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“El 90% de los hombres son maricas”. Historias de La Dayana

"El 90% de los hombres son maricas"
Historias de La Dayana

por JUANA Y GUILLERMINA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 8 Diciembre de 2009

Nací en Medellín, en el barrio Belén y a los 9 años yo ya sabía que era homosexual. Por la casa había una travesti que se vestía de mujer total y en ese tiempo eso sí que era un escándalo. Pero yo la veía y me llamaba la atención. Cuando le preguntaba a mi mamá que quién era ella, me decía que era un hombre, una travesti, que cuidado.

Mi mamá lo que hacía era tratar de asustarme, pero yo ya sabía por donde iba yo. Con decirle que a mis 9 años ya me gustaba un señor que vivía debajo de mi casa, un inquilino. Porque lo que es a mí siempre me ha gustado el hombre viejo. A mí no me gustan los pelaos.

Desde esa época empecé a llevar el pelo largo y a depilarme las cejas. A los 12 años tenía el pelo casi en la cintura y el rector del colegio me dijo que me tenía que motilar y yo no quería. Entonces decidí contarle a mi familia. Fue muy duro para todos, aunque mi papá lo tomó más tranquilo y empezó fue a darme consejos: que cuidado con las enfermedades, que no me metiera con hombres casados.

Unos meses después me fui de la casa y empecé a trabajar en la calle, en el centro. Un día me ofrecieron trabajo en una peluquería pero me aburrí. Lo mío es la calle.

Entonces empecé a pararme en la esquina con las travestis y ellas me enseñaron hasta a maquillarme. De pronto venía alguien sin pinta de nada y me decían: “Mire, ese es un cliente. Vaya con él y cóbrele tanto” Todo se aprende, al fin y al cabo es la calle, ¿sí o no?

El hombre que busca a la travesti es el que quiere conocer ese escondido que nosotras guardamos. Puede ser cualquiera: el ejecutivo, el abogado, el médico, el profesor de esto o de aquello.

Cuando yo salí por primera vez a la calle era la época de Pablo y llegaban tipos con plata en camionetas, muy machos ellos. Y como en los sitios donde nos parábamos se conseguía vicio, ellos llegaban y nos decían “cómpreme tantas bichas, tantos bazucos y me acompaña a fumármelos”. Y claro, uno salía de vueltón con ellos y les armaba los bazucos y les hacía y les decía lo que ellos quisieran y nos daban 30, 50 pesos. Yo no me acuerdo ni qué les decíamos. Me imagino que es como si usted se quiere conseguir una novia o diez novias; como sea, a cada una le tiene que decir su bobada.

El cliente que nos busca no quiere aceptar que tiene su maricada. Y lo más raro, sean pelaos o mayores o ya viejos, y esa es es una cosa en la que no he podido hacerle mucho caso a mi papá, la mayoría son hombres casados. Ahora mismo estoy charlando con un viejo que es un cliente que tengo hace 20 años. Me conoció como de 17. Cuando estaba parada en la calle, él llegaba y se quedaba mirándome, y las otras maricas me decían: “mirá, llegó tu marido” y yo, cuál marido, yo pensaba que me iba a matar porque era de chaqueta negra y moto y todo eso, pero ya lleva 20 años viniendo y si estoy afuera me llama y si estoy adentro viene. Y cuando estaba en la cárcel me mandaba plata y eso que es casado y tiene tres hijos y un buen puesto y plata.

Yo me fui para Villavicencio en el 99 y allá los tombos tienen el vicio de pegarle a las travestis y las paisas no nos dejamos pegar. Nosotras peliamos y nos hacemos cortar o los cortamos a ellos, pero no nos dejamos pegar.

Yo bien nueva por allá, bien bisoña, me agarré con un tombo que me la montó. Me hizo varios tiros pero no me dio y yo no sé cómo alcancé a quebrarle una botella en la cabeza. Con el alboroto él sabía que ya no me podía hacer nada y entonces para desquitarse me montó la Ley 30. Estuve como 5 días encanada y me soltaron.

