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El último juglar de El Paso

Nafer Durán (1932 – 2026)

por CARLOS LIÑAN-PITRE

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

Archivo Fundación Festival de la Leyenda Vallenata, 1971.

El acordeón dormía sobre la cama de lienzo duro. Era un Hohner rojo, con las esquinas gastadas y el olor del fuelle impregnado de sudor y monte. Al lado, sobre la mesa, había un tetero de lata con el chupo seco por el calor del mediodía sobre el cual se posaba, de vez en cuando, una mosca.

El niño de tres años se detuvo en el umbral. Caminaba con los pies abiertos, buscando equilibrio sobre el suelo de tierra pisada.

En la cocina, Juana, la madre, soplaba los tizones del fogón entonando una canción. El humo salía por las rendijas de la cañabrava, denso y con olor a madera seca.

—Sabina, dale la leche a Naferito, que está buscando el tetero —dijo la mujer desde adentro.

—¡Naferito, ven! —gritó la hermana.

El niño no se inmutó. Tenía las manos sucias de polvo y la camisita rota sin abotonar. Con la lentitud de los gatos pequeños cuando descubren un ratón se acercó a la cama. Luis Felipe, su hermano mayor, dormía en una hamaca en la misma habitación.

Apoyó la mano derecha sobre el borde de la cama. El tetero estaba a la distancia de su brazo, pero no lo tocó. Estiró los dedos hacia los botones de nácar del acordeón. Tocó el metal frío de la parrilla, hundió con sus deditos los bajos. Hizo un movimiento y el aire atrapado en el fuelle salió convertido en un silbido corto que le asustó a él y despertó de golpe a Luis Felipe.

Desde la puerta, Sabina lo vio en silencio. No se acercó a quitarlo ni le ofreció la leche tibia: la experiencia le había enseñado que hay cosas en la vida que los hombres deciden incluso antes de aprender a pronunciar bien su propio nombre.

El Paso

Preocupada por proveer de carne y leche en la colonia, la Corona española ordenó al adelantado Alonso Luis de Lugo fundar un hato ganadero en una región de grandes llanuras y sabanas, territorio ancestral de una tribu de ascendencia tupe-chimila. El territorio, que luego se conocería como El Paso del Adelantado, era interesante porque tenía comunicación directa con el Valle de Upar y el Cabo de la Vela.

A medida que El Paso crecía y el complejo ganadero se consolidaba, las autoridades virreinales introdujeron mano de obra africana usando la ruta del río. El encuentro de las culturas africanas y tupe-chimila permitió el florecimiento de expresiones musicales únicas marcadas por las gaitas, los tambores, los cantos de vaquería y la figura de las cantadoras que interpretaban chandé o pajarito, tamboras, décimas y coplas. Uno de los gaiteros más famosos de El Paso, antes de la llegada del acordeón a finales del siglo XIX, fue Juan Bautista Durán Pretelt, abuelo de los hermanos Durán Díaz.

La ganadería era una actividad itinerante. En verano, el ganado se transportaba a pie desde las áridas sabanas hasta a los playones; en invierno, desde los playones anegados hasta las sabanas. Los vaqueros, a lomo de caballo o mula, cantaban para hacer más llevadera la jornada. Todo esto hizo de El Paso un lugar donde la música y los músicos surgían como flores silvestres. Familias enteras trasmitían sus conocimientos de generación en generación, configurando lo que hoy, en el folclor vallenato, se conoce como dinastías.

El Paso es la cuna de la dinastía Durán: una estirpe de gaiteros, cantadores, trovadores, acordeoneros y compositores descendientes de Juan Bautista Durán Pretelt y continuando con su hijo Nafer Durán Mojica, el primero en aprender a ejecutar el acordeón. De su matrimonio con Juana Díaz Villareal nacieron Luis Felipe, Sabina, Alejo y Naferito, todos acordeoneros. El más famoso miembro de esta familia musical fue Alejo, el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968. En esa ocasión, cuando lo entrevistaron los medios nacionales, Alejo afirmó que Naferito, su hermano más pequeño, tocaba mejor.

