Cinco segundos
por SAÚL ÁLVAREZ LARA • Ilustración de Camila López
Número 64 Abril de 2015
El Cirrus fue restaurante y bar en la esquina de la calle Maracaibo con la avenida Juan del Corral, detrás del Hotel Nutibara, al inicio de la calle. Más arriba, sobre Maracaibo, estaban el cine Ópera y la Librería Aguirre, y dos cuadras más arriba, la Clínica Medellín y lo que acabó siendo la Avenida Oriental. En esos años, década del sesenta, no había metro, ni Plaza Botero, ni hombres estatua a la espera de una moneda para hacer el movimiento ensayado hasta la memoria. Estaban las palmeras de la Plazuela Nutibara que no parecen haber cambiado, ni crecido, ni desmejorado con los años, siguen iguales, menos en número por el paso del viaducto, pero iguales. Eso creo.
El Cirrus ofrecía en aquellos años lo que hoy se conoce como un corrientazo. Era un restaurante con almuerzo para empleados de la zona que en las noches pasaba a cabaret. Lo digo por la exhibición de botellas, adornos, luces y espejos del mostrador, y por el piano en el rincón más alejado de la puerta, la tarima pequeña que insinuaba el lugar del cantante y la pista, también pequeña, que sugería la posibilidad del baile. Nunca estuve allí de noche pero un cierto ambiente Casablanca se sentía en los rincones, mediterráneo, un poco. La penumbra, refrescante al medio día, llegaba hasta las cuatro o cinco puertas sobre la calle Maracaibo, abiertas pero con mesas de banca unida y espaldar alto que impedían la entrada. Los manteles siempre a cuadros, rojos y blancos, la vajilla blanca, las sillas y el resto de la madera azul; las paredes color ladrillo, eran con seguridad lo que contribuía al ambiente de otra parte. A la hora del almuerzo, en lugar de sopa era posible elegir espaguetis. ¿Espaguetis en lugar de sopa? A quién se le ocurriría algo así. También había salsas, boloñesa o napolitana. Lo que parecía una exageración, más tarde lo supe, era una costumbre italiana donde la pasta es una entrada y siempre va acompañada de otro plato: ossobuco, filete o lo que el chef proponga. En El Cirrus después de la pasta venía el seco: arroz, papas, carne y repollo o tomate picado.
Un detalle por fuera de la carta, si así lo pudiéramos llamar, sucedió en una de las puertas del Cirrus, la segunda cuando uno baja por la calle Maracaibo rumbo a la avenida Juan del Corral, un miércoles de septiembre a las 12:45 del día. A esa hora ya habíamos despachado los espaguetis acompañados con salsa napolitana y esperábamos el seco. Silvio, el mesero, estaba desbordado, el tumulto de la hora lo obligaba a ir de un lado para otro esquivando mesas y comensales con agilidad a prueba de obstáculos; había más gente que de costumbre y los choques de voces, cubiertos, platos y vasos tronaban entre las mesas. Silvio, malabarista en su salsa, llegó con el segundo plato a nuestra mesa.
Para quien baje por Maracaibo mi puesto era el más cercano a la calle en la mesa de la segunda puerta, de allí alcanzaba a ver la gente que subía y la espalda de quienes pasaban rumbo a la avenida. De repente algo enorme se abatió sobre mi plato en el momento mismo que Silvio lo dejó en la mesa frente a mí. Fue lo me quedó grabado en la memoria. Aquella fuerza inesperada, oscura y contundente hizo saltar arroces, hilachas de repollo y puré de papa en todas las direcciones. No tuve tiempo de ver el plato. Lo que quedó después de la ráfaga que lo azotó fue algo parecido a lo que deja un terremoto. Levanté la mirada asustado porque era posible que una réplica aún más fuerte se presentara y entonces vi la espalda desenfocada, oscura, casi negra, que se alejaba por la calle Maracaibo hacia abajo, rumbo a la esquina de la avenida Juan del Corral donde se detuvo para mirar el lugar de los hechos. Aunque sea con la mirada, siempre se regresa al lugar del crimen. Fueron unos segundos, cinco, diez, máximo quince. Desde la esquina, la silueta oscura, negra por la ropa desencajada y sucia, me miró con la picardía del triunfo en sus ojos y la carne que arrancó de mi plato a punto del primer mordisco. No fue la última vez que lo vi. En los más de veinte años que siguieron me crucé con él varias veces y aunque nunca se acordó de mí —no había razón—, yo no olvidé su figura.