Yo me vine para Medellín y como a los cinco años me cogieron y me dijeron que me habían condenado como reo ausente por lo de Villavicencio. Me encanaron como seis meses en Bellavista.

No es que quiera repetir, pero para qué, yo allá pasé rico, porque me hice respetar y llegué como la marica que era y no me dejé de nada. Además allá me encontré con una cantidad de pillos y rateros del centro que me conocían y apenas ellos me vieron, no se imaginan el escándalo. De una me cogieron confianza y empecé a motilar a los hombres. Imagínense. Incluso iba a estudiar allá, pero el día que iba a empezar me llegó la libertad.

Cuando uno llega allá, la primera noche lo llevan donde los cuchos, que son los que mandan en el patio. Ellos ya saben por qué está uno allá. A mí me preguntaron que si tenía marido que me visitara y cuando les dije que no, me dieron tres condones que “por si hay derrumbe”. Siempre me respetaron. No me gritaban ni marica, ni loca, ni nada. Sólamente que “la polla esto”, que “la polla aquello”.

¿Allá? Allá todos quieren, sobre todo después de los domingos que hay visita de las mujeres y se ponen a beber y se emborrachan y ya se imaginan ustedes como amanecen. Entonces todos quieren charlar con uno y lo mandan llamar. Claro que allá hay mucha marica también, de esos pirobos, o sea maricas vestidas de hombre, aunque, claro, yo ¡divina!, yo era la marica del patio, encerrada con mil cien hombres y ustedes saben que donde están los hombres, las maricas reinamos. Finalmente, si se saben llevar las cosas, allá la pasa uno regio. Yo me eché mis canitas al aire y conseguí marido y todo porque allá no falta el que quiere y entonces pues uno también quiere.

Todo empezó charlando y el me llevaba tinto y cigarrillos y me vivía preguntando que qué me lavaba y cuando menos pensé, ya lo tenía encima.

El hombre amanecía conmigo y a las cuatro de la mañana el que cuidaba nos avisaba para que él se pasara y no nos vieran, porque es prohibido dormir en parejas. Él se pasaba para su cama y yo quedaba durmiendo divina como la princesa Diana. Es que así lo de dormir juntos esté prohibido en la cárcel, que los catres suenan de noche en Bellavista ¡avemaría! suenan toda la noche.

Definitivamente es que de 100 hombres, 90 son maricas. Mire, acá vienen clientes buscando un travesti y lo primero que quieren es chuparle la verga a uno y que después se las meta a ellos. Vienen porque quieren ser la mujer y les gusta medirse la ropa de uno y uno por plata, claro que se deja comprar, al fin y al cabo estamos es trabajando. Uno les dice: “claro mi amor, pero como usted me contrata como mujer y ahora quiere ser usted la mujer, entonces le tengo que cobrar más, porque yo hombre no soy”. Eso sí, yo los involucro y los volteo y les hago de todo para hacerlos botar rápido, porque ahí es donde uno muestra la experiencia de tantos años. Uno se los mete un poquito y ya. Entonces el hombre queda bien emocionado y uno le pide más plata para seguir dándole.

En una noche normal tengo 3, 4 clientes y los fines de semana 5, 6 y hasta 7, aunque a veces a uno lo contrata un cliente toda la noche. El sexo oral vale $10.000, eso sí con condón. La pieza vale $10.000, porque yo no trabajo en la calle; a no ser que sea en un carro que es más diferente, porque el hombre va andando y uno va pegado de esa cosa.

Cuando no quieren con condón, tienen que pagar $10.000 más, pero solo por la mamada. La penetración sí es siempre con condón. El cuadre mínimo con un cliente es por $35.000, que incluye chupada y que él me lo meta.

