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Mauricio Builes

Lina Britto

Pedro Villa et al.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // Ancón sigue sonando y tronando. Es un mito nebuloso. Buscarlo en la prensa vieja logra que se oigan algunos ecos de sus bandas recién creadas y sus contradictores que son joyas de anticuario. Aquí encontrarán las versiones acústicas y en estudio. Habrá barro y humo.

Julián Quintero

También con miedo, también con fuerza

por SIMÓN MURILLO MELO

Número 106 Mayo de 2019

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Piedad es una maestra de primaria en sus cincuenta con una voz dulce de asperezas escondidas; hoy tiene una camisa de Pink Floyd escotada y tacones destapados. Un pelao de chaqueta llena de pines le viene a dejar unos cedés de su banda, Odio, para que los venda en su tienda: Rock and Roll.

—¿Me trajiste factura? —le dice Piedad.
—No, nada.
—¿Cómo que no, pirobo?
—Es que yo confío en usted.
—Es que no se trata de confianza. Es por tener la contaduría hecha, bobo.

Rock and Roll queda en el segundo piso del Centro Comercial Paseo de La Playa, un edificio de dos pisos en la esquina de La Playa con la Oriental, rodeado de hombres repartiendo volantes. Uno de ellos con crespos a lo Zarco persigue a una señora y le dice casi al oído: “Nos vamos a perforar, nos vamos a tatuar, pipas, narguilas, copas pa hacer el amor”. Es un resumen de lo que ocurre adentro: un sábado cualquiera el sitio zumba con las agujas de los tatuadores y parece que cada local está repleto.

En Rock and Roll no tatúan ni hacen piercings. Máscaras de películas de terror adornan las paredes, las acompañan sostenes de taches, colgantes, medias veladas negras repletas de patrones intrincados, camisetas de punk, de hardcore, de metal, de rock, zapatos de plataforma recubiertos en tartán, botas hasta la rodilla, arneses y objetos que no sé cómo se ponen y no estarían fuera de lugar en una tienda sadomasoquista. Lo atienden las hermanas Castro, que son además el alma de Fértil Miseria, una banda fundamental del punk antioqueño, la primera íntegramente compuesta por mujeres, cuando tocaba con ellas la fallecida Yolanda Molina.

Fértil suena a la Oriental, cuando el orín se combina con el esmog y los pitidos de los carros no tienen fin y los edificios se tragan el sol:

Amarillo encabeza
la gran farsa
Azul el cielo
Rojo la muerte
van a adorar
a la bandera
negro es el color
de la bandera
sucio es el color
de la bandera (…).

Vicky es la que canta y escribe las letras. Es pequeña y tiene la cabeza casi rapada y entre los pocos pelos claros y las canas se alcanza a ver un tatuaje que le cubre todo el cráneo. En los brazos hay muchos más, entre ellos una esvástica negada; su cuerpo, un testamento de horrores y resistencia en el siglo XX. “La ropa no lo hace a uno, pero mientras más roquera me vista mejor me siento”, y habla del visaje de “un bobo hijueputa con una cresta o una cadena pero que no sabe nada”. Ella fue la primera mujer vocalista de una banda de punk, posiblemente la primera roquera en liderar una: Crimen Impune.

En los años ochenta había muy pocas mujeres en el rock en Medellín y las miraban por encima. “No nos decían casposas porque llevábamos mucho tiempo en la escena y sabían que amábamos el rock. Todos decían: cómo será el descache de esas viejas, y por eso iban a vernos al principio. Cuando tocamos las primeras veces, siempre era en piezas y techos con bandas amigas. En Castilla, Manrique, Envigado, basureros, donde fuera”.

Vicky trabajaba en Mimos y Piedad, la bajista, estaba cansada de hacer fonomímicas: tocaban con guitarras de palo. “Trescientos, cuatrocientos roqueros en una terraza, poníamos el disco y nos disfrazábamos y hacíamos como si estuviéramos tocando. Nos daba mucha risa porque a veces la gente creía que estábamos tocando de verdad y yo les decía, ¡cómo pueden ser tan brutos!”.

Empezaron como un trío con Yolanda que murió de cáncer hace tres años; le pusieron a la banda Fértil Miseria por la abundancia de la tierra antioqueña para engendrar asesinatos, desplazamiento y pobreza. Yolanda tenía una tienda de discos para punkeros en el Paseo de La Playa y Piedad se la manejaba hasta que se cansó y decidieron cerrarla. Aprovechó el vacío y hace once años ya, montó Rock and Roll tras la huella de Yolanda: “ Yo quería que los roqueros tuvieran un lugar chimba al que ir”, dice.

Eran los años más duros del narcotráfico, en los que la violencia arrojaba miles de flores sangrientas en Medellín. El punk, un orgulloso hijo bastardo del rock tocado en garajes por amateurs, reggae, ritmos peruanos y el caos social, nació más o menos en 1978 en Inglaterra. El año del verano más caliente hasta el momento registrado por allá, cuando la inflación estaba disparada y el trabajo era escaso en los suburbios. Los orígenes musicales y estéticos del punk son difusos, retumban contra las puertas de las bodegas, en suburbios hastiados y en las entrañas de pelaos solos; inventando la blasfemia en bares de tercera. Su estética se unifica por la confrontación a la sociedad, a la música, al futuro: algunos andaban con agujas perforando las narices, cachetes y orejas, mujeres se vestían de hombres, hombres andaban con faldas, la ropa del colegio se podía convertir en una indumentaria militar para escandalizar a la madre, camisetas mostraban violaciones, esvásticas y fotografías obscenas, las banderas y símbolos patrios y religiosos eran controvertidos. Vivienne Westwood, la madre de lo que significa el punk llamó a su primera tienda Sex que después cambió de nombre a Les Seditionaries.

El punk era la estética de la amalgama y el caos que rehusaba cualquier cuartel. Un vacío en el entramado de la vida que se convertía en otra cosa. Westwood lo resumía como “vestimenta confrontacional”, el choque entre lo natural y lo construido: si era feo, era hermoso.

Aquí, el sonido y la estética del punk llegó tarde, en los albores de los años ochenta. “Cuando estábamos empezando no había ropa. Las camisetas pintadas con vinilo, todo de negro. Los taches, inmundos, los comprábamos en ferreterías, no había tiendas especializadas. En el ochenta y punta nos llegó de Estados Unidos a Vicky y a mí una camiseta original de Slayer y Destruction”, dice Piedad, “y todo el mundo nos paraba: ‘¡esas camisetas!’, llegábamos a un concierto y casi que no nos dejaban en paz. Y yo mandé dos pintadas para la USA y allá eran la sensación las pintadas de vinilo. Ellos querían las de aquí y nosotros queríamos las de allá. La ropa era mucho más agresiva que la de ahora. Nos poníamos taches en la muñeca. ¡No, eso era un tacherío ni el hijueputa! Y era lo único que había. Toda la ropa era hecha por nosotros”. Durante un tiempo usaron gabanes y una mezcla del vestuario pasado y moderno de los punkeros europeos; como la música, las pintas inevitablemente llegaban tarde.

