La reina de los mares

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 52 Febrero de 2014

Nuestro corresponsal en Brasil viajó seis meses antes para acostumbrarse al Brazuca. Y a la cachaza. Se reparte entre limpiar la piscina y podar el jardín de su rancho ardiente. La primera de nuestras ceremonias mundialistas está dedicada, con toda reverencia, al sincretismo entre dioses cristianos y africanos. Todo sea por una mala racha para Costa de Marfil.

Cientos de barquitos azules flotaron en el mar de Cidreira durante la noche del sábado primero de febrero y la madrugada del domingo. En su interior viajaban tarros de perfume, peinillas, espejos, labiales y dosis de champú. Iemanjá es vanidosa y golosa. Cocadas, merengues, trozos de sandía y empanadas de alga también hacían parte de las improvisadas tripulaciones. La noche era fresca y las pocas gotas de lluvia que caían sobre la playa parecían evaporarse con los juegos pirotécnicos.

Si los negros africanos hubieran llegado a Brasil por cuenta propia y no para trabajar como esclavos, Iemanjá sería aún más voluptuosa, de caderas amplias y tetas grandes, de piel morena y labios gruesos. Pero esta diosa tiene aspecto de virgen. Una virgen sin aureola, sin niño, sin tanto atuendo protector de la moral y las buenas costumbres. Solo lleva un largo vestido azul, prolongación del mar, con un escote sin complejos tan ceñido al cuerpo que resalta sus piernas y su cintura estrecha.

Iemanjá es resultado del sincretismo de Brasil. Si bien los esclavos africanos ponían en sus altares las divinidades de sus amos católicos y hacían la mímica de rezarles, en sus almas, el lugar al que los negreros no podían acceder, seguían adorando a sus propios dioses: Oxalá, Changó, Olorúm, Jemanjá. Tuvieron que pasar muchos años para que la esclavitud terminara. Luego, con la libertad a cuestas, surgieron religiones que fusionaron las creencias africanas con el catolicismo, como Umbanda o Candomblé, satanizadas y perseguidas por el Estado hasta mediados del siglo XX.

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Llevaba pocos días viviendo en Brasil cuando me enteré de que el dos de febrero era la fiesta de Nossa Senhora dos Navegantes, la celebración religiosa más importante y tradicional de Porto Alegre. Esta ciudad queda a una hora de Viamão, mi nuevo hogar desde que salí de Colombia a finales de diciembre. Sin dudarlo agendé para ese día un viaje a la capital de Río Grande del Sur. Era un buen motivo para conocer un poco la cultura y el agite del país que me acoge.

Mientras se acercaba la fecha, leí sobre el tema: los fundadores de Porto Alegre en 1742, portugueses provenientes de las islas Azores, consideraban a la madre de Jesús como la santa protectora de los mares. La imagen de Nuestra Señora de los Navegantes llegó a Porto Alegre en 1871. Era obra del escultor João Alfonso Lapa, quien tuvo que volver a hacerla en 1910 después de que un incendio la destruyera junto a la capilla de su mismo nombre; la reconstrucción de la iglesia estuvo a cargo de los devotos y la reinauguración se celebró tres años después.

La celebración consiste en una procesión de miles de personas que llevan a Nossa Senhora de una iglesia a otra, seguida de un desfile fluvial sobre las aguas del lago Guaíba. El obispo, el alcalde, el ejército a caballo, los feligreses, la fe, el bullicio. Imaginé cómo sería el calor y el sofoco ese dos de febrero, con temperaturas de cuarenta grados, mientras buscaba imágenes de la virgen de los navegantes. Una virgen católica, común y corriente, parada sobre una canoa inundada de flores, con un niño en sus brazos y tres ángeles a sus pies; de la mano del niño, que mira impávido una tempestad mortífera que solo él puede ver, cuelgan un cordel y un ancla.

Como si la pantalla del computador fuera el mismo mar, mientras veía esas imágenes de la virgen emergió la atractiva diosa Iemanjá. Apareció imponente con sus palmas abiertas dejando caer perlas al agua. No fue difícil reconocer el sincretismo entre estas dos santas. Tampoco cambiar la celebración católica por la africana. Ahora el paseo era a Cidreira, en el litoral, la ciudad más umbandista de Brasil. Los dos primeros días de febrero Cidreira se convierte en el epicentro de la adoración a Iemanjá, con procesión nocturna y rituales en la playa al son del fuego y los tambores. Las numerosas casas de religión de Umbanda prometían más diversión. Además, el mar siempre inclinará la balanza a favor.

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La primera estatua de Iemanjá que vimos en Cidreira era tan grande como nosotros. Parada en la acera, y un poco bisoja, invitaba a entrar a un local que vendía pequeños barcos azules con los cosméticos y la vitualla para ofrendarla. Cada embarcación costaba sesenta reales, unos 51 mil pesos. También vendían velas y pareos con la imagen de la diosa.

Llevábamos una hora buscando hospedaje, pero todo estaba ocupado. Habíamos llegado a las 10:30 de la mañana, después de esperar una hora en la autopista el bus que nos llevó de Viamão al litoral norte de Río Grande del Sur. El viaje fue lento, en medio de una larga cola en la que iban autos con gente vestida de blanco.

Rayando el mediodía por fin encontramos hospedaje a dos cuadras de la costa. El casal, es decir el casao, la pareja, valía 150 reales. En la recepción se destacaba una virgen negra acomodada sobre un escaparate. Luego de refrescarnos en la habitación, salimos a comer churrasco. A pesar de ser un pueblo costero, el hecho de estar en una región gaucha hace que se consuma más carne que pez. La cerveza en litro, que conserva su temperatura helada gracias al grueso termo con que la recubren, era el único medio para combatir el calor y acentuar nuestras expectativas: se calcula que en Brasil existen cinco millones de umbandistas, y su celebración más popular y difundida es la de Iemanjá.

A las 8:30 de la noche el cielo aún pertenecía al día. A esa hora arrancó la procesión, organizada por la Fauers (Federação Afro Umbandista Espiritualista do Estado do Rio Grande do Sul). Minutos antes habíamos llegado al punto de partida, una concha acústica en el centro de Cidreira. Una efigie de Iemanjá estaba montada en la plataforma de un moderno camión, y los feligreses, la mayoría mujeres, hacían su aparición con camisetas blancas, collares y ramos de flores. Algunas señoras mayores parecían disfrazadas de la diosa pero con turbantes. Por megáfono, uno de los organizadores explicó que la caminata iría hasta la Terminal Turística y ahí giraría hacia la playa.

Tres canciones pop dedicadas a Iemanjá sonaron a lo largo de los dos kilómetros de procesión. En lugar de tambores y cantos africanos, los feligreses aplaudían cuando el hombre del megáfono agradecía a la divinidad o la presencia de todos a pesar de la lluvia, una lluvia etérea que ni siquiera tenía posibilidad de apagar las velas que cada persona llevaba a la altura del pecho. Al principio eran unas cien, pero luego, cuando la gente agolpada a los lados de la avenida Mostardeiro se fue uniendo, la procesión alcanzó unas 300 personas. El ambiente parecía más católico que cualquier cosa y era imposible no sentirnos decepcionados.

A las 9:30 se veía ya la noche en el cielo estrellado. Un altar a la reina de los mares con veladoras y flores nos dio la bienvenida. Por una callejuela que desembocaba en la playa la procesión se empezó a confundir con el resto de gente. A lado y lado, las ventas de chuzos, longanizas, hamburguesas, helados, camisetas, estatuillas y artículos religiosos sugerían una atmósfera de carnaval. Atropellando el humo de las presas al carbón, el camión entró a la playa y parqueó en la zona que la Fauers tenía reservada para divulgar sus avisos parroquiales. Allí, un abanico de santos, entre ellos Jesús, San Miguel Arcángel, Oxóssi y la recién descendida Iemanjá, escoltaba a los líderes de la Federação. Un concejal, el alcalde y otros funcionarios esperaban su turno al megáfono. A juzgar por el protocolo y el tono de los discursos, el sincretismo también es político.

Ahuyentados por ese aire oficial decidimos ir a otro lugar. Cerca de la playa humedecida por el vaivén de las olas, tres personas arrodilladas cavaban un hueco en la arena para que la brisa no apagara las velas que iluminaban la ofrenda a Iemanjá. Estatuillas de Changó, Jesús y la misma diosa del mar ya estaban dentro de la goleta. Elaine da Silva Martins, umbandista hace doce años, nos contó que llevaron un barco con santos y otro para arrojar al mar con perfume, peines, aretes y labial. “Ella es muy vanidosa… Todos los años venimos aquí a Cidreira para esta celebración”.

Aunque el rugido del mar y el viento opacaban la conversación, ya de por sí difícil porque no dominamos el portugués, seguimos hablando con Elaine. “No le estoy pidiendo nada a Iemanjá, ni agradeciendo nada. Es nuestra ofrenda, es para cumplir nuestra obligación con ella”. Era bajita y morena y la brisa le alborotaba el pelo negro ensortijado. Nos contó sonriente que la Umbanda tiene origen nigeriano, “de los esclavos, es una religión de mucho sincretismo, nació aquí en Brasil y se extendió por otros países. ¿En Colombia no existe Umbanda?”.

Rosni Lemos, vestido de blanco de pies a cabeza como su esposa Elaine, vino hacia nosotros. La pareja es de Gravataí y no hace parte de ninguna casa de religión sino que practica libremente sus ritos. El hombre no fue tan sonriente pero se preocupó más porque entendiéramos; nos dijo que cada santo católico tiene su equivalente en la iglesia umbandista: “ellos tienen a San Jorge, nosotros tenemos a Ogum; ellos tienen a San Jerónimo, nosotros tenemos a Xangó; ellos a la virgen, nosotros a Iemanjá; Jesucristo, Oxalá”. Mientras hablábamos, su suegro moldeaba una muralla que rodeaba el hueco en la arena. “Los esclavos africanos adoraban a sus dioses pero aquí se encontraron con las creencias cristianas, entonces para poder adorar a sus orixas los transformaron o los fundieron con dioses que ya existían y que eran aprobados por sus amos”. Así fue que Iemanjá terminó “branquinha”.

***

Un sonido de tambores acompañado de cantos africanos viajó hasta la orilla del mar. El ritual de la Casa de Umbanda Ogum Beira Mar había empezado. En un costado del terreiro escogido y cercado con palos, tres muchachos hacían la música. Cantaban en yoruba, una lengua nigeriana. El rectángulo era un poco más grande que un ring de boxeo, con una salida en dirección al mar. El ritual era liderado por el Pai, o babalorixa, el gran jefe de la casa de religión; con una capa verde, fumando un tabaco de olor amargo, se paseaba por el terreno bendiciendo a los suyos. Los devotos bailaban en su puesto y bebían algo que parecía ron. Los médiums, que son devotos en proceso de convertirse en babalorixas, algunos con capas o cascos con penachos, seguían los pasos del Pai.

Los tambores eran cada vez más potentes y los cantos indescifrables no paraban. Con el paso de los minutos los participantes entraron en una especie de trance. Los bailes ahora tenían más movimiento. Entre todos se abrazaban, se olían las manos, se chocaban los antebrazos y se besaban las mejillas. El Pai se acercaba a cada devoto y parecía darle la orden de ir al mar; alguno de los médiums acompañaba al elegido a las aguas saladas para su encuentro con Iemanjá. Todos parecían poseídos por los dioses. Cuando regresaban del mar se tiraban durísimo contra la arena y el golpe producía un ruido sordo; luego se revolcaban frente al altar, adornado con ofrendas e imágenes sagradas.

Cada vez llegaba más gente. Las diferentes casas de religión, en grupos de entre diez y cincuenta personas, elegían su terreno y lo preparaban para sus ritos. A medianoche la playa era un hervidero. Según la prensa, diez mil personas entre umbandistas independientes, integrantes de casas de religión y público en general se hicieron presentes en este sector del litoral durante la celebración. Veleritos azules, comida, botellas de sidra, velas encendidas y artículos de belleza invadieron el mar y la playa. Ángela Gianpaolli, integrante de la casa de religión de Zé Pilintra, nos contó que la diferencia entre Umbanda y Candomblé es que esta última se celebra sobre todo en el nordeste del país, por ser una región con más influencia africana. Sobre la celebración a Iemanjá, dijo que cada templo hace lo suyo, y soltó su prédica: “yo no estoy de acuerdo con el tema de las ofrendas porque contaminan la playa. ¿Qué sentido tiene arrojar toda esa basura al mar y luego ir a bañarse allí?”.

A lo largo de la costa las casas de religión también ofrecieron sanación al público, y vimos filas de decenas de personas que esperaban ser atendidas, buscando claridad. Las ialorixas, o las Mai, y los guías o médiums, se paraban frente al paciente y en tres minutos de toqueteo y humo de tabaco limpiaban su mente y equilibraban sus emociones. Por la callejuela seguían llegando centenares de feligreses, con atuendos tan pintorescos que en un momento nos sentimos en una fiesta de disfraces elegantes donde sobresalían faldas esponjadas y coloridas. La venta de comidas, ropa y souvenirs fue creciendo, y el ambiente ardía en una mística que se apoderaba de todo.

