Como el óxido, que logra invadirlo todo con paciencia. O al estilo solapado y eficiente de las lloviznas mojabobos, de pronto un día despertamos y la pandemia ya estaba aquí. Y todos estábamos empapados.
Tratado fallido sobre la ensalada del guaro
por ERREMORA • Ilustración de Señor OK
Número 97 Junio de 2018
Cuando se es un insignificante alumno de colegio público que vive en un barrio popular del norte, y la mesada que le da su padre no alcanza para la cerveza porque debe pagar cuatro pasajes diarios para ir al colegio bien al sur y luego volver a casa, uno debe buscar salidas para aliviar la sed recurrente de su garganta de roquero. Durante el segundo semestre del 84, trabajé los fines de semana, junto con un amigo del barrio, en la cocina de una enorme discoteca en decadencia, y decadente, de la ciudad de Medellín.
No hablaré de esos personajes anónimos del mundo malandro de Medellín que pasaban por allí, ni de esos lazos gruesos de oro que colgaban de sus cuellos y les llegaban hasta la mitad del pecho que una camisa con la botonera abierta dejaba ver. No hablaré del hombre guajiro que una noche llevó a toda la familia y se cruzó de brazos en la cabecera de la mesa, se limitó a mirar, nunca habló mientras sus casi veinte invitados vaciaban botellas de ron, fumaban Marlboros y se lanzaban a bailar alegres y gritones.
No hablaré de las parejas que se refugiaban en la oscuridad de las mesas de la sección de reservados, ni hablaré de las historias que llegaban a la cocina en boca de un mesero excitado, narrador de las hazañas de un afortunado que le chupaba las tetas a su novia en la mesa veintisiete. Luis, mi compañero de labores, tiraba su cuchillo dentro de la poceta y salía corriendo al salón porque quería ver aquellas tetas deliciosas.
No hablaré de todo el VAT 69 camuflado en Coca-Cola que tomaba gratis después de terminadas mis labores, sentado en el rincón más alejado y oscuro de la barra. Tampoco diré nada del aroma del líquido con el que el hombre del aseo trapeaba unas horas antes de que la discoteca abriera puertas. No, no hablaré de ello, ni del mundo extraño que mis ojos de roquero del Aburrá norte veían bailar al ritmo de Pastor López, Rodolfo Aicardi o el Binomio de Oro, bajo las luces de una pista atestada de parejas. No diré palabra alguna sobre el olor dulzón que despedía el líquido de la máquina de humo, ni de las figuras que flotaban entre los rayos de luz estroboscópica y mucho menos hablaré de las muecas de felicidad que veía en aquellas caras. La pista siempre ardía en su furor. Yo, mientras tanto, intentaba escribir canciones sobre la guerra nuclear en el papel abierto de una cajetilla de cigarrillos Derby, que mis dedos habían desbaratado con paciencia. Tampoco hablaré de ese asunto. Hablaré, sí, de las cientos de ensaladas para el guaro que preparaba antes de ganarme los vasos de VAT 69 completamente gratis que me servía un barman generoso.
Cada viernes, a eso de las cuatro y treinta de la tarde, el administrador de la discoteca, Luis y yo, llegábamos en un taxi al mercado de la calle Tejelo. El mercado estaba al aire libre, el vocerío de la gente se levantaba al cielo y casi apagaba el rugir de los motores de los buses que bajaban por la Avenida de Greiff. El administrador bajaba del taxi, abría su manicartera, sacaba una cajetilla y encendía un Marlboro. Luego empezaba a caminar entre los montículos de frutas y verduras que los vendedores ofrecían con sus gritos. Luis y yo caminábamos tras él y el humo de su cigarrillo a veces se metía en mis ojos. El tipo señalaba las naranjas, los mangos, las piñas y los cocos que debíamos meter a un costal de cabuya. Pagaba con billetes que sacaba de la manicartera, botaba al piso la colilla y regresábamos al taxi que nos esperaba fuera de la calle.
