Andrea Aldana

También con miedo, también con fuerza

por SIMÓN MURILLO MELO

Número 106 Mayo de 2019

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Piedad es una maestra de primaria en sus cincuenta con una voz dulce de asperezas escondidas; hoy tiene una camisa de Pink Floyd escotada y tacones destapados. Un pelao de chaqueta llena de pines le viene a dejar unos cedés de su banda, Odio, para que los venda en su tienda: Rock and Roll.

—¿Me trajiste factura? —le dice Piedad.
—No, nada.
—¿Cómo que no, pirobo?
—Es que yo confío en usted.
—Es que no se trata de confianza. Es por tener la contaduría hecha, bobo.

Rock and Roll queda en el segundo piso del Centro Comercial Paseo de La Playa, un edificio de dos pisos en la esquina de La Playa con la Oriental, rodeado de hombres repartiendo volantes. Uno de ellos con crespos a lo Zarco persigue a una señora y le dice casi al oído: “Nos vamos a perforar, nos vamos a tatuar, pipas, narguilas, copas pa hacer el amor”. Es un resumen de lo que ocurre adentro: un sábado cualquiera el sitio zumba con las agujas de los tatuadores y parece que cada local está repleto.

En Rock and Roll no tatúan ni hacen piercings. Máscaras de películas de terror adornan las paredes, las acompañan sostenes de taches, colgantes, medias veladas negras repletas de patrones intrincados, camisetas de punk, de hardcore, de metal, de rock, zapatos de plataforma recubiertos en tartán, botas hasta la rodilla, arneses y objetos que no sé cómo se ponen y no estarían fuera de lugar en una tienda sadomasoquista. Lo atienden las hermanas Castro, que son además el alma de Fértil Miseria, una banda fundamental del punk antioqueño, la primera íntegramente compuesta por mujeres, cuando tocaba con ellas la fallecida Yolanda Molina.

Fértil suena a la Oriental, cuando el orín se combina con el esmog y los pitidos de los carros no tienen fin y los edificios se tragan el sol:

Amarillo encabeza
la gran farsa
Azul el cielo
Rojo la muerte
van a adorar
a la bandera
negro es el color
de la bandera
sucio es el color
de la bandera (…).

Vicky es la que canta y escribe las letras. Es pequeña y tiene la cabeza casi rapada y entre los pocos pelos claros y las canas se alcanza a ver un tatuaje que le cubre todo el cráneo. En los brazos hay muchos más, entre ellos una esvástica negada; su cuerpo, un testamento de horrores y resistencia en el siglo XX. “La ropa no lo hace a uno, pero mientras más roquera me vista mejor me siento”, y habla del visaje de “un bobo hijueputa con una cresta o una cadena pero que no sabe nada”. Ella fue la primera mujer vocalista de una banda de punk, posiblemente la primera roquera en liderar una: Crimen Impune.

En los años ochenta había muy pocas mujeres en el rock en Medellín y las miraban por encima. “No nos decían casposas porque llevábamos mucho tiempo en la escena y sabían que amábamos el rock. Todos decían: cómo será el descache de esas viejas, y por eso iban a vernos al principio. Cuando tocamos las primeras veces, siempre era en piezas y techos con bandas amigas. En Castilla, Manrique, Envigado, basureros, donde fuera”.

Vicky trabajaba en Mimos y Piedad, la bajista, estaba cansada de hacer fonomímicas: tocaban con guitarras de palo. “Trescientos, cuatrocientos roqueros en una terraza, poníamos el disco y nos disfrazábamos y hacíamos como si estuviéramos tocando. Nos daba mucha risa porque a veces la gente creía que estábamos tocando de verdad y yo les decía, ¡cómo pueden ser tan brutos!”.

Empezaron como un trío con Yolanda que murió de cáncer hace tres años; le pusieron a la banda Fértil Miseria por la abundancia de la tierra antioqueña para engendrar asesinatos, desplazamiento y pobreza. Yolanda tenía una tienda de discos para punkeros en el Paseo de La Playa y Piedad se la manejaba hasta que se cansó y decidieron cerrarla. Aprovechó el vacío y hace once años ya, montó Rock and Roll tras la huella de Yolanda: “ Yo quería que los roqueros tuvieran un lugar chimba al que ir”, dice.

Eran los años más duros del narcotráfico, en los que la violencia arrojaba miles de flores sangrientas en Medellín. El punk, un orgulloso hijo bastardo del rock tocado en garajes por amateurs, reggae, ritmos peruanos y el caos social, nació más o menos en 1978 en Inglaterra. El año del verano más caliente hasta el momento registrado por allá, cuando la inflación estaba disparada y el trabajo era escaso en los suburbios. Los orígenes musicales y estéticos del punk son difusos, retumban contra las puertas de las bodegas, en suburbios hastiados y en las entrañas de pelaos solos; inventando la blasfemia en bares de tercera. Su estética se unifica por la confrontación a la sociedad, a la música, al futuro: algunos andaban con agujas perforando las narices, cachetes y orejas, mujeres se vestían de hombres, hombres andaban con faldas, la ropa del colegio se podía convertir en una indumentaria militar para escandalizar a la madre, camisetas mostraban violaciones, esvásticas y fotografías obscenas, las banderas y símbolos patrios y religiosos eran controvertidos. Vivienne Westwood, la madre de lo que significa el punk llamó a su primera tienda Sex que después cambió de nombre a Les Seditionaries.

El punk era la estética de la amalgama y el caos que rehusaba cualquier cuartel. Un vacío en el entramado de la vida que se convertía en otra cosa. Westwood lo resumía como “vestimenta confrontacional”, el choque entre lo natural y lo construido: si era feo, era hermoso.

Aquí, el sonido y la estética del punk llegó tarde, en los albores de los años ochenta. “Cuando estábamos empezando no había ropa. Las camisetas pintadas con vinilo, todo de negro. Los taches, inmundos, los comprábamos en ferreterías, no había tiendas especializadas. En el ochenta y punta nos llegó de Estados Unidos a Vicky y a mí una camiseta original de Slayer y Destruction”, dice Piedad, “y todo el mundo nos paraba: ‘¡esas camisetas!’, llegábamos a un concierto y casi que no nos dejaban en paz. Y yo mandé dos pintadas para la USA y allá eran la sensación las pintadas de vinilo. Ellos querían las de aquí y nosotros queríamos las de allá. La ropa era mucho más agresiva que la de ahora. Nos poníamos taches en la muñeca. ¡No, eso era un tacherío ni el hijueputa! Y era lo único que había. Toda la ropa era hecha por nosotros”. Durante un tiempo usaron gabanes y una mezcla del vestuario pasado y moderno de los punkeros europeos; como la música, las pintas inevitablemente llegaban tarde.

