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por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 29 Noviembre de 2011

Las rejas blancas y recias de una fortaleza, cubiertas de una pelusa de polvo y grasa, separan a la Lonchería Maracaibo de los agites eternos de la carrera Bolívar. En realidad son un alarde innecesario: la Lonchería solo está cerrada durante tres horas muertas en mañana. La alcahuetería es la principal vocación del restaurante que durante más de cuatro décadas ha sido despensa indispensable para noctámbulos de oficio, vampiros de juerga, jugadores insomnes, borrachos de apetito desordenado, choferes con jet lag y otras especies que revolotean alrededor de su teléfono inolvidable. A la 1:30 a.m. se cierran las rejas pero se abre la ventanilla bondadosa por donde se atienden los caprichos del remate de la fiesta. Si la pequeña ventana de la lonchería, luminosa como una caldera, no ofreciera sus botellas y sus cajas varias, Medellín se habría dormido mucho antes muchas veces.

A las 7 p.m., la carrera Bolívar a espaldas del Nutibara es un hervidero de vendedores de frutas, legumbres y celulares. Los voceadores de buses gritan el barrio de destino. Debajo del metro están los dependientes de un tapete que exhibe gangas a punto de ser basura. De pronto se oye una gritería: “cójalo, cójalo”… El ambiente se llena de un entusiasmo general. Salgo de la lonchería en busca de un poco del espectáculo siniestro y me cruzo con un joven que exhibe un garrote en la mano y la sonrisa del deber cumplido en la cara. Pregunto por el ladrón y todo el mundo me alza las cejas. Un cigarrillero me entrega la única respuesta: “Se robó una cadena de plata… ¡Y estaba gruesa!”. No importa que eso suceda día de por medio en las afueras de la Lonchería Maracaibo: la elegancia debe conservarse y los meseros siguen llamando “el salón” a su espacio de 10 mesas, al que le da calor de hogar un pequeño carrusel de pollos asados.

En una mesa del salón, leyendo el periódico del día en la noche, está la señora Laura Rosa Duque. Como los detectives de las comedias mira con ojos desconfiados por encima del pliego: no le dan buena espina los preguntones y mucho menos si son desconocidos. Les pide a los meseros que nos interroguen y los meseros nos dejan las cervezas frías entre murmullos y risas. Uno de ellos me señala con un puchero a la señora de largas trenzas blancas como la mamá de los dueños. Me paro hasta la mesa de la decana de la lonchería y cuando le ofrezco mi mano como saludo ya me ha contado tres historias de su natal Marinilla: “Es que uno tiene que estar pendiente. Mis hijos me decían: mami, vos parecés que hubieras estudiado pa’ fiscalía”. A los 84 años solo se puede alardear con los 12 hijos, los 50 nietos y los 50 bisnietos. Intento que se concentre en el nacimiento del negocio y me dice: “Ah, esto nació después de que se cerró ‘La casa del pollo’, que era allí a la vuelta”. Me deja claro que nunca ha conocido los agites de esa cocina y que los dueños del secreto fueron sus hijos Manuel, Darío y Fernando. Mientras habla de lo dura que está la competencia, le deja caer dos groserías provocadoras a un mesero y me señala con cariño a su nieto mayor, que atiende la registradora. Se despide con un beso en la mano y cuando le pregunto por el mejor plato de la lonchería me responde con un susurro desganado: “Ay no, a mí me gusta es la aguasalita de la casa”.

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Dos mujeres que se han pasado a vivir al delantal atienden la cocina de la lonchería en el turno de la noche. Una le da vuelta a los borbotones de las ollas de regimiento y entrega las cajas rebosantes al despachador, mientras la otra se dedica a lavar platos en una caneca de agua espumosa. Todo tiene un aspecto de curtida limpieza. Las señoras miran con curiosidad al curioso que se asoma a su rutina. Ellas saben que cocinan para el más pernicioso de los batallones de la ciudad. Las ollas tremebundas de los fríjoles, el arroz, la posta y la sobrebarriga, el consomé y el mondongo, están a fuego lento, con el cucharón dispuesto, espesando para los clientes del último pedido a las 5:30 a.m.: los más necesitados. Los peroles están destinados a darle la famosa vuelta y vuelta al hígado, las chuletas, el cerdo y el pescado para las bandejas.