La ropa cumplía aquí una función más explícita que para los punkeros del primer mundo: marcar territorio. Para muchos, el punk fue lo que salvó o intentó salvarles la vida cuando todo se hacía pedazos, decenas de jóvenes buscando baterías para empezar una banda. La creatividad, producto de la brutalidad medellinense, florecía. A finales de los ochenta y principios de los noventa Medellín era, como siempre, la primera en el mundo: desbordaba en bandas de rock y asesinatos. Su influencia creativa se extendió a la moda, la publicidad, la fotografía, el cine. Piedad se convirtió entonces en una influyente figura del fanzine y el periodismo musical, editando a punta de fotocopias las revistas Medellín Subterráneo y Nueva Fuerza.

Archivo Fértil Miseria

En los fanzines se escribía sobre el uso de napalm y los abusos del imperialismo gringo, entrevistaron a la banda sueca Raped Teenagers sobre el frío por allá arriba y a una banda local que les dijo sobre su producción: “Hasta el momento hemos vomitado ocho asquerosos temas y esperamos seguir haciendo más”. El estilo se convirtió en una forma de arte y de vida, el rechazo a todo con un largo y estilizado dedo medio sobre la sociedad que los parió.

El actual cantante de Mayhem, la influyente banda de black metal noruega (el anterior murió asesinado como parte de una oscura trama de suicidios, cuasicanibalismo y rituales satánicos), tiene un disco de Fértil que mostró en una entrevista, en la que dijo que el sonido de Colombia se parecía al de Noruega. “De una u otra manera la rabia de nosotros era la guerra, la música, el miedo, porque también con miedo se hace música. Y lo de ellos podría ser la soledad: tenerlo todo puede ser muy duro también”, opina Piedad.

En esos años se iban caminando a todas partes. Una amiga de las hermanas recuerda las subidas a pie hasta Santa Elena y las caminadas desde las comunas del norte hasta Envigado. Las acusaban de satanismo y les cerraban la puerta en la cara. Una vez la Kika, hombre de confianza de Pablo Escobar, se las encontró cuando subían a pie por Castilla y sacó el arma para matarlas, “por roqueras”, pero apareció una patrulla que les salvó la vida.

En una fiesta en Cristo Rey se fueron las hermanas Castro con un combo de punkeros. Iban a una casa desocupada con sus tesoros más preciados: discos carísimos de vinilo que llegaban de Europa y Estados Unidos. Entró una banda armada con pistolas y machetes, cerraron la puerta y los robaron. Después anunciaron que iban a violar a todas las mujeres. “Teníamos los gabanes y los hombres eran igual de peludos que las mujeres. Yo le dije a Vicky: parce, agache la cabeza y no la vaya a alzar ni por el putas. Y los hijos de puta dijeron: ‘hagan fila aquí los hombres’, y nosotros nos hicimos con los hombres y salimos. A las cinco mujeres que quedaron las violaron y las volvieron mierda. Eso fue una cosa que yo nunca olvidaré. Creo que Vicky y yo fuimos las únicas que nos escapamos”. La ciudad se partía en gritos y los barrios se dormían a punta de balas. Los punkeros se arrastraban por calles y esquinas como una mancha negra intentando gritar más fuerte que Medellín, en una espiral de muerte y violencia, de No Futuro, de presente infinito.

La música de Fértil es particularmente agresiva. El ritmo es veloz y la cacofonía de los instrumentos parece atacar la complacencia del oyente; las letras hablan de desplazados, atacan a los militares, a los policías, al Estado. Una de sus canciones más populares, Los generales, dura minuto y medio y termina así:

Honorables, honorables, honorables, generales
Honorables, honorables, honorables, gonorreas
Gonorreas, hijos de puta.

Otras tratan explícitamente de la muerte:

Instantes
de fríos envolventes
otro cuerpo está inerte
su mente esperará
es mi hijo, es mi hermano
no tenía que pasar
es muy joven, es mi amigo
nos tenía que dejar.

El punk puede leerse como un dadaísmo comprometido. Letras e imágenes crudas mezcladas con lo imposible para hablar de lo imposible. Dice Piedad: “Estoy absolutamente convencida de que esa agresividad en las letras y la música, y todo lo que hace a una banda como Fértil Miseria, es la consecuencia y la causa, además, de haber sufrido toda esa violencia”.

Piedad perdió la cuenta de sus muertos, y Vicky dice: “No hay necesidad ni de hablar de eso”. Crecieron en un barrio complicado. Vicky dijo en una entrevista que le ofrecieron plata para matar a un policía. A Juan, el guitarrista de la banda, lo metieron a un carro hace unos años y le dieron vueltas para intimidarlo: no te queremos ver más por acá, peludo. Cuando Piedad habla de su infancia se le quiebra la voz, normalmente dura y voluminosa: “He pasado hambre, maltrato por parte del padre, autoritarismo, me tocó aguantar hambre, viví en la calle veinte días. Mi papá nos maltrataba y nos iba a pegar con una tabla que tenía un clavo y salimos voladas… Creo que por eso amo tanto a mis estudiantes, porque sé lo que es ser como ellos”. Los estudiantes de Piedad, que se sorprenden cuando ella también toma aguapanela, son su orgullo: cuando habla de ellos, también llora.

El hijo de Vicky de diecinueve años vive con ella y estudia Diseño Gráfico. A veces, ella le dice al despedirse: “Cuídese, y de pronto nos vemos después”.

Y aunque hay problemas de plata, las hermanas se aferran. Son admiradas y la violencia ha podido ceder en sus vidas. Vicky revienta de orgullo cuando llega a los parches: le piden fotos, le dan picos; a Piedad se le arriman para decirle que es una berraca.

Los locales en el Paseo de La Playa tienen una clientela esquiva y esporádica. En pocos meses los locales cambian de dueños y ofertas. La mayoría del primer piso son propiedad de una mujer hare krishna que se expandió al negocio de los metaleros y punkeros. Tiene más de diez tiendas, todas idénticas: fila tras fila de camisas negras al lado de narguilas y piercings. En el segundo piso, Blacky’s store exhibe un maniquí con chaqueta de cuero, leggins de esqueleto, botas punkeras, todo al ritmo de Bruno Mars sonando por los altoparlantes, Cambios Trujillo’s cambia bolívares a pesos, y el local es solo una mesa colegial en una esquina, ni siquiera paredes de yeso.

