Cuando a Medellín le salieron árboles

por DIEGO MOLINA • Fotografías del Archivo Fotográfico BPP

Número 89 Agosto de 2017

Parque Bolívar. Francisco Mejía, 1922.

Los primeros árboles que se sembraron en Medellín, según fuentes escritas, fueron unas ceibas (Ceiba pentandra) que Gabriel Echeverri (colonizador antioqueño y fundador de Caramanta) hizo traer hacia 1857 desde las riberas del río Cauca, y que, posteriormente, mandó plantar en la avenida derecha de la quebrada Santa Elena. Poco tiempo después, Pastor Restrepo plantó otras cuatro ceibas en el costado sur del Parque de Bolívar, dos de las cuales aún se encuentran en pie. Por la misma época, en 1878, Pedro Restrepo Uribe inició la arborización de la carretera del norte, sembrando árboles en buena parte de su extensión.

Y claro, no es que Medellín no hubiera tenido árboles antes de las iniciativas de los señores y los dones de la Villa. Solo que antes del siglo XIX los árboles crecían digamos de forma orgánica. Unos eran sembrados como fuente de alimento en los solares y patios, mientras otros brotaban espontáneamente tras alguna semilla de mango o mamoncillo lanzada por ahí a su suerte. De esos árboles de otros tiempos aún quedan señales. Hoy en día hay lugares cuya toponimia recuerda, como en el caso del chagualo (Clusia sp.), algún árbol que por largo tiempo sirvió a los habitantes como mojón espacial. Sin embargo, la ciudad antigua, la ciudad colonial, no tenía a los árboles como una de sus prioridades. No es sino caminar por las calles estrechas de Santa Fe de Antioquia para darse cuenta de que en lo que hoy conocemos como espacio público son notorios, por su ausencia, los árboles. Cabe entonces preguntarse, ¿por qué la ciudad se pobló de árboles?

Con ideas poco claras sobre las enfermedades contagiosas y los microorganismos, la gente enfermaba física y moralmente por unos elementos invisibles que flotaban y se transmitían en el aire. Según la concepción médica de la época eran “efluvios telúricos, aires mefíticos y miasmas” que llevaban al marchitamiento y la muerte. Estas ideas de los aires oprobiosos tuvieron, por supuesto, gran aceptación en las regiones malsanas del trópico. En nuestro ambiente particular, con unos soles incandescentes y una considerable humedad, la ciudad era el caldo de cultivo donde pululaban esos elementos perniciosos que eran considerados una de las principales causas de la debilidad de nuestro carácter físico y moral. Y es que nosotros, pobres descendientes de razas inferiores, viviendo en un cochambroso ambiente natural, no teníamos cómo expresar los rasgos de grandeza de otros pueblos. Esta condición quedó bien expresada por el eminente médico y geógrafo envigadeño Manuel Uribe Ángel: “En las elevadas montañas […] los efectos de los agentes físicos multiplican su acción hasta el infinito, pero casi siempre en el sentido de dar robustez y fuerza al hombre que las habita. Lo contrario acontece en las dilatadas planicies de la zona tórrida, cuyos moradores en general son más débiles y la pobreza fisiológica más notable […] Aseguramos haber notado que no debe ser uno mismo el tratamiento médico aplicado a los habitantes de las zonas tórridas, que el que debe ser empleado con nuestros compatriotas suecos y noruegos, daneses y alemanes, rusos y austriacos, ingleses y franceses están (sic) en general dotados de órganos más resistentes que los nuestros”. Sumado a esto, se retomaron los hallazgos que a finales del siglo XVIII hicieron los holandeses Van Helmont Priestley y Jan Ingenhousz, sobre el poder de las plantas para producir oxígeno, es decir, para “purificar” el aire. El descubrimiento de lo que hoy conocemos como fotosíntesis transformó la manera de entender las ciudades. Poco a poco los árboles se establecieron en las urbes como medios poderosos para purificar el ambiente y crear espacios saludables.

Barrio Manrique. Benjamín de la Calle, 1920.

