Con todos los juguetes

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 53 Marzo de 2014

Los juguetes viejos han sido usados para todas las historias. Tinta, hojas, imaginación. Los juguetes de la bodega, museo y taller de Rafael Castaño son de carne y hueso. Todos fueron jugados en estas calles, en estas tierras, en estos aires. Van y vienen los juguetes de la memoria.

Mientras en la ciudad hay fieles que se afanan por regalarle un juguete a un niño, Rafael Castaño ayuda a que muchos adultos encuentren su juguete favorito, el que perdieron u olvidaron en su niñez envejecida. Cuando alguien descubre en una vitrina ese tren de cuerda, el mismo que corría entre cordilleras de cobijas, vuelve a ver la película de su infancia. A Marcel Proust le pasó con una tacita de té, tomando el algo, mientras remojaba una colación: lo llamó memoria involuntaria. Y algo parecido es lo que sucede todas las semanas en la bodega de La Bayadera, donde se refugian Rafael y sus juguetes.

Desde hace quince años, él y su hermano Alejandro llegaron a Barrio Colombia a construir naves y animales utópicos inspirados en aviones antiguos, monstruos mitológicos y algunas máquinas de Leonardo Da Vinci. Al tiempo, el lugar se fue llenando de otros inquilinos, los muñecos abandonados que adoptaba Rafael en las quincallas del Centro y en el Bazar de Los Puentes. De niño coleccionaba monedas y estampillas por contagio de su tía Corina, filatélica y numismática. Pero fue ya grande cuando algún dios de los juguetes le hizo el llamado. No se cayó del caballo, como Pablo de Tarso, pero casi.

“Fue en el Centro, por Bolívar, antes de que tumbaran esa calle para hacer el Metro. Iba al lado de la ventanilla, en un bus de Belén Terminal. Cuando lo vi se me apareció toda la infancia: era un carro viejo de pedal. Me bajé a mirarlo. Valía como dos mil pesos. Lo compré y me lo llevé para la casa. Desde ese día, a mí no me pueden decir que hay un juguete en la cola del mundo porque allá voy.

“Una vez me contaron que en la repisa de una cantina había un carro de bomberos y hasta allá fui. Era hermoso. ‘Muéstremelo’, le dije al dueño. ‘No… no… y no’, me respondió. Era muy parecido al que yo tenía cuando niño. Volví varias veces hasta que el hombre lo bajó y me lo vendió”.

Antes de abrir su taller de creación, Rafael estudió Derecho con el único fin de proteger a su familia luego de la muerte del padre. Siendo adolescente leyó una novela donde un tal Pietro Crespi trataba de conquistar a una mujer a fuerza de regalarle jugueticos de cuerda que ella ponía de adorno en las paredes de la sala, hasta que un coronel loco los desbarató para ver si tenían alma. Castaño nunca litigó. Se enamoró de María Cecilia y, cuando a ella la trasladaron a Cartagena por su trabajo, él se fue detrás. A la postre hizo dos cosas: se casó con su novia y se graduó como artista en la Escuela de Bellas Artes.

Como tantas de sus criaturas que hacen maromas increíbles con un pequeño impulso, también Rafael, con monedera de artista, ha logrado reunir auténticas joyas de colección: un mono articulado marca Schuco, de los años veinte; autómatas japoneses de la postguerra; el Cadillac dorado de Elvis Presley, que se prende con llave como el de verdad; una motocicleta Arnold Mac, cuyo piloto se baja, la prende, sube el pie y arranca: todo un prodigio accionado por un diminuto motor de cuerda. En la promiscuidad de las vitrinas conversa Topo Gigio con un grupo de muñecas, el Mago Fox desaparece a un conejo, o lo desaparecía porque ya no prende. La mayoría de los juguetes están descompuestos, las pilas de hoy no les funcionan o les falta algún resorte, una rueda del engranaje… Así, los juguetes lucen adormecidos en su limbo, como los de Toy Story. Tal vez, de noche, cuando el dueño se va, salen todos a pasear, cojeando por La Bayadera, o se cuelan en la alucinación de algún habitante de la calle.

Cuando algún reciclador del barrio encuentra un robot entre una caneca, corre a llevárselo a Rafael. No lo mueve solo la paga: “Aquí regresan todos los que me han vendido algo para que se los muestre. Entran y contemplan otra vez el juguete que trajeron hace tres años. Se emocionan porque sienten que hacen parte de algo grandioso como esta colección y que su trabajo no es basura.

“Hace algún tiempo vino uno al que llaman ‘El Bogotano’. Apenas vio el famoso Batimóvil de hojalata, inspirado en la serie de los sesenta, dijo que cuando tenía ocho o nueve años iba de la escuela a trabajar en una fábrica que ensamblaba estos carritos. Las piezas las mandaban de la casa Ford, en Estados Unidos. Era la época en que las empresas matrices de automóviles sacaban al mismo tiempo que sus carros una línea de réplicas de juguete. No me atreví a preguntarle al hombre si él mismo había llegado a tener su Batimóvil. Es muy posible que no”.

De pronto, asoma un astronauta que ha salido a dar una vuelta alrededor de la nave, atado a su cordón umbilical. “Todo esto es de Los Puentes”, dice Castaño, quien con ese semblante de plácido mostacho y rodeado de sus figuras, se parece cada vez más a Gepetto. “Son juguetes de mi época. A mí me tocó el viaje a la Luna, los aviones de propulsión; monté en los de hélice y en el Super Constellation. La característica de los juguetes de esos años son sus decorados con litografía”.

Un día pasó un hombre vendiendo escobillones. Castaño, atraído por la UC forma de ese cepillo de alambre trenzado para limpiar botellas, le compró uno. El vendedor también sintió curiosidad por el refugio del artista.

“Siga, adentro tengo juguetes”, le dijo.

El otro caminó a lo largo de las vitrinas hasta que se fijó en una mariposa y un avión rústico de lata. Los ojos se le encharcaron, eran los juguetes que le hacía su papá, y allí estuvo un buen rato recordando, entre lágrimas, cada detalle. Antes de la irrupción del plástico casi todo era de hojalata: baldes, regaderas, bañeras para bebé. En Medellín era habitual que los hojalateros hicieran juguetes con los retales de ese material. Los soldaban con estaño y los pintaban con esmalte. La mariposa tiene ruedas y cuando el niño la empujaba con un palo agitaba las alas. Rafa hace la demostración mientras lanza una declaración de terapeuta: “Estos juguetes le permitieron a ese señor encontrarse con su padre”.

Una señora llamó al local para preguntar si allí tenían una muñeca de pasta que lleva unas flores en la mano. Y como aquellos niños a los que les inculcan que no sean egoístas con sus juguetes, Rafael se la prestó para que la cargara, pero solo dentro del museo. Ella vino y contó que esas muñecas eran muy populares en los cincuenta, que entre sus amiguitas les celebraban fiestas de cumpleaños y de primera comunión, y hasta les hacían tarjetas de invitación.

Entre tanto hay una secretaria, con cola de caballo, que ha dejado de teclear para mirarnos a través de la vitrina. Rafa anota que hubo una época en que estos juguetes pretendían enseñar roles u oficios en la sociedad. Ahora no sucede así, antes bien podría considerarse como una discriminación de género o un insulto: “Yo le tuve que pedir permiso a una hermana para regalarle unas ollitas a una sobrina porque le había escuchado decir que quería jugar mamacita con vajilla”.

Una búsqueda memorable del juguete favorito empezó cuando una visitante agachó la cabeza y confesó que nunca había tenido juguetes. “Haga memoria”, le dijo Rafa con el tono neutro del analista, “haga memoria que usted sí tuvo. Es que los juguetes se hacen”, le insistió. Y luego de un silencio revelador la mujer recordó: “Mentiras, yo sí tuve una muñeca. La hicimos entre mi mamá y yo con una mazorca, le pusimos ojos y el cabello de lo mismo… Hasta me duró un buen tiempo”.

También vinieron unas antropólogas para confirmarle a Castaño su teoría. En sus estudios sobre la vida cotidiana de los indígenas emberá en Risaralda, escucharon de buena fuente que a los niños les prohibían jugar. Pero una informante les contó luego que su hermanita y ella hacían amasijos de hojas que amarraban con tiras de tela, a manera de muñecas. Cuando los adultos se acercaban, las pequeñas solo tenían que soltar los nudos: las hojas saltaban por el aire y las muñecas desaparecían.

No siempre los chechereros son los que proveen a Rafael de sus piezas. De pronto, en una visita familiar vio a una niña boleando una abeja de madera, una maravilla de colección hecha por la Fisher Price en el año 37, caramelo escaso. Rafa empezó a temblar.

“Preste pa’ acá”, le dijo, “que eso no es pa’ jugar”.

A él le gusta decir que no compra juguetes sino que se los encuentra. También se siente depositario de un secreto cuando alguien le entrega el juguete que más quería cuando era niño. Sabe que en cualquier momento esa persona va a volver. Se erige como delegatario de la memoria que encarnan esas figuras. Y por eso son las que cuida con mayor celo.

Cuando Castaño expuso en Comfenalco una serie de ciento cincuenta piezas, bajo el título Arqueología del Juguete, un señor muy serio se acercó y le dijo: “Ese avión es el mío”. Él le replicó que ese era un juguete japonés de los cincuenta, del cual podría haber miles de ejemplares en el mundo. Son aviones grandes de tres motores que hacen aparecer la azafata en la puerta y muestran a los pasajeros levantándose de las sillas.

“¿Por qué dice usted que es el suyo?”. Entonces el otro sacó algo del bolsillo: “Mire, estas son las ruedas que le faltan”. Se las puso y calzaron a la perfección. Daba la impresión de que era un tipo muy aporreado por la vida, de una edad menor a la que aparentaba.

“Se llamaba igual que yo, Rafael. Nos volvimos amigos y caía a deshoras al taller, se notaba que necesitaba hablar. Me contó que había salido de la casa y que cuando volvió, la mujer con la que vivía le había botado todos sus juguetes, los que guardaba desde niño. Parece que nunca se recuperó de esa separación. Saber que tuvo momentos felices en su infancia lo alentaba a seguir”.

Rafael sabe cada detalle de su Robocop de los ochenta, de un tren Lionel o de un Bambi hecho en Medellín, en el taller de José Bartolini, cuando la fiebre del plástico logró que muchos niños pudieran tener uno. Un buen número de personajes no gozan del privilegio de estar exhibidos en las vitrinas y se mantienen confinados en enormes cajas de cartón en el segundo piso. De pronto nos muestra unos carros de hojalata con inscripciones diminutas: “Japón ocupado”, “Alemania ocupada”. Eran los juguetes que se hacían poco después de la Segunda Guerra, muchos de ellos con material reciclado de latas de galletas y con proclamas políticas. Era habitual en los barrios de las ciudades arrasadas reunirse para hacer juguetes con lo que se hallaba a mano.

También aquí pasaba que los papás ocupaban tardes enteras en hacer juguetes para sus críos. Don René Botero, el personaje que recoge en un Volkswagen al niño que perdió el bus de la escuela, en El olvido que seremos, era uno de esos.

“Don René tenía apariencia de hosco, pero le encantaba fabricar trompos y patinetas para sus hijos. Los viejos de esa época se hacían los bravos porque creían que era la única manera de lograr que no nos desviáramos en la vida, aunque de todas maneras nos desviamos”.

A Rafael le parece un tanto disparatada la idea de que las armas de juguete vuelvan violentos a los niños. “Yo mismo jugué con armas, rifles de copas, disparé pistolas y tiré con caucheras”. Entonces recuerda la idea de Virgilio en la Eneida cuando dice que en un momento de ira cualquier instrumento de trabajo se convierte en un arma.

“Una vez vino un personaje a decirme que necesitaba que yo le vendiera todo: mis juguetes, los móviles, las vitrinas, la bodega, yo incluido con las historias. Fui insistente al decirle que nada de esto andaba en venta, pero el hombre volvía desafiante: ‘¿Cuánto vale? Dígame una cifra’. No había ninguna. ¿Qué iba a hacer yo con la plata? ¿Qué pensaba hacer el tipo con mis cosas? No lo sé, tal vez las quería para decorar o… ¡para nada! Hay gente que no sabe qué hacer con la plata y quiere comprar los sueños de los otros”.

Si los juguetes han sobrevivido a las bataholas de la niñez debe ser porque hay niños cuidadosos o madres como aquella que no dejaba sacar a la Barbie de su caja, de modo que la niña la tenía que arrullar así empacada. Gracias a esa orden, las lánguidas se conservan intactas como momias en su sarcófago. Aunque Rafael Castaño prefiere las reliquias mugrientas que encuentra bajo el Metro: un oso lustrabotas, un bombero de moto, un payaso en harapos con los que el niño desconocido maquinó más de una jugarreta.