La ropa cumplía aquí una función más explícita que para los punkeros del primer mundo: marcar territorio. Para muchos, el punk fue lo que salvó o intentó salvarles la vida cuando todo se hacía pedazos, decenas de jóvenes buscando baterías para empezar una banda. La creatividad, producto de la brutalidad medellinense, florecía. A finales de los ochenta y principios de los noventa Medellín era, como siempre, la primera en el mundo: desbordaba en bandas de rock y asesinatos. Su influencia creativa se extendió a la moda, la publicidad, la fotografía, el cine. Piedad se convirtió entonces en una influyente figura del fanzine y el periodismo musical, editando a punta de fotocopias las revistas Medellín Subterráneo y Nueva Fuerza.

Archivo Fértil Miseria

En los fanzines se escribía sobre el uso de napalm y los abusos del imperialismo gringo, entrevistaron a la banda sueca Raped Teenagers sobre el frío por allá arriba y a una banda local que les dijo sobre su producción: “Hasta el momento hemos vomitado ocho asquerosos temas y esperamos seguir haciendo más”. El estilo se convirtió en una forma de arte y de vida, el rechazo a todo con un largo y estilizado dedo medio sobre la sociedad que los parió.

El actual cantante de Mayhem, la influyente banda de black metal noruega (el anterior murió asesinado como parte de una oscura trama de suicidios, cuasicanibalismo y rituales satánicos), tiene un disco de Fértil que mostró en una entrevista, en la que dijo que el sonido de Colombia se parecía al de Noruega. “De una u otra manera la rabia de nosotros era la guerra, la música, el miedo, porque también con miedo se hace música. Y lo de ellos podría ser la soledad: tenerlo todo puede ser muy duro también”, opina Piedad.

En esos años se iban caminando a todas partes. Una amiga de las hermanas recuerda las subidas a pie hasta Santa Elena y las caminadas desde las comunas del norte hasta Envigado. Las acusaban de satanismo y les cerraban la puerta en la cara. Una vez la Kika, hombre de confianza de Pablo Escobar, se las encontró cuando subían a pie por Castilla y sacó el arma para matarlas, “por roqueras”, pero apareció una patrulla que les salvó la vida.

En una fiesta en Cristo Rey se fueron las hermanas Castro con un combo de punkeros. Iban a una casa desocupada con sus tesoros más preciados: discos carísimos de vinilo que llegaban de Europa y Estados Unidos. Entró una banda armada con pistolas y machetes, cerraron la puerta y los robaron. Después anunciaron que iban a violar a todas las mujeres. “Teníamos los gabanes y los hombres eran igual de peludos que las mujeres. Yo le dije a Vicky: parce, agache la cabeza y no la vaya a alzar ni por el putas. Y los hijos de puta dijeron: ‘hagan fila aquí los hombres’, y nosotros nos hicimos con los hombres y salimos. A las cinco mujeres que quedaron las violaron y las volvieron mierda. Eso fue una cosa que yo nunca olvidaré. Creo que Vicky y yo fuimos las únicas que nos escapamos”. La ciudad se partía en gritos y los barrios se dormían a punta de balas. Los punkeros se arrastraban por calles y esquinas como una mancha negra intentando gritar más fuerte que Medellín, en una espiral de muerte y violencia, de No Futuro, de presente infinito.

La música de Fértil es particularmente agresiva. El ritmo es veloz y la cacofonía de los instrumentos parece atacar la complacencia del oyente; las letras hablan de desplazados, atacan a los militares, a los policías, al Estado. Una de sus canciones más populares, Los generales, dura minuto y medio y termina así:

Honorables, honorables, honorables, generales
Honorables, honorables, honorables, gonorreas
Gonorreas, hijos de puta.

Otras tratan explícitamente de la muerte:

Instantes
de fríos envolventes
otro cuerpo está inerte
su mente esperará
es mi hijo, es mi hermano
no tenía que pasar
es muy joven, es mi amigo
nos tenía que dejar.

El punk puede leerse como un dadaísmo comprometido. Letras e imágenes crudas mezcladas con lo imposible para hablar de lo imposible. Dice Piedad: “Estoy absolutamente convencida de que esa agresividad en las letras y la música, y todo lo que hace a una banda como Fértil Miseria, es la consecuencia y la causa, además, de haber sufrido toda esa violencia”.

Piedad perdió la cuenta de sus muertos, y Vicky dice: “No hay necesidad ni de hablar de eso”. Crecieron en un barrio complicado. Vicky dijo en una entrevista que le ofrecieron plata para matar a un policía. A Juan, el guitarrista de la banda, lo metieron a un carro hace unos años y le dieron vueltas para intimidarlo: no te queremos ver más por acá, peludo. Cuando Piedad habla de su infancia se le quiebra la voz, normalmente dura y voluminosa: “He pasado hambre, maltrato por parte del padre, autoritarismo, me tocó aguantar hambre, viví en la calle veinte días. Mi papá nos maltrataba y nos iba a pegar con una tabla que tenía un clavo y salimos voladas… Creo que por eso amo tanto a mis estudiantes, porque sé lo que es ser como ellos”. Los estudiantes de Piedad, que se sorprenden cuando ella también toma aguapanela, son su orgullo: cuando habla de ellos, también llora.

El hijo de Vicky de diecinueve años vive con ella y estudia Diseño Gráfico. A veces, ella le dice al despedirse: “Cuídese, y de pronto nos vemos después”.

Y aunque hay problemas de plata, las hermanas se aferran. Son admiradas y la violencia ha podido ceder en sus vidas. Vicky revienta de orgullo cuando llega a los parches: le piden fotos, le dan picos; a Piedad se le arriman para decirle que es una berraca.

Los locales en el Paseo de La Playa tienen una clientela esquiva y esporádica. En pocos meses los locales cambian de dueños y ofertas. La mayoría del primer piso son propiedad de una mujer hare krishna que se expandió al negocio de los metaleros y punkeros. Tiene más de diez tiendas, todas idénticas: fila tras fila de camisas negras al lado de narguilas y piercings. En el segundo piso, Blacky’s store exhibe un maniquí con chaqueta de cuero, leggins de esqueleto, botas punkeras, todo al ritmo de Bruno Mars sonando por los altoparlantes, Cambios Trujillo’s cambia bolívares a pesos, y el local es solo una mesa colegial en una esquina, ni siquiera paredes de yeso.

