por SANTIAGO RODAS // Medellín ha devenido en el epicentro de los relatos en forma de canciones que la industria musical latina produce ahora mismo bajo el sello del reguetón. Un sinnúmero de ejemplos diluidos en las letras de las canciones, referencias a sus barrios, imágenes y sonidos hablan de esta ciudad “renovada, limpia, multicultural, sexi”.

La nube de Darío Gómez

por SILVIO BOLAÑO • Ilustración de mais.criollo

Número 131 Octubre de 2022

Sí, necesitamos canciones populares que nos ayuden a aprender a vivir, que nos enseñen a soportar el abandono, a mirar con resignación los ojos de la pelona, a enfrentar el terror de volver a enamorarnos, a celebrar la ironía de sabernos parte del olvido, a burlarnos del yugo del trabajo, a masticar el fracaso entre sus melodías, a lidiar con los fantasmas que crecen a nuestros pies. Los juglares nos regalan cancioneros que, al poner en escena la tragicomedia de lo habitual, nos recuerdan que este teatro de vanidades es flor de un día y que para celebrarlo tenemos el aquí y el ahora, presente que se asemeja a la eternidad en el carnaval del amor-amor, cuando cantamos para soportar al agujero negro que nos respira en la nuca. Darío Gómez surgió de las montañas de Antioquia como un campeón de coplas que celebran el arte de vivir a contrapelo: acá el folclor dio a luz a un héroe que canta su despecho, no al que se jacta del triunfo, ni a un jeque de la felicidad o del erotismo, sino al que en las calles del amor vive entre comillas, con la corazonada del silencio como respuesta que afronta, cual Sísifo montañero que arrastra su roca hasta el filo de un alto del Cauca para verla desbarrancarse, consciente de que su destino heroico consiste en intentarlo mañana otra vez. Este juglar paisa es un buen perdedor que refleja los valores estéticos de un pueblo al que le gusta enfrentar el fracaso, pues cuando escucha o canta a Darío Gómez se permite pensar o manifestar, entre el coro de barítonos atenorados y sopranos de viacrucis, que somos conscientes de la fragilidad de ser en este mundo. Es proverbial el ejemplo de Nadie es eterno, canción que floreciera como himno popular en una década en la que desde el “Cómo amaneció Medellín” recibíamos las cifras pandémicas de los jóvenes asesinados por la guerra del narcotráfico; desde entonces sus versos: “Sufrirás, llorarás, mientras te acostumbrés a perder…”, son mantras que han logrado, de forma lapidaria y por ende ortodoxa, enseñarnos a tener una actitud ética estoica ante la cotidianidad de la muerte: “Después te resignarás cuando ya no me vuelvas a ver…”, esto a través de un talante vitalista: “No lloren por el que muere / que para siempre se va / velen por los que se queden / si los pueden ayudar…”, que se asemeja a lo que predicaba el Buda, o sea que nos extinguimos como una llama y nos transformamos como una nube.

Darío Gómez fue un rey con sino trágico que, a diferencia de Edipo de Tebas, enfrentó su destino familiar a través del arte. Con su hermano Heriberto formaron Los Legendarios en 1977, cuyo primer éxito, la samba Ángel perdido, está dedicada a su difunta hermana Rosángela. En esta canción usa dos figuras románticas que retomará en otras letras: “Voy por esta senda triste, la senda de mi amargura” y “quítame ya la existencia, pero no me des olvido”. La senda triste, como una sola sombra larga, es la que recorre mientras canta la melancolía que siente por la estrella perdida, esa que iluminara su juventud. Es la hondura que hay en lo simple: Darío Gómez escribe una samba a su hermana Rosángela, pero sin incluir su nombre, que no carece de la riqueza semántica de las Lauras y Beatrices de los poetas coronados, y a ella canta como si fuera un ave migratoria, con la lozanía de la ronda infantil: “¡Vuelve mi ángel perdido / amor mío, ¿dónde estás? / Mi corazón no ha vencido / esta horrible soledad”. Afrontar las tragedias familiares a través de la composición de canciones es una fórmula artística que también encontramos en su himno de abuelo, donde el rey del despecho narra el drama de su nieta huérfana por la violencia y a ella canta en el coro: “Daniela / soy tu abuelo paterno / y aunque nadie reemplaza / ese amor para ti / tu mamá desde el cielo / quiere verte feliz”. Tanto en Ángel perdido como en Daniela el juglar paisa comparte sus infortunios con una solemnidad que nos invita a evocar nuestras fatalidades: la piedad que produce la imagen de una mujer joven desdichada nos hace sentir parte de un ritual en el que contemplamos nuestra experiencia de lo terrible.