Sí, naranjas, mangos, piñas y cocos. No era muy sofisticada la ensalada que preparábamos. Al fin y al cabo, era solo para maridar aguardiente y ron de tres pesos. Era aquella una ensalada rudimentaria, tosca y clásica, para la cual se debían seleccionar las frutas con el ojo de un experto. Una ensalada sin mucha valoración en el mundo gourmet, pero sin la cual nadie sería capaz de afrontar una bebeta de grandes proporciones.
Si ustedes visualizan un cuenco de la ensalada en cuestión, verán en sus mentes una especie de naturaleza muerta en forma de flor, compuesta por cuatro cascos de naranja dispuestos en cruz, cuatro triángulos de piña, varias julianas de mango alrededor y cubitos de coco dispuestos en el centro. La imagen puede resultar de lo más frugal e inofensiva. Sin embargo, picar un bulto de naranjas en cascos tiene sus riesgos. Las largas exposiciones al ácido cítrico despedazan la piel de las manos. Para un citadino, partir un coco y separar su carne de la cáscara puede convertirse en una gran tragedia moral y física. Puede uno cercenarse un dedo, apuñalarse la palma de la mano o desbaratar la fruta por completo. Sin contar los esfuerzos que se deben hacer para no comerse demasiados pedacitos una vez el coco esté picado. La piña es una asesina despiadada. Una vez cortada en triángulos más o menos simétricos, estos se deben sacar de un recipiente para ser emplatados. La operación, a simple vista, parece sencilla, pero su complejidad es casi extrema. De tanto meter la mano en el recipiente repleto de triángulos de piña, diminutos trozos se incrustan en los intersticios de las uñas y producen heridas dolorosas y sangrantes. Los enormes uñeros atacan sin piedad en el pulgar, en el índice y en el dedo medio. Los ácidos de la piña y de la naranja se entremezclan y atormentan las heridas con un ardor insoportable. El mango hace lo suyo, pero su mayor peligro es el cuchillo que lo corta.
Después de la media noche se acababa la fruta. Lavábamos los cuchillos, las tablas de picar, los cuencos de cristal barato y nos íbamos a la barra. El VAT 69 aliviaba un poco el dolor de las heridas y combinaba bien con nicotina.
No teníamos un salario asignado. Nuestra paga consistía en las propinas que los meseros nos dejaban al final de la noche por mantener los cuencos llenos de fruta picada y algún billete arrugado y de baja denominación que el administrador completamente borracho nos soltaba antes de apagar las luces o mientras el cajero cerraba los candados de la puerta. Así transcurría la noche del viernes. El sábado era una historia semejante, la lucha contra la piña, la naranja, el mango y el coco.
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Cinco segundos
por SAÚL ÁLVAREZ LARA • Ilustración de Camila López
Número 64 Abril de 2015
El Cirrus fue restaurante y bar en la esquina de la calle Maracaibo con la avenida Juan del Corral, detrás del Hotel Nutibara, al inicio de la calle. Más arriba, sobre Maracaibo, estaban el cine Ópera y la Librería Aguirre, y dos cuadras más arriba, la Clínica Medellín y lo que acabó siendo la Avenida Oriental. En esos años, década del sesenta, no había metro, ni Plaza Botero, ni hombres estatua a la espera de una moneda para hacer el movimiento ensayado hasta la memoria. Estaban las palmeras de la Plazuela Nutibara que no parecen haber cambiado, ni crecido, ni desmejorado con los años, siguen iguales, menos en número por el paso del viaducto, pero iguales. Eso creo.
