Un viaje en bici y en barco

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 149 Mayo de 2026

Giovanni Jiménez. Archivo particular.

El Fort Carillon fue un buque construido por Davie Shipbuilding & Repairing Co. El diseño y los planos se llevaron a cabo en 1940 y su construcción terminó el 5 de mayo de 1943, con chapas de acero reforzado, cabinas hasta para diez marineros y armamento mediano, el mundo vivía el horror de la Segunda Guerra Mundial.

En 1949 fue vendido a Acadia Overseas Freighters Ltd., Halifax. En 1950 fue renombrado Streatham Hill, al menos administrativamente, pero a causa de la guerra, jamás se le pintó el nuevo nombre, por lo que en las bitácoras de los puertos seguía llamándose Fort Carillon, en honor a la batalla de 1758 entre franceses y británicos, a orillas del lago Champlain, en la frontera entre Canadá y Nueva York. El pequeño buque de colores blanco y negro constaba de una bodega, dos escotillas, dos grúas y motores en la popa, con dimensiones de 130 por veintiséis pies. Realizó doscientos viajes en el servicio marítimo en el periodo de 1944 a 1966, cuando fue desguazado en Santander, España.

Más de 65 barcos de la compañía canadiense Davie Shipbuilding & Repairing fueron destruidos en el Atlántico entre 1939, año en el que Canadá le declaró la guerra a Alemania, y 1945. El Fort Carillon sobrevivió milagrosamente a varias minas y bombardeos: en más de una ocasión, a pesar de ser un buque mercante, fue usado para llevar víveres a los cientos de miles de soldados que estaban en el frente contra los nazis.

En abril de 1962, ese buque de bandera canadiense estaba atracado en el puerto de Santa Marta, en Colombia, listo para zarpar hacia Hamburgo, Alemania, cargado de alimentos y materiales de construcción. Como era un barco mercante, podía dejar espacio para unos cuantos pasajeros, que pagaban pequeñas sumas de dinero para cruzar el Atlántico.

Giovanni Jiménez, un medellinense próximo a cumplir 20 años, nacido en el barrio Altamira y habitante del barrio Boston, pues su casa era cercana a la Placita de Flórez, hacía parte de los viajeros del Fort Carillon, cuya tripulación era de apenas veinte marineros. El capitán, un canadiense de apellido Toussier, lo acomodó en un camarote aislado, pequeño y mohoso, por lo que Giovanni, cuyo único viaje en su vida había sido por tierra a Bogotá, prefirió mantenerse la mayor parte del tiempo en la proa, agazapado en un rincón junto a las barandas, atormentado por las náuseas y el dolor de estómago.

El viaje duró doce días hasta Hamburgo y, en ese trayecto, vomitó al menos veinte veces. No fue un viaje tranquilo. El mar todavía estaba cargado de minas y, aunque era verano, no faltaban las tormentas con sus olas gigantes y sus potentes vientos. En esos momentos, a Giovanni le tocaba resguardarse en su camarote, a merced de la fiebre y los mareos.

El médico a bordo tuvo que atenderlo todo el viaje y hasta le pidió al capitán que lo agrupara con los demás viajeros, pero fue imposible, nadie quería compartir con el enfermo. De modo que fue el médico el que terminó trasladando su equipaje para una cabina aledaña al camarote del antioqueño, ya que temía que se muriera por los vómitos o que el delirio de la fiebre lo llevara a tirarse por la borda.

¿Pero qué hacía en ese barco Giovanni Jiménez? ¿Un joven montañero, de tez trigueña, flaco y sin experiencia? Perseguía un sueño, quería ser ciclista, ganar carreras y, además, quería ser pionero. Cerca de su casa quedaba el taller de bicicletas de Víctor Betancur, un reconocido mecánico del ciclismo antioqueño. Allí iban todos los grandes del pedal, incluidos Ramón Hoyos, Hernán Medina, Cochise Rodríguez y el Ñato Suárez. Giovanni, que amaba las bicis, veía a todas esas estrellas desfilar por las calles de su barrio y se sentaba a escuchar sus historias en la acera del taller, calladito, como un niño en clase de geografía.

Otro sitio que frecuentaban los escarabajos era la carnicería Bandera Blanca, donde había trabajado Ramón Hoyos durante varios años, y también J. Enrique Ríos Calderón, amigo de infancia de Giovanni y ciclista en su época de juventud. J. Enrique, después de que Giovanni se fue para Europa en el Fort Carillon, ingresó a la Universidad de Antioquia para estudiar Economía y luego se convertiría en escritor y periodista.

En esos tiempos, comienzos de los años cincuenta, Medellín era una ciudad en constante transformación. El ciclismo estaba de moda y en el Centro de la ciudad era frecuente ver a ciudadanos de aquí para allá en sus ciclas. Giovanni estudiaba en El Sufragio, en todo el parque de Boston, y allá se mantenía un ingeniero alemán, Joachim Kautezky, quien frecuentaba el restaurante Manhattan para disfrutar de la comida, la música en vivo y las tertulias que allí se formaban.

A Giovanni, una tía le había regalado una bicicleta marca Raleigh, para que fuera a la escuela. El niño había obtenido excelentes calificaciones, así que su tía le había prometido un regalo para navidad, en 1951. El niño quería un acordeón, pero se decidió por la bicicleta.

Ese año se había corrido la Vuelta a Colombia por primera vez, y apellidos como Hoyos, Gil, Pintado, Forero y Beyaert eran famosos en los periódicos y la radio. Giovanni se enamoró de ese deporte y, aunque tenía 9 años, prometió convertirse en un escarabajo.

A los 13, en 1954, llevó su bicicleta donde Víctor Betancur, le cambió el manubrio y le quitó los guardabarros para poder competir como “turismero”. Ganó su primera carrera en la década del cincuenta, justo en los alrededores de Boston y Buenos Aires.

  1. Enrique Ríos, su gran amigo, también adquirió una bici, dispuesto a competir en las carreras juveniles de la época, junto a Giovanni. Ambos fueron subiendo escalones en el mundo del pedal al lado de grandes nombres como Raúl Mesa, Hugo Cuartas, Mario ‘Papaya’ Vanegas, Asdrúbal Salazar, Hernán Herrón, Gustavo Vásquez y Hugo Escobar. En 1961, Giovanni logró el título nacional del kilómetro contra el reloj, y a comienzos de 1962, repitió la hazaña.

Giovanni trabajaba como vendedor de la empresa Siemens, en la cual el alemán Kautezky era ingeniero. Nunca se habían visto en Boston, pero en la empresa se hicieron amigos y fue el teutón quien lo animó a irse para Europa.

“Tienes mucha potencia, te iría bien en Europa. Allá, en verano y en primavera, hay unas carreras planas, de muchos kilómetros, que se corren a través de pantanos y calles adoquinadas. Se les llama clásicas. A ti te iría bien en esas competencias”, le dijo Joachim, un enfermo por el ciclismo que tenía tres bicicletas en su casa.

Giovanni era un soñador, y la idea de embarcarse hacia lo desconocido, hacia la aventura, le hizo gracia. Por su labor en Siemens se había ido a vivir a Bogotá, una ciudad fría, convulsa. No le gustó estar allí, tan lejos de su familia, de su barrio. Así que una tarde, sentado en una cafetería de la carrera Séptima, tomó la decisión y se fue para Santa Marta. Como el Ismael de Melville, empacó lo que pudo en una sola maleta y se echó a la mar.

Dejó su aldea atrás, su Medellín, su Centro, ávido por conocer el mundo, el universo del ciclismo.

En el barco, tras una semana de fiebres, mareos y vómitos, logró recuperarse y los días finales de la travesía los gozó en la proa, junto a los demás viajeros. El Fort Carillon paró en el puerto de Hamburgo, el Tor zur Welt (Puerta al mundo), a mediados de abril. El clima era fresco. Varios de los viajeros se bajaron allí y corrieron al mercado Speicherstadt. Giovanni también bajó, pero no se alejó del puerto. Tan solo deambuló por el malecón del río Elba, respiró el aire marinado, una extraña mezcla de metal y pescado. Tras un par de horas de contemplar los alrededores, volvió al barco, su idea era seguir hasta Múnich, aunque su destino final era Colonia, la ciudad de las bicicletas.

El capitán se sentó a su lado en la proa y le dijo: “Colombiano, acá debes bajarte. Para ir a Múnich debes tomar un ferri. Mi barco va de regreso a Halifax, Canadá”.

El ferri salía al día siguiente, así que Giovanni buscó un hotel económico. Sus deseos de conocer y conquistar el mundo del ciclismo no se habían reducido en lo más mínimo pese al tormentoso viaje. Además, le vino bien el descanso en tierra firme, en una cama fresca, con sábanas limpias. Era joven, fuerte, sano, de modo que, cuando despertó, estaba como nuevo.