Los Durán Díaz, al igual que sus mayores, se formaron en la vaquería y las labores del campo alternándolas con la música. A los siete años Naferito ya tocaba acordeón, aunque el primero en cambiar el oficio de vaquero por la música fue Luis Felipe, quien fue el “adelantado” de los Durán en llegar al acetato en 1949. Cuando Luis Felipe regresó a El Paso con los discos que había grabado en Barranquilla los hizo sonar en el picó del pueblo. Alejo se emocionó tanto que también se arriesgó a dejar la vaquería y emprendió sus corredurías por Mompox y Magangué, hasta Barranquilla donde logró su primera grabación. Naferito tenía dieciséis años cuando Luis Felipe lo invitó a grabar una pieza para que lo empezaran a conocer. Y así comenzó todo.

Después vinieron más corredurías y muchas canciones. La primera canción con la que Nafer ganó reconocimiento fue La chimichagüera:

Tierra de Chimichagua / le digo a mis amigos que no la puedo olvidar
cuando recuerdo a mi madame / ¡Ay!, me dan ganas de llorar.

Naferito perfeccionó la tonalidad menor en el acordeón, una técnica muy elaborada y difícil. Su canción más famosa, Sin ti, la compuso justamente en ese estilo. La historia es así: durante una de sus largas giras por Mompox, Magangué y los pueblos ribereños del Magdalena, Nafer sintió la punzada de la nostalgia. Recordó a su novia, Rosibel Escorcia. El único consuelo y refugio fue su acordeón, entonces empezó a cantar:

Con mi nota triste vengo a decirle a tu alma / Lo que está sintiendo mi sincero corazón

Ya no tengo paciencia, ya no tengo calma / Solo vivo triste y loco por tu amor.

Decidido regresó al pueblo, llegó directamente a la casa donde vivía su amor y entonó Sin ti en una serenata histórica. Es costumbre en los pueblos del Caribe colombiano que si la mujer acoge con gusto la serenata se asome a la ventana. Aquella noche Rosibel no solo se asomó, sino que le dio a Nafer una noticia que cambiaría su vida: sería papá.

La noche del IX Festival Vallenato 1976

El fluido eléctrico se cortó tres veces antes de la medianoche. La luz titilaba en las lámparas amarillas de la plaza Alfonso López, pero el público no se movió. El primero en subir fue Juancho Polo Valencia. Tenía 52 años pero parecía de 65, pues le faltaba una oreja y varios dientes. Antes de su presentación, Juancho se paseó por las tablas mostrando a los jueces unos papeles arrugados que demostraban que hacía parte de la nómina de artistas de Discos Fuentes con una asignación mensual de quinientos pesos. Electo Gil Bustamante, presentador oficial del Festival, se sintió incómodo por la impertinencia del viejo y le cedió los micrófonos conteniendo la respiración. En cuanto abrió su acordeón, Juancho Polo Valencia interpretó su Alicia Adorada y el público enloqueció. Los sombreros de paja volaron, los pañuelos blancos empezaron a agitarse en la oscuridad y los hombres se echaron un trago de ron del pico de la botella. Después el juglar continuaría con Lucero Espiritual y Sí, sí, sí, y el público se dividió: algunos aplaudían con euforia mientras otros buscaron pareja y empezaron a bailar.

Al terminar su interpretación, Juancho Polo Valencia cerró su acordeón y bajó en silencio. Sabía que el Festival no perdona la anarquía, sabía que había quedado fuera de concurso.

Cerró la ronda el favorito Nafer Durán. La tenía clara. Lo suyo no era hacer un espectáculo, se subía a la tarima a tocar. Representaba a toda una dinastía y su hermano Alejo ya era una leyenda. Nafer, con el acordeón en el pecho, sobrio, con la mirada serena y el pulso firme se paró ante el micrófono y el gentío. Abrió el fuelle y empezó a tocar evocando El Paso y las figuras protectoras de Nafer y Juana, las enseñanzas de Luis Felipe y los cuidados de Sabina; se sintió como aquel mediodía en que eligió entre el tetero y aquel animal extraño llamado acordeón.

Interpretó el paseo Saludo al doctor Martínez Zuleta (pasaría a llamarse La invitación); después soltó el merengue Morenita, el son La muerte de Alejo y por último la puya Déjala vení. Tocó sin adornos innecesarios, en la medida justa del ritmo, con la velocidad y la cadencia de su estirpe, y con los bajos limpiecitos.