El Cirrus ofrecía en aquellos años lo que hoy se conoce como un corrientazo. Era un restaurante con almuerzo para empleados de la zona que en las noches pasaba a cabaret. Lo digo por la exhibición de botellas, adornos, luces y espejos del mostrador, y por el piano en el rincón más alejado de la puerta, la tarima pequeña que insinuaba el lugar del cantante y la pista, también pequeña, que sugería la posibilidad del baile. Nunca estuve allí de noche pero un cierto ambiente Casablanca se sentía en los rincones, mediterráneo, un poco. La penumbra, refrescante al medio día, llegaba hasta las cuatro o cinco puertas sobre la calle Maracaibo, abiertas pero con mesas de banca unida y espaldar alto que impedían la entrada. Los manteles siempre a cuadros, rojos y blancos, la vajilla blanca, las sillas y el resto de la madera azul; las paredes color ladrillo, eran con seguridad lo que contribuía al ambiente de otra parte. A la hora del almuerzo, en lugar de sopa era posible elegir espaguetis. ¿Espaguetis en lugar de sopa? A quién se le ocurriría algo así. También había salsas, boloñesa o napolitana. Lo que parecía una exageración, más tarde lo supe, era una costumbre italiana donde la pasta es una entrada y siempre va acompañada de otro plato: ossobuco, filete o lo que el chef proponga. En El Cirrus después de la pasta venía el seco: arroz, papas, carne y repollo o tomate picado.
Un detalle por fuera de la carta, si así lo pudiéramos llamar, sucedió en una de las puertas del Cirrus, la segunda cuando uno baja por la calle Maracaibo rumbo a la avenida Juan del Corral, un miércoles de septiembre a las 12:45 del día. A esa hora ya habíamos despachado los espaguetis acompañados con salsa napolitana y esperábamos el seco. Silvio, el mesero, estaba desbordado, el tumulto de la hora lo obligaba a ir de un lado para otro esquivando mesas y comensales con agilidad a prueba de obstáculos; había más gente que de costumbre y los choques de voces, cubiertos, platos y vasos tronaban entre las mesas. Silvio, malabarista en su salsa, llegó con el segundo plato a nuestra mesa.
Para quien baje por Maracaibo mi puesto era el más cercano a la calle en la mesa de la segunda puerta, de allí alcanzaba a ver la gente que subía y la espalda de quienes pasaban rumbo a la avenida. De repente algo enorme se abatió sobre mi plato en el momento mismo que Silvio lo dejó en la mesa frente a mí. Fue lo me quedó grabado en la memoria. Aquella fuerza inesperada, oscura y contundente hizo saltar arroces, hilachas de repollo y puré de papa en todas las direcciones. No tuve tiempo de ver el plato. Lo que quedó después de la ráfaga que lo azotó fue algo parecido a lo que deja un terremoto. Levanté la mirada asustado porque era posible que una réplica aún más fuerte se presentara y entonces vi la espalda desenfocada, oscura, casi negra, que se alejaba por la calle Maracaibo hacia abajo, rumbo a la esquina de la avenida Juan del Corral donde se detuvo para mirar el lugar de los hechos. Aunque sea con la mirada, siempre se regresa al lugar del crimen. Fueron unos segundos, cinco, diez, máximo quince. Desde la esquina, la silueta oscura, negra por la ropa desencajada y sucia, me miró con la picardía del triunfo en sus ojos y la carne que arrancó de mi plato a punto del primer mordisco. No fue la última vez que lo vi. En los más de veinte años que siguieron me crucé con él varias veces y aunque nunca se acordó de mí —no había razón—, yo no olvidé su figura.
Alcides, imagino que era su nombre, vivía en la calle, era un “desechable” aunque en la época de la carne del Cirrus, nadie los llamaba así, les decían mariguaneros o gamines. Con el tiempo, los cambios de moda, de lenguaje, de costumbres; con la aparición del narcotráfico, el terror y la violencia mafiosa, la gente de la calle quedó valiendo menos que nada y fue entonces cuando los comenzaron a llamar desechables. Volví a ver a Alcides más de doce años después del miércoles de la carne. El Cirrus había clausurado sus puertas. Me crucé con él en la misma calle Maracaibo dos cuadras más arriba del lugar del crimen, estaba igual, por lo menos su silueta parecía igual, flaco, alto, la expresión de la cara era la misma que ya había visto, fugaz, de mirada maliciosa. La ropa hubiera podido ser la que llevaba doce años antes, desencajada y negra por el mugre, estaba sentado sobre cartones en el piso al lado de la puerta de entrada a un edificio; venía de recostarse contra el muro de piedra amarilla pero su cuerpo no parecía en reposo, estaba alerta, quizá esperaba que algo o alguien llegara o pasara cerca, una presa o un enemigo. Recordé la mirada pícara, la cara de gozo con el pedazo de carne a punto del primer mordisco, era el mismo, a pesar de que la expectativa lo dominaba. Me pareció que entre el miércoles del Cirrus y ese momento, el tiempo se había detenido para él. Lo observé desde la esquina disimulado entre un vendedor de periódicos y un poste del alumbrado público. Recordé el día en que lo vi por primera vez y como en una película vi también pasar su sombra de terremoto.