Cuando fuimos a tomarnos una cerveza a la feria vimos un extraño animal sumergido en un plato; era como un pepino rugoso y poseído que no paraba de moverse. Su nariz puntiaguda salía a flote y hacía circular un juguete con forma de ojo. Los suyos eran negros, finos y redondos. Luego supimos que era una especie de camarón negro, un espécimen nativo que parecía traído del mar de los infiernos.

En la madrugada, antes de que saliera el sol, una mujer que se habría confundido con la noche si no hubiera llevado un vestido blanco cantaba sola mientras caminaba hacia el mar con los brazos abiertos. Detrás, cuatro devotas llevaban sobre sus cabezas un barco del tamaño de un ataúd infantil. Entraron despacio al mar y con el agua en la cintura impulsaron suavemente la embarcación llena de ofrendas, para que Iemanjá emergiera otra vez de las profundidades del océano, no para alertar con sus cantos a los navegantes incautos sino para ser complacida.

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Cientos de barquitos despedazados, trozos pisoteados de sandía, flores maltrechas, restos de comida y montones de basura plástica no impedían disfrutar de la playa de Cidreira durante la mañana del domingo dos de febrero. Mujeres y hombres se doraban bajo el fuerte sol. Mientras en la orilla del mar dos niños jugaban con un pedazo de madera azul, en algunos lugares de la playa aún se vivía la celebración. Unos participaban de la sanación, y una que otra casa de religión terminaba su ritual. La feria en la callejuela seguía en su furor pero ya no había rastros del camarón negro. En ese mismo punto había una venta de camisetas que la brisa sacudía; la hermosa reina del mar parecía viva, parecía llamarme con su serpenteo. Decidí entonces que en adelante Iemanjá iba a ser mi diosa. Ahora la llevaba estampada en el pecho.

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Raponazos en el gallinero

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías por el autor

Número 54 Abril de 2014

En cualquier momento vienen a pedirnos plata. Pero estamos preparados y tenemos un puñado de monedas en cada bolsillo. Ya hemos reconocido a varios pelaos que también estuvieron en Porto Alegre. El que más nos llama la atención es el gordito que salió en el noticiero uruguayo diciendo que la policía los había retenido y golpeado en la frontera con Brasil. Es de piel morena, ojos achinados y acento rolo; parece un Edgardo Román de veinte años. En el Arena de Gremio nos abordó dos veces sin darse cuenta, con el mismo discurso: “Parces, miren, nosotros llevamos meses viajando, acompañando al equipo, les queremos pedir solo una ayuda”. Hablaba enredado y con un convencimiento puro que su embriaguez no desvirtuaba. Esa noche, con un pedazo de plástico azul en la mano, negoció con uno de los tipos que cuidaba la tribuna. Le rogaba para que no les cobraran el asiento que habían quebrado. Eran patovicas macanudos vestidos de negro los que cuidaban el Arena, un estadio que bien podría recibir partidos del Mundial. El Ejército aguardaba en los bajos. Esta doble vigilancia y las normas de seguridad de un estadio moderno no impidieron que las barras hicieran daños y fueran contra las reglas. Pero la ley, esta vez privada, nunca los había tratado tan bien. Los vigilantes, pacientes, abordaron a los hinchas más alterados y dialogaron con ellos. Ante las advertencias y la posibilidad de que les cobraran, Edgardo prometió que no se pararían más en la silletería y pidió a los hinchas que se bajaran. Hicieron caso. La pelea que no pudieron ganar los patovicas fue la de la marihuana, pues a pesar de los constantes llamados para que no se fumara, siempre hubo algún sigiloso rascando moño y exhumando pipas.

Antes del pitazo inicial, cuando todo parecía bajo control, uno de los macancanes le preguntó en tono amistoso a dos hinchas: “¿Cual é a figura do Atlético?“. “¡El diez! Cardona”, “¡Medina!”, respondieron en simultánea.

Gremio–Nacional empezó y perdimos de vista a Edgardo. En ese momento no teníamos ni idea de que lo íbamos a ver días después en el noticiero mostrando los moretones que le dejó la policía fronteriza. Esa noche, con el tres-cero que sufrió el equipo, los ánimos se aplacaron y la hinchada, que tuvo que esperar triste media hora a que salieran los locales, caminó cabizbaja las interminables rampas y escaleras del estadio. Días atrás, cuando fueron a comprar las entradas, habían dejado ya sus huellas y escudos: “Policarpa D.C”, “La corte sur Bogotá-Nacional Jerson”.

***

Donde no vimos grafitis fue aquí en el Gran Parque Central, en Montevideo. En este barrio sencillo los muros ya están ocupados con leyendas del Nacional de Uruguay, más conocido como “El Bolso”, el rival de esta noche.

Siempre me imaginé el viento de Montevideo así de frío. Los descamisados tienen la piel de gallina, pero prefieren lucir sus tatuajes verdolagas en pecho y espalda antes que abrigarse con las chompas. Se pasean por la tribuna, se reconocen, se saludan, se ponen al día en sus hazañas, se toman fotos con el Gran Parque Central de fondo. Falta una hora para el partido y aún no vienen a ofrecernos pulseritas, ni camisetas, ni a pedirnos colaboración. Esto está cada vez más oscuro. La torre de iluminación está delante de nosotros y toda la luz se derrama exclusivamente sobre la cancha. Estamos en el típico gallinero detrás del arco. La misma boleta advierte en letra menuda: “En las gradas más bajas de esta localidad las condiciones de visibilidad no son óptimas”. Pero eso es lo de menos. Unos cien hinchas estamos a la espera de las emociones de un partido decisivo.

Hoy Edgardo no está embriagado pero sí exaltado; es el foco de atención de casi todos los grupos de hinchas, comenta del canazo y de la paliza en Chuy, pueblo uruguayo en la frontera con Brasil. Propenso a las carcajadas, de gafas oscuras y voz rasgada, definitivamente es uno de los líderes. Si la tribuna del Arena le quedaba grande y se vio obligado a negociar con los patovicas, en este pedazo de cemento se mueve como pez en el agua. Este estadio parece universitario y aunque muestra su mística, no es majestuoso ni genera esa sensación de que uno tiene cien cámaras encima. Apenas hay unos cuantos “robocops” sentados y separados por unas vallas, aburridos, sin mucho que cuidar; las posibilidades de pelea con hinchas de El Bolso son pocas y el humo agridulce en este país es legal. “¡Grande Pepe Mujica!”, grita alguien con el porro levantado y humeante. Este tipo de antesala se presta mucho para la recocha. Compatriotas reunidos en tierra ajena, al aire libre y unidos por una misma causa: alentar al equipo hasta que gane y aunque pierda. Una fiesta.

De pronto llegan a la tribuna dos señores bien vestidos y recién peinados, con camisetas originales del Nacional. Edgardo lo nota y va a saludarlos, a soltarles el discurso. Otros pelados se acercan a chocar esos cinco verdolagas. Ser hinchas del mismo equipo y estar a miles de kilómetros del país les da autoridad para saludar a quien sea y pedir la colaboración de rigor. Uno de los sujetos se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón, saca un billete de un dólar y se lo entrega a uno de los hinchas. Felicidad. No lo puede creer, lo levanta y lo mira contra la luz. ¡Un dólar! Al parecer los señores también vinieron preparados porque el otro repite el movimiento: mete la mano al bolsillo y saca otro billete para ligar a Edgardo.

Minutos más tarde es nuestro turno. Por un lado aparece Santiago con un tubo de cartón que simula una mano rodeada de pulseras rastas y de otros estilos. El pelo brota generoso de su cachucha y cae lacio en sus hombros. Es de Bogotá y tiene cara de niño. Nos cuenta que salió de Colombia en agosto del año pasado con dos amigos y aún no tienen planes de regresar. Han acompañado al Nacional en Copa Suramericana y Libertadores, y quieren estar en el Mundial. Viajan en camión y a veces pagan pasaje en bus. Viven de vender manillas, dulces, “lo que sea”. Pueden pasar semanas e incluso meses entre partido y partido. Están sometidos a un calendario que los puede poner a viajar de Lima a Sao Paulo en ocho días. Y casi siempre duermen donde los barristas de otros países, con quienes tienen contacto por Facebook.

“Los de Gremio nos prestaron dos casas para que durmiéramos todos. Los de Colo Colo y los de Alianza Lima en Perú nos han recibido. Con los de Banfield o Nueva Chicago en Buenos Aires siempre tenemos donde llegar; pero, por ejemplo, en Bogotá no nos la llevamos bien con la gente de Racing, y Los del Sur de Medellín sí la van bien con ellos, ahí es diferente”. Sobre los demás hinchas verdes, dice que son varios grupos los que viajan y unos llevan más tiempo que otros. En sus banderas está escrito el lugar de donde vienen: Ipiales, Bogotá, Armenia, Ibagué, Manizales. Hay algunas mujeres pero la mayoría son hombres. Mi ojímetro dice que ninguno pasa de los veinticinco años.

Pero no todos los hinchas están viajando en gallada. Muy cerca de nosotros hay una parejita que vino desde Buenos Aires, según escuchamos son estudiantes universitarios y viven allá. La chica está sentada con un taco de galletas de soda en su regazo. El novio habla con un amigo. La chica tiene frío, puedo ver erizados los pelillos rubios de su brazo. Abre las galletas y se come una. Le ofrece al novio y al otro tipo. Atraídos por la envoltura y el crujido, aparecen como gallinazos cuatro hinchas y piden con decencia su galleta. Llega otro, otro y otro hasta que se viene un combo. El taco de galletas se cae al suelo. El novio lo recoge y mira a la chica.

—No, pues dales —dice ella resignada.

Atacan el taco como si fueran pirañas y las últimas galletas se vuelven polvo por los manotazos de los últimos hambrientos. La espera es cada vez más amena. Al rato, un corrillo de último minuto nos hace mirar para arriba de la tribuna. Varios hinchas se reúnen en torno a Edgardo, que mira hacia abajo.

—¿Qué pasa, qué hay? —le gritan.
—Confites —responde Edgardo con malicia.

Algunos pelaos suben apresurados al corrillo. Los “armados” y las “ruedas” se despachan en cinco minutos. De esa manera algunos embolatan el hambre, el frío y la vida. La tribuna es una porción de Colombia en tierra lejana.

***

Marcelo nació en Montevideo, es un baterista de pelo largo y pañoleta. Tiene unos cuarenta años y hace veinte se cansó de todo; agarró sus cosas, sus seis perros y se metió en un Volskwagen escarabajo. “En un fusquinha“. Se vino para Chuy y vive aquí desde entonces. Trabajó como mesero e hizo mil cosas, pero ahora tiene un puesto de comidas rápidas al borde de la carretera. Empezó con un carro de hamburguesas, pero se le creció el negocio y tuvo que meter el carro en un local con mesas y ayudante. Mientras nos prepara una empanada de humita, Marcelo, que no pierde oportunidad para reírse de su propio humor, trae a colación el chiste de los mandatarios reunidos en México que se van a tomar un tequila y el presidente de Colombia esnifa la sal. Ríe hasta el fondo dejando la boca abierta, buscando complicidad con la mirada. No puede parar de hablar, debe estar acostumbrado a conversar con forasteros. Cuenta que gozó como nunca con el cinco-cero a Argentina. Luego, antes de su próxima estocada, se asegura de que no seamos hinchas del América.

“No te imaginás lo que disfruté el gol de Aguirre, no porque tenga nada contra el América de Cali sino por Falcioni. Ese día que Peñarol le ganó la final de la copa, después del gol, Aguirre le decía a Falcioni en el suelo: ‘baboso, sos un baboso’. Los argentinos son unos babosos, che”, dice Marcelo. Después de una pausa, en la que la humita entra a la fritadora, vuelve al ataque. “Hace poco pasaron por aquí otros colombianos, hinchas del Atlético Nacional… Divinos”.

En el par de días que estuvieron en Chuy los hinchas verdolagas se esforzaron para que no los olvidaran. Entraron de manera ilegal, sin documentación, y los que la tenían ni siquiera hicieron sellar sus pasaportes. Cuenta Marcelo que robaron un supermercado y algunos locales de la Avenida Brasil, una doble calzada que funciona como frontera y zona comercial libre de impuestos. Eran entre diez y doce pelaos. Ya entendemos por qué una vendedora de ropa nos miró con miedo y desconfianza cuando le preguntamos dónde quedaba la Terminal. En este pueblo pequeño y caliente, donde todo existe en función del movimiento fronterizo, el paso de la tropa colombiana fue como el de unos piratas de otro mundo.