El árbol-filtro apareció en escena para salvar a los habitantes de la ciudad de su infausto ambiente y destino. Se entronizó dentro de las élites el poder del árbol. La burguesía local se sorprendía con los bulevares —todos sembrados de plátanos (del árbol, no de la mata de plátano)— construidos en el París del Barón Haussmann, se maravillaban con el Hyde Park de Londres o con la Villa Borghese de Roma. Así se dio la importación de ideas sobre la naturaleza que transformaría a la Medellín que a pesar de su marcada realidad rural se soñaba moderna.

Nosotros no teníamos realezas a la cuales expropiarles sus jardines para hacerlos parques públicos. Lo que teníamos eran ejidos, en otras palabras, potreros, los cuales no eran adecuados para la representación de una naturaleza moderna. La solución entonces fue convertir las plazas coloniales en parques modernos, o simplemente cercar, ordenar y civilizar los potreros. Así fue como surgió el Parque Bolívar —en un principio sin su famosa Calliandra medellinensis—, en un terreno donde antes pastaban las vacas y se fusilaba a los indeseables, y que se transformaría en un espacio respetado al que se fueron a vivir los más prestantes mercaderes de la ciudad. Lo mismo ocurrió con la plaza de Berrío. Igualmente se hicieron tímidos intentos para convertir algunas avenidas en algo similar a los bulevares europeos. Para los años veinte del siglo pasado se arborizó con palmas reales la calle Bolivia y se sembraron chingales (Jacaranda mimosifolia) en Ayacucho, convirtiendo una simple calle en el popular Paseo de Buenos Aires; lo mismo ocurrió para 1929 con la avenida Libertadores (hoy Regional) que se transformó en el Paseo Los Libertadores.

Pero la cosa no era abrir un hueco y sembrar un árbol. Los árboles, en aquella imagen de la ciudad moderna, tuvieron que enfrentarse a la tradición. Lo primero fue la lucha contra las vacas. Estos rumiantes que de cuando en cuando cobraban una que otra vida en la Villa, aburridos ya de la misma pobre hierba del valle, encontraron en los árboles recién plantados una alternativa gourmet a su monótona dieta. Ya para 1915 la Sociedad de Mejoras Públicas se quejó ante el Concejo de la ciudad “manifestándole que las bestias que han estado pastando en el Bosque de la Independencia están impidiendo la marcha de los trabajos que allí se adelantan, y que ya han destruido muchos de los árboles que se han plantado cuidadosamente para su ornato”. Igualmente, el empresario Ricardo Olano, conocido en toda Colombia como “el apóstol del árbol”, se lamentaba en 1947 de cómo “el gran parque del Cerro Nutibara, donde la Sociedad de Mejoras Públicas sembró más de cinco mil árboles, fracasó porque el cerro está dividido por cercos de alambre por los potreros que lo rodean y el distrito no los sostuvo y el ganado destruyó los árboles”. En conclusión, las vacas fueron los enemigos de los árboles por muchos años.

La cuestión de las vacas deja ver una realidad que los entendidos no entendían y era el hecho de que la Medellín urbana, la Medellín de la industria y el comercio, era aún una ciudad montañera, habitada por hombres y mujeres que recién habían bajado de la montaña. Y así, para el ordeñador y arriero convertido en operario, un árbol sembrado en la calle, al son de los cocos, resultaba menos que absurdo, y es que los árboles eran para algún tipo de usufructo: para madera, leña o carbón vegetal; de ese modo un árbol-filtro purificador de los cuerpos era un chiste. Este hecho lo recoge el agudo Tomas Carrasquilla cuando afirmaba que “esto de la siembra sin cogienda es signo palmario del adelanto urbano: arborizar no es verbo para el campesino utilitarista e intonso. Supone, hasta en los mismos que lo conjugan, algún arbitrio culto de gentes que no viven en el monte”.

La Playa. Óscar Duperly, s.f.