Solo un par de meses le bastaron para darse cuenta de que en Múnich no iba a encontrar equipo o patrocinador. Necesitaba seguir hacia Colonia, pero lo detuvo el inverno, un durísimo invierno, y ya no pudo hacer nada. Fueron cinco meses de nieve, de soledad, de escasez. Era casi imposible comunicarse con su familia, y tampoco podía salir a entrenar o a buscar trabajo. Todos sus ahorros se acabaron en esa ciudad, en el encierro.

A pesar de todos los tropiezos, Giovanni Jiménez no se amilanó y siguió aferrado a su sueño, resistió como pudo el hambre, el invierno y la nostalgia. Se entretuvo aprendiendo alemán e inglés. Le habían rentado una habitación con desayuno y cena, a un precio módico, en una Alemania que todavía estaba recuperándose de la guerra.

Cuando volvió el verano, Giovanni consiguió un trabajo como obrero en los ferrocarriles, pero un par de meses después se fue para Colonia, porque debía recuperar el tiempo perdido. En esa ciudad encontró trabajo como mecánico y un día, en un cartel, se enteró de una competencia de pista en el velódromo Müngersdorf. El cartel estaba por todas partes, pero no especificaba la dirección, o quizás él no la entendía. Lo que si vio fue un nombre. El organizador del evento era presidente de un club de ciclismo. Ese descubrimiento alegró al paisa, quien se puso como objetivo, en el corto plazo, conocer a ese hombre y contarle su historia.

En 1965 lo conoció y le contó que era colombiano. El señor se asustó porque jamás había escuchado hablar del ciclismo colombiano, ni de Colombia en realidad. Giovanni, en ese momento, entendió que la única forma de convencerlo era sobre la bicicleta, así que le pidió una prueba. El alemán aceptó y, tras ver correr al colombiano, lo aceptó en su club, pero debía conseguir una licencia de la Unión Ciclística Internacional (UCI), un trámite que podía tardarse siete meses.

Hizo las vueltas para la licencia, pero no se quedó con los brazos cruzados. Se inscribió en varias carreras de aficionados de setenta, ochenta y cien kilómetros, y acumuló tantas victorias que se convirtió en el líder de su equipo. Aprendió que tranvía se decía tram, en alemán, y que ciclismo se decía radfahren.

En sus ratos libres caminaba por las orillas del Rin o se iba en bicicleta hasta la Kölner Dom, la famosa catedral. Oraba por su familia, por su lejana Colombia y volvía a concentrarse en las bielas.

En Medellín había dejado un amor, una jovencita de 17 años que lo añoraba, pero era claro que jamás volvería a verla. Sus prioridades, en todo caso, no eran sentimentales.

Gracias a sus triunfos, su nombre cobró relativa fama en Alemania y, durante una competencia en el velódromo, conoció a Emile van Ruymbeke, un militar belga ya retirado que amaba las clásicas. Se saludaron y se hicieron amigos. Van Ruymbeke sí conocía Colombia, y le ofreció a Giovanni llevarlo a su país, para que corriera las clásicas del norte, las de Flandes.

“La lluvia, el viento, el polvo, la velocidad. No sabes de lo que te pierdes”, le dijo el viejo militar a Jiménez, quien ya tenía en sus planes salir de Alemania, por lo que convencerlo de irse a Bruselas no fue difícil.

Emile lo instaló en Ruisbroek, un pequeño pueblo muy cerca de Bruselas. Lo alojó en su propia casa y le presentó a su familia. Era 1968, ya eran seis años en Europa y Giovanni no había dado el salto al profesionalismo, así que el traslado a Bélgica era su última oportunidad o, de lo contrario, volvería a Colombia.

Su nuevo amigo y benefactor lo inscribió en el equipo Ruisbroek Sportief Cycling, cuyo presidente era Camille Berghmans, un exciclista que fue determinante en la carrera del colombiano. Lo cuidó, lo mimó, le enseñó todo lo que necesitaba saber sobre ese ciclismo tan diferente al suyo. Y sí, también le presentó a su hija, Yolande, una joven de ojos verdes. Fue amor a primera vista. Se hicieron novios, luego esposos y, finalmente, compañeros para toda la vida.

Después del duro viaje en barco, después del fuerte invierno y la falta de oportunidades, a Giovanni Jiménez le llegó la primavera. Su vida cambió y su carrera profesional, por fin, inició en Bélgica, en 1968. Cumplió su sueño de ir a Europa y ser el primer ciclista colombiano en ese continente. Era un pionero.

Aprendió alemán, francés, flamenco y hasta inglés. Ganó carreras de provincia y una que otra con presencia de ciclistas de otros países, y su nombre se convirtió en un rumor, en una suerte de leyenda urbana. Le decían “el que no se rinde”, “el que vino del otro lado del mundo”, “el que gana con su corazón”.

El 11 de mayo de 1968, Giovanni Jiménez, el vecino de la Placita de Flórez, ganó su primera carrera en Bélgica, en Mouscron. Ese día venció, increíblemente, al legendario Walter Planckaert.

Durante la carrera, Jiménez se desprendió del lote con facilidad y solo Planckaert pudo seguirlo. Tras más de cincuenta kilómetros en punta, el belga le dijo al antioqueño: “Oye, vas mejor que yo, eres muy bueno. Déjame ayudarte y me conformaré con el segundo lugar”. El paisa aceptó el trato y los dos cruzaron la meta casi hombro a hombro. “La furia colombiana”, tituló al día siguiente un periódico flamenco en su crónica principal.

Esa victoria le permitió, ese mismo año, firmar su primer contrato profesional con el poderoso equipo Mann-Grundig, donde fue compañero de otra bestia, Herman van Springel, ganador ese año del Het Volk y el Giro de Lombardía, y segundo del Tour de Francia.

Su debut como profesional fue el 31 de julio de 1968, en Malle, cerca de Amberes. Quedó octavo, nada mal para un principiante que acababa de cumplir 26 años.

Se quedó dos años en el Mann-Grundig y luego pasó al Goldor-Fryns, con esposa a bordo. También estuvo en el Alsaver-Jeunet-De Gribaldy y en el mítico Splendor. Ganó carreras en Amberes y en Kruibeke y, en 1971, no solo fue el primer colombiano en la clásica Amstel Gold Race, sino que representó a Colombia en el Campeonato Mundial de Mendrisio, Suiza. Fue un evento brutal, salvaje, por las condiciones climáticas, en el que venció Eddy Merckx. Giovanni terminó en la casilla 33, entre 93 pedalistas.

Jiménez fue también el primer colombiano en correr y terminar la Gent-Wevelgem (1972, 90º), Het Volk (1972, 68º) y el Tour de Flandes (1973, 32º). También tomó la salida en el Infierno del Norte, la París-Roubaix, pero en este caso no fue capaz de llegar hasta el velódromo.

Otro hito de este Odiseo del parque de Boston fue su participación, también como pionero, en la Vuelta a España de 1974, con el equipo BIC, cuyo líder era Luis Ocaña y en el que también estaban Jan Janssen y Jean Marie Leblanc. Hizo lo que pudo, fue un excelente gregario, y finalmente se ubicó en la casilla 74 de la general, entre más de cien ciclistas.

Giovanni, en su aventura por Europa, se codeó con los mejores de todos los tiempos, incluyendo a Eddy Merckx, Felice Gimondi, Francesco Moser, Roger de Vlaeminck, Raymond Poulidor y Joop Zoetemelk. Disputó tres mundiales de ruta para profesionales, en Mendrisio, San Cristóbal y Leicester, en representación de Colombia; dos Vueltas a España —que no terminó—, una Vuelta al País Vasco y decenas de clásicas.

Fue el pionero. Y lo hizo de una manera única, al encontrar el lugar ideal, la región de Flandes en Bélgica, donde el ciclismo es tan venerado como en ninguna otra parte del mundo. Jiménez estuvo como profesional trece temporadas, desde 1968 hasta 1979, cuando se retiró. Vistió las camisetas de ocho escuadras y en su paso por aquel país ganó siete carreras, obtuvo trece segundos lugares e igual número de terceros puestos. Una historia de leyenda.

Giovanni Jiménez está próximo a cumplir 84 años y todavía recuerda aquel viaje en el Fort Carillon donde todo comenzó. Viajó como grumete, desde el Centro de Medellín hasta el centro del universo.

Giovanni Jiménez vistiendo el maillot del equipo BIC. Archivo particular.

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El monologuista involuntario

por ÁLEX JIMÉNEZ • Ilustración de Buziraco

Número 149 Mayo de 2026

Es lógico que casi todo lo mío
sea una indiferencia hacia todo lo de afuera,
porque todo me va es por dentro.

Mario Escobar Velásquez, Diario de un escritor

Un hombre que vive con la convicción de que escribe libros grandiosos los ha visto rechazados, uno tras otro, por el ecosistema literario. Inventa una editorial para publicarlos de su propio bolsillo. Oficia de autor, editor, publicista, distribuidor. Escribe solapas elogiosas y premonitorias donde anuncia los éxitos publicados y los que ha de publicar. En algún prólogo da las gracias a “todos en la editorial”. Aprovecha los talleres de escritura que dirige para vender esos libros entre sus aprendices, a veces con cómodas cuotas de pago. Explica en qué consiste la maestría usando ejemplos de su propia obra. No se le ocurre que no pueda tener razón, ni concibe discrepancias dignas de ser oídas. Existe incluso el rumor de que se ha ido a los puños con pupilos abjurados. Sus novelas y cuentos a menudo contradicen lo que él preconiza sobre la buena literatura.