Vicky está un poco arrepentida de no haber seguido trabajando en Mimos. Gente que empezó con ella ya es administradora o ha escalado en la cadena corporativa de la empresa, pero ella sigue teniendo problemas de plata. Hace poco le descubrieron varios problemas de rodilla, le duele y está empezando a caminar con una ligera cojera. No quiere hacerse operar, porque eso implicaría volver a operarse dentro de cinco, diez o quince años. Sus tatuajes y sus pantalones de cuero, la expresión feroz de siempre son una defensa ineficaz ante el cuerpo que se desgasta a fuerza de golpes y calle.

El equipo de fútbol en los torneos interclases de los alumnos de Piedad se llama La Piedad, porque los niños la quieren mucho aunque sea “fuerte”. Los regaña por sentarse mal y los hace quedarse más tiempo si no hicieron la tarea. “Usted tiene que ser alguien en la vida, porque yo ya tengo media pata en el cementerio, y es a ustedes a los que les toca cambiar este mundo tan asqueroso”. Habla de la descomposición social y critica a las familias colombianas, y por un momento suena como un político conservador: “¡Es que esos pelados andan en la calle a las once, doce de la noche, y a los papás no les importa!”.

 ¿Y vos no estabas en las mismas a esa edad? “No. Mi papá no nos dejaba. Teníamos que estar en la casa a las nueve de la noche”. Vicky la interrumpe: “Y llegábamos al otro día, nos daban unas pelas”.

Piedad no tiene hijos. “La chimba, tener un niño en este mundo tan gonorrea”. Sus arranques godos los puede descargar en la tienda, con sus estudiantes, en la banda.

Ella piensa que en algunos años puede cerrar la tienda, aunque no sabe qué hacer con Fértil. “Es un novio feo que nunca quiero dejar”. Detesta la vejez: “Es el estado más asqueroso del ser humano. Y por ese odio tan hijueputa que le tengo, seguro voy a llegar a vieja. Pero por ahí en unos diez años me voy con Vicky y unas amigas a una finca, un parchecito de viejos roqueros para ir a morirse”.

Este año cumplen treinta años juntas, la banda de punk más vieja de Antioquia, y tal vez de Colombia. En 2010 se presentaron ante más de treinta mil personas en Rock al Parque. A Piedad le dio diarrea. “Yo casi me muero: cagué tres veces. Ya después del tercer tema, muy bien, pero si me ponía a mirar al frente, me moría. Y se veía gente con banderas de Fértil Miseria. ¡Qué belleza!”. En el concierto, los pelados hicieron un pogo gigantesco, mientras Piedad, con una camiseta de Dead Kennedys y un bluyín negro pegado, voleaba la cabeza, y Vicky, vestida y con el aplomo de un general anarquista, se paraba con fuerza en un reflector, canalizando el odio y la esperanza de un público que se enredaba como un huracán. A ratos parecían cansadas y Vicky se arrodillaba a descansar. Pero un segundo más tarde ya estaba otra vez de pie gritando con la rabia de los años: ¡Gonorreas hijueputas!

Archivo Fértil Miseria

Amplificando en español

por CARLOS ALBERTO ACOSTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 91 Octubre de 2017

Cuando llegué a New Order y me dirigí a la barra, vi que el Tuso, un sicario del combo de Castilla, tenía su pistola sobre la barra y la giraba como una hélice muy cerca al puesto del DJ. De pronto dijo en tono amenazante, “esta noche yo les voy a decir cuál es la música que van a poner”; en ese momento supe que New Order había muerto. Era el momento de despedirme de mi bar.

Corría 1989 y habían pasado ya tres años desde los días de New York New York, otro pequeño bar de música romántica en Envigado, donde realmente todo empezó. En la década de los ochenta Medellín era la capital colombiana de la música. Casi todas las disqueras, Sonolux, Discos Fuentes, Codiscos, Discos FM, Discos Victoria, tenían su sede en la ciudad. Ser el columnista de música en El Colombiano me convertía automáticamente en el centro de atención de las mismas, giraban buscando una reseña para sus discos.

Eran días muy divertidos, casi de ensueño. Un día visitaba a Marco F. Eusse, director A&R de Codiscos, y salía con los brazos llenos de todo el rock argentino del sello Interdisc que jamás vería la luz en Colombia. Lo mismo sucedía cuando visitaba a Edwina Vásquez, directora de mercadeo internacional de Sonolux, y le preguntaba:
—Edwina, ¿qué es esto que dice Ilegales?
—Es un grupo español.
—¿Y lo vas a sacar?
—No, para nada. Aquí no hay nadie que programe esa música… Te lo regalo.

Y de regalo en regalo me hice a una discoteca con bandas y solistas que nadie conocía y nadie quería hacer sonar: Charly García, Virus, Serú Girán, Miguel Ríos, Olé Olé, Orquesta Mondragón, Abuelos de la Nada. Al escucharlos me parecía increíble descubrir música tan bien hecha y cantada en español. Pero en Colombia no había espacio para esos sonidos, pues las emisoras juveniles solo reproducían el formato Top-40 de Billboard y las románticas no se movían de Julio Iglesias y compañía.

Para entenderlo bien hay un ejemplo perfecto. En 1985 Codiscos se atrevió y lanzó el álbum Todo a pulmón del argentino Alejandro Lerner. Me encomendaron promocionarlo en todo el país, visité más de diez ciudades y la respuesta fue siempre la misma, resumida perfectamente por Carlos Sierra de La Voz de Colombia: “Es demasiado pop y eso aquí a la gente no le gusta”. La canción que les parecía demasiado pop era No hace falta que lo diga, hoy un súper clásico del archivo. Estaba sin saberlo frente al paradigma de la época.

New York New York

Todo iba a comenzar a cambiar la noche de un jueves de 1986 en Envigado, cuando después de rumbiar en el apartamento con Vickytru, Jota, Panelo y Emilio Sus, y de brincar como indios locos con esa música rechazada, nos fuimos a visitar a Santiago Ochoa, un roquero muy fino que había conseguido trabajo de barman en New York New York, un bar a media cuadra del parque.

Con ese nombre esperábamos algo más cosmopolita. Entramos y no había un alma a pesar de que sonaban los éxitos de Camilo Sesto, José José y otros románticos de moda. Aprovechando que estábamos solos le dijimos a Santiago que nos pusiera los discos que traíamos de grupos argentinos y españoles. Con semejante amplificación, esa noche la terminamos brincando en aquel bar que estaba abierto solo para nosotros y, lo mejor, ya no nos gustaba solo a cinco… ya éramos seis.

Prometimos volver al siguiente jueves. Algunos fuimos con acompañantes y la historia se repitió. Entre brinco y brinco nos preguntábamos casi al grito… ¿y eso qué es? Radio Futura, contestaba el DJ de turno. ¿Y ese cómo se llama? Aviador Dro, decía el otro. Todo era nuevo y fascinante.

La cita del jueves se volvió ritual y cada semana llegaban más amigos de los amigos. Como Javier Rodríguez, que luego dirigiría Cámara FM; Tato, que luego fundaría Estados Alterados, y Elkin Ramírez, con quien estrenamos una noche, en primicia municipal, Escudo y espada, anticipo del primer álbum de Kraken.