Un vendedor de panchos nacido en Chuy, con aspecto de beatle, sesentón, pelo sobre las orejas y capul, también se alertó cuando nos escuchó el acento. Era de noche y hacía unos minutos había sacado su carrito de perros a la calle. Cuando le dijimos que éramos colombianos alguna cosa le tuvo que haber apretado el pecho. Su trato era cercano pero cortante, como midiendo el aceite. “¿Qué le echás al pancho?”. “Mostaza, salsa de tomate y papitas”. “Ahora está de moda la papita, la papita, todos quieren con papita”. Mientras preparaba los panchos, y después de cerciorarse de que éramos un par de viejos casi como él, dejó salir su indignación y sus quejas.

“Está muy mal lo que hicieron sus compañeros, yo sé que ustedes no tienen que ver, pero estos colombianos son una plaga, se metieron con la gente, robaron el supermercado, se drogaron en el parque, todo mal”. Estaba tan descompuesto “el beatle” que logró hacernos sentir culpables. En cambio para los hinchas nómadas pasar una noche en el calabozo con golpiza incluida fue una anécdota más de sus aventuras por el continente. Las imágenes del noticiero charrúa mostraban piernas moradas, contusiones en los brazos, pieles enrojecidas. Lo que se sabe es que doce policías uruguayos los retuvieron sin orden judicial y los adentraron cien kilómetros hasta el peaje Garzón. En algún momento se produjo el maltrato y los hinchas denunciaron con Edgardo como vocero. Varios policías fueron procesados, al igual que dos colombianos sindicados de robarse un chaleco y un aparato de comunicaciones de la comisaría.

Marcelo tiene razón: divinos, unas bellezas todos. Antes de que salgamos de su local, con la humita empacada, hace el último chiste: “¿Y no me trajiste nada de Colombia?”, y suelta una carcajada, otra vez la boca abierta un rato, buscando complicidad con la mirada, y remata el número con la mano cerca de su nariz, simulando que se da un pase. “Chao querido”.

***

No sé de dónde diablos sacó un hincha verde un cubito de hielo pero lo extrajo de su boca y lo lanzó con fuerza a la tribuna vecina, donde está la gente del Nacional uruguayo, a unos quince metros. Separadas por una franja de vallas y robocops, las hinchadas se alcanzan a gritar cosas y se retan con gestos entre pendencieros y burleteros. Edgardo recoge sus brazos y aletea como un ave. “¡Gallinas hijueputas!”, les grita ante la impavidez de los policías. “¡Sicarios colombianos!”, responden desde la otra orilla. La barra brava rival está al frente, lejos, con la cancha de por medio, y aun así opaca los cantos verdolagas con sus coros y tambores. Pero aquí no se para de cantar en medio de la fumata y la alharaca. La espera y la noche traen hambre y sed pero no hay opciones ni de pegarse de una canilla. La fiesta está prendida, han llegado más hinchas y calculo que en total somos ciento cincuenta. Hoy hay que ganar como sea y la hinchada lo refleja.

Tres flacos blancos e imberbes suben a lo alto de las gradas para tomarse una foto, tienen una bandera que dice “Poto”.

—¿Quién es Poto, un parcero?
—Es el barrio de nosotros, queda en una colina en lo más al sur de Bogotá.
—Parce, ¿y qué, se siguen para Rosario?
—Volvemos a Brasil y ahí viajamos a Rosario, acá nos va mal: de diez personas a las que le pedimos una nos da; allá en Porto Alegre nueve de diez nos dan. Nos podemos hacer cien reales en un día”. Y sentencia: “Póngale cuidado que la Copa Libertadores nos va a dejar en Brasil, listos para el Mundial.

Los rolos vuelven a la parte baja. En ese momento, un señor de delantal entra a escena con una canasta cubierta con una tela delgada. Adentro lleva unos pasteles humeantes de carne y de queso, unificados en bolsas listos para ser consumidos. Son como una hojuela redonda y rellena del tamaño de una arepa clásica. A Edgardo casi se le salen los ojos cuando los ve. Bastan unas miradas para que sus amigos rodeen el vendedor y pregunten por precios, receta y sabores. El señor responde con la canasta en la mano mientras Edgardo, agazapado atrás, intenta robar un pastel. Operan con una seguridad y una pericia innatas. Después de varios enviones, en los que los dedos de Edgardo apenas rozaban las bolsas, logran el raponazo. En menos de un segundo el pastel ya está en manos de otro compinche. El vendedor lo sabrá más tarde, cuando cuadre caja. Se da media vuelta y sale, nadie le compra, unos por no tener plata y otros por no atraer a las hienas. Miro hacia atrás y Edgardo tiene la boca llena, cagado de risa no puede masticar bien el bocado que le sacó al pastel. Los otros también disfrutan del botín y se chupan la grasa que les queda en los dedos. Tribu que una noche caza junta pero a la siguiente no se sabe.

Cuando salen los equipos al gramado, buena parte de los hinchas, sobre todo los viajeros, bajan y forman un núcleo de aliento. Los veo saltar y cantar. Hay uno en silla de ruedas que bajan y suben en hombros. Al minuto 65 celebrarán a rabiar un gol de Cardona a pase de Medina. Cuando se acabe el partido, mientras espera media hora a que salga la gente de El Bolso, Edgardo bailará en su puesto, feliz por el triunfo de visitantes. Otros hinchas les gritarán cosas a los rivales que salen con la mirada en el piso. No habrá ningún tipo de incidentes afuera del estadio. Caminando me daré cuenta de que me sobró un puñado de monedas. Caminando pensaré que no las necesitan. Son unos sobrevivientes entusiastas, de espíritu aventurero y suicida, dispuestos a hacer lo que tengan que hacer para seguir acompañando al equipo que llevan en sus trapos y en su cuero duro.

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Sin hinchada pero con hinchas

por SANTIAGO HERNÁNDEZ HENAO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 81 noviembre de 2016

Arturo, Iván y Alfonso son los primeros en entrar, los últimos en irse, de los pocos en no faltar. “Este es nuestro plan de todos los fines de semana, nuestro lugar para reunirnos, ver fútbol, estar en familia”. Un par de escalas más abajo, Diego, Juan Camilo y Javier tienen un ritual diferente: llegan sobre la hora, despliegan una bandera, aplauden, gritan mucho y se ríen a carcajadas. “Es nuestra forma de vivir el partido: ir, ver fútbol, ver a figuras, pero divertirnos. No sufrimos, o no tanto como otros hinchas”. Esa es la tribuna de Envigado.

En el Parque Estadio Sur no hay barrabrava. No hay hinchas locales exaltados pidiendo otra vuelta olímpica, tampoco rabiosos que creen que la hinchada suda más la camiseta. Nada, ni siquiera visitantes rabiosos porque no pueden ir con sus colores. A lo sumo hay unas mil personas, gente de edades extremas, y algo que se ha perdido en las tribunas: familias.

Iván Guarín tiene 76 años y varios problemas en el corazón. Pero ninguno por el equipo. Es el mayor de los tres veteranos que se hacen en la parte alta de la tribuna, donde no pasan vendedores por el frente, y donde el muro de las cabinas sirve para descansar la ajetreada espalda. “Vengo hace veinticinco años y ya hace parte de mi rutina. Antes iba al Atanasio Girardot a ver a Nacional, pero cuando subió el equipo a primera división, empecé a venir al Polideportivo”. Con un saco que lleva para no enfermarse y que tapa el naranja fluorescente, Iván busca la compañía de un hijo o un nieto. Con sus lentos pasos siempre es uno de los primeros en llegar a un estadio que casi nunca tiene filas. Allí se encuentra con dos amigos de fútbol, Arturo Escobar y Alfonso Pineda, un par de cuñados que comparten su plan de fin de semana.

Arturo recuerda los días del ascenso a la primera, así como el descenso en 2005 y el nuevo título de 2006. También las decenas de noches con apenas un centenar de personas en las tribunas, muchas de ellas acompañadas por derrotas o juegos muy pobres. “Pero nunca ha sido nuestra idea venir a ver campeones. Es algo que hicimos parte de nuestra vida, venir a ver fútbol con tranquilidad, sin peleas. Las tanquetas de la policía las traen de adorno”.

Arturo fue quien llevó a Alfonso, el más nuevo de la barra (barra como grupo, no como hinchada). Ellos comparten la edad, 75 años, y la familia. Alfonso Pineda lleva un lustro viendo al Envigado. Comenzó tras su regreso al país, luego de vivir 48 años en Estados Unidos. Pero su esposa murió, y cuando nada lo ataba al frío de Boston, volvió a la tierra, a la casa de su cuñado Arturo, y de ahí al Poli. “Allá no veía mucho fútbol, y si pasaban algo en un restaurante, era de Nacional o Medellín. Esto de Envigado es un gusto adquirido”. El trío refleja la tranquilidad de una tribuna en la que no se corretea a un rival como si fuera una avanzada de guerra. “Es un plan de fútbol”.

Una pasión traidora

“¿De Envigado? ¿Es en serio?”. La doble pregunta es una constante en las vidas de Diego Sandoval, Javier Parra y Juan Camilo Paniagua, integrantes de lo más cercano a una barra: Pasión Naranja.

Ellos son la cara visible de la hinchada. Son aquellos que se hacen en el centro de la tribuna, + unas seis filas má abajo de Iván, Arturo y Alfonso. Ante cualquier fallo del árbitro o el rival, se levantan a insultar, gritan como desaforados. “Todo comenzó en 2000, pero solo hasta 2005, antes del descenso, vinimos a organizarnos. Llegamos a ser sesenta, con carné y entrada de cuenta del club, pero la gente fue creciendo, se fueron casando o yendo del país. Hoy somos quince, y no todos vamos”, sostiene Juan Camilo, uno de los pelaos de camiseta vieja y garganta rota, que ha llegado a corretear a un árbitro para tacharlo de pícaro y a ser apercollado por un jugador después de un insulto desde la tribuna. Una rareza en el Poli.

Ellos viven una pasión traidora. En la casa Sandoval, el verde no fue tan fuerte como la naranja del vecino. “Aunque en mi familia la mayoría era hincha de Nacional, nunca sentí esa fiebre. Y en 1995 vivía junto a Antonio Roa, defensa del Envigado de esa época, y él me invitó por primera vez al estadio.Me entraron por un ladito, sin boleta, y aunque me demoré en volver, me quedó el cariño. Comencé a ir sin falta un par de años después, cuando la ciudad empezó a dividirse entre las barras rojas y verdes”. Al estadio fue, sin pausa, hasta que su trabajo como periodista lo alejó por sus horarios. “Antes iba hasta los entrenamientos, pero ahora es más complicado”.

Paniagua llegó a tener un uniforme del DIM, equipo del papá y del abuelo, gracias a una Navidad de 1991. Pero ni así lo alejaron del Parque Estadio. “Lo mío fue más una rebeldía que se convirtió en amor. A finales de los noventa todos los pelaos de mi edad empezaron a dividirse entre rojos y verdes, pero cuando me fui a vivir a Envigado, empecé a ir al estadio, y me hice hincha”.

El caso de Javier es más complejo, pues traicionó al béisbol. Nació en Venezuela y llegó a Envigado para estudiar en la universidad. Fanático de los Tigres de Aragua en béisbol, y jugador de selecciones de baloncesto, terminó en el Polideportivo Sur por casualidad. “Como jugaba en el equipo de básquet de Envigado, nos invitaban a ver fútbol. No me gustaba, pero con el tiempo le fui tomando cariño, a tal punto de no perderme un solo partido”. Hoy va a la tribuna con su gorra de los Tigres, pero sabe que la pecosa le ganó a la pelota caliente, y que Envigado es su casa: “Jamás pensé en ser hincha de otro que no fuera el naranja”.

Mientras muchos se jactan de sus viajes por Sudamérica o de excursiones eternas a Japón, la Pasión Naranja saca pecho con su viaje al ascenso de 2007 frente al ya desaparecido Academia. Fueron tres buses a Bogotá, uno con la barra, otro con familiares y otro con gente que no se sabe de dónde salió. Para Sandoval, “fue uno de los momentos más lindos del Envigado”.

Caras conocidas

El Oso no habla, solo sonríe. Con sus ojos medio apagados trata de no perderse un segundo del partido. Sus amigos cuentan que se llama Fabio Alberto Escobar, que es vendedor ambulante de esos que sale con un pingüino gigante a la calle, pero que el club le regala la entrada hace muchos años. Poco sale de su boca, solo uno que otro esporádico grito de gol. Todo lo contrario al Gustavo Monsalve, el Embalador, vendedor de “torticas de queso y bocadillo, contra la droga y el cigarrillo”. Gustavo lleva diecisiete años en las tribunas del Poli, vendiendo sus ollas de embaladoras a los que van a su estadio. “Con Envigado vendo poco, porque si quiero hacer negocio tiene que ser con Nacional y Medellín, ahí sí se mueve esto”.

El Oso y el Embalador hacen parte de esa amorfa tribuna naranja. No hay trapos, menos bombos y trompetas. Se mezclan entre los niños de la escuela de fútbol, los jugadores juveniles del club, los profesionales que no fueron convocados al partido de turno. A su costado se ven los pintorescos “gringos”, un grupo de ingleses, sudafricanos y estadounidenses, que llegan con sus pelos rubios y barbas largas. “Es ambiente diferente, muy familiar, tranquilo”, dice Simon Edwards, uno de los integrantes del AFC Envigado, quien junto a Ollie Lythe, un inglés que tiene tatuado al Chelsea en su cuello, llevaron su pasión al punto de crear un equipo amateur solo de extranjeros, con el que juegan partidos de barriada en Medellín defendiendo el color naranja.