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Manuel Mejía Vallejo y los nadaístas

por EDUARDO ESCOBAR • Ilustraciones de Tobías Aboleda

Número 112 Diciembre de 2019

Desde el comienzo de nuestra irrupción en Medellín, los nadaístas mantuvimos con Manuel Mejía Vallejo una amistad llena de reticencias. A veces lindaba con la camaradería, y a veces con el atentado personal y la vileza. Ahora cuando me dispongo a hablar sobre su persona y su obra hallo en mí un montón de sentimientos encontrados. Cavilo si centrarme en lo que nos unía o enfatizar en lo que nos apartaba. Fue un buen amigo de quien nos alejaron muchas cosas. Su entendimiento de lo que debe ser la literatura no compaginaba con lo que nosotros pensábamos. Sus ídolos literarios eran Tomás Carrasquilla, entre los colombianos, y Eduardo Mallea entre los latinoamericanos. Nuestros maestros eran Rimbaud, Lautremont y Henry Miller y en la literatura nacional apreciábamos a León de Greiff y a Fernando González y a los integrantes del grupo de Mito, incluido el aún desconocido García Márquez. Para ajustar, valga la infidencia, Manuel Mejía y yo nos vimos envueltos en una historia de amor que me hizo sufrir como un condenado, cuando sedujo a mi novia de los quince años, que me abandonó obnubilada por su prestigio, su labia de culebrero y su corbata de galán. La comprendo. Yo tenía dos camisas. Una puesta y otra en un platón con detergente esperándome en algún hotelito proletario. Y había empeñado mi única corbata, la de la primera comunión, por una cerveza. A mí mis padres no me soportaban. Los suyos estaban muy orgullosos de su muchacho con razón: acababa de ganar un concurso de cuento en El Salvador. Un buen comienzo. Porque después ganó premios en todas partes: en Cali y Manizales e intermedias, para acceder más tarde al Nadal y al Rómulo Gallegos.

A Manuel lo atraían las muchachas bonitas, y sobre todo tiernas cuando ya no se cocinaba en dos aguas, más que las mujeres hechas y derechas aunque fueran bellas. Tal vez la afición a las nínfulas revelara una secreta inseguridad. Un miedo al amor adulto.

Manuel Mejía era un hombre querible, tenía eso que los antiguos llamaron bonhomía. Nosotros lo admirábamos por su vida privada que algunos divulgaron, llena de singularidades en una ciudad pragmática que trataba de cogerle el ritmo al siglo con retraso. Decían que pintaba al carboncillo con talento, que practicaba el moldeado en barro, que inventaba juguetes artesanales, lo cual hablaba de su candor pero al mismo tiempo de unas cualidades humanas que nos seducían, las de la sensibilidad para las actividades inútiles, porque los hacía por gusto, sin las intenciones torticeras del comerciante, y ni siquiera para jugar con sus invenciones porque siempre estaba ocupado escribiendo, o bebiendo. O seduciendo las novias de los amigos. Más tarde supe que se preocupaba por las técnicas de la impresión de libros. Y que escribió una carta a la casa Heidelberg con una propuesta para mejorar sus prensas famosas en el mundo.

Aunque estábamos lejos de sus ideales estéticos y su estilo obediente a preceptivas que nosotros habíamos venido a desprestigiar, Mejía Vallejo fue un habitual de nuestras tertulias primerizas, uno de esos contertulios que sin pertenecer de corazón al movimiento, ni adherir a sus propuestas renovadoras, lo veían con curiosidad y simpatía. Había otros, pero nos parecían intratables, como Jorge Robledo Ortiz, poeta de la raza, y como Jorge Montoya Toro, un filisteo que escribía sonetos a Jesucristo y a las impúdicas rosas. Mejía estaba más próximo a nosotros aunque su escritura no concordara con las crisis de un mundo que asistía a las circunvoluciones de los primeros satélites artificiales, con una perra dentro, un mono, o una señora rusa. Y al asco de una nueva guerra, la de Vietnam, que algunos contaban como el primer estallido de una tercera conflagración mundial hecha de conflictos focalizados.

Su escritura olía a boñiga y a saúcos en un mundo que se urbanizaba y al que comenzaban a atosigar los vahos de la gasolina. Pero de cualquier modo no era rimbombante como casi todos los poetas del entorno pobrísimo. Era la primera persona de la santísima trinidad literaria de la antioqueñidad. Las otras fueron Carlos Castro Saavedra, un poeta de corte nerudiano dado a las depresiones que cantaba a los carpinteros, y Oscar Hernández, otro magro discípulo de Neruda aunque mezclara a esa influenza la ternura de César Vallejo, y la tristeza que puso de moda el peruano envenenado en París con la solanina de las papas del mercado de los pobres. Los tres se acercaron a nuestra capilla desabrida, surgida en plan de escandalizar la aldea donde el arzobispo importaba más que el alcalde porque había arrendado al diablo. Castro pronto dejó de tratarnos enemistado con Gonzalo Arango por la nimiedad de un epíteto cariñoso. Hernández debía trabajar para sostener una familia. Y jamás entendió que mantuviéramos una discreta distancia, saludable además como después se vio, con la izquierda colombiana, más hecha de sentimientos beatos que de ideas, y de pasión que de marxismo.

La prosa de Mejía Vallejo era clara, tranquila. Más próxima a la verdad de la vida para nuestro criterio, así nos resultara sospechosa por ordenada y racional, y aunque sus relatos estuvieron plagados de diálogos sentenciosos y descripciones convencionales fuera de tono para quienes pretendíamos ser absolutamente modernos según el mandato de Rimbaud. Nosotros amábamos lo descabellado. Nos parecía que la misma sintaxis y hasta la ortografía eran cárceles que justificaban el orden establecido. Y los temas agrestes de sus primeras prosas, La tierra éramos nosotros y Tiempo de sequía, nos sonaban anacrónicos a pesar de la sobriedad. Él se aferraba a la nostalgia del pasado. Nosotros estábamos pendientes de un futuro que temíamos y aferrados al presente existencialista, a la inmediatez de la experiencia. El pensaba que un relato, así nos dijo una vez puesto en el plan magistral que en ocasiones adoptó al hablarnos con el aire de superioridad del escritor laureado, debía comenzar por una panorámica del ambiente, y seguir con la presentación de los personajes, antes de ponerlos en acción. Esas ingenuidades de una preceptiva retrógrada no nos impidieron quererlo. Para nosotros las novelas y los cuentos podían principiar por donde a uno le diera la gana, y carecer de pies y cabeza, y ni siquiera eran necesarias, sino indeseables, las supercherías aristotélicas del conflicto, la trama, la peripecia y la anagnórisis. Pero lo aceptamos distinto como era, vestido de paño, camisa de cuello y corbata, y con la costumbre de visitar al peluquero cada sábado para que le puliera las patillas. Nosotros nos dejábamos crecer el pelo como los piratas que nos sentíamos, vestíamos bluyines, camisas de colores, mocasines, medias de rombos. A él le gustaba hacer el elogio de Asturias, y Rómulo Gallegos, y estaba decidido a continuar la tradición de Tomás Carrasquilla. Nosotros preferíamos a Joyce, a Becket, a Buttor y a los objetalistas franceses, en cuyas obras no pasaba a veces nada distinto del viento de las hojas al volverlas. Y desconfiábamos de los apologistas de lo autóctono. De los nostálgicos de los padres indios y los abuelos criollos empobrecidos por las guerras civiles. De los dolores del campesino que hablaba con los pájaros de sus amores y llevaba una barbera en el carriel por si se veía obligado a cobrar una ofensa de borrachos. El color local nos espantaba, nos declaramos los servidores de una nueva barbarie dispuesta a arrasar los falsos valores de Occidente. Amílcar empezaba a circular entre nosotros los libros de Nietzsche. A Manuel Mejía la filosofía le era indiferente, no tenía problemas metafísicos más allá de los cafés con leche con buñuelo frío que comía con mi exnovia en la Heladería Donald. Y jamás lo vi interesado en nuestras discusiones, las propias de unos muchachos educados en el catolicismo que acababan de descubrir a Bertrand Russell y el existencialismo y a Nicola Abbagnano en los breviarios del Fondo de Cultura Económica.

A veces lo veíamos salir de matiné después de ver alguna película norteamericana de vaqueros que quizás le ayudaba a redondear sus fábulas de duelos de matones. Una obra suya se llamó El día señalado como una película norteamericana famosa. Lo cual puede no ser casualidad. Y escribió un cuento que tituló, La venganza, como bien hubiera podido nombrarse un western espagueti de Clint Eastwood. A nosotros nos intrigaban más las películas de tesis, el cine de una lentitud infernal de Bergman, el neorrealismo italiano, los dramas patafísicos de la nueva ola francesa con sus romances entre seres atrabiliarios y despistados, y sus parlamentos en el lenguaje del retorcido humanismo sartreano, perfectos para calificar el tedio de vivir, el sentimiento del absurdo y la irrefutable inutilidad de todo. Para Manuel Mejía todo eso no pasaba de ser un capricho de niños burgueses, una impostura que no valía la pena tomar en serio.

No encajábamos por completo a pesar de los esfuerzos por querernos. Manuel Mejía nació en 1923, el día del idioma español: el mayor de los nadaístas había nacido en 1931 bajo el signo de Capricornio que lo hizo sombrío y proclive a inventarse fracasos. Mejía Vallejo disfrutaba los bambucos olorosos a toronjil, los despechos de carrilera y los tangos matreros a la hora de sus tragos. Los nadaístas para nuestros festines de mala fama recurríamos al jazz estridente de New Orleans, a Duke Ellington, a las canciones canallescas de la Piaff y Juliette Grecco. Nos gustaban los tangos, pues eran el folclor urbano de la ciudad industrial de Colombia, pero los escuchábamos de distinto modo.

Los padres de los nadaístas eran todos pequeños funcionarios o comerciantes al menudeo. Con la excepción de Gonzalo Arango, llegado de Andes, y de Amílcar Osorio, que llegó desde Jericó, los demás crecimos junto a las fábricas, en medio de los buses urbanos que reemplazaron los trolleys y los tranvías. Tal vez en esta circunstancia radicaron las desavenencias con el autor de La casa de las dos palmas. Nosotros habíamos conocido de oídas la Violencia. Manuel Mejía sabía mejor de las brutalidades de las guerras entre liberales y conservadores. Pero el peor desacuerdo entre nosotros fue causado por la devoción que él guardaba por Tomás Carrasquilla, un escritor que considerábamos injustamente un autor fallido, un costumbrista, el maestro de un estilo marchito.

Algunos entre nosotros empezábamos a interesarnos en las ciencias de los pulsares y las estrellas enanas que se derriten sobre sí mismas, en el comportamiento secreto de los átomos, imbuidos en la siniestra amenaza del peligro nuclear que fue la espada de Damocles sobre nuestras cabezas despeinadas. Manuel Mejía contra las metafísicas que estas preocupaciones suscitaban en nosotros albergaba una sola certeza mística: que existía una ley de la compensación, semejante al karma, que los nadaístas comenzamos a debatir a partir de la lectura de los textos del budismo, a los que llegamos empujados por los poetas beat, fanáticos del dharma. O camino. No había demasiadas contradicciones interiores en Manuel Mejía. Era un hombre simple como unas tijeras. Y formaba parte del orden parroquial como un adorno. Nosotros éramos la imagen del desconcierto y la desconfianza. Ahora que lo pienso, si seguimos siendo amigos a pesar de todo fue por el sentido del humor que compartíamos. Por la capacidad para reírnos. Aunque él solo les aplicara el cauterio de la risa a los demás. Mientras los nadaístas podíamos reírnos de nosotros mismos con perfecta impudicia. Él se tomaba en serio su vida y su trabajo de escritor. Nosotros éramos más irresponsables y estábamos más confundidos. Él era un escritor del establecimiento. Nosotros estábamos situados al margen. Recuerdo que al principio me impresionó un rasgo de personalidad muy escaso entre los círculos de los escritores: jamás hablaba mal de los ausentes, aunque después aprendió. Pero en general nunca lo vi comprometerse, ni hablar de la política del día, por ejemplo, que es algo que les gusta tanto a los escritores modernos. Era cauto.

Manuel Mejía fue un detractor injusto del nadaísmo cuando estaba de malas pulgas. Sobre todo le gustaba vapulear al pobre gonzaloarango por lo que decía y lo que dejaba de decir. En ocasiones Mejía se pasaba de crítico acerbo con nosotros. Una vez, él había envejecido, y yo me había casado y separado, y vuelto a casar por aquellas cosas del eterno retorno y el miedo de la soledad, leyó un poema que buscaba, a través de unas cucarachas, celebrar la música humana y la técnica moderna. Y me dijo sonriendo con ironía campechana. “Escribirle poemas a las cucarachas es una bobada, hombre”. Y me miró como quien piensa sin razón que las cucarachas solo necesitan insecticidas y no poemas con reminiscencias de Vivaldi y Schönberg y con pormenores sobre la fabricación de los transistores. No quise decirle que las cucarachas tenían tanto derecho a ser poéticas como los alelíes. Y que había descubierto en un viaje de LSD que son ángeles camuflados. Y un portento biológico. No hubiera comprendido.

Pero al mismo tiempo Manuel Mejía fue muy generoso con los poetas del nadaísmo que comenzaron a transitar por la carrera Junín en los años sesentas y que lo veían salir de las películas de la vespertina con sus eternos cartapacios bajo el brazo en busca de un café tranquilo donde corregir sus obras. No solo participaba en nuestras tertulias con su ingenio cándido, sus recuerdos de la madre Laura con la que guardaba un parecido físico, sus memorias de aventurero por Centroamérica y su colección de refranes y décimas y coplas aprendidos con los peones de las fincas donde creció. A veces fue magnánimo con nosotros de un modo que ahora me permite sospechar de su insinceridad cuando nos quiso y cuando nos desdeñó. Eso no importa. Es preciso honrar la justicia. Cuando lo nombraron director de la imprenta municipal de Medellín publicó allí el primer libro de Gonzalo Arango, HK 111 y Nada bajo el cielorraso, dos obras de teatro que le permitieron al capitán del nadaísmo el sentimiento inenarrable de saborear la gloria de sostener en sus manos su primer libro publicado.