Alcides apareció como un ancla en el tiempo, fue una sorpresa, en realidad nunca más lo había recordado, con seguridad a él también le habían pasado muchas cosas pero seguía siendo, por lo menos en aire y apariencia, el mismo.
Dejé la ciudad y lo perdí de vista de nuevo, cuando lo volví a ver, otro buen número de años había transcurrido y él seguía igual. Regresé a una Medellín que sí había cambiado, había crecido en habitantes, se había extendido hacia las laderas, era una ciudad donde todo parecía reciente y a veces sin terminar porque nada de lo que significara vestigios de historia o de pasado permanecía. Así desaparecieron calles, barrios, casas, en beneficio de una ciudad más moderna con el pasado enterrado debajo de grandes edificios y unidades residenciales, custodiadas por guardianes armados con escopetas que hacían la ronda y parecían cuidar el futuro. Lo vi un martes o un jueves en la mañana, temprano, en una época en que dos o tres veces al mes, en ocasiones una vez por semana, me encontraba para desayunar en Versalles de Junín, cerca del Parque de Bolívar, con Juan Diego, un amigo escritor que con paciencia escuchaba los argumentos de unos cuentos que iba a escribir, leía los ya escritos, hacía comentarios y estimulaba el paso del imaginario visual al escrito. Fue un jueves o un martes, no recuerdo exactamente el día porque durante esos meses, quizá un par de años, con frecuencia me crucé con Alcides, a veces antes, a veces después de los desayunos literarios. Nunca me miró. Nunca le hablé. Nunca supo que yo era el dueño de la carne aquella. Algunas veces le entregué unas monedas que recibía sin decir palabra.
Las últimas veces que lo vi, me pareció que seguía siendo el mismo solo que ya no era él quien acechaba, parecía convertido en presa. Nunca me crucé con él en un lugar distinto, siempre, desde el miércoles del Cirrus, hasta la última vez, Alcides frecuentó el mismo tramo de cuatro cuadras de la calle Maracaibo. Era su territorio. El tiempo en esa calle se detuvo durante los treinta años que duraron nuestros cruces. Para él, esos años debieron durar lo que duran cinco segundos.
*Cinco segundos hace parte de Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias.
por ALEXANDER OSPINA // Era un cerdo rosado de 120 kilos que refunfuñaba detrás de las estacas de un carro, olfateaba con fuerza la compuerta y cuando se le acercaban retrocedía asustado. Los niños le gritaban: “¡cerdo, marrano!”; mientras jóvenes y adultos se reían y miraban atentos el espectáculo.
Un perro caliente con ella en la mejor esquina de América
por JORGE IVÁN AGUDELO
Número 27 Septiembre de 2011
—Tintín Tantán… lleve gallina—, y bailaba el perrero hacia nosotros como impulsado por su estribillo.
Hacía años que no lo veíamos; tanto tiempo había pasado, que caminamos un poco incrédulos hasta ese cruce de calles donde siempre nos esperó su carrito, sus malos chistes, sus canciones inventadas…
—Eavemaria… qué milagro, la última vez que vinieron por acá yo tenía todos los dientes y ustedes eran dos niños… y ahora hasta hijos tendrán… ¿Se casaron, cierto…?