A esta materia del arte Darío Gómez sumó un estilo muy suyo con la inclusión de más cuerdas y vientos, lo cual supo escenificar con sus productores en videoclips que presentan una estética hermana de la telenovela latinoamericana. Un caso ejemplar es el video de Sobreviviré (asombrosa versión en castellano de I Will Survive) en el que aparece recortado y pegado sobre la escena en posición de flor de loto, como una nube sobre su público que convulsiona en una histeria de El Show de Las Estrellas de Jorge Barón; luego canta vestido de frac entre la niebla, ante una banca y un farol de parque, como Carlos Gardel o Michael Jackson entre las candilejas de Hollywood; después, sobre un fondo azul, entre luces amarillas y claves de sol; ahora, con una mujer que cabalga a pelo, símbolo de viril optimismo. Acumulación de imágenes que es la apoteosis del estilo montañero con el que decoramos las busetas y los graneros en Antioquia; barroco paisa al que en Medellín la gente gomela bautizara mañé por manierista y que, al exagerar en el uso de símbolos de abundancia, subraya la fuerza que debe tener el amante desdichado para enfrentar a su destino: “Y viviré porque otro amor llegó con fuerza para amar / Y en mi anhelo de vivir, tengo mucho que entregar, lo has de saber / que no haces falta, sin ti sobreviviré…”.

Pues Darío Gómez canta al amor como a un personaje romántico que existe tanto adentro como afuera de sí y necesita compartir con el ser amado, ese que ya ama a otro y en algunos casos está comprometido. La infidelidad es un tema frecuente en sus tonadas, las cuales promueven los valores del amor cortés de forma tan clara que nos permiten evocar los versos de Dante Alighieri sobre Paolo y Francesca, amantes asesinados tras ser sorprendidos en adulterio: “Amor que al corazón gentil prende fácil… Amor que a ningún amante amar perdona…”, canta el florentino en el Infierno. El hijo del pueblo de San Jerónimo, en cambio, lanzó estas coplas 750 años después: “Te recibí el corazón con toda el alma / no me arrepiento a pesar de tu traición / al darme cuenta que (sic) eres una tirana / me enamoré y el destino me engañó…”. Ahora el amante ha sido traicionado, pero reta a la traidora por no haberle quitado la vida: “Me diste el corazón y me lo diste herido / otro amor te engañó / y tú engañaste el mío / ¿Por qué eres tan tirana con el que sabe amarte? / Debías de (sic) matarme para ya olvidarte…”. Es notable que sobre los arquetipos de la traición se han escrito obras de arte pródigas en aquello de ayudarnos a experimentar la catarsis, al punto de que los libros sagrados, las mitologías y las rapsodias parecieran enseñarnos que la miseria de nuestra especie humana proviene de un triángulo amoroso y de una traición primitiva. Luego, además de regalarnos himnos para afrontar las tragedias familiares, Darío Gómez contribuye, desde nuestro cancionero colombiano, a la continuación de la leyenda del amor en Occidente. Pues incluso al celebrar el encuentro del ser amado él debe recordarnos la existencia de un dolor original: “Qué negro fue mi pasado / sin importar mi sufrir / siempre viví fracasado / hasta el día que te vi…”, estado de penuria que el hallazgo del verdadero amor puede borrar, al punto de señalarle el inicio de una vida nueva desde la que atisba su pasado con desdén: “Me hiciste revivir de la nada / ¡Ay de mí cuando no te conocía!…”, y ante su experiencia de resurrección promete el amor eterno, aunque sea consciente de que nuestra existencia es efímera: “Yo quiero ser tu amor hasta la muerte / que si tu corazón no lo derriba / ahí me tienes / entregado de por vida…”. Lo cual es el paradigma de la promesa de amor eterno: tú me has salvado de la miseria, por tu amor he vuelto a nacer y por lo tanto prometo, mientras me lo permitas, que seré tuyo hasta la muerte. Acá la ranchera personifica el ciclo de transformación: muerte, amor, vida, muerte; metamorfosis en la que el pueblo cree y es su forma religiosa, trascendental, de comprender el amor.

