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Matías Godoy

El puma de Urabá y el león de Macaco

por SANTIAGO RODAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 135 Julio de 2023

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Era un gatico de pelaje café con algunas manchas oscuras, juguetón, de apenas unos meses de nacido. Lo encontraron entre el monte, dijeron: solito, abandonado. Lo tenían en una finca en un pueblo de Urabá, de mascota. Jugaba con los niños, profería su amor afelpado sin distinción, decoraba con su gracilidad los espacios de la casa. No maullaba porque los gatos del monte no maúllan. Dormía debajo de una de las camas de la familia y se alimentaba de las sobras de los humanos. Sopas, arroz, pollo cocinado. Pero un buen día, luego de unos meses, el gatico creció y creció. Se percataron de sus orejas afiladas, de su pelaje endurecido, ocre, ya sin manchas, su cara cambió y cobró rasgos amenazantes. No era un gato salvaje como inicialmente creyeron, al menos no uno que conocieran. Empezó a atacar a quienes querían jugar con él, se tornó agresivo, inquieto, su instinto lo reclamó y disolvió la docilidad aparente que lo predecía. Era un puma.

Al principio creyeron que amarrándolo a un árbol de mangos podían restituir su jugueteo inicial, que hablándole con buen español entendería que lo querían, que la familia entera era inofensiva, pues eran sus dueños y le deseaban lo mejor; no obstante, pese a sus orejas puntudas y cada vez más grandes, las palabras no parecían surtir el efecto esperado. Cada vez atacaba con más fuerza, bufaba, sus garras se hacían más afiladas y fuertes y el miedo a que se comiera a la familia también creció después de que matara a una de las mascotas. Logró arañar a un par de campesinos y la cuerda cada vez se veía más inútil para atajar su fuerza y agilidad. Ahora ellos podrían ser la presa.

A falta de otra opción la familia consideró ponerse en contacto con Corpourabá para solucionar el problema del puma. Una vez llegaron los profesionales se dieron cuenta, con algunos análisis y preguntas, de que el puma no podría regresar a su hábitat natural. No tenía las capacidades para adaptarse luego de tantos meses con la familia, con su dieta y la costumbre a la presencia humana. El animal no sabría socializar con los demás pumas y sus complejidades territoriales, no sabría cazar ni defenderse. En definitiva, tenía cuerpo de un puma, pero su personalidad era la de un gato agresivo. Si se encontraba a una persona entre el monte, en vez de huir o atacar, el puma podría acercarse, acostumbrado a los humanos, y la persona, quizás asustada, podría defenderse con un arma y matarlo.

Trasladar a un animal de esas dimensiones es bastante complejo desde el punto de vista topográfico. No siempre hay carreteras ni placa huellas, el animal debe ir seguro en el guacal para que no se hiera, hay que pensar en sus heces, en su alimentación. Son también complejas las condiciones del clima político, pues la presencia de grupos armado es una constante en los lugares en los que vive la porción más grande de fauna silvestre del país. Lo llevaron al Parque de la Conservación de Medellín, antes Zoológico Santa Fe.

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Había una vez un bello y fuerte león que vivía en las selvas de Colombia. Su dueño, de paradójico alias, Macaco, lo consentía, le ponía buenos vallenatos y le daba su alimento, pero no era un alimento cualquiera: lo alimentaba de sindicalistas, de guerrillos, de líderes sociales y de enemigos en general. De pronto, se gestó un dudoso proceso de paz en el que se entregaron alias Macaco y sus amigos. Hubo dejación de las armas y compromisos adquiridos. Entonces el león quedó solito entre la selva, sin saber muy bien cómo alimentarse, sin Macaco. Alguien se apiadó de sus tristes rugidos, hizo una llamada, alguien a su vez se comunicó con el extinto Zoológico Santa Fe, y de allí fueron por el león que estaba encerrado en una jaula de buen tamaño. Durante el traslado el león vio con sus ojos selváticos ríos como el Cauca, las nubes de Bolombolo y las breñas verde oscuras de las cordilleras Central y Occidental, luego percibió una gran hondonada que rugía también, pero por el ruido de motores, de fábricas y de gargantas.