Pero los grandes secretos de la lonchería no están en la cocina sino en el embalaje de sus raciones. Las cajas blancas se apilan por todas partes con un orden sorprendente: algunas forman flores circulares sobre las repisas en una especie de origami involuntario. Y se llenan a dos manos: en la cocina reciben parte del contenido y en el mostrador les entregan la cuña de ensalada y el cierre definitivo. Guardar una bandeja con posta, salsa criolla, fríjoles, arroz, papas fritas, repollo y arepa en una caja de cartón es un desafío. Cuando la caja está llena y tan compacta que es imposible que algo se mueva en el recorrido, se cubre con un pequeño plástico que impedirá filtraciones. Una vez sellada se mete en una bolsa de papel donde se firma con el garabato que especifica el contenido. Eso para las bandejas. Los caldos tienen sus cocas de icopor, y la tilapia y el cañón su propio empaque estilizado: una caja plana como de camisa fina. Baratísima según el aviso sobre la ventanilla de la cocina: “Todo servicio para llevar en caja vale 300”.

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Wilson, uno de los repartidores de vieja guardia, me dice que en sus tiempos de apogeo la lonchería llegó a lucir nueve Kawasaki100 frente a su portón. En los bares clásicos de Guayaquil —Paletará, Lucán, Chapultepec, Renobar— no se pedía otra cosa. Y los camioneros que se hospedaban en el Hotel Karen bajaban de Yarumal soñando con las chuletas. Las loquitas de Labios y el Majestic guardaban la línea con una caja de arroz Maracaibo con tajadas de maduro. Pero la lonchería ha criado su propia competencia: “Muchos de los empleados que han salido de aquí han montado restaurante. La lonchería es el papá de Nuevo Milenio, Calibío y La 41. Y ahora solo somos siete mensajeros atendiendo el fin de semana”.

La verdad, siete mensajeros no me parecen pocos. Wilson me dice que puede hacer 15 o 20 viajes en su jornada y, en promedio, en cada viaje va en busca de 4 o 5 direcciones. La suma es sencilla: de las 8:00 p.m. del sábado a las 5:30 a.m. del domingo, la lonchería puede auxiliar más o menos a 540 guaridas que buscan sustento alimenticio para poder tragarse las botellas por venir. Porque la Lonchería ha tirado desde siempre, y eso hace parte de su reputación, el anzuelo de suculentas botellas de aguardiente, ron, vodka, tequila y whisky. Y un consomé de pollo, pasado con tequila a las 4 a.m., es uno de esos milagros que el dinero sí puede comprar.

Hemos hablado de la lonchería como cocina de combate, así que es lógico que Wilson tenga dos deserciones anotadas en su hoja de servicios en el ejército. Me señala los límites de sus misiones en el mapa de la Maracaibo: la Frontera en Envigado, la 10 Sur con la 52 en Guayabal y el Tricentenario por el Norte. Pero de vez en cuando se puede ir un poco más allá y llevar unos tamales o un muchacho en salsa o una ensalada de finas hierbas.

Las Kawasaki100 son historia y ahora cada repartidor trabaja en su propia moto. Wilson tiene un tiesto que parece un pandero recién pisado: “Yo nunca he comprado moto nueva, pa’ qué, a mí me han robado tres o cuatro motos repartiendo pa’ la lonchería. Todavía me roban: se llevan la comida, la carpa y adiós… Esta lambretica ni la miran”, dice, y señala con ternura a su Vespa blanca marcada con el GZV52.

En el salón la seguridad está garantizada. Los policías y los azules comen con el 30% de descuento. Son los únicos que reciben promociones por parte de la lonchería, que siempre ha despreciado las gangas semanales que usa la competencia. La Maracaibo tiene maneras clásicas: hace poco se sometió a la vulgaridad de vender hamburguesas y chuzos. Espero que no moleste la comparación: son un Hatoviejo en caja para los amanecidos, un Doña Rosa con bar abierto.