Yo he hecho y deshecho, y si me han pasado cosas es sobre todo por las demás maricas. Una noche a Vianey, que es una que está en Italia ahora, le pegaron unos tiros por una pelea familiar y yo me metí y me gané un changonazo. Me entraron esquirlas al colon y al pulmón y me tuvieron que operar. Luego en Villavicencio, unos hombres me pegaron como cinco puñaladas por culpa de una marica que se robó una cadena de electroplata y me cogieron a mí, la primera que vieron. A pesar de todo, yo ya sé cómo llevarme en la calle. Yo no soy como las novatas de ahora. Yo sé con qué hombres me meto y sé cómo hacerme respetar de los rateros, que son muy groseros.

Acá no ganan las más lindas ni las más tetonas. Acá ganan las más actuantes e involucradas. Yo me puse tetas hace poquito. Me las regaló mi hermana. Pero eso es la misma güevonada. Con tetas o sin tetas, los hombres que vienen acá lo que quieren es el miembro de uno.

Hay otros que piden de todo: que les orinen la cara, que les brinquen encima con tacones, que los vistan de mujer, que les desfilen, que les traigan más maricas. Son tan atrevidos los hombres que todos tienen esposa, novia, moza, y no descansan hasta que están con todas las maricas de la esquina y luego van más arriba y luego van a San Diego y a Lovaina y no descansan hasta que están con todas.


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Saberes y sabores en el centro: memorias y presencias

Saberes y sabores en el centro:
memorias y presencias

Ramiro Delgado Salazar*


Número 8 Diciembre de 2009

…una primera caminadita y unas añoranzas

Aún hoy, después de tantos años, queda en el ambiente el provocador aroma de unas deliciosas crispetas casi acarameladas que se preparaban en la esquina de la Avenida La Playa con la carrera El Palo, hasta tal punto que hoy podemos deambular por estas calles y de repente oler esas deliciosas palomitas de maíz, que siempre provocaban los deseos de grandes y niños, y que traían la memoria de un crispetero vestido de blanco, tenuemente iluminado por la llama azulamarilla que calentaba la olla en la que tanda tras tanda estallaban grano tras grano de maíz.

Hoy también se sienten, en ese caminar por el centro, en horas del atardecer y de la noche, las diversas fritangas de carnes de res y de cerdo, que acompañadas de algunos complementos inundan el aire, o el salchichón o la chunchurria, con arepas o quizás papas, entre otras varias frituras. Una muy variada gama de olores llegan por distintas calles y carreras, y a su vez empiezan a aparecer también muy diversas imágenes que motivadas por estas sensaciones traen otros tiempos, otros gustos, otros antojos. El centro de Medellín nos evoca comidas, sitios, personas que nos abren el camino para descubrir desde los recuerdos y desde rincones insospechados una ciudad que dinámicamente digiere sus anhelos, sus añoranzas y sus momentos globales. El maravilloso paisaje que los sentidos viven, pone a cada uno a vivir un centro de hoy al lado de la memoria de un ayer que contrasta comidas y bebidas, nostalgias y maravillas.

Encontrarnos en la Plazuela de San Ignacio, en su esquina suroriental, al Vecinito con su puesto para freír. Es darle al paladar la oportunidad de saborear unas deliciosas tostadas de papa recién salidas de la paila, a la cual han sido tiradas directamente luego de que la cuchilla corta delgadas tajaditas, y que el aceite caliente no solo tuesta, sino que le da un provocativo color amarillo oscuro. Uno quisiera quedarse ahí y acabar el bulto.

Por otra ruta, sobre la calle Junín, nos ataca la nostalgia de los más deliciosos perros calientes que se podían comer, cuando en medio de alguna diligencia tocaba pasar por un lado del Edificio Coltejer. Lo llamaba a uno el repleto asador de salchichas dando vueltas y el delicioso olor que esparcían, la sabrosa mostaza preparada para marcar exclusividad, el fresco, sabroso y a veces caliente pan, el picado de tomate y de cebolla. Era El Colmado.