El jurado no tuvo que pensar mucho. A la una de la mañana, la voz profunda de Electo Gil Bustamante rompió el murmullo de la plaza y proclamó que Nafer Durán era el noveno rey del Festival de la Leyenda Vallenata. El nuevo monarca recibió el trofeo Francisco el Hombre y un cheque de treinta mil pesos con tranquilidad estoica. Los periodistas lo rodearon, los flashes de las cámaras iluminaron la plaza oscura.

Nafer Durán y Diomedes Díaz

Coronarse como el rey vallenato de 1976 afianzó la fama que Nafer Durán ya tenía. En las parrandas se repetía: Alejo tenía carisma y aura, pero Naferito tocaba mejor. Aunque los hermanos Durán estaban firmados por Discos Fuentes, Codiscos le ofreció al nuevo rey un contrato con mejores condiciones, la única condición era grabar pronto para lanzar el elepé en septiembre de ese año.

Nafer Durán tocaba y cantaba, y perfectamente pudo haber grabado el álbum de Codiscos en solitario. Sin embargo, para este momento de la historia del vallenato, Jorge Oñate había introducido con éxito la figura del cantante-solista. El elegido de Nafer era Pachito Mindiola.

Durante una de las parrandas del Festival, Emilio Oviedo escuchó cantar a un muchacho de gafas oscuras, flaco y extrovertido, y pensó que podía servir porque tenía un estilo diferente para cantar, y se lo llevó a Nafer al estudio de grabación en Medellín. Era Diomedes Díaz y había ocupado el tercer lugar en el concurso de canción inédita del Festival Vallenato de ese mismo año.

Durante la grabación Diomedes estaba nervioso y Emilio Oviedo, quien debía dirigirlo, nunca más apareció. El mismo Diomedes confesó en una entrevista que cantó bien las tres primeras canciones del disco, que alguien le dio aguardiente para calmarlo, pero, como no era un experto bebedor, se emborrachó y empezó a desafinar. Al terminar la grabación, Diomedes tuvo que ser internado en una clínica por intoxicación.

El elepé Herencia vallenata de Nafer Durán y Diomedes Díaz se lanzó el 24 de septiembre de 1976 del cual se desprende el éxito El chanchullito de la autoría de Diomedes. Este trabajo musical contiene además varias canciones de Naferito: La invitación, Teresita y La zoológica. La unión de Durán-Díaz solo duró el tiempo que estuvieron grabando el elepé.

El rey ha muerto…

A los 93 años, la vida de Nafer Santiago Durán se apagó el pasado septiembre. Aunque el peso de los años le había convertido en un hombre de caminar lento, jamás renunció a la elegancia de su sombrero ni al abrazo íntimo de su acordeón. Con su partida, pierde el vallenato. Nos quedamos con el recuerdo de un rey que supo tocar sin extravagancias. Paz en la tumba del último juglar de El Paso del Adelantado.

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Luis Miguel Rivas

Mitos y certezas de un desconcierto

por GLORIA ESTRADA

Latina Stereo 40 de volumen Octubre de 2025

Willie Colón y su banda tras las rejas. Autor desconocido.

Testigos hay que aseguran haber visto, la noche del jueves 5 de octubre de 1985, a un tipo con una conga por la carrera 70, a eso de las once, cuando los alrededor de diez mil asistentes al fallido concierto de Willie Colón en el coliseo Iván de Bedout abandonaron el sitio derrotados y tristes: tras una pequeña inversión de dinero y una enorme cantidad de tiempo y esperanza tuvieron que irse sin ver ni escuchar al Gran Varón.

Se rumora también que en Barrio Antioquia vive un mecánico que tiene plastificada una partitura sonsacada en medio de los disturbios de esa noche. Dicen que no se le alcanza a leer nada de lo deteriorada que está. Podría ser cualquier cosa. Ni certeza ni garantías: el propietario cada tanto cambia su versión sobre el origen del papel.

También en Bello un hombre afirma tener en su poder la partitura de Oh que será. “En una bolsita”, declara alguien, como en secreto, que califica al contador de esta historia como poco confiable.

