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por MAURICIO LÓPEZ RUEDA // Cuenta don Fernando Restrepo Restrepo Restrepo que el bar Perro Negro emergió de la Plaza Cisneros por allá en 1917, como una agencia de abarrotes donde podían comprarse escopetas, revólveres y dinamita; y donde los temerarios podían empujarse tragos de ron o aguardiente antes de marcharse a fusilar a sus enemigos.

Mauricio López Rueda

Doña Gloria

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

El sol es picante al mediodía, pero en la carrera 43B con San Juan parece que se ensañara con los trabajadores y caminantes que, a esa hora, solo piensan en resolver el quejido de las tripas y apurarse alguna bebida refrescante que les dé ánimo para continuar la jornada.

Y no hay mejor opción, con la chispa sobre el cuello como un cruel soldador, que meterse al restaurante Doña Gloria, en toda la esquina de San Juan, a cincuenta metros del chequeadero de buses de Cootransmallat, y pedir una mazamorra de mil pesos, con leche y bocadillo veleño. Un tentempié antes de que la señora exponga su menú de suculentos platos recién hechos a tres mil pesos.

“Recuerde mija, es una cucharadita de sal por libra de arroz. Si quiere le echa pimentón, pero unas dos pizquitas, no más. Y los frijoles, una hora después de que pite la olla, les licúa zanahoria, les echa ‘sorfrito’ de cebolla y listo, así quedan bien ricos. Hoy vamos a vender carne sudada, de cerdo que es la que más gusta. No se olvide de echarle cilantro, cebolla y pimentón. Acá la comida es barata pero rica y sustanciosa, porque recuerde que el alimento es bendición”, repite la dueña del lugar, Gloria Esther Cruz Ramos, como si estuviera recitando un antiguo conjuro mágico, mientras mueve de un lado a otro su cuerpo de noventa kilos de peso y 59 años de edad.

Doña Gloria es cordobesa, de Montelíbano, y es hija de un carnicero y una cocinera. Nació el 8 de febrero de 1959 y es madre de Yuliana, una joven transexual que vive en Italia, país en el que se ha abierto paso como chef.

Yuliana a veces visita a su madre y le ayuda en los quehaceres del restaurante. También le muestra recetas de pastas y de sopas que jamás podrían venderse en Niquitao, donde los estómagos parecen estar diseñados para tolerar solo frijoles, sancochos, sudados y secos con carne asada.

Todavía repitiendo su credo culinario, su inefable sortilegio, doña Gloria saluda a cada comensal inclinando levemente la cabeza. Luego los acompaña hasta el comedor y les explica detalladamente el menú.

“Hoy hice frijolitos con un poquito de coles y trozos de carne de cerdo. El seco también trae carne, con una salsita que se inventó mi marido, muy rica. Pero también tenemos sopita de verduras y seco con carne de res o pollo. Para tomar hay juguito, gaseosa y mazamorra”, expresa la señora, ataviada con un fino delantal y una pañoleta que oculta su pelo castaño y canoso.

El restaurante es una casa de tres pisos, pintada de blanco con franjas verdes, anaranjadas y azules. En el tercer piso viven Gloria y su actual esposo, José Alberto Cartagena, quien por amor tuvo que aprender a cocinar y además se encarga de hacer mercado, cada martes o miércoles, en la Plaza Minorista. En los pisos restantes queda el restaurante, que abre en semana de ocho de la mañana a ocho de la noche, y los domingos y festivos de ocho a seis.

Todos en el restaurante deben saber cocinar. Doña Gloria, quien lleva cocinando desde que tenía trece años, no admite que ninguna de sus trabajadoras no sepa “ni prepararse un huevo”. Por eso la inducción al empleo es en la cocina, y allí deja a los recién llegados hasta que aprendan a hacer un arroz con la sal justa o unos frijoles calados al punto.

