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Las hay, las hay

por LAURA ALMANZA

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Siempre había querido ir donde un brujo de volante. De esos que prometen, por una módica suma de treinta mil pesos, acabar con el sufrimiento. En realidad era más una curiosidad morbosa que un deseo de bienestar. La idea de recuperar un amor, tener suerte en el chance, o en general acabar con cualquier tipo de amargura no me desvive. Mal influenciada por mis últimas lecturas de Séneca, y encima dieciocho años de educación católica, considero que el dolor hay que sentirlo, pues solo se forja el carácter experimentando las dificultades de la vida. “El fuego prueba el oro; la adversidad, a los valientes”.

En todo caso, lo que yo quería era conocer uno de esos brujos. Cada que pasaba por Junín con La Playa, buscaba un volantero con esos papelitos de colores y los coleccionaba en un cajón de mi escritorio, esperando algún momento de ociosidad para ir a buscar lo que no se me había perdido.

Como no encontraba ninguna excusa para desbocar mi curiosidad brujesca, me inventé una: prometí escribir una historia y pedí la cita.

Dada la concepción negativa sobre la palabra brujería y sus variantes, en todos los papelitos publicitarios estos personajes se nombran más amablemente como videntes, espiritistas o mentalistas. Era el caso de la especialista que me llamó la atención, una tal Sandra Luz, la cual garantizaba que yo no tendría que decirle a qué iba porque ella misma me lo iba a decir.

—Buenas tardes, quisiera separar una consulta.

—Buenas tardes, claro. Para mañana de una a cinco p. m. ¿A qué horas te queda fácil?

—A las dos está bien.

—Deme su nombre por favor.

Titubeé. Si ella no daba su verdadero nombre, ¿por qué yo habría de hacerlo?

—Juanita Ospina.

La oficina de Sandra Luz queda en el tercer piso de un edificio sobre la Avenida Oriental, entre consultorios odontológicos. No llegué puntual pero tampoco afanada. Me recibió un Buda de un metro de alto bañado en bronce, con los brazos levantados, una bata de color rosado metálico y un letrero a sus pies que decía: “Done lo que desee al Buda y sóbale la barriga y pide 3 deseos”.

Toqué el timbre y una mujer se asomó desde la habitación del fondo.

—¿Tienes cita?

—Sí, señora.

—Pasa y espérame cinco minutos que estoy terminando una videollamada.

Me senté en la salita de espera tratando de memorizar el montón de cachivaches esotéricos regados por el consultorio. Una vitrina llena de tarritos de Quereme, una Mano de los Misterios tamaño gigante de color rosa pastel, un cuadro de las pirámides de Guiza flotando en un cielo estrellado.

—Sigue, por favor.

Nos sentamos frente a frente.

—¿Alguien te recomienda?

—No, fue por un volante.

—¿Te vas a hacer lectura de tarot o lectura de cartas? El tarot vale ochenta y las cartas valen treinta.

A diferencia de la sala de espera, el cuarto era estrecho y no tenía mayor cosa. Apenas si cabíamos el escritorio, Sandra Luz y yo. Nada de inciensos, vestuarios aparatosos o bolas de cristal. La bruja era una cuarentona de camisilla blanca, cabello negro queratinado y mirada profunda con pestañas postizas. Los viáticos decidieron la lectura de cartas.

—Bueno, acá veo una separación…, una persona muy importante en tu vida que se aleja. ¿Es tu pareja?

—Era.

Ah, con que así es que ofrecen los amarres…

—¿Y sabías que hay otra persona? Porque bueno, aquí veo otra energía muy negativa. Es de alguien que te quiere hacer daño. No quiere que vos estés bien y te está haciendo todo tipo de cosas para que empieces a meter la pata. O sea, tú quieres tomar decisiones, pero muchas veces esas decisiones que tomas son malas decisiones… ¿Cierto?

(De eso sí no había ninguna duda).