Miro el local de la lonchería desde la acera del frente. Parece un comedero más en la inmensa olla aguamacera de los corrientazos. Pero la lonchería es un número, es un nombre, es una solución para otros corrientazos, es una institución invisible debajo del Metro de Medellín. Es el único domicilio que puede llevar la comida, la botella que cierra la rasca y el calentao del desayuno en la misma caja fuerte.

Ciudad vs. pueblo

por PASCUAL GAVIRIA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 25 Julio de 2011

“El oro no estaba en las minas sino en el Parque Berrío”.
Frase de un ingenio local alrededor de 1910

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El Parque Berrío todavía entrega su sombra de palmeras a cambio de la mierda inofensiva de las palomas. A simple vista, palmeras y palomas es lo único que le queda de parque de pueblo a esa casilla arrinconada del centro de la ciudad: aplastada por el metro, sitiada por los taxis, animada por el sermón de los vendedores de la pujante industria del porno local. Ahora el parque no es más que una modesta plazuela de paso coronada por un prócer diminuto, empequeñecido por la escala de los edificios y los hombres, de los buses y la gorda de Botero.

Pero en los corrillos espontáneos que se van juntando bajo los árboles se puede encontrar el Medellín más pueblerino, una increíble colección de montañeros que han elegido el ombligo maltrecho de la ciudad para cantarle a su pueblo perdido. Todos tienen los dedos roídos de rasgar las cuerdas y fumarse el cigarrillo hasta la última pavesa. Y entre ninguno de los tríos juntan 32 dientes. Se agrupan según los alientos del día, las complicidades de la botella, los resentimientos de la última gresca. Van y vienen deshaciendo los tríos, conformando los dúos, completando los cuartetos mientras una sinfonía de desocupados los oye con dudoso entusiasmo. Un poco más atrás vigila la horda de tinteras, rondando, las unas ofreciendo el termo, las otras ofreciendo el trono.

Por momentos el centro de Medellín, ignorado por los citadinos que cruzan en busca de una rebaja, parece la plaza de algarabías de un caserío recién fundado por las desgracias del desplazamiento, los azares de la coca o las promesas del contrabando: Cartagena del Chairá, por decir algo, o Remolinos del Caguán, o Medellín del Ariari. Todos se conocen en medio de esa extraña caricatura del pueblo en la ciudad. Los más viejos hablan del ambiente de fiesta que fue creciendo, hace 20 o 25 años, alrededor de los carros de mercado que vendían cerveza, guaro, salchichón, cigarrillos. Poco a poco los músicos callejeros fueron acompañando el chirrido de esas cantinas ambulantes. Muy pronto los surrungueros se hicieron indispensables y lo que era una beba de cartas y alegatos frente a un carro ambulante, se convirtió en baile y cantata. “En ese tiempo algún gracioso le puso el Parque Berrido”, me dice una de las gargantas de vieja data.

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Es sábado a las 2 de la tarde y se cuentan más de 20 guitarras entre las activas y las enfundadas. Los corrillos apenas están afinando las historias de la noche anterior: un viaje repentino a tocar en una fiesta en San Pedro, dos horas de música carrilera que resultaron en La Estancia, en el Parque Bolívar, un contacto del tercer tipo con una de las bailarinas ocasionales del parque. Lucely es una de las fundadoras de la escena. Acaba de llegar de un recorrido en buses con su parlante compañero: “Me cansé de tocar con otros músicos, eso es muy difícil, los humores de cada uno, de cada día… Esto no es sino prenderlo y listo, no pone problema.” Parece que antes de la primera canción es necesario una especie de desahogo sin acompañamiento, a palo seco: “Yo empecé a cantar por un desespero, por un hijo enfermo. Estaba lista pa robar, pa ime pa la pieza con el primero que me ofreciera. Y resulté cantando. No sabía, pero cantaba con el corazón”. Sus primeros temas hacen parte de esa inagotable colección de desgracias que se lloran en las cantinas: Mil puñados de oro y Cruz de madera.