Una vez instalado en el zoológico no quiso comer carne muerta, eran tan solo pedazos jugosos, pero sin gracia, no le apetecía ni miraba las presas de pollo, la costilla de res, la pierna de cerdo. Nada. No le interesaba lo muerto, lo quieto. Su alimento debía estar vivo y sazonado con, al menos, la Primera Internacional, pensaron los operarios del zoológico. Pero no podían satisfacerlo así, no estaría bien visto. Hasta que el león cuya hambre se notaba en los huesos forrados, bien visibles en su pelaje, mal que bien, empezó a comer por la necesidad la carne que los cuidadores le ofrecían. Murió después de unos años en una jaula de Guayabal, con los vallenatos de Barrio Antioquia sonando en el fondo de la selva artificial.

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La jaula está aparentemente vacía. No lo veo, pero el puma percibe cada uno de mis movimientos. “Si hace frío no sale”, me dice quien está encargado de alimentar a los felinos del parque. “El animal nos huele, nos siente en todo momento”, aclara. El león de Macaco murió en una de estas jaulas hace años, al igual que la mayoría de los animales de Nápoles y la triste Agripina que no estoy seguro si vi fumar los cigarrillos que la gente le arrojaba. Así se percibe la ausencia de un puma joven. Me quedo unos minutos mirando su hábitat, las plantas, el encierro.

El encargado me corrige cada vez que digo la palabra jaula, la palabra zoológico. Ahora es el Parque de la Conservación. Me confiesa su tristeza por los animales bajo el yugo de lo humano, pero sin este lugar que les ofrece las mejores condiciones posibles, lo más probable es que estuvieran muertos. El tráfico de fauna es el tercer negocio ilegal más rentable después de la droga y las armas, me explica.

El puma sale de su encierro, muestra su cuerpo entero, elástico, solvente y se recuesta sobre una piedra artificial. Me mira con sus ojos amarillos y profundos. Imagino un encuentro sin las rejas, en el bosque, ¿qué podría hacer un cuerpo citadino y enclenque como el mío? Seguramente nada, esperar a ser devorado, nada más. La palabra majestuoso no le queda grande a este animal. “Él es juguetón, cuando lo alimento. A veces, se comporta como un gato doméstico”, me dice el encargado.

Las fieras del barrio

Al comienzo era la exhibición. Zoológicos como jaulas para el asombro, para tirar fotos y mecato contra los animales. Prisiones que olvidaban el castigo a cambio de la diversión humana. Ahora es el momento de las lecciones, de las disculpas humanas frente a los demás animales. Se muestra el maltrato, se buscan curas y rehabilitaciones. Tras los muros del Parque de la Conservación, antiguo zoológico de Medellín, encontramos un bestiario de tragedias. Aquí van otras tres historias a pelo y pluma.

Santiago Rodas

por SANTIAGO RODAS // Medellín ha devenido en el epicentro de los relatos en forma de canciones que la industria musical latina produce ahora mismo bajo el sello del reguetón. Un sinnúmero de ejemplos diluidos en las letras de las canciones, referencias a sus barrios, imágenes y sonidos hablan de esta ciudad “renovada, limpia, multicultural, sexi”.

Santiago Rodas

El fin tendrá nombre

por SANTIAGO RODAS • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 129 Junio de 2022

Esos ojitos negros, que me miraban.
Esa mirada extraña, que me turbaba
El Gran Combo de Puerto Rico

El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas; es ojo porque te ve.
Antonio Machado

Algún día no muy lejano el valle del Aburrá estará cubierto por un manto compacto y vegetal, verdoso en sus tallos y de fluorescencia anaranjada, fulgurosa, con núcleos negruzcos y chiclosos en el interior de cada flor madura. No habrá edificio que no esté forrado por el velo ni árbol ni calle ni iglesia ni tienda ni placa deportiva. Será inevitable su propagación natural sobre las ruinas y los escombros. Y será hermoso el resplandor naranja que rebotará por todas partes con sus chispas a manera de pétalos y también será siniestro pues no habrá nadie para contemplar su triunfo sobre todas las cosas, su reino monocultivado y hambriento. Un silencio terrible amasará esta ciudad y solo se escuchará la lenta propagación de las esporas de la planta mientras rasgan el aire límpido, arañando cualquier espacio nuevo para su arado. Los ojos negros de su cuerpo desproporcionado mirarán con suficiencia atávica lo que queda, pues será poco lo que le falte por colonizar.