Como respuesta a esta barbarie, las élites cívicas y progresistas de la ciudad, agrupadas en la Sociedad de Mejoras Públicas, se lanzaron en una campaña civilizatoria. Había que mostrar al pueblo los beneficios probados del árbol. La revista Progreso se convirtió entonces en el medio perfecto de propaganda para declararle la guerra al “hombre estorbo”, ese ciudadano que no hace ni deja hacer y que entre otros muchos rasgos negativos no entiende el poder del árbol. Se crea una nueva empresa en la que se componen himnos, poemas y oraciones para convencer a los medellinenses sobre el papel de este nuevo verde moderno. Igualmente, y solo como medida alternativa ante “la falta de educación de nuestro pueblo”, los árboles y plantas urbanas se hacen sujetos de ley. Decretos y acuerdos son expedidos desde el Concejo y la administración municipal prohibiendo el corte y uso de los árboles colocados en la vía pública, árboles que, a pesar de todo, “grupos de salvajes” se empeñaban en usar como postes eléctricos, soporte de avisos, leña para cocinar o, como ocurre hasta nuestros días, letrina pública.

En 1913 se inauguró el Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, coincidiendo su apertura con otra forma de entender los árboles de Medellín. Al nacer el siglo XX las ceibas, pisquines (Albizia carbonaria) o guayacanes (Tabebuia chrysantha) seguían prestando algún servicio a la ciudad, pero ahora eran útiles en cuanto brindaban un espacio para el sano esparcimiento de los obreros que, alejados de la cantina, disfrutaban con un domingo en familia. Así, paradójicamente, cuando el aire del valle comenzaba a enrarecerse de verdad, ya los árboles no eran filtros, ahora no eran más que ornamentación, parte de la utilería en el escenario cotidiano; y así, degradados ante el ciudadano ordinario al nivel de adorno, poco a poco, los árboles de Medellín empezaron a perder terreno ante el nuevo rey de la modernidad: el automóvil.

Desde la segunda mitad del siglo XX y lo que llevamos del actual, las ideas sobre el árbol urbano han sufrido cambios y continuidades. Por una parte se afianzaron las formas técnicas, cada vez más necesarias, de manejar y tratar la naturaleza de la ciudad, la silvicultura urbana se consolidó como una práctica indispensable en la regulación de las relaciones, muchas veces conflictivas, entre los árboles y la ciudad con sus cables, techos y tuberías. De otra parte, algunas ideas se han transformado radicalmente. Mientras las antiguas capas de verdes con las que se había pintado la villa y la ciudad estaban hechas indiscriminadamente con plantas y árboles traídos de cualquier rincón del mundo, en un tiempo de éxodos e incontables trasatlánticos atravesando los océanos, ahora son las especies nativas las que se elogian como modelo de verde ideal para la ciudad, así que eucaliptos y pinos despiden un aroma inmigrante que, aunque aromático, es un tanto molesto. Liberados parcialmente de su lastre simbólico como depuradores de los aires y como mera escenografía urbana, los árboles de hoy responden a conceptos como el de biodiversidad, diversidad que paradójicamente es buena solo cuando es la autóctona, la que cabe en las fronteras imaginadas de los países.

Calle Bolivia. Francisco Mejía, 1928.

La historia de los árboles de Medellín demuestra cómo la concepción de la naturaleza no surge espontáneamente como un producto de la cultura y es más bien un constante proceso de resignificación. Así, las ideas sobre la naturaleza y las plantas en particular no son estáticas. En el futuro tal vez se narrarán los tremendos esfuerzos adelantados por el Jardín Botánico en las siembras de cientos de árboles nativos en Medellín. En unas cuantas décadas quizás, o tal vez dentro de un siglo, los árboles con los que compartimos las calles de la cada vez más poluta Medellín ya no existirán. Y es que ya se escuchan voces como la del profesor Prashant Kumar, de la universidad de Surrey en el Reino Unido, quien afirma que en las ciudades encañonadas (como Medellín) los árboles grandes pueden atrapar perjudicialmente la contaminación a nivel de la calle, por lo que sería preferible plantar cercas vivas y arbustos en su lugar. Quizás nos acercamos al tiempo del arbusto, quién sabe. Lo que sí es seguro es que las plantas de la Medellín de hoy no serán (como no serán los edificios, los vestidos ni la tradiciones) las plantas del Medellín del mañana.