—Esa energía no te deja avanzar. No te deja llegar al punto donde tú quieres estar. Tú quieres felicidad, quieres paz y tranquilidad, pero muchas veces hay personas que no te la van a dar. Tienes que analizarlo muy bien.

Sandra Luz no dejaba de mirarme. Escaneaba cada uno de mis gestos con una atención milimétrica. ¿Se percataría de que también yo la estaba analizando a ella? ¿Se lo advertiría alguna fuerza mística?

—Eh, yo realmente es que vine porque más allá de lo sentimental, tengo un proyecto creativo que no está funcionando muy bien.

—¿Pero ese proyecto creativo tiene de pronto algo que ver con la parte sentimental?

—Pueees… Yo tengo puesto ahí mi corazón, sí. Y la verdad siento que hay algo que no lo deja prosperar.

—Sácame tres cartas…

La bulla de la Oriental se sentía encima.

—Sí. Te está haciendo brujería —me dijo con total seguridad.

Las cartas le respondían como en voz alta. Para mí, en cambio, una ignorante de los símbolos arcanos, un corazón atravesado por tres espadas podría significar un problema cardiovascular.

—¿Por qué? No sé. Porque siento que esa persona no se beneficiaría en nada si te va mal a ti. La parte económica va a salir muy bien, hay un hombre en este momento que va a voltear todo y los va a poner a funcionar. No sé si viene a inyectar dinero, no sé qué es porque no sé qué tipo de proyecto tienes.

—¿Y entonces qué hago?

—A mí no me gusta meterme en el rancho de la gente, pero estabilízate. Lo que yo te recomiendo es limpiarte. Esta persona sí se está moviendo muy feo…, yo no sé qué beneficio le trae. Porque si fuera que te va mal a ti y queda con algo, pero aquí se ve que no va a quedar con nada. Esta persona te está haciendo eso gratuitamente. ¿Has tenido algún problema con alguien?

—Eh, no que yo recuerde.

—Tú eres muy inteligente, entonces eso es. Esa persona quiere el conocimiento que tú tienes, pero no lo va a obtener así. Porque no va a obtener ningún tipo de beneficio de ninguna clase con eso que te está haciendo.

—Qué vaina.

—Si tú no te haces una limpieza en este momento no quiere decir que no vas a progresar. ¿Qué es lo que pasa? Que vas a sentir siempre una piedra en el zapato. Todo lo que consigas va a ser con dificultad y no se trata de eso. Sea conmigo o con otra persona, trata de hacerte una limpieza y una cauterización para que no te entren más de estos trabajos negativos. Ya tú me dirás.

—No, pues, yo creo que tengo que pensar primero en todo esto.

—Claro. Ya tú me dices, tienes el número mío. Yo no cobro el trabajo, el trabajo es lo que usted me quiera dar. El material para eso vale ochocientos. Ya tú me dirás.

Después de pagar los treinta mil de la consulta que duró quince minutos, salí de la oficina de Sandra Luz haciendo cuentas emocionales. Todo lo que supuestamente dijeron las cartas bien podría ser una lectura genérica, pero ¿y si no? ¿Y si de verdad alguien me estaba haciendo la maldad? ¿Qué habría hecho yo para que alguien se pusiera en esas? Yo no creo en las brujas, pero…

Me dañaste, ome, Sandra Luz. Hubiera seguido tranquila tomando malas decisiones y con una piedra en el zapato, pero tranquila al fin y al cabo.

Esa tarde voltié por todo el Centro. En plena hora pico me monté a un bus y alcancé puesto en la esquina de la última fila. Contesté una llamada, cosa que no suelo hacer cuando estoy en la calle, y por casualidad, mencioné mi consulta con la “vidente esa”. Colgué, saqué los audífonos con toda la intención de soportar los tacos de hora pico en Medellín, puse una canción de The Frozen Autumn que tengo pegada. Estaba ya perdida en el sonido de los sintetizadores, cuando sentí que la pelada que estaba sentada a mi lado me tocó el brazo.

—Es que tengo que decirle algo.

Pausé la música, me quité los audífonos y la miré.