Por eso, al enterarse de su transformación el pueblo salió a las calles a reivindicar el pacto artístico con su cantor, cumpliéndole en el volumen de la música y de la ingesta etílica en hogares, graneros y parques de Antioquia, así como en las romerías que llegaron al Yesid Santos durante tres días, en un velorio histórico en la Villa de la Candelaria. Los peregrinos se agolparon alrededor del coliseo de voleibol a cantar, rezar, tomar fotos, videos y guaro, entre gritos de histeria, perros, flores, retratos, ponchos, velas, sombreros, gases lacrimógenos, banderas del Medellín y del Nacional, algarabía de familias y parceros, arepas de queso, turrones de coco, bareta, papita, chicle, violines, guitarrones y trompetas, atletas que hacían calistenia, una mujer a caballo y vecinos que daban guaro a las ánimas del jardín, por no poder bañar el féretro de aguardiente antioqueño, que tal era el deseo de las distintas gentes, como si Darío Gómez fuera el genio de la botella y por eso debiera experimentar su apoteosis sobre mares de anís. Así el pueblo hizo justicia con la estética de su juglar; quien hoy es nube, ayer fuego.

En 1900 la vida era frágil y las condiciones eran incluso precarias para muchos, así que morir siendo bebé, pequeño, adolescente o mayor era un asunto altamente probable que se aceptaba como voluntad de Dios y se recibía con ceremonias y ritos que variaban según la edad y las posibilidades económicas del fallecido.

Cocina como Acción Social: comensalidad a manos llenas

por LUIS R. VIDAL

Número 131 Octubre de 2022

La cocina en la calle y la calle como cocina

Sacar el fogón a la calle es un acto que, a simple vista, no tiene nada de extraordinario. Creo que todos hemos compartido un plato de sancocho o una frijolada. Sin embargo, hay algo más. Prender un fogón a la luz de todos, y sentir el olor a leña y la volatilidad del humo que tizna una olla, nos comunica con el acto primario del fuego y de la vida en comunidad.

Dar de comer al otro siempre me ha parecido un gesto noble. Es como abrazar a alguien a través de la comida, sobre todo cuando es uno quien la prepara. Los alimentos cobran otro sentido. Pienso que, con los afanes del día a día, perdimos parte de nuestra esencia como humanos cuando en su casa cada quien, en vez de ir al comedor, va a un cuarto y come solo, casi que a escondidas. Cocinar no es un acto individual. Siempre habrá alguien que siembre los alimentos, otros que cosechen, otros que los transporten hasta los lugares de acopio, hasta que, por fin, lleguen a nuestras manos para transformarse.

En Medellín, Cocina como Acción Social (CASA) se ha encargado de atizar ese fogón y compartir la comida en las calles de la ciudad por más de seis años. Emmanuel Taborda Blandón es el cocinero y gestor cultural que está detrás de esta iniciativa. Ema, como le dicen sus amigos, cuenta que no ha estado solo en esto. Lo han rodeado un puñado académicos, compinches, cocineras y cocineros tradicionales, venteros de frituras, hortelanos, filósofos, historiadores, poetas, antropólogos, comunicadores, ilustradores y palabreros.

CASA se ha tomado muy en serio que cocinar es un acto comunicante del que nos debemos valer para resarcir broncas innecesarias y carentes de sentido. Es cambiar la estridencia de las armas por los ruidos que producen las cocinas en movimiento. Así, se valen de metáforas para enseñarnos que lo importante de vivir sosegados los amores y las amistades, a fuego lento como las buenas comidas, y que la frugalidad es enemiga de los apuros y los hartazgos, porque como dicen los abuelos: de las carreras no queda sino el cansancio.

Este detenerse para cocinar en las calles de la ciudad se hace con comensales de todos los pelambres. Aquí todos caben y celebran alrededor de la pedagogía de la olla comunitaria: unos lavan, otros pelan, otros atizan el fogón, otros se encargan de las arepas, la ensalada y las bebidas. Al cocinar juntos celebramos la hermandad, reconocemos lo semejante y lo diverso del otro. Alguna vez, al terminar la faena en una de las versiones de CASA en Pedregal, estaba fatigado y olía a leño, pero pensé que un pedazo de la ciudad se había sentado a comer junta. Era una porción pequeña comparada con el tamaño del país. Pero no importa, me dije. Se ha empezado y eso es lo importante.