Lucely me hace una lista de muertos que no alcanzo a copiar en mi libreta: tres de sus maestros musicales a los que llama el difunto Argemiro, el difunto El Tábano, el difunto tales… Más dos hijos asesinados en Ituango y Medellín. Tiene los ojos chiquitos, esquivos, perfectos para esas canciones de llantos eternos. Abrazada a su parlante canta una alegoría a las madres solteras, sin afán, con la misma parsimonia y concentración con la que me acaba de contar un pedazo de su vida. Su canto y su cuento tienen la misma letra truculenta.

Desde que llegó el metro con sus alardes de trapeadora y su cultura de ascensor, los músicos populares del Parque Berrío fueron perseguidos como la peor de las plagas. Muecos, con tufo a alcohol y canciones de lágrimas y puñales, con sombrero peludo y zapatos sufriendo su tercer dueño, los músicos, los bailarines y los pegados del parche le parecían al metro impresentables para sus alrededores metropolitanos. Recordaban demasiado a los personajes callejeros, algo siniestros y desaliñados, que sólo le gustan a la cultura oficial cuando están pintados por Débora Arango o retratados por Benjamín de la Calle. Los policías comenzaron, entonces, a trabajar en el desalojo del parque y la guitarra se volvió una amenaza: “Es muy difícil conseguir a uno de por aquí que no haya terminado en el comando”, me dice el Segoviano, un cantante vestido con la camisa del Nacional.

En medio de esa purga contra la guasca, la carrilera, la parrandera, el despecho y sus costumbres, surgió una escena que cambiaría un poco la historia del parque. Eran los tiempos en que Lucely aún no había descubierto a su compañero el parlante y andaba con la guitarra a cuestas, su cruz. Un policía trata de arrebatársela y ella da pelea con las pajuelas como única arma. El tombo gana el duelo y amenaza con quebrar la guitarra contra el piso. Una estampa perfecta para un stencil. José Manuel Barrionuevo, un hombre de Barranca curtido en rebusques y caminancia, ve todo el tropel desde una esquina y decide comprar la pelea. Salva la guitarra y se le ocurre que hay una buena posibilidad de pelear por los músicos del Parque. Tiene varias categorías que seducen en el lenguaje burocrático del momento: población vulnerable, desplazados, gestores culturales. Comienza a llenar planillas, sacar carnés, juntar tríos camino a la secretaría de cultura. Barrionuevo se declara analfabeta musicalmente. Tal vez así tenía que ser para animarse a dar la pelea por los músicos en el escalón más bajo de la tarima.

El metro debió resignarse y decidió poner una línea imaginaria que los músicos y su guachafita se comprometieron a no cruzar: “Ese es el paralelo 38”, me dice Barrionuevo entre risas, aludiendo a la línea roja entre las dos Coreas. Ahora los merenderos tienen el compromiso de pensar más en la guitarra que en la copa mientras estén en el Parque, y cumplen con discreción, yendo a enjuagarse la boca cada tanto a una esquina cercana. Incluso lograron recibir clases de técnica vocal en la sede del Banco de la República y lucir los adelantos en un concierto de lujo en la Minorista.

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A comienzos del siglo XX el Parque Berrío también era un escenario clave en la lucha del pueblo contra la ciudad. Medellín tenía seis “automóviles” y comenzaba a desdeñar las casas de balcones que alojaron durante mucho tiempo los almacenes surtidos y los apellidos ilustres. Cuando los incendios de 1916, 1921, 1922 y 1925 dejaron sus estragos en el Parque, buena parte de la ciudad celebró con el carro de bomberos: “Sobre los escombros se levantaron magníficos edificios modernos que son adorno de la ciudad”. Los incendios eran un mal necesario para abrir paso al Edificio Olano y al primer ascensor de la ciudad, o para el Edificio Henry -llamado rascacielos-, y que algún milagro sostiene todavía en pie.