Tal vez sea verdad que un galeno de Medellín, un tipo serio, se haya robado esa noche, en el despelote, las partituras de Sin poderte hablar y Voló, esta última incluso con algunas correcciones en lápiz hechas presuntamente por el mismísimo Willie, pero todo se reduce a si le creemos o no a esta eminencia médica, pues imposible verlas, tocarlas, analizarlas: las perdió en un trasteo. ¡Vaya!

La que fue la primera visita de Willie Colón y su orquesta a Medellín, hace cuarenta años, está llena de especulaciones y mitos, datos por confirmar, historias que en el fondo lo que tratan es de hacer a cada uno de sus testigos dueño de una verdad, la que sea, aunque no lo sea.

Sobre las razones para la ausencia de Willie Colón, quien nunca llegó a subirse a la tarima en el coliseo, especulan algunos que en el Hotel Nutibara, adonde llegó a hospedarse, conoció a una bella señorita que también era huésped, se encerró con ella en una habitación y se le olvidó el compromiso. Se dijo también, algunos lo sostienen todavía, que se quedó en Bogotá en una fiesta con mafiosos, trago y coca. Sin embargo, si nos atenemos a lo publicado por la prensa regional y nacional, donde se registran las diferentes versiones, el cantante y los miembros de su orquesta llegaron a Medellín, sí, pero no a tiempo para presentarse al concierto convocado para las siete y media de la noche, sino dos horas después, cuando ya en el Iván de Bedout estaban a punto volar botellas de aguardiente por el aire. El retraso en el vuelo desde Bogotá al recién inaugurado José María Córdova fue el culpable: programado para el mediodía, el avión de SAM donde venían los músicos apenas vino a despegar a las 7:15 p. m.

***

A las diez de la noche los asistentes al coliseo (unos diez mil promediando los reportes) que habían ido a ver al Malo del Bronx, “directamente desde Nueva York”, estaban todos exhaustos y desilusionados, y algunos, también, borrachos y trabados. La mayoría había llegado a las afueras del Iván de Bedout desde las cinco de la tarde y adentro llevaban casi tres horas de espera, de parcos anuncios en los que más que información se lanzaban engaños: “Ya casi, ya casi”. Ya habían pasado por el escenario un conjunto vallenato, al decir de algunos, contratado a última hora ahí en la 70, ve tú a saber, y unos bailarines de salsa. A los primeros los dejaron cantar tres o cinco temas y se bajaron en medio de la rechifla, a los segundos, unos afirman que los celebraron y trataron de imitar, otros dicen que produjeron más desespero. El público pedía salsa, pedía a Willie y su famosa Gitana. Así que desde las nueve de la noche lo que se escuchó por los amplificadores, unas torres de sonido gigantes, potentes y novedosas, fueron discos.

Poco a poco los gritos de “¡Queremos salsa!” fueron cambiando por los de “¡Ladrones! ¡Pícaros!”. Medios y asistentes coinciden al señalar las 10:10 p. m. como la hora llegada. En ese instante empezó el lanzamiento de botellas desde las tribunas y de sillas metálicas desde la pista. Todos los objetos apuntaban al escenario. En cuestión de segundos grupos de muchachos derribaron las portentosas torres de sonido y enseguida arremetieron contra instrumentos y partituras ya dispuestos en la tarima.

Darío Calderón estuvo allí. “A las ocho y media el animador nos pedía paciencia, que en 45 minutos llegaba. A las nueve y media salió a decir que ya venía y la gente empezó a gritar ¡ladrones!”, relata este contador público que para entonces tenía 40 años.

Para Ricardo Barrios, comunicador, todo fue el resultado de un “error lamentable del promotor y del representante. Ya había habido espectáculos en Medellín, se habían presentado el Gran Combo, Héctor Lavoe, eso en los ochenta era masivo, pero en este caso en particular no lo supieron manejar. El presentador no era claro, que ya viene, que ya viene…”. Barrios, que asistía al coliseo por primera vez a sus 25 años, recuerda que afuera también estaba muy caliente. La policía hizo disparos al aire con el objetivo de dispersar a la gente que salía.