Un centro urbano en el que contrastan múltiples lugares dándose cita en el paladar y el olfato. Los ires y venires de migrantes que ofrecen sus recuerdos de comidas locales y parentales, otros que llegan y ponen sus sazones, sus gustos y sus papilas. Recordar esas italias que deambularon por las calles céntricas es traer a la memoria restaurantes como Salvatore, Tonino, Piemonte, Guseppi Verdi o Palazzeto de Italia, que aún brinda de forma artesanal pasta hecha en casa y pone a soñar en esos sabores de una salsa bolognesa preparada con cuidado durante muchas horas al fogón. Las sabidurías de Don Bruno Colombari brindando sus recetas a la gente en la sede de su restaurante Guseppi Verdi, en la calle Sucre entre Colombia y Ayacucho, y difundiendo historias sobre lasagna bolognesa, pizza caprichosa, polenta, o un rico strudel alemán; un fragmento de las culinarias italianas que contrastaban con las presencias italianas en la ciudad de Barranquilla, los molinos de trigo y la ruta amarrada a un “rico arroz con fideos” en el que dialogan mundos y culturas apropiadas en estas rutas de la colombianidad.

Un céntrico universo nos sigue evocando las tardes o las mañanas en las que acompañados de un tinto, un café con leche o un jugo de mandarina, los niños y los mayores de hace más de 60 años, y los de hoy, siguieron y seguimos la ruta de otro migrante, en este caso suizo, que nos conquistó con unos moros en forma de sapos color verde intenso, un paladar cremosamente rosado, una lengua roja y unos vivos ojos blancos y negros. Ricos bizcochos rellenos de crema y frutas y vestidos de verde que son ya referentes para propios y visitantes. Los moritos del Ástor son como parte de nuestras identidades multiculturales, que digerimos y apropiamos como si nos fueran nuestras.

Recordar en ese caminar otros sabrosos olores de las tardes noches, en las que unas mujeres impecablemente vestidas de blanco y una maravillosa pañoleta amarrada en sus cabezas, soplaban con una china sobre una hornilla construida de una lata de aceite, unos sabrosos y provocativos chuzos, cuyo aroma inundaba el sector; los chuzos de las mujeres chocoanas esparcían el olor de una sazón que encierra secretos ancestrales reelaborados en un día a día y que tras un brochazo y otro impregnan de su gusto las carnes que ensartadas en un palito de madera rematan en una rica arepa redonda blanca. Allí a su alrededor están esas fiestas, pero están los circos que visitaban la ciudad, los partidos de fútbol, los parques y diversas vías céntricas, así como otra serie de celebraciones entre sagradas y profanas que construyen circuitos ceremoniales en este centro, universo de sabores y saberes.

Caminar entre la calle San Juan y la Avenida Oriental, entre Córdoba y la Avenida del Ferrocarril, es iniciar una ruta en la que saltan sabores y olores, recuerdos que saben a otras épocas o nos acercan a todo tipo de versiones cotidianas de arepas asadas en plena calle, y cuyos ricos aromas y estirados quesos son el antojo todos los días del año y a todas horas.

*Docente e investigador. Departamento de Antropología, Universidad de Antioquia.


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A uno a veces se le quitan las ganas

A uno a veces se le quitan las ganas

por LUIS MIGUEL RIVAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina


Número 7 Noviembre de 2009

uno a veces se le quitan las ganas de las cosas. Como ese jueves que andaba con Juan Cañola por el Parque del Periodista y nos dio hambre. Eran las once y media de la noche. Fuimos a la calle Girardot, frente a las licoreras, a una chaza que despacha empanadas y arepas de queso a diestra y siniestra todo el día.