El fin tendrá nombre: Ojo de poeta. Y podremos afirmar, también, que estaremos ante el último estertor de la historia; no habrá futuro ni presente ni pasado pues cuando esto suceda las demás plantas, la mayoría de animales y humanos no existirán más, quizá solo algunos insectos que se alimentarán de la savia dentro de sus flores puedan mantenerse con vida, dependiendo enteramente del lecho de la Thunbergia alata. El viejo Dios habrá muerto otra vez y lo remplazará una planta verde anaranjada que deshilachará el tiempo. Tan solo quedará su cuerpo soberano anegando cada metro cuadrado de lo que alguna vez fue la vida humana en estas calles vanidosas. La imagen de la fronda es hermosa y terrorífica: un ejército de ojos floridos que vigilan el vacío entre las ruinas. El fin de los tiempos tendrá su esplendor: este valle vestido de dos colores. Y después de tantos trasiegos por fin reinará la paz, el silencio vegetal y la belleza.

Ahora mismo, en el 2022, la planta espera pacientemente entre los pliegues de las montañas y se reproduce por los bosques nativos de todas las laderas con sus diferentes estrategias, los va ahogando, carcomiendo, los devora palmo a palmo con su podredumbre grácil, con su encanto, hasta remplazarlos con sus tintes chispeantes e hipnóticos. Un matute inevitable. Su conciencia es darwiniana: el más fuerte sobrevive. Cada uno de sus brazos musculados se extiende sobre los postes de la luz, las paredes de las casas, árboles y plantas sin distinción, los seres vivos son su alimento, toda la materia es soporte para su dispersión.

La Thunbergia alata llegó desde el este de África a las Indias Occidentales a mediados del siglo XIX, sus primeros registros están consignados en colecciones de herbarios en Martinica en 1870 y un año después está registrada en República Dominicana, para 1874 ya estaba depositada en el Herbario Nacional de Trinidad. Hacia 1876 se le consideraba una planta con fines ornamentales asentada en el territorio. Con tan solo seis años de estancia la plaga de Susanita de ojos negros se volvió parte del paisaje caribeño. Posteriormente, con la premisa probada de su resistencia al clima de América, su fácil adaptación a los diferentes pisos térmicos por arriba de los mil metros sobre el nivel del mar y su belleza exuberante que atrajo fácilmente la mirada para decorar toda clase de construcciones, comenzó su onda expansiva a lo largo del continente. Se calcula que promediando el año 1900 la planta trepadora dejó de necesitar al humano y empezó su reproducción de manera espontánea, independizó su marcha ocular y se reguló bajo sus propias leyes para aumentar el caudal de sus flores; se sabe que no tiene depredadores naturales en la región y por lo tanto, tampoco límites. Un dios oscuro, radiante y famélico es el Ojo de poeta, sin necesidad de las oraciones de devotos y feligreses.

No se sabe con certeza cuándo la planta descendió hacia el sur, desde el Caribe hasta la Cordillera de los Andes, y se aferró con su fuerza trepadora a los suelos colombianos. No obstante, el médico Manuel Uribe Ángel da pistas para pensar que el Ojo de poeta llegó a las breñas antioqueñas, como queda consignado en el compendio de Geografía general del Estado de Antioquia en Colombia, en 1885, con el nombre “La colombiana”, y desde ese momento está incluida en las descripciones sobre la flora del departamento de Antioquia.

Como se escribe en el libro Historia, vida y poderes de una especie invasora, editado por Mario Alberto Quijano Abril, “acorde a los registros del Herbario Nacional Colombiano, el primer individuo de T. alata para nuestro país, corresponde a un ejemplar herborizado en 1939 por Enrique Pérez Arbeláez y José Cuatrecasas en alrededores de La Vega, Cundinamarca (Baptiste et al., 2010), y para el caso de Antioquia se tenía un registro en 1940 por parte de Lorenzo Uribe Uribe”. Con ochenta años del primer registro de la especie ahora mismo es bastante difícil salir a una ladera y no toparse con las flores desparramadas por rejas, árboles, construcciones abandonadas, sus ojos están ahí, veedores de su propia persistencia, oteando cualquier movimiento, desplazándose a pasos lentos y seguros e inevitables.

Su fuerza reside en que tiene una capacidad de reproducción temible y que una vez la planta está asida en determinado lugar es casi imposible erradicarla. Se ha demostrado que sobrevive a los incendios, a los venenos, a la erradicación manual, a otras especies monocultivadas. Su persistencia y reproductibilidad demuestran que es una de las plantas más fuertes del ecosistema y crece sin control, sin que ni el humano pueda detenerla con facilidad. En un metro cuadrado puede arrojar más de mil semillas, que germinan en uno o dos días, y cuando sus vainas explotan como catapultas pueden diseminarse hasta una distancia de once metros. Con esta profusión excesiva, barroca, se garantiza el mantenimiento de su vida en constante expansión.

