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Como un brillo escaso y parpadeante

por JORGE IVÁN AGUDELO • Archivo Fotográfico BPP

Número 149 Mayo de 2026

El Fondo de la familia Duperly, donado el 9 de diciembre de 2019 a la Biblioteca Pública Piloto, constituye un importante conjunto documental y fotográfico que evidencia la evolución de los procesos de reproducción de imágenes y el ejercicio de la fotografía a través de cinco generaciones.

A través de viajes y exploraciones, especialmente vinculados al Caribe y otros territorios, los integrantes de esta familia construyeron un amplio registro visual de personas, paisajes, sucesos, actividades comerciales e industriales y escenas de la vida cotidiana.

“—¡Arre, mulitas maganzonas qui hay que llegar hoy a Playalarga! ¡Ah, táparo jediondo: solíviale, Toño, la carg’a a l’ Algarroba! ¡Y vos, niguater’ uel diablo —al sangrero— apurá que nos cogió la noche!”, dice, mejor sería decir, grita, Perucho, en “El último arriero”, relato de Tulio González publicado a finales de 1930, dos décadas después, poco más poco menos, de haber sido tomada la foto Arrieros por Óscar Duperly, en un momento en que, como también sucede con Horizontes, la pintura de Francisco Antonio Cano, la rudeza del paisaje, de los caminos, de la colonización, ha dado paso, en el mundo de las carreteras y de la industria, a la fascinación nostálgica y al mito del hombre venciendo, mediante la voluntad y el trabajo tesonero, la autonomía, la feracidad y el desorden de la naturaleza.

Sin embargo, aunque nos hablen de lo mismo, entre otras cosas, de que, como diría James J. Parsons en su famoso libro La colonización antioqueña en el occidente de Colombia: “Aun los rancheros antioqueños más ricos, prefieren las mulas de silla a los caballos, porque la firmeza de sus remos y su vigor, les dan ventaja decisiva para los fangosos caminos de herradura de las montañas”, relato y foto, más allá de su particular medio expresivo, develan distintos matices de una misma faena.

En el primero, la jerga propia de la arriería, con las palabras como suenan, sin caer, eso sí, en un folclorismo a ultranza, pinta, entre la jovialidad y el deber, la relación del hombre con los animales, la voz de mando que, en la historia y en la vida, terminará por quebrarse o, para ser más justos, por desplazarse, porque el mundo y las carreteras y la velocidad y el tráfico lo exigen, al certamen de otros oficios, en el caso de Perucho, que corrió con suerte y supo acomodarse a los nuevos tiempos, al de chofer de camión, no de cualquier camión, de uno “con bocina sonora, pintado de verde con un letrero rojo que decía: El rayo”, que pudo comprar, es sabido, con la venta de sus mulas.

En la segunda, la imagen construida con una composición diagonal y profunda que guía la mirada desde el primer plano hasta el fondo, permite dimensionar la extensión de una caravana viboreando por un paisaje que, por su relieve montañoso, su vegetación dispersa y el camino quebrado, refuerza la idea del paso lento y difícil, de la repetición y de la sincronía, al tiempo que genera, si seguimos la disposición de los animales, un ritmo visual de escala.

Aunque la imagen, lejos de ser una captura casual, sugiera la intención del fotógrafo de registrar una actividad económica representativa de la época, vinculada al transporte de mercancías, de productos como el café, la panela, la sal, y, en este sentido, funcione como un documento para evidenciar la circulación de bienes, registrar prácticas tradicionales y dar testimonio de infraestructuras precarias, caminos de herradura, también destaca la magnitud del territorio por encima del individuo, valiéndose para esto de un punto de vista elevado, que permite abarcar la longitud de la recua, y de una profundidad de campo amplia, que mantiene visible todo el recorrido, creando así, muy seguramente sin buscarlo, una atmósfera de fantasmas.