Parque Bolívar. Fotografía Rodríguez, 1916.

De la curiosidad al aguante

por ROOSEVELT CASTRO

Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna Enero de 2017

Gradas de la cancha de Miraflores.

Cada domingo, en cualquier rincón del planeta, en los grandes estadios de las metrópolis o en los humildes campos abiertos de las aldeas, en las lustrosas canchas de pastos relucientes o en los pelados potreros de las barriadas, multitudes incontables, y a veces incontrolables, se arremolinan en torno a esa ceremonia ritual y explosiva que es el fútbol.

Juan Gossaín

Cuando mi abuela María Elena, una octogenaria de Anolaima, Cundinamarca, definía el fútbol, no era muy profunda. Solo decía que eran “veintidós piernipeludos detrás de un balón, dándole patadas, y un loquito vestido de negro con un pito tratando de recuperarlo”.

Cualquier hincha de este deporte se llevaría las manos a la cabeza. El fútbol, argumentaría, va más allá del simple gesto de patear un balón. Diría que es arte, poesía, rito, ceremonia. De igual forma, es pasión, amor, odio, exaltación. Cuando el hincha pertenece a una barra se convierte en anónimo, en lo que el ensayista francés Gustave Le Bon llamaría una parte del “alma colectiva”.

El seguidor de fútbol necesita de otros para identificarse con sus símbolos. Se trata de un sentimiento tribal que cohesiona frente al enemigo y que alimenta instintos territoriales y de lucha. Como diría la filosofía popular: “No somos machos, pero somos muchos”.

Pero no siempre fue así. En el camino, el hincha pasó de la curiosidad sana al paroxismo barrista.

Los pañales del aguante paisa

Cuenta el historiador antioqueño Rodrigo de Jesús García Estrada, en su Breve historia del fútbol en Medellín, que la práctica de los deportes en nuestra ciudad surge ligada a los procesos de modernización acelerada experimentados durante las tres primeras décadas del siglo pasado.

Estos procesos tuvieron su expresión más palpable en el incremento inusitado de las áreas urbanizadas, la aparición de la industria, el auge de la exportación cafetera y las cada vez más estrechas relaciones comerciales con Estados Unidos y Europa.

En este contexto aparecen los deportes, rompiendo con una dinámica que se había perpetuado por centurias. Primero fueron el tenis y el golf y posteriormente el fútbol y el baloncesto, como práctica exclusiva de la élite de la capital del departamento de Antioquia.

Por eso cuando el rico comerciante antioqueño Guillermo Moreno trajo el primer balón de fútbol a Medellín, después de un viaje realizado al viejo continente, estaba lejos de imaginar que una lúdica rural cambiaría por una más citadina.

Allí estaba, aunque no lo presentían sus impulsores, el germen de una pasión para muchos y la profesión para otros: el fútbol.

El primer equipo fue el Sporting Foot-Ball Club, creado en 1912 por dos comerciantes suizos: Juan Heiniger y Jorge Herzig. Después surgió el Medellín Fútbol Club.

Los primeros hinchas eran simplemente curiosos de la novedad. Los familiares y amigos de los deportistas veían con asombro cómo la villa acogía una nueva expresión ciudadana, crecía una afición lejos de los moldes sociales y económicos de la época. Los clubes y los sindicatos, los patronos y los obreros, chutaban y gritaban por igual, o reían juntos con cualquier imprevisto que ocurriera en la Manga de los Belgas, lugar de los primeros juegos ubicado en lo que hoy es el Hospital San Vicente de Paul. Los obreros de las nacientes industrias jugaban con los hijos de la élite antioqueña. Muchos de ellos también lo jugaron en la cancha privada de Miraflores, del colegio San Ignacio, oriente de Medellín.