Y como si la pregunta hubiera sido su mejor chiste, tú y yo soltamos la carcajada… lo abrazamos sabiéndolo la única certeza de que en algún momento estuvimos juntos, y tú, parsimoniosa, respondiste, no Checho, yo no estaba por aquí, desde hace nueve años no pisaba esta tierra, desde ese tiempo no nos veíamos.
El viejo Checho se lleva la mano a la cabeza como si le hubieran dicho que se iba a morir mañana…
—Hombre Checho, ¿y ya cambiaste la receta?—, le pregunté para sacarlo del trance…
—No mi niño, es la misma pero mejorada…
—Entonces danos dos perros con todo, especiales, para tus mejores clientes… ¿O tú quieres otra cosa?
—Cómo se te ocurre que me voy a comer otra cosa—, me contesta Andrea haciéndose la indignada. Nos sentamos, ella a mirar la calle, las casas, cerciorándose de que todo estuviera en su sitio… y yo, a mirar para atrás, a buscarnos en ese mismo andén antes de los años.
Nueve años, dijo ella y el tiempo se me tiró encima… yo había perdido la cuenta y aunque todavía la recordaba de vez en cuando, ya no soñaba con un reencuentro, hasta que me llamó en la tarde y me propuso que nos viéramos, que ya era justo que habláramos, que un enojo de tanto tiempo era inhumano… ¿enojo?, ¿pero de qué me hablaba?, si yo había pasado por todo, pensé, menos por el enojo… primero estuve plañendo al lado de cualquiera, después anduve con una tristeza como asordinada que se atravesaba en cualquier cosa que hacía, con los meses me acometió un pacífico aburrimiento y, por último, como dice cualquiera después de cualquier tragedia, la vida sigue… luego de esa llamada tan inesperada, de haber acordado encontrarnos en el Tíbiri Tábara a las nueve… me quedo mirando al techo, recordando nuestro último encuentro, cuando me dijiste, con la resolución de tus veinte años, que no aguantabas un minuto más en Medellín, que nos fuéramos, que estábamos a tiempo, que no valía la pena quedarse en una ciudad que más se demoraba en verte que en cobrártelo… Acabábamos de volver del entierro de tu hermana, lo recuerdo muy bien, la hora no estaba para decidir ni qué camisa ponerse, pero tú, en medio de la rabia y el dolor habías tomado tus decisiones… te abracé y lloramos, volviste a lo mismo, que mi prima nos recibe en Madrid y allá vemos, que hablo en serio, que tenía que elegir entre un mierdero lleno de bombas, o tú, y yo, sincero y estúpido, te respondí: de Medellín no me muevo. Saliste de mi casa con tu vestido de luto a empacar para el viaje. Cuando después de dos días te llamé, confiado en oírte triste pero tranquila, y nadie me contestó, supe que te habías ido, sin embargo repetí la llamada a distintas horas, fui a buscarte, le pregunté a tus vecinos y a tus amigas, y nadie, pero nadie, me quiso decir nada, como si tu última voluntad antes de irte hubiera sido castigarme aleccionando a todos los conocidos para que no me dieran noticias tuyas.
—¿Al frente no quedaba esa licorera donde nos vendían cerveza a los catorce?—, preguntas señalando el garaje de una fábrica de brasieres.
—Sí, ahí quedaba, ¿te acuerdas que tu mamá amenazó al dueño con hacerle cerrar el negocio si nos volvía a vender, así fuera una caja de fósforos?
—Señora tan brava ¿no?
—Ya van a estar los perritos mis muchachos— y Checho hace su baile mostrándonos las salsas…
Tú te acomodas mejor en el murito, donde, desde los catorce hasta los veinte, como si fuera más sagrado que el Sabbat, comiste a mi lado perro con todo, te reíste con Checho, hablaste mal de tus amigas y me quisiste.