Sé que algunas personas hubieran querido hacer esta caricatura para cuestionar su grandeza. No es eso lo que busco en este ejercicio. Las objeciones que intentaré aquí no le harán un solo rasguño: si cuento con suerte, podrían ayudarnos a leerlo mejor. Ese hombre, Mario Escobar Velásquez, mi héroe de juventud, fue uno de los padres literarios a los que tuve que matar, como conviene en toda vida que persiga un mínimo de hábitos saludables. Una sola vez tomé el valor necesario para acercarme y hablarle. Sobre ese desastre hablaré más adelante.

Don Mario (así le decíamos en clave reverencial mis amigos y yo) pensaba que nadie escribía como quería. “Cada quien escribe como es. Escribir es retratarse”. No sé si lo dijo con resignación o con orgullo. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, me parece acertada. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, creo que no la llevó hasta las últimas consecuencias. De lo contrario, habría tomado decisiones que no entraran en conflicto con su carácter indomable, como hizo Fernando Vallejo al construir su obra en torno a su alter ego Fernando Vallejo. Mario Escobar no percibió que su personalidad iba en contravía de los preceptos que, se supone, hacen la buena literatura. Creía que los cuentos debían carecer de ripios: casi todos los suyos los tienen. Pensaba que las intenciones de una obra debían permanecer ocultas: a menudo las deja ver. Creía que los personajes no debían ser un calco del autor, pero casi todos los suyos lo son: no pareció notar que pensaban como él, sabían lo que él, abusaban de sus símiles, repetían sus aforismos, compartían su sintaxis enrevesada. Pese a todo, son creíbles porque su autor logra sentir como ellos. Es lo opuesto a Shakespeare, quien tenía la capacidad de ser muchas personas, pero se distanciaba de ellas a veces hasta la indiferencia. Aunque Mario Escobar no logra ser sus personajes, es capaz de sentir lo que sienten. Quizá por eso tenemos la impresión de que las historias en las que los animales son protagonistas constituyen su mejor trabajo: se limita a sentirlos, sin intentar hacerles el psicoanálisis que aplicó a sus humanos con el ingenuo entusiasmo de Stendhal en Rojo y Negro.

Sin embargo, ninguna de las objeciones que tengamos logra arruinarnos sus historias: es capaz de meternos en ellas, de ponerlas frente a nuestros ojos, de dárnoslas a probar, a palpar, a respirar. Creo que su gran enseñanza es la de no olvidar ninguno de los sentidos para obtener atmósferas muy vivas. Siempre consigue meternos dentro de un escenario para presenciar, oler, tocar los acontecimientos. Por esa razón decidí nunca volver a leer Con sabor a fierro, uno de sus mejores cuentos.

Si escribir es retratarse, entenderemos por qué su prosa no parece una declaración de individualidad, como cualquier estilo, sino una imposición enfática. Su ritmo es, por momentos, despectivo. No percibo una invitación musical para atravesar párrafos, sino el careo de un guapito: “Léame, si es tan verraco”. Baste como ejemplo esta frase tortuosa de Historias del Bosque Hondo: “Era una piedra de moler maíz, traída quién sabe de dónde, y cuándo, ahuecada por otras piedras a modo de cincel, y pulida por la ‘mano’, o sea la piedra, otra, que se adaptaba a esa concavidad y molía el maíz cocido”. Ninguna percepción estética es definitiva: entiendo que hay quienes disfrutan de estas zancadillas.

Antes de leer sus poemas, creí que don Mario tenía un oído duro. Después de leerlos, entendí que su sentido de musicalidad funcionaba bien. Sospecho entonces que pasa algo diferente. Una prosa fluida es tal vez la declaración de que creemos en la existencia del otro, o al menos de que no nos tiene sin cuidado. En su Diario, Mario Escobar lo dice con todas las letras: al escribir, no pensaba en un hipotético, casi imposible lector. Escribía lo que quería, como quería, y consideraba que los lectores debían amoldarse a él y a cada autor. Esa idea, atendible en dosis razonables, en su voz parece la elaboración compleja de un simple “de malas”. Hay obras que saben conversar: la de Marvel Moreno y Margaret Atwood son buenos ejemplos. Algunos poemas de Emily Dickinson me producen el sabor de un soliloquio, como si la desdichada escritora hubiera tenido el hábito de hablarse a sí misma en voz alta. A veces tengo la impresión de que Gabo, con el embrujo de su prosa encantadora, quiere venderme algo. La prosa de Mario Escobar, en cambio, es el monólogo pedregoso de un rumiante. Sin embargo, cuando un lector nuevo pasa el filtro del estilo autoritario y acepta el pacto impuesto, logra creer en lo que lee. Y la mayoría de las veces, lo agradece.

Aparte de músicos populares y una cita de Felix Mendelssohn, el único compositor que recuerdo mencionado por Mario Escobar Velásquez es Beethoven. No eligió al sublime y equilibrado Bach, al delicado Chopin, al sofisticado Debussy o a compositores disruptivos del siglo XX. Un hombre sensible, de trato difícil, de carácter fuerte, eligió a un romántico sensible, de trato difícil, de carácter fuerte. En su Diario dice esto: “La Quinta sinfonía de Beethoven me dice, y yo le entiendo, de un tránsito de una vida a otra”. También compara el final de un cuento suyo con el final que quiso darle de “sinfonía de Beethoven”. Y en uno de los poemas de Juan Sin Tierra habla de “la música enorme de Beethoven”. Creo que puedo relacionarlos de varias maneras. El adjetivo que usa para describir esa música, “enorme”, describe el amor de Mario Escobar por lo desmedido, lo expansivo: símiles en los que abundan dolores más fuertes que el aguijón de “diez mil abejorros”, soledades que muerden más duro que “mil lobos”; un lenguaje profuso que por momentos se antepone a la historia; el hábito de escribir novelas, una tras otra; el orgullo que le produce que no sean “esmirriadas de páginas”. Pero hay algo más. En una entrevista, Leonard Bernstein habla de Beethoven, de su armonía demasiado básica, de su ritmo predecible, de sus melodías monótonas. Esa pobreza de cada elemento individual funciona como un don divino cuando las partes se funden en su conjunto. Creo que con Mario Escobar ocurre algo así: las objeciones que he hecho de sus elementos sueltos son irrelevantes para el conjunto. Hay otro rasgo: Beethoven se puso en la mitad de su obra, como si quisiera decir “este soy yo: Beethoven”. Mario Escobar también lo hizo, no solo con su “trasunto” Alaín Calvo, sino también cuando creyó ser otros. Su obra podría leerse como un largo monólogo involuntario que tiende a la poesía. Lo que un autor hace a sus propias espaldas suele provocar burlas. Eso, sin embargo, no es suficiente para invalidar lo que logra. A nuestras espaldas ocurre la mitad de lo que somos.

Desde que escapó de su casa a los dieciséis años, Mario Escobar se dedicó a la ardua tarea de ser él mismo. Eso lo hace también en la mayoría de sus textos. Pero en los trabajos en los que no se cuidaba de reforzar el estilo que ya tenía, que ya era él, es más legible. Ejemplos de ese estilo menos enfático pueden estar en Marimonda, en su Diario, en los poemas de Juan Sin Tierra. Cuando comencé a escribir esta idea, pensé en comparar esa manía de mi maestro con la de alguien empeñado en pulir su respiración, algo absurdo en la cotidianidad, útil para unas pocas actividades específicas, como el yoga. Y entonces encontré este fragmento de su Diario: “Cuando me dormí no sospeché que mi cansado diafragma dejaría de funcionar con su dispositivo automático, y que yo tendría que practicar la respiración voluntaria. Me pasa, a veces”. No puedo dejar de pensar que lo uno tiene que ver con lo otro.

La característica en la que nunca flaquea Mario Escobar es en su extraordinario trabajo plástico: es un pintor incomparable. En este párrafo de su Diario, por ejemplo, logra de manera espontánea lo que muchos no lograremos jamás con la mejor voluntad: “La luz que en esta mañana entraba por la ventana la untaba muy singularmente. Su piel desnuda tenía alternados visos hermosos: de oro, de miel, de fuego, de níquel, de plata, de luna, de cobre rojizo ardiendo suave. La luz la inventaba en cada vez con un color distinto, y no sé cuál era más bello. En algo así como un cuarto de hora fue muchas y varias. Lo que hubiera dado por conservarlas a todas”.