Elegancia en el hipódromo Los Libertadores.

Década movida

De un momento a otro, el balón saltó la barda y fue a caer a la barriada. Los obreros, sin los implementos necesarios pero con mucha pasión, empezaron a pegarle a la pelota, siendo observados por sus amigos del barrio.

Afirma el periodista e historiador deportivo Carlos Emilio Serna Serna que las décadas de “los veinte a los treinta fueron de las más movidas del fútbol medellinense. Los partidos eran unos verdaderos carnavales en las pequeñas lomitas que servían de tribunas a los alentadores”.

Fue tanto el auge del fútbol que finalizando los veinte ya se había construido el primer estadio, se llamó Los Libertadores. Ubicado donde hoy está el barrio San Joaquín, fue inaugurado el 24 de febrero de 1929 con el partido entre Lima Associattion del Perú y el ABC Medellín, con la asistencia de casi ocho mil espectadores. El marcador final fue 9-0 a favor de los visitantes. Ese mismo año, el 26 de octubre, se fundó la Federación Antioqueña de Fútbol, rectora del balompié aficionado en el departamento, hoy Liga Antioqueña de Fútbol.

Se suman más simpatizantes

Medellín crecía a pasos agigantados. Pasaba de la villa a la ciudad que se asomaba al mundo con una elegancia recién llegada que apretaba el cuello y los pies. Los seguidores del fútbol también aumentaban. Ya no eran los curiosos que seguían al equipo del barrio o de las fábricas. Los intercambios interdepartamentales de selecciones vinieron con los hinchas que eran convocados a defender los colores blanco y verde del departamento. Ya los unía la pasión por la selección Antioquia.

Atlético Municipal y Medellín captan seguidores

El país futbolero se transformó con la aparición del fútbol profesional en 1948. Los oncenos de Medellín y Atlético Municipal, que dos años más tarde pasaría a llamarse Atlético Nacional, empezaron su senda por los estadios de Colombia.

De locales jugaban en el hipódromo San Fernando, donde hoy se encuentra la Central Mayorista, visitado por hinchas ávidos de ver un espectáculo mejor gracias a la llegada del profesionalismo. Familias enteras y grupos de amigos asistían a cada jornada dominical para ver el choque futbolero y apostar a los caballos.

Cinco años después, el 19 de marzo de 1953, sería inaugurado el estadio Atanasio Girardot, bautizado así en honor al prócer de la patria nacido en San Jerónimo y fallecido en Venezuela. La obra requirió varios años de lucha incesante. El terreno tuvo un costo de ochocientos mil pesos y su construcción costó más de quince millones de pesos. En ella participaron cientos de obreros y doscientos presos de la cárcel La Ladera.

El sector de Otrabanda fue el elegido para la llegada de este anhelo futbolero de miles de hinchas que seguían al equipo de sus afectos. Los procesos de industrialización de las tres primeras décadas del siglo XX y la naciente urbanización ameritaban un escenario deportivo de esta magnitud.

Curiosidad y novelería. Todo Medellín quería asistir a Los Libertadores.

Comienza la fiesta

El primer partido que se jugó en el Atanasio fue un preliminar entre la selección Antioquia y las reservas del América de Cali. Rodrigo Ospina, de Antioquia, convirtió el primer gol. La jornada se completó con la primera fecha de un cuadrangular disputado entre Atlético Nacional, Deportivo Cali, Alianza Lima de Perú y Fluminense de Brasil. El primer gol profesional fue marcado por Jaime ‘Manco’ Gutiérrez, jugador del Atlético Nacional, al equipo Alianza Lima.

Cuentan que en esa ocasión se entregaron 1 500 entradas gratuitas para los jóvenes de los barrios más pobres de la ciudad. “Desde ese día hay revendedores de boletas”, comenta jocosamente Carlos Emilio Serna Serna en su libro 1929-1989. 60 años Fedefútbol Antioquia.

