volumen y Mario toma un micrófono, con voz ronca grita frases de tolerancia, invita a hacer el amor detrás de las cortinas, en el closet. “Cuidado con el dedo gordo de la Novia” y concluye con una canción de Metallica que suena atronadora y maravillosa.

Luego suenan grupos de rock, punk y underground de Medellín. Frankie ha Muerto. Encisos After The Rain. Nepentes. IRA. Fértil Miseria. Luego el pogo y en medio de todo una canción de Héctor Lavoe. Algunos se acercan y hablan con Mario; él dice que eso es pedagogía de la tolerancia.

Cuando el primer rayo de sol despunta por el patio, huyo hacia la salida. Con los ojos inyectados de sangre, miro a Mario y me despido. Levanta la mano y me recita una poesía de la que recuerdo sólo el final: Dios te bendiga y te deje en el infierno 78 años.

por TOMÁS CARRASQUILLA // El relato de una juerga de un día completo con final en la cárcel y jóvenes alebrestados por el anís y el respaldo de la pistola en la pretina, es la historia de Tomás Carrasquilla más cercana a los alborotos del Medellín de nuestros días.