Ahora, cuando los esplendores del Parque Berrío son imposibles de reconstruir desde la visual de Pedro Justo, cuando la ciudad decidió sepultar su cuna bajo su gran orgullo, los personajes que se reúnen día a día para cantar y bailar sus cuitas, hacen posible vivir en el pueblo pretencioso de Cosiaca, Marañas, Lorita y demás vagos de pata ancha y ruana. Ese Medellín que baila a salticos en los corrillos del Parque, que exhibe la mirada vidriosa de los jubilados sobre las putas jubiladas, que rebusca monedas invocando brujas y resuelve todas las discusiones con el refranero, es un sumidero privilegiado en la ciudad. Ahí no está solo una colección de lo más granado de los montañeros de la provincia, están los campechanos más rebeldes, más bohemios como todavía dicen en los pueblos, los menos obedientes. Intentan mezclarle algo de guitarra al palustre de la semana y no se dejan atortolar por el reguetón ambiente: “A mí me tocó venirme pa Medellín porque uno de músico en el pueblo es visto como un loco, un borracho sin oficio”, me dice El Genuino de Antioquia. Algo parecido dijo el inglés Charles Saffray cuando salió de lo poco que había en este valle a finales del siglo XIX: “… en aquel pueblo ocupado sólo en buscar progreso material, los sabios, los poetas, los músicos, los artistas quedan siempre pobres, sin poder construir una clase separada.” Lo han logrado a medias: ahora tienen carné de desplazados, asociación de músicos populares y el beneplácito a regañadientes de la nueva iglesia local y sus vagones.

¿Ratas? ¿Las ve?

por MARIA ISABEL NARANJO RESTREPO

Número 25 Julio de 2011

“Si me preguntan cuál es la comida típica de los paisas,
yo dudaría entre la bandeja paisa y el arroz chino”.
Esteban Zapata – Artista visual

Hubo una época en la que en el norte de China fue muy popular un dicho sobre los habitantes de la Provincia de Cantón: “Comerán cualquier cosa que nade excepto un submarino, cualquier cosa que vuele excepto un aeroplano, y cualquier cosa que ande excepto un tanque”; y otro, cantonés, que reza: “Cualquier animal que torna su cara al sol puede ser comido”.

Entre las décadas del sesenta y ochenta la mayoría de chinos que llegaron a Colombia fueron cantoneses que se dedicaron a la cocina y abrieron restaurantes, los mismos de los que se dice que comen perros y gatos.

Hace pocos días circularon en internet seis fotografías de la terraza del restaurante chino Gran Fogón, ubicado al frente del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Los elementos captados por la cámara son nítidos e incuestionables: expuestos al sol, y sin ninguna protección, se disponen sobre una placa de aluminio varios cortes de tocino. Minutos después aparecen tres roedores que se acercan a la carne para darse un festín (Blog: www.camiloarango.com).

Las fotografías y un video circularon masivamente, y en menos de una semana se retomó el viejo rumor sobre las prácticas “exóticas” de los chinos, y se llegó a una conclusión apresurada: la carne que entró en contacto con los roedores es la misma que se sirve en el restaurante. También se expresaron otras opiniones que obedecen a los mitos que hay en torno a la comida china, como la de matt87, escrita en el blog donde aparecen las fotografías: “Para mí ellos están criando ratas para venderlas en el arroz chino, y en el techo están cazando las ratas que se les han volado” (sic).

El 15 de julio la Secretaría de Salud visitó el lugar y declaró no haber encontrado evidencia de malos hábitos en la manipulación de los alimentos, ni de ninguna acción que represente riesgo para sus clientes; también aseguró que los roedores son ratas de techo que no tienen acceso al interior del edificio. Esta explicación no dejó satisfechas a varias personas que vieron las imágenes del blog de Camilo Arango, y que se niegan a creer que esa carne no fue directamente al estómago de los desprevenidos clientes, quienes podrían estar expuestos a enfermedades letales como el hantavirus o la leptospirosis. Pero el concepto de la Secretaría de Salud, autoridad responsable de evaluar, controlar y prevenir el riesgo en estos establecimientos, asegura que no hay de qué preocuparse. ¿Cómo entender entonces las imágenes?