De cuatro a nueve no tuve sosiego, pensé en destapar unas cervezas para calmar la ansiedad de verte, pero me pudo el propósito de llegar sobrio a tu lado. Busqué qué ponerme, y después de escoger y no decidir, me conformé con cualquier cosa y salí a caminar. Barajé todas las vidas posibles para ti… lo más seguro es que se haya graduado en medicina, que tenga dos hijos, que reparta su tiempo entre ser una esposa y una madre ejemplares y en curar heridas, pero decidí ensoñar, crear otras vidas para ti, tal vez regenta un restaurante de comida típica que le sirve de tapadera para el menudeo de la mejor cocaína colombiana o, y lo pensé sonriendo, hace parte de una secta milenarista y viene a despedirse porque llegó la hora de los elegidos.
Y después de jugar a darte un destino, de recordar tus maravillosos pezones, el amor en el parqueadero de tu edificio, los conciertos de rock en el teatro Carlos Vieco, tu camisetica con Kurt Cobain en el pecho, las vueltas y revueltas para comprar un bareto en una chaza de la Setenta, después de hacerle honor a esa frasecita estúpida de: recordar es vivir un poco, llego a la puerta del Tíbiri y ahí estás tú, moviendo los labios, cantando pa dentro Tu amor es un periódico de ayer… sólo atino a sonreír, a señalarte la entrada de ese sótano donde tanta salsa se ha escuchado, pero tú te adelantas y me abrazas. Bajamos las escalas de la mano, te ríes con risa abierta y pides un tequila en la barra, por los viejos buenos tiempos.
No estaba tan errado… te casaste, te divorciaste, tienes dos hijos preciosos, vives para ellos y para la medicina, piensas en mí de vez en cuando, optaste por no aparecer, porque de haberlo hecho, me hubieras convencido de viajar y según cuentas, nunca hubiera sido feliz al otro lado del charco… ¿y después? Después fue tarde. Así las cosas, suena un tema del Joe y bailamos… o tu bailas y yo te estorbo y te piso… me preguntas por mis cosas como si te hubieras ido una semana de paseo a Santa Marta y no nueve años a Madrid, algo te contesto, no te lo niego, digo, fue duro al principio, pero… así fueron las cosas y me encanta verte. Estás hermosa, lo noto, lo nota todo el bar… y tú lo sabes más que nadie. Salimos al poco rato, los timbales no se hicieron ni para los reencuentros ni para las confesiones. Mientras caminas y preguntas si es seguro, si es cierta tanta belleza, si se acabó la zozobra, yo asiento y oigo tu taconeo por los adoquines de la Setenta… Y ¿qué pasó con éste?, ¿volviste hablar con tal?, pero si eran los mejores amigos… me inquieres por gente que ya ni recuerdo, cansado de no saber de nadie me invento dos o tres vidas para los amigos de la primera juventud. Como acometida por una epifanía, me suplicas: vamos donde Checho, por favor, vamos donde Checho. No puedo negarte nada, si con el sólo recuerdo de nuestro amigo el perrero se te ilumina la cara y vuelves a estar a mi lado, a usar tenis, a ser la de hace años… y aquí estamos viendo llegar dos perros calientes que parecen barcos de colores.
—Está delicioso— dices con la boca llena y vuelves a morder
—Así suene a una de esas frases que pegan en los corchos de las papelerías… hay cosas que nunca cambian.
—¿Por qué lo decís?—
me preguntas extrañada.
—Porque mientras te apoyas en mi rodilla, aprovechas para limpiarte la salsa en mi pantalón.
—Jajaja, qué pena, disculpame.
Y en esas estamos, comiendo pan y salchicha en la mejor esquina de América, cuando de la nada aparece una moto con dos pelaos, me miras como preguntando si tu miedo es un vicio adquirido en el primer mundo.
—No te preocupes, si me hubieras avisado con tiempo, te alquilo el carro de perros, solamente pa que comas tú, pero como llegaste de improviso, vas a tener que soportar a otros comensales— te ríes y terminas de comer.