—Claro, dígame.

—No vuelva donde esa vidente.

—¿Cómo?

—Es que escuché de lo que estaba hablando y tiene que saber lo que me pasó a mí, porque esas personas lo único que hacen es aprovecharse.

La muchacha no tendría ni treinta años. Llevaba el cabello recogido en una trenza y vestía pantalón de lino negro con camisa blanca, como recién salida de la oficina. Resultó que había consultado a un brujo cualquiera en un momento de crisis, y entre limpiezas, escudos de protección y promesas de buena suerte, se le fueron más de dos millones de pesos.

—Y eso no es todo. Porque ese brujo algo sabía, aunque fuera un aprovechado… La mayoría son estafas, porque he visto cómo las hacen. Atienden las consultas por llamada, ponen voz de viejito y todo pa que les crean, les inventan cualquier remedio, cualquier cura, les cobran un montón de plata y ni una oración les hacen. Yo tengo un vecino que hace eso, y ese man no sabe nada de magia, es más, ¡no sabe nada de nada! Ni habrá terminado el bachillerato… Y yo no lo puedo denunciar porque a esos estafadores los cuidan los combos.

—Ah, cómo así…

—Vea, mientras uno viva va a tener problemas, y si uno no los resuelve cuando le toca, igual va a tener que hacerlo después.

Habiendo dado su mensaje de advertencia, miró de nuevo al frente y no dijo nada más el resto del trayecto. Me puse de nuevo los audífonos y cerré los ojos. Menos mal no creo mucho en nada, pero si esto no era un mensaje del destino, no sé qué más podría serlo. Además solo tuve que pagar tres mil ochocientos pesos del pasaje.

La suerte está echada

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

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La suerte está echada

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Fotografías de Juan Fernando Ospina

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

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Laura Almanza

Seis mujeres y una niña nos contaron las heridas que ha dejado en ellas la explotación sexual que comienza desde la infancia. Todas residen actualmente en Medellín, y las menores aún se rebuscan la vida en las calles. También escudriñamos el Archivo Histórico Judicial de la ciudad y, a través de él, hablamos con mujeres de otros tiempos. Con horror comprobamos que es poco lo que ha cambiado.

Gris sobre gris

Santiago Rodas

Casa por jaula

por LAURA ALMANZA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

Apenas llegamos salió a nuestro encuentro, frentero. Se movía inquieto, mostrándonos sus dientes a través de la reja, mordiéndola, colgándose de la cola para que viéramos sus güevas de frente. Ahí les está mostrando que tiene con qué defenderse, nos dijo Jorge, que no parecía impresionado por su actitud agresiva. Su reacción no era para menos, un poco más atrás la mona aulladora estaba en una tabla con su cría, pendiente, cautelosa.

Para agarrar una cría de mono aullador hay que matar a su madre y a todas las hembras de la manada que comparten su cuidado. Ese monito tan lindo que le ofrecen a los niños en carretera básicamente viene de una masacre. Y por más pañales, gafas oscuras o correas de perro que le ponga, tener fauna silvestre en casa es un delito.

Jorge Aguirre lleva 28 años trabajando como promotor de bienestar animal. Le pregunto qué se necesita para trabajar cuidando animales en el zoológico y me dice que lo primero es dejar de decirle así, que ahora se llama Parque de la Conservación. Lo otro, entender que los animales silvestres no pueden ser cuidados como mascotas, aunque eso implique dejar a un lado la ternura inevitable que provocan sus miradas curiosas, sus pieles de colores llamativos, sus gestos malinterpretados como cariñosos.

Mientras hablamos, al ver que no somos una amenaza, la actitud del mono aullador pasa a ser indiferente. Se aleja balanceándose por una cuerda y sigue con su vida. Este aullador llegó al Parque en 2012 siendo ya un mono adulto, después de ser decomisado por la autoridad ambiental. Cuando lo encontraron estaba amarrado como un perro, tenía marcas de una soga por todo su cuerpo y desnutrición severa. Las personas que lo tenían pensaron que dándole banano era suficiente.