HK 111 alcanzó el honor de las tablas bajo la dirección de Fausto Cabrera, un activista español que después fue guerrillero maoísta y acabó en la China, un ecléctico que recitaba un día Claveles rojos o La casada infiel y cosas de mayor enjundia de García Lorca y al otro montaba una broma de Ionesco. Ignoro si llegó a entenderse con Poeta en Nueva York, el único Lorca soportable para los nadaístas. La obra contó con la actuación de Santiago García y Mónica Silva su mujer entonces. Los tres habían fundado el Teatro Experimental El Búho para la divulgación de las obras de la vanguardia, con la pretensión de fundar un grupo estable que ayudara a la creación de un teatro nacional moderno que superara las comedias políticofolclóricas de Campitos, y las obras del rancio teatro español de Jacinto Benavente y Alejandro Casona, autores predilectos de los grupos de aficionados de Colombia antes de que se pudiera hablar de profesionales de las tablas.

HK 111 fue puesta en escena en el teatro Ópera de Medellín después de una temporada en Bogotá y causó estupor en la parroquia. Una escenografía escueta con seis varillas simulaba la cabina de un avión, el protagonista amenazaba en el clímax de la obra con orinarse en el escenario. Escatología pueril pero inusual para el lugar y los tiempos. Gonzalo Arango les tenía pánico a los aviones. Y pensaba que eran el más terrorífico de los inventos humanos junto con la jeringa hipodérmica.

Yo hice el ridículo al llevar a la gala en aquel calor estival un abrigo inglés de paño que pesaba como el Big Ben y hacía los efectos de un sauna, propiedad de mi padre que lo había recibido de Laureano Gómez por interpuesta persona, un primo suyo postizo, un hombre notable durante la presidencia del Monstruo, y que siguió siéndolo durante la dictablanda de Rojas Pinilla.

Cuando dediqué a mi padre “El anticuario”, un poema que pretende reunir (como nadie lo ha notado lo anoto) las ideas afines a las noción de decadencia, Manuel Mejía me hizo un elogio matizado de sorna: si tu poema de las cucarachas me parece una nadaistada, el que le dedicaste a tu padre debería formar parte de la antología de la poesía colombiana siempre. Se dosificaba. Entre el vituperio y la alabanza. Esa noche celebramos mi poema en la casa de una de mis hermanas. Fue la única vez que lo vi borracho. Siempre fue de un aguante olímpico. Ya se encaminaba a la bancarrota. Y acabó cuan largo era, bocarriba, en la mesa de centro bañado en ron Caldas.

Yo lo quise desde que lo conocí. Y él también me quería y hasta admiraba al osado adolescente que yo era cuando comenzamos a tratarnos como vecinos en el barrio Los Ángeles. Yo era un adolescente con una mala fama merecidísima. Y con la suerte bendecida por una enorme capacidad para la indiferencia, resignado a vegetar sin rencor ni esperanza, sin propósitos, vacío por dentro, sin tuétanos. La falta de pudor me permite reconocer que también me adornaba un cierto éxito entre las muchachas más bellas de la ciudad de mercaderes con vocación industrial, a pesar de mis camisas de pobre, mis zapatos rotos y la melena salvaje que extrañaba el champú. Creo que las muchachas se me acercaban seducidas por mi fama de poeta precoz más que por mi cara de ángel despeñado. Llevadas por algún impulso tanático. Porque fui magnífico como amante a la hora de hacerlas sufrir.

Manuel Mejía me hizo muy desgraciado cuando se quedó con el amorcito de mis primeras experiencias reales de amor, y al fin me arrebató a la sujeta de mis primeros afectos, valido de su aire de Pedro Armendáriz y de su propensión a ganar concursos de literatura. Más tarde, para compensarme, se convirtió en mi primer editor. Pues cuando lo echaron de la imprenta oficial por imprimir las obras de teatro del inventor del nadaísmo fundó con Oscar Hernández una editorial que llamaron Papel Sobrante, pues la alimentaban con los desechos de las prensas de los periódicos municipales donde Oscar Hernández hacía de todero. Uno de los primeros libros de la empresa fue mi libro Invención de la uva. Los otros fueron los cuentos primerizos de Darío Ruiz Gómez y de Oscar Collazos.

Medellín aquellos años vivía el sopor saludable del Frente Nacional después las atrocidades de la violencia que prolongó las guerras religiosas del siglo XIX. Hernández, Mejía Vallejo y Castro Saavedra eran los autores prominentes en la aldea de un millón escaso de habitantes. No había dicho que Oscar Hernández escribía poemas al pan, al trigo y a las amadas, y que fue un montón de cosas, boxeador, futbolista, vendedor ambulante y empresario de una fábrica de refrescos; que Manuel Mejía había viajado por Centroamérica siguiendo los pasos de Porfirio Barba Jacob, y que Carlos Castro pavoneaba los elogios que le hizo Pablo Neruda a su poesía cuando estuvo en Chile. Neruda comenzaba a descollar con su obra desigual y profusa, y por el brillo de su glotonería verbal, llevado de la mano de los comunistas. Y un espaldarazo suyo era consagratorio. En la casa de poesía Silva de Bogotá hay una fotografía conmovedora de un Castro Saavedra, la cara triste y menuda, y con un sombrero hiperbólico que le queda como una casa, junto a León de Greiff que a su lado parece un ogro vikingo con su belfo, la boina y el traje de paño desgalichado de siempre. Sus amigos solían preguntarle dónde mandaba a arrugar los vestidos.

Manuel Mejía Vallejo fue el narrador más reputado de Colombia hasta la aparición de Cien años de soledad. Yo creo que resintió su publicación como un desorden inesperado en su honra. Los escritores suelen tener egos frondosos. Cien años de soledad confundió la literatura colombiana con sus excesos. De modo que muchos novelistas colombianos apelaron a los recursos del realismo mágico en una mimesis cómica y servil, y otros, para corregir el rumbo, apelaron al grotesco, a la recuperación de sus recuerdos familiares o a la novela histórica ideologizada. En el desconcierto probó la novela urbana. Y como había abandonado las temáticas campesinas, inventó a Balandú, que se insinuó en sus escritos tímidamente hasta alcanzar la apoteosis en La casa de las dos palmas, que intenta contar una saga familiar como el piedracielista de Aracataca.

Mejía hizo alguna mención literaria de mi deslustrada persona. Quizás para acallar la mala conciencia del depredador sexual. En La sombra de tu paso, donde la novia que me ganó se llama Claudia, expresa sus celos. Y le pregunta. ¿Lo amaste? Y ella. A quién. Y él le dice: a Eduardo. Y dice que yo entonces me parecía a Jesucristo… cuando lo aporreaban. No sé qué quería decir con eso de mi barba y mis greñas de cobre. Y sin mi novia en aquella Junín donde los nadaístas gastamos la adolescencia en el descubrimiento del amor y la poesía a contramano, cometiendo pequeños delitos viles, fumando marihuana, emborrachándonos y tragando a puñadas barbitúricos de la casa Lilly. Desde niño soñé ser escritor. Pero nunca se me pasó por la cabeza que podía ser un personaje de novela.

Los que no vivieron aquellos días en esa aldea en las faldas de los Andes nunca alcanzarán a imaginar cómo era entonces la ciudad que fundó don Miguel de Aguinaga. Soy un sentimental. No me importa. Medellín es para mí la de antes de la Avenida Oriental que cometió el sacrilegio de comerse la casa de Dora Echavarría, la suegra de Manuel Mejía, la abuela de sus hijos, que lo adoraba. Y sentí mucho el día cuando tumbaron el Hotel Europa que era como un Kremlin en chiquito. Al Medellín de mis recuerdos le lucía ese edificio con cúpulas negras, como le sigue luciendo un palacio egipcio en la calle Miranda o una portada con leones de bronce en la casa de un magnate en el barrio Laureles. En el lugar que dejó el Hotel Europa levantaron la Torre Coltejer, que no sabe a nada, empinando el hocico hacia el cielo empobrecido, aguja ciega, para hacer una metáfora de sastre. Otros la consideran la marca del comienzo de la decadencia de la familia Echavarría, como Babel confundió las lenguas de los israelitas para castigar su arrogancia.

La tragedia del empresariado antioqueño burgués fue su aniquilación por el proletariado chino en la guerra comercial del mundo. En la bendita globalización galopante los discípulos de Mao condujeron a la bancarrota a la ilustre familia paisa, admirada y vilipendiada, que llevó a Medellín a trancazos de tren hasta Puerto Berrío y de allí a lomo de mula los primeros telares mecánicos. Fernando González dijo que Medellín era bueno cuando los Echavarrías estaban chiquitos. Desconfiaba de los retumbos del progreso. Como todos los metafísicos que saben que es imposible conectarse por teléfono con lo esencial.

La calle Junín era un hervidero de chismes. La sombra de tu paso, Y el mundo sigue andando están hechos de eso. De murmuraciones. Cuando Manuel Mejía intentó liberarse de los helechos de La tierra éramos nosotros, los muchachos de entonces estrenábamos el desaliño de los existencialistas franceses que superara el dandismo de gomina de la generación de los cocacolos y sus propias corbatas ya pasando de moda, en una ciudad donde todo el mundo aún saludaba a los policías secretos por sus nombres. Y por sus apodos a los borrachos del Parque de Bolívar, de alcohol antiséptico y pasante de grillo. Mejía Vallejo y sus amigos, Hernández y Castro Saavedra, adecentaron el uso del parque. Se reunían por las noches con sus libros bajo los balsos del de Bolívar frente a la heladería San Francisco. Los hombres de bien solo lo usaban cuando iban a embolarse los zapatos. Y los domingos de la retreta.

Manuel Mejía estaba recién llegado de Centroamérica y gozaba de un tibio prestigio por sus cuentos agrestes de gallera, haciendas, venganzas de hermanos y parricidas incapaces del sacrilegio. De cuentos de campesinos que más tarde cambió por cuchilleros de barriada en Aire de Tango. En Y el mundo sigue andando se estrena de Joyce andino pero no le lucen los experimentos y los retruécanos se le atoran. Aunque no lo quisiera era sin remedio un representante del machismo latinoamericano en la vertiente andina de la literatura colombiana.

Todo era cándido, liviano y feliz en la calle Junín que transitaba Manuel Mejía Vallejo, tanto que lo único posible era que a alguien se le ocurriera inventar el nadaísmo con su sentido trágico y sus amarguras impostadas que después se tornaron en amarguras y podredumbres auténticas. Mejía acabó por apartarse de nosotros del todo cuando apareció la marihuana en las fiestas. Y comenzó a crear su propio entorno de amigos con Darío Ruiz, Oscar Jaramillo, Elkin Restrepo, Oscar Collazos y Fernando González hijo. Y recuerdo que después del primer manifiesto publicamos un volante supuestamente patrocinado por una inexistente fábrica de papitas Juan XXIII. Y recuerdo, pero puede ser un falso recuerdo, que a Mejía Vallejo, que se había regocijado por nuestra irrupción podrida en el paraíso de popelina, no le gustó el fingido patrocinio. Era un anticlerical respetuoso. No estoy seguro de que no creyera en el diablo. Recorrió los caminos de Barba Jacob por Centroamérica y escribió un libro sin mucha gracia dedicado al vate de Santa Rosa. Pero la marihuana remota de Barba no era un peligro como la nuestra para él.

A mí, digo, para comenzar a terminar, más que su ecuanimidad y sus virtudes evidentes me impresionaron en él sobre todo los rones triples de la madurez que se echaba en ayunas en su casa de la calle Perú, cuando comenzó a deteriorarse y a dudar de su grandeza, después de la aparición apoteósica de Cien años de soledad. Como casi todos los escritores colombianos experimentó un cimbronazo con ese libro monstruoso que devolvió la novela moderna a sus orígenes. Las pretensiones de Manuel Mejía de convertirse en el continuador de la línea narrativa de Tomás Carrasquilla con un toque de José Eustasio Rivera se volvieron obsoletas.

Del nadaísmo se han dicho muchas cosas. Pero bien pudo ser solo una reacción necesaria del alma del mundo en nosotros, en una isla feliz llena de muchachas en flor donde comenzaban a oírse los primeros rocanroles, a ponerse de moda el cubalibre, en un país convulsionado, corrompido y violento, que se había dado una tregua relativa con el Frente Nacional. Algunos le achacan al Frente Nacional nuestras desgracias actuales. No fue tan malo. El país creció en la realidad y en las estadísticas. Recuerdo que en mis tiempos el acceso a la universidad era un privilegio. El Frente Nacional comenzó a democratizar la educación. Y la salud. El país mejoró. Y el nadaísmo fue un síntoma positivo de los tiempos que comenzaban y de sus crisis. La gente comenzó a decir otras cosas en las tertulias de los nadaístas en las cafeterías de nombres ingenuos como Bambi y Donald. A pensar otras cosas. A nosotros nos tocó empatar los últimos totes del diablo parroquial con el estruendo de los cohetes interestelares. Recuerdo el repeluzno que experimenté cuando los periódicos trajeron la noticia de que los rusos habían puesto a dar vueltas a una perra en los espacios exteriores a la biosfera. Yo era un exseminarista que no terminaba de solucionar sus problemas con Dios. Y sentí que se me encrespaba el pelo de la cabeza y los remanentes de la cresta vertebral del anfibio.