Como ya no cabíamos y solo queríamos bailar, arrinconamos sillas y mesas. Jamás olvidaré cuando estando en la barra se sentó a mi lado un tipo muy elegante que nos miraba a todos como observando una invasión alienígena… Era el dueño del bar que llegaba sin aviso. Un joven médico muy tieso y muy majo. Llamó a Santiago y cuando todos pensamos que lo iba a despedir y nos iba sacar a la calle, le dijo que se olvidara de la “plancha”, se quitó el saco y la corbata y se puso a bailar. Fue el primero en lucrarse con la idea.

Unas semanas después y de manera sistemática comenzaron a caer la policía y el ejército. Se turnaban. Hacían quitar la música y nos ponían a todos contra la pared. Cerraban el lugar si alguno no portaba su cédula, si a alguien le encontraban marihuana o simplemente porque la música estaba muy alta. O solo porque sí.

Una vez le preguntamos a uno soldado por qué nos la tenían tan velada y nos dijo, “es por orden del patrón, el patrón no quiere sitios de vicio en su ciudad”. El patrón, Pablo Escobar, era por aquel entonces el amo y señor de Envigado. Era irónico pensar que el mayor narcotraficante del mundo nos persiguiera solo porque teníamos el pelo largo, con algunos tintes, y no bailábamos chucuchucu. No recuerdo haber sentido nunca dentro de New York New York olor a marihuana. Lo cierto es que al final de cuentas lo cerraron.

New Order

Sin un lugar dónde reunirnos quedamos huérfanos. El mundo jamás volvió a ser el mismo para ninguno de nosotros. Las tabernas como Lauro’s donde uno iba a sentarse a oír “música americana”, o las discotecas como Kevin’s, con toda la fiebre merenguera y traqueta de la época, nos resultaban aburridas y clichés.

Empezamos a reunirnos en las casas que algunos voluntarios ofrecían. Eso sí, apenas los padres veían las pintas de los invitados iban cambiando de opinión, jamás pudimos repetir casa. Terminamos reuniéndonos todos los viernes en el Parque de Laureles. Alberto Hurtado ponía la grabadora y la fiesta seguía al aire libre hasta que, naturalmente, llegaba la policía.

A mediados del 87 Paneso, un estudiante de medicina que cambió su carrera por perseguir la buena música, me dijo que en los bajos de la Bolera Acuario había un bar de jazz que estaba quebrado y lo alquilaban. En el edificio de la Bolera solo había cuatro bares funcionando, uno de lesbianas, otro de tango, Boca de Chicle con música de los sesentas y uno más de música vieja, de resto asustaban por sus pasillos vacíos. ¡Era perfecto para que nadie nos molestara! No lo pensé dos veces y con Jairo Álvarez lo arrendamos. Quitamos las sillas y las mesas, tapamos las ventanas y pusimos una vieja registradora de bus a la entrada. El artista Jorge Botero, Boterito, nos donó dos murales brutales que le dieron todo el carácter underground al sitio.

El nombre New Order nació, por supuesto, de la banda inglesa de tecno, pero tenía además la connotación de un nuevo orden de rumba con música que traía una nueva poética, letras provocadoras y que reunía, en una sola tribu, al punk, al tecno, al new wave y al rock duro. Atrás habían quedado los bailes de garaje y los amacices de discoteca. Había nacido el individualismo. El yo salgo solo y bailo solo y no necesito pareja para estar bien.

New Order puede haber sido el primer pub de Colombia. Llegabas, comprabas tu trago en la barra y luego te hacías donde pudieras con tu vaso desechable. Sin meseros ni nadie para consentirte o ante quien darte ínfulas. Desde que abrimos, el lugar siempre estuvo lleno con la comunidad heredada de New York New York, pero acrecentada por el boca a boca que crecía en volumen. Lo neorromántico estaba en su apogeo y sus clientes llegaban cada noche con la moda de The Cure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Plasmatics o Sex Pistols. Mientras el mundo afuera seguía adormilado, entrar a New Order era como entrar a un bar con habitantes de mundos extraños y por ende de extrañas formas.

En un momento dado levantabas la mirada y veías brincando a Fanny Mickey, Camilo Pombo o Pilar Castaño, y en una esquina a los Toreros Muertos, a Alcohol Etílico, o a músicos de Soda Stereo, Enanitos Verdes y Caifanes.

Edison Morales, el DJ de base, sabía exactamente el momento en que el lugar estaba listo para disparar la energía. Solo era escuchar los primeros acordes de El baile de los que sobran de Los Prisioneros para que la pista se llenara y desde ahí hasta el final ya jamás se detenía. Bailábamos por horas, hipnotizados en esa envolvente música que sonaba como queríamos y decía lo que sentíamos. El piso se movía, a veces parecía que nos desplomaríamos sobre los carros del parqueadero. La pista era una masa humana que subía y bajaba al ritmo de la música, todos concentrados mirando al piso, al techo o con los ojos cerrados. Uno que otro pogo pero solo como parte del menú. ¡Y cantábamos! “Litros de alcohol corren por mis venas, mujer / No tengo problemas de amor / Lo que me pasa es que estoy loco por privar / Salta hacia atrás o quítate la ropa, mujer / No provoques más mi pasión / Tengo un fuego dentro / que no puedo contener”.

Super Stereo amplifica a New Order

Providencialmente Fernando Pava Camelo decidió abrir en Medellín su segunda emisora pop, Super Stereo 92.9, “la estación del poder”. Digo providencial porque si bien New Order funcionaba bien, sentía que si lográbamos difundir masivamente esa música podíamos crear un movimiento. La premisa era simple: si funciona en el bar tiene que funcionar en la radio.

Primero creamos Radio Pirata, un programa de una hora los domingos en la noche donde programábamos la música que sonaba en New Order. Tal vez con Radio Pirata no hubiera pasado nada raro si no fuera porque la promo del programa la hicimos con el coro de A quién le importa de Alaska y Dinarama. Ese fue el detonante de un cambio en la historia de la radio y de la música en Colombia.

Cuando escogí la canción para musicalizar la promo le dije al grabador de Radio Super que aparte del coro sonara la estrofa que dice: “La gente me señala / me apuntan con el dedo / susurra a mis espaldas / y a mí me importa un bledo”.

En aquella época decir en la radio “me importa un bledo” era algo irreverente pero aún dentro de lo permitido. Esa frase llamó la atención de los oyentes que inmediatamente empezaron a preguntar cómo se llamaba esa canción y quién la cantaba.

El público pedía que programáramos la canción. La presión fue tanta que hicimos una reunión para saber si rompíamos las reglas y metíamos un tema de New Order en la emisora. Dijimos que sí, pero también dijimos que había que lanzarla con bombos y platillos y empezar a separarnos del resto de emisoras anglo de la época como Veracruz Stereo y Todelar Stereo.