“Los ánimos estaban muy exacerbados. En medio de la espera y cuando menos pensamos voló una garrafa de una de las tribunas… Tumbaron las torres de sonido, arrojaron sillas, había gente dañando los instrumentos en la tarima. Acabaron con el coliseo, el sonido quedó en el suelo”, así lo recuerda Juan Fernando Trujillo, quien tenía 15 años cuando acudió al concierto junto con su hermana.

***

Aquel jueves, Willie Colón y sus estrellas llegaron al Hotel Nutibara a las nueve y media de la noche, muy cansados, según informaron después, se dieron un respiro, posiblemente una ducha —minutos valiosos en acicalamiento— y salieron. Eran las 10:20 p. m. cuando arribaron al coliseo, pero ni se bajaron del carro. “La policía lo enteró de lo que estaba pasando adentro y no le permitió entrar. Junto con sus músicos se devolvió para el hotel”, informó El Mundo el sábado 7 de septiembre. Una hora después, a las once y treinta, llegaron al hotel veinte uniformados, según El Tiempo, que detuvieron a Willie y sus trece acompañantes (en otros medios se habla de once, pero el diario bogotano enlista trece nombres) y se los llevaron para el F2 en Belén. La orden la dio el coronel Miguel Carrillo García, comandante de la policía metropolitana. Los cargos: incumplimiento y estafa.

Dieciocho horas estuvo detenido Willie Colón en Medellín en una celda con todos sus compañeros. De pie, incomunicados y sin alimento. Piedad Córdoba, subcontralora municipal, se apareció por allá y le impidieron llevarles pollos asados a los reclusos. “Nos trataron como criminales”, diría a su salida el cantante.

Entre las cinco y seis de la tarde del viernes 6 de septiembre el combo musical fue liberado y en cambio fueron detenidos dos empresarios de la firma Rumba Productions quienes supuestamente deberían responder por los daños ocasionados en el coliseo y ante los espectadores que pagaron sus boletas. Algunos de estos, al parecer, alcanzaron a recibir su reembolso. Willie canceló sus presentaciones en Cali y Barranquilla, previstas para ese fin de semana y voló de regreso a Nueva York, no sin antes dejar entrever que no volvería a Colombia. Su amarga experiencia en Medellín lo inspiraría a componer Especial #5, su versión sobre los hechos, dedicada al coronel Carrillo y lanzada al año siguiente en el álbum con el mismo nombre.

***

Las fotos publicadas por los diarios los días 6 y 7 de septiembre de 1985 dan cuenta de los destrozos en el Iván de Bedout. “Los revoltosos dañaron 16 puertas, los vidrios de seis oficinas, 14 soportes del escenario, cinco baños, el tablado de la cancha de baloncesto, sillas e implementos de las oficinas que funcionan en el coliseo”, compendió El Tiempo. Según el diario que se lea, los daños se calcularon en tres o cinco millones de pesos solo en los equipos de sonido y otros tantos por la destrucción del lugar. Los heridos fueron seis, tal vez siete, es posible que ocho, entre ellos varios técnicos que intentaron proteger los equipos y recibieron el impacto de los objetos lanzados por la turba.

Por su parte, Willie Colón calculó las pérdidas por el deterioro de sus instrumentos en quince mil dólares. Mientras que su apoderado informó que los daños al piano se podían estimar en cuatro millones de pesos y que en aquel episodio se robaron una batería, dos tumbadoras, dos congas y un bombo grande.

La periodista de El Colombiano afirma que a la salida del coliseo, bordeando la medianoche, empezaba a llover, mientras la gente abandonaba el lugar “corriendo hacia los buses, alejándose de la sirena que anunciaba la llegada de los antimotines y las fuerzas del orden, alejándose del ruido de disparos al aire…”. Entre ellos quizás iba la sombra del tipo aquel que nadie sabe quién es ni dónde está, pero que muchos aseguran haber visto con una conga marcada con el nombre de Willie Colón debajo del brazo. O en la cabeza, quién sabe, para protegerse de las primeras gotas de lluvia.

Alex Jiménez

Sergio Valencia

Catalina Arroyave

Soundwalk Collective & Patti Smith

Mario Jursich

Severina