Vicky está un poco arrepentida de no haber seguido trabajando en Mimos. Gente que empezó con ella ya es administradora o ha escalado en la cadena corporativa de la empresa, pero ella sigue teniendo problemas de plata. Hace poco le descubrieron varios problemas de rodilla, le duele y está empezando a caminar con una ligera cojera. No quiere hacerse operar, porque eso implicaría volver a operarse dentro de cinco, diez o quince años. Sus tatuajes y sus pantalones de cuero, la expresión feroz de siempre son una defensa ineficaz ante el cuerpo que se desgasta a fuerza de golpes y calle.

El equipo de fútbol en los torneos interclases de los alumnos de Piedad se llama La Piedad, porque los niños la quieren mucho aunque sea “fuerte”. Los regaña por sentarse mal y los hace quedarse más tiempo si no hicieron la tarea. “Usted tiene que ser alguien en la vida, porque yo ya tengo media pata en el cementerio, y es a ustedes a los que les toca cambiar este mundo tan asqueroso”. Habla de la descomposición social y critica a las familias colombianas, y por un momento suena como un político conservador: “¡Es que esos pelados andan en la calle a las once, doce de la noche, y a los papás no les importa!”.

 ¿Y vos no estabas en las mismas a esa edad? “No. Mi papá no nos dejaba. Teníamos que estar en la casa a las nueve de la noche”. Vicky la interrumpe: “Y llegábamos al otro día, nos daban unas pelas”.

Piedad no tiene hijos. “La chimba, tener un niño en este mundo tan gonorrea”. Sus arranques godos los puede descargar en la tienda, con sus estudiantes, en la banda.

Ella piensa que en algunos años puede cerrar la tienda, aunque no sabe qué hacer con Fértil. “Es un novio feo que nunca quiero dejar”. Detesta la vejez: “Es el estado más asqueroso del ser humano. Y por ese odio tan hijueputa que le tengo, seguro voy a llegar a vieja. Pero por ahí en unos diez años me voy con Vicky y unas amigas a una finca, un parchecito de viejos roqueros para ir a morirse”.

Este año cumplen treinta años juntas, la banda de punk más vieja de Antioquia, y tal vez de Colombia. En 2010 se presentaron ante más de treinta mil personas en Rock al Parque. A Piedad le dio diarrea. “Yo casi me muero: cagué tres veces. Ya después del tercer tema, muy bien, pero si me ponía a mirar al frente, me moría. Y se veía gente con banderas de Fértil Miseria. ¡Qué belleza!”. En el concierto, los pelados hicieron un pogo gigantesco, mientras Piedad, con una camiseta de Dead Kennedys y un bluyín negro pegado, voleaba la cabeza, y Vicky, vestida y con el aplomo de un general anarquista, se paraba con fuerza en un reflector, canalizando el odio y la esperanza de un público que se enredaba como un huracán. A ratos parecían cansadas y Vicky se arrodillaba a descansar. Pero un segundo más tarde ya estaba otra vez de pie gritando con la rabia de los años: ¡Gonorreas hijueputas!

Archivo Fértil Miseria

El tamaño de la Gota

por PATRICIA NIETO • Ilustración de Elizabeth Builes

Número 106 Mayo de 2019

Antes de los Programas de Alimentación Escolar, los hogares del ICBF y las estrategias de Buen Comienzo, Medellín tuvo una casa con 45 mujeres encargadas de entregar leche a los niños que mendigaban y sobrevivían en una ciudad que comenzaba a alardear. Gota de Leche ha persistido más de cien años en esa tarea en el Centro de Medellín. Un noble hábito de los hábitos.

Una asamblea de niños delibera a las nueve de la mañana del miércoles 10 de abril de 2019. Los cabildantes observan el contenido de una pequeña urna transparente plantada en el centro del círculo que han formado. Ni el ruido que viene del exterior ni el zumbar de una mosca atrapada entre dos cristales interrumpe. Un movimiento que se origina en el fondo arenoso del recipiente anuncia un acontecimiento. Entonces, los presentes cierran el círculo para ver mejor aquello que emergerá de la profundidad. Después de algunos segundos, la superficie luce cuarteada como la tierra después de un terremoto y por las grietas salen a la luz seis líneas marrones que se mueven con dificultad.

Parece que las larvas no responden a los estímulos de afuera; pastan en su planeta de vidrio a la vista de quienes liberan la tensión propia del silencio y especulan: “quieren agua”, “el más grande se come todo”, “¿están tristes?”, “no tienen cachos”, “se van a convertir en cucarrones”, “¡no los toquen!”, “son feos”, “mejor las mariposas”…

En la conversación, en torno a la vida dentro de la urna, participan niños y niñas de tres años de edad, Aventureros, en el lenguaje institucional, que ya recorren su escuela como si fuera un gran jardín en el que deben sobrevivir. La charla a propósito de las larvas da pie a la agenda del día. La maestra recoge las ideas como si fueran miguitas de pan y las convierte en actualidad. Hoy, según su interpretación, la asamblea sugirió que alimentarse bien, proteger la naturaleza, expresarse libremente, proteger a los débiles y preguntar por todo aquello que se ignora pueden ser los temas del día. El avistamiento de las larvas hace emerger las preocupaciones de los niños que habitan un saloncito verde y rosa anclado en el caserón que sirve de hogar diurno a los 540 alumnos de Gota de Leche, la guardería más antigua de Antioquia.

Después de las conclusiones, el corro se disuelve. La maestra lleva las larvas a un lugar fresco donde seguirán transformándose y los niños, como si el tiempo hubiese vuelto a su marcha, se dedican a sus prácticas cotidianas: amarrarse los cordones, patear una pelota o tratar de pronunciar el nombre de la hortaliza que, a pesar de su hermoso color violeta oscuro, no es grata a su paladar: re-mo-la-cha.

A las doce del día, cuando el Centro de Medellín se convierte en un río de oficinistas en busca del “ejecutivo”, un almuerzo barato compuesto de sopa, seco y sobremesa, Jerónimo y Thomas Restrepo Cañas ocupan su mesa en el comedor de Gota de Leche, un espacio colorido donde podrían almorzar hasta seiscientos niños. Puntuales y pulcros, los gemelos abordan el plato con la seguridad de quienes saben comer. A punto de cumplir cinco años, estos Constructores son expertos en frutas y verduras, legumbres y hortalizas, huevos y carnes, cereales y aceites, agua y leche.

“A mí me encanta verlos comer”, dijo Kelly Cañas, su mamá, mientras emblocaba libretas en la litografía donde trabaja. Repitió la frase y sonrió con un gesto que iluminó toda su cara. Hace tres años los gemelos, que, según narra la madre, nacieron con solo seis meses de gestación, no lograban consumir el mínimo necesario por día. A veces, los ingresos familiares solo se consolidaban a las siete de la noche después de un largo día de rebusque de sus abuelos; y, en otras ocasiones, la falta de apetito echaba a perder cualquier preparación casera. El ingreso a Gota de Leche, cuando ya tenían un año y seis meses, les salvó la vida. Así lo ve Mónica Acosta, la abuela que los acunó en su pecho cuando medían solo 39 centímetros.