Gonzalo Arango que tenía su toque maligno a pesar de su fama de santo, y tenía una vieja deuda por cobrar, en una carta me escribió, después de una noche de tragos que Manuel Mejía gastó en llenar de reproches al pobre profeta de la nueva oscuridad: “…de los hombres espero lo peor; sobre todo de los intelectuales, de los literatos. Son de otra raza. Soy una raza opuesta: y tú, Ed, eres mi mejor alma, mi espejo más transparente. En ti reflejo lo poco que puede ser salvado en mí, no como escritor, sino como ser vivo… La agresión del Premio Nadal… contra el nadaísmo en general… es un fruto tardío de su recóndita amargura. Recuerda la noche en el homenaje a Evtuschenko. Somos tan ajenos a sus dioses y a lo que escribe. No me extraña: él fracasó en sus aspiraciones a Maestro de la juventud. Nuestra generación no lo soportó, era la flor y nata de la Bondad. Como me dijo una vez Fernando González, ‘nunca podrá ser un artista, goza de excelente salud’. Podrá escribir cien novelas, ganar el Premio Nobel, ser laureado o fuera de concurso en los juegos florales de Manizales, pero nunca osará una locura respetable. Tendrá siempre miedo de invertir la lógica, de afirmar que DOS MÁS DOS SON EL PRINCIPIO DE LA MUERTE (no recuerdo si esta frase es de Dostoievski o la acabo de inventar, pero vale)… Eso es él, un linotipo que trabaja, que piensa; una caña pensante pero sin la angustia de Pascal. A Manuel Mejía le tengo afecto precisamente porque está fuera del ring, es campirano, gallero, nostálgico de burdelito de Jericó donde perdió su virginidad por un soneto, amigo íntimo del bobo del pueblo, etc. Porque labora sus novelitas como un herrero, y de tanto hacer y rehacer de pronto salta una chispita en su desierto mental, pero no por culpa de su genio, sino de tanto soplar en la forja. Realmente es un buen hombre, aunque literatoso como escritor. Él defiende su parcela de la plaga nadaísta y es su derecho. Él sabe que su herencia no tiene porvenir en nuestra generación, que será olvidado antes de ser. No puede perdonar que su posteridad esté integrada por una pandilla de bastardos como nosotros, desalmados para esas cosas que él fabrica, pura cacharrería estética para consumo de amas de casa, para entretener una digestión, un desvelo, un idilio parroquial de ventana. Él nos regaña paternalmente y quiere convertirnos a su ‘seriedad’, reformados en su provecho, en provecho de la literatura bonita, lógica, moral y graciosamente filistea en la que trabajó como un minero… Hay que reconocer que lo hace honestamente, que no da más, que no tiene de dónde sacar más. A los 45 años no se puede tomar chocolate en familia impunemente, ni rezar el rosario, ni tocar tiple en reuniones de sociedad intelectual… Eso tara, da un carácter. Su literatura resulta inexorablemente chocolatera, conservadora, de meada en la cama después que la mamá reparte bendiciones. Novelas con susurro de tiple y olor de yerbabuena. Qué esperanza… Tu y yo lo comprendemos, por eso lo admiramos. Porque es un pobre sufridor de sentimientos; porque se apostó todo a la literatura y no dejó nada para reírse de sí mismo. Por eso está jodido, y yo lo estimo suficiente para no tenerle piedad… Olvidemos pues sus ofensas; en ellas se consuela, le dan una vaga razón de ser… Permitámosle que tenga razón, que nos injurie y nos abomine si eso lo desahoga. A los nadaístas no nos disminuye su parroquial grandeza. Apliquémosle los santos óleos y que sea inmortal. Él vive para la gloria literaria”.

La carta resume bien nuestra relación, pero Gonzalo extrae un corolario, y nos invita a estar vigilantes, a no dormirnos sobre nuestros pobres laureles de adormidera, a estar conscientes de nuestros límites, y sobre todo, a la lucidez de no consentir la literatura como el fin de la vida. Y pido perdón por la extensión de la cita y por la crueldad que emana, unida a una inmensa ternura por el amigo lejano, pero amigo a pesar de todo.

Manuel Mejía fue sobre todo un poeta apreciable, un gran poeta, puesto que fue capaz de escribir esta décima:
Llovían cielos nublados
por las selvas del Chocó;
llovía tanto, que yo
tuve los ojos mojados.
En esos tiempos llorados
nunca de llanto se hablaba
aunque la pena sobraba
con tan húmedo rigor,
que no sabía el amor
si llovía o si lloraba.

Eso me basta para querer a Manuel a pesar de lo que encontramos en él reprensible desde nuestra orilla del mundo, y nuestra orilla del tiempo.

 

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Un viaje en bici y en barco

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 149 Mayo de 2026

Giovanni Jiménez. Archivo particular.

El Fort Carillon fue un buque construido por Davie Shipbuilding & Repairing Co. El diseño y los planos se llevaron a cabo en 1940 y su construcción terminó el 5 de mayo de 1943, con chapas de acero reforzado, cabinas hasta para diez marineros y armamento mediano, el mundo vivía el horror de la Segunda Guerra Mundial.

En 1949 fue vendido a Acadia Overseas Freighters Ltd., Halifax. En 1950 fue renombrado Streatham Hill, al menos administrativamente, pero a causa de la guerra, jamás se le pintó el nuevo nombre, por lo que en las bitácoras de los puertos seguía llamándose Fort Carillon, en honor a la batalla de 1758 entre franceses y británicos, a orillas del lago Champlain, en la frontera entre Canadá y Nueva York. El pequeño buque de colores blanco y negro constaba de una bodega, dos escotillas, dos grúas y motores en la popa, con dimensiones de 130 por veintiséis pies. Realizó doscientos viajes en el servicio marítimo en el periodo de 1944 a 1966, cuando fue desguazado en Santander, España.

Más de 65 barcos de la compañía canadiense Davie Shipbuilding & Repairing fueron destruidos en el Atlántico entre 1939, año en el que Canadá le declaró la guerra a Alemania, y 1945. El Fort Carillon sobrevivió milagrosamente a varias minas y bombardeos: en más de una ocasión, a pesar de ser un buque mercante, fue usado para llevar víveres a los cientos de miles de soldados que estaban en el frente contra los nazis.

En abril de 1962, ese buque de bandera canadiense estaba atracado en el puerto de Santa Marta, en Colombia, listo para zarpar hacia Hamburgo, Alemania, cargado de alimentos y materiales de construcción. Como era un barco mercante, podía dejar espacio para unos cuantos pasajeros, que pagaban pequeñas sumas de dinero para cruzar el Atlántico.

Giovanni Jiménez, un medellinense próximo a cumplir 20 años, nacido en el barrio Altamira y habitante del barrio Boston, pues su casa era cercana a la Placita de Flórez, hacía parte de los viajeros del Fort Carillon, cuya tripulación era de apenas veinte marineros. El capitán, un canadiense de apellido Toussier, lo acomodó en un camarote aislado, pequeño y mohoso, por lo que Giovanni, cuyo único viaje en su vida había sido por tierra a Bogotá, prefirió mantenerse la mayor parte del tiempo en la proa, agazapado en un rincón junto a las barandas, atormentado por las náuseas y el dolor de estómago.

El viaje duró doce días hasta Hamburgo y, en ese trayecto, vomitó al menos veinte veces. No fue un viaje tranquilo. El mar todavía estaba cargado de minas y, aunque era verano, no faltaban las tormentas con sus olas gigantes y sus potentes vientos. En esos momentos, a Giovanni le tocaba resguardarse en su camarote, a merced de la fiebre y los mareos.

El médico a bordo tuvo que atenderlo todo el viaje y hasta le pidió al capitán que lo agrupara con los demás viajeros, pero fue imposible, nadie quería compartir con el enfermo. De modo que fue el médico el que terminó trasladando su equipaje para una cabina aledaña al camarote del antioqueño, ya que temía que se muriera por los vómitos o que el delirio de la fiebre lo llevara a tirarse por la borda.

¿Pero qué hacía en ese barco Giovanni Jiménez? ¿Un joven montañero, de tez trigueña, flaco y sin experiencia? Perseguía un sueño, quería ser ciclista, ganar carreras y, además, quería ser pionero. Cerca de su casa quedaba el taller de bicicletas de Víctor Betancur, un reconocido mecánico del ciclismo antioqueño. Allí iban todos los grandes del pedal, incluidos Ramón Hoyos, Hernán Medina, Cochise Rodríguez y el Ñato Suárez. Giovanni, que amaba las bicis, veía a todas esas estrellas desfilar por las calles de su barrio y se sentaba a escuchar sus historias en la acera del taller, calladito, como un niño en clase de geografía.

Otro sitio que frecuentaban los escarabajos era la carnicería Bandera Blanca, donde había trabajado Ramón Hoyos durante varios años, y también J. Enrique Ríos Calderón, amigo de infancia de Giovanni y ciclista en su época de juventud. J. Enrique, después de que Giovanni se fue para Europa en el Fort Carillon, ingresó a la Universidad de Antioquia para estudiar Economía y luego se convertiría en escritor y periodista.

En esos tiempos, comienzos de los años cincuenta, Medellín era una ciudad en constante transformación. El ciclismo estaba de moda y en el Centro de la ciudad era frecuente ver a ciudadanos de aquí para allá en sus ciclas. Giovanni estudiaba en El Sufragio, en todo el parque de Boston, y allá se mantenía un ingeniero alemán, Joachim Kautezky, quien frecuentaba el restaurante Manhattan para disfrutar de la comida, la música en vivo y las tertulias que allí se formaban.

A Giovanni, una tía le había regalado una bicicleta marca Raleigh, para que fuera a la escuela. El niño había obtenido excelentes calificaciones, así que su tía le había prometido un regalo para navidad, en 1951. El niño quería un acordeón, pero se decidió por la bicicleta.

Ese año se había corrido la Vuelta a Colombia por primera vez, y apellidos como Hoyos, Gil, Pintado, Forero y Beyaert eran famosos en los periódicos y la radio. Giovanni se enamoró de ese deporte y, aunque tenía 9 años, prometió convertirse en un escarabajo.

A los 13, en 1954, llevó su bicicleta donde Víctor Betancur, le cambió el manubrio y le quitó los guardabarros para poder competir como “turismero”. Ganó su primera carrera en la década del cincuenta, justo en los alrededores de Boston y Buenos Aires.

  1. Enrique Ríos, su gran amigo, también adquirió una bici, dispuesto a competir en las carreras juveniles de la época, junto a Giovanni. Ambos fueron subiendo escalones en el mundo del pedal al lado de grandes nombres como Raúl Mesa, Hugo Cuartas, Mario ‘Papaya’ Vanegas, Asdrúbal Salazar, Hernán Herrón, Gustavo Vásquez y Hugo Escobar. En 1961, Giovanni logró el título nacional del kilómetro contra el reloj, y a comienzos de 1962, repitió la hazaña.

Giovanni trabajaba como vendedor de la empresa Siemens, en la cual el alemán Kautezky era ingeniero. Nunca se habían visto en Boston, pero en la empresa se hicieron amigos y fue el teutón quien lo animó a irse para Europa.

“Tienes mucha potencia, te iría bien en Europa. Allá, en verano y en primavera, hay unas carreras planas, de muchos kilómetros, que se corren a través de pantanos y calles adoquinadas. Se les llama clásicas. A ti te iría bien en esas competencias”, le dijo Joachim, un enfermo por el ciclismo que tenía tres bicicletas en su casa.

Giovanni era un soñador, y la idea de embarcarse hacia lo desconocido, hacia la aventura, le hizo gracia. Por su labor en Siemens se había ido a vivir a Bogotá, una ciudad fría, convulsa. No le gustó estar allí, tan lejos de su familia, de su barrio. Así que una tarde, sentado en una cafetería de la carrera Séptima, tomó la decisión y se fue para Santa Marta. Como el Ismael de Melville, empacó lo que pudo en una sola maleta y se echó a la mar.

Dejó su aldea atrás, su Medellín, su Centro, ávido por conocer el mundo, el universo del ciclismo.

En el barco, tras una semana de fiebres, mareos y vómitos, logró recuperarse y los días finales de la travesía los gozó en la proa, junto a los demás viajeros. El Fort Carillon paró en el puerto de Hamburgo, el Tor zur Welt (Puerta al mundo), a mediados de abril. El clima era fresco. Varios de los viajeros se bajaron allí y corrieron al mercado Speicherstadt. Giovanni también bajó, pero no se alejó del puerto. Tan solo deambuló por el malecón del río Elba, respiró el aire marinado, una extraña mezcla de metal y pescado. Tras un par de horas de contemplar los alrededores, volvió al barco, su idea era seguir hasta Múnich, aunque su destino final era Colonia, la ciudad de las bicicletas.

El capitán se sentó a su lado en la proa y le dijo: “Colombiano, acá debes bajarte. Para ir a Múnich debes tomar un ferri. Mi barco va de regreso a Halifax, Canadá”.