Alcides, imagino que era su nombre, vivía en la calle, era un “desechable” aunque en la época de la carne del Cirrus, nadie los llamaba así, les decían mariguaneros o gamines. Con el tiempo, los cambios de moda, de lenguaje, de costumbres; con la aparición del narcotráfico, el terror y la violencia mafiosa, la gente de la calle quedó valiendo menos que nada y fue entonces cuando los comenzaron a llamar desechables. Volví a ver a Alcides más de doce años después del miércoles de la carne. El Cirrus había clausurado sus puertas. Me crucé con él en la misma calle Maracaibo dos cuadras más arriba del lugar del crimen, estaba igual, por lo menos su silueta parecía igual, flaco, alto, la expresión de la cara era la misma que ya había visto, fugaz, de mirada maliciosa. La ropa hubiera podido ser la que llevaba doce años antes, desencajada y negra por el mugre, estaba sentado sobre cartones en el piso al lado de la puerta de entrada a un edificio; venía de recostarse contra el muro de piedra amarilla pero su cuerpo no parecía en reposo, estaba alerta, quizá esperaba que algo o alguien llegara o pasara cerca, una presa o un enemigo. Recordé la mirada pícara, la cara de gozo con el pedazo de carne a punto del primer mordisco, era el mismo, a pesar de que la expectativa lo dominaba. Me pareció que entre el miércoles del Cirrus y ese momento, el tiempo se había detenido para él. Lo observé desde la esquina disimulado entre un vendedor de periódicos y un poste del alumbrado público. Recordé el día en que lo vi por primera vez y como en una película vi también pasar su sombra de terremoto.
Alcides apareció como un ancla en el tiempo, fue una sorpresa, en realidad nunca más lo había recordado, con seguridad a él también le habían pasado muchas cosas pero seguía siendo, por lo menos en aire y apariencia, el mismo.
Dejé la ciudad y lo perdí de vista de nuevo, cuando lo volví a ver, otro buen número de años había transcurrido y él seguía igual. Regresé a una Medellín que sí había cambiado, había crecido en habitantes, se había extendido hacia las laderas, era una ciudad donde todo parecía reciente y a veces sin terminar porque nada de lo que significara vestigios de historia o de pasado permanecía. Así desaparecieron calles, barrios, casas, en beneficio de una ciudad más moderna con el pasado enterrado debajo de grandes edificios y unidades residenciales, custodiadas por guardianes armados con escopetas que hacían la ronda y parecían cuidar el futuro. Lo vi un martes o un jueves en la mañana, temprano, en una época en que dos o tres veces al mes, en ocasiones una vez por semana, me encontraba para desayunar en Versalles de Junín, cerca del Parque de Bolívar, con Juan Diego, un amigo escritor que con paciencia escuchaba los argumentos de unos cuentos que iba a escribir, leía los ya escritos, hacía comentarios y estimulaba el paso del imaginario visual al escrito. Fue un jueves o un martes, no recuerdo exactamente el día porque durante esos meses, quizá un par de años, con frecuencia me crucé con Alcides, a veces antes, a veces después de los desayunos literarios. Nunca me miró. Nunca le hablé. Nunca supo que yo era el dueño de la carne aquella. Algunas veces le entregué unas monedas que recibía sin decir palabra.
Las últimas veces que lo vi, me pareció que seguía siendo el mismo solo que ya no era él quien acechaba, parecía convertido en presa. Nunca me crucé con él en un lugar distinto, siempre, desde el miércoles del Cirrus, hasta la última vez, Alcides frecuentó el mismo tramo de cuatro cuadras de la calle Maracaibo. Era su territorio. El tiempo en esa calle se detuvo durante los treinta años que duraron nuestros cruces. Para él, esos años debieron durar lo que duran cinco segundos.
*Cinco segundos hace parte de Con los ojos bien abiertos. Cuentos, coincidencias y serendipias.