Nace el “rock en español”

Lancémosla como rock en tu idioma dijeron unos, como pop latino dijeron otros, rock en español dijeron otros. En esa mesa estábamos Vicky Trujillo, la Supersónica; Jairo Álvarez, el Capitán Activo; Juan Carlos Gómez, Santiago Ríos, Jaime Piedrahita y el gerente Enrique ‘Blue’ Martínez. Como no hubo consenso, terminé la reunión y me metí a la cabina. Cogí el disco de Alaska y Dinarama, lo saqué de la chuspa, lo puse sobre el tornamesa, cuadré la canción y sostuve el disco con un dedo mientras debajo de él giraba el tornamesa. Abrí el micrófono, anuncié la canción y dije: “Esto es rock en español”.

Al final del día A quién le importa era la canción más pedida por los oyentes, el paradigma se había roto y ahora solo había que desatar todo el potencial de una música que todos habían rechazado un par de años atrás. No estábamos descubriendo el agua tibia. Rock en Argentina, España o en Colombia había desde los sesenta en simultánea con la Beatlemanía, pero fue en Medellín donde le pusimos la chapa de rock en español y le dimos alas.

Cuando esa noche fui a New Order le dije al DJ que me diera las canciones que más le pedían en el bar. Me entregó La muralla verde de Enanitos Verdes, Devuélveme a mi chica de Hombres G, Mi sombra en la pared de Miguel Mateos, Soy un animal de Toreros Muertos, Nada personal de Soda Stereo y Muevan las industrias de Los Prisioneros.

Esa fue la primera andanada de canciones que lanzamos bajo el rótulo de rock en español. Los discos eran nuestros, exclusivos, nadie más los tenía porque ninguna disquera los había querido sacar al mercado. Las canciones las escogimos nosotros, nadie nos dijo promuevan esta o aquella. New Order era la incubadora de canciones que luego pasábamos a Super Stereo ya con certificado de éxitos. A su vez, la emisora le devolvía el favor al bar haciéndole publicidad como el único lugar donde podían escuchar y bailar esa música.

Finalmente un día llamé a Edwina Vásquez, la dura de Sonolux y le dije:
—¿Te acuerdas de ese disco que me regalaste un día de un grupo español llamado Los Toreros Muertos?
—No, no me acuerdo, ¿por qué?
—Pues sácalo —le dije—, porque es número uno en la emisora.

Me hizo caso y en un mes vendió treinta mil unidades y otras tantas de Miguel Mateos, mientras CBS/Sony se cansó de vender a los Hombres G y a Soda Stereo.

El salto a Bogotá

El rock en español salió de Medellín el día que Fernando Pava me llamó y me dijo:
—Cal, mándame esa canción que está de número uno en tu listado de éxitos. ¿Cómo es que se llama?

Era Lobo hombre en París, la que sería la primer canción de rock en español que sonó en Bogotá, casi un año después del boom en Medellín.

Como no habían discos en las tiendas, todo lo que sonaba en Bogotá eran copias en cartucho de nuestros discos de New Order, pero una vez que la capital acogió al rock en español la industria se echó a andar y el fenómeno se salió de nuestras manos y tomó vida propia.

Otros bares comenzaron a programar rock en español. El éxito de New Order atrajo hacia la Bolera Acuario a una horda de empresarios que montaron cuanto bar se les ocurría, atrayendo entre la multitud a los mafiosos de la época que rápidamente desplazaron a la comunidad original del bar. La fiesta había terminado.

Han pasado treinta años y con la misma mística de la peregrinación del ramadán, la comunidad de New Order se reúne cada año para revivir, solo por una noche, aquella época y aquella música que marcó nuestras vidas y cambió a toda una generación en la ciudad, en el país y en Suramérica.

La batalla de las bandas

por FELIPE HINCAPIÉ • Fotografías del Archivo Periódico El Mundo

Número 83 Febrero de 2017

El éxito que tenía Súper Conciertos JIV Limitada había llegado al punto de manejar dos emisoras, una columna en uno de los diarios más reconocidos del país y tener a todos los grupos locales a su favor. Después del histórico concierto de Argus, Raúl Velásquez tuvo la idea que marcaría la historia tanto para ellos como para el rock paisa en general. Raúl, Jairo Álvarez, Carlos Alberto Acosta y Vicky Trujillo comenzaron a idearse el concierto La Batalla de las Bandas.

La idea inicial era tratar de abarcar todos los grupos locales y géneros posibles para promocionarlos y posicionarlos, pues se miraba mucho hacia el ámbito internacional pero no se tomaban en serio los grupos locales. Un gran concierto que uniera a los rockeros en la Plaza de Toros La Macarena, lugar que ya tenían como referente.

“Empezamos el proceso, comenzamos a hablar de eso en el programa de radio y aparecieron muchas bandas interesadas en participar”, recuerda Jairo Álvarez. “Nos dimos a la tarea de ir a visitar todas las zonas donde ensayaban, todos los barrios donde estaban las bandas para seleccionar las que iban a participar”.

Jairo y Vicky eran los encargados de las audiciones y de calificarlos. Un día, cuando ya estaban seleccionadas la mayoría de las bandas, apareció un grupo de punkeros que se sentían relegados. Raúl Velásquez, como representante del evento, luego de hablar con ellos les dio la razón, por lo que abrió dos espacios más de los que tenía planeados.

Jairo Álvarez, quien fue el primer vocalista y mánager de Kraken, así lo recuerda: “Kraken era como el gran referente en ese momento y la mitad de los rockeros los adoraban y la mitad los odiaban, entonces se creó un ambiente muy curioso alrededor de La Batalla porque más allá de una manifestación cultural era una manifestación social. Había muchas bandas de punk, de metal, de hardcore, y que al final fueron seleccionadas, luego de más o menos seis meses de preparación y selección, les escogimos salas de ensayos donde les dimos instrumentos un poco más adecuados para que pudieran practicar y tener una mejor calidad a la hora de la presentación”.

Era la primera vez que se vinculaba un medio de comunicación como copatrocinador de un evento de rock. El periódico El Mundo fue, además de algunas empresas privadas, el que impulsó la realización del concierto. Era una apuesta segura, por lo que dineros privados y algunos personajes políticos se mostraron interesados en colaborar en algo realizado para los jóvenes. Así lo recuerda Carlos Alberto Acosta: “Esos personajes políticos salieron muy aburridos porque casi los linchan apenas se montaron al escenario y comenzaron a hablar. La verdad es que los odios entre los distintos géneros musicales, sobre todo los más radicales como los metaleros y los punkeros, hacia otros géneros como el rock heavy, el rock estándar y el pop, eran muy fuertes, entonces ahí no hubo ninguna convivencia. Fue una real batalla entre los seguidores de unos géneros tratando de matar a los otros”.