Felipe Wu es el único miembro de la familia que puede comunicarse conmigo en español al momento de mi visita. Aparenta unos 25 años y es el hermano de Santiago Wu, dueño del restaurante. Felipe fue enviado a la silla donde yo aguardaba por el padre, David Wu, quien a su vez fue enviado por la tímida esposa del señor Wu, quien enrojeció de pena y se escondió, ante mi sorpresiva petición de explicar las fotografías. David Wu lo había intentado sin éxito al llevarme del brazo hasta el fondo del restaurante, con el fin de que yo constatara qué animales echaban al aceite caliente. “Mire usted misma, mire, mire”, decía señalando los espacios llenos de cajas, delantales y estanterías, y vociferaba, con las únicas palabras en español que le escuché, “¿Ratas? ¿Las ve?, ¿Ratas? ¿Las ve?”. Yo solo vi calderos enormes, decenas de pechugas de pollo, y cinco cocineros concentrados cada uno en una actividad diferente: picar, deshuesar, cocinar, freír y empacar.

Felipe Wu me señala a uno de los comensales y me dice: “¿Quién mejor que un cliente que dé fe del restaurante?”. Todas las mesas están vacías, excepto dos: en una hay una pareja, y en la otra está Carlos, de cuerpo voluminoso y tez ennegrecida por el humo de la calle. Come allí desde hace cuatro años y dice, burlón, que no le preocupa que le vendan carne de rata. “Es que hasta en los mejores restaurantes de Las Palmas venden carne de burro enternecida con jugo de papaya, ¡y nadie se da cuenta!”, declara mientras se sirve una generosa porción de arroz chino, chop suey (que en chino significa “trozos mezclados”), medio pollo frito y Cocacola.

Revolviéndose en la silla, el joven Wu explica con escasas palabras lo que aparece en las fotografías: “Es tocino curado. Nosotros comemos la carne así porque es más gustosa, y la dejamos al sol para que tenga un sabor más fuerte y para que se preserve más”. Hace referencia a la salazón, que consiste, según sus palabras, en untar el alimento con cristales de sal y adobarlo con diferentes salsas, para dejarlo al sol varios días hasta que se seque. Esta práctica es muy común en la cocina cantonesa, de donde proviene la familia Wu. Especias como la pimienta, el jengibre, la cebolleta, e ingredientes como la salsa de soja, el vino de arroz y el almidón, son fundamentales en su cocina; así mismo, son tradicionales el pescado fresco y los alimentos en conserva.

Resulta extraño que coman animales como perros, gatos, culebras o tortugas, pero hacen parte de una civilización de más de cinco mil años, y de un país de mil 300 millones de habitantes que ha sido asolado por periodos de pobreza y hambruna, lo que los ha llevado a elaborar recetas con una variedad increíble de ingredientes, y a aprovechar todas las partes comestibles de los animales, como tripas, cartílagos, cabezas y garras de aves.

Felipe vuelve su mirada hacia el techo y lo señala tratando de convencerme de que no hay ninguna grieta que comunique el restaurante con la casa del segundo piso, donde viven siete de sus familiares. Insiste, con desgano, como si hubiera gastado todas las palabras dando explicaciones obvias, en que esa comida fue desechada luego de constatar que las ratas tuvieron contacto con ella. “¿Qué más quiere saber?”, dice, y me da a entender que la conversación ha terminado.

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El idioma es una de las principales barreras para comprender esta cultura milenaria, cuya población en Colombia se estima en diez mil. Dos mil de ellos viven con sus familias en Medellín según datos de la Embajada de China, lo que ya podría ser un barrio chino disperso en las calles de la ciudad; uno similar al de Barranquilla, donde existe el primero y hasta el momento único Chinatown del país.