A la pequeña tribuna de once mil espectadores ha llegado una docena de barras que duran menos de un semestre. Cada nuevo patrocinador (cuando había) llevaba a sus empleados, los dotaba con camisetas, les daba una pancarta. Al primer partido iban doscientos, luego cien, y a la mitad de semestre solo quedaba la pancarta. También chicos que entran tratando de simular la barra brava de los equipos grandes, pero que pierden el impulso ante el primer fracaso. Los datos de taquilla no se dan a conocer, la asistencia llega como parte de cortesías entregadas por el club y la alcaldía. De taquillas no viven, y nunca lo podrán hacer. Se vive del fútbol y sus transferencias.

Para encontrar las tribunas llenas hay que irse a los periódicos de noviembre de 1991, cuando Envigado logró el primer ascenso en la historia del fútbol colombiano. Un partido ante Alianza Llanos, un 1-0 (gol de Luis Alfonso Hoyos), y unas tribunas repletas. “No somosun equipo de hinchada, ni en ese ascenso ni ahora, pero sí tenemos hinchas. Tenemos familias, gente del municipio, aficionados de otros equipos. Aprendimos a vivir así”, explica Hugo Tuberquia, quien defendió el arco naranja ese 30 de noviembre y hoy prepara los arqueros del club. Más de una década dándolela cara a la tribuna, “y no ha pasado nada, esto es muy tranquilo para el jugador”.

El encantamiento del hincha ha sido un imposible. Hablar de la cantera de héroes, de los comienzos de James Rodríguez, de la magia del ídolo Néider Morantes, no ha sido suficiente para atrapar. Los logros de Envigado se limitan a anécdotas de cafetería, lejos de las 26 copas de Nacional o las cuatro finales de Libertadores de América. Ni siquiera un título de goleador, o una final perdida generan empatía colectiva.

No obstante, el equipo sobrevive gracias a su cantera, a su estilo repleto de juveniles, y a que en esa proliferación de equipos de papel, Envigado llega a ser casi un “tradicional”. Su capitán de los últimos años, Andrés Orozco, quien ya supo estar de verde y de rojo, y vivió los gritos de la Guardia Imperial de Racing, y la Guardia Popular del Inter de Porto Alegre, hoy vive los años tranquilos de la tribuna naranja. “Envigado es un estadio para familias. Para reencontrarse con esa alegría de ir a una tribuna. Como debe ser todo el fútbol, con amor por el juego. Acá tenemos hinchas, no hinchada”.

*Este texto hace parte del convenio entre la Subsecretaría de Ciudadanía Cultural de Medellín y la Fundación Taller de Letras en cooperación con Universo Centro para la construcción de la memoria
del fútbol en la ciudad.

 

Sacrilegio a la milagrosísima morenita

Sopetrán, 1738

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 149 Mayo de 2026

La imagen más sagrada de Antioquia había sido profanada. Las ansias por oro y perlas habían hecho que alguien superara el temor al desprecio colectivo, a la excomunión y a los fuegos infernales en una sociedad dominada por la monarquía y la Iglesia. El relato de un hurto perdido entre folios coloniales.

Al darse cuenta de tantos sacrilegios, entra en un solo temblor y un sudor frío le pasa y otro le sobreviene. El espanto no lo deja levantarse y la lengua se le traba, como en una pesadilla. Así se queda, contra un escaño, medio de hinojos, medio desmayado. Cuando la iglesia queda sola, logra levantarse; va a la sacristía y los frailes han desaparecido. Ornamentos, vasos y misal están tirados por ahí, y abierta la puerta que da a una manga. ¡Virgen Santísima!

Tomás Carrasquilla en La Marquesa de Yolombó.

La gente se agolpaba en medio del calor y se empujaban los unos a los otros a las puertas de la iglesia de Sopetrán. Los murmullos contrastaban con los lamentos de mujeres vestidas de luto y mantilla que, incrédulas como Santo Tomás, esperaban confirmar si podía ser cierto ese chisme que de público y notorio había corrido y que había roto esa monotonía colonial. Una vez los cofrades sacaron el retablo de la virgen, la multitud atestiguó a la Milagrosísima Imagen de Nuestra Señora de Sopetrán despojada de sus sortijas y alhajas de oro y perlas. La virgen a la que tantos testamentarios habían legado ríos de oro para que se le ofrecieran misas y salmodias, y por la que un nutrido número de peregrinos antioqueños dedicaba días de camino para visitarla y pedirle favores, había sido despojada. ¿Quién se había atrevido a hurtar, no a un innoble mortal, sino a la mismísima Madre de Cristo, intercesora de los cristianos y patrona del pueblo?

El párroco y su séquito habían sacado a la virgen en procesión por Sopetrán, no solo por ser día de su fiesta, sino para hacer una rogativa por la devolución de sus joyas, pero era más el temor de la feligresía que, entre la bruma del incienso, se persignaba y rezaba el Salve Regina, el Avemaría o el Rosario, cuchicheando que, si aun la virgen era profanada dentro del templo en el día de su fiesta patronal, ¿qué podría esperarle al resto de pecadores que poblaban la tierra? Las gentes, ruanetas o nobles, blancos, esclavizados o libres de todos los colores, temían que ese hurto atrajera castigos divinos, mientras que el clero, encabezado por el párroco Gerónimo de Castañeda, aprovechaba para decir que no solo habían roto el séptimo mandamiento, sino que era un sacrilegio, encarnación de la descomposición social y pérdida moral de la que tanto profetizaban en el púlpito.

No se sabe si fue fruto de la rogativa, de la culpa, temor a la paila ardiente o solo como una artimaña para desviar la atención de ese asentamiento católico perdido en las montañas salineras del occidente de Antioquia, pero al día siguiente, en la tarde del 15 de agosto de 1737, una vez terminada la misa mayor, el doctrinero Miguel Guillén encontró cuatro sortijas de oro de la virgen en la sacristía del templo. 

La identidad del ladrón se había convertido en prioridad pública, tanto para las autoridades civiles como eclesiásticas. El único indicio existente provenía de Teresa Lezcano, mujer rezandera de ochenta años que frecuentaba la iglesia y que, la mañana antes del robo, después de misa, había visto merodeando un hombre. “Francisca de Lezcano le había dicho que había visto a un hombre blanco quitándole las joyas a la virgen”, declaró María Gertrudis de la Higuera el 12 de enero de 1738. Aunque el robo había sucedido en agosto de 1737, para enero del año siguiente el caso seguía activo y había dado dos sospechosos por su cercanía a la iglesia y por cotilleos locales: Juan Calixto Urquijo y Miguel Guillén.

La defensa del buen nombre

Juan Calixto Urquijo, español, era el mayordomo de la cofradía de Nuestra Señora de Sopetrán y era muy respetado en el pueblo. Viajaba con frecuencia a la Villa de la Candelaria de Medellín, donde también tenía residencia. Sin embargo, a propósito del robo de las joyas de la virgen, fue uno de los acusados porque contaba con llaves de la sacristía y la cercanía a la iglesia. “Ha llegado a mí, noticia de que Francisco García, de color pardo, residente en el sitio de El Salado, anda con ningún miramiento […] y sin temor de Dios, difamando mi buen obrar y procedimientos […] y su mujer llamada Teresa se ha dejado decir con Francisco Leal, el moro, y doña Gertrudis de la Higuera y otras personas, palabras injuriosas y ofensivas que me escandalizan e inquietan el pronunciarlas […] pues andan diciendo y relacionándome del usurpo y robo de las joyas de mi madre y señora de Sopetrán”, se quejaba Urquijo el 11 de enero de 1738 ante Diego de Cepeda, alcalde ordinario de Santa Fe de Antioquia.

Además, Urquijo los denunció por injuria y pedía que fueran castigados por dañar su buen nombre y reputación. “A vuestra merced pido y suplico se sirva de prestar atención a pedimiento tan justo y quede mi crédito y buen obrar en limpio […] y que estas personas sean compulsas, apremiadas […] y castigadas”. Asimismo, pedía que se indagara sobre el robo con el indígena Miguel Guillén y que este declarara las sortijas que había encontrado en la sacristía.

Entre el 11 y 12 de enero, el alcalde de Santa Fe de Antioquia visitó las casas de Francisco García, Teresa Caballero, Francisco Leal y Gertrudis de la Higuera para interrogarlos si sabían sobre el robo y el motivo por el cual estaban acusando al español Urquijo. Todos se retractaron y negaron las acusaciones que habían hecho, argumentando que solo habían repetido la información que les había dicho Francisca Lezcano, de ochenta años. Cuando el alcalde acudió donde esta última, ella argumentó: “Estando la que declara sola en la santa iglesia después de misa mayor, vio entrar al mayordomo, Calixto Urquijo, una mañana apartando un cuadro y que estaba viendo la virgen y que no le vio otro movimiento”, declaró Lezcano. 

El 13 de enero el alcalde citó a Lezcano para que, ante el cura y otros testigos, recreara la acción que había visto hacer al español Urquijo cerca de la pintura de la virgen. “Y habiéndonos ella mostrado un cuadro de San Ignacio, paramos a reconocerlo y le hallamos imposible de poder quitar ni rebullir […] en cuyo estado hicimos varias industrias y no le pudimos mover ni hallar resquicio de poder robar las joyas de la virgen, sino que debió ser por la puerta del camarín, abriéndola con su llave o con otra falsa”, concluyó el alcalde Cepeda. En ese sentido, se ordenó que Teresa Lezcano fuera castigada porque sus rumores habían atentado contra la reputación del español Urquijo, siendo obligada a no poder salir de Santa Fe de Antioquia y estando bajo el depósito de Francisco Ruiz, quien debía vigilar que cumpliera su condena, pues por su avanzada edad se había librado de la cárcel.

Así, el mayordomo Juan Calixto Urquijo fue absuelto, por lo que solo quedaba un sospechoso: Miguel Guillén.  

La morenita protectora de los indígenas

Sopetrán fue uno de los pueblos de indígenas que se crearon durante la visita del oidor Francisco Herrera Campuzano al occidente antioqueño. Allí reunieron a diferentes comunidades indígenas —como guamas, ebéjicos y peques— que habían sobrevivido a las enfermedades y al abuso de los encomenderos para facilitar su evangelización y tributación, pero también para protegerlos, al menos en el papel, del usurpo de sus tierras. “Los pueblos de indios están encomendados a los españoles, con calidad de que los doctrinen y defiendan”, se lee en el Libro VI, Título tercero de la Recopilación de Leyes de Indias. Y se añadía que, “aunque los indios sean pocos, se ha de hacer iglesia donde se pueda decir misa con decencia y tenga puerta con llave […] y que cerca de donde hubiere minas, se procuren fundar pueblos de indios”. De este modo, la fundación de Sopetrán fue promovida porque en su territorio había presencia de comunidades indígenas, estaba cerca del centro minero de Buriticá y también por ser una zona productora de sal.

Herrera Campuzano, oriundo de Hita, en Castilla-La Mancha, era creyente de la virgen de Sopetrán, cuya advocación tenía adeptos en el interior de España desde la Edad Media por el relato de su aparición milagrosa a un príncipe musulmán que se había convertido al cristianismo y liberado a los cristianos que tenía cautivos. El oidor Herrera encargó en Santa Fe de Antioquia un retablo de la virgen de Sopetrán a partir de una estampa que él había traído desde España para ponerlo en la pequeña capillita de paja, palma y tierra que se había fundado en Sopetrán. Una vez terminada la pintura, esta fue llevada hasta el pueblo, donde llegó el 14 de agosto de 1616 en medio de una procesión y gran alboroto.

Desde ese entonces, se dice que el retablo pintado comenzó a hacer milagros. “Nuestra Señora de Sopetrán, a devoción de la que tiene el oidor don Francisco de Herrera Campuzano […] salió tan admirable que aquella tierra ha experimentado continuos favores, y el primer milagro fue que su lámpara ardió tres días sucesivos sin tener materia en qué cebar su luz, y se han seguido otros”, relató en 1672 en sus Genealogías del Nuevo Reino de Granada el escribano y custodio de los archivos de la Real Audiencia de Santa Fe, Juan Flórez de Ocáriz.

A este primer milagro de la lámpara que ardió sin combustible, se sumó el más famoso, cuando a mediados del siglo XVII el entonces gobernador de Antioquia don Diego Radillo y Arce, caballero de la Orden de Calatrava, estaba de paso por Sopetrán y se le enfermó de gravedad una hija suya todavía niña. “El padre, afligido al ver la gravedad de su hija, invocó la protección de la Virgen de Sopetrán y prometió que si le daba la salud a su hija haría traer de España la imagen y la colocaría en aquel pueblo. La Virgen Santísima no desoyó la súplica de su devoto, la niña recuperó la salud y el padre cumplió la promesa”, narró en 1919 el académico Julio César García en María a través de nuestra historia.