Como organizadores, el hecho de haberle puesto La Batalla de las Bandas a un evento que pretendía fomentar la convivencia sí les llamó la atención, al punto de querer cambiarlo días antes del evento por Encuentro de Bandas. Era demasiado tarde, la mayoría de la publicidad ya estaba impresa.

El mito decía que el concierto se iba a acabar cuando tocara Spol o cuando tocara Kraken, que eran los grupos “caspa”, los que la mayoría de la gente de los barrios populares no quería escuchar.

El cartel

Fueron ocho agrupaciones en total, y la dinámica del concierto era generar una votación para que las bandas más populares entre dos categorías, expertos y novatos, ganaran un disco. Además, se esperaba sacar un videoclip de los grupos ganadores y un registro completo del concierto para ser transmitido en televisión nacional.

El orden pretendido para esa tarde era Spol, Glostergladiattor, Danger, Mierda, Excalibur, Parabellum, Lasser y Kraken.

A diferencia de Ancón, los pormenores técnicos ya estaban listos: una tarima de dieciséis por ocho metros, cincuenta personas de logística controladas por Javier Betancourt, quien había trabajado anteriormente con Alice Cooper. La boleta se podía comprar en el almacén de JIV Limitada y en otros seis puntos de la ciudad. Todo estaba listo para aquel sábado 23 de marzo de 1985, el día de La Batalla de las Bandas.

Primeras horas

Como si de un presagio se tratara, la temperatura en Medellín aquel sábado estaba en uno de sus puntos más altos. Treinta grados acompañaban a la ciudad en aquellos tiempos sin fenómeno de El Niño. Mientras las personas del común buscaban la sombra y se abanicaban con lo que tuvieran a la mano, los jóvenes rockeros aguantaban el sol mientras hacían la fila afuera de la Plaza de Toros La Macarena.

Algunos, como en Argus, llegaban ebrios a la requisa antes de entrar, pues si el policía les detectaba la bota o el litro de cualquier licor lo vaciaba en un considerado río de vicios. El capitán Acevedo se aseguró de que toda persona que pasara al recinto fuera requisada hasta en las partes más íntimas con el fin de buscar productos non sanctos, tal como lo relató el periódico El Mundo que reseñó el concierto días después en el artículo “Una expresión de libertad… ¡vigilada!”: “En aprietos se vieron los uniformados para revisar todos los bolsillos y los bolsillitos, todas las billeteras y todas las mochilas de todos los rockeros asistentes. En un rincón de cada entrada empezó a crecer el cúmulo de periódicos, cadenas, navajas, botellas, chapas, al lado de una que otra bola de marihuana. La muchachada solo esperaba cumplir con la humillante requisa para correr desenfrenada hacia las graderías, y regresar más rápido a buscar la arena de la plaza, porque era allí que se vivía la vida. Los más ‘serios’ se quedaron en los tendidos, disfrutando el espectáculo con el vino que llevaron en una bolsa plástica, o en una bota que no les decomisaron porque le repitieron cincuenta veces al agente, en la puerta, ‘somos una parejita sana’. En el ruedo, centenares de jóvenes se jugaban la vida, como toreros. Le hacían el quite a la rutina, agarraban a estocadas los convencionalismos y entraban a matar todo lo que estorbara su libertad. Otras veces parecían gladiadores venidos de otros circos y otras Romas, semivestidos, pletóricos de taches y de hebillas y de colores. (…) Y al final de cada intervención, miles de manos alzándose hacia el cielo, coronadas con una ve y ambientadas con gritos como descargas de infernales artillerías. Por no hablar de las bandas. Alguien imitaba a alguien en el fervor y en la mística del rito-rockero-musical-vital”.

Con el ambiente pesado y los nervios del primer gran concierto, Spol se apoderó de sus instrumentos y se encargó de abrir el concierto. Los altoparlantes, hasta ese momento utilizados para dar indicaciones, se llenaron de un rock suave que levantó nuevamente las silbatinas. Era un público difícil, y al notar que la primera canción del grupo no sería la estridencia que fueron a escuchar, comenzaron a volar las primeras piedras y cúmulos de arena.

Más que una presentación musical lo de Spol fue un acto circense, pues la gran atracción fue ver a su cantante tratar de cantar mientras se defendía de los objetos voladores. El acto duró una canción, precisamente hasta que una pedrada en el ojo le avisó al vocalista que debía bajarse de allí, en medio del abucheo y el grito generalizado: “¡Caspa, caspa, caspa!”.

El segundo en escena fue Glostergladiattor, que usó las palabras mágicas para que el público comenzara a bailar: “Sigue el metal”. No importó el ritmo sincopado, la arritmia musical ni la estridencia, el público por fin estaba feliz. El vocalista no paraba de alentar con frases como “el heavy es la solución” y “que seamos polvo”. Algo de poder tuvieron sus frases, pues el polvo tomó vida propia y la arena de la Plaza se volvió una nube que tapó a todo el público de abajo.

“Hubo muchísimo calor, y cuando la gente empezó a brincar se levantó un arenero de tal magnitud que la gente no veía el escenario, y nosotros desde la tarima no veíamos la arena, del polvero que había”, recuerda Jairo Álvarez. “Tocó llamar a los soldados para que mojaran la arena, y la gente aprovechó para mojarse, se volvió una gran fiesta, pero mientras se armó todo ese desorden siguió el concierto y el caos no se hizo esperar”.

Danger se encargó de volver a caldear la plaza. Aunque el sonido era malo, y la voz del grupo se escuchaba gangosa, un cover de Judas Priest hizo delirar al público, al punto de que uno de los aficionados se subió a darle un abrazo al cantante. “Gracias Medellín por ponerle sangre”, gritó el líder de la banda, despidiéndose, sin imaginar lo que se vendría unos cuantos minutos después.

El error clave estuvo en el momento en que se le permitió subir al escenario a un grupo llamado Mierda, cuyo propósito, según ellos mismos, no era ni el amor, ni la armonía, ni la belleza. Representante del ultra metal, el vocalista subió maquillado con sangre e incitando a la gente a insultar, a ser irreverentes y a no dejar nada en pie. “Crucificadme” y “Satanás está entre nosotros” fueron algunas de las frases que desde el micrófono tentaron a la suerte.

El ambiente se volvió tan tenso que tras la presentación de Mierda hubo un receso no programado. Mientras algunos se abrazaban, otros trataban de limpiarse la polvareda, buscar a los amigos e hidratarse, pues la temperatura seguía por las nubes.