Charlie encore
por RICARDO VARGAS POSADA
Número 62 Febrero de 2015
El 7 de enero de 2015, los hermanos Sherif y Said Kouachi, franceses de ascendencia argelina, ingresaron a la redacción del semanario satírico Charlie-Hebdo armados con rifles kalashnikov y asesinaron a doce personas. Cuatro de los caricaturistas más mordaces de Francia estaban entre las víctimas.
El mundo se conmocionó con la noticia. El hashtag Je suis Charlie inundó las redes sociales. Era fácil dejarse llevar por el furor del momento; más que justo, era perentorio elevar el lápiz simbólico que los extremistas pretendían acallar. Se repitió hasta el cansancio el manido mantra: “no estaré de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.
La policía tardó poco más de dos días en dar con los sospechosos. Los Kouachi se refugiaban en una litografía, en la pequeña población de Dammartin- en-Göele, a las afueras de París. Un centenar de policías rodearon el lugar. Hubo intercambio de disparos. Al parecer, tenían rehenes. El reportero Igor Sahiri, de la cadena BFMTV, logró ponerse en contacto telefónico con Sherif. El menor de los Kouachi hablaba con calma: dijo haber sido enviado por la célula de Al Qaeda en Yemen, reafirmó su papel como defensor del Profeta.
—Nosotros no asesinamos a mujeres. No somos como ustedes. Son ustedes los que asesinan niños musulmanes en Irak, Siria, Afganistán.
—Pero asesinaron ustedes a doce personas —dijo el periodista.
—Exactamente, hemos vengado —respondió Kouachi.
Poco después, ambos hermanos fueron dados de baja por la policía. Said tenía 34 años. Sherif, 32.
¿Libertad de expresión?
Ese mismo domingo, Francia presenció la mayor manifestación en su historia. Casi cuatro millones de personas se convocaron en todo el país con el fin de rechazar la masacre y reafirmar el derecho absoluto a la libertad de expresión consagrado en la constitución francesa. Fue una necesaria reivindicación del carácter laico de la república y de los valores que la sustentan. Fue vergonzoso, sin embargo, ver en la marcha a líderes de países con un amplio prontuario de violaciones de los Derechos Humanos: Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí; Sergei Lavrov, ministro de relaciones exteriores de Rusia; y Ahmed Davutoglu, primer ministro turco, entre otros, unieron sus manos y cantaron en favor de la libertad de expresión. Luego vino un momento de reflexión. Hubo quienes, silenciados en un primer momento por la dicotomía “eres Charlie o eres un defensor del terrorismo”, decidieron buscar un camino intermedio. Se preguntó por los límites a la libertad de expresión. Se habló del respeto a la dignidad del otro, tal y como lo consagra la constitución francesa. El Papa católico recordó las responsabilidades que conlleva el ejercicio de la libertad.
Poco después, el senado francés aprobó continuar participando de los ataques contra el Estado Islámico. El primer ministro, Manuel Valls, ordenó, además, el despliegue de tropas adicionales en sitios estratégicos de todo el país y redoblar los esfuerzos en la búsqueda de contenidos en internet que glorificaran los atentados. Al cabo de una semana, más de cincuenta individuos habían sido puestos bajo custodia por incitar al odio y al terrorismo en las redes sociales. Amnistía Internacional llamó la atención sobre cómo estas medidas ponían en riesgo el derecho a la intimidad y a la libre expresión.
Uno de los arrestos más sonados fue el del comediante francés Dieudonne M’bala M’bala por un comentario en su página de Facebook en el que decía sentirse como Charlie Coulibaly, un juego de palabras que hacía referencia a Charlie-Hebdo y a Amedy Coulibaly, autor de otro ataque terrorista, dos días después, en una tienda kosher donde murieron cuatro personas. Al comediante se le acusa de hacer apología del terrorismo y podría pasar hasta siete años en prisión.