En algunas páginas del Diario, Mario Escobar hace una lista de gratitud por las enseñanzas de sus maestros. No menciona a una sola mujer. Sin embargo, más adelante habla de las obras de mujeres que lo conmovieron hasta los huesos: Carmelina Soto, Meira del Mar, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik. Sus desplantes hacia lo femenino son de otro tipo: ideas de posesión, justificación de los celos, dominación. Sin embargo, si queremos ser justos, es importante matizar este punto. La fecha de nacimiento de Mario Escobar está más cerca del siglo XIX que del XXI. Los valores que heredó fueron los que hemos heredado de cientos de años de opresión femenina, pero más intensos. Vivió el siglo XX en un campo atrasado, empobrecido, durante sus primeros años de formación. Pese a todo, logró cuestionar las ideas que rodearon su crianza y la nuestra: la de la violencia como condición de masculinidad, la de la mujer como apéndice del hombre, la del homosexualismo como enfermedad. Si no llegó más lejos en esa ruta, fue porque la vida no le dio para más.

El tiempo depura nuestro trabajo. No sé cuáles de sus obras sobrevivirán a los años. Yo quisiera que el olvido perdonara a Gato, cuento inspirado en su amigo-gato Bazuco, hermoso a pesar de su injustificable frase final; los poemas de Juan Sin Tierra, que me permitieron ver a su autor de una manera diferente; Muy caribe está, donde vivimos la resistencia indígena en la selva contra los conquistadores; Diario de un escritor, que podría leerse como una obra experimental cuya fragmentación nos ofrece el sabor de un ser humano completo. Y la que más me ha conmovido, Marimonda, en la que nos hacemos amigos de un mono, sentimos que sus trabajos se ven justificados en su vida y acompañamos el llanto de belleza del hombre que contempla todo esto con ternura y asombro.

En una mañana del año 2004, un muchacho triste y tímido decidió acercarse a su ídolo. Lo había observado largamente en los pasillos universitarios, lo había visto caminar con parsimonia y acariciar las plantas que encontraba a su paso. Varias veces se había sentado cerca de él en un corredor y había interpretado los únicos compases que conocía de Asturias, de Isaac Albéniz, convencido de que su ídolo lo estaba escuchando. Esa mañana, el muchacho se acercó con un libro bajo el brazo y un fajo de papeles ocultos en el bolsillo de atrás. El libro se llamaba Muy caribe está. Pese a las advertencias de lo que podía pasar según las lecturas del Diario de un escritor, el muchacho, temblando y con las manos sudorosas, tomó el valor de pedirle a su maestro que le firmara ese ejemplar. La leyenda encarnada accedió. Mientras garabateaba una dedicatoria, Mario Escobar Velásquez me preguntó qué era lo que más me había gustado de la obra. Pensé en hablarle de la capacidad de meterme en cada situación, de sentir el coletazo del caimán enorme, el calor de la selva, la furia de los combates. Pero yo era inseguro y todo eso me pareció superfluo: me creí indigno. Decidí repetir el comentario que había hecho un amigo sobre lo interesante que le había parecido el personaje de Francisco Pizarro. Cuando lo dije, don Mario enfureció. Se despachó contra los conquistadores: los puteó profusamente de arriba abajo, de derecha a izquierda, al derecho y al revés. Me devolvió el libro contra el pecho. Rápidamente saqué los papeles que llevaba ocultos en el bolsillo de atrás y se los entregué. Eran la narración de un sueño que había tenido. Di las gracias y escapé. Desde ese momento, traté de que no me viera de nuevo. Por esa época tuve sueños a los que les di permiso para torcerme el destino. Este es el que narré en el texto:

Sentado en una patineta, bajé una pendiente a mucha velocidad. En dirección opuesta subía un mar de ratas que me saltaba a la cara. De alguna manera, logré escapar. De pronto me vi frente a un hombre enorme de barbuchas negras. Era Julio Cortázar. Me acerqué, emocionado, y lo besé. Cuando acabó el beso, volví a mirar. Ya no estaba Cortázar, sino el hombre de la espantosa portada que hizo Plaza y Janés de Un hombre llamado Todero, la segunda novela de Mario Escobar. Retomé el beso emocionado. Ese es, depurado por veinte años de olvido, el sueño que relaté de manera extensa en esas hojas cuyo destino espero seguir ignorando.

La grandeza le pertenece a la especie. El individuo acepta encarnarla o no, vivir o no las vicisitudes de ese destino. Mario Escobar Velásquez, tan repleto de defectos como cualquiera de nosotros, la aceptó. En la primera entrada de su Diario reflexiona al respecto, a partir de la parábola bíblica que concluye que muchos son los llamados y pocos los elegidos. Gracias a eso nos dejó páginas de belleza muy suyas. “La Belleza no me traicionó nunca”, dejó escrito. Más allá del lugar que tengamos o no en el podio inútil de la gloria, la literatura nos ayuda a ejercer nuestra humanidad, le da algún sentido a nuestras horas. Eso nos pone en la misma situación de Shakespeare, de Borges, de Yourcenar. Entonces su vida, nuestra vida, no es en vano.

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Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

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No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

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¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

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Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

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Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

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De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

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“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.

Simón Murillo Melo

Juan Fernando Ramírez Arango

Alfonso Buitrago

Estefanía Carvajal

El Mocho Giraldo
Un ejemplar original

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Archivo familiar, Jairo Ruiz Sanabria y Juan Fernando Ospina

Número 95 Marzo de 2018

Guayaquil podía convertir a un joven bulteador y vendedor de aguacates maduros en un novel comerciante de libros viejos. No importaba que el Mocho apenas juntara las letras, fue acumulando números y comenzó a distribuir textos escolares en varias ciudades colombianas.

Aprendía rápido. Con el paso de las hojas se hizo magnate y luego pirata para darle lustre a su muñón. Baldor, Krishnamurti y García Márquez fueron sus socios. Murió en diciembre pasado en una de sus bodegas en Medellín. Dejamos un epílogo a manera de epitafio.

No hay auténtico caballero que no se haya comportado como un rufián al menos una vez en la vida. Eso dice Javier Marías cuando se refiere a Robert Louis Stevenson, el escritor inglés, autor por cierto de una de las sagas de corsarios más pirateada: La isla del tesoro. De esos granujas sin tacha, de textos viejos y algunos no tanto, trata la leyenda de Gilberto Giraldo Barrientos, más conocido en los antros de libros y discos viejos como el Mocho.

En diciembre de 2017, muy cerca de cumplir ochenta años, Giraldo dormía al fondo de una de sus bodegas, en la avenida La Playa, pertrechado por torres de libros, y más de quinientos mil discos de vinilo que cuidaba con recelo, aunque sin ningún registro más que su memoria. El hombre ya sordo, sin hijos, con una pensión de seiscientos mil pesos, que además tenía embargada, había aparecido treinta años antes, quién lo creyera, en la revista Dinero, como propietario de una de las quinientas empresas más prósperas del país: la Librería Antaño.

Entre las décadas del ochenta y noventa, el imperio de don Gilberto tenía sucursales en Barranquilla, Cúcuta, Bucaramanga, Cali, Manizales y Pereira, además de otras sedes pequeñas, en ciudades intermedias, y hasta en pueblos como Fredonia. Era el distribuidor autorizado de sellos prestigiosos como McGraw-Hill, Pearson, Planeta, Susaeta, Norma, Santillana y otros más. Los gerentes comerciales de estas empresas le despachaban sus camiones bajo contratos de palabra. Uno de ellos recuerda que bastaba la cédula de Giraldo y su muñón para cerrar un contrato. Las citas comerciales se hacían casi todas en bares del Centro de Medellín. Al inicio de la temporada escolar, los ejecutivos de ventas tenían que esperar su turno, cerveza en mano, en alguna mesa, hasta que el Mocho se dignara a dictarles su pedido, uno por uno, con fondo de bandoneón y canciones de arrabal, en sitios como El Campín o Leomar, cerca de la Plazuela Uribe Uribe.

La intuición que tenía don Gilberto estaba respaldada por el conocimiento del mercado. Le gustaba recorrer el país en carro, tienda por tienda, para averiguar cómo se movían los libros en cada región. Ni corto ni perezoso, el Mocho cruzó fronteras para ampliar su comercio hasta Ecuador, Perú, Argentina y Uruguay. Y aunque era ávido para los negocios, le tenía miedo a los aviones. Como no podía cruzar la selva del Darién por tierra, le tocó volar, como Simbad, hasta Panamá. Desde allá, su mercadeo sobre ruedas llegó hasta Costa Rica, Guatemala y México D.F.

En aquellos tiempos no había ni atisbos de internet. La gente todavía compraba enciclopedias a crédito, alquilaba revistas de historietas y ni por asomo se hablaba de libros electrónicos. El Mocho era una especie de jeque tropical de los libros. Le gustaba vestir Kosta Azul y Everfit, tener su propio chofer y pavonearse de su fortuna con los libreros pobres del pasaje La Bastilla, a los que de vez en cuando invitaba a beber. En aquellos raptos de generosidad, cuando le anunciaban que ya era hora de cerrar el local, se encerraba con los convidados a tomar pola o a jugar billar hasta el amanecer: “Yo pago todo”, anunciaba.