Sin embargo, yo tampoco estoy tranquilo, no se han bajado de la moto, el parrillero manotea, Checho intenta explicarle algo, da media vuelta para coger un cuchillo, pero el otro se mete la mano a la chaqueta, saca un revólver, le apunta a la cabeza, dispara tres veces y arrancan. Eso es todo. Tú gritas y te levantas, pero antes de que corras a salvar a un muerto te agarro del brazo y empezamos a caminar rápido hacia la otra esquina. Intentas devolverte, te abrazo por la cintura y te recuerdo que estuvimos a dos pasos de los matones, que ellos nos vieron y nosotros a ellos, además, Andrea, le pegaron tres tiros en la cabeza a menos de un metro.
Nos montamos en un taxi, el chofer arranca sin rumbo y te mira llorar por el retrovisor; antes de que pregunte nada, le das la dirección del hotel, abres la ventanilla y recuestas el cuerpo contra la puerta, como si yo fuera el culpable, el organizador de una escenografía sangrienta, con sicarios y todo, para amenizar tu regreso. Busco enojarme pensando que eres un ave de mal agüero, nueve años sin visitar al pobre Checho, llegas como si tal cosa, te sigo el capricho… y Tintín Tantán… lleve gallina, pero no me engaño, me gustaría abrazarte, decirte algo, consolarte de alguna manera.
Te bajas y no te despides. Pienso, mientras te miro la espalda, que te debí haber dejado separar los sesos de las salsas, que fue injusto no permitirte un acto heroico.
—Llevame al centro— le digo al taxista con toda la intención de tomarme unos rones en ese parqueadero donde una vez me trozaron el dedo con una piedra.
—¿Le molesta si prendo el radio?
—No, bien pueda— y empieza a sonar esa canción promocional que cantábamos de niños:
La ciudad donde nací/y con mis amigos crecí/la ciudad que es de mis hijos/donde vivo y trabajo/por tí/ Medellín crece contigo/su progreso es para todos…
De golpe recuerdo que estamos a primeros de agosto y que Medellín está de fiesta.
Gutenberg
por ERREMORA
Número 18 Noviembre de 2010
Desde niño había subido infinitas veces por la calle Calibío, corriendo casi, por ese callejón que se formaba entre el antiguo Palacio de la Gobernación y una serie de edificaciones bajas de ladrillo. Subía por allí todas las mañanas desde Cundinamarca, después de bajarme de un bus atestado que venía del norte, corría Calibío arriba hasta la Plazuela Nutibara para tomar otro bus atestado, el doble, que me llevara hasta el extremo sur; y ya iba tarde como siempre y el timbre del Inem ya estaba por sonar llamando a la primera clase.
Calibío es de las pocas callejuelas peatonales que existen en el centro de esta ciudad y siempre estaba intransitable. Obreros a las fábricas. Oficinistas a la oficina. Ascensoristas al ascensor. Vendedoras al almacén. Barberos a la barbería. Maestros a la escuela. Estudiantes al tablero. Putas a la casa, porque la noche acababa de acabarse. Un mar de gente y yo tenía que esquivar cada cuerpo que caminaba con mucha prisa. Siempre me daba la impresión de que iba a morir aplastado. Eran los ochenta y nunca miré al cielo mientras caminaba por ese callejón. Barberías en el costado sur, y algún café, es lo único que recuerdo. El viejo hotel de la esquina no existía para mí. Veinte años después, una madrugada de esas calurosas, tomado de la mano de una mujer bellísima, estaba tocando un viejo y ruidoso timbre para que nos abrieran sus puertas.
Bajamos del taxi justo en la esquina de Carabobo con Calibío. No se veía un alma. Lu me tomó de la mano y nos adentramos unos metros en el callejón. Vamos al Gutenberg, me había dicho cuando decidimos pasar lo poco que quedaba de la noche juntos y lejos del resto de nuestros amigos con los que nos emborrachábamos en el puesto de licores de la gasolinera de Colombia. Yo no tenía la más mínima idea de cuál lugar hablaba la chica, pero subimos al primer taxi que pasó y en menos de ocho minutos estábamos en el centro de Medellín. Un viejo y austero edificio de ladrillo, de aquellos que los arquitectos llaman Art Deco, se levantaba ante mis ojos.