La Jihad
Una semana después de los atentados, la célula de Al Qaeda en la Península Arábica difundió un video en el que se adjudicaba la autoría del atentado. Para entonces, los medios de comunicación ya habían filtrado información sobre la identidad de los asesinos. Se supo que al menos uno de los hermanos Kouachi había recibido entrenamiento militar en Yemen en 2011 y que ambos pertenecían a una red que enviaba personas a combatir al Medio Oriente. En 2005, Sherif había sido arrestado cuando se disponía a viajar a Irak a participar en la resistencia contra la invasión norteamericana. Pasó dieciocho meses en prisión.
Farid Benyettou fue el primer contacto que tuvieron los Kouachi con el islam radical. Trabajaba en la mezquita que los hermanos frecuentaban en un barrio de clase baja al nordeste de París. Corría el 2003. Benyettou hablaba continuamente de las guerras contra los musulmanes en Irak y en Afganistán, de la responsabilidad de los gobiernos de Occidente en las masacres de civiles en esos países, de la obligación que tenían de ir a hacer la jihad en Irak para defender a sus correligionarios.
El término jihad suele traducirse como “guerra santa”, pero sería más apropiado traducirlo como “lucha”. En su acepción más compleja, habla de esa guerra interior que el individuo tiene continuamente consigo mismo en su proceso de crecimiento personal. Esa es la jihad mayor; la más importante, donde se confronta al enemigo más difícil. Pero existe también la jihad menor, volcada hacia afuera, con los otros, el espacio donde corresponde defender y difundir el islam. Esto puede hacerse de muchas formas, la violencia es una de ellas, pero debe ser sancionada por una autoridad religiosa competente y no es común que esto suceda. La particular interpretación del Corán con la que los musulmanes radicales justifican su violencia es rechazada por la amplia mayoría de teólogos en el mundo islámico.
Con un grupo de seguidores, entre los que se encontraban los hermanos Kouachi, Benyettou empezó a realizar prácticas militares en el parque de Buttes- Chaumont. En ese entonces, ya las autoridades tenían pleno conocimiento de sus actividades. Incluso, Sherif participó en un documental que la cadena TV5 grabó sobre el creciente islamismo en los barrios pobres de París.
Contrario a lo que suele pensarse, islamismo y jihadismo no son lo mismo. El islamismo es una interpretación política radical del islam, pero no es necesariamente violenta. El jihadismo, en cambio, es violento por antonomasia. La gran mayoría de los musulmanes en el mundo no son ni lo uno ni lo otro. Lo anterior parece una obviedad, pero un error común entre los analistas está en tratar de entender a una comunidad de más de mil millones de personas como un todo monolítico en el cual las características más censurables de unos pocos son entendidas como prácticas cotidianas de todos. El islam es también una religión de paz y tolerancia: el mensaje del sufismo, su corriente mística, es un sofisticado ejemplo de ello.
La cárcel
En 2005, atizados por los excesos de los soldados estadounidenses en la prisión de Abu Ghraib, y sin mayores perspectivas laborales en Francia, Benyettou y Sherif Kouachi decidieron viajar a Irak a combatir. Pero poco antes de abordar el avión, ambos fueron arrestados y condenados a seis años de prisión por terrorismo. Fueron enviados a Fleury-Mérgois, la cárcel más grande de Europa, a las afueras de París, donde se hacinan más de cuatro mil reclusos en precarias condiciones. Fue allí donde Sherif Kouachi entró en contacto con otros potenciales jihadistas: Amedy Koullibaly, autor del atentado en el supermercado kosher, y Jamel Beghal, islamista radical franco-argelino, encarcelado por terrorismo, y que al parecer había planeado volar la embajada de Estados Unidos en París.
Las cárceles francesas, donde más de la mitad de la población es musulmana, se han convertido en un espacio ideal para difundir la ideología jihadista. El coordinador de imames en la prisión de Fleury-Mérgois, Abdelhak Eddouk confiesa que no hay suficientes clérigos para atender a los internos. Según él, los reos son presa fácil de las ideologías más radicales. La cárcel los confronta consigo mismos, los obliga a preguntarse quiénes son y para qué viven. Y el islam radical les ofrece respuestas.