Medellín celebra desde los fogones

CASA es algo sui generis en medio de la variedad de eventos de cocina que existen en Medellín. Eclosionó en el barrio y poco a poco ha permeado al resto de la ciudad y el país. Ema cuenta que la iniciativa tiene tres líneas de formación que están integradas. La primera es la comunitaria, que tiene como punto de partida el taller Amasando Paz. En el año 2017, comenzaron a vincular a población diversa (en edad y género, también migrantes) en encuentros constituidos a partir de la cocina comida, donde se abordaron los universos culinarios de cada participante y la relación afectiva y gustativa con sus recuerdos. Tras esa experiencia, se elaboró una metodología de trabajo que se replicó en distintos barrios de Medellín en expresiones como: De la tierra a las cucharas, Cocina y Memoria, Cocinando con lo que hay. En ellas, los distintos talleristas han sumado sus experiencias y transformado el abordaje desde las particularidades de los territorios.

La segunda son las consultorías que CASA les ofrece a distintas organizaciones para dimensionar, entender y crear soluciones a las problemáticas sociales, culturales, económicas, políticas y de violencias basadas en género. Propone una metodología de intervención social que, a través de la cocina, permite compartir ideas y saberes, consolidar acuerdos, brindar soluciones y transformar desde la fuente.

Finalmente, la tercera línea tiene una apuesta por lo comunicacional. En este punto, CASA materializa un discurso cercano a las personas, reconociendo las narrativas, estéticas y modos en que se presenta la alimentación en espacios mal llamados populares. Las voces del barrio y sus protagonistas son fundamentales para comunicar y afirmar que la cocina es un espacio de cohesión social, y también una manera de reconocernos en el otro.

En seis años, CASA ha hecho presencia en quince barrios de Medellín y doce municipios del departamento. Ha participado en cinco foros, una franja radial y varios eventos iberoamericanos, en los que ha mostrado la diversidad de las cocinas y etnicidades del país. Cuando nos sentamos juntos a comer, la conversación también se abre paso. Una de sus ideas centrales ha sido cultivar la sensibilidad para leer las situaciones particulares de los barrios, del departamento y del país, al tiempo que se piensa esos contextos en sus diferencias.

Tiempos de celebración

CASA se reúne anualmente y convoca al sector público, académico (de distintas áreas del conocimiento), estudiantes y colectivos de la ciudad y del país, para dialogar sobre la cocina y su aporte a la generación de vínculos sociales para el desarrollo social. En esos encuentros, por medio de la exploración de ejercicios culinarios, se aborda desde la pregunta y la palabra las dimensiones sociales, culturales, biológicas y emocionales de la cocina, el fogón, las ollas, las texturas y los sabores y, en especial, las historias detrás de quienes producen, transforman y disfrutan los alimentos. Es una fiesta cada encuentro, una oportunidad para ver a los amigos, callejear y abrazarse.

Invitados a conocer, degustar, disfrutar como en su CASA, con Cocina como Acción Social.

Claro que sí. Hasta 1950 Colombia era un país rural, donde era común que los hombres anduvieran sin zapatos o que los usaran solo para ir a misa. Las mujeres, flexibles para adoptar nuevas ideas, decidieron ponerse botas y botines mucho antes… ¿Cómo lo sabemos?

34 hombres y una mujer

por FEDERICO RUIZ • Archivo Fotográfico BPP

Número 128 Abril de 2022

Grupo Medicina, por Fotografía Rodríguez, 1946.

Es 1946 y están a punto de graduarse en Medicina. Todos importan, pero ella mucho más. En una época de dogmas según los cuales las mujeres tenían el destino marcado (el hogar, el esposo, los hijos), Klara Glottman eligió las ciencias. ¿Quién fue?

Hace ochenta, noventa o cien años había opciones (no muchas, pero había). Algunas mujeres fueron obreras en las fábricas de tejidos; otras estudiaron secretariado, mecanografía o contabilidad en la Escuela Remington; otras eligieron la vida religiosa con sus viajes y aventuras llevando la cristiandad a Tombuctú; algunas prefirieron avanzar en lo social ingresando a las asociaciones femeninas; otras, a la Escuela Doméstica de Medellín donde aprendían desde cocina y planchado hasta horticultura y repostería; otras eligieron un camino en el que las oportunidades para las mujeres eran escasas: entre ellas, Klara.