La prioridad de Gota de Leche es la alimentación en dos dimensiones: espiritual y física. De la primera se encargan las Hermanas Dominicas de la Presentación con 101 años en esta casa; de la segunda, Bibiana Escobar, nutricionista y dietista, con ocho años en la guardería.

“Se espera que al cumplir cinco años cada niño haya recibido la alimentación necesaria para garantizar un desarrollo físico y cerebral que le permita ingresar a la escuela en óptimas condiciones”, explica Bibiana mientras va de la cocina al comedor saludando a las quince mujeres encargadas de preparar y servir el menú que ella supervisa según los dictados de Buen Comienzo, el programa que la Alcaldía de Medellín creó en 2004 para atender a la población infantil vulnerable. Los datos actuales muestran que queda mucho por hacer. Según el último informe Medellín Cómo vamos, realizado por una alianza de entidades privadas interesadas en hacer seguimiento a los indicadores de calidad de vida en la ciudad, por lo menos 58 por ciento de los niños entre cero y seis años están hoy en situación de vulnerabilidad y pobreza.

“Los cuatro momentos diarios de alimentación aquí son sagrados. Para los niños son los rituales del autocuidado y para mí la oportunidad de interpretar sus necesidades a través de los gestos”, dice Bibiana mientras se abre paso entre mesones repletos de bandejas. La exploración le da pistas sobre el estado físico y emocional de los niños y también le pone retos. “Les encanta comer fríjoles, arroz con leche, carne molida, espaguetis y frutas. No les provoca comer ni chicharrón ni mazamorra ni re-mo-la-cha”, concluye y se va a su despacho a mirar las estadísticas.

Si bien Gota de Leche proporciona ochenta por ciento de los nutrientes que un niño necesita cada día, no basta con dar comida: es lo que se deduce de lo que Bibiana expresa cada vez que abre uno de sus archivos. El 31 por ciento de los niños, muchos de ellos llevan varios años bajo su cuidado, presenta alteraciones nutricionales llámense obesidad, sobrepeso, riesgo de sobrepeso, riesgo de desnutrición o desnutrición. Para luchar contra eso, Gota de Leche ha involucrado a las familias como agentes educativos y las ha preparado para el cuidado nutricional en las noches, los fines de semana y durante las vacaciones largas; y también ha diseñado un combo de batidos vitamínicos, atención emocional y rutinas de ejercicio físico que ya son una leyenda entre los expertos en nutrición de la ciudad. El año pasado, por ejemplo, once niños desnutridos y 49 en riesgo fueron involucrados en procesos de atención que exigieron atención personalizada.

“¿A usted no le parece una bendición que un niño de cinco años pida sopa, aguacate y lechuga?”, preguntó Kelly Cañas antes de encomendar a los setenta empleados de Gota de Leche a la Virgen María. En el fondo de su fe, ella sabe que no hay milagro sin trabajo; y es consciente de que a partir de 2020, cuando los gemelos dejen la guardería, ella será la responsable de que no les falte ni el pan ni la leche ni el amor.

Veinte mujeres aparecen en una fotografía tomada en 1917. Se cree que posaron para el fotógrafo Melitón Rodríguez en el patio de una casa similar a la que ahora ocupa Gota de Leche en la calle 40 con carrera 50A, en pleno Centro de Medellín. O tal vez lo hicieron aquí mismo, donde hoy los Aventureros observan seis larvas, unos años antes de que fuera adquirida para la obra en 1922. O de pronto se dejaron retratar en el convento de los jesuitas, en la vecina plazuela de San Ignacio, donde empezó esta historia. En todo caso, en la fotografía están ellas con las miradas fijas, las bocas apretadas y sus hijos, sobrinos o hermanos en el regazo.

Dicen las actas que fueron 45 mujeres las primeras en acudir al llamado de la Asociación de Madres Católicas respaldas por el jesuita Gabriel Lizardi. Todas las mañanas se acercaban a un local cerca del convento donde les daban cátedra católica y una botella de leche. En otra foto, de las que reposan en la Biblioteca Pública Piloto, se ven dos mujeres cargando a sus hijos, una mujer con delantal que pudo ser una de las primeras empleadas de Gota de Leche, que para entonces ya se llamaba así, y una religiosa ataviada con una toca blanca estilo cornette propia de las religiosas dedicadas a la caridad. Al fondo, sobre un tablón de madera, se ven varias hileras de botellas de diferentes formas y tamaños.

Un vaso de leche fue, para muchas madres trabajadoras y sus bebés, la única comida de la mañana hace cien años. En los archivos de la guardería han escrito repetitivamente un relato fundacional que quedó sintetizado en el libro Cien años sembrando amor, Jardín Salas Cunas Medellín Gota de Leche, publicado hace dos años. Al mediar la segunda década del siglo XX “en Medellín eran frecuentes las escenas de los niños desnutridos cerca de la quebrada Santa Elena, que acompañaban a sus madres lavanderas a restregar la ropa en las piedras de las orillas; otros muchos permanecían en las calles o al cuidado de algún vecino o familiar mientras sus madres trabajaban en el servicio doméstico, y durante los fines de semana se los veía también en las calles aledañas a la iglesia de San José, donde las señoras los encontraban al salir de la misa dominical, y podían ver el precario estado de salud e higiene de estos niños que pasaban hambre y frío”.

Para proteger a los niños vulnerables mientras que sus madres intentaban ingresar al precario mundo laboral, nació Gota de Leche. Hay que decir que en la segunda década del siglo XX, después de la Guerra de los Mil Días, de la entrega forzada del canal de Panamá a Estados Unidos y de la Primera Guerra Mundial que sacudió con sus aplastantes consecuencias a todos los rincones del planeta, la pobreza reinaba en el amplio territorio nacional. El historiador Jorge Orlando Melo describió, en su texto Colombia en el siglo XX: cien años de cambio…, la situación de los niños en esa época: “Las epidemias amenazaban a los menores, y el tifo, la viruela o las enfermedades gastrointestinales mataban a 1 de cada 6 niños antes de cumplir un año. Los médicos solo existían para la minoría que podía pagarlos: para las enfermedades había que resignarse a infusiones de hierbas u otras formas de medicina alternativa y casera”.