Celina, la última mujer de Giraldo, evoca sus juergas disparatadas: “Después de trabajar como un burro, bebía hasta ocho días seguidos. Andate que ya voy para la casa, me decía, cuando iba a sacarlo del Campín. Y después aparecía con mariachis o con amigos músicos. Otras veces íbamos a Tierras Colombianas, en la época de los ochenta, cuando había plata para dar y convidar”.

Lo conoció en Cali, cuando ella era una madre soltera, paisa y sin fortuna. A Gilberto le cayó en gracia, pero adujo estar ocupado en ese momento. Le puso una cita en La Viña, en Medellín. Vio que era un tipo de pocas palabras, aunque agradable, a pesar de la mano que le faltaba. Luego supo que la había perdido de niño, durante la molienda de caña en un trapiche, una de las tantas faenas que le imponía su padre en la finca de Ituango donde había nacido.

Quince días más tarde, Gilberto cumplió su cita en la repostería. Mientras tomaban el algo, el hombre le propuso a Celina que le ayudara a manejar una bodega en el Edificio Cuartas. Andaba más suelto de lengua, y contó episodios sobre su pasado rural. El rigor de esas labores de campo excedía su cuerpo de niño, pero talló en él ese carácter duro, que por momentos rayaba en la hosquedad, y que solo los más cercanos comprendían. Manco y agrio, Gilberto migró a buscar futuro en la Bella Villa.

Era poco más que un adolescente cuando llegó a trabajar en el mercado de Guayaquil como mensajero, bulteador y vendedor de aguacates. Un tío que pasaba, Roberto Giraldo, cantante de música vieja, lo vio con una carga enorme al hombro y se conmovió: ¿Por qué no vendés libros más bien? El joven Giraldo Barrientos tuvo su epifanía. Los puestos de libros callejeros ya anidaban entre los de verduras. A diferencia de los vegetales, que los clientes buscan cada vez más frescos, los libros, aún envejecidos, cobraban el interés de algún peatón. Un vagabundo pasó ofreciendo un directorio telefónico y el Mocho se lo compró. Luego pasó alguien que necesitaba hacer una llamada y, cuando le pidió prestado el mamotreto, Gilberto le dijo: “No se lo presto, se lo vendo”. Le dobló el precio. Tomó aquel golpe de suerte como un augurio. Fue el inicio de su carrera y un episodio de leyenda que a él le encantaba comentar.

Como vendedor a granel, Giraldo anduvo en aceras y ferias callejeras de todo el país. En Bogotá fue compañero de andanzas de Carlos Federico Ruiz, que a la postre sería el fundador de Panamericana. “Tenía olfato y buena memoria —dice Gustavo Zuluaga, el Hamaquero— para saber qué libros se vendían mejor. Sabía detectar el aire intelectual de su época, sin haber leído casi nada”. Era un lector solapado, apenas leía solapas. A ojo de buen cubero, lograba calcular el costo de cada ejemplar en un lote inmenso de libros. Más que librero era un saldero. Una vez, según cuenta el mismo Gustavo, compró veinticinco cajas de Plaza y Janés sin mirarlas. Con vender solo una parte libraba el costo, mientras el resto de volúmenes, a cualquier precio, era una ganancia neta. Las bodegas de Giraldo empezaban a llenarse. Mientras tanto, cuando un autor se ponía de moda, él iba preguntando: “Ole, ¿y ese Krishnamurti quién diablos es?”.

Antes de que la autoayuda colmara los estantes con sus recetas de felicidad, era el espiritismo el que atrapaba al lector. El ansia por encontrar cualquier luz en el camino hizo que varios autores pescaran incautos para obnubilarlos. De aquí y de más allá llegaron toda clase de propuestas: viajes astrales, la ampliación del tercer ojo, citas con los muertos, ocultismo recién revelado, sexo tántrico y toda suerte de oráculos y regresiones. Esta fiebre popular de metafísica no solo le brindó pingües ganancias a don Gilberto, sino que le despertó el interés como lector, algo insólito en un librero de su calaña.

Samael Aun Weor, seudónimo de Víctor Manuel Gómez fue el profeta que lo sedujo. Su discurso era una mezcla de esoterismo, evangelios apócrifos, astrología y doctrinas orientales. Se decía en los bajos fondos que este personaje era un hermano bastardo de Laureano Gómez. Tenía más de treinta títulos en circulación, entre los que se encontraban: Tratado de alquimia sexual, Rosa Ígnea, Curso esotérico de Kábala, Magia crística azteca, Las respuestas que dio un lama, La piedra filosofal, Matrimonio, divorcio y tantrismo. Sus enseñanzas hacían parte de la doctrina de una secta neognóstica que tenía sedes en Bogotá y Ciudad de México.

A mediados de los setenta, los libros de Samael se vendían como pan. Don Gilberto sabía conseguirlos y despacharlos a todo el país y a los países vecinos. El aura de este gurú era la que más brillaba en el mercado del libro popular, mucho antes de que se ungiera a Paulo Coelho. Ningún tiraje parecía suficiente, los adeptos se multiplicaban, así que alguno de ellos le dio al Mocho la idea de sacar sus propias ediciones. Correcto como había sido, averiguó quién podría detentar los derechos de autor de su admirado maestro. Una voz al otro lado de la línea se identificó como el albacea literario y único heredero de los derechos, un teniente del ejército de apellido Gómez, hijo de Aun Weor, quien se conformó con un cheque por setenta millones de la época. A partir de entonces, el Mocho Giraldo contrató los servicios de un taller litográfico. Fue un negocio redondo, uno de los que impulsó en su carrera de magnate de los libros.

Celina recuerda el día en que don Gilberto la llevó a conocer su oficina en el Edificio Cuartas. Eran cuatro pisos atiborrados de libros hasta los baños, como a él le gustaba, sin orden ni concierto. Desde ese sancta sanctórum, el hombre manejaba solo y con una mano aquel reino de papel. Venía de Cali, donde acababa de abrir otra sucursal de la Librería Antaño, pero también había fundado ya, en la misma ciudad, con Orlando Vázquez, el Tuerto, la mítica librería Atenas. Frente a esos arrumes polvorientos, lo primero que le dijo a ella, con el rictus serio fue: “¿Por qué no me ayudás a hacer un inventario?”. Ella no supo si reír o llorar.

Desde luego que don Gilberto hablaba en serio. Siempre trató de que las mujeres le ayudaran a ordenar su vida, pero a excepción de Celina, todas terminaban por robarle mercancía, chantajearlo o hacer contabilidades dobles de sus admirables dividendos. Con la última pareja de Cali, una nativa del Pacífico, sufrió una decepción que acentuó su melancolía. Tuvo con ella una hija y, muchos años después de la ruptura, el hombre trató de encontrar a su heredera, acaso para acogerla y llevarla a vivir con él. Atando cabos logró llegar hasta un inquilinato donde le contaron que la pelada andaba más en la calle que allí, que se había extraviado entre las drogas, hasta que en alguna mala noche un fulano la contagió del sida que la mató poco después.

La tragedia de la hija fue tan dolorosa como el accidente en el trapiche. Regresó a Medellín, pero antes le ofreció trabajo a Celina. Ella iba a darle una mano con las facturas, a atender las llamadas de las sucursales, a despachar textos de temporada, o a pasar el trapo por algunos volúmenes que él se empecinaba en guardar para las próximas ferias. De esa época recuerda que escribía las cuentas, con un mocho de lápiz, en las paredes: Zutano me debe tanto, escribía.

El Mocho parecía adoptar aquella frase: Témele al hombre de un solo libro. Quería tenerlos todos con él. Compraba por una bicoca los restos que quedaban del regreso al colegio, o los discos en acetato de Los 14 cañonazos que ya nadie bailaría; siempre encontraba un sitio dónde ubicarlos. Tuvo hasta ocho bodegas solo en Medellín. Tal vez se sentía seguro con las bases ocupadas. Otros lanzarán teorías sobre su pasión por acumular; baste decir que los bibliófilos que asomaban la nariz por sus recovecos no hallaban por dónde caminar.

Las torres de papel siempre lo atrajeron. Pablo Quintero, ejecutivo de ventas, recuerda la época de oro de don Gilberto. Alguna vez le facturó un pedido por dos mil millones de pesos para la Editorial Pearson. “Eran libros de ciencias básicas, como el famoso Cálculo de Leithold, o el de Swokowski, y libros técnicos de ingeniería. Nunca tuvo una visión comercial de los negocios, todo lo tercerizaba con porcentajes. No era un estudioso, pero tenía una intuición absoluta”.