El problema es que su alimentación es mucho más compleja. Los aulladores son folívoros, o sea que comen principalmente hojas. Rara vez tocan el suelo…, se la pasan de rama en rama por la selva tropical buscando brotes de ojoche, caucho sabanero o yarumo. En el Parque les preparan ensaladas con pepino, papaya, habichuelas, hojas de apio, espinaca, caucho y pomarrosa. A veces también compotas de mango. Cada individuo tiene una dieta especial diseñada por un nutricionista veterinario. En el centro de alimentación animal pican, trocean o trituran cada ingrediente para después pesarlo y servirlo en un horario específico. Después de observarlo, la idea de que un mono solo come banano me parece ridícula.

En El origen del hombre, Charles Darwin describe el sonido de los aulladores como un concierto horrísono que dura a menudo muchas horas. Como no tuve oportunidad de escucharlo, lo busqué en YouTube pensando que me encontraría con un coro de bramidos de perro herido; pero en realidad es un rugido, un sonido gutural que cualquier vocalista de death metal ansiaría tener.

Hace un tiempo este mono aullador rojo perteneció a uno de los grupos que rehabilitaron para regresar a la selva del Magdalena Medio. De algún modo el Parque de la Conservación es también un centro de rehabilitación, un campo de entrenamiento para regresar a la vida al natural. Le presentaron su nueva familia, le trataron los parásitos que le pegaban las palomas y las ratas de la ciudad, le enseñaron a recolectar su propia comida, a no depender ni confiar en los humanos. Tres años y medio le costó a su manada estar lista. Los llevaron por carretera, a cuestas, y hasta en lancha por el río Cauca. Por fin en el sitio, los biólogos pusieron el guacal en el piso y abrieron la puerta con cuidado, expectantes. El macho alfa salió a explorar primero y con un aullido le avisó al resto que sí, que era segura esa nueva casa sin mallas metálicas. Poco a poco la manada fue saliendo a treparse en los árboles, arrancar hojas frescas y balancearse patas arriba. Todos, excepto uno. Los biólogos intentaron darle unos días, quizá se animaba a salir tras los otros. Pero cuando volvieron a monitorear el sitio, seguía ahí, parado en la puerta del guacal esperando una cara conocida que lo montara en lancha para cruzar el Cauca de regreso a Medellín. El tiempo que pasó con los humanos había dejado una huella imborrable.

No hubo más remedio que volver a traerlo al Parque y descartar de una vez que participara en otros grupos de rehabilitación, era un hecho que el resto de su vida sería en cautiverio. Pero su historia no terminó ahí. Ya en su casa de ciudad, por pura casualidad, una de las aulladoras que estaba al lado de su espacio de aislamiento comenzó a hacerle ojitos. Se cortejaban y en las tardes se les veía cogiéndose las manos a través de la reja. Los cuidadores decidieron juntarlos a ver qué pasaba. Parece que en las noches en vez de aparearse se dedicaron a hacer planes de escape, porque la aulladora aprendió a abrir los pasadores de las puertas y huía saltando. Aunque el mono salía detrás, no se trepaba a los árboles. Quizá eso impidió que ambos terminaran en Nutresa robando galletas.

Unas semanas más tarde, ya abandonado el ímpetu de fuga, la barriga de la aulladora empezó a sobresalir. Seis meses después nació la cría, pero a pesar de darle todos los cuidados posibles, no sobrevivió. La que veo hoy es su segunda cría, un monito aullador con nueve meses cumplidos que pronto dejará de estar colgado a la espalda de su madre.

Le pregunto a Jorge cuáles son las probabilidades de que un mono nacido en cautiverio sea liberado en la selva. Desvía la mirada. Me dice que no tiene un número, que tal vez sea posible porque ya han liberado a un par de monos nacidos en el Parque, pero que es difícil. Probablemente la única selva que conozca sea un islote rodeado de tortugas y un par de cisnes, escuchando los carros que pasan por la Avenida Guayabal.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.