El ferri salía al día siguiente, así que Giovanni buscó un hotel económico. Sus deseos de conocer y conquistar el mundo del ciclismo no se habían reducido en lo más mínimo pese al tormentoso viaje. Además, le vino bien el descanso en tierra firme, en una cama fresca, con sábanas limpias. Era joven, fuerte, sano, de modo que, cuando despertó, estaba como nuevo.

Solo un par de meses le bastaron para darse cuenta de que en Múnich no iba a encontrar equipo o patrocinador. Necesitaba seguir hacia Colonia, pero lo detuvo el inverno, un durísimo invierno, y ya no pudo hacer nada. Fueron cinco meses de nieve, de soledad, de escasez. Era casi imposible comunicarse con su familia, y tampoco podía salir a entrenar o a buscar trabajo. Todos sus ahorros se acabaron en esa ciudad, en el encierro.

A pesar de todos los tropiezos, Giovanni Jiménez no se amilanó y siguió aferrado a su sueño, resistió como pudo el hambre, el invierno y la nostalgia. Se entretuvo aprendiendo alemán e inglés. Le habían rentado una habitación con desayuno y cena, a un precio módico, en una Alemania que todavía estaba recuperándose de la guerra.

Cuando volvió el verano, Giovanni consiguió un trabajo como obrero en los ferrocarriles, pero un par de meses después se fue para Colonia, porque debía recuperar el tiempo perdido. En esa ciudad encontró trabajo como mecánico y un día, en un cartel, se enteró de una competencia de pista en el velódromo Müngersdorf. El cartel estaba por todas partes, pero no especificaba la dirección, o quizás él no la entendía. Lo que si vio fue un nombre. El organizador del evento era presidente de un club de ciclismo. Ese descubrimiento alegró al paisa, quien se puso como objetivo, en el corto plazo, conocer a ese hombre y contarle su historia.

En 1965 lo conoció y le contó que era colombiano. El señor se asustó porque jamás había escuchado hablar del ciclismo colombiano, ni de Colombia en realidad. Giovanni, en ese momento, entendió que la única forma de convencerlo era sobre la bicicleta, así que le pidió una prueba. El alemán aceptó y, tras ver correr al colombiano, lo aceptó en su club, pero debía conseguir una licencia de la Unión Ciclística Internacional (UCI), un trámite que podía tardarse siete meses.

Hizo las vueltas para la licencia, pero no se quedó con los brazos cruzados. Se inscribió en varias carreras de aficionados de setenta, ochenta y cien kilómetros, y acumuló tantas victorias que se convirtió en el líder de su equipo. Aprendió que tranvía se decía tram, en alemán, y que ciclismo se decía radfahren.

En sus ratos libres caminaba por las orillas del Rin o se iba en bicicleta hasta la Kölner Dom, la famosa catedral. Oraba por su familia, por su lejana Colombia y volvía a concentrarse en las bielas.

En Medellín había dejado un amor, una jovencita de 17 años que lo añoraba, pero era claro que jamás volvería a verla. Sus prioridades, en todo caso, no eran sentimentales.

Gracias a sus triunfos, su nombre cobró relativa fama en Alemania y, durante una competencia en el velódromo, conoció a Emile van Ruymbeke, un militar belga ya retirado que amaba las clásicas. Se saludaron y se hicieron amigos. Van Ruymbeke sí conocía Colombia, y le ofreció a Giovanni llevarlo a su país, para que corriera las clásicas del norte, las de Flandes.

“La lluvia, el viento, el polvo, la velocidad. No sabes de lo que te pierdes”, le dijo el viejo militar a Jiménez, quien ya tenía en sus planes salir de Alemania, por lo que convencerlo de irse a Bruselas no fue difícil.

Emile lo instaló en Ruisbroek, un pequeño pueblo muy cerca de Bruselas. Lo alojó en su propia casa y le presentó a su familia. Era 1968, ya eran seis años en Europa y Giovanni no había dado el salto al profesionalismo, así que el traslado a Bélgica era su última oportunidad o, de lo contrario, volvería a Colombia.

Su nuevo amigo y benefactor lo inscribió en el equipo Ruisbroek Sportief Cycling, cuyo presidente era Camille Berghmans, un exciclista que fue determinante en la carrera del colombiano. Lo cuidó, lo mimó, le enseñó todo lo que necesitaba saber sobre ese ciclismo tan diferente al suyo. Y sí, también le presentó a su hija, Yolande, una joven de ojos verdes. Fue amor a primera vista. Se hicieron novios, luego esposos y, finalmente, compañeros para toda la vida.

Después del duro viaje en barco, después del fuerte invierno y la falta de oportunidades, a Giovanni Jiménez le llegó la primavera. Su vida cambió y su carrera profesional, por fin, inició en Bélgica, en 1968. Cumplió su sueño de ir a Europa y ser el primer ciclista colombiano en ese continente. Era un pionero.

Aprendió alemán, francés, flamenco y hasta inglés. Ganó carreras de provincia y una que otra con presencia de ciclistas de otros países, y su nombre se convirtió en un rumor, en una suerte de leyenda urbana. Le decían “el que no se rinde”, “el que vino del otro lado del mundo”, “el que gana con su corazón”.

El 11 de mayo de 1968, Giovanni Jiménez, el vecino de la Placita de Flórez, ganó su primera carrera en Bélgica, en Mouscron. Ese día venció, increíblemente, al legendario Walter Planckaert.

Durante la carrera, Jiménez se desprendió del lote con facilidad y solo Planckaert pudo seguirlo. Tras más de cincuenta kilómetros en punta, el belga le dijo al antioqueño: “Oye, vas mejor que yo, eres muy bueno. Déjame ayudarte y me conformaré con el segundo lugar”. El paisa aceptó el trato y los dos cruzaron la meta casi hombro a hombro. “La furia colombiana”, tituló al día siguiente un periódico flamenco en su crónica principal.

Esa victoria le permitió, ese mismo año, firmar su primer contrato profesional con el poderoso equipo Mann-Grundig, donde fue compañero de otra bestia, Herman van Springel, ganador ese año del Het Volk y el Giro de Lombardía, y segundo del Tour de Francia.

Su debut como profesional fue el 31 de julio de 1968, en Malle, cerca de Amberes. Quedó octavo, nada mal para un principiante que acababa de cumplir 26 años.

Se quedó dos años en el Mann-Grundig y luego pasó al Goldor-Fryns, con esposa a bordo. También estuvo en el Alsaver-Jeunet-De Gribaldy y en el mítico Splendor. Ganó carreras en Amberes y en Kruibeke y, en 1971, no solo fue el primer colombiano en la clásica Amstel Gold Race, sino que representó a Colombia en el Campeonato Mundial de Mendrisio, Suiza. Fue un evento brutal, salvaje, por las condiciones climáticas, en el que venció Eddy Merckx. Giovanni terminó en la casilla 33, entre 93 pedalistas.

Jiménez fue también el primer colombiano en correr y terminar la Gent-Wevelgem (1972, 90º), Het Volk (1972, 68º) y el Tour de Flandes (1973, 32º). También tomó la salida en el Infierno del Norte, la París-Roubaix, pero en este caso no fue capaz de llegar hasta el velódromo.

Otro hito de este Odiseo del parque de Boston fue su participación, también como pionero, en la Vuelta a España de 1974, con el equipo BIC, cuyo líder era Luis Ocaña y en el que también estaban Jan Janssen y Jean Marie Leblanc. Hizo lo que pudo, fue un excelente gregario, y finalmente se ubicó en la casilla 74 de la general, entre más de cien ciclistas.

Giovanni, en su aventura por Europa, se codeó con los mejores de todos los tiempos, incluyendo a Eddy Merckx, Felice Gimondi, Francesco Moser, Roger de Vlaeminck, Raymond Poulidor y Joop Zoetemelk. Disputó tres mundiales de ruta para profesionales, en Mendrisio, San Cristóbal y Leicester, en representación de Colombia; dos Vueltas a España —que no terminó—, una Vuelta al País Vasco y decenas de clásicas.

Fue el pionero. Y lo hizo de una manera única, al encontrar el lugar ideal, la región de Flandes en Bélgica, donde el ciclismo es tan venerado como en ninguna otra parte del mundo. Jiménez estuvo como profesional trece temporadas, desde 1968 hasta 1979, cuando se retiró. Vistió las camisetas de ocho escuadras y en su paso por aquel país ganó siete carreras, obtuvo trece segundos lugares e igual número de terceros puestos. Una historia de leyenda.

Giovanni Jiménez está próximo a cumplir 84 años y todavía recuerda aquel viaje en el Fort Carillon donde todo comenzó. Viajó como grumete, desde el Centro de Medellín hasta el centro del universo.

Giovanni Jiménez vistiendo el maillot del equipo BIC. Archivo particular.

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El monologuista involuntario

por ÁLEX JIMÉNEZ • Ilustración de Buziraco

Número 149 Mayo de 2026

Es lógico que casi todo lo mío
sea una indiferencia hacia todo lo de afuera,
porque todo me va es por dentro.

Mario Escobar Velásquez, Diario de un escritor

Un hombre que vive con la convicción de que escribe libros grandiosos los ha visto rechazados, uno tras otro, por el ecosistema literario. Inventa una editorial para publicarlos de su propio bolsillo. Oficia de autor, editor, publicista, distribuidor. Escribe solapas elogiosas y premonitorias donde anuncia los éxitos publicados y los que ha de publicar. En algún prólogo da las gracias a “todos en la editorial”. Aprovecha los talleres de escritura que dirige para vender esos libros entre sus aprendices, a veces con cómodas cuotas de pago. Explica en qué consiste la maestría usando ejemplos de su propia obra. No se le ocurre que no pueda tener razón, ni concibe discrepancias dignas de ser oídas. Existe incluso el rumor de que se ha ido a los puños con pupilos abjurados. Sus novelas y cuentos a menudo contradicen lo que él preconiza sobre la buena literatura.

Sé que algunas personas hubieran querido hacer esta caricatura para cuestionar su grandeza. No es eso lo que busco en este ejercicio. Las objeciones que intentaré aquí no le harán un solo rasguño: si cuento con suerte, podrían ayudarnos a leerlo mejor. Ese hombre, Mario Escobar Velásquez, mi héroe de juventud, fue uno de los padres literarios a los que tuve que matar, como conviene en toda vida que persiga un mínimo de hábitos saludables. Una sola vez tomé el valor necesario para acercarme y hablarle. Sobre ese desastre hablaré más adelante.

Don Mario (así le decíamos en clave reverencial mis amigos y yo) pensaba que nadie escribía como quería. “Cada quien escribe como es. Escribir es retratarse”. No sé si lo dijo con resignación o con orgullo. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, me parece acertada. Como la mayoría de sus observaciones en torno a la escritura, creo que no la llevó hasta las últimas consecuencias. De lo contrario, habría tomado decisiones que no entraran en conflicto con su carácter indomable, como hizo Fernando Vallejo al construir su obra en torno a su alter ego Fernando Vallejo. Mario Escobar no percibió que su personalidad iba en contravía de los preceptos que, se supone, hacen la buena literatura. Creía que los cuentos debían carecer de ripios: casi todos los suyos los tienen. Pensaba que las intenciones de una obra debían permanecer ocultas: a menudo las deja ver. Creía que los personajes no debían ser un calco del autor, pero casi todos los suyos lo son: no pareció notar que pensaban como él, sabían lo que él, abusaban de sus símiles, repetían sus aforismos, compartían su sintaxis enrevesada. Pese a todo, son creíbles porque su autor logra sentir como ellos. Es lo opuesto a Shakespeare, quien tenía la capacidad de ser muchas personas, pero se distanciaba de ellas a veces hasta la indiferencia. Aunque Mario Escobar no logra ser sus personajes, es capaz de sentir lo que sienten. Quizá por eso tenemos la impresión de que las historias en las que los animales son protagonistas constituyen su mejor trabajo: se limita a sentirlos, sin intentar hacerles el psicoanálisis que aplicó a sus humanos con el ingenuo entusiasmo de Stendhal en Rojo y Negro.

Sin embargo, ninguna de las objeciones que tengamos logra arruinarnos sus historias: es capaz de meternos en ellas, de ponerlas frente a nuestros ojos, de dárnoslas a probar, a palpar, a respirar. Creo que su gran enseñanza es la de no olvidar ninguno de los sentidos para obtener atmósferas muy vivas. Siempre consigue meternos dentro de un escenario para presenciar, oler, tocar los acontecimientos. Por esa razón decidí nunca volver a leer Con sabor a fierro, uno de sus mejores cuentos.

Si escribir es retratarse, entenderemos por qué su prosa no parece una declaración de individualidad, como cualquier estilo, sino una imposición enfática. Su ritmo es, por momentos, despectivo. No percibo una invitación musical para atravesar párrafos, sino el careo de un guapito: “Léame, si es tan verraco”. Baste como ejemplo esta frase tortuosa de Historias del Bosque Hondo: “Era una piedra de moler maíz, traída quién sabe de dónde, y cuándo, ahuecada por otras piedras a modo de cincel, y pulida por la ‘mano’, o sea la piedra, otra, que se adaptaba a esa concavidad y molía el maíz cocido”. Ninguna percepción estética es definitiva: entiendo que hay quienes disfrutan de estas zancadillas.