Si bien el aliento inicial para Gota de Leche provino de la caridad que enseña el catolicismo, la desoladora situación de los niños obligó a los fundadores, señoras, monjas y curas, a interesarse por las disciplinas dedicadas al cuidado y crianza de los niños, ciencias muy desconocidas en un país que solo abrió sus primeros preescolares asistencialistas en 1930. En este punto vale decir que cuando Colombia creó el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en 1968, Gota de Leche ya le aventajaba en 51 años de experiencia.

La fotografía en blanco y negro de las madres y sus niños en el patio de la sede es tal vez la más antigua que se conserva en los archivos. La más reciente se podría tomar ahora mismo, a la una y media de la tarde, cuando los 540 niños y niñas, entre los siete meses y los cinco años, duermen la siesta mientras que afuera la ciudad arde bajo un cielo oscuro, señal de que una de las tormentas de abril se aproxima.

Ataviada con una capa verde, Mariángel Ayala Raga recorre los pasillos de Gota de Leche. Es la última en la hilera de los Constructores que, a punto de cumplir cinco años, pasan su último año en la guardería. Su capa, larga y brillante se levanta con el viento que siguió a la lluvia. Mariángel podría ser Iridessa, el hada de la luz que vive en un girasol, en su papel de ayudante en la construcción de los arcoíris. Pero Mariángel no vive en las profundidades de un bosque milenario, ella pasa los días en un laberíntico caserón donde se ha nombrado guardiana del agua.

En los archivos de Gota se lee que en los años veinte se realizó la “compra de una casa de tapias y tejas, con su correspondiente solar, media paja de agua de diez líneas de diámetro de la del Distrito con sus mejoras y anexidades”. Yolanda Gómez Delgado, la experta en Alta Gerencia que asumió la dirección de Gota de Leche después de una saga de veintiún monjas que fueron la autoridad allí durante 97 años, dice que a la casa original se le agregaron a lo largo de un siglo otras de la vecindad amén de locales y solares hasta llegar a los cuatro mil metros cuadrados de hoy.

La casa, el jardín imaginario de Mariángel, se extiende detrás y hacia los lados del pequeño patio que fue el centro. Pasillos con pisos rojos y amarillos techados por tejas de barro conducen a los dieciocho salones donde transcurre la intimidad de cada grupo de niños, niñas, maestras y cuidadoras.

Al paso de Mariángel se puede observar lo que ocurre detrás de las ventanas: la mayoría de los Soñadores recibe masajes para fortalecer las piernas mientras que una de sus cuidadoras Deisy Alejandra Galeano, a punto de cumplir un año en la guardería, se ocupa de los que ya saben ponerse de pie. Los Saltarines recorren las habitaciones en busca de privacidad. Se evaden debajo de las mesas y en los rincones más secretos. Sandra Arenas, la maestra con doce años en Gota de Leche, explica que cuando cae la tarde los niños menores de dos años buscan un refugio para descansar en soledad. Mariángel, guardiana del agua, se pega de la ventana que da al sector de los Exploradores, observa el salón vacío y descubre que las fotografías de los niños y los cartones con sus frases especiales se hacen más visibles cuando todos se han ido a la huerta. La profesora ha puesto en letras lo que Emiliana, de dos años, dijo esta mañana: “La cabra tiene hambre / yo le di zanahoria / el conejo está suave y gordo”. Al llegar al comedor, Mariángel ve que los Aventureros, que ya han tomado el algo, la última comida del día en el jardín, se preparan para regresar a sus casas. Ya en la mesa, ella y su grupo, del que también hacen parte los gemelos, toman leche y comen torta de manzana.

Beber leche es una fiesta en Gota. Cada día se consumen allí 172 litros; una cifra que solo al multiplicarla produce satisfacción: 860 litros por semana, 3440 al mes, 41 280 al año. Mariángel, que no conoce el dato que hace sonreír a Bibiana, la nutricionista, le contesta con otro gesto de plenitud antes de despojarse de su capa y unirse a la fila rumbo a la puerta de la casa donde ya se agolpan las mamás y donde, desde hace rato, espera Martín Rendón, el responsable de cuidar las seis larvas esta noche.

“Samuel Tabares Velásquez”, llaman por el altavoz. El niño de tres años apura el paso y se acerca a la puerta. Al otro lado lo espera María Velásquez, la mamá que lo abraza como si hubiera pasado un siglo sin verlo. María lo levanta de un envión. Samuel aferra las piernas a la cintura de la mamá y así, abrazados, cruzan la calle y entran a la Plaza de Flórez, un mercado popular donde María vende guantes, bolas de icopor, cucharas, bolsas de plástico con agarradera y sin ella, cuadernos con rayas, pliegos de papel globo y cosas así en su pequeña miscelánea. Dos horas más tarde, a eso de las 6:30, María y Samuel treparán en la motocicleta de Edwin Tabares, esposo y papá y, aferrados el uno al otro, viajarán hasta el barrio Santo Domingo Savio en la colina más alta de la ladera oriental de Medellín.

Antes de caer la noche, cuando ya no quedan niños ni maestras en Gota de Leche, Yolanda, la directora, cierra la puerta de su oficina centenaria. Se sumerge en las calles del Centro de Medellín y repara en lo que muchos no ven: mujeres y hombres trabajadores con sus niños en el regazo expuestos a la ciudad ruda que es Medellín. Los ve al pie de los semáforos y en las esquinas custodiando pequeñas ventas; los descubre en los mostradores de los bares y en casetas de ingreso a parqueaderos. Cabe suponer que ante esas fotografías urbanas, la mente de la directora se ocupa de una cifra: cada año cien niños no alcanzan un cupo en Gota.

Entonces, es posible pensar que si bien los treinta mil niños atendidos por Gota de Leche en un siglo son muchos para una obra que nació por caridad, y que hoy recibe 67 por ciento de sus recursos del Estado, también son pocos para una ciudad poblada a fuerza por campesinos víctimas de la guerra. Sería bueno que mañana, en una asamblea formada por los adultos responsables del futuro de Medellín se deliberara sobre este asunto: los niños de Gota pueden enseñarles cómo se hace.

*Agradecimiento especial a July Paulin Salazar Duque, coordinadora pedagógica de Gota de Leche.

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Pascual Gaviria

Camilo Gallego

Catalina Gómez Ángel

Engullir en Ben-Hur

por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

El almuerzo que despacharé al calor del mediodía vale tres mil pesos. El precio de un dólar, una cerveza fría, un paquete de diez cigarrillos Marlboro, doscientos gramos de salsa de tomate. Tres mil pesos. El costo de un kilo de limón Tahití o de lentejas, una libra de maíz pira. La idea es saltarse el desayuno, aguantar hasta el mediodía y salir al bochorno del Centro de Medellín y saciar el hambre con un delicioso almuerzo de combate. Martín Caparrós en su libro El hambre escribió: “Conocemos el hambre, estamos acostumbrados al hambre: sentimos hambre dos, tres veces al día. No hay nada más frecuente, más constante, más presente en nuestras vidas que el hambre —y, al mismo tiempo, para la mayoría de nosotros, nada más lejos que el hambre verdadero”.