Estos milagros habían hecho de Sopetrán el corazón de romerías de cientos de fieles antioqueños que atravesaban la provincia para ver la imagen, pedirle favores o entregar exvotos. Pero el retablo tuvo también la finalidad de favorecer el proceso de conversión de los indígenas del pueblo y de contornos cercanos como Buriticá, Sabanalarga y San Jerónimo, pues las imágenes, en tanto representaciones de la fe, eran instrumentos para imponer la religión católica desde el discurso visual a una población analfabeta y que, en muchos casos, estaba a medio camino entre el español y su lengua propia; la iconografía virreinal era la Biblia de los analfabetos. Así, los supuestos milagros de la virgen, ocurridos en una zona con presencia indígena, reforzaban la creencia de que ella era madre y protectora de los pueblos originarios, facilitando su evangelización y dando lugar a procesos sincréticos donde los santos y figuras religiosas tomaban elementos americanos como la tez mestiza, la flora nativa o los paisajes locales para generar identidad, mientras que algunos indígenas, como ejercicio de resistencia cultural, resignificaron estas imágenes asociándolas a sus propias deidades y cosmovisión. “Estos milagros de Sopetrán tienen también un sentido político, y es que la virgen está presente al lado de los indios, lo que se refuerza con el hecho de que ella fue pintada como morena para que los indígenas la vieran como alguien próximo”, propone el historiador y presidente del Centro de Historia de Sopetrán, Carlos Mario Guevara. De hecho, este caso de una virgen cobriza se corresponde con otras advocaciones marianas en Colombia, como la de Chiquinquirá o Las Lajas, donde su presencia contribuyó a la cristianización de áreas habitadas por comunidades indígenas.

Un indígena doctrinero

Miguel Guillén era indígena y había nacido hacia 1696 en el pueblo de indios de Nuestra Señora de Sopetrán, que pertenecía a la jurisdicción de Santa Fe de Antioquia. Estaba casado con Petronila Sisquiarco, también indígena, con la que había tenido numerosa descendencia. Guillén era doctrinero de la parroquia de Sopetrán, y entre sus funciones estaba enseñar la doctrina cristiana a los indígenas y asistir a todo lo que se ofreciera en la iglesia, aunque por no saber leer ni escribir, dictaba la catequesis de memoria. Además, finalizando 1737 había sido designado como fiscal de la iglesia por sus buenas labores. Por su cercanía eclesiástica, Guillén tenía en su poder una copia de las llaves de la sacristía y del nicho donde se colgaba la imagen de la virgen, hecho que sumado a su descubrimiento de las cuatro sortijas y a los señalamientos del mayordomo Urquijo, lo convirtieron en el principal sospechoso del hurto.

El 13 de enero de 1738 el alcalde Diego de Cepeda lo interrogó sobre el caso, a lo que Guillén respondió: “No ha oído culpar a ninguna persona, que lo más que oyó decir inmediatamente de la sustracción de dichas alhajas fue que quizá sería el negro del cura”, respondió Guillén. Una vez fue preguntado sobre las sortijas que él había encontrado, respondió: “El declarante las encontró en la sacristía en día de función, había muchas personas de varias partes y las guardó pensando que serían de alguna de ellas. Después que todos se fueron sin solicitar dichas sortijas, entró en malicia el declarante de que podrían ser de la Madre de Dios y pasó con ellas a mostrárselas a doña Juana Díez de la Torre, con la deshecha de que sobre dichas sortijas le prestase dos pesos, y que la señora las reconoció y dijo que eran de la virgen, y que el declarante […] se las dejó a la dicha Juana”.

Para el alcalde, la versión de Guillén no tenía sentido, ya que su labor como doctrinero y fiscal de la parroquia lo hacía permanecer en contacto con la dotación de la iglesia y conocer casi que de memoria cada uno de los elementos utilizados para las funciones religiosas, por lo que lo cuestionó: “Cómo diciendo que ha sido mucho tiempo fiscal y que como tal asistía a todas las funciones de iglesia y adornar a la virgen, y abrir y cerrar el camarín y que a su vista se ponían todas las alhajas, ¿cómo no reconoció dichas sortijas, más cuando dice que estaban juntas, atadas en un cordón de hilo?”. A esto, Guillén respondió con un escueto: “No acató a tal cosa porque tiene mala memoria”.

Para corroborar la versión de Guillén, el alcalde visitó la casa de doña Juana Díez de la Torre para recoger su testimonio. Ella confirmó que Guillén le había llevado las joyas, pero que era mentira que él le hubiera pedido dinero prestado a cambio de tenerlas como prenda. Esta contradicción en el relato de Guillén bastó para que el alcalde ordenara su encarcelamiento en Santa Fe de Antioquia mientras se definía su sentencia. “Habiendo conducido a Miguel Guillén, indio natural del pueblo de Sopetrán y fiscal en su santa iglesia y por las incidencias que constan de su declaración, mando se asegure en la cárcel pública de esta ciudad, con las prisiones que en esta hubiere, y en consideración a no haber otras que cepo y grillos, hice que se le pusieran”, ordenó el alcalde Cepeda el 14 de enero de 1738. Allí, aparte del cepo y las cadenas, Guillén tendría que dormir en el suelo y su familia debía sustentarlo, pues en la Colonia, la alimentación corría por cuenta de la familia del reo.

El hurto de las joyas de la virgen era un delito grave que no solo involucraba una pena legal, sino que también podría acarrear castigos de índole religioso: “Hurtar cosa sagrada, se llama sacrilegio. Maldad que, aunque abominable y enorme, está tan cundida, que los bienes que piadosa y sabiamente estaban como destinados como necesarios para el culto divino, ministros de la iglesia o socorro de los pobres, se ven convertidos en conveniencias privadas y perniciosas liviandades”, señala el Catecismo Romano del Concilio de Trento de 1566. Adicionalmente, Las Siete Partidas, cuerpo jurídico castellano de origen medieval pero empleado también en América para impartir justicia, coincidía en que el robo de objetos sagrados era sacrilegio, a la vez que afirmaba que quienes lo hacían, merecían la pena de excomunión. 

Sentencia del corregidor Bernardo Villa, dada en Santa Fe de Antioquia el 22 de febrero de 1738.

Una persona de naturaleza “sincera e ignorante”

La legislación colonial habitualmente tomaba a los indígenas, llamados también “naturales”, como menores de edad y “miserables”, que requerían de protección debido a que consideraban que eran vulnerables, iletrados y que no comprendían de manera plena los delitos; de ahí que fuese necesario la intervención de un representante o protector para poder defenderse en los procesos que se adelantaban contra ellos. “Como consecuencia de categorizar a los indios como miserables y menores de edad, estos debían ser representados en sus actuaciones legales. Para tal fin se creó la Institución de los Protectores y Defensores de Naturales”, apunta el historiador Nicolás Ceballos en Indios y defensores ante la justicia criminal por delitos de hurto (1750-1810). Como Miguel Guillén no había nombrado un defensor para la causa que contra él se seguía, el 29 de enero de 1738, el alcalde Diego de Cepeda envió copia de su expediente a Bernardo de Villa, corregidor de los pueblos de indios de Sopetrán, Buriticá y Sabalanarga para su conocimiento y búsqueda de un protector de indios de oficio. Villa, quien continuó la investigación del caso, nombró a Pedro Zapata como defensor, quien fue aceptado por Guillén. Zapata esgrimió varias razones para desestimar la acusación contra su defendido:

“El dicho Miguel Guillén no se halla cooperado en el robo de las joyas de Nuestra Señora de Sopetrán, pues aunque el mismo Guillén se contradice en un punto de su confesión, hallará vuestra merced que:

El dicho ignora la religión del juramento como persona que es de naturaleza sincera.

En el dicho tiempo que sucedió el robo, no era fiscal de la santa iglesia de Sopetrán.

Si hubiera sido el ladrón, no hubiera manifestado las sortijas, ni menos hubiera pasado en el pueblo con ellas […] pues este no las hubiera robado para tenerlas guardadas, pues el que se expone a tal, lo hará movido por su mucha necesidad o de mala inclinación, lo cual no le asiste al dicho, pues si tal le asistiera, ya hubiera ejecutado el robo en tanto tiempo que hace que ejerce el oficio de fiscal, y si lo hubiera hecho por necesidad, hubiera machucado, fundido o trocado a oro en polvo”.

Para darle fuerza a sus argumentos, el defensor Zapata pidió que se citara a diferentes vecinos de Sopetrán en aras de que dieran fe de la intachable reputación de Guillén y se averiguara con mercaderes y comerciantes para descartar que este les hubiera vendido oro o las joyas robadas. Y pedía al corregidor: “Se ha de servir vuestra merced de absolver al dicho Guillén del delito que se le ha querido atribuir, teniendo presente para usar de conmiseración con el dicho la grande ignorancia que le asiste y que solo en esta ocasión ha habido querella contra el dicho, conmutándole la pena en que puede haber incurrido, en la larga prisión que padece”.

Atendiendo la petición, el corregidor Bernardo Villa citó a cuatro testigos (dos hombres y dos mujeres) para conocer sobre la reputación de Guillén y la posible venta de oro. “Conoce a Miguel Guillén desde que nació y que hasta lo presente no ha oído decir ni ha visto que el dicho haya tenido malas operaciones ni dado motivo a quejas, y que ha sido muchas veces fiscal en esta santa iglesia y que nunca en su tiempo faltó cosa ninguna”, declaró el alférez de 68 años, Juan de Cepeda. Por otro lado, la comerciante de 36 años, Petronila de Legarda, expresaba que “no ha visto al dicho Guillén comprar ni trocar con oro labrado”, mientras que Bárbara Pereañez, de sesenta años, complementó que “no ha visto ni oído decir que Guillén haya comprado con oro fundido ni machucado ni con joya”.

Tras conocer las declaraciones de los testigos, el defensor de Miguel Guillén solicitó nuevamente al corregidor que lo absolviera, pues los testimonios habían demostrado sus buenas costumbres y buen obrar como fiscal y doctrinero. Asimismo, reiteraba la ignorancia y sinceridad de su espíritu y apelaba a la piedad, señalando las muchas semanas que llevaba encarcelado y a que su esposa e hijos se habían visto privados de sustento y abrigo por la cárcel de este.

Una investigación abierta

El 22 de febrero de 1738, Bernardo Villa, corregidor de Sopetrán, sentenció: “Declaro al expresado Guillén por libre, mediante a no resultar contra él otro indicio ni malicia que le culpe, sin el de la implicación que consta de su confesión y el haber en su poder las cuatro sortijas que conoció doña Juana Díez de la Torre ser de las joyas perdidas, lo que queda por la mucha sencillez que en el susodicho se reconoció en la dicha confesión, y con lo dicho y alegado por el referido su defensor […] y teniendo a la vista como tengo las declaraciones hechas en el pueblo de Sopetrán a pedimento del dicho Pedro, las que resultaron a favor del expresado Guillén, mando sea suelto de la prisión en que se halla, conmutándole en lo que ha padecido toda la pena que por los no averiguados indicios le correspondía usando de dicha piedad en nombre de nuestro rey y señor por la mucha que su majestad acostumbra con los indios”. Y remataba escribiendo que la causa seguiría abierta y se le tomaría testimonio al esclavizado del párroco de Sopetrán y al indio Pío Quinto, quien había hecho las veces de fiscal durante el robo de las joyas en 1737, antes del nombramiento de Guillén.

A pesar de las inconsistencias en su confesión, la cercanía a la iglesia y la tenencia de las sortijas de la virgen, Guillén fue absuelto gracias a los argumentos del defensor de naturales, anclados en que no tenía necesidad de ejecutar el robo, no era el fiscal en ese momento, ya llevaba tiempo en prisión y, sobre todo, por la supuesta ignorancia e inconsciencia sobre el concepto de delito que se creía que tenían los indígenas.

Solo la historia sabrá si realmente Guillén fue culpable; o si quizá Urquijo planeó todo, aprovechando su estatus y quejándose de que estaba siendo injuriado como cortina de humo para desviar la atención e incriminar al indígena, dejando las cuatro sortijas como señuelo y llevándose el resto del botín en sus constantes viajes a Medellín; o quién sabe si sería el esclavizado del cura, el antiguo fiscal Pío Quinto, el mismísimo párroco o cualquier otro. Lo cierto es que en documentos eclesiásticos se registró que Miguel Guillén siguió viviendo con su esposa en Sopetrán hasta su muerte en 1765, aunque es probable que fuera condenado por murmullos persistentes de una comunidad dolida por el expolio. Por otro lado, el documento 18, carpeta 2, caja 34 del fondo de Miscelánea Criminal del Archivo Histórico de Antioquia termina allí y ni en ese ni en otros expedientes del fondo se encontró si continuaron las investigaciones, si se recuperaron las joyas o si se encontró al ladrón. Sin embargo, lo más probable es que este sacrilegio quedara en la impunidad, privando a la virgen de sus joyas, pero, especialmente, dejando a los sopetraneros de entonces con la certeza de que ni aun lo más sagrado, estaba libre de la codicia humana.

Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial

por MARCOS FABIÁN HERRERA • Fotografías Archivo Academia Huilense de Historia

Número 148 Marzo de 2026

A la derecha, Jaime Torres Holguín, en un homenaje a colombianos destacados en New Haven, lejos de sus picardías en el Huila.

“¡Dejemos que estos güevones se rompan las cabezas!”. Esa fue la frase escueta y lapidaria que le lanzó al rostro de Urbano Cabrera el hombre que esa noche acaparaba las miradas en el Batallón Tenerife. Coincidían en el baño del salón en el que se hacía la fiesta y el tono contenía una tácita invitación a la complicidad. Era la noche del 14 de diciembre de 1962. El limitado círculo de la aristocracia neivana lo integraban familias de consabidos apellidos que por tradición asistían a la fiesta de Santa Bárbara, la patrona de los artilleros.

Una hora antes, Urbano había llamado por su nombre y apellido al engolado embajador de la India que desde hacía tres días recibía homenajes y atenciones. Mientras bailaba con una amiga, se acercó al diplomático y le gritó: “¡Jaime Torres!”. El hombre corpulento no vaciló en fijar su mirada en su antiguo compañero del seminario de Garzón. El “embajador” había sido jornalero en sembradíos de arroz y sorgo, había probado suerte como vaquero y lechero en un hato de ganado bovino en su pueblo y eran famosas sus tretas retóricas y galanteos de manual. Al final de la adolescencia veía pasar los días en Yaguará entregado a la molicie. Solo su tío podría liberarlo de la condena de parasitar en un extraviado pueblo en el que importaban más las vacas que los humanos. Cuando recibió la carta de su tío acompañada de un par de billetes, supo que el destino enviaba una señal. En la carta, su tío lo apremiaba a armar la maleta y viajar a Garzón para que iniciara sus estudios en teología en el seminario.

Por aquel entonces Urbano se dedicaba a cultivar arroz en los predios de su familia y no desaprovechaba ocasión para disfrutar de los festejos que sus amigos organizaban con las mujeres más pretendidas de la ciudad. Esa noche presenciaba el desconcierto de su amigo Bernardo, un atildado abogado neivano cuyos ímpetus para el cortejo se desvanecían por la injusta competencia: la mujer que pretendía, la bella Silvia, prefería bailar con el diplomático a hacerlo con un lugareño sin lumbre internacional. Para tranquilizar a su amigo le comentó al oído: “Ese pendejo no es ningún embajador. Fue compañero mío de estudios en Garzón”. Incrédulo por lo que parecía una frase consoladora fruto del entusiasmo etílico, Bernardo se resignó a ver a su pretendida tomada de la mano del extranjero que todos los asistentes a la fiesta aplaudían.

Antes de acudir a la mesa de funcionarios de la gobernación del Huila, Urbano buscó a un miembro del G2 del ejército. El militar dio crédito a la versión de Urbano. También le sugirió que no era el momento indicado para desenmascarar al impostor. Cuando se acercó al punto en el que departía el gabinete departamental, le explicó a Ignacio Solano Manrique, para la fecha secretario de Hacienda del Huila, que él conocía al hombre que ellos creían diplomático. Se trataba de Jaime Torres Holguín, un excompañero de estudios, amante del fútbol y virtuoso en los idiomas que lo aventajaba en dos cursos en el seminario. Escéptico, Ignacio lo invitó a la calma y la serenidad. Su confusión, le explicó a Urbano, podía causar un conflicto diplomático de grandes proporciones.

Urbano, quien en esos años era un juerguista empedernido, siguió disfrutando de la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Prefirió pasar por necio a protagonizar un escándalo que malograra la celebración de Santa Bárbara. Con sus tragos en la cabeza, se fue a dormir y pasar el guayabo. Al día siguiente recordaría los sucesos de la noche anterior entre brumas y tratando de precisar la secuencia de lo ocurrido. Aunque todos creyeron que su obstinación era producto de la borrachera, ahí no finalizaría su participación en la historia. Dos días después, luego de asistir a la misa en la catedral de la ciudad, se encontraría con su amigo el juez penal Jesús María López, quien sería el encargado de develar la verdadera identidad del impostor.

 ¿Cómo llega a Neiva?

Desde la década del veinte, Neiva vivía un crecimiento constante gracias a la producción de tabaco, añil, café y ganado. El flujo permanente de pasajeros convirtió la estación del ferrocarril de la capital del Huila en un lugar de confluencia étnica. Todo esto era originado por la mano de obra que demandaba las primeras grandes construcciones civiles, el flujo de materias primas y la necesidad de consolidar la presencia estatal.

Álvaro Díaz Chavarro era un comerciante de la ciudad que desde los años cuarenta proveía los insumos a las obras de la incipiente urbe. Además de ferretero y comerciante, servía de intermediario para la búsqueda y selección de profesionales que se requerían en los proyectos inmobiliarios que por entonces se gestaban. Ese mediodía esperaba a un ingeniero civil proveniente de Bogotá. Aldichar, como se le conocía entre sus amigos, además de su pulcritud en la vestimenta, era de una puntualidad obsesiva. Media hora antes de lo anunciado ya se encontraba en la populosa parada de tren. Cuando atisbó entre los pasajeros que descendían al ingeniero civil, se acercó para recibirlo con la calidez que lo distinguía como un patrón amable y cortés. Luego del saludo, el recién llegado le señaló con discreción a un hombre de rostro cetrino que caminaba con parsimonia y observaba con estudiado asombro a las personas que entre el alborozo circulaban en todas las direcciones.

—Es un extranjero. Parece que es el embajador de la India. Venía leyendo la revista Life.

—No puede ser embajador. Ellos tienen un protocolo especial. Además, anda sin acompañantes.

—Le entendí que había abordado el tren en Espinal luego de abandonar su carro averiado. Quiere pasar desapercibido porque su propósito es hacer un viaje de descanso.

—Podríamos confirmar su identidad si le preguntamos hacia dónde se dirige.

Los nulos conocimientos idiomáticos de don Álvaro y el ingeniero civil les hicieron creer que el incomprensible idioma del viajero era inglés. También asumieron con candidez que el limitado balbuceo de frases en español confirmaba su pertenencia a la esfera diplomática y que necesitaba acompañamiento y protección. Por ello no dudaron en llevarlo al Hotel Plaza. Al ser el más importante y lujoso de Neiva, no podría ser otro el lugar de acogida para el representante de un país milenario. Prometieron no divulgar su ubicación y menos su identidad y el hombre, que actuaba con los protocolos propios de un jerarca hindú y las formas naturales de un curtido diplomático, se despidió de los baquianos con reverencias.

—Ignacio, en el Hotel Plaza se aloja el embajador de la India. Lo acabo de dejar allá. No dude en avisarle al gobernador —fue la primera frase del saludo que Álvaro pronunció en esa conversación telefónica con el hombre de confianza del gobernador del Huila.

Gustavo Salazar Tapiero era un acérrimo militante del partido conservador. Jurista consagrado y litigante experimentado en las áreas del derecho contencioso administrativo, desde sus inicios como abogado sostenía una oficina en la calle 9 con carrera 4 justo al frente del ingreso al parqueadero del Palacio de Mosaico. Cuando Guillermo León Valencia juramentó como presidente de la república el 7 de agosto de 1962, pronto se supo que el jefe de debate en el Huila de la campaña del candidato del Frente Nacional sería el nuevo mandatario de los huilenses.

—¿Un embajador sin seguridad ni acompañantes? La cancillería debió habernos informado de la llegada de un hombre de esas calidades. Si se confirma, no debemos perder tiempo y organizar el protocolo para visitantes ilustres —le repuso el gobernador a Ignacio Solano cuando le relató los detalles de la llegada y el deseo manifiesto del diplomático de no ser identificado por las autoridades civiles de la ciudad.

El gobernador llamó a Jaime París, gerente del Hotel Plaza, para confirmar la presencia de un hombre proveniente de la India. En una conversación que según los testimonios de la época fue breve y emotiva, el señor París corroboró que en el hotel se alojaba alguien que correspondía a la fisonomía de un hombre originario de la India.

De inmediato, el gobernador convocó un consejo de gobierno y se conformó una comitiva liderada por el mandatario para dirigirse al hotel y presentar un saludo en nombre de los huilenses. Cruzaron el Parque Santander cinco personas: tres secretarios de despacho, el gobernador y el comandante de la Novena Brigada, el coronel José ‘Pepe’ Rivas. En el hall del Hotel Plaza, luego de unos minutos de espera, y ante una escasa concurrencia que de a poco fue aumentando, el ilustre visitante era notificado del recibimiento oficial y del orgullo que le reportaba a la ciudad y el departamento la presencia de una figura emérita que oficiaba como vocero oficial de un país con presencia destacada en la geopolítica mundial.

Dispusieron de un carro oficial para desplazar al diplomático y procedieron a izar las banderas en la Plazoleta de Armas. Los directivos del único rotativo con circulación diaria enviaron a un reportero y un fotógrafo. En el acto, el homenajeado pronunció unas deshilvanadas frases con una arrastrada dicción. El esfuerzo por dominar el castellano se truncaba por sus tropiezos en el habla. Aunque no existe una publicación impresa que dé fiel testimonio del discurso pronunciado por el gobernador, todas las versiones coinciden en que el mandatario enfatizó el privilegio y la oportunidad que esa visita significaba para el desarrollo económico del Huila.

Fueron dos actos principales los que se realizaron en torno a la visita del falso embajador. La primera fue una fiesta en el Club Campestre de Neiva a la que asistieron líderes cívicos, empresarios, familias distinguidas de la ciudad y todo el gabinete departamental. La segunda fue la celebración de Santa Bárbara en el casino de oficiales del Batallón Tenerife. Fue en esta última en la que tuvo lugar el encuentro con Urbano Cabrera y empezó el desvelamiento del personaje. En el intervalo, el farsante aceptó una invitación de Ignacio Solano Manrique a su finca en Campoalegre. Fue una jornada de comidas y bebidas y muchas promesas para la comitiva. Se especula que ese día anunció la importación de razas de ganado provenientes de la India para el mejoramiento genético de los semovientes bovinos del Huila. En el agasajo en el Club Campestre departió con don Oliverio Lara, el hacendado más importante del sur de Colombia y el único huilense que había visitado la India. Por las remembranzas de los asistentes a estos actos, se sabe que fue don Oliverio el más escéptico en la autenticidad del visitante. Cuando el tema de conversación se centraba en los linajes y las razas del animal sagrado en la tradición brahmánica, el embajador se mostraba evasivo y titubeante.

¿Cómo se revela y confirma la verdadera identidad del falso embajador?

Urbano tenía por tradición asistir a la misa en la catedral de Neiva los domingos a las siete a. m. Ese día, luego de su habitual asistencia a la eucaristía, invitó a un café a Jesús María López. El popular Chucho López era un destacado juez penal municipal del circuito de Neiva. También había sido compañero suyo en los años de adolescencia en el seminario conciliar de Garzón. En ese periodo conocieron a un Jaime Torres, dueño de un temperamento altivo, con algunos visos de arrogancia, muy seguro de sí mismo, siempre liderando causas y con un aprendizaje avezado en latín, francés, inglés e italiano. Sabían que era oriundo de Yaguará y que su padrino y benefactor era su tío monseñor Félix María Torres, a la postre arzobispo de Barranquilla. Ese era el hombre que durante siete días Neiva había aclamado como el portavoz oficial de la enigmática India. Ahora, mientras vaciaban las humeantes tazas de café y se aprestaban a saborear el almuerzo, desde la distancia observaban a quien simulaba concentrar el equilibrio espiritual liderando una sesión grupal de yoga con agraciadas mujeres de la localidad.

Plenamente seguros de la identidad del autor de la patraña, Chucho López informó a investigadores del DAS, quienes rápidamente apresaron al suplantador y lo llevaron a un interrogatorio a las oficinas principales de la entidad. En un acto de compasión, el juez envió esa noche un pollo asado al calabozo para que el impostor no aguantara hambre. Como un polvorín, el rumor del falso embajador de la India se propagó por toda la ciudad. Las jovencitas que se habían fotografiado con él buscaron afanosamente a los fotógrafos para rogarles que destruyeran los rollos y no quedara ninguna evidencia del entramado de provincianismo, ignorancia e ingenuidad que por una semana asaltó las buenas intenciones de miles de personas. El Sapo Villoria, un periodista radial y autor de fallidos versos, que en un acto de lambonería le entregó un anillo de oro con la heráldica de la familia luego de que el embajador le prometiera una expedición a Bombay y Calcuta, amaneció junto a la puerta del DAS a la espera de verlo para pedirle la devolución de la joya. Jaime Torres fue amparado por un defensor compasivo y altruista. Encontró en Guillermo Plazas Alcid el defensor y espadachín jurídico para librarlo de los líos con la justicia.