Antes de leer sus poemas, creí que don Mario tenía un oído duro. Después de leerlos, entendí que su sentido de musicalidad funcionaba bien. Sospecho entonces que pasa algo diferente. Una prosa fluida es tal vez la declaración de que creemos en la existencia del otro, o al menos de que no nos tiene sin cuidado. En su Diario, Mario Escobar lo dice con todas las letras: al escribir, no pensaba en un hipotético, casi imposible lector. Escribía lo que quería, como quería, y consideraba que los lectores debían amoldarse a él y a cada autor. Esa idea, atendible en dosis razonables, en su voz parece la elaboración compleja de un simple “de malas”. Hay obras que saben conversar: la de Marvel Moreno y Margaret Atwood son buenos ejemplos. Algunos poemas de Emily Dickinson me producen el sabor de un soliloquio, como si la desdichada escritora hubiera tenido el hábito de hablarse a sí misma en voz alta. A veces tengo la impresión de que Gabo, con el embrujo de su prosa encantadora, quiere venderme algo. La prosa de Mario Escobar, en cambio, es el monólogo pedregoso de un rumiante. Sin embargo, cuando un lector nuevo pasa el filtro del estilo autoritario y acepta el pacto impuesto, logra creer en lo que lee. Y la mayoría de las veces, lo agradece.

Aparte de músicos populares y una cita de Felix Mendelssohn, el único compositor que recuerdo mencionado por Mario Escobar Velásquez es Beethoven. No eligió al sublime y equilibrado Bach, al delicado Chopin, al sofisticado Debussy o a compositores disruptivos del siglo XX. Un hombre sensible, de trato difícil, de carácter fuerte, eligió a un romántico sensible, de trato difícil, de carácter fuerte. En su Diario dice esto: “La Quinta sinfonía de Beethoven me dice, y yo le entiendo, de un tránsito de una vida a otra”. También compara el final de un cuento suyo con el final que quiso darle de “sinfonía de Beethoven”. Y en uno de los poemas de Juan Sin Tierra habla de “la música enorme de Beethoven”. Creo que puedo relacionarlos de varias maneras. El adjetivo que usa para describir esa música, “enorme”, describe el amor de Mario Escobar por lo desmedido, lo expansivo: símiles en los que abundan dolores más fuertes que el aguijón de “diez mil abejorros”, soledades que muerden más duro que “mil lobos”; un lenguaje profuso que por momentos se antepone a la historia; el hábito de escribir novelas, una tras otra; el orgullo que le produce que no sean “esmirriadas de páginas”. Pero hay algo más. En una entrevista, Leonard Bernstein habla de Beethoven, de su armonía demasiado básica, de su ritmo predecible, de sus melodías monótonas. Esa pobreza de cada elemento individual funciona como un don divino cuando las partes se funden en su conjunto. Creo que con Mario Escobar ocurre algo así: las objeciones que he hecho de sus elementos sueltos son irrelevantes para el conjunto. Hay otro rasgo: Beethoven se puso en la mitad de su obra, como si quisiera decir “este soy yo: Beethoven”. Mario Escobar también lo hizo, no solo con su “trasunto” Alaín Calvo, sino también cuando creyó ser otros. Su obra podría leerse como un largo monólogo involuntario que tiende a la poesía. Lo que un autor hace a sus propias espaldas suele provocar burlas. Eso, sin embargo, no es suficiente para invalidar lo que logra. A nuestras espaldas ocurre la mitad de lo que somos.

Desde que escapó de su casa a los dieciséis años, Mario Escobar se dedicó a la ardua tarea de ser él mismo. Eso lo hace también en la mayoría de sus textos. Pero en los trabajos en los que no se cuidaba de reforzar el estilo que ya tenía, que ya era él, es más legible. Ejemplos de ese estilo menos enfático pueden estar en Marimonda, en su Diario, en los poemas de Juan Sin Tierra. Cuando comencé a escribir esta idea, pensé en comparar esa manía de mi maestro con la de alguien empeñado en pulir su respiración, algo absurdo en la cotidianidad, útil para unas pocas actividades específicas, como el yoga. Y entonces encontré este fragmento de su Diario: “Cuando me dormí no sospeché que mi cansado diafragma dejaría de funcionar con su dispositivo automático, y que yo tendría que practicar la respiración voluntaria. Me pasa, a veces”. No puedo dejar de pensar que lo uno tiene que ver con lo otro.

La característica en la que nunca flaquea Mario Escobar es en su extraordinario trabajo plástico: es un pintor incomparable. En este párrafo de su Diario, por ejemplo, logra de manera espontánea lo que muchos no lograremos jamás con la mejor voluntad: “La luz que en esta mañana entraba por la ventana la untaba muy singularmente. Su piel desnuda tenía alternados visos hermosos: de oro, de miel, de fuego, de níquel, de plata, de luna, de cobre rojizo ardiendo suave. La luz la inventaba en cada vez con un color distinto, y no sé cuál era más bello. En algo así como un cuarto de hora fue muchas y varias. Lo que hubiera dado por conservarlas a todas”.

En algunas páginas del Diario, Mario Escobar hace una lista de gratitud por las enseñanzas de sus maestros. No menciona a una sola mujer. Sin embargo, más adelante habla de las obras de mujeres que lo conmovieron hasta los huesos: Carmelina Soto, Meira del Mar, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik. Sus desplantes hacia lo femenino son de otro tipo: ideas de posesión, justificación de los celos, dominación. Sin embargo, si queremos ser justos, es importante matizar este punto. La fecha de nacimiento de Mario Escobar está más cerca del siglo XIX que del XXI. Los valores que heredó fueron los que hemos heredado de cientos de años de opresión femenina, pero más intensos. Vivió el siglo XX en un campo atrasado, empobrecido, durante sus primeros años de formación. Pese a todo, logró cuestionar las ideas que rodearon su crianza y la nuestra: la de la violencia como condición de masculinidad, la de la mujer como apéndice del hombre, la del homosexualismo como enfermedad. Si no llegó más lejos en esa ruta, fue porque la vida no le dio para más.

El tiempo depura nuestro trabajo. No sé cuáles de sus obras sobrevivirán a los años. Yo quisiera que el olvido perdonara a Gato, cuento inspirado en su amigo-gato Bazuco, hermoso a pesar de su injustificable frase final; los poemas de Juan Sin Tierra, que me permitieron ver a su autor de una manera diferente; Muy caribe está, donde vivimos la resistencia indígena en la selva contra los conquistadores; Diario de un escritor, que podría leerse como una obra experimental cuya fragmentación nos ofrece el sabor de un ser humano completo. Y la que más me ha conmovido, Marimonda, en la que nos hacemos amigos de un mono, sentimos que sus trabajos se ven justificados en su vida y acompañamos el llanto de belleza del hombre que contempla todo esto con ternura y asombro.

En una mañana del año 2004, un muchacho triste y tímido decidió acercarse a su ídolo. Lo había observado largamente en los pasillos universitarios, lo había visto caminar con parsimonia y acariciar las plantas que encontraba a su paso. Varias veces se había sentado cerca de él en un corredor y había interpretado los únicos compases que conocía de Asturias, de Isaac Albéniz, convencido de que su ídolo lo estaba escuchando. Esa mañana, el muchacho se acercó con un libro bajo el brazo y un fajo de papeles ocultos en el bolsillo de atrás. El libro se llamaba Muy caribe está. Pese a las advertencias de lo que podía pasar según las lecturas del Diario de un escritor, el muchacho, temblando y con las manos sudorosas, tomó el valor de pedirle a su maestro que le firmara ese ejemplar. La leyenda encarnada accedió. Mientras garabateaba una dedicatoria, Mario Escobar Velásquez me preguntó qué era lo que más me había gustado de la obra. Pensé en hablarle de la capacidad de meterme en cada situación, de sentir el coletazo del caimán enorme, el calor de la selva, la furia de los combates. Pero yo era inseguro y todo eso me pareció superfluo: me creí indigno. Decidí repetir el comentario que había hecho un amigo sobre lo interesante que le había parecido el personaje de Francisco Pizarro. Cuando lo dije, don Mario enfureció. Se despachó contra los conquistadores: los puteó profusamente de arriba abajo, de derecha a izquierda, al derecho y al revés. Me devolvió el libro contra el pecho. Rápidamente saqué los papeles que llevaba ocultos en el bolsillo de atrás y se los entregué. Eran la narración de un sueño que había tenido. Di las gracias y escapé. Desde ese momento, traté de que no me viera de nuevo. Por esa época tuve sueños a los que les di permiso para torcerme el destino. Este es el que narré en el texto:

Sentado en una patineta, bajé una pendiente a mucha velocidad. En dirección opuesta subía un mar de ratas que me saltaba a la cara. De alguna manera, logré escapar. De pronto me vi frente a un hombre enorme de barbuchas negras. Era Julio Cortázar. Me acerqué, emocionado, y lo besé. Cuando acabó el beso, volví a mirar. Ya no estaba Cortázar, sino el hombre de la espantosa portada que hizo Plaza y Janés de Un hombre llamado Todero, la segunda novela de Mario Escobar. Retomé el beso emocionado. Ese es, depurado por veinte años de olvido, el sueño que relaté de manera extensa en esas hojas cuyo destino espero seguir ignorando.

La grandeza le pertenece a la especie. El individuo acepta encarnarla o no, vivir o no las vicisitudes de ese destino. Mario Escobar Velásquez, tan repleto de defectos como cualquiera de nosotros, la aceptó. En la primera entrada de su Diario reflexiona al respecto, a partir de la parábola bíblica que concluye que muchos son los llamados y pocos los elegidos. Gracias a eso nos dejó páginas de belleza muy suyas. “La Belleza no me traicionó nunca”, dejó escrito. Más allá del lugar que tengamos o no en el podio inútil de la gloria, la literatura nos ayuda a ejercer nuestra humanidad, le da algún sentido a nuestras horas. Eso nos pone en la misma situación de Shakespeare, de Borges, de Yourcenar. Entonces su vida, nuestra vida, no es en vano.

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Con la cabeza levantada

por JUANGUI ROMERO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 148 Marzo de 2026

1

—Marta, ¿vos creés que naciste en el momento equivocado?

Ya llevábamos más de una hora conversando, habíamos terminado de desenrollar toda su vida futbolera —nada fácil, por cierto—, y se me ocurrió arrinconarla como hacen los periodistas de esos típicos programas de televisión en los que un jugador de otra época termina encarcelado en un primer plano imaginando que mereció más reconocimiento o más billete, como le sucede al delantero de moda.

Pero afortunadamente Marta Lida Arias Arango, una de las pioneras del fútbol femenino en Antioquia, agarró ese balón medio huevo y sin dejarlo caer lo mandó de media bolea bien lejos:

—No, yo no iba a ser ni Cata Usme, ni Yoreli Rincón. Y a mis 64 años de pura calle, ¿de qué me sirve imaginarme como una técnica famosa? A mí lo que me gustaba era dirigir. No, yo valoro todo el camino porque desde muy peladita me gané a pulso el derecho a jugar en las canchas de micro de Bello, así empecé. Así empezamos varias amigas que llegábamos temprano con un balón de básquet y al momentico sacábamos un Golty amarillo, y a jugar mientras nos gritaban de todo. ¿Y yo qué les decía? ¡Más maricas los que gritan y se esconden! Porque yo crecí en un matriarcado que nos enseñó que había que hacerse respetar.

—¿Y qué le viste de extraordinario al fútbol?

—No, como le pasa a cualquier niño, y hoy por fortuna a muchas niñas: me gustaba muchísimo llevar el balón con la cabeza levantada. Porque si usted no levanta la cabeza desde que empieza, la va a tener muy difícil. Yo siempre era atrás, con la cabeza arriba, organizando el equipo, me gustaba ser la técnica dentro de la cancha, mandar balones al espacio vacío. Y yo sé que la gente veía eso…

2

No es más que otra calle, dicen los fríos datos: la 57A entre la carrera Sucre y la Avenida Oriental. Pero Barbacoas es mucho más que eso. “Levantá un poquito la cabeza y pisá el balón”, le dice Juan Fernando Ospina mientras encuadra la foto. De lo quieta parece una estatua humana imitando a un maniquí de almacén deportivo. Son las seis de la tarde de un día de semana. Le pedimos que se vistiera así, y después, que se parara en mitad de la vía, que agarrara el balón con las manos para armar un par de piezas que evoquen los campeonatos de fútbol callejero que se jugaron hace más de treinta años en esta calle curva, con forma de bragueta, como algunos la describen.

Y entonces, ella desempolva en su cabeza una suerte de álbum tipo Panini, o mejor, varios álbumes en los que figuran muchos negocios de la zona y de distintas épocas —porque a ella le gusta proclamar que es una futbolista y ya también una lesbiana vieja guardia—. El Machete, El Paisa (después Noches Alteradas), Controversia, Milan’s Bar (después Planet), El Bar de Moe, Estación 57, El barcito de Luis, la Fonda Luna, Kanahan y Bilitis —el bar donde Marta vio por primera vez una película lésbica, la que justamente le dio el nombre al sitio— son lugares imprescindibles en la línea de tiempo de su vida y de la ciudad, donde muchos hombres y mujeres retiñeron a punta de pequeñas historias de amor las primeras letras de la sigla LGTBIQ+ cuando ya el siglo XXI se nos venía encima.