Pollo asado, gaseosa, arepas eran algunas de las viandas que consumían los asistentes al recién estrenado Atanasio Girardot. “Era una fiesta que se vivía en familia”, recuerda Rubén Darío Elejalde, hincha irreductible del Deportivo Independiente Medellín. “Mi padre Evodio me llevó a un partido contra el Tolima en 1960 y quedé maravillado con el juego”, dice Elejalde, habitante del barrio La Floresta de Medellín.

Ese ritual familiar del hincha rojo era muy similar al del rival de plaza. “Asistíamos entre amigos. No había peleas. Cuando terminaba un partido, incluso un clásico, nos sentábamos con los hinchas contrarios a tomarnos unos aguardientes en las carretillas que había en los alrededores del estadio”, cuenta el rionegrero Guillermo Otálvaro, hincha de Atlético Nacional.

Crece la hinchada

Los títulos del siglo pasado de Deportivo Independiente Medellín (1955 y 1957) y de Atlético Nacional (1954, 1973, 1976, 1981, 1991, 1994, 1999) hicieron crecer los seguidores de ambos bandos con unas características muy marcadas.

Gilberto Pulgarín, un acérrimo seguidor escarlata, creó la primera barra organizada de la región a principios de 1972. Poderosos del DIM se llamó el grupo de amigos que se dedicaron a alentar en la tribuna lateral Norte. “Ellos, al igual que nosotros, queríamos que el Medellín se quedara en nuestra ciudad, luego de su paso por Barrancabermeja el año anterior como Oro Negro”, evoca Rubén Elejalde, socio fundador de la barra Danza del Sol, el 11 de junio de 1972. “Nosotros siempre nos ubicamos en Popular Centro ahora llamada Oriental Baja y para el 2017 estaremos cumpliendo 45 años de seguir en cada jornada a nuestro DIM, somos la barra más antigua del fútbol en Medellín”, dice Elejalde, tecnólogo industrial del Politécnico Jaime Isaza Cadavid.

La Danza del Sol fue pionera en viajar a otras ciudades. “Vendíamos los tiquetes para acompañar al equipo. Recuerdo que el primer viaje fue a Pereira, empatamos 0-0. Fuimos a Cali, Ibagué, Manizales, Armenia, pero por problemas de orden público no lo volvimos a hacer desde hace ocho años”, cuenta Rubén.

En 1976 desapareció Poderosos del DIM y en los siguientes años emergerían otros grupos de seguidores. Escuadrón Rojo, Putería Roja, Kid Chance, Llave Roja, entre otras barras, fueron surgiendo para alentar al llamado Equipo del Pueblo.

Los seguidores verdes no se quedaron atrás. “Recuerdo que una de las primeras barras de Nacional fue la Academia Verde creada por Héctor Gómez, el popular Radiolo. Se hacían en la tribuna Oriental. Nosotros, con unos amigos del barrio Buenos Aires y compañeros de trabajo de Coltejer, fundamos la barra Comando Tribuna Verde y empezamos a alentar al equipo en Popular Centro”, afirma Guillermo Otálvaro, hincha verde desde 1976.

Después aparecieron otras barras como la Oswaldo Juan Zubeldía y Escándalo Verde, entre otras.

Policías contienen aficionados en Los Libertadores.

Las barras se asocian

Con la construcción de la tribuna Oriental para los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1978 y la ampliación de las tribunas Norte y Sur por recomendación de la Confederación Suramericana de Fútbol a principios de los noventa, el aforo del Atanasio Girardot se duplicó hasta llegar a los cerca de cincuenta mil aficionados.

Unido a ello, los triunfos internacionales del Atlético Nacional en la Copa Libertadores de América, la Merconorte y la Interamericana motivaron a que los aficionados, con el fin de obtener una boleta, se adscribieran o conformaran una barra. Con el auge, surgieron poco después las entidades responsables de ser el puente entre los equipos y los grupos de hinchas: Ubanal y Asobdim.

La Unión de Barras de Nacional surgió a finales de 1989 luego del título continental del cuadro verde, pero fue el 4 de diciembre de 1990 cuando obtuvo su personería jurídica. Cuarenta y cinco grupos de seguidores del cuadro verdolaga firmaron el acta de fundación de Ubanal.