Plazas Alcid era un valeroso abogado nacido en Baraya que editaba el semanario El Debate. Fue el primero en editorializar con sorna y desparpajo el suceso que dejó más lecciones y chistes que convenios portuarios y comerciales con la India. La pluma de quien en el futuro llegara a ser senador de la república, alcalde de Neiva y embajador en Moscú, sentenció lo siguiente: “El advenedizo Jaime Torres Holguín evidenció públicamente la falta de visión, la escasez de prudencia, la mentalidad yérmica, la cortesía frívola y la espesa ignorancia que distingue a nuestra empinada élite político-social”.

Berenice Quintero, su esposa, a quien había conocido a sus 26 años en unas fiestas en Carmen de Apicalá, lo acompañaba la tarde de diciembre de 1962 cuando los dos, gracias a una carta de recomendación firmada por su tío, presentaban una entrevista de trabajo en la oficina de correos del barrio Teusaquillo en la ciudad de Bogotá. Llevaban tres meses en la capital dedicados a actividades de supervivencia y tratando de conseguir un empleo estable para organizar una familia. Luego del examen que presentó perfumado y acicalado con esmero, le dijo que iría a pasar unos días con sus padres en Yaguará, en el Huila. Con el dinero ganado en la atención de una cigarrería compró el tiquete de tren que lo llevaría a Neiva, la última estación de la larga carrilera que se extendía desde la Estación de la Sabana, cruzaba la región andina, atravesaba el valle del Magdalena y culminaba en la capital del Huila. Al llegar ahí, protagonizaría la historia central de su vida.

Camilo Francisco Salas, historiador y autor del libro Así es mi Huila, lo conoció tres años después, en 1965. Se desempeñaba como docente de idiomas del colegio público Jorge Isaac en Ibagué. Camilo era visitador de la Secretaría de Educación del Tolima y lo trató en una ocasión en la que practicaba una visita de rutina a la institución educativa en la que laboraba. Siempre locuaz y dotado de un sentido del humor que afloraba en cada frase, recordaba el engaño con desparpajo y sin asomo de rubor.

Histriónico y con una imaginación desaforada, disfrutaba de que sobre su figura circularan todo tipo de rumores y hazañas, muchas de ellas inverosímiles pero todas atribuibles a su ingenio y talento para la actuación y el engaño. Urbano escuchó que vivía en los Llanos Orientales y era el propietario de una flota de avionetas. En los cafetines del centro de Neiva se oyó que, gracias a su formación políglota, Jaime era miembro honorario de la sociedad de Caballeros de Malta, el exclusivo círculo de poder al que pertenecen magnates y expresidentes del mundo entero. Monseñor Libardo Ramírez, ordenado como sacerdote en 1956 en el mismo seminario en el que estudió Jaime, lo conoció como condiscípulo. Cuando supo de su tramoya, no dudó en creerla: “Era tan inteligente como ambicioso. Sabía que tenía un talento excepcional y una mente cultivada que le servía para descrestar a gentes humildes e incautas”.

Jaime Salazar Díaz, arquitecto, urbanista y exalcalde de Neiva, lo encontró cinco años después en San Juan de Puerto Rico en un congreso latinoamericano de arquitectura urbana. Se le presentó como profesor de Filosofía de la Universidad de Puerto Rico y lo invitó a almorzar después de escuchar la ponencia de Jaime en el evento. Entre sorprendido y perplejo, Jaime aceptó la invitación con el propósito de conocer la versión del engaño de boca de su protagonista y auscultar al hombre que con su histrionismo y habilidad demostró el carácter lambón de los huilenses. Jaime disfrutó la gracia cautivadora del yagüareño.

Jorge Villamil Cordovez, le reveló a su biógrafo, Vicente Silva Vargas, que Lizardo Díaz, uno de Los Tolimenses, fue estafado por Jaime Torres Holguín en Bogotá. Se presentaba como importador de licores finos y nunca le entregó la botella de un whisky escocés que vendió al músico. Irma Suz Pastrana, amiga de Villamil, recuerda que, al año siguiente del fraude en Neiva, en 1963, la canción más escuchada de la radio en Colombia fue el sanjuanero El Embajador de la India. Orgulloso por haber inspirado la lírica picaresca de la canción, Jaime Torres le envió una carta agradeciéndole a Villamil el haber compuesto esa canción que lograba perpetuar sus peripecias en la memoria de los colombianos.

Guillermo Plazas Alcid, en calidad de abogado defensor del imputado, probó que no existía mérito alguno para abrir una indagación preliminar o abrir un proceso. El delito de suplantación, tipificado en el Código Penal de esos años, no se configuró. La República de la India no tenía en aquel momento representación diplomática en Colombia. Fue solo en 1968 que dicho país abrió formalmente un consulado en Bogotá. Tampoco se cometió hurto o usurpación. Todo lo recibido fueron obsequios y dádivas generosas y espontáneas de los parroquianos que, anonadados, escuchaban el enrevesado idioma del extraño.

Radicado en New Haven, en el estado de Connecticut, destacó como líder de iniciativas empresariales y filantrópicas en la comunidad de emigrantes latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Su aura de leyenda se prolongó en el tiempo y la memorable hazaña que protagonizó en el Huila se convirtió en un símbolo de la pasividad y genuflexión de las opitas. Aunque sus restos –según versiones familiares– fueron repatriados, en el fichero fúnebre del cementerio central de la catedral de Neiva no se encontró una tumba catalogada bajo el nombre de Jaime Torres Holguín. Quizás hasta su sepultura, supo burlarse de quienes hoy lo buscamos para contar su historia.

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Un ilustre desconocido

por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Señor OK

Número 148 Marzo de 2026

Rafael Barrett, español, periodista por casualidad, anarquista por “obra del libre examen” y paraguayo por adopción, fue un accidente literario y espiritual que ocurrió en Paraguay, Uruguay y Argentina entre 1904 y 1910. En tan pocos años, cuatro de ellos apurado por la tuberculosis y algunas veces por la policía, modificó el paisaje y el destino periodístico de esos países. Ocho versiones de sus obras completas, la última en 2011 en Paraguay, cerca de cincuenta antologías de su obra, investigaciones y tesis académicas recientes y de muy diferentes disciplinas ilustran su vigencia y su rizoma.

Aunque en Bogotá se publicó una antología de dos de sus libros, La solidaridad de los esfuerzos (Animal extinto, 2018), en Medellín y en Colombia la pregunta parece improcedente, pues se desconocen su obra y su nombre, tanto como su personalidad que fue otra obra que Barrett le agregó al mundo. En realidad, en Suramérica solo en esos tres países la pregunta traería respuestas suficientes.

En ellos y principalmente en Paraguay, donde es la cara más visible de la literatura nacional, después de Augusto Roa Bastos, Barrett construyó su obra de periodismo y sus cuentos, diálogos y aforismos que celebraron los escritores de mayor reconocimiento en estos países y en el mundo: Jorge Luis Borges en 1919 lo recomendó “de rodillas y con lágrimas en los ojos”, en carta a un amigo. José Enrique Rodó en 1908 en Carta abierta a Rafel Barrett, apuntó: “Yo no sé si tengo derecho a envanecerme de haber contribuido a aumentar el número de sus lectores”. Augusto Roa Bastos en 1978: “Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy”. Otros lo han llamado “héroe”, “santo” y hasta “imprescindible” siguiendo las estimaciones de Bertolt Brecht en su conocido poema, pues habitó en su periodismo, sin pausa, guiando su obra en una militancia esencialmente moral. “Todos tenemos la obligación de vaciarnos antes de desvanecernos”, escribió, cuando ya se había vaciado casi todo.

En su vida de imprescindible abundan episodios que lo instalan en la leyenda y lo alargan hasta el mito que su obra no necesita y que su vida no rechaza ni contradice porque le pertenecen. Que nació en la aristocracia española. Que casó, al menos, cinco duelos de caballero. Que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán apadrinó uno de ellos. Que llegó a Paraguay como corresponsal y más bien se enlistó como soldado de una revolución. Que se inició como periodista a los 27 y dejó de hacerlo a los 34 cuando murió, puede decirse, de periodismo. Que en tan poco tiempo construyó prolífica, profunda obra siempre intransigente con los poderes, incluso antes de declararse anarquista. Que en esos años vivió la cárcel, la difamación, la censura, el destierro, la pobreza sin pausa, algún atentado y también el plagio y la gloria aunque una gloria crepuscular, tres meses antes de morir y entregarnos su huella tan altamente comparable con la de José Martí.

En este punto es probable que la pregunta inicial haya derivado en otra: ¿por qué no conocemos ese periodista? Buenas preguntas en este 2026 que es el año de su sesquicentenario natal.

Como las ponderaciones de una escritura se muestran mejor así mismas que con palabras ajenas, se ofrece aquí una muestra mínima. El resto está en Google.

La gloria

Carta abierta al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:

Distinguido señor:

He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero ¿tienen razón las personas decentes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.

Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este… ¿cómo diré?… de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.

Pues bien, no solo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.

¡No llevo dos años de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.

Por otra parte, ¿qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo, quiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibilidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: “¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!”.

Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma ajena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.

Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?

¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.

¡Salud, señor de Phocas!

(6 de febrero de 1907) 

La plegaria del burro

La reciente psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d’un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:

Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.

Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.

Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.

Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores obscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.

Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora).

(27 de mayo de 1909)

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Ni oficio ni beneficio

Vagos, ociosos y malentretenidos en Rionegro, 1875

por FELIPE OSORIO VERGARA • Ilustración de Tobías Arboleda

Número 148 Marzo de 2026

¿Cuántas historias dejó por fuera el relato oficial de Antioquia? La memoria de esa provincia pujante que fue construida a pulso por habitantes que se encomendaban a la virgen y al santoral católico no podía permitirse darles relevancia a personajes indeseables que se salían de lo moralmente aceptable. Los vagos, los borrachos, las trabajadoras sexuales, los ladrones, los homosexuales y los leprosos “afeaban” las ciudades y los pueblos y chocaban con ese ideal de progreso, modernidad y buenas costumbres del que se ufanaban esos incipientes villorrios antioqueños. Iniciamos una saga que saca de debajo del tapete a estos seres despreciados por sus contemporáneos y de los que solo sabemos gracias a los archivos judiciales e históricos.

«Ahora es preciso que te despereces —dijo el maestro—, pues que andando en plumas no se consigue fama”.

Dante Alighieri, La Divina Comedia, Canto XXIV.

Esa calle ya era conocida. La que décadas después bautizarían como calle Obando en honor al expresidente José María Obando y que en el siglo XX sería llamada de la Chirria por el chirrido de los catres de metal de los hoteles de mala muerte y los burdeles era ya desde finales del siglo XIX un foco de “indeseables” en Rionegro, por entonces bastión liberal antioqueño y lugar donde en 1863 se había firmado la Constitución de los Estados Unidos de Colombia. Si bien era una calle comercial importante, que partía del parque principal hacia el noroeste, poco a poco esa misma actividad de comercio había enquistado allí una colonia de personajes incómodos para las autoridades y las élites rionegreras. “La calle Obando era un espacio dedicado y dirigido al comercio en el que se reunían tahúres, ladrones, vagos, borrachos, prostitutas, comerciantes y compradores, entre muchos otros, revelando la otra cara, el comercio ilegal y las diferentes practicas punibles”, explica el historiador Miguel Ángel Hincapié en Obando, sobando y metiendo. Historia de la calle Obando en la Ciudad Santiago de Arma de Rionegro. Allí se reunían los vagos de Rionegro y, precisamente, en diciembre de 1874 las autoridades tomaron cartas en el asunto, cansadas de las quejas de los rionegreros y buscando ejercer un control sobre esa población que consideraban opuesta al espíritu trabajador y modernizador de la ciudad: “Llámese a declarar a las personas más conocedoras de los habitantes de la población para que, bajo la gravedad de juramento, digan qué individuos pueden ser reputados como vagos de este distrito”, se lee en un expediente del tomo 309 del Fondo Judicial del Archivo Histórico de Rionegro.

Era ese sector el que frecuentaban Félix García, José Ochoa y María Lucía Montoya, individuos que el gobierno municipal quería escarmentar. Lo más probable es que se conocieran, bien porque coincidieran en esa misma calle, bien porque en un pueblo de poco más de nueve mil habitantes, según el censo de 1870, casi todos se conocían.

Félix García, de 18 años, fue el primer acusado como vago, y como la ley es para los de ruana, le tocó un proceso de policía inusualmente ágil, pues en solo seis días hábiles se pasó de la acusación al castigo. La palabra de dos testigos bastó para que sobre él cayera el rigor de la contravención de vagancia, pues era considerado un “joven suelto” y holgazán. “Este individuo no tiene renta, hacienda, oficio ni beneficio que le produzca honrosamente la subsistencia”, declararon José María Bernal y el profesor Miguel Valencia. Así, el 15 de diciembre de 1874 fue castigado con nueve meses de prisión en las colonias penales del Estado de Antioquia porque su conducta era “perniciosa para la sociedad”. El 6 de marzo de 1875, este castigo fue reafirmado por la prefectura del departamento del Oriente por ser “estrictamente legal la sentencia”.