La espectralidad marca la caravana y hace enmudecer los ocurrentes y precipitados gritos de Perucho, porque aquí, como en una procesión fúnebre o en una silvestre corte de los milagros, arriero y animales se presentan avasallados por la lógica del trabajo y del paisaje, pero al tiempo, no podría ser de otra forma, intuimos, con las palabras del filósofo Georges Didi-Huberman, que nos habla de otros mundos que también son este mundo, la vida, como un brillo escaso y parpadeante, entre despeñaderos, pantanos y medidos pasos: “De súbito la vida de las luciérnagas parece extraña e inquietante, como si estuviera hecha de la materia superviviente —luminiscente pero pálida y débil, a menudo verdosa de los fantasmas—. Fuegos debilitados o almas errantes”

Brazos y bobinas

por Jorge Iván Agudelo • Archivo Fotográfico BPP

Número 148 Marzo de 2026

A primer golpe de vista, parece que la foto viniera o, en todo caso, para no fascinarnos con los imposibles, recreara un mundo futuro, uno hecho de asepsia y simetría, donde el hombre y la máquina, con sus brazos y sus bobinas, conformaran una sola materialidad, fueran caras limadas, sin fisuras, de una misma moneda; pero en la trasescena, en el mundo de los hechos reales, digamos, está Medellín, el año de 1992, la Industria Colibrí, a veintiún años de su liquidación definitiva, una cámara análoga marca Mamiya, y el pulso y la mirada de Lina Isaza, que, para entonces, abrían camino y fijaban las pautas de las que serían muchas de las imágenes publicitarias de la época.

Ya situados en una ciudad y un tiempo precisos, la foto se vuelve paradójica: enaltece la repetición industrial, la precisión técnica, en fin, el trabajo textil de la última década del siglo pasado, y, al tiempo, nos hace pensar, después del brillo de la manufactura local, en una sentencia presidencial que, aunque rápido mostró sus costuras, fue caballo de batalla coreado por muchos: “Bienvenidos al futuro”, como si se tratara del tiempo esperado, del instante decisivo para cumplir una promesa aplazada, la de subir, con toda la pompa y la gloria, al tren de la modernización y de la apertura económica.

Entonces la foto se vuelve túnel, proyección al infinito de la máquina hacia la oscuridad, símbolo, también, del trabajo inacabable, de la subordinación del hombre a los gestos que se repiten, a la hilatura industrial que lo reclama y, sin embargo, lo va dejando un poco a la deriva entre el primer plano (presente, máquina, trabajo) y el fondo (laberinto, embudo, clausura) que bien funciona como corolario de lo que vendría: máquinas de las fábricas textiles obsoletas y trabajadores empujados a la informalidad y al desempleo, mientras se asomaba, como otra promesa, y basilisco, una nueva cara del mito modernizador: la digitalización de la industria y la “cuarta revolución industrial”.

Así y todo, más allá de las resonancias o de los sombríos augurios que pueden encontrarse en una imagen, está Lina Isaza, 34 años después, hablándonos del día en que compró unos filtros, porque las luces habituales de la Industria Colibrí eran unas luces verdes, de las que ya no existen, para que los hilos blancos, que se pueden ver en filas de a dos sobre la cabeza del operario, no cambiaran de color y la foto fuera la que es, una estampa, se nos ocurre a nosotros, que a primer golpe de vista, parece venir de un mundo futuro.

El trabajo de Lina Isaza se suma, en septiembre de 2024, bajo el acompañamiento de Jackeline García Chaverra, a los 45 fondos que, desde su fundación, a partir de las siete mil placas de vidrio que quedaban del archivo del fotógrafo antioqueño Benjamín de la Calle, alberga el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto. El fondo de esta fotógrafa, conformado por 25 778 imágenes, marca un punto de inflexión, toda vez que se trata del primer archivo personal de una mujer, con toda su diversidad temática (fotografía publicitaria, fotografía social, fotografía de viajes, fotografía documental) y de formatos (35mm, 4x4cm, 6x4cm, fotogramas a color, blanco y negro y transparencias), que puede consultarse en nuestra biblioteca.

Jorge Iván Agudelo

por JORGE IVÁN AGUDELO // En un periodo que va de 1914 a 1925, Tomás Carrasquilla escribe, para el periódico El Espectador, dieciséis piezas breves, habitualmente emparentadas con la crónica, que tienen a Medellín como escenario y protagonista.

por JORGE IVÁN AGUDELO // Avanzando en su diario, Piglia sentencia: para leer hay que aprender a estar quieto. Y los protagonistas de la foto, que a su manera también leen, detenidos en 1962, en su infancia, se mueven, o, para ser más precisos, parecen moverse, expresar bellos desacomodos, gestos sin cálculo, contrarios a lo uniforme o a las poses.

Jorge Iván Agudelo y Simón Marín

por JORGE IVÁN AGUDELO // Veo la foto, y aunque sé que es Medellín, su plaza, una época lejana, lo que taladra, en azaroso contrapunto, es la sentencia de Juan Rulfo, su descripción de otro pueblo, de Luvina: “Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza”.

Jorge Iván Agudelo