El último juglar de El Paso
Nafer Durán (1932 – 2026)
por CARLOS LIÑAN-PITRE
Número 151 Octubre-Noviembre de 2026
El acordeón dormía sobre la cama de lienzo duro. Era un Hohner rojo, con las esquinas gastadas y el olor del fuelle impregnado de sudor y monte. Al lado, sobre la mesa, había un tetero de lata con el chupo seco por el calor del mediodía sobre el cual se posaba, de vez en cuando, una mosca.
El niño de tres años se detuvo en el umbral. Caminaba con los pies abiertos, buscando equilibrio sobre el suelo de tierra pisada.
En la cocina, Juana, la madre, soplaba los tizones del fogón entonando una canción. El humo salía por las rendijas de la cañabrava, denso y con olor a madera seca.
—Sabina, dale la leche a Naferito, que está buscando el tetero —dijo la mujer desde adentro.
—¡Naferito, ven! —gritó la hermana.
El niño no se inmutó. Tenía las manos sucias de polvo y la camisita rota sin abotonar. Con la lentitud de los gatos pequeños cuando descubren un ratón se acercó a la cama. Luis Felipe, su hermano mayor, dormía en una hamaca en la misma habitación.
Apoyó la mano derecha sobre el borde de la cama. El tetero estaba a la distancia de su brazo, pero no lo tocó. Estiró los dedos hacia los botones de nácar del acordeón. Tocó el metal frío de la parrilla, hundió con sus deditos los bajos. Hizo un movimiento y el aire atrapado en el fuelle salió convertido en un silbido corto que le asustó a él y despertó de golpe a Luis Felipe.
Desde la puerta, Sabina lo vio en silencio. No se acercó a quitarlo ni le ofreció la leche tibia: la experiencia le había enseñado que hay cosas en la vida que los hombres deciden incluso antes de aprender a pronunciar bien su propio nombre.
El Paso
Preocupada por proveer de carne y leche en la colonia, la Corona española ordenó al adelantado Alonso Luis de Lugo fundar un hato ganadero en una región de grandes llanuras y sabanas, territorio ancestral de una tribu de ascendencia tupe-chimila. El territorio, que luego se conocería como El Paso del Adelantado, era interesante porque tenía comunicación directa con el Valle de Upar y el Cabo de la Vela.
A medida que El Paso crecía y el complejo ganadero se consolidaba, las autoridades virreinales introdujeron mano de obra africana usando la ruta del río. El encuentro de las culturas africanas y tupe-chimila permitió el florecimiento de expresiones musicales únicas marcadas por las gaitas, los tambores, los cantos de vaquería y la figura de las cantadoras que interpretaban chandé o pajarito, tamboras, décimas y coplas. Uno de los gaiteros más famosos de El Paso, antes de la llegada del acordeón a finales del siglo XIX, fue Juan Bautista Durán Pretelt, abuelo de los hermanos Durán Díaz.
La ganadería era una actividad itinerante. En verano, el ganado se transportaba a pie desde las áridas sabanas hasta a los playones; en invierno, desde los playones anegados hasta las sabanas. Los vaqueros, a lomo de caballo o mula, cantaban para hacer más llevadera la jornada. Todo esto hizo de El Paso un lugar donde la música y los músicos surgían como flores silvestres. Familias enteras trasmitían sus conocimientos de generación en generación, configurando lo que hoy, en el folclor vallenato, se conoce como dinastías.
El Paso es la cuna de la dinastía Durán: una estirpe de gaiteros, cantadores, trovadores, acordeoneros y compositores descendientes de Juan Bautista Durán Pretelt y continuando con su hijo Nafer Durán Mojica, el primero en aprender a ejecutar el acordeón. De su matrimonio con Juana Díaz Villareal nacieron Luis Felipe, Sabina, Alejo y Naferito, todos acordeoneros. El más famoso miembro de esta familia musical fue Alejo, el primer rey del Festival de la Leyenda Vallenata en 1968. En esa ocasión, cuando lo entrevistaron los medios nacionales, Alejo afirmó que Naferito, su hermano más pequeño, tocaba mejor.
Los Durán Díaz, al igual que sus mayores, se formaron en la vaquería y las labores del campo alternándolas con la música. A los siete años Naferito ya tocaba acordeón, aunque el primero en cambiar el oficio de vaquero por la música fue Luis Felipe, quien fue el “adelantado” de los Durán en llegar al acetato en 1949. Cuando Luis Felipe regresó a El Paso con los discos que había grabado en Barranquilla los hizo sonar en el picó del pueblo. Alejo se emocionó tanto que también se arriesgó a dejar la vaquería y emprendió sus corredurías por Mompox y Magangué, hasta Barranquilla donde logró su primera grabación. Naferito tenía dieciséis años cuando Luis Felipe lo invitó a grabar una pieza para que lo empezaran a conocer. Y así comenzó todo.
Después vinieron más corredurías y muchas canciones. La primera canción con la que Nafer ganó reconocimiento fue La chimichagüera:
Tierra de Chimichagua / le digo a mis amigos que no la puedo olvidar
cuando recuerdo a mi madame / ¡Ay!, me dan ganas de llorar.
Naferito perfeccionó la tonalidad menor en el acordeón, una técnica muy elaborada y difícil. Su canción más famosa, Sin ti, la compuso justamente en ese estilo. La historia es así: durante una de sus largas giras por Mompox, Magangué y los pueblos ribereños del Magdalena, Nafer sintió la punzada de la nostalgia. Recordó a su novia, Rosibel Escorcia. El único consuelo y refugio fue su acordeón, entonces empezó a cantar:
Con mi nota triste vengo a decirle a tu alma / Lo que está sintiendo mi sincero corazón
Ya no tengo paciencia, ya no tengo calma / Solo vivo triste y loco por tu amor.