En esos álbumes, muchos de los nombres de esos bares son los mismos de los equipos, sus patrocinadores. Pero también podrían ocupar el espacio dedicado a las foticos de los estadios, porque en ellos la hinchada se ubicaba para seguir los partidos mientras disfrutaba de unas cervezas, unos aguardientes o unas copitas de cualquier otro licor.

3

¿Y por qué no hacen lo mismo en los barrios donde también están jugando fútbol a esta misma hora?, ¿les da miedo meterse en las calles donde juegan los pillos? Esas eran las arengas que recibía el único equipo que no era bien visto en esos torneos: el de los policías, que aparecían de repente para demostrar que su juego estaba pensado para evitar cualquier escándalo en la vía pública. Porque, para remate, la Catedral Metropolitana está a unos pocos pasos y los partidos se jugaban justo los días en que hay más misas: los domingos. “Pero siempre les quitamos alguna clientelita, porque no faltaron los que iban o salían de misa y se quedaban al ver el buen ambiente, aplaudiéndonos muchas veces junto a sus hijos y a sus hijas… Niñas por fin viendo que las mujeres también podíamos divertirnos y competir en ‘ese juego de varones’. Demás que después de eso, alguna le empezó a pedir balones al Niño Dios”.

Pero muy pronto todos los equipos le agarraron la vuelta al estilo del equipo policial… Todos contra ellos. Y como el fútbol es pura estrategia fue suficiente poner un par de campaneros en cada esquina para que las cosas pudieran volver a la falsa normalidad en cuestión de unos pocos segundos. La calle se abría de nuevo, los arcos, fabricados en PVC, exhibían ahora sus virtudes decorativas en cualquiera de los negocios, ¿y todas esas futbolistas? Sentadas como si nada en las aceras, a las entradas de los locales, bajándole a las pulsaciones, alguna de ellas recostada sobre el balón, ocultándolo, silenciándolo, mientras conversaban con la fanaticada. ¿Y los policías? Perdidos en la cancha.

Aunque vale anotar que también había futbolistas hombres, porque uno de los equipos más recordados se llamaba Mujeres Divinas y estaba integrado por gais y trans, quienes muchas veces jugaron de faldas corticas, pensando en levantar la tribuna, en celebrar de manera muy alegre cada gol: siempre bailando. Ni sus rivales dejaban de mirar cuando aparecían aquellas improvisadas coreografías, esos flashazos que todavía hoy parpadean en esta calle cuando a alguien se le ocurre volver a comentar alguna de esas pintorescas jugadas. ¡Porque recordar es reír!

4

Doris Ríos, la popular Fru-fru, que en paz descanse, era la Fifa. Ella lo había concebido todo desde El Paisa, ese negocio del que ya se dijo que pasó a llamarse Noches Alteradas, para buscar justamente con ingenio paisa que la zona no se apagara al finalizar las noches sabatinas, y que, incluso, no muriera tampoco en el amanecer dominical. Su idea era que los domingos también fueran alterados y dieran, además, algo de platica.

Marta ya llevaba un buen tiempo metida en el mundo del fútbol femenino en Antioquia, que por entonces andaba apenas gateando. “Había un torneo corto en el que participaban equipos de Rionegro, Sabaneta, Envigado, estaba la Universidad de Antioquia, y otros dos que se llamaban Nueva Generación y Desarrollo Sostenible, si no estoy mal… Yo jugaba en el de Itagüí, y muchas de esas jugadoras fueron las que llegaron a los torneos de Barbacoas”.

Y lo hicieron porque ella hacía tiempo trabajaba en la zona poniendo la música, atendiendo en la barra o meseriando en algunos de estos negocios, y era en ese momento una trabajadora del bar de Doris. Así las cosas, la jugadora ideal para fungir como la armadora de esos campeonatos, la todoterreno. Ella conseguía los equipos, definía la programación de cada fecha, era la planillera durante los encuentros, pitaba a veces y si estaba embalada se traía a su sobrino Jhony para que también supiera lo que era tener a las hinchadas ahí pegadas, literalmente respirándole en la nuca, unas barras bravas siempre dispuestas a gozárselo todo. “Nada, la gente lo quería mucho, y le pedía y le gritaban cosas como a cualquier árbitro, pero el ambiente era de pura camaradería, una fiesta de la diversidad. Aunque claro, todos los equipos querían ganar. Pero igual sabían que lo importante era parchar, y pa mayor aliciente estaba la marranada de cierre, que nunca faltó”.

Un gana-gana para todas porque así ella también les pudo conseguir “madrinas” a las jugadoras del equipo de Itagüí, al convencer a algunas de las clientas más pudientes de estos bares de aportar también algún dinero que les garantizara al menos los pasajes para llegar a los partidos. Las veían primero en Barbacoas y las acompañaban luego en los partidos de la liga. Puro fútbol parche.

5

Marta todavía conserva las tarjetas y el pito que se utilizaron en esos partidos. Quisiera tener un museo de esa época, o al menos más fotos, porque en su día a día siempre hay una imagen de aquellos años que la pone de nuevo a moverse sobre la arenilla o el pasto de todas esas canchas que recorrió, en las que aprendió a jugar con esos guayos que reemplazaron los tacones que utilizaba cuando era asesora de ventas del cementerio Jardines de la Fe.

Su incursión en las canchas grandes, su paso del micro al fútbol, se dio gracias a la combatividad que demostró en varios campeonatos callejeros de barrio, donde todavía las veían como una curiosidad apenas digna de introducir los partidos masculinos, de ser sus teloneros. Y fue después de uno de estos campeonatos relámpagos en el barrio Robledo Kennedy, cuando la invitaron a ser parte del equipo de fútbol de Itagüí. Para entonces Marta ya había tenido a Andrea, su única hija. Se había casado a los dieciséis, fue mamá a los dieciocho y se separó cuando tenía veintiuno, porque su madre fue la primera en remarcarle que nadie tiene por qué vivir en medio del maltrato. Una historia que prefiere llevar al terreno de los chistes al señalar que su matrimonio se vino abajo cuando se dio cuenta de que le gustaban más sus cuñadas que su marido. Con los años, su madre aceptó por fin su orientación sexual al reconocer en medio de su formación tradicionalista, de su catolicismo heredado, que no hacerlo era también maltrato.

6

De cierre de la conversa decidimos irnos a comer unas empanaditas a Maracaibo, se le nota cansada. Lleva varios días pintando una casa. Ahora se la rebusca de mil maneras, porque la pandemia la obligó a cerrar Ruta 69, un restaurante que había montado porque le fascina cocinar. Pero nada parece quitarle fuerzas. Gran parte de su tiempo lo invierte ahora en sacar adelante el trabajo de La Colectiva 69, creada para gestionar diversas iniciativas que reivindiquen a la comunidad LGTBIQ+ de la ciudad, y el fútbol es una herramienta muy valiosa en algunas de sus propuestas. Mientras comemos, Marta me recomienda un video de 2018 muy visto en las redes sociales. En este se ve a cinco jugadoras de la liga femenina de Jordania rodeando a una de sus rivales, para permitir que esta vuelva a ponerse el hiyab que se le cayó, en pleno partido, cuando intentaba eludir a dos de ellas. Se trata de un velo sin el que algunas mujeres musulmanas se sienten sumamente vulnerables, porque este da cuenta de la obediencia que han decidido profesar a su dios en todo momento.

Marta lo menciona mientras me comenta muy enojada que no puede creer que todavía se condene el fútbol femenino considerándolo un detonante del lesbianismo y no se hable, por ejemplo, de estas muestras de sororidad, que algo tendrán para decirnos en estos tiempos, me dice. Para ella, el crecimiento del fútbol practicado por mujeres se debe al invaluable aporte de las lesbianas; lo dice plenamente convencida al referir su empuje como minoría, al recordar todo lo que ella misma aguantó: “Había que ver, por ejemplo, a los hombres todos mironcitos cuando llegábamos a esas canchas y nos tocaba armar camerinos humanos, ahí en las tribunas porque no había ni baños. Unas paradas a los lados y otras adelante y atrás, para poder cambiarnos y salir a jugar. Nosotros en lo nuestro y ellos en cambio sintiendo que acosar a unas peladas era de hombres, que eso siempre es normal. Como normal les parecía darnos unos trofeos que traían un muñequito hombre y por ningún lado aludían al físico de las mujeres, como los de hoy”.

La suya fue una época de apodos: Queta, Arepa, Pachequito, Reblujo, Mino-Mino, la Totona. Y el de ella, que bien pudo haber sido la Mariscala o la Muralla, como suele bautizarse a los defensas centro, resultó ser Marta Tamales. La razón: fue a punta de estos envueltos que pagó su bachillerato y pudo también criar a su hija. Muchas veces se los vendía a los hinchas, que solían ser amigos o familiares de las mismas jugadoras; o también a estas, con las que terminaba convirtiendo los pospartidos en una especie de minipaseos al ponerse a jugar cartas y a comer tamales mientras veían y analizaban a sus próximas rivales. “Imaginate ese parche, cómo no voy a decir que esos fueron los días más felices de mi vida. Y pregúntele a cualquier mujer que haya guerriado con nosotras en esas canchas, rival o compañera, lesbiana o hetero, y te va a decir lo mismo, así no le hayamos sacado ni un peso a esto ni seamos, pero ni cinco de famosas. Pasamos bueno y pusimos a soñar a muchas, ¡le parece poquito!”.

7

“El deber ser de la mujer colombiana se construyó de acuerdo con un estereotipo de mujer burguesa blanqueada, en el que la práctica de un deporte de confrontación, como el fútbol, no cabía”, esto dice Gabriela Ardila Biela en su libro titulado A las patadas. Un recuento de la historia del fútbol de mujeres en Colombia desde 1949. Su investigación para demostrar que esta ha seguido una línea de discriminación intencionada parte de esa fecha porque según los registros de prensa, ese año en Barranquilla ya se hablaba de un cuadrangular de fútbol femenino en el que figuraban dos equipos llamados Las Sirenas de Caribe y Las Estrellas Gallegas. Y también en Cali se jugó un clásico entre el Deportivo Cali y el Boca Juniors, promovido por dos reinas de belleza: Carmen Arango y Clarita Domínguez al que asistieron catorce mil espectadores. ¡Público siempre han tenido! Y aunque apenas un año antes, en 1948, había comenzado oficialmente el campeonato profesional masculino, el de mujeres se demoró casi setenta años en arrancar. Nuestra liga profesional femenina comenzó apenas en 2017, el primer partido se jugó el 17 de febrero entre las chicas del Deportivo Pasto y las del Cortuluá.

Simón Murillo Melo

Juan Fernando Ramírez Arango

Alfonso Buitrago

Estefanía Carvajal

También con miedo, también con fuerza

por SIMÓN MURILLO MELO

Número 106 Mayo de 2019

Fotografía de Juan Fernando Ospina

Piedad es una maestra de primaria en sus cincuenta con una voz dulce de asperezas escondidas; hoy tiene una camisa de Pink Floyd escotada y tacones destapados. Un pelao de chaqueta llena de pines le viene a dejar unos cedés de su banda, Odio, para que los venda en su tienda: Rock and Roll.

—¿Me trajiste factura? —le dice Piedad.
—No, nada.
—¿Cómo que no, pirobo?
—Es que yo confío en usted.
—Es que no se trata de confianza. Es por tener la contaduría hecha, bobo.

Rock and Roll queda en el segundo piso del Centro Comercial Paseo de La Playa, un edificio de dos pisos en la esquina de La Playa con la Oriental, rodeado de hombres repartiendo volantes. Uno de ellos con crespos a lo Zarco persigue a una señora y le dice casi al oído: “Nos vamos a perforar, nos vamos a tatuar, pipas, narguilas, copas pa hacer el amor”. Es un resumen de lo que ocurre adentro: un sábado cualquiera el sitio zumba con las agujas de los tatuadores y parece que cada local está repleto.

En Rock and Roll no tatúan ni hacen piercings. Máscaras de películas de terror adornan las paredes, las acompañan sostenes de taches, colgantes, medias veladas negras repletas de patrones intrincados, camisetas de punk, de hardcore, de metal, de rock, zapatos de plataforma recubiertos en tartán, botas hasta la rodilla, arneses y objetos que no sé cómo se ponen y no estarían fuera de lugar en una tienda sadomasoquista. Lo atienden las hermanas Castro, que son además el alma de Fértil Miseria, una banda fundamental del punk antioqueño, la primera íntegramente compuesta por mujeres, cuando tocaba con ellas la fallecida Yolanda Molina.

Fértil suena a la Oriental, cuando el orín se combina con el esmog y los pitidos de los carros no tienen fin y los edificios se tragan el sol:

Amarillo encabeza
la gran farsa
Azul el cielo
Rojo la muerte
van a adorar
a la bandera
negro es el color
de la bandera
sucio es el color
de la bandera (…).

Vicky es la que canta y escribe las letras. Es pequeña y tiene la cabeza casi rapada y entre los pocos pelos claros y las canas se alcanza a ver un tatuaje que le cubre todo el cráneo. En los brazos hay muchos más, entre ellos una esvástica negada; su cuerpo, un testamento de horrores y resistencia en el siglo XX. “La ropa no lo hace a uno, pero mientras más roquera me vista mejor me siento”, y habla del visaje de “un bobo hijueputa con una cresta o una cadena pero que no sabe nada”. Ella fue la primera mujer vocalista de una banda de punk, posiblemente la primera roquera en liderar una: Crimen Impune.