El primer restaurante chino en Medellín fue Chung Wah de Hugo Chan, el mismo del reconocido Restaurante Asia. Cincuenta años después, en el directorio telefónico pueden enumerarse cerca de noventa, un número que evidencia la colonia de extranjeros más grande de la ciudad, y que significa una fuente importante de empleo para cientos de colombianos, quienes encuentran oficio como cocineros, meseros, armadores de cajas y mensajeros.

La necesidad de acercarse a su cultura para garantizar la asimilación de las normas sanitarias hizo que la Secretaría de Salud, en el marco de su campaña “Coma Tranquilo” (2009), dedicara una presentación exclusiva a la colonia china. Al evento llegaron una veintena de dueños de restaurantes para presenciar una obra de mímica, una cumbia colombiana, una canción y homenaje al arroz chino en letra pegajosa –”lo que todo el mundo quiere es comer arroz chino, lo comen universitarios y hasta reinas de belleza. Hasta para un chino lo mejor es el arroz chino”–, y una sección de penaltis contra las bacterias, animado en mandarín por Rafael Chan, uno de los asistentes.

La secretaria de salud, María del Pilar Pastor, asegura que la idea de que los chinos tienen malas costumbres en su cocina es un mito, ya que todos los restaurantes están sujetos a la vigilancia y control de sus prácticas. “Más bien es una idea preconcebida por el desconocimiento de su cultura”, puntualiza la ingeniera Luz Bibiana Gómez, líder de la campaña.

Cualquier persona puede verificar las condiciones sanitarias de un establecimiento mediante unos círculos verdes, amarillos o rojos, que indican un concepto favorable, condicionado o desfavorable. Según el ente de control, el 96 por ciento de los 18.927 establecimientos visitados son catalogados con concepto sanitario favorable y favorable/condicionado. Un círculo rojo significa que el lugar no cuenta con las condiciones adecuadas y es un riesgo para la salud. En este caso el lugar tiene una orden de “clausura inmediata” y si está abierto se debe dar aviso a la Secretaría de Salud.

El Gran Fogón abrió sus puertas en Medellín hace siete años. El año pasado recibió siete visitas y este año tres. Tiene un concepto sanitario favorable/condicionado, debido a detalles como una mesa metálica descascarada y al robo, el mismo día de la visita, de las tapas de los baños.

Del restaurante dependen ocho miembros de la familia Wu y seis empleados paisas que pueden ser ocho, pero con la situación actual no saben si incluso tendrán que despedir algunos. Los Wu están preocupados por la disminución de sus ventas. Días después visitaría nuevamente el restaurante y encontraría sus trece mesas vacías.

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Mientras apila cajas, Santiago Wu me dice que “las mesas vacías que usted ve no es normal. Lo normal es que la gente haga fila. Creo que la persona que puso en internet la información lo hizo de maldad. ¿Por qué no verificó primero con la autoridad competente si era verdad lo que él creía?”.

Santiago me habla de un viaje que hizo el año pasado. Recorrió durante diez meses los lugares que su padre le describía cuando era niño, y aprovechó para hacer un curso de cocina y panadería. Hoy habla con amor de su lejana China, pero no piensa regresar porque después de vivir catorce años en Colombia se siente más de acá que de allá. “Todavía no se me ha ocurrido qué me voy poner a hacer si esto se pone mal”, dice.

El desespero en el rostro de los Wu me recuerda la historia de un grupo de 705 cantoneses que llegó el 30 de marzo de 1854 para agilizar la construcción del ferrocarril de Panamá. El relato del historiador Germán Patiño cuenta que los chinos, lejos de su tierra natal y molestados por los irlandeses que trabajaban en las obras, cayeron en una depresión profunda. Las autoridades confundieron la nostalgia con anhelo de opio y repartieron el narcótico entre el grupo, que comenzó a suicidarse y a pagar a malayos para que cercenaran sus cabezas con un machete. Es una imagen escalofriante, pero más aún lo es saber que hay una cultura milenaria de la que solo hemos conocido la cajita de arroz.