Decidido regresó al pueblo, llegó directamente a la casa donde vivía su amor y entonó Sin ti en una serenata histórica. Es costumbre en los pueblos del Caribe colombiano que si la mujer acoge con gusto la serenata se asome a la ventana. Aquella noche Rosibel no solo se asomó, sino que le dio a Nafer una noticia que cambiaría su vida: sería papá.
La noche del IX Festival Vallenato 1976
El fluido eléctrico se cortó tres veces antes de la medianoche. La luz titilaba en las lámparas amarillas de la plaza Alfonso López, pero el público no se movió. El primero en subir fue Juancho Polo Valencia. Tenía 52 años pero parecía de 65, pues le faltaba una oreja y varios dientes. Antes de su presentación, Juancho se paseó por las tablas mostrando a los jueces unos papeles arrugados que demostraban que hacía parte de la nómina de artistas de Discos Fuentes con una asignación mensual de quinientos pesos. Electo Gil Bustamante, presentador oficial del Festival, se sintió incómodo por la impertinencia del viejo y le cedió los micrófonos conteniendo la respiración. En cuanto abrió su acordeón, Juancho Polo Valencia interpretó su Alicia Adorada y el público enloqueció. Los sombreros de paja volaron, los pañuelos blancos empezaron a agitarse en la oscuridad y los hombres se echaron un trago de ron del pico de la botella. Después el juglar continuaría con Lucero Espiritual y Sí, sí, sí, y el público se dividió: algunos aplaudían con euforia mientras otros buscaron pareja y empezaron a bailar.
Al terminar su interpretación, Juancho Polo Valencia cerró su acordeón y bajó en silencio. Sabía que el Festival no perdona la anarquía, sabía que había quedado fuera de concurso.
Cerró la ronda el favorito Nafer Durán. La tenía clara. Lo suyo no era hacer un espectáculo, se subía a la tarima a tocar. Representaba a toda una dinastía y su hermano Alejo ya era una leyenda. Nafer, con el acordeón en el pecho, sobrio, con la mirada serena y el pulso firme se paró ante el micrófono y el gentío. Abrió el fuelle y empezó a tocar evocando El Paso y las figuras protectoras de Nafer y Juana, las enseñanzas de Luis Felipe y los cuidados de Sabina; se sintió como aquel mediodía en que eligió entre el tetero y aquel animal extraño llamado acordeón.
Interpretó el paseo Saludo al doctor Martínez Zuleta (pasaría a llamarse La invitación); después soltó el merengue Morenita, el son La muerte de Alejo y por último la puya Déjala vení. Tocó sin adornos innecesarios, en la medida justa del ritmo, con la velocidad y la cadencia de su estirpe, y con los bajos limpiecitos.
El jurado no tuvo que pensar mucho. A la una de la mañana, la voz profunda de Electo Gil Bustamante rompió el murmullo de la plaza y proclamó que Nafer Durán era el noveno rey del Festival de la Leyenda Vallenata. El nuevo monarca recibió el trofeo Francisco el Hombre y un cheque de treinta mil pesos con tranquilidad estoica. Los periodistas lo rodearon, los flashes de las cámaras iluminaron la plaza oscura.
Nafer Durán y Diomedes Díaz
Coronarse como el rey vallenato de 1976 afianzó la fama que Nafer Durán ya tenía. En las parrandas se repetía: Alejo tenía carisma y aura, pero Naferito tocaba mejor. Aunque los hermanos Durán estaban firmados por Discos Fuentes, Codiscos le ofreció al nuevo rey un contrato con mejores condiciones, la única condición era grabar pronto para lanzar el elepé en septiembre de ese año.
Nafer Durán tocaba y cantaba, y perfectamente pudo haber grabado el álbum de Codiscos en solitario. Sin embargo, para este momento de la historia del vallenato, Jorge Oñate había introducido con éxito la figura del cantante-solista. El elegido de Nafer era Pachito Mindiola.
Durante una de las parrandas del Festival, Emilio Oviedo escuchó cantar a un muchacho de gafas oscuras, flaco y extrovertido, y pensó que podía servir porque tenía un estilo diferente para cantar, y se lo llevó a Nafer al estudio de grabación en Medellín. Era Diomedes Díaz y había ocupado el tercer lugar en el concurso de canción inédita del Festival Vallenato de ese mismo año.
Durante la grabación Diomedes estaba nervioso y Emilio Oviedo, quien debía dirigirlo, nunca más apareció. El mismo Diomedes confesó en una entrevista que cantó bien las tres primeras canciones del disco, que alguien le dio aguardiente para calmarlo, pero, como no era un experto bebedor, se emborrachó y empezó a desafinar. Al terminar la grabación, Diomedes tuvo que ser internado en una clínica por intoxicación.
El elepé Herencia vallenata de Nafer Durán y Diomedes Díaz se lanzó el 24 de septiembre de 1976 del cual se desprende el éxito El chanchullito de la autoría de Diomedes. Este trabajo musical contiene además varias canciones de Naferito: La invitación, Teresita y La zoológica. La unión de Durán-Díaz solo duró el tiempo que estuvieron grabando el elepé.
El rey ha muerto…
A los 93 años, la vida de Nafer Santiago Durán se apagó el pasado septiembre. Aunque el peso de los años le había convertido en un hombre de caminar lento, jamás renunció a la elegancia de su sombrero ni al abrazo íntimo de su acordeón. Con su partida, pierde el vallenato. Nos quedamos con el recuerdo de un rey que supo tocar sin extravagancias. Paz en la tumba del último juglar de El Paso del Adelantado.