Fenómeno mundial
Francia no es la excepción. En otros países de Europa, así como en Estados Unidos, Australia y Rusia, cientos de jóvenes escuchan el llamado de la jihad. Los señalamientos de los que han sido sujetos las minorías musulmanas han empujado a las nuevas generaciones a buscar un asidero y muchos de ellos lo encuentran en grupos radicales. Quilliam, un centro de pensamiento especializado en contra-extremismo, calcula en 2.580 el número de europeos combatiendo para el Estado Islámico en Irak y en Siria en 2014. El número de franceses que viajó a Irak a engrosar las filas del Estado Islámico aumentó en un 69 por ciento en el último año.
Sin duda, la exitosa campaña mediática del Estado Islámico tiene mucho que ver. Competentes en el uso del internet como ninguna otra organización terrorista en el pasado, han desarrollado aplicaciones para teléfonos inteligentes, creado su propio sistema de mensajería en línea y diseminado sus ideas de una manera muy atrayente.
Al Qaeda no se queda atrás. La revista Inspire es una publicación de propaganda jihadista en inglés que busca reclutar seguidores en países como Estados Unidos, Australia e Inglaterra. Su lenguaje es fresco, cercano a los jóvenes, su diseño impecable, con imágenes que invitan a la guerra y glorifican el martirio. La publicación empezó a editarse en 2010 y cuenta ya con catorce números. En su edición número 13, aparece una lista de diez “enemigos del islam”, y a su lado la frase: “una bala al día mantiene alejado al infiel”. El escritor Salman Rushdie, Flemming Rose, editor cultural del diario Jyllands Posten —que en 2005 publicó imágenes ofensivas del profeta Muhammad—, y Stéphan Charbonniere, más conocido como Charb, antiguo editor de Charlie- Hebdó, están en la lista.
¿Quién ganó con los atentados?
El principal ganador es, sin duda alguna, la industria armamentista, pues la estrategia de enfrentar la violencia con violencia garantiza el crecimiento del negocio. El fervor militarista está en alza y las compañías de defensa están facturando como nunca. La coalición ha llevado a cabo más de mil cuatrocientos ataques aéreos sobre Siria e Irak en los últimos seis meses, muchos de ellos con misiles Tomahawk, fabricados por la compañía Raytheon. Cada misil de estos vale 1.4 millones de dólares. Solamente el primer día de los bombardeos sobre el Estado Islámico se lanzaron 47. Otras compañías como Lockheed Martin, General Dynamics y Northrop Grumman, que también proveen arsenal a la coalición, han visto crecer el valor de sus acciones a niveles récord desde el comienzo de los bombardeos en agosto del año pasado.
Los gobiernos también ganan, pues aprovechan la indignación general para aumentar la vigilancia y el control de la población. No solo el gobierno francés; el primer ministro de Canadá, Stephen Harper, aprovechó el momento para presentar ante el congreso una nueva legislación que busca ampliar las facultades del servicio de espionaje canadiense e incrementar los poderes de la policía. Inglaterra también debate actualmente, sin mucha oposición, una drástica ley antiterrorista. En Francia gana el Front National, partido de extrema derecha, liderado por Marine Le Pen, que viene de obtener la más alta votación en las pasadas elecciones de mayo para el parlamento europeo. Seguramente sabrá aprovechar el miedo que se siente en amplios sectores del electorado de clase media tradicional y en las zonas rurales para aumentar sus posibilidades presidenciales en 2017.
¿Quién perdió?
Según el Observatorio sirio de Derechos Humanos, desde que los bombardeos de la coalición comenzaron en agosto del año pasado, han ocasionado la muerte a por lo menos cincuenta civiles. Hace poco más de un mes, el Pentágono aceptó por primera vez la posibilidad de víctimas inocentes en los ataques contra el Estado Islámico. A pesar de ello, una semana después de los atentados de París, la asamblea francesa votó de manera casi unánime por continuar apoyando los bombardeos liderados por los Estados Unidos. Ninguna iniciativa había tenido tanto consenso en la presente magistratura.