Tejelo es una calle peatonal cerca de la Plaza de Botero. Está dividida por dos ambientes desiguales: un lateral opresivo y atiborrado de legumbres y carnicerías que despachan al calor de las doce del día una libra de garra por setecientos pesos y diez chorizos por cuatro mil setecientos; y otro lateral con una seguidilla de tabernas abiertas y desoladas. Rey de copas, Bar Alaska y Malibú son aburridos bares con pista de baile y mesas solitarias. En la noche todo cambiará. La soledad barrerá el lateral oscuro del mercado y, al frente, el ardor registrará tragos y bailoteo y sonrisas.

Bajando por el lado de las tabernas siento en la panza el dolor de la venganza, el hambre que me reclama. Entonces la veo: Cafetería Ben-hur, mesas y sillas en acero inoxidable y un tablero con precios: sancocho de bagre a seis mil. Entro, me siento y pido “el económico”, sin saber qué carne se sirve. Solo quiero lo más barato.

El señor canoso que me atiende, luego lo sabré, es uno de los hermanos dueños del negocio. Viste camisa de manga corta de botones y pantalón, como si acabara de cobrar la pensión. Tiene gafas gruesas, barriga y un rostro áspero. Traslada mi pedido a la señora detrás de un mostrador. Ella repite su dureza en los ojos. Sobre la esquina plateada de la mesa veo un pegote amarillo, “sopa de ahuyama”, me digo en una apuesta mental.

Arrinconados, dos novios comen sopa y se limpian la boca con besitos. Él tiene gorra, una camiseta ceñida contra su fibra musculosa y los brazos morenos del sol. A sus pies, una caja para limpiar zapatos. Ella con una cola en el pelo que le deja racimos por fuera, una blusa de tiritas sobre los hombros tostados y un tatuaje a medio camino en puntos azules que dice “Brayan”. Qué hambre tan horrible. Al frente una señora espera su almuerzo, resopla de calor, y sobre la mesa, un pequeño canasto hasta el tope de confites y chocolatinas. Por fin llega lo mío. Un plato de sopa de pastas mezcladas con lentejas. Alguna de las dos fue de ayer, nadie adiciona gratuitamente lentejas a las pastas. Y menos en un restaurante de combate. No puedo evitar frotarme las manos. Voy por la cuchara al canasto de los cubiertos y noto que no hay servilleta. En cambio, un papel higiénico blanco envuelve la cuchara. Son cinco pedacitos unidos en una tira. El detalle me conmueve. Y lo aprovecho para darle una severa limpiada a los cubiertos a medio lavar.

La sopa no está mal. Es fresca y alivia mi angustia. El otro plato tiene papa, arroz, una tajada diminuta y frita de plátano maduro, y fría, ojalá no sea también de ayer. Ensalada de zanahoria y repollo. Además, una inquietante y generosa porción de carne cocinada. No sé si comérmela. Pienso en gatos, en caballos, en zarigüeyas. Nada, no importa, nos vamos con ella para adentro, cero-mente-cero-cabeza. Hago fe y me convenzo: es de res. Mastico y vea, me digo, muy rica que está la carne.

En su libro, Caparrós cuenta que en un pueblito de Níger encontró a una mujer que comía harina de mijo. Le preguntó que si comía eso todos los días. “Bueno, todos los días que puedo”, contestó. Caparrós quiso saber qué le pediría a un mago que le diera cualquier cosa, ella contestó que una vaca que le diera leche. “Pero lo que te digo es que el mago te puede dar cualquier cosa, lo que le pidas”, insistió él. “Pues bueno, dos vacas”, repuso ella. “¿Dos vacas?”, se quedó pensando y la señora le dijo: “Con dos sí que nunca más voy a tener hambre”. Y el periodista se quedó pensando que era tan poco, y luego se dio cuenta de que era mucho.

Cuando despacho mi almuerzo y quedo con la panza aliviada, me levanto con la taza de claro en la mano. Me acerco al mostrador, donde atiende la señora con cara agria, muy parecida al mesero. La que manda en el restaurante es ella, hace rato me di cuenta, y no él. “Muy rico el almuerzo”, le digo para intentar bajar la acidez de su rostro, “muy rico, de verdad, me gustó mucho”, y nos sonreímos. Entonces le pago con un billete de cinco mil. Me devuelve dos y volvemos a sonreír. Entonces puedo comenzar a preguntar.

Se llama Blanca Nubia y me cuenta que el negocio es familiar. Lo tienen hace 42 años. “Ahora todos los hermanos estamos pensionados —dice—, mantenemos el negocio, pero esto no da plata como antes”. Cuando comenzaron, Tejelo era una calle con paradero de buses y comercio. En esa época, cuando el edificio Miguel de Aguinaga era ocupado por las Empresas Públicas de Medellín, venían a comer los obreros y empleados. “Fue una época muy bonita, antes de la violencia, después se puso mal el Centro —dice—, la gente comenta que el sector es un atracadero, pero vea esto, ¿no es muy tranquilo?”. Descubro que Blanca Nubia quiere evitar el tema y la imagen negativa del sector. Entonces entiendo su rostro duro. Los años, el trabajo y el pasado turbio de Tejelo han dejado su huella de desconfianza.

“Néstor fue el que comenzó, teníamos panadería, mi otro hermano Luis era su administrador, también trabajó Víctor y ahora el que nos dirige es Francisco, es el patrón de nosotros hoy por hoy. ¿Y qué es lo que menos me gusta de mi trabajo? ¿Es lo que me está preguntando? Lo que menos me gusta es cuando la gente recatea porque la comida es muy maluca, entonces yo les digo váyanse a comer al Hotel Intercontinental, es que por tres mil pesos qué van a comer pues, sí, los domingos es el único día que fritamos chicharrón, a la gente le gusta mucho venir ese día. ¿Y qué es lo que más me gusta de mi trabajo? Hablar y estar con la gente, porque si una está triste entonces se distrae, se ríe, comenta, critica y echa chisme, es que a esta edad ya no se quiere estar sola, el negocio no da plata pero da compañía”.