Llegamos a la chaza, pedimos arepas, separamos dos sillas plásticas rojas sin espaldar y nos sentamos ahí mismo, casi sobre la acera, en la entrada de un parqueadero. Pusimos otra silla a manera de mesa de centro y sobre ella las gaseosas y la canasta con las arepas. Es lo que llaman salir a comer en la calle. Saqué la arepa de queso con lecherita de la canasta, la levanté y la contemplé con satisfacción. Representaba la feliz conjunción de cuatro circunstancias que no siempre coinciden:

1. Andaba con un amigo.
2. Nos habíamos trabado.
3. Teníamos la cometrapo.
4. Había plata.

Estábamos hablando con la boca llena de no sé qué tema, cuando llega a la chaza un hombre alto con los cartones de una caja recién desbaratada bajo el brazo, rostro embetunado y una camisa negra que alguna vez no fue negra. Se detiene frente a nosotros. Lo miro mientras me llevo la arepa a la boca. Me mira fijo con un dolor punzante y con un desvalimiento agresivo. Miro pasar los carros, le digo algo a Cañola y al volver la cabeza veo al hombre haciendo notar que me está viendo. Aunque nos separan diez metros tengo la sensación de que lo tengo encima. No me importa su hambre. Me ha dañado la arepa. El dueño de la chaza le grita algo y él vuelve la mirada. Le hablo a Cañola pensando más en mis movimientos que en mis palabras. Vuelvo a la arepa. Levanto la cabeza y veo que el hombre ya no está. Lo veo caminar hacia el Parque del Periodista, silbando, desentendido de nosotros. Siento descanso y por allá en el fondo hasta la extraña sensación de haber sido abandonado.

Doy el segundo mordisco a la arepa y veo cruzar la calle a una rubia trajinada que no hace mucho debió haber sido bella y entera. Se agranda a cada paso, directo hacia nosotros. Nos pide dinero o comida. Con la arepa a medio camino le digo que no hay nada en este momento. Se queda haciendo presencia. No la determinamos y de repente se va. Vuelvo a la arepa, doy dos mordiscos más y paso con la gaseosa.

Cañola empieza a contarme un chiste y yo saboreo la arepa cuando aparece un hombre con cachucha roja y raída, alto y flaco, con la expresión de quien acaba de tomar leche cortada. Lleva media camisa por fuera y tiene un palo de escoba en la mano izquierda. Habla firme y seguro, se le nota la intención de arrasar con la voz. Me extiende la mano y levanta las cejas mirándome como desde arriba.

—Entonces qué peludo.

No le contesto. Me concentro en mi arepa. Sigue con la mano estirada.

—Entonces qué peludo.

Tengo claro que no quiero estrechar una mano a las malas. Solo quiero dar otro mordisco a la arepa. Pero la persistencia de la mano extendida en el vacío está diciendo que negar un saludo es ningunear, ofender. Miro la otra mano con el palo de escoba. Extiendo el brazo malamente.

—Todo bien. ¿Entoes que? ¿Me va a colaborar con algo pa comer?

—No tengo nada, hermano.

Mira, acusador, la arepa, la gaseosa y a mí. Me siento como sorprendido en una vileza. Busco refugio en mi arepa y doy otro mordisco que me sabe maluco. La voz imponente del tipo me dice que tenga la caridad de colaborarle con algo. No levanto la cabeza. Sé que se va a quedar ahí, cada vez más notable, más cerca, hasta que no quede más remedio que darle lo que quiere. Alguien dentro de mí no quiere ceder, no quiere entregarse. Él quiere diezmarme con su asedio. Yo necesito soportar sin ceder. Él tiene la fuerza del que no tiene nada que perder y yo el miedo del que tiene techo, proyectos y gente que lo quiere. No se trata de la arepa. Si me amedrento, pierdo. Si lo vuelvo a mirar o le respondo, pierdo. La solución está en mirarlo derecho y cerrar el asunto diciéndole con firmeza que no tenemos o no podemos o no queremos. Si insiste reiterarle que “no” y decirle que solo queremos estar tranquilos y comernos nuestra arepa en paz. Y si se da el caso estar dispuesto a tropeliar con el tipo, en las condiciones que sea y armado solamente con la fuerza que me dé la rabia. Esa sería la solución si no estuviera amedrentado.