Excalibur, aunque era metal, pecaba por no ser del grupo ultra metal. Tal y como le pasó a Spol, fueron apedreados una vez se subieron al escenario, por lo que decidieron bajar sin dar todo su potencial. Una parte del escenario ya había sido reventado, lo que auguró que la presentación de Kraken, el verdadero “florero de Llorente”, sería una catástrofe. Sin embargo, antes del grupo de Elkin Ramírez se debía presentar Lasser, y antes de estos dos el turno era para el grupo más esperado por el público. No había terminado Excalibur y ya se oía el grito generalizado de “Parabellum, Parabellum”.

La visión de Parabellum

Aunque Ramón Restrepo, vocalista de Parabellum, sabía que ellos representaban el género musical del ultra metal, hoy día cree que en la presentación de ese día hicieron lo que tenían que hacer.

Estaban tras bastidores, y ya había llegado el rumor al camerino de que el ambiente afuera estaba pesado. Tal situación no les era indiferente ni extraña, pues el público que asistió a La Batalla de las Bandas ese día era su público habitual.

Sus letras eran fuertes, pero no creyeron nunca que fueran un detonante incitador para acabar con el concierto. Querían hablar sobre la lucha contra el comercio musical, contra la música caspa, vendida al mejor postor, contra aquellos que para ellos no hacían nada significativo con las canciones que creaban, pero eran las letras de sus canciones, era la forma con la que interactuaban con su público, era su filosofía de vida.

“Parabellum, en esas épocas, confrontando lo que era la religión, la política, la misma existencia, la guerra y el comercio musical, hizo que la gente entendiera y se saciara hasta un punto máximo. Quedaron a gusto, al punto que no querían escuchar más. Después de que la banda tocó la gente no quería más concierto, ya no necesitaban más sonidos en sus oídos, se generó un caos. Además, luego venían unas bandas que en ese momento, por el pensamiento radical de la gente, no eran aceptables, porque los consideraban muy comerciales. Bandas locales, bandas nuestras, que en esa época eran consideradas caspas y que ahora son respetadas y se reconocen como parte de la historia de nuestra música, pero en ese momento no lo eran. Se supone que nosotros ganamos La Batalla de la Bandas y merecíamos el disco. Igual el sentido no era ese, el propósito no era ganarnos esa grabación, al fin y al cabo el ultra metal o el metal de esa época era muy underground; preferíamos hacer las cosas por nuestros propios medios encima de que nos la regalaran, aunque si nos la daban tampoco la íbamos a rechazar”, cuenta Restrepo recordando ese día de tarima.

Parabellum se montó al escenario gritando que había llegado el metal, que se prepararan todos para la presentación más impactante de la tarde. Hasta los policías dejaron de bostezar para ponerse alerta tanto con el grupo como con aquellos que desde la arena comenzaban a tirar guijarros a los de las graderías que, se suponía, eran los que no querían estar en el alboroto.

El público enardecía, y las paredes maltratadas a lo largo del día ya se habían astillado. La pared del escenario era negra, de cuatro metros de alto y con los cantantes de Parabellum en su cúspide, lo que no fue obstáculo para uno de los asistentes que, ayudado por otro, escaló con el único fin de abrazar a Ramón.

Ricardo Aricapa, en su crónica “Rock y Anarquía”, así lo reseñó: “Subterráneo, como herido de muerte, surge de las esquinas de los barrios populares de Medellín ese grito hondo y desgarrado del cantante del grupo Parabellum; un alarido como el de un degollado que se riega airoso y contagioso por la plaza estremeciendo cuerpos y levantando polvareda, a pesar de los bomberos, que con sus mangueras no pudieron sofocar del todo ese incendio juvenil”.

Faltaban por tocar Lasser y Kraken, pero como Parabellum era el último grupo representante del ultra metal, para algunos, el concierto había terminado.

“Y llegó Lasser. Ahora los ánimos tenían el mismo volumen de los altoparlantes. En los tendidos seguía el entusiasmo, pero dosificado, la gente en general tiraba juicio. Buena parte de los de la arena ya andaban volando. Y volando bajo”, escribió Aricapa ese 1985.

Lasser tuvo la misma suerte que Excalibur y Spol, pues lo poco que estuvo en tarima fue para luchar por su vida. Las piedritas comenzaron a volar por todo lado con mayor frecuencia, y la tarima, con los golpes en la pared que la sostenía, ya no era un lugar seguro.

Juan Fernando Trujillo había decidido desde el principio del concierto ir al balcón, pues no era allegado al metal ni al ultra metal. Necesitaba un espacio sin congestión y donde pudiera ver el fenómeno tranquilamente: gente en la arena bailando, corriendo, pogueando y gritando cualquier cantidad de cosas a los que estaban cerca de él.

Ya se habían tirado diferentes tipos de objetos desde abajo hacia las gradas, pero quizás el primer gran motivo de la guerra que se formaría fue un baile de una persona en las graderías. La gente lo recuerda de muchas maneras: que fue un tipo que empezó a bailar de forma homosexual, que los de las gradas comenzaron a gritarle cosas a los que estaban tirando cosas, que nadie bailó nada, que todo empezó con Spol, que todo empezó con Lasser. En todo caso, Juan Fernando Trujillo asegura haber estado diagonal a la mujer de pañoleta roja que empezó a bailar con pasos de Jhon Travolta. En las tribunas, desentendidos del concierto, comenzaron a animar a la mujer, hasta que el alboroto fue tal que los que estaban en la arena se dieron cuenta, y le lanzaron a aquella mujer de pañoleta todo lo que tuvieron al alcance: chitos, papitas, guijarros, arena y bolsas llenas de quien sabe qué cosas.

Como es natural, las personas de arriba comenzaron a responder, y el evento perdió el poco sentido que le quedaba. Cada uno de los involucrados en la guerra comenzó a despicar piedras de las estructuras con las botas y las comenzaron a tirar. Los dos hombres que manejaban el sonido se tuvieron que refugiar en los tornamesas mientras se cubrían con los bafles y las telas negras del escenario.

Ricardo Aricapa terminó su reseña así: “Era una verbena robada a esta ciudad voraz donde ya no quedan resquicios para los sueños, la que sin embargo no se aprovechó plenamente porque lo que se había anunciado como un grito de libertad de las bandas y de los súbditos del rock de Medellín; lo que se esperaba que fuera una batalla fraternal entre metaleros, terminó en una batalla de guijarros entre el público. Y fue así como el altar del rock fue profanado por esa minoría sin dirección que parece empeñada en masacrar todos los valores; por esa franja marginal de la cultura urbana que el sábado asistió masivamente a La Macarena. Confieso que sentí temor por mi vida cuando el ruedo y las tribunas se desocuparon en estampida; cuando ya había varios heridos. Fueron diez minutos mudos en los que cualquier cosa pudo haber pasado en La Macarena. La gente pedía música y paz, pero los vándalos hacían la guerra. Todos queríamos que el concierto siguiera, pero no había por dónde porque se había desatado una situación absurda que ya no tenía reversa. En esas estábamos cuando llegó la policía, que bolillo en mano desocupó la plaza en cinco minutos. En el tráfago de la salida precipitada, pude ver otra vez al joven de la foto. Iba más trabado y ausente, sin darse cuenta de que en el fondo del callejón sin salida en el que se encuentra él y esa juventud que no quiere ver perjudicada está la policía esperando”.