Otra de sus estrategias de éxito consiste en que nunca detiene su floración y, por lo tanto, no se detiene su fecundidad. Los insectos que se alimentan de ella la diseminan en diferentes lugares de la montaña. Su belleza es la condena y el precio que se paga por la cercanía con lo sublime, con algo que se salió de nuestras manos y que posiblemente nos sobreviva. El ornamento que deseamos para decorar los jardines en Antioquia terminará por abrazar lo que se interponga a su paso, hasta matarlo. El Ojo de poeta se asemeja bastante a un pacto con el diablo: nos entrega el tesoro deslumbrante de su belleza en jardines y cercos vegetales y sin darnos cuenta, de manera silenciosa, como le gustan las cosas Al-que-no-tiene-nombre, pagamos con la vida.

En mis viajes en bicicleta siempre encuentro especímenes de la Thunbergia alata en cualquier parte, al borde de la carretera o bien metida en el corazón de algún bosque, no importa si es en el oriente, en el occidente, en el sur o en el norte del valle. Se encuentra en El Escobero, en El Chuscal, en Santa Elena, en Las Palmas. No hay manera de eludirla. Todas las montañas de este valle están anegadas de su presencia.

Para escribir este texto me quedé contemplando por largos ratos las formas de sus tallos, la estructura dentada de sus hojas, el color intenso de sus flores y su misterioso núcleo oscuro. Pensé bastante en las razones para que se decidiera nombrarla Ojo de poeta, quizá haya una correlación en la pulsión de muerte que habita la poesía, pues, de algún modo, esta planta, igual que la poesía, conduce, después del deslumbramiento de la belleza, irremediablemente hacia la muerte. Quizá estoy exagerando por el influjo del resplandor naranja de sus ojos negros. O quizá, como quienes la trajeron a América, estoy bajo el designio de sus encantos monstruosos, igual que los personajes del cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft, a un paso de la conquista silenciosa de una extraña locura producida por la T. alata. Tal vez los susurros del Ojo de poeta son lo que, con su lenguaje secreto, nos tenga embrujados hasta que perdamos, definitivamente, la cabeza y le dejemos, por fin, el espacio para su estancia definitiva.

Agarré un esqueje de la planta que tenía unas cuantas hojas y una flor abierta, sentí su dureza, sus tricomas casi transparentes y ásperos, la metí en mi bolsillo y me la llevé a casa. Pensé que la podría sembrar para observar su crecimiento y su reproducción en una escala controlada, pero llegó aporreada y se secó rápidamente. La flor se arrugó hasta casi desaparecer y sus hojas se encogieron. Murió bastante rápido y me impactó su fragilidad después de estudiar sus temibles poderes por semanas. La enterré al día siguiente en una de las macetas del balcón. Unos días después vi un pequeño brote, su muerte era pura apariencia, un capullo verde crecía justo donde la enterré, ahí estaba confirmada su reproductibilidad. Su existencia zombi me estremeció, su fuerza probada por la ciencia ahora crecía indefectiblemente en mi casa. Y tuve miedo, no sabía si arrancarla de una buena vez y deshacerme de ella o esperar unos días para ver si se consumía la planta de la misma matera, después las matas vecinas sembradas en el balcón y después las de la casa entera. No hice nada y ahora espero para ver si logra brotar su primera flor.

A casi un siglo de su llegada, el Ojo de poeta, con una conciencia de sí, va ahogando lentamente la vegetación que se interpone en su camino, construye una arquitectura que le impide el alimento a cualquier otra especie vegetal siempre inferior, siempre más débil, tapona sus fuentes de luz solar para luego devoralas. Cuando la especie humana llegue a su fin, la Thunbergia alata será su remplazo y cubrirá con su veta perenne lo que alguna vez hicimos como especie. Un remplazo equivalente, chan con chan, un naranja espeluznante colmado de núcleos negros será el síntoma de nuestra liquidación en esta tierra. Solo falta tiempo en las laderas, en las calles, en la matera de mi balcón para que su atractiva hipnosis dé el paso definitivo.

Santiago Rodas

Santiago Rodas

Santiago Rodas