El Mocho Giraldo en el pasaje La Bastilla, 1974-1976. Archivo familiar.
Durante varios años el libro más vendido en Colombia fue la cartilla Nacho lee. Había una edición pirata que estaba quebrando a la Editorial Susaeta. Viendo esto, Quintero le propuso a su empresa sacar una edición más barata que la fraudulenta, y distribuirla de manera masiva por todo el país. Solo faltaba una pieza clave en el mecanismo: el Mocho. Cuando el hombre les puso una cita en su billar favorito ya tenía su propio plan. Aceptaría distribuir los treinta mil ejemplares de Nacho lee bajo una condición: todas las cartillas debían llevar impresa en su contraportada la publicidad de la Librería Antaño, junto con las direcciones de las principales sucursales en todo el país. El auténtico Nacho venció a los piratas. Además, su aventura editorial permitió ampliar la colección. Ahora Nacho escribía, sumaba y multiplicaba.

A mediados de los noventa, Giraldo Barrientos viajó al Cono Sur, hizo contactos con la Editorial Kier, de Argentina, que publicaba a escritores esotéricos como Max Heindel, autor de El secreto rosacruz del cosmos, o a Rudolf Steiner, inventor de Antroposofía. El sello gaucho era uno de los más buscados por las almas extraviadas de la Nueva Era. Ante la demanda de los lectores, otros libreros también importaron los títulos. Varios de ellos, que no eran tan serios como el Mocho, les incumplieron con el pago a los impresores. Y cuando Giraldo intentó renovar los pedidos, le contestaron que habían suspendido cualquier negocio con colombianos. La sequía de las almas se dejó sentir en las vitrinas. Los gurúes dejaron de hablar en sus páginas hasta el día que a Giraldo se le dañó el corazón e inició su carrera de pirata.

“Gracias a él pude leer Por el camino del zen, de Alan Watts, o El libro tibetano de los muertos —dice Gustavo Zuluaga, quien en esos años andaba arañado por el esoterismo—. Las ediciones del Mocho se volvieron imprescindibles para iniciados y no iniciados. Don Gilberto era muy osado. Mientras un pirata timorato imprimía doscientos ejemplares, él sacaba cinco mil. Así pasó, por ejemplo, con Ibis, de Vargas Vila, o con Lobsang Rampa, ambos de Ediciones Beta, de México”. Los hippies bajaban de Santa Elena a buscar en sus anaqueles un Tao te king o un Popol Vuh de bolsillo, para leer en sus ratos de incienso. Y solo una vez, don Gilberto recibió una llamada intimidante de Bogotá. Alguien con una voz socarrona le dijo que ostentaba los derechos de una obra, y le anunció su demanda: el libro era el I ching, escrito hacia el año 1200 antes de Cristo.

Para no ignorar a los profetas en su tierra, el Mocho también hizo sus tirajes de Fernando González, mientras la familia del filósofo andaba agarrada con la Editorial Bedout por los derechos.

Entre otros autores que pudieron entablar pleitos contra Giraldo se cuenta al poeta Juan Manuel Roca. Solo que él vivía agradecido porque cada vez que visitaba algún país vecino lo recibían con honores. No entendía cómo lo habían leído. Luego supo que hacía rato circulaba por Latinoamérica la primera edición casi original de su Antología poética, obra del Mocho. Ningún editor se había arriesgado a publicar un libro de poesía con un tiraje de cinco mil ejemplares. Y, cuando se encontraban, Giraldo le decía en broma al vate: “Juan Manuel, casi no se ha vendido tu libro…”.

El juego tuvo su primer revés de fortuna la mañana del 27 de agosto de 1992. De improviso, varios camiones de la Fiscalía y de la Policía Metropolitana llegaron a rodear una zona entre la calle Colombia y la carrera Junín, justo en el área donde don Gilberto tenía tres de sus bodegas. La noticia contaba que habían decomisado 2242 cajas con libros piratas por un valor de 1740 millones de pesos. Entre los textos decomisados figuraban ejemplares de Doce cuentos peregrinos, para el momento el libro más reciente de García Márquez. También se informaba de la detención de Giraldo Barrientos y el inicio de una investigación en su contra por el delito de plagio.

Fue cierto que don Gilberto empezó a vender Doce cuentos un día antes de que este se presentara en sociedad, mediante una tropa de jóvenes que voceaban el título, a grito pelado, por el Paseo Junín. Los lectores afiebrados lo cogían en las manos y dudaban cuando los muchachos les advertían que no eran copias piratas sino originales. Escépticos, pagaban su ejemplar, aunque advertían algo en la calidad de la impresión. Meses después, con el Mocho en la cárcel, empezó a tejerse una trama que parecía otro cuento peregrino.

Fotografía de Juan Fernando Ospina.
Fotografía de Juan Fernando Ospina.
El allanamiento y la detención llegaron luego de que el editor de García Márquez, el catalán José Vicente Kataraín, denunciara el 29 de junio de ese año la supuesta reproducción ilegal de ejemplares de la editorial Oveja Negra; además de la desaparición de planchas y fotolitos. Había varios nombres implicados en el delito, entre ellos Felix Burgos y Gilberto Giraldo, exempleados de ventas del sello. 

En las pesquisas iniciales, de acuerdo con la noticia, no se hallaron evidencias ni pruebas de que los acusados fueran los responsables de la reproducción fraudulenta. Además, las planchas hurtadas todavía figuraban en el inventario de la Oveja, sin que nadie antes hubiera denunciado su pérdida.

En otra diligencia, los investigadores le preguntaron a Kataraín cómo podía explicar el robo teniendo en cuenta que para llevarse unas planchas tan pesadas se necesitaban varios montacargas. El editor cambió su versión y dijo que solo le habían robado los negativos fotográficos. A pesar de lo dicho, luego se hallaron las pruebas en las empresas donde Oveja Negra imprimía a Gabo: los talleres Printer y Retina. A propósito, la Fiscalía aclaraba que no había ediciones piratas entre los materiales confiscados a don Gilberto, luego: ¿cómo habían llegado a sus bodegas estos libros originales?

La mañana en que lo detuvieron lucía atolondrado. Y aunque esta vez él sabía que era una falsa acusación, se doblegó a tal punto que los verdaderos culpables se aprovecharon. El Tiempo de esos días soltó el cuento caliente:

“En este episodio de Medellín, Patricia Salazar, Fiscal de Investigaciones Especiales, hizo una serie de acusaciones contra Kataraín. Los detectives de la Dijín sacaron de su oficina a Giraldo y lo llevaron a una casa donde funciona un negocio de apuestas permanentes. Allí Kataraín redactó un documento en manuscrito donde consta que Giraldo cede todos sus bienes por un valor de dos mil millones de pesos como pago por los libros que supuestamente había pirateado. Y lo obliga a firmar una confesión donde él acepta que es un editor pirata”.

“A pesar de que Kataraín pone a disposición de la Fiscalía dichos comprobantes y títulos valores, esta considera que pudo haber un constreñimiento ilegal contra Giraldo, es decir, que lo presionaron con la Dijín, para actuar contra su voluntad, prefabricar pruebas, y entregar sus bienes”.

Era curioso que los tiquetes aéreos y los gastos de hospedaje, en el Hotel Nutibara, y la alimentación de los sabuesos del caso, los pagara el mismo Kataraín, en una conducta que se insinuó como un caso de cohecho. La Fiscalía solicitó entonces que la Procuraduría Delegada para la Policía Judicial investigara la conducta de los miembros de la Policía.

El editor catalán y su abogado obtuvieron de Giraldo no solo los cheques sino su cédula, con la cual hicieron retiros de dinero de sus cuentas. Como parte de la patraña, después entregaron el dinero a la Fiscalía. Luego, Kataraín intentó demostrar que los libros del Mocho Giraldo no eran originales. Para comparar, les enseñó a los agentes del DAS, un libro de Crónica de una muerte anunciada producido en Oveja Negra.

Cuando los agentes examinaron el ejemplar encontraron un error que les llamó la atención. En el libro se leía: “Impreso en 1989, en Santa Fe de Bogotá”, nombre que se retomó para la ciudad solo después de la Constitución de 1991. A juicio de los investigadores se trataba de una seria evidencia de que el libro había sido impreso de manera fraudulenta por Kataraín.

La fiscal Salazar, en su providencia, decidió dejar en libertad a todos los implicados. Y aunque la falsa denuncia quedó sin pista, nunca se volvió a hablar de los ochocientos mil ejemplares distribuidos por toda América, y que, según los cálculos de la agente literaria del nobel, Carmen Balcells, jamás se declararon a su autor.

Confundido e indignado con el embrollado cuento de los piratas, García Márquez envió a los diarios un mensaje: “Ante la legalización de las ediciones piratas por la justicia colombiana, no me queda otro recurso que retirar del mercado de Colombia todos mis libros legales”. Después también le dio la espalda a su editor de confianza.

El Mocho Giraldo con el Hamaquero, 2017. Fotografía de Jairo Ruiz Sanabria.
Con el sambenito de pirata que portaba, era difícil para el Mocho librarse del cargo de plagiar al Nobel. En algún momento, entre agosto y diciembre de 1992, declaró que el lote de cinco mil gabos no era obra suya, se lo había comprado a Pedro Walteros; pero admitió su culpa en el mercadeo de unos libros que, aunque eran originales, también eran ilegales.