Entonces queda la opción de anularlo por la vía de la indiferencia absoluta. Es difícil porque el hombre se nota demasiado. Me hace una pregunta directa mirando a la gente. Empieza a usar el arma del bochorno. No le contesto. La gente que come de pie en la acera y los que están sentados en las otras sillas plásticas sin espaldar, nos mira. Cuando está diciendo algo relacionado con que por eso es que uno se vuelve malo, giro el cuerpo y nuestras miradas se encuentran. Hay odio puro en esos ojos. Un odio sin fondo que no le cabe en el cuerpo. Tan fuerte que suelta las rabias que yo mantengo amarradas. Somos la misma rabia con ganas de matarse a sí misma. Ninguno de los dos odia realmente a ese desconocido que tiene al frente. Para él yo soy rico. La vida mía que él no tiene le produce odio. Yo tengo rabia porque siento que su dolor daña mi momento. Y porque me ataca, con o sin razones.

Concentro todos mis sentidos en la arepa. Él habla cada vez más fuerte, más dirigido a mí. La arepa se ha enfriado, las palabras son cada vez más ofensivas, la gente nos mira. Estoy a punto de decirle: “Bueno, pida dos empanadas y una gaseosa” y quedarme aplastado con el peso de mi poquedad. Clavo la mirada en el suelo. El hombre sigue hablando en voz alta y de un momento a otro corta su perorata en mitad de una frase. Por un rato solo se escucha el silencio de los carros pasando. Miro de reojo y lo veo alejarse. No entiendo. Tal vez descubrió algo temible en mí. Lo vencí por resistencia, me digo. Alcanzo a sopesar la dimensión de mi fortaleza, la firmeza de mi actitud.

Levanto la cabeza y veo que el tipo de los cartones, que está en la acera opuesta, habla mientras camina para atrás.

—¡No le tirés! ¡No le tirés!

Frente a él avanza un tipo de chaqueta de cuero café y camisa de cuadros metida dentro del pantalón, motilado con la cuchilla número dos de la maquinita. Da pasos seguros como de patrón, mirando al hombre de los cartones, que retrocede. Se nota que le habla en vez de pegarle solo porque hay mucha gente alrededor.

—¡Yo no le tiro a nadie! —le grita al de los cartones pero lo dice para que lo oiga todo el mundo.

Ahora mira hacia el fondo de la calle. El hombre de la cachucha roja se va alejando. El de la chaqueta grita:

—¡Te abrís!

Luego vuelve al hombre de los cartones. Estira la mano y chasquea los dedos.

—¡Vos también te abrís! ¡Aquí no pidás!

El de los cartones da la vuelta y se aleja con pasos rápidos. Más adelante, ya casi en la esquina, se encuentra con el de la cachucha roja que vuelve la cabeza de vez en vez para mirar con odio al de la chaqueta café.

La gente sigue normal, comiendo y conversando. Ahora estoy a solas con mi arepa. No hay nadie que me pida. Miro al hombre de la chaqueta café que está ahí para evitar que nos pidan. Veo a los que se alejan amedrentados: el de la cachucha roja, el de los cartones, la mona trajinada. Van más humillados, más derrotados y con más rabia que siempre y que nunca. El hombre de la chaqueta café camina firme, dando pasos concretos, cabeza levantada, ufano, dueño de sí mismo y de esta cuadra y no sé de cuantas cuadras más. Es solo un tipo, un hombre, pero actúa como si fuera el mensajero de una fuerza más fuerte que él, como si representara la presencia de los dueños de todo. El chasquido de sus dedos y su voz sin matices ni dudas le bastarían para desocupar la cuadra. Y si se le antojara, la ciudad y el país. Descargo en la canasta la arepa sin terminar. La llevamos junto con los envases hasta la chaza. Pagamos y nos vamos.