Para ser aceptada en una profesión “tradicionalmente masculina”, además de cambios en el sistema educativo, Klara contó con el apoyo de su familia (provenían de Europa, donde las mujeres ya incursionaban en el campo científico) y con el de un decano con mentalidad abierta. “Preséntese”, le dijo. En ese entonces (además de las calificaciones, fotos, pagos y la aprobación del examen) se requerían certificaciones morales: las mujeres debían acreditar que no vivían solas o con sus hermanos, que no vivían en hoteles, pensiones o apartamentos y que su colegio respaldaba su idoneidad moral. Klara ingresó en 1941 a la facultad de Medicina. No fue la única mujer, pero sí quien llegó más lejos.

Con ella se matricularon Clara Uribe y Ligia Montoya. Solo se graduó Klara, en 1946, tras superar prejuicios y burlas de sus compañeros: la llamaban Klara Glúteos, según cuenta el anestesiólogo y escritor Tiberio Álvarez en su libro Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia, ciencia y presencia en la historia 1871-2016. También superó el antisemitismo: los judíos llegaban a ser blanco de insultos, como lo narra Héctor Abad en El olvido que seremos (aclarando que en general Medellín ha sido una ciudad amable con esta comunidad). Luego de graduarse, Klara fue a Harvard. Se especializó en endocrinología ginecológica.

Aunque se avanzaba hacia sociedades más igualitarias, “no todas pudieron lograrlo. Bachilleres recién graduadas fueron presionadas para volver a sus hogares, dejando el desarrollo profesional a los hombres”, como lo cuenta la revista Semana en un artículo sobre la historia del voto femenino en Colombia. Otras mujeres, quizá con más suerte, más ingresos y más vocación, fueron abriéndose paso hacia la siquiatría, pediatría y obstetricia. Para ellas, Klara fue inspiración.

por JUAN FERNANDO RAMÍREZ ARANGO // En el imaginario colectivo, el Palacio estaba marcado por la tragedia desde que, en 1951, un ciudadano alemán se lanzó al vacío desde una de sus torres, “ejemplo que muchos fueron siguiendo con el tiempo”, convirtiendo al quinto piso del Palacio en el epicentro de los suicidios de Medellín, con más de sesenta casos registrados hasta 1990.

La otra lucha del Titán

por RAFAEL GONZÁLEZ TORO

Exclusivo web

Foto de Juan Fernando Ospina, 1989.
El momento se repite pasado el mediodía. Sentado en una de las cuatro sillas amarillas de la mesa circular de la cocina de doña Oliva Zapata, Elkin mira a su mamá y después de un gesto cómplice, que solo ellos dos entienden, empiezan a cantar.

Cantan en voz baja. Tranquilos, sin afanes, mientras la sopa de papa, yuca y plátano suelta los primeros vapores que se dispersan con los rayos de sol que entran por una puerta que comunica al patio contiguo. Doña Oliva no descuida los alimentos. Tampoco deja de cantar. Elkin y su madre repiten una estrofa y el coro. Entonan suavemente Vestido de cristal.

Así pasan los días de Elkin Ramírez, alma, nervio y voz de Kraken, la banda más importante del rock nacional. Acompañado del cariño y los cuidados maternos, sus fuerzas se centran, desde julio de 2015, en su proceso de recuperación tras ser intervenido quirúrgicamente por la aparición de un gliosarcoma, un tumor alojado en el lóbulo temporal del cerebro.

El 17 de julio del año pasado, minutos antes de entrar al quirófano en el Instituto Neurológico de Colombia, con serenidad y una sonrisa en la cara, no se cansó de repetir: “Tranquilos, de esta salimos bien”.

Tras la cirugía y el posoperatorio, Elkin retomó un proyecto que había quedado postergado con la aparición de la enfermedad: la grabación de un nuevo álbum de Kraken. De esta producción, la novena en estudio del grupo creado en 1984, ya había maquetas y Rubén Gélvez, tecladista de la banda, tenía un buen porcentaje adelantado de las composiciones y los arreglos.

En el primer trimestre de este año la banda se metió de lleno en el estudio Pocket Audio, de Bogotá, ciudad donde residen los músicos. Con el material grabado, solo quedaba confiar en la recuperación de su líder y vocalista para que con el aval de los médicos pudiera grabar las voces.