Subimos la escalera hasta llegar a una puerta vidriera gigantesca con marcos de madera pintados de un amarillo pálido. Seguí a Lu, que empujó el portón.
Delante del habitáculo que hacía de recepción, había un hombre de aspecto campesino, de unos treinta y cinco años, bigote negro, el faldón de su camisa verde claro metido dentro de la pretina del pantalón. Se le formaba una enorme bombacha en la espalda. Las mangas de la camisa remangadas dejaban ver sus antebrazos tostados por el sol. Una pequeña tula sintética era todo su equipaje, además de una gorra de béisbol desteñida y del poncho que colgaba de su hombro izquierdo. La habitación vale quince mil, señor, descargó la recepcionista adormilada. El hombre sacó los billetes y la mujer le dio una llave atada a un trozo de madera. Lu y yo esperábamos detrás. Cuando el hombre desapareció al doblar un pasillo, la mujer nos miró. Sólo me queda una pieza múltiple. Se las puedo abrir, pero con un recarguito de cinco mil. Acento paisa remachado. Soltamos una carcajada suave y le dimos los billetes. Ella misma nos acompañó hasta la enorme puerta de dos batientes…Cuantos años tiene este hotel, le pregunté a la mujer. Hmmm, no séééé, muchos, respondió con sueño, pero sin bostezar.
La enorme puerta doble tembló cuando la mujer abrió. Una vez adentro, soltamos una carcajada al ver el enorme salón en el que había varias camas impecablemente tendidas, a la usanza de los pueblos. No recuerdo cuantas camas, pero reí aun más cuando Lu me dijo divertida: escoge una. Sí que tenemos variedad, ¿no?. Y soltó una de sus risotadas tiernas mientras entornaba los ojos.
Me gustan los viejos hoteles
Abrimos una de las ventanas, porque esas ventanas invitaban a ser abiertas de par en par, y la calle Carabobo apareció solitaria, silenciosa, como extrañando el ruido de las tardes. Implorando el bramido de los buses y los pitos y todo el humo negro que sube al cielo cada día. Nos paramos a fumar nuestros cigarrillos. No quedaba una gota de ron en la botella. El aire estaba muy quieto, el silencio de la calle asustaba, pero no aterraba más que el silencio que aparecía en nuestros rostros cada vez que dábamos una fumada a los Marlboros.
Allí parado imaginé historias de pasillos. Venían a mi mente almas cansadas buscando el sueño y sudores de parejas mordiéndose los labios bajo sábanas ásperas y con aroma a Descurtol Indio. ¿Acaso aquel hombre que nos encontramos en la recepción venía huyendo de su pueblo?
Los años han pasado
El hotel Gutenberg no era un hotel glamouroso. No servía banquetes ni había room service con pancakes y miel. No. No iban allí gringos blanquiñosos ni europeos mal olientes a drogarse… El hotel Gutenberg no existe. El hotel Gutenberg no ha existido nunca. Se llamaba hotel Universo, pero la gente de estos lados del planeta siempre se refería a él como el Gutenberg. Dicen las historias que en sus salones funcionaban los talleres de la tipografía Bedout, pero ya en los ochenta alojaba a viajeros pueblerinos agotados, que venían a la ciudad a cerrar algún negocio y a parejas de universitarios que buscaban un polvo tranquilo en una habitación barata y limpia. Me gustaba el Gutenberg. Ahora ni se atrevan a mirar lo que hay allí.
ED
G
U
T
E
N
B
E
R
G
Leí en letras de molde vaciadas en cemento en lo alto de la ochava, cuando alcé los ojos y la luz del sol me castigó con furia. A esa hora de la mañana sabatina, Calibío ya era el hervidero que recordaba de aquellos días del colegio.