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Líbido, un antro sin máscaras

Líbido, un antro sin máscaras

por EDWIN VÉLEZ


Número 4 Febrero de 2009

Corre la voz. Unos metros abajo del Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, se encuentra Líbido. El lugar donde concluye la noche, o mejor donde comienza para aquellos que no quieren dejarla ir.

El lugar está al costado izquierdo sobre una de las vías principales que conducen a Campo Valdez, Aranjuez, Santa Cruz y los Populares. Sólo abre los viernes y sábados. No tiene ningún aviso en su fachada. Para llegar allí es necesario conocer la ubicación precisa. Es una casa vieja, con dos ventanas con rejas de hierro y una puerta de aluminio. Al frente un árbol gigante de caucho. Pero si vas demasiado ebrio, quizá la próxima vez no puedas llegar de nuevo, conozco algunos amigos que han tenido que devolverse, frustrados por no dar con la casa, a pesar de haber pasado por su frente varias veces.

Tampoco hay teléfono allí, sólo un armazón de plástico que sirve de adorno. Y, es posible, que al entrar dejes de recibir tu señal de celular. Esto le ha significado a muchos la separación o la prohibición de volver allí.

Líbido se ha convertido en un referente en la Ciudad. Es el sitio para rematar, pero no es para todos los gustos. Quienes lo conocen no hacen alarde y quienes nunca han ido crean imaginarios sobre sexo desenfrenado, drogas ilimitadas y rock mucho rock. La verdad es más compleja y quizá lo único cierto sea el rock and roll y la vivencia de un sitio oscuro, denso y gótico.

En Líbido confluyen todas las ansias de libertad y a veces se produce la chispa que desata todas las inhibiciones y la rumba puede llegar hasta las diez de la mañana; eso sí, casi siempre empieza mucho después de la medianoche. Por eso para llegar a Líbido es necesario beber bastante y entrar en ese estado de desenfreno en el cual todo es posible y la vida es bella y eterna. El periplo puede empezar en el Parque del Periodista o del Poblado, seguir en algún bar de rock o de salsa y finalizar en Líbido a las 3 am, hora pico del lugar.

No se puede definir este antro. Siempre es un lugar que se le ocurre a uno de los ebrios que nos acompañan y que guarda un buen recuerdo, pues allí, en medio de las paredes húmedas y descascaradas, los baños mugrosos y llenos de orín, y el ambiente denso por el humo, sintió esa energía que te conecta con los dioses y se hizo adicto.

Tocas la puerta y entras. Dos personajes indefinibles como el lugar te cachean y te cobran un cóver mínimo; no entiendes por qué. Sigues y tus ojos intentan acostumbrarse a la oscuridad, estás en la sala de una casa, al fondo un closet se mueve, pero no puedes asegurarlo. En la habitación contigua hay una cama y algunos muebles, está iluminada solo por una luz negra, las paredes pintadas con motivos fantasmales te invitan a perderse en ellas.

Enseguida, otra habitación amoblada y al fondo un pasillo donde reconoces las filas para el baño y con el poco olfato que te queda, el olor ácido a orín, cigarrillo y alcohol. Hay gente, mucha gente, pero no distingues a nadie. Está demasiado oscuro.

Sigues y encuentras el patio, también lleno de pinturas de fantasmas oscuros, decorado con baldosas de arabescos, como las de la casa de la abuela, y al fondo una barra y en ella Mario Líbido, que parece alguien que se ha salido de la fiesta para ser el barman y poner la música; pero no, es el dueño. Estamos en Líbido, la casa de Mario, y esa es talvez la definición más aproximada de este lugar de la noche.