Los senadores franceses se dejan llevar por un ánimo de revancha. Pero tales decisiones obran un efecto contrario al esperado. Existe una relación directa entre las campañas militares de los gobiernos de Occidente en países musulmanes y la radicalización de los jóvenes musulmanes en todo el mundo. Ahí anida el germen del terrorismo. La formación de diferentes milicias jiihadistas y la multiplicación de atentados en los últimos años se nutre del rechazo que generan las guerras de la Otán en Afganistán y Paquistán, la invasión de Estados Unidos a Irak, los excesos cometidos por los soldados norteamericanos en la prisión de Abu Ghraib, la tortura sistemática de los internos en la cárcel de Guantánamo y otros centros de detención de la CIA en todo el mundo, así como de los bombardeos en Siria e Irak contra el Estado Islámico o los ataques con drones en países como Yemen y Somalia.
Todos, la sociedad en general, hemos perdido con esta masacre. Las religiones, los proyectos europeos de nación, los defensores de la democracia y de las libertades individuales. Pero, el principal perdedor es, en última instancia, el islam. Las cifras hablan por sí solas. De acuerdo con un informe del Centro internacional para el estudio de la radicalización y la violencia política, la gran mayoría de víctimas de ataques jihadistas son musulmanas. Solo en el mes de noviembre más de ochocientas personas fueron asesinadas en Nigeria y Afganistán, el 51 por ciento de las cuales eran civiles. Si se cuentan, además, los atentados en Yemen, Paquistán y Somalia, el número de muertes supera los cinco mil.
Los musulmanes que viven en Europa o Estados Unidos, muchos de ellos ciudadanos de segunda o tercera generación, verán aumentar la estigmatización social de la que ya son objeto. Esto, unido a la poca representación que tienen sus comunidades en los espacios del poder, afianzará, a la larga, las condiciones que permiten al jihadismo apelar a las nuevas generaciones de ciudadanos marginados que buscan algo en qué creer y lo encuentran en las antípodas de los principios fundamentales que las sociedades occidentales defienden.
Los sabores de Dolly
por DAVID E. GUZMÁN • Fotografía de Juan Fernando Ospina
Número 61 Noviembre de 2014
La rodaja se deshace en su boca como el manjar más exquisito. Mastica suave con los ojos cerrados y levanta la cabeza. Lo único que le falta es darse la bendición con la servilleta en la mano y dejar caer un par de granos de arroz con sangre cocida. Carlos traga y paga con premura. A pocos pasos lo espera un bus de Laureles al que pronto ensolvará con el aroma de dos libras de morcilla que acompañada con arepa será su cena y la de su familia.
Carlos trabaja en el edificio Gaspar de Rodas, ubicado sobre la avenida Oriental entre las calles Ayacucho y Colombia, el sector elegido por Maria Dolly para vender sus productos. Antes de abordar, Carlos dice que la morcilla de Dolly es la única que aceptan en su casa, sobre todo Maria Carolina, su hija médica. “Hace ocho años que le compro morcilla a Dolly, es muy limpia, muy bien hechecita”, cuenta el hombre mientras ve cómo tres señoras se le adelantan y se suben al bus.
Maria Dolly Suaza Ríos colonizó este punto en 1994 y desde entonces viene de lunes a sábado. A las seis de la tarde ya está al pie del Gaspar, sentada en un butaco casi al nivel del piso, rodeando con sus piernas una gran olla cargada con morcillas, buches y “cagaleras”; es tan pesada y voluminosa que dos vendedoras de fruta le ayudan a bajarla del taxi que siempre la trae desde su casa en Enciso.
Atraído por el tripaje generoso y humeante, un transeúnte se acerca y le echa un vistazo a la olla. Como el embutido artesanal es un producto que a veces genera dudas, Dolly siempre le ofrece al interesado una rodaja de prueba. Y a los compradores fijos también. Así es que ha enamorado a la clientela, porque después de probar la morcilla es imposible resistirse a llevar un buen pedazo. El transeúnte pide media libra, paga 2.500 pesos y sigue su camino.