En los años ochenta había muy pocas mujeres en el rock en Medellín y las miraban por encima. “No nos decían casposas porque llevábamos mucho tiempo en la escena y sabían que amábamos el rock. Todos decían: cómo será el descache de esas viejas, y por eso iban a vernos al principio. Cuando tocamos las primeras veces, siempre era en piezas y techos con bandas amigas. En Castilla, Manrique, Envigado, basureros, donde fuera”.

Vicky trabajaba en Mimos y Piedad, la bajista, estaba cansada de hacer fonomímicas: tocaban con guitarras de palo. “Trescientos, cuatrocientos roqueros en una terraza, poníamos el disco y nos disfrazábamos y hacíamos como si estuviéramos tocando. Nos daba mucha risa porque a veces la gente creía que estábamos tocando de verdad y yo les decía, ¡cómo pueden ser tan brutos!”.

Empezaron como un trío con Yolanda que murió de cáncer hace tres años; le pusieron a la banda Fértil Miseria por la abundancia de la tierra antioqueña para engendrar asesinatos, desplazamiento y pobreza. Yolanda tenía una tienda de discos para punkeros en el Paseo de La Playa y Piedad se la manejaba hasta que se cansó y decidieron cerrarla. Aprovechó el vacío y hace once años ya, montó Rock and Roll tras la huella de Yolanda: “ Yo quería que los roqueros tuvieran un lugar chimba al que ir”, dice.

Eran los años más duros del narcotráfico, en los que la violencia arrojaba miles de flores sangrientas en Medellín. El punk, un orgulloso hijo bastardo del rock tocado en garajes por amateurs, reggae, ritmos peruanos y el caos social, nació más o menos en 1978 en Inglaterra. El año del verano más caliente hasta el momento registrado por allá, cuando la inflación estaba disparada y el trabajo era escaso en los suburbios. Los orígenes musicales y estéticos del punk son difusos, retumban contra las puertas de las bodegas, en suburbios hastiados y en las entrañas de pelaos solos; inventando la blasfemia en bares de tercera. Su estética se unifica por la confrontación a la sociedad, a la música, al futuro: algunos andaban con agujas perforando las narices, cachetes y orejas, mujeres se vestían de hombres, hombres andaban con faldas, la ropa del colegio se podía convertir en una indumentaria militar para escandalizar a la madre, camisetas mostraban violaciones, esvásticas y fotografías obscenas, las banderas y símbolos patrios y religiosos eran controvertidos. Vivienne Westwood, la madre de lo que significa el punk llamó a su primera tienda Sex que después cambió de nombre a Les Seditionaries.

El punk era la estética de la amalgama y el caos que rehusaba cualquier cuartel. Un vacío en el entramado de la vida que se convertía en otra cosa. Westwood lo resumía como “vestimenta confrontacional”, el choque entre lo natural y lo construido: si era feo, era hermoso.

Aquí, el sonido y la estética del punk llegó tarde, en los albores de los años ochenta. “Cuando estábamos empezando no había ropa. Las camisetas pintadas con vinilo, todo de negro. Los taches, inmundos, los comprábamos en ferreterías, no había tiendas especializadas. En el ochenta y punta nos llegó de Estados Unidos a Vicky y a mí una camiseta original de Slayer y Destruction”, dice Piedad, “y todo el mundo nos paraba: ‘¡esas camisetas!’, llegábamos a un concierto y casi que no nos dejaban en paz. Y yo mandé dos pintadas para la USA y allá eran la sensación las pintadas de vinilo. Ellos querían las de aquí y nosotros queríamos las de allá. La ropa era mucho más agresiva que la de ahora. Nos poníamos taches en la muñeca. ¡No, eso era un tacherío ni el hijueputa! Y era lo único que había. Toda la ropa era hecha por nosotros”. Durante un tiempo usaron gabanes y una mezcla del vestuario pasado y moderno de los punkeros europeos; como la música, las pintas inevitablemente llegaban tarde.

La ropa cumplía aquí una función más explícita que para los punkeros del primer mundo: marcar territorio. Para muchos, el punk fue lo que salvó o intentó salvarles la vida cuando todo se hacía pedazos, decenas de jóvenes buscando baterías para empezar una banda. La creatividad, producto de la brutalidad medellinense, florecía. A finales de los ochenta y principios de los noventa Medellín era, como siempre, la primera en el mundo: desbordaba en bandas de rock y asesinatos. Su influencia creativa se extendió a la moda, la publicidad, la fotografía, el cine. Piedad se convirtió entonces en una influyente figura del fanzine y el periodismo musical, editando a punta de fotocopias las revistas Medellín Subterráneo y Nueva Fuerza.

Archivo Fértil Miseria

En los fanzines se escribía sobre el uso de napalm y los abusos del imperialismo gringo, entrevistaron a la banda sueca Raped Teenagers sobre el frío por allá arriba y a una banda local que les dijo sobre su producción: “Hasta el momento hemos vomitado ocho asquerosos temas y esperamos seguir haciendo más”. El estilo se convirtió en una forma de arte y de vida, el rechazo a todo con un largo y estilizado dedo medio sobre la sociedad que los parió.

El actual cantante de Mayhem, la influyente banda de black metal noruega (el anterior murió asesinado como parte de una oscura trama de suicidios, cuasicanibalismo y rituales satánicos), tiene un disco de Fértil que mostró en una entrevista, en la que dijo que el sonido de Colombia se parecía al de Noruega. “De una u otra manera la rabia de nosotros era la guerra, la música, el miedo, porque también con miedo se hace música. Y lo de ellos podría ser la soledad: tenerlo todo puede ser muy duro también”, opina Piedad.

En esos años se iban caminando a todas partes. Una amiga de las hermanas recuerda las subidas a pie hasta Santa Elena y las caminadas desde las comunas del norte hasta Envigado. Las acusaban de satanismo y les cerraban la puerta en la cara. Una vez la Kika, hombre de confianza de Pablo Escobar, se las encontró cuando subían a pie por Castilla y sacó el arma para matarlas, “por roqueras”, pero apareció una patrulla que les salvó la vida.

En una fiesta en Cristo Rey se fueron las hermanas Castro con un combo de punkeros. Iban a una casa desocupada con sus tesoros más preciados: discos carísimos de vinilo que llegaban de Europa y Estados Unidos. Entró una banda armada con pistolas y machetes, cerraron la puerta y los robaron. Después anunciaron que iban a violar a todas las mujeres. “Teníamos los gabanes y los hombres eran igual de peludos que las mujeres. Yo le dije a Vicky: parce, agache la cabeza y no la vaya a alzar ni por el putas. Y los hijos de puta dijeron: ‘hagan fila aquí los hombres’, y nosotros nos hicimos con los hombres y salimos. A las cinco mujeres que quedaron las violaron y las volvieron mierda. Eso fue una cosa que yo nunca olvidaré. Creo que Vicky y yo fuimos las únicas que nos escapamos”. La ciudad se partía en gritos y los barrios se dormían a punta de balas. Los punkeros se arrastraban por calles y esquinas como una mancha negra intentando gritar más fuerte que Medellín, en una espiral de muerte y violencia, de No Futuro, de presente infinito.

La música de Fértil es particularmente agresiva. El ritmo es veloz y la cacofonía de los instrumentos parece atacar la complacencia del oyente; las letras hablan de desplazados, atacan a los militares, a los policías, al Estado. Una de sus canciones más populares, Los generales, dura minuto y medio y termina así:

Honorables, honorables, honorables, generales
Honorables, honorables, honorables, gonorreas
Gonorreas, hijos de puta.

Otras tratan explícitamente de la muerte:

Instantes
de fríos envolventes
otro cuerpo está inerte
su mente esperará
es mi hijo, es mi hermano
no tenía que pasar
es muy joven, es mi amigo
nos tenía que dejar.

El punk puede leerse como un dadaísmo comprometido. Letras e imágenes crudas mezcladas con lo imposible para hablar de lo imposible. Dice Piedad: “Estoy absolutamente convencida de que esa agresividad en las letras y la música, y todo lo que hace a una banda como Fértil Miseria, es la consecuencia y la causa, además, de haber sufrido toda esa violencia”.

Piedad perdió la cuenta de sus muertos, y Vicky dice: “No hay necesidad ni de hablar de eso”. Crecieron en un barrio complicado. Vicky dijo en una entrevista que le ofrecieron plata para matar a un policía. A Juan, el guitarrista de la banda, lo metieron a un carro hace unos años y le dieron vueltas para intimidarlo: no te queremos ver más por acá, peludo. Cuando Piedad habla de su infancia se le quiebra la voz, normalmente dura y voluminosa: “He pasado hambre, maltrato por parte del padre, autoritarismo, me tocó aguantar hambre, viví en la calle veinte días. Mi papá nos maltrataba y nos iba a pegar con una tabla que tenía un clavo y salimos voladas… Creo que por eso amo tanto a mis estudiantes, porque sé lo que es ser como ellos”. Los estudiantes de Piedad, que se sorprenden cuando ella también toma aguapanela, son su orgullo: cuando habla de ellos, también llora.

El hijo de Vicky de diecinueve años vive con ella y estudia Diseño Gráfico. A veces, ella le dice al despedirse: “Cuídese, y de pronto nos vemos después”.

Y aunque hay problemas de plata, las hermanas se aferran. Son admiradas y la violencia ha podido ceder en sus vidas. Vicky revienta de orgullo cuando llega a los parches: le piden fotos, le dan picos; a Piedad se le arriman para decirle que es una berraca.

Los locales en el Paseo de La Playa tienen una clientela esquiva y esporádica. En pocos meses los locales cambian de dueños y ofertas. La mayoría del primer piso son propiedad de una mujer hare krishna que se expandió al negocio de los metaleros y punkeros. Tiene más de diez tiendas, todas idénticas: fila tras fila de camisas negras al lado de narguilas y piercings. En el segundo piso, Blacky’s store exhibe un maniquí con chaqueta de cuero, leggins de esqueleto, botas punkeras, todo al ritmo de Bruno Mars sonando por los altoparlantes, Cambios Trujillo’s cambia bolívares a pesos, y el local es solo una mesa colegial en una esquina, ni siquiera paredes de yeso.

Vicky está un poco arrepentida de no haber seguido trabajando en Mimos. Gente que empezó con ella ya es administradora o ha escalado en la cadena corporativa de la empresa, pero ella sigue teniendo problemas de plata. Hace poco le descubrieron varios problemas de rodilla, le duele y está empezando a caminar con una ligera cojera. No quiere hacerse operar, porque eso implicaría volver a operarse dentro de cinco, diez o quince años. Sus tatuajes y sus pantalones de cuero, la expresión feroz de siempre son una defensa ineficaz ante el cuerpo que se desgasta a fuerza de golpes y calle.

El equipo de fútbol en los torneos interclases de los alumnos de Piedad se llama La Piedad, porque los niños la quieren mucho aunque sea “fuerte”. Los regaña por sentarse mal y los hace quedarse más tiempo si no hicieron la tarea. “Usted tiene que ser alguien en la vida, porque yo ya tengo media pata en el cementerio, y es a ustedes a los que les toca cambiar este mundo tan asqueroso”. Habla de la descomposición social y critica a las familias colombianas, y por un momento suena como un político conservador: “¡Es que esos pelados andan en la calle a las once, doce de la noche, y a los papás no les importa!”.

 ¿Y vos no estabas en las mismas a esa edad? “No. Mi papá no nos dejaba. Teníamos que estar en la casa a las nueve de la noche”. Vicky la interrumpe: “Y llegábamos al otro día, nos daban unas pelas”.

Piedad no tiene hijos. “La chimba, tener un niño en este mundo tan gonorrea”. Sus arranques godos los puede descargar en la tienda, con sus estudiantes, en la banda.

Ella piensa que en algunos años puede cerrar la tienda, aunque no sabe qué hacer con Fértil. “Es un novio feo que nunca quiero dejar”. Detesta la vejez: “Es el estado más asqueroso del ser humano. Y por ese odio tan hijueputa que le tengo, seguro voy a llegar a vieja. Pero por ahí en unos diez años me voy con Vicky y unas amigas a una finca, un parchecito de viejos roqueros para ir a morirse”.

Este año cumplen treinta años juntas, la banda de punk más vieja de Antioquia, y tal vez de Colombia. En 2010 se presentaron ante más de treinta mil personas en Rock al Parque. A Piedad le dio diarrea. “Yo casi me muero: cagué tres veces. Ya después del tercer tema, muy bien, pero si me ponía a mirar al frente, me moría. Y se veía gente con banderas de Fértil Miseria. ¡Qué belleza!”. En el concierto, los pelados hicieron un pogo gigantesco, mientras Piedad, con una camiseta de Dead Kennedys y un bluyín negro pegado, voleaba la cabeza, y Vicky, vestida y con el aplomo de un general anarquista, se paraba con fuerza en un reflector, canalizando el odio y la esperanza de un público que se enredaba como un huracán. A ratos parecían cansadas y Vicky se arrodillaba a descansar. Pero un segundo más tarde ya estaba otra vez de pie gritando con la rabia de los años: ¡Gonorreas hijueputas!

Archivo Fértil Miseria