Luego de la desaparición de unas y la aparición de otras, apoyadas por los programas impulsados desde la administración municipal, las doce barras y los casi mil seguidores que aglutina Ubanal quieren seguir aportando a la paz y la convivencia en el fútbol.

La Asociación de Barras del Deportivo Independiente Medellín, Asobdim, es la otra entidad que surgió para agrupar las barras rojas. Diecisiete delegados de barras compuestas por grupos familiares se reunieron un día de 1990 para concretar la idea y firmar la resolución 37413 que le daba vida jurídica a la entidad sin ánimo de lucro.

Ha pasado más de un cuarto de siglo y Asobdim y sus más de siete mil asociados contribuyen con una labor social importante en beneficio del hincha y del fútbol. “Hemos trabajado muy duro para que el hincha se sienta cómodo y respaldado en el estadio. De igual forma, que la boletería se le respete, lo mismo que su lugar en el Atanasio. También realizamos un torneo de niños en tres categorías que van desde los diez hasta los doce años y en el que hemos contado con casi 152 equipos inscritos. Además, tenemos un club deportivo que participa activamente en los campeonatos de la Liga Antioqueña con casi 230 niños beneficiados”, indica Jorge Hoyos, presidente de Asobdim.

¿Barras bravas?

Las primeras barras con influencias de culturas futboleras como la argentina o la europea fueron Putería Roja, creada en 1989, y Escándalo Verde, fundado dos años después. En ese tiempo las barras aún podían compartir la tribuna Oriental y los desmanes no pasaban a mayores.

En 1998 desertores de la Putería Roja y otros hinchas rojos crearon un movimiento para apoyar al DIM desde la tribuna Norte, el cual recibió el nombre de Rexixtenxia Norte. Un año antes, en el mes de noviembre, había nacido el contingente juvenil de Los del Sur. Varios adolescentes fanáticos del cuadro verdolaga, adscritos al Escándalo Verde, decidieron separarse y, en la urbanización Villa de Aburrá, crearon la nueva barra que empezó a animar al club Atlético Nacional en la tribuna Sur del Coloso de la 74.

Estas barras populares crecieron y, con una pasión desbordada, los hechos violentos empezaron a ser más comunes, especialmente en los clásicos. En poco tiempo las barras, denominadas bravas como en Argentina, se convertirían en un problema para la ciudad. Sin embargo, las políticas públicas y el interés de los líderes de las barras para contrarrestar esa violencia sirvieron para empezar a cambiar el rumbo con trabajo social organizado.

“Yo no las califico como barras bravas, pues tienen unas características diferentes a otras y están marcadas por nuestra idiosincrasia. Recordemos que en la época cruenta y violenta en Medellín por parte del narcotráfico el fútbol sirvió de bálsamo para la ciudad y le hizo una gambeta a la muerte”, asevera Gonzalo Medina Pérez, politólogo y profesor universitario especialista en el tema.

“Debemos aceptar que es una nueva generación de hinchas del fútbol, que lo ven con otros matices y de una manera distinta”, sentencia Guillermo Otálvaro, presidente de Ubanal.

Este rápido recorrido evidencia cómo el hincha de fútbol en Medellín pasó de la curiosidad por el juego al fanatismo juvenil que impulsa y da sentido a la vida de cientos de aficionados.

*Este texto hace parte del libro Jugando en casa. Historias de cancha, hazañas de tribuna, coeditado con la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín. Enero de 2017.

La fidelidad del hincha, 1982.

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Felipe Chica Jiménez

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // La voz ya estaba allí cuando nacieron los más jóvenes. Otros se precian de haberla oído desde los primeros días, cuando sonó por vez primera, sin que nadie supiera qué tenía y de dónde traía ese don que fascina. Pero desde que se oyó, supieron que venía para quedarse, y que él sería, a la larga, el auténtico rey del bembé: Jairo Luis García.