Darío Larrea, frutero de cabeza blanca, le trae a Dolly media papaya envuelta en una bolsa. “Comé papayita”, le dice, y por ahí derecho se lleva dos libras de morcilla. Le queda debiendo seis mil pesos, pero Maria Dolly la tiene clara, “yo después se los cobro en fruta”. De repente hay cinco personas alrededor de la olla. Un señor compra un buche y una libra de rellena. “¿Cuántos comen ahí?”, pregunta uno de los que espera. “Mi señora y yo no más”, responde el señor con sonrisa pícara porque a simple vista parece mucha cena para dos. Odontólogos, asistentes, encorbatados salen del Gaspar de Rodas y mientras unos compran, otros saludan a Dolly con afecto. Vendedores ambulantes, obreros cansados, guardas de tránsito, gente que termina el día y otra que inicia la jornada nocturna: no pasan dos minutos sin que alguien esté probando o comprando morcilla.
***
Es lunes y hoy Maria Dolly no tiene gimnasia, a diferencia de los martes y los jueves. Está levantada desde las cinco y media de la mañana, ya despachó a su hijo, arregló la casa y ahora lava una tanda de ropa. Estas labores son bien conocidas para ella, pues desde los doce años hasta los 34 trabajó en casas de familia y en una empresa de aseo.
Allí, en este barrio de Robledo, Dolly se quedó sin empleo y le dio un giro a su vida. “Estaba muy aburrida, con tres hijos que mantener y una vecina me dijo ‘venga yo le enseño a trabajar’ y me enseñó a hacer morcilla. Al principio era muy duro, el menudo venía muy sucio, lavarlo era muy difícil”, recuerda Dolly, que empezó a vender en el cruce de Colombia con Cundinamarca antes de emigrar a la Oriental. “Tengo permiso de espacio público, lo conseguí porque tengo una hija especial con problema mental moderado”, Dolly mira a la puerta, su hermana acaba de llegar para ayudarle a preparar lo que venderá en la noche.
Veinte libras de morcilla, cinco buches y dos cagaleras -el último tramo del intestino grueso del cerdo- son las viandas a cocinar. Dolly desempaca y lava tres intestinos enteros, tres tripajes delgados y cinco buches. Con una varilla de hierro voltea las tripas para que el agua limpie hasta la última arruga. Aunque ya el menudo viene prelavado, Dolly nunca deja de pegarle una juagadita. Luego lo reposa durante horas en un balde de guineo licuado con cáscara. Después lo lava de nuevo y le echa piedra lumbre para que amarre y quede suavecito. Previamente ha cocinado y enfriado el arroz, y su hermana ha picado la cebolla de rama, los gordos y el cilantro. Todo lo revuelve en otro balde con ajo, comino y ocho litros de sangre licuada. Con ese guiso rellena las vísceras y las hierve en dos galones de agua durante 35 minutos. Tras dos horas y media de cocción, los manjares están listos para ser consumidos.
***
A las siete de la noche Dolly vende la última cagalera. La mujer que espera frente a la olla observa las manos de Dolly, enguantadas con bolsas, esculcando el tripaje hasta que pesca la presa. “Eavemaría, qué belleza”, exclama la cliente como si estuviera ante un ejemplar único. Dolly se la empaca y la mujer, de bombacho, se va arrastrando sus chanclas contra el baldosín. Han venido otros personajes como Jeison, un obrero que picó y echó pala todo el día en una obra en El Poblado; aunque Dolly lo mínimo que vende son dos mil pesos de morcilla, a veces entrega una porción por quinientos o mil pesos. “Hay gente más necesitada que uno, ahora estoy bien, pero me tocó muy duro, al principio tenía que subirme a los buses por la puerta de atrás y cocinaba a vela”, relata Dolly mientras vende otro buche por cinco mil pesos. Los otros tres quedarán para mañana.
Con pasos apurados llega doña Amparo, saluda con efusividad a Dolly y le pide dos libras de morcilla. Ya es poco lo que queda en la olla. Amparo madrugará mañana al batallón Bomboná y les llevará el almuerzo a sus dos hijos y a otros muchachos. “Lo único que cargamos los pobres es comida como un berraco”, dice Amparo, y guarda la rellena en el bolso. Esta misma noche la troceará y la meterá en cocas plásticas, acompañada de arepa, tajadas de maduro y papa cocida. Con casi todo vendido, Dolly llama al taxista, esta noche quiere dormir temprano. Mañana tiene gimnasia.
Etiquetas: comida , David Eufrasio Guzmán , Edición 61 , Juan Fernando Ospina
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