Una vez adentro nadie te mira ni determina. Puedes contorsionarte, saltar de cabeza o hablarle a cualquiera de las pinturas y será totalmente normal. Puedes fundirte en un abrazo con un desconocido, con un metalero, un punkero, un abogado, un artista o un pillo y todo será natural. En Líbido puedes quitarte las máscaras y ser sólo uno más de la jauría humana; ser libre y mirar hacia arriba y claro ver el techo lleno de humedad y la pintura cayéndose y formando diseños abstractos que nunca te imaginabas contemplar, hermosos te dices. Te preguntas sobre lo divino, lo humano ha dejado de importar.

Luego suena The Doors. Te desconectas:

You know the day
destroys the night
Night divides the day.
Tried to run, tried to hide
Break on through to the other side

Cantas y sólo puedes brincar y contorsionarte. Luego te rodea un tumulto, no te das cuenta y empieza el pogo. Pero no te importa, es como una forma de comunicación, no sientes dolor, te caes y te paras y buscas los cuerpos con ansia de golpear y ser golpeado. Gritas un coro que no escuchabas hace mucho tiempo:

Hit Man Hit Man
You’re Not Afraid To Die

Todo se hace más suave, el dulce olor de la hierba te atrapa. Recuerdas épocas pasadas. Las canciones se suceden, bailas y luego te sientas, bebes otro poco. Miras el reloj y te das cuenta de la hora, pero no importa. Suena Nirvana y quieres pararte al pogo, pero todos se abrazan y gritan:

With the lights out,
it’s less dangerous
Here we are now, entertain us
I feel stupid and contagious
Here we are now, entertain us
A mulatto, an albino
A mosquito, my libido, yeah

Te dices que esa canción siempre debe sonar allí. No hay ninguna más apropiada.

En cualquier momento de la noche llega la policía. Pero no hay requisas. La música rebaja un poco, el humo denso escapa por el patio y te das cuenta que se puede ver un pedacito de cielo desde adentro y con suerte la luna y con más suerte sentir la lluvia allí mismo mientras suena Shadowplay de Joy Division.

Mario te dice que allí es el lugar de la tolerancia, Sin máscaras, sin pretensiones. Que esa es su casa y donde tiene la vida y el alma. Te cuenta que estudió pedagogía y que quiere trabajar, ser maestro; mientras tanto piensas en dejar de trabajar y tener un lugar así para liberarte.

Siempre fue su sueño tener este lugar; empezó hace trece años con una grabadora en el garaje y ha tenido público sólo desde hace 5 años; los otros 8 los pasó solitario en Líbido. “Hice esto en contra de la familia, los vecinos y la iglesia de la esquina, en la que me acusaban de satánico cada fin de semana. Pero seguí constante, aquí encontré mi energía. Quizá porque en esta casa velaron a mi padre, en esa sala”.

Los policías beben gaseosa en un rincón. Uno de ellos le pregunta a Mario si las paredes y el techo están descascarados intencionalmente como decoración. Mario le contesta que las paredes y el techo de Libido están vivos y que le agradecen cada vez que pone música, pues se les va la humedad y el tiempo que las corroe. Los policías ríen y se marchan. Por esta noche han dejado tranquilo a Líbido y la gente sigue llegando.

Sube de nuevo el volumen y Mario toma un micrófono, con voz ronca grita frases de tolerancia, invita a hacer el amor detrás de las cortinas, en el closet. “Cuidado con el dedo gordo de la Novia” y concluye con una canción de Metallica que suena atronadora y maravillosa.

Luego suenan grupos de rock, punk y underground de Medellín. Frankie ha Muerto. Encisos After The Rain. Nepentes. IRA. Fértil Miseria. Luego el pogo y en medio de todo una canción de Héctor Lavoe. Algunos se acercan y hablan con Mario; él dice que eso es pedagogía de la tolerancia.

Cuando el primer rayo de sol despunta por el patio, huyo hacia la salida. Con los ojos inyectados de sangre, miro a Mario y me despido. Levanta la mano y me recita una poesía de la que recuerdo sólo el final: Dios te bendiga y te deje en el infierno 78 años.