Tras los tratamientos de quimio y radioterapia, sumados a terapias físicas y ejercicios, en abril de 2016, Elkin obtuvo la autorización para cantar. Matthias Krieger, ingeniero de grabación y mezcla, viajó desde Bogotá y en el Oriente antioqueño logró la captura de las voces del cantante. Días después, tras un viaje de tres días de Elkin a Bogotá, se grabaron los coros, en los que participó toda la banda.

Así vio la luz la producción titulada Kraken VI. Sobre esta tierra. En ella, de manera paradójica, el que Elkin hubiera estado alejado de los escenarios por casi ocho meses hasta esa grabación le favoreció porque logró tonalidades de su voz que hace algún tiempo no obtenía, debido al desgaste de la giras y presentaciones en vivo.

Fue un gran momento volver a ver al jefe cantando. Las capturas de su voz quedaron de gran calidad. Logró unos registros que hace unos diez años no tenía. Nos sorprendió mucho. Se logró un trabajo con un gran sonido y el resultado es un álbum de excelente factura. Todos quedamos muy contentos”, dice Germán Morales, mánager del grupo.

Con el trabajo en posproducción y presupuestado para salir en septiembre, Elkin siguió con el tratamiento. El amor de Oliva y Daniel, los padres, y de sus hermanos ha sido el impulso que ha necesitado el Titán del rock colombiano para proseguir su lucha. También las constantes visitas de los amigos más cercanos a la casa de su madre en el barrio Belén son un motor para que este mal rato quede superado.

Sin embargo, en agosto pasado una evaluación médica hizo necesaria una nueva intervención. El 8 de ese mes Elkin fue operado de nuevo. Y la lucha por su recuperación definitiva comenzó de nuevo. “Los hermanos, el papá y la mamá le damos mucho cariño. Los médicos se han portado de gran manera. Es admirable la atención que han tenido con él. Es difícil, pero confiamos en que todo va a salir muy bien”, comenta Daniel Ramírez, padre del cantante.

En los primeros días de octubre, Elkin pudo tener en sus manos el esperado Kraken VI. Sobre esta tierra. Se puso muy contento al escuchar los nueve cortes de la producción. Los músicos del grupo, formación con la que ya completó más de una década de amistad y trabajo, viajaron desde Bogotá para vivir juntos ese histórico momento junto a su líder.

Después de todos los contratiempos generados por la enfermedad, la producción logró ver la luz con un Elkin esplendoroso en la interpretación vocal y un sonido potente y muy cuidado en general. Una vez más logró sacar adelante ese proyecto, como hace tres décadas cuando junto a la primera formación de Kraken cambió para siempre la historia del rock colombiano. Como cuando después de la partida de muchos de los integrantes mantuvo vivo el fuego del Titán que emergió de las profundidades para seguir adelante.

Hoy, con 54 años recién cumplidos, la lucha continúa. Elkin dedica los días a su recuperación. Las jornadas pasan entre citas, terapias y sesiones de ejercicios en casa. Por momentos escucha música o recibe visitas de amigos cercanos a quienes les repite constantemente: “Tranquilos, de esta salimos bien”. El amor de doña Oliva no lo desampara.

Es por eso que al mediodía llega uno de los momentos preferidos para él. Es ahí cuando comparte esos minutos en los que madre e hijo juntan sus voces para cantar las canciones que lo hicieron grande. Los mismos temas que lograron que Elkin Ramírez, que es lo mismo que decir Kraken, se convirtiera en el estandarte del rock nacional.

*Texto tomado de Medellín, movida cultural. Proyecto de la Secretaría de Cultura Ciudadana en coedición con Universo Centro. Edición 3, noviembre de 2016.

Foto de Julián Gaviria, cortesía libro Kraken 30 años.

por ESTEFANÍA CARVAJAL // Encontrar un buen sumiso no es cosa fácil. O mejor: encontrar un buen sumiso para uno no es cosa fácil. No a todo el mundo le gustan las mismas cosas. El mundo kinky es complejo por lo específico. Hay masoquistas a los que les gusta el dolor, pero no les gusta seguir órdenes, por ejemplo. Por eso no sirven de sumisos.

por PAULA CAMILA O. LEMA // Era tan lindo al principio… Aunque nunca me dejó cortarle el pelo por quién sabe qué delirio de Sansón paturro, me enternecía ver cómo se esforzaba por complacerme, haciéndome venir con furiosa ternura, regalándome plantas florecidas, dándome de comer sánduches de pollo que debía preparar con mucho asco, él que es vegetariano desde hace tantos años.