Celina recuerda que mientras estuvo en la celda de la Cárcel Modelo las librerías siguieron abiertas, y que a don Gilberto lo visitaban los proveedores para tomarle sus pedidos: a pesar de todo, no le retiraron su estima de hombre correcto. Fue incluso el propio gerente de la McGraw-Hill el que ayudó en la defensa.

En medio del escándalo de los piratas de Macondo, Margarita Vidal, en la revista Cromos, lo bautizó: “El Pablo Escobar de los libros”, un título nobiliario que él repetía con gracia, aunque solo después de que los abogados le arrancaran hasta un último peso, y que la Fiscal 266 dijera que no había encontrado méritos para mantenerlo en prisión.

Volvió a respirar el aire de sus bodegas, aunque “arrinconado por esa mala fama”, según Gustavo Zuluaga, que se precia de ser el único amigo de sus últimos tiempos. “No podía ver una foto de García Márquez porque le daba maluquera”, dice Celina. Se acordaba de esos días sin sosiego, entre celdas y juzgados, o de las bandas que lo extorsionaban porque todavía lo veían como un magnate.

De las ventas al por mayor pasó al comercio de libros y discos viejos. Ahora tenía tratos con recicladores y carretilleros. Ante la fiebre por los discos de vinilo, se dio a la tarea de llenar cuartos enteros con música. Los coleccionistas lo buscaban en el local de Palacé o en el de La Playa con Girardot. Siempre había un melómano dispuesto a perder horas, desafiando la rinitis para encontrar alguna joya envuelta en el celofán original. En cuanto a las vejeces de papel, hay quien recuerda haber comprado una primera edición por una bicoca, y otros que vieron una edición común de Don Quijote por un precio delirante. El Mocho escribía sus precios a lápiz, con números burdos, arbitrarios y enfáticos. Todos sabían que no habría rebaja.

Entre las amantes, las bandas y los abogados, su fortuna se volvió hilachas. Pablo Quintero recuerda haber visto en un local, al lado suyo, a una mujer díscola y furiosa: ¿Es tu novia? Le preguntó, con discreción, a don Gilberto: “¡Qué novia va a ser Margarita! ¡Esa es una loca de la que no me he podido zafar!, pero como ella es tan brava, la mando a torear a los clientes malapagas”. De pronto, entre polas, los amigos del Mocho, que lo querían más que él a ellos, hacen un inventario de sus amores fugitivos.

Cuando vino la Señora Muerte, como ropavejera, a buscarlo en su bodega, don Gilberto no opuso ninguna resistencia. Le dijo a Celina que se quería quedar allí. Como reencarnacionista, siempre creyó en otras ediciones póstumas. Después agregó un comentario de su prosa comercial: “Al final me voy quebrado, pero no le debo un peso a nadie”.

Fotografías de Juan Fernando Ospina.

La prueba reina

por GISELA POSADA • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 92 Noviembre de 2017

El pequeño buda está sobre la mesa, la luz de la mañana aún es tenue en la ventana que da al occidente de Medellín. Ella se levantó desde muy temprano para atender la primera cita del día. Pacientemente pasa el algodón húmedo con alcohol por cada una de las cartas del tarot egipcio y se cerciora de que las imágenes de los veintidós arcanos mayores y 56 menores queden limpias. Todo está dispuesto: la cama matrimonial al lado de un escritorio donde hay fotos familiares y frases de Desiderata, San Marco de León y San Antonio —el que hace volver los novios—; estampas religiosas y coloridas bajo la superficie de vidrio. El buda permanece inmóvil sobre un cenicero de plata con monedas y billetes en su base; la virgen con un niño en brazos está iluminada con velones encendidos. En el dintel de la puerta la penca con cintas rojas y verdes, amarrada a una herradura. Los diplomas de parasicología, los inciensos, las velas, así como las campanas traídas de Indonesia, dan crédito de un oficio que ha ejercido durante toda su vida. Siendo niña, Reina soñó con adivinar el futuro; cumplidos los 18 años y con dos hijos a bordo y en embarazo del tercero, que sería mujer, aprendió a leer la baraja española, el cigarrillo y las líneas de la mano con una gitana en Dabeiba, Antioquia.

El teléfono gris de disco redondo no para de sonar. Desde muy temprano comienzan a solicitar turnos, preferiblemente separan la cita para los martes y los viernes, días en los que según advierte la pitonisa, se leen mejor las cartas y sale más de lo que necesita saber. A las siete de la mañana inician las jornadas que terminan a la media noche. Un dolor de cuello queda después de tanto usar los “poderes de la mente”, dice, que solo se calma con cristales calientes de penca en la espalda y las papas recién cortadas en rodajas sujetadas por un pañuelo blanco a la cabeza. Un cansancio después de dedicar horas y horas a escuchar penas, secretos ajenos, desventuras, sueños imposibles. Una especie de radióloga de la debilidad humana.

Las lecturas del tarot las refuerza con los baños para la suerte. Los martes y viernes las botellas con las siete ramas están listas para completar las recetas sugeridas por la adivina. Ruda, albahaca, yerbabuena, limoncillo, botón de oro, romero y eucalipto, cocinadas todas juntas, son llevadas al toque final de la pócima con miel de abeja y citronela. Se debe echar por nueve días en el cuerpo y hay que repetir con los ojos cerrados la frase “Jesús de Nazaret así como entraste a Jerusalén a sacar el mal y entrar el bien, te pido que entres a mi cuerpo, saques el mal y entres el bien”.

***

—¿Cómo estás, Reina? —le dijo el exalcalde de Medellín.

La mañana inicia tras un tinto y algunas palabras. La visita fue creciendo en curiosidad, el cargo del consultante pendía de un hilo por orden del procurador de turno, el temido señor Ordóñez. Sin escoltas, el exalcalde de Medellín se sentó frente a doña Reina, separados por un escritorio y el fajo de cartas coloridas en el centro. Con sus manos blancas y las uñas pintadas de rojo, el tarot egipcio fue revelando una a una las imágenes, como si de una pintura se tratara. “Por su suerte, su porvenir, quién lo piensa y con quién triunfa… a su derecha…”. Allí estaban la Torre encendida en llamas, la Parca en primer plano y una noche estrellada con perros aullando, la carta de los enemigos ocultos, fueron señaladas con el dedo índice de la adivina que abrió sus ojos y luego entre suspiros, gestos contrariados y énfasis en el tono, le dijo:
—¡Usted tiene muchos enemigos, pero muchos! Una persona muy poderosa, mire aquí la carta del Emperador, lo quiere es aniquilar, pero no se preocupe, todo saldrá adelante. Lo que se viene para usted es mejor que lo que está sucediendo ahora y las cosas estarán bien, mire aquí el sol venciendo el peligro y usted saliendo adelante de todos los obstáculos. A usted no le va a pasar nada, esté tranquilo.

A los tres días del encuentro inhabilitaron por quince años al exalcalde. En una llamada por teléfono llegó el reclamo.
—Oye, Reina, ¿no dijiste pues que a él no le iba a pasar nada?, le dieron inhabilidad.
—¿Y qué es inhabilidad? Yo no sé qué es eso y además en el tarot eso no sale. Yo estoy segura de que todo saldrá bien y que no tiene de qué preocuparse.

Al cabo de dos años, en el 2014, una decisión del Consejo de Estado retrocedió aquello que parecía irreversible, el exalcalde de Medellín restauró su dignidad y quedó exonerado de toda culpa.

***

En el parto, a su madre le pusieron los santos óleos, ya que peligraba su vida y la de la niña. La madrugada del 7 de diciembre de 1938, con la luz de una vela, la partera recibió a Reina Mejía, la primogénita de Sofía Mejía. Y aunque a su padre nunca lo conoció, lo trae a escena cuando recuerda que este emprendió un viaje de tres días por trocha y a caballo para verla. En ese tramo al parecer se comió una lata de sardinas con fecha vencida y murió. “Soy hija natural”, dice, y hace énfasis en que Luis Eduardo Salazar, su padre, un hombre de buena familia, alto, blanco y de ojos claros, le dejó unas casas como herencia que le fueron arrebatadas por sus tías, quienes luego vieron cómo se esfumaron de sus manos tras una inundación en Guadalupe, Antioquia. “Fue como una maldición, como no fueron para mí, no fueron para nadie”, sentencia.

A los 16 años se enamoró de un muchacho de barrio y los hijos vendrían como un milagro multiplicado, nueve en total. “Hubiera tenido veinte, treinta hijos, si hubiera podido. Estar embarazada era para mí la felicidad más grande del mundo”.