En otros puntos del Centro de Medellín un almuerzo de combate cuesta ocho mil. En Ben-hur no son de combate, son de trinchera empantanada y destortillada por las bombas. Y menos mal. Porque cuántas hambres ha calmado. Sabiendo que no son las más graves. Hambres como la mía en este mediodía de calor. Para el postre, Caparrós dice que el hambre “no es un problema de pobreza, sino de riqueza y de la concentración de la misma. Si hay tanta gente que no come, es porque otros lo hacen de manera absolutamente desproporcionada e injusta”.

Antes de salir a la reportería, en la redacción me recomendaron: “La crónica no es solo contar cómo fue el almuerzo sino también cómo fue el daño estomacal”. Puro terror. Por si las moscas me tomo una sal de frutas, remedio que no fue necesario.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

Sazonando el viaje

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

Solo había pasado por allá sin detenerme y con algo de susto por el exceso de bulla y suciedad. Un extraño edificio con forma de huevo, una virgen blanca pelada por el sol y una ceiba rosada enfermiza, como una araña moribunda a punto de dar el último salto. “La mataron de orinarla” dice Margarita, Márgara, que vende lentejas, sancocho y fríjoles en un carrito de mercado en la esquina del parqueadero de la placita.

Antes Margarita vendía en plena plaza, pero hace unos meses la Alcaldía metió la mano y le puso baldosa nueva y matas todavía vivas; la virgen desapareció y el cadáver de la ceiba fue enterrado. A ella la trasladaron unos metros, y dice que no le choca porque hay menos borrachos saliendo de Picar Pollito (donde me comí un consomé con sabor metálico que me hizo botarlo todo por el periodismo). Tampoco ha perdido clientes. “Oiga, que un domicilio pal Tigre en la esquina”, le dice una desdentada. “Dígale que yo no hago domicilios”, responde con la tranquilidad que le da vender más de sesenta platos por noche, todos a menos de cuatro mil pesos. Otro comensal, que la mira con afecto, mete la cucharada: “Y le cuento, platos muy deliciosos”.

Sus lentejas, servidas en un plato de icopor, son gigantes y van coronadas de un espinazo. Se come en un taburete, acompañado de mecánicos y obreros de las litográficas de los alrededores de la plaza, todos conversan con ella con la confianza del tiempo, lleva sin descansar un solo día desde hace seis años. La fuerza de Margarita es enorme: trabaja desde los nueve años y ya pasa por los sesenta. Con más de cuarenta años en Medellín, llegó desde El Santuario a los veintiuno. Además, le da tiempo, o ganas, para estudiar mercadeo en el Politécnico Andino. Cuando le conté lo de la indigestión en Picar Pollito, fue la primera en regañarme: “¡Uno no puede comer pollo en la calle!”.

Conversa muy rápido y de todo, moviéndose como una hormiga para atender a los clientes o irse para el sitio donde tiene la cocina, media cuadra arriba. Cuando el ficóptero amenaza justo encima de nosotros, uno de sus clientes ríe nervioso y pregunta: “¿Qué nos irá a hacer ese helicóptero?”, y ella replica: “¡Nosotros no tenemos nada que esconder!”.

La creencia de que la placita del Huevo alberga un crimen escondido va más allá del prejuicio. Frontera última entre ese cuadrante del Centro abierto para las familias de bien y la terra incognita de Niquitao, la placita se parte en cuatro por las épicas arterias que la desangran. Fue hogar de muchos indigentes por un tiempo, tal vez como signo de su naturaleza viajera. Aquí y allá pululan los hoteles, inquilinatos y moteles. Es bien movida pero no surgió como un sitio de encuentro sino como uno de perpetuo paso: fue creciendo con los buses, sus únicos habitantes estables, descargando y cargando gentes a toda hora.

Con los transeúntes, este mercado espontáneo trajo los locales de comida, los vendedores como Margarita y las seis pastelerías que la rodean. Los primeros reflejan el ahorro paisa y el rebusque obligatorio para lograr uno o dos golpes; las últimas, gemelas de luz blanca de las que ahora ocupan cada rincón del Centro, son un reflejo de la monotonía que siempre amenaza a las urbes.

Para la plaza, los vendedores–cocineros como Margarita se convierten en esquinas móviles, centros de actividad, conversa y memoria del sector: una quinceañera bonita de Niquitao apenas la ve le suelta, “¡Carebruja!” y sale corriendo con Margarita detrás riéndose; los mecánicos la molestan pidiendo rebajas. “Solamente nos pega un regaño”, y los caminantes preguntan por las lentejas, cumpliendo el inmemorial ritual de la acera.

El restaurante Tutunendo es una esquina pintada de verde limón. En pleno nacimiento de Amador con la Oriental, fue el primero de una generación de establecimientos chocoanos que se acabarían tomando casi toda la calle y los alrededores. Visitados casi exclusivamente por chocoanos, han construido una embajada cultural negra en mitad del Centro de Medellín. Con música de Bomby a todo taco a las dos de la tarde, los fines de semana cada restaurante se llena de familias que hacen el peregrinaje semanal para almorzar sancocho de guagua. Alegando en la calle por las cuentas, molestando con los meseros, acariciando la mano un poco más a una clienta hermosa, Edwin Rengifo, mesero, fotógrafo y creador de la revista Afrosentido, vino del Chocó para vivir en Medellín.

Los sancochos de carne ahumada son la estrella de los fines de semana, herencia mestiza de quién sabe cuántos cocidos españoles, gallinas chinas, hierbas indígenas y sazones africanas. Ante la pregunta de si ha sentido ecos de la esclavitud en Antioquia, dice que al contrario. Los restaurantes chocoanos de la zona rehabilitaron ese segmento de Amador, llenándolo de gente y limpiando un poquito las aceras.

Si algunos llevan años en Medellín, Luis Kanzler llegó el mes pasado desde Venezuela. Inmigrante nuevo y nieto de refugiados alemanes que escaparon del Holocausto, atiende en un puesto de jugos a mil y dos mil, adjunto a una frutería en El Palo, unos metros arriba de la plaza. Con pinta de vocalista de una banda de Altavoz que escucha a Leo Jiménez y a Pearl Jam a todo volumen, apenas puede, empieza a hablar de Venezuela. Fue dirigente político, barman, le hizo catering al alto mando militar venezolano.