A los tres años llegó a vivir a Medellín, en Niquitao, pero luego se fue para Cisneros, Nordeste antioqueño, donde su madre había abierto un restaurante. Allá conoció a su primer esposo, con quien montó dos carnicerías en Turbo. Luego de separarse volvió a Medellín, de nuevo a Niquitao, y durante 26 años vivió en un inquilinato donde montó su primer restaurante, Lobo Marino.

Gloria también vendió almuerzos en los ochenta en las afueras del Hotel Nutibara, frente al Centro Comercial Veracruz. Junto a otras mujeres, la mayoría madres solteras, vendía almuerzos a cien y ciento cincuenta pesos. Eran tantas que la gente empezó a conocer la esquina donde se ubicaban como “el portacomidas”.

“Mi vida ha sido cocinar, dar de comer”, les cuenta a sus clientes animosos de conversación, pues la comida que sirve Doña Gloria genera una inexplicable sensación de bienestar, como si los ingredientes produjeran un desbordamiento de dopamina en el cerebro.

“Ahh, qué comida más rica doña Gloria, así sí da gusto volver a trabajar”, le suelta uno de sus clientes frotándose la barriga como un buda grasoso y bigotón. Y la señora responde: “El ingrediente es cariño don Roberto, mucho cariño”.

La única verdad es que sus almuerzos tienen tres características, la limpieza de su presentación, el sabor y la frescura de sus productos. Como bien dice: “Acá se le pone tanto amor a la comida como a la limpieza. Todas las mañanas y todas las noches, entre todos dejamos el restaurante reluciente, como si fuera nuevo”.

Las comidas se sirven segmentadas y en platos de loza. Las mesas son de plástico y están desprovistas de manteles. Las cocinas del primer y segundo piso están ubicadas sobre la pared del fondo, a unos cinco metros del comedor principal.

Doña Gloria tiene unas diez trabajadoras, todas madres solteras y habitantes de la periferia de la ciudad. Le gusta ayudarles, enseñarles cada truco de la cocina. Con el tiempo, todas ellas han ido asimilando su carácter. Sonríen amablemente, mantienen sus manos y sus uniformes pulcros y a cada cliente le dan la bienvenida como si fuera un amigo de toda la vida.

Es el restaurante más antiguo de Niquitao, donde uno puede gozar de una buena comida a un precio ínfimo y, al mismo tiempo, puede escaparse, al menos por una hora o dos, de la rutina agobiante de ese sector del Centro de Medellín.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA // Don Eladio Durango produce fique desde hace más de 35 años. Es un hombre añejo acostumbrado a trabajar la tierra. Tiene una pequeña finca en la vereda La Cano, en Girardota, cuyo paisaje está adornado por hermosas cascadas como collares de diamantes saliendo de ese bosque agreste que se aferra a la cordillera oriental, a fuerza de peñas y árboles ancestrales.

En el 'esla' perdí a Gabriela

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 11 Abril de 2010

En una noche cargada de luna blanca, una luna colgada de un cielo oscuro y tan blanca, que parecía ser el terrible ojo de un ciego… En esa noche láctea, ay Dios, conocí a Gabriela…

Recuerdo que era sábado y que en mi mente andaban trabados múltiples pensamientos, de pronto, un revoltoso guaguancó de Gilberto Cruz (Resignación) hizo temblar los parlantes del bar y mis pies se fueron despegando del piso y empezaron a golpear suavemente el pegajoso embaldosado gris. Me levanté de mi silla, todavía con una cerveza en la mano, y me fui hasta una mesa repleta de “mango bajito”. Quería sandunguear, “soltar los caballos”, y escogí a una negra de caderas sabrosas para saborear la pista. La negra me hizo dar vueltas, me tiraba y me traía. Yo era feliz nadando en ese mar de trompetas y tambores isleños, pensando en un retozón debajo de las estrellas, sin más compañía que Joe Cuba, sin más abrigo que el vientre de esa negra sandunguera y recia, pero la canción se terminó y tuve que cancelar mi primer arrebato en la tibia noche de sábado por la noche. Volví pues a mi “chela” fría, a mi “tripita” de cebada y alcohol, el mejor energético pa’ menear el esqueleto.