El capitán Acevedo y sus 48 hombres se adentraron a la gradería donde estaba Juan Fernando Trujillo y la chica de la pañoleta. Mientras unos iban de manera pacífica a calmar el alboroto, otros, con bolillo en mano, aumentaron la tensión.

La mayoría de esos catorce mil asistentes habían salido de la Plaza de Toros en los diez minutos posteriores al suceso. Los cuerpos descompuestos, empolvados, con ropas desgarradas y botas raídas, en su mayoría, buscaban una forma de regresar a su hogar, mientras otros se dedicaban a seguir la pelea y esparcirla por todo el barrio El Naranjal. Tanto fue así que la mujer de la pañoleta roja tuvo que salir corriendo del lugar y montarse al primer bus que pasó por el lugar. Todos vieron partir a aquella mujer en un Floresta San Juan, mientras dejaba atrás todo el caos que, en parte, había provocado.

Muchos, como Juan Fernando, se quedaron en los alrededores de la Plaza por el resto de la tarde. Desprogramados, silenciosos, aletargados, pensativos con lo que había sucedido allí adentro, una parte de ellos quería terminar el concierto, aunque esa opción ya era más que imposible.

¿Y Kraken?

En el camerino aún permanecían Vicky Trujillo, Raúl Velásquez, Carlos Alberto Acosta y Jairo Álvarez, quienes despacharon a los músicos y les ofrecieron disculpas anticipadas a los miembros de Kraken.

Hugo Restrepo, de Kraken, todavía recuerda ese tiempo en el camerino: “No logramos tocar en La Batalla de las Bandas porque todo se terminó antes con el tipo de desorden público que hubo, entonces Kraken no se pudo presentar. No nos vimos en peligro, porque estábamos atrás en el camerino. No fue porque estaban en peligro nuestras vidas, sino que la gente, el público, se estaba agrediendo entre ellos. No siento que hubiera una resistencia a Kraken, lo que se detectó es que fueron riñas personales: la gente que estaba en las tribunas empezó a agredir o a hacer cosas que disgustaron a los de abajo, pero no había una rencilla con ningún grupo. Rencilla después, en un concierto en el teatro al aire libre Carlos Vieco, ahí sí fue una rencilla. Esa del Carlos Vieco fue una experiencia muy negativa, mucha gente salió muy malherida, el concierto no se pudo terminar, fue un fracaso para la banda tener que terminar así, escoltados y todo”.

La Batalla de las Bandas se convirtió en una expresión violenta, pues ya había un problema social más grande. Lastimosamente, toda esa música pesada se filtró ahí en el mundo del sicariato, lo que volvió a la época en sí misma un periodo muy oscuro.

Luis Grisales, quien también asistió al evento, aún no es capaz de hacerse una idea de la lógica que tuvo la gente para ocasionar tal grado de destrucción. “En ese instante me di cuenta de algo muy triste, que en realidad la ciudad estaba pasando por un momento muy crítico, un momento de violencia, que uno no lo tiene en la cabeza. ¿Hasta dónde una masa es capaz de agredir a otra? Era un despertar, era ver que las masas eran, y son, idiotas. Si a mí no me gustaba una banda me iba para otro lado o la escuchaba a ver si ahora sí me gustaba, pero yo no tenía esa dimensión, el querer agredir a alguien por música. Con el tiempo es que uno aprende que hay unos problemas de fondo, como se viven ahora esos problemas con las barras futboleras que es algo que no tiene que ver con el fenómeno del fútbol. Si el parqués fuera deporte nacional también nos daríamos bofetadas por el color de las fichas”.

Los reclamos por parte de los contradictores del rock no se hicieron esperar, y, como lo dice Carlos Alberto Acosta, al día siguiente de La Batalla de las Bandas se sabía que se tenía que empezar de ceros. “A partir de eso todo se fue para atrás: ya la Plaza de Toros no la querían prestar, los medios no querían saber nada de rock y los enemigos del género se aprovecharon de eso para difundir más eso de que el rock era satánico, que el rock era promotor del vicio, y lo escribían desde las secciones editoriales. Todos se vinieron encima de La Batalla de las Bandas, y el golpe fue duro”.

El golpe se podía notar desde las mismas reseñas al concierto. Una vez más el texto Rock y Anarquía, de Aricapa, mostró lo que se le vendría encima al género musical más adelante: “Cuando el reportero gráfico de El Mundo se acercó a fotografiar la escena de un muchacho desmayado por exceso de rock y estupefacientes en pleno ruedo de la plaza de toros La Macarena, en el paroxismo de la efervescencia que vivió el sábado la juventud rockera de Medellín, uno de los dos jóvenes que, tan trabados como su compañero caído trataban inútilmente de ayudarlo, enfrentó sin alientos al reportero y con una voz droga y cansada le pidió el favor de que no tomara la foto porque con ella iba a perjudicar la juventud. En su ensueño artificial el jovencito por lo menos logró captar que semejante foto iba a ser el más triste testimonio de una generación extraviada a la cual está atado por manoplas de cuero negro y correas anchas tachonadas con estoperoles; una juventud que se resquebraja en un nihilismo sin brújula; al ritmo metálico del rock y en plácida traba de metacualona, la cocaína de los pobres, porque el rock en Medellín se bajó de clase social y anda regado como una epidemia por los barrios populares de la ciudad. Por eso, los que tuvimos el privilegio de asistir el sábado a La Macarena para ver lo que hace la juventud más atravesada de Medellín cuando tiene un espacio físico para su ritual de rock y droga, vimos en esas miradas hundidas y en esos atuendos insólitos la avidez de la pobreza. Y bajo esos maquillajes estrafalarios vimos también las muchachas más lindas de Medellín danzando sin uno en pleno ruedo”.

El problema del radicalismo se agravaría posteriormente, pues el odio que había hacia Kraken por una parte del público sabotearía un par de eventos más en los años posteriores. El radicalismo llegaría a su punto máximo y su caída en los años noventa, cuando la apertura económica y la llegada de mayor oferta musical volverían absurdo el hecho de pelear por gustos musicales.

Como ocurrió con Ancón, luego de La Batalla de las Bandas se vino una época oscura donde tímidamente los grupos volverían a sus zonas de confort: parches pequeños, notas con amigos, cada uno dedicado a lo suyo y los conciertos de garaje que serían pieza clave para el resurgir del género en los noventa. 

En el ruedo La Batalla comenzó literalmente y no hubo tiempo de liberar el Kraken. El Titán y sus músicos se quedaron en el camerino. Su ausencia quedó como una marca. Su momento no había llegado.