La señora que se detiene a comprar un jugo de guanábana en leche de mil le entrega un billete de dos mil y al saber que es venezolano no espera la devuelta. La solidaridad viene en muchas denominaciones: hace las cuentas de la frutería y trabaja seis días a la semana de seis a. m. a nueve p. m. Insiste en que lo han tratado muy bien, ya conoce a los taxistas y buseteros del sector, conversa con la señora del carrito de helados que suele pasar por El Palo y empezó a salir con la morenita del Cellmax, dos locales hacia la plaza. Se le aguan los ojos y la voz decae cuando habla mucho tiempo de Venezuela. “Si el socialismo del siglo XXI gana acá en cuatro años, no le deseo a ningún colombiano tener que migrar a otro lado”. El inmigrante vendedor de jugos heredero del Holocausto recién enamorado y anticomunista es un hilo más de la trama que viene a ser la placita del Huevo. El nombre es casi pleonástico. No hay nada más aburrido y fácil de quebrar que un huevo. Tal vez, en esas tres cuadras del Centro, feas y manchadas por el hollín y el incesante recorrer, el universo se rehaga cada día. El ruido del big bang acallado por los pitidos de los buses, masas de individuos anónimos engullendo pollo. Una vez acaban con el plato, se limpian con la servilleta que Margarita nunca deja de entregar y se montan al bus.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

Doña Gloria

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

El sol es picante al mediodía, pero en la carrera 43B con San Juan parece que se ensañara con los trabajadores y caminantes que, a esa hora, solo piensan en resolver el quejido de las tripas y apurarse alguna bebida refrescante que les dé ánimo para continuar la jornada.

Y no hay mejor opción, con la chispa sobre el cuello como un cruel soldador, que meterse al restaurante Doña Gloria, en toda la esquina de San Juan, a cincuenta metros del chequeadero de buses de Cootransmallat, y pedir una mazamorra de mil pesos, con leche y bocadillo veleño. Un tentempié antes de que la señora exponga su menú de suculentos platos recién hechos a tres mil pesos.

“Recuerde mija, es una cucharadita de sal por libra de arroz. Si quiere le echa pimentón, pero unas dos pizquitas, no más. Y los frijoles, una hora después de que pite la olla, les licúa zanahoria, les echa ‘sorfrito’ de cebolla y listo, así quedan bien ricos. Hoy vamos a vender carne sudada, de cerdo que es la que más gusta. No se olvide de echarle cilantro, cebolla y pimentón. Acá la comida es barata pero rica y sustanciosa, porque recuerde que el alimento es bendición”, repite la dueña del lugar, Gloria Esther Cruz Ramos, como si estuviera recitando un antiguo conjuro mágico, mientras mueve de un lado a otro su cuerpo de noventa kilos de peso y 59 años de edad.

Doña Gloria es cordobesa, de Montelíbano, y es hija de un carnicero y una cocinera. Nació el 8 de febrero de 1959 y es madre de Yuliana, una joven transexual que vive en Italia, país en el que se ha abierto paso como chef.

Yuliana a veces visita a su madre y le ayuda en los quehaceres del restaurante. También le muestra recetas de pastas y de sopas que jamás podrían venderse en Niquitao, donde los estómagos parecen estar diseñados para tolerar solo frijoles, sancochos, sudados y secos con carne asada.

Todavía repitiendo su credo culinario, su inefable sortilegio, doña Gloria saluda a cada comensal inclinando levemente la cabeza. Luego los acompaña hasta el comedor y les explica detalladamente el menú.

“Hoy hice frijolitos con un poquito de coles y trozos de carne de cerdo. El seco también trae carne, con una salsita que se inventó mi marido, muy rica. Pero también tenemos sopita de verduras y seco con carne de res o pollo. Para tomar hay juguito, gaseosa y mazamorra”, expresa la señora, ataviada con un fino delantal y una pañoleta que oculta su pelo castaño y canoso.

El restaurante es una casa de tres pisos, pintada de blanco con franjas verdes, anaranjadas y azules. En el tercer piso viven Gloria y su actual esposo, José Alberto Cartagena, quien por amor tuvo que aprender a cocinar y además se encarga de hacer mercado, cada martes o miércoles, en la Plaza Minorista. En los pisos restantes queda el restaurante, que abre en semana de ocho de la mañana a ocho de la noche, y los domingos y festivos de ocho a seis.

Todos en el restaurante deben saber cocinar. Doña Gloria, quien lleva cocinando desde que tenía trece años, no admite que ninguna de sus trabajadoras no sepa “ni prepararse un huevo”. Por eso la inducción al empleo es en la cocina, y allí deja a los recién llegados hasta que aprendan a hacer un arroz con la sal justa o unos frijoles calados al punto.

A los tres años llegó a vivir a Medellín, en Niquitao, pero luego se fue para Cisneros, Nordeste antioqueño, donde su madre había abierto un restaurante. Allá conoció a su primer esposo, con quien montó dos carnicerías en Turbo. Luego de separarse volvió a Medellín, de nuevo a Niquitao, y durante 26 años vivió en un inquilinato donde montó su primer restaurante, Lobo Marino.

Gloria también vendió almuerzos en los ochenta en las afueras del Hotel Nutibara, frente al Centro Comercial Veracruz. Junto a otras mujeres, la mayoría madres solteras, vendía almuerzos a cien y ciento cincuenta pesos. Eran tantas que la gente empezó a conocer la esquina donde se ubicaban como “el portacomidas”.

“Mi vida ha sido cocinar, dar de comer”, les cuenta a sus clientes animosos de conversación, pues la comida que sirve Doña Gloria genera una inexplicable sensación de bienestar, como si los ingredientes produjeran un desbordamiento de dopamina en el cerebro.

“Ahh, qué comida más rica doña Gloria, así sí da gusto volver a trabajar”, le suelta uno de sus clientes frotándose la barriga como un buda grasoso y bigotón. Y la señora responde: “El ingrediente es cariño don Roberto, mucho cariño”.

La única verdad es que sus almuerzos tienen tres características, la limpieza de su presentación, el sabor y la frescura de sus productos. Como bien dice: “Acá se le pone tanto amor a la comida como a la limpieza. Todas las mañanas y todas las noches, entre todos dejamos el restaurante reluciente, como si fuera nuevo”.

Las comidas se sirven segmentadas y en platos de loza. Las mesas son de plástico y están desprovistas de manteles. Las cocinas del primer y segundo piso están ubicadas sobre la pared del fondo, a unos cinco metros del comedor principal.

Doña Gloria tiene unas diez trabajadoras, todas madres solteras y habitantes de la periferia de la ciudad. Le gusta ayudarles, enseñarles cada truco de la cocina. Con el tiempo, todas ellas han ido asimilando su carácter. Sonríen amablemente, mantienen sus manos y sus uniformes pulcros y a cada cliente le dan la bienvenida como si fuera un amigo de toda la vida.

Es el restaurante más antiguo de Niquitao, donde uno puede gozar de una buena comida a un precio ínfimo y, al mismo tiempo, puede escaparse, al menos por una hora o dos, de la rutina agobiante de ese sector del Centro de Medellín.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.