Su voz es dulce y no ha perdido el brillo con el desgaste de los años. “Yo era maestra. Estudié pedagogía en la Escuela La Modelo, que quedaba por Bolívar —cerca al Hospital San Vicente—, antes se llamaba Pedro Pablo Betancur. Tenía doce años y me encantaba estudiar, lo que más me gustaba era Historia Patria y era muy mala para el dibujo. Recién casada y con mi esposo enfermo y hospitalizado, improvisé un kínder en la sala de la casa y todos los días recibía a los niños, les cantaba canciones y así les enseñaba las vocales y refranes, algunas veces los castigaba con dos piedritas en la mano hasta que se cansaran, pero ellos me querían…”.

***

La mayoría de los días la casa está llena de clientas, solo algunos hombres se atreven a que les adivinen el futuro. Para ellas la lectura del tarot se ha convertido en necesidad biológica, el mundo no se mueve sin los consejos de la adivina.

A las primeras citas asistían mujeres que peligraban por ser amantes de los nuevos ricos del narcotráfico, y también otras que se disputaban un lugar entre los hombres de la mafia. Amanda Caro, por ejemplo, cabello corto y voz fuerte, manejaba directamente gran parte de los tratos, decidía y discutía de tú a tú con los grandes del negocio, como uno más. Una vez Reina la llamó para contarle que había soñado con ella, que su cabeza se había convertido en una cáscara de huevo que chocaba contra una pared y se volvía polvo. En medio de amenazas y huidas a media noche, Amanda tuvo que cambiar de residencia por ir más allá de los límites, donde hasta la propia sombra engaña; se encerró en un apartamento prestado y se dedicó a fumar y a leer revistas, con la esperanza de que la marea se calmara; una tarde que decidió sacar la cabeza para tomar un poco de aire en el pasillo del edificio, la esperaba un hombre que le apuntó en la boca y le vació completa la carga de balas que tenía.

Otra avezada y con cuero duro fue María Claudia Puerta, dueña de varias estaciones de gasolina. Se sintió con bríos para sobresalir en ese azaroso camino e intentó adueñarse de las rutas y de gran parte del personal de trabajo. Al quedarse con una mercancía y querer imponer sus propias reglas fue sometida a una muerte atroz: uno a uno le fueron arrancado los pelos de la cabeza, la piel del cuerpo y las uñas de pies y manos. El escarnio quedó claro para aquellas que buscaran compararse con los machos curtidos en el oficio.

Esas clientas patronas, las que asumían negocios por su cuenta, las que daban órdenes y eran truculentas, como los hombres curtidos en la trampa y el dinero fácil, fueron cayendo una a una. Ese efecto dominó fue afectando los ingresos de la pitonisa que logró equilibrar con la llegada de otras mujeres, “las de cuna”, que la buscaban por la fama de la cual gozaba en Medellín. Por eso la casa de doña Reina siempre se caracterizó por tener un carro lujoso enfrente.

Una de estas mujeres fue Alicia Mejía, alta, de piel color canela, ojos grandes y expresivos. No usaba ropa interior y lo hacía evidente con sus largas batas transparentes. Fue la primera en abrir un centro de belleza en El Poblado; una casa finca con árboles frutales, totumos, mangos y nísperos. Muchas mujeres de clase alta probaron allá las bondades del sauna, el turco y los masajes con mascarillas para la piel; complementados con alimentos como pan integral, miel de abeja, ajonjolí y jugo de naranja. Desnudas comenzaban a parlotear mientras se embadurnaban con barro y arcilla. Alicia era la expresión de un nuevo marketing en ascenso, con su cuerpo saludable y la viva prueba de todos los beneficios que decía ofrecer. Casi siempre llevaba su cabellera suelta y desordenada, una llamarada roja. Una vez Reina la esperaba para su infaltable cita de los martes en la tarde y ese día no paró de llover. Apareció en la puerta, con una sonrisa plena y el exquisito perfume que la distinguía, llegó con la cabeza rapada diciendo que era la última tendencia, que ello permitía crear un canal entre el universo y uno mismo y que el cuerpo era el vehículo para purificar todas las energías. Algunos años después, Alicia tuvo una crisis económica que la obligó a buscar horizontes fuera de Colombia. Le pidió a Reina que cuidara por tres meses a sus dos hijos adolescentes, mientras ella regresaba, ya que sus parientes le habían dado la espalda. Un domingo llegaron a la casa de Reina los dos muchachos, con maletas gigantes. Durante ese tiempo trastornaron la cotidianidad del barrio y les enseñaron a los pelaos de la cuadra a montar en bicicleta y a bailar Brillantina. Les regalaron camisetas, pantalones de marca y tenis que jamás habían visto. Se fueron mezclando con esa vida de barrio tan distante de la suya, y tres meses después se despidieron con lágrimas.

***

La casa de Reina siempre fue un centro de atracción en el barrio Manrique, no solo por el oficio que ejercía y la fama adquirida, sino por su alegría y carisma.

Por azares de la vida esa mujer que le pronosticó una suerte tardía a un exalcalde de Medellín, era la misma que treinta años antes le vaticinara el destino a Pablo Escobar. Llegó a la casa de ese hombre que en los inicios se ganaba la vida vendiendo chance y le dijo: “Usted va a tener muchísima plata, hasta para tirar para arriba, pero ese dinero será su muerte, su perdición”. La carta de la Fortuna, que significa riqueza, salió al lado de la Torre, una de las cartas más temidas. En esos momentos Pablo Escobar no le creyó. La tía, como la bautizó para despistar a los curiosos, terminó frecuentando muchas veces al capo. Se encontraban en hoteles, en casas de amigos, en restaurantes, en fincas. La consultaba y le hacía caso para moverse y actuar. Un día, estando en la hacienda Nápoles —esa pequeña África hecha al capricho—, Pablo Escobar le preguntó por teléfono por su seguridad y ella le dijo que debía salir, que los limosneros —como les decían en clave a los policías— lo iban a coger. Inmediatamente atendió la advertencia, huyó por el río y se resguardó en Medellín.

“Un día envió una persona que me sacó a empujones de un velorio, diciéndome que él me había mandado a llamar, que debíamos salir”, cuenta Reina, “a la hora hubo una balacera tremenda y mataron a mucha gente, sin respetar siquiera al muerto en mitad de la sala”. También recuerda una novia joven y muy bonita que Pablo tenía: “Estuvo en mi casa y me dijo: ‘estoy saliendo con un guardaespaldas de Pablo, me tiene loca y estoy muy enamorada’. Yo le dije: ‘No te pongas en esas, recuerda que Pablo es muy celoso, tanto de sus rutas como de sus mujeres… aquí sale que te va a pillar’”. Meses después la encontraron a ella y a su amante en la maleta de un carro.

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La mirada de Reina es juguetona, sus gestos conservan la vitalidad de una infancia añeja. A sus 79 años y con dolencias en una rodilla, después de una prótesis mal hecha, no se deja bajar de pinta: se maquilla, se arregla el pelo y por lo general se tintura de rubio; usa ropa fina, lleva siempre las uñas arregladas y sandalias brillantes. Pero ni ella ha podido escapar de sus sentencias. Descubrió la propia fatalidad el día que se leyó las cartas junto a un amigo y vio cómo iban apareciendo imágenes como la Torre y la Reina de Espadas que en el tarot, cuando aparecen juntas, significan un peligro inminente. Con estupor le dijo al hombre de estatura media, piel blanca y ojos maliciosos y pequeños: “Qué extraño Germán, veo que me van a secuestrar y la persona que está detrás de todo esto sos vos; no puede ser, vas a ayudar para que me amarren, saldré enredada en algo que no sé qué es, qué susto”. Efectivamente, dos días después fue sacada de su casa con la disculpa de un trabajo a domicilio y de unos riegos que debería echarle a un negocio que estaba salado en la avenida Las Palmas. Estuvo cinco días perdida. Al regreso, con los estragos del pánico en su cuerpo, fue hospitalizada y obligada a reposar tres meses largos. Paulatinamente se adaptó de nuevo a la cotidianidad, espantando miedos y retomando la confianza en ella y en los demás.

Ahora Reina se mueve con dificultad, basta encontrarla tomando café con leche en la sala de su casa, vestida con una manta guajira, para ver esa especie de matrona que sostiene el bastón y se prepara para atender alguna clienta o algún curioso con ganas de saber qué le depara el destino. Tiene la capacidad de reírse de todo y de todos y hasta de sacarle chistes a la tragedia. Cuando recuerda los tiempos idos, las historias vuelven, reales y vivas, como cuando sentenció, sin miedo, los cambios en la vida de actores, políticos, cantantes, negociantes, profesores, sacerdotes, prostitutas y todos aquellos que pasaron la puerta. Singular destino ese de leerle el destino a la gente, saber qué les deparan sus deseos más íntimos; ese destino lo leyó a millares, cuando el dinero fácil se movía sin pudor por calles y bolsillos.

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por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // La voz ya estaba allí cuando nacieron los más jóvenes. Otros se precian de haberla oído desde los primeros días, cuando sonó por vez primera, sin que nadie supiera qué tenía y de dónde traía ese don que fascina. Pero desde que se oyó, supieron que venía para quedarse, y que él sería, a la larga, el auténtico rey del bembé: Jairo Luis García.