Dejé que pasaran canciones, evité sones y salmueras románticas. Evité la “leche en polvo” y el “hechizo de media luna”, luego me tiré al baldoseo con Margie de Ray Barreto, esta vez con una blanquita francesa que no sabía mover los hombros. Con ella también me inventé un final feliz, quizás entre sábanas, en un apartamento pequeño y con buen olor, escuchando Pink Floyd y Velvet Underground hasta la muerte de la última hora de la madrugada. Le arrimé mi aliento y saboreé el palpitar de su pecho con mis manos flacas; le repasé la espalda con mi dedo anular y ella me miró con ojos de miel brillante. Pude haberle robado el color rosado de sus mejillas pero Tito Puente soltó a Patato Valdés con el Stick on Bongo. La nena se escurrió dulcemente de mis manos de lobo y fue a sentarse junto a la negra de las caderas sabrosas. Yo me quedé petrificado, sintiendo como se erguía la hombría dentro de mis pantalones.

“Sabés qué flaca, dame media de ron y una botella de soda”, le dije a la mesera, ella me hizo una mueca salpicada de malicia y luego desapareció en el tumulto. Después de Patato cayó Rubén Blades con el “Padre Antonio y su monaguillo Andrés”.

A mí se me hizo muy chafa la mezcla de timbales ketaminosos con la suavidad eclesiástica de los xilófonos de los Seis del Solar, pero ya estaba muy cogido de la electricidad de la música como para no dejarme sobornar de las estrellas. Los dos primeros tragos de ron me sacaron una sonrisa de pendejo.

Iban pasando las horas, mis ojos, cada vez más rojos, se plantaron en una línea recta que daba a la puerta de madera del Eslabón. Allá, como una muñeca luminosa, estaba Gabriela, cambiando el aire de sus pulmones por el humo de un cigarrillo húmedo.

Yo la esperé atado a mi silla metálica, la detallé línea por línea, hasta que la tuve en frente y comencé a temblar como perro callejero. Ella no dijo nada, o eso creo, tan sólo alzó esos ojos de pantera rabiosa y se sentó a mi lado. Pidió una copa y un vaso con agua, bebió de mi botella sin preguntar. Luego, tras el amargo trago, me cogió de la mano y me tiró a la pista, “vamos a bailar”, dijo, y me apretó contra su cintura. Me dejé dominar por ese cuerpo cálido y me emborraché con el suave olor de su cabello.

El tornamesa gorjeaba una dulzura de Roberto Roena y Gabriela y yo nos fuimos envolviendo en un solo sudor al ritmo de la voz de Poncho Sánchez. Casi ni escuchaba la música, encantado que estaba con el vaivén pélvico de ‘Gabi’. Parecíamos en otro espacio, suspensos en otro aire. Yo me imaginé que era Laurent Wolf el que sonaba… o quizás Debussy, y que en vez del Eslabón, estábamos, ella y yo, en medio de una iluminada llanura cercada por robles y cedros.

Pero la salsa me trajo de vuelta a la realidad, ese sonido de tambores y de trompetas me rebotó de nuevo hasta la barra, donde ya no estaban las nalgas duras de Gabriela.

La media de ron iba por la mitad. Yo estaba medio loco, medio aturdido, pero feliz.

A Gabriela no la vi más esa noche, no la vi más ninguna noche, pero al Eslabón volví siempre, me sedujo el bar, el aliento a alcohol petrificado de Carelo y John, el bozo mejicano de Palomino y las banderas del Medellín que se dejan correr silenciosamente por la brisa, pendidas de las vigas de madera añeja que sostienen el largo techo del bar.