Trabajar como hormiga arriera ha sido símbolo de los antioqueños, que han asociado el trabajo, más que como medio de subsistencia, en un mantra y un deber ser. Ya en el siglo XIX, exploradores nacionales y extranjeros habían gastado tinta destacando el espíritu industrioso de los antioqueños: “Es trabajador, sobrio, fuerte, robusto”, describía la Comisión Corográfica en 1858 en su Geografía física y política de las provincias de la Nueva Granada; mientras que el explorador francés Pierre d’Espagnat escribió en 1897 en sus Recuerdos de la Nueva Granada que “esta raza antioqueña respira actividad y trabajo”. La vagancia se oponía a este andamiaje y fue rechazada en la época colonial y republicana por los diferentes estamentos. Para la Iglesia, los vagos eran contraventores del sistema de valores del cristianismo que, desde el Génesis, dictaba ganarse el pan con el sudor de la frente y que solo admitía el día de descanso para el culto religioso, amén de ser la personificación del pecado capital de la pereza. Los diferentes gobiernos, por su parte, tachaban a los Cosiacas que pasaban los días callejeando, gastando suela o “mal parqueados” en las aceras como obstáculos del progreso y antítesis del buen ciudadano en tanto distaban de los pilares del orden social establecido, soportado en la familia, la propiedad, el trabajo, la moralidad y la fe católica. “La promoción de los ideales de la ciudadanía se basó en la exaltación de ciertos valores y la reprobación de ciertos comportamientos a través de la creación de una imagen de lo que era bueno y malo, con una moral que aceptaba o rechazaba formas de ser. Para lograrlo, se consideró necesario extirpar la vagancia y difundir la moralidad”, expone el historiador Leonardo Zapata en Criminalización, instrumentalización y moralización: el manejo de la vagancia en Antioquia, 1825-1858.

Otro rionegrero acusado de vagancia, pero esta vez anclada en el malentretenimiento, fue José Ochoa, un cincuentón casado con Juliana Vallejo, con quien tenía dos hijas: Rita y Teresa. Ochoa vivía en San Antonio de Pereira donde, a veces, cultivaba la tierra. Sin embargo, daba mala vida a su familia y eran frecuentes sus alborotos y embriaguez. “Este hombre es de muy mala conducta, casi no trabaja y si lo hace es una que otra vez, pasando la mayor parte del tiempo en la ociosidad, jugando en los garitos o tomando licor hasta embriagarse; en este estado es que causa más escándalos públicos. Da malos tratamientos a su esposa y a sus dos hijas, amenazándolas continuamente e insultándolas sin motivo alguno, lo mismo que a los particulares. En pocas palabras, es un hombre dañado y corrompido”, señalaba el agricultor José María Sosa el 30 de junio de 1875.

Desde la Colonia, especialmente bajo las Reformas Borbónicas del siglo XVIII, la vagancia había sido criminalizada porque se asociaba a la delincuencia y la degradación social. Por eso, surgieron diferentes conceptos, vigentes hasta el siglo XIX, para precisar la categoría del vago. Sobre esto, la socióloga Patricia Rodríguez reunió en Reconstrucción de la objetivación del sujeto vago en Colombia las cuatro grandes clasificaciones: el holgazán, para las personas renuentes al trabajo o que se aprovechaban del prójimo y su caridad para evitar laborar; el vago, para quienes andaban de pueblo en pueblo, viviendo en la ociosidad; el malentretenido encarnaba esa figura transgresora de las normas sociales de convivencia pública (como los jugadores y borrachos), los horarios (trasnochadores) y los espacios (asistentes a burdeles, galleras, garitos, billares), lo que les restaba tiempo dedicado al trabajo; por último el joven suelto definía a los muchachos rebeldes que no se sujetaban a la disciplina del hogar, eran altaneros con sus padres y no ejercían actividades consideradas como útiles.

La mala conducta de Ochoa y sus frecuentes escándalos en garitos, galleras y billares del centro de Rionegro hicieron que la población se quejara de él ante las autoridades argumentado que, más que vago, Ochoa era un malentretenido. “Ochoa trabaja algo la agricultura, pero el día que se pone a jugar, bota el producto de él y lo despilfarra todo”, narraba el carpintero Eusebio Castrillón. El expediente de Ochoa está incompleto, por lo que se pierde el rastro sobre el castigo asignado, aunque lo más probable es que recibiera prisión en las colonias penales del estado de Antioquia entre tres meses y máximo un año, tal y como dictaban las disposiciones de policía de aquella época, donde sería obligado a trabajar en obras públicas como vías o líneas telegráficas que se extendían como telarañas por el quebrado paisaje antioqueño.

Portada del expediente de José María Ochoa por vagancia. Archivo Histórico de Rionegro, Fondo Judicial, tomo 309.

La Ley General de Policía del Estado de Antioquia de 1856, válida en ese entonces, dedicaba su décimo capítulo a la vagancia, donde en veinticinco artículos dictaba los pormenores de su clasificación, sanciones y consideraciones. Por ejemplo, en el artículo 81 se describían los doce tipos de vagos que debían ser castigados. Estos iban desde los holgazanes sin “oficio ni beneficio”, de los que no se sabía de dónde venía su sustento; pasando por las prostitutas, los errantes, los limosneros, los jugadores, los ebrios y escandalosos; hasta aquellos jóvenes con poco respeto a sus padres o patrones, que poseían malas costumbres y que, si trabajaban un día, pasaban el resto de la semana dedicados a la “ociosidad”. Además, enumeraba los seis posibles castigos que recibirían por este delito: trabajarles a particulares por uno o dos años en calidad de concertados y recibiendo alimento, vestido, pero no necesariamente salario; trabajar en obras públicas o en el centro de reclusión, pagar una multa o una fianza y comprometerse a tener una buena conducta; o hasta ser desterrados en poblaciones de reciente fundación en zonas baldías y lejanas.

Y aunque la Ley de Policía de Antioquia de1856 marcó un hito, toda vez que la vagancia dejó de ser un delito contemplado en códigos penales para considerarse una contravención —una falta a la convivencia que debía ser atendida y corregida por la policía y no por jueces ni tribunales—, esto no significó que la vagancia no fuera reprimida, especialmente cuando se trataba de mujeres.

A las mujeres se les exigía ser hacendosas, administradoras de su hogar y reflejo de buenas costumbres ante el ojo escrutador de la sociedad. Por eso, cualquier resquicio de “inmoralidad” o vagancia dentro del “bello sexo”, como se hacía referencia en el siglo XIX a las mujeres, debía ser inmediatamente extirpado. Fue el caso de María Lucía Montoya, de 43 años, tachada de “pedigüeña” y limosnera. “Conozco a María Lucía Montoya y me consta que es mujer de muy malas costumbres, que pide limosna aun siendo sana y robusta, haciendo esto en compañía de un niñito a quien ha acostumbrado a mendigar sin necesidad. Sé que, aunque se le ha proporcionado trabajo, no trabaja”, declaraba el agricultor Rafael Arenas. Así, el 12 de abril de 1875, la Jefatura Municipal de Rionegro decidió abrir una causa con el fin de determinar si, efectivamente, era vaga y poderla castigar. Las autoridades de Rionegro llamaron a declarar a tres testigos, todos hombres casados y de buena reputación entre las gentes del pueblo, con el fin de que corroboraran las noticias de la vagancia de “la Montoya”. Tanto el agricultor Arenas, como el alcaide Juan Peña y el alguacil José Sosa coincidieron en que Lucía era joven, sana, en edad y con las condiciones de trabajar, pero que se negaba así se le ofreciera trabajo. Argumentaban que salía siempre acompañada de un niño, presumiblemente hijo suyo, al que ya estaba malacostumbrando a la pedigüeñería. A lo largo de la causa, los testigos enfatizaron en que ella era una mujer sana y robusta, porque sabían que en la Ley General de Policía se leía que solo podían aceptarse como mendigos aquellos que, por imposibilidad física, no podían trabajar y no tenían quién viera por ellos, debiendo contar con la licencia o permiso por parte de la policía municipal para ejercer la mendicidad.

La Jefatura Municipal de Rionegro notificó del inicio de la causa a María Lucía al mediodía del lunes 12 de abril con el fin de que tuviera el derecho de defensa. Esta manifestó que: “No me conformo con el cargo que se me hace”, por lo que las autoridades le concedieron tres días para presentar descargos. El 15 de abril a las dos de la tarde venció el plazo y Lucía no presentó ninguna defensa, por lo que al lunes 20 las autoridades municipales determinaron: “Esta jefatura, administrando justicia en nombre del Estado y por autoridad de la ley, falla condenándose a María Lucía Montoya a sufrir la pena de seis meses de reclusión, que sufrirá en las colonias penales del Estado”.

El Censo de Rionegro de 1870 registra que María Lucía Montoya era ama de casa, casada con el agricultor Vicente Echeverri desde 1867, mientras que en el libro de Bautizos de 1870 se señala que tenían un hijo llamado Gregorio. Si su hijo la acompañaba a pedir, y en el expediente no hay registro o mención alguna a su marido, ¿será que acaso perdió a su esposo y se vio obligada a mendigar para sobrevivir? ¿Será que en lugar de buscar trabajo eligió vivir de la limosna y apelar a la lástima, aprovechando a su hijo pequeño, como expresan los testigos? Nunca se sabrá, así como tampoco se sabe qué pasó con el niño una vez María Lucía fue encarcelada, donde el trabajo no sería oficio ni sustento, sino condena.

***

Félix, José y María Lucía fueron usados de ejemplo para moralizar a la población rionegrera de finales del XIX, mientras se imponía un ideal de civilidad anclado en la productividad, que valoraba al individuo en tanto este fuera útil dentro del engranaje del trabajo. Por eso, en su mayoría, el control de la vagancia fue un disfraz que beneficiaba los intereses económicos de las clases dirigentes, buscando integrar mano de obra a los proyectos productivos del Estado y valiéndose de su fuerza para la apertura en zonas de frontera o empleando su trabajo en colonias penales. Además, condenar a los vagos no atacaba de raíz los problemas estructurales de entonces, donde el desempleo entre las grandes masas de personas sin tierra dejaba a un buen número de población flotante en la delgada línea entre el desempleo y la vagancia, y donde los espacios de ocio, aun entre las personas trabajadoras, eran censurados bajo un sistema de valores que alababa el trabajo y reprochaba el descanso.

Yo no nací sino para amar

por PAULA ANDREA MARÍN COLORADO • Ilustración de Hansel Obando

Número 148 Marzo de 2026

Es julio de 1868. Eusebio Liborio viaja de Bogotá a Tocaima (Cundinamarca) para tomar posesión de una hacienda familiar que su mamá Blasina había heredado del abuelo Miguel: La Ceiba. Allí, planea hacer el montaje de un establecimiento de añil. Lleva meses escuchando a Miguel Antonio, su hermano mayor, y a amigos de la familia hablar del éxito del añil en el exterior, especialmente en Londres, a donde le han dicho que es fácil exportarlo. A sus 23 años, Eusebio debe tomar la primera decisión importante de su vida: definir su profesión u oficio. Eusebio no solo piensa en su familia, sino en la mujer de la que está profundamente enamorado: Susana. Si el establecimiento de añil fracasa, no se podrá casar con ella, defraudará a su familia, los dejará en la ruina y no podrá sobrevivir sin el amor de su amada.

Eusebio ha leído varios de los manuales y artículos de prensa que se han publicado, en los que se explica el proceso de cultivo y extracción del añil. Los libros no tienen gráficos ni ilustraciones, pero las descripciones son muy detalladas. Cuando va a llevar las cartas para Bogotá habla con los hombres en el pueblo y todos le dan consejos para el negocio. Dónde conseguir gente de confianza para sembrar el añil, para construir el tanque, para instalar la bomba de agua. Eusebio debe encargarse de fabricar los ladrillos para hacer el tanque, al tiempo que coordina la siembra del añil y la consecución de la bomba de agua que lo surtirá con la suficiente cantidad y presión. A medida que pasa el tiempo no puede ocultar más su desesperación en las cartas a su hermana Margarita, porque el negocio exige más gastos de los que había previsto. A la falta de cálculo presupuestal se suma la inexperiencia y dificultades en el trato con albañiles y jornaleros en la hacienda, la incertidumbre del clima y la llegada de las plagas; se necesita un equilibrio entre la lluvia y el sol para que el añil pueda crecer bien, un factor incontrolable. A todo lo anterior se suma otro reto: exportar el añil a Londres.

En noviembre de 1869 Eusebio recoge la primera cosecha de añil; en julio de 1870 despacha su primera remesa para Europa y en enero de 1871 ya ha exportado varias cajas a Londres, pero las ventas no han sido tan altas como esperaba, así que empieza a vender el añil en Bogotá a un alemán que se encarga de exportarlo. Para junio de 1871, Eusebio comienza a fraguar el plan de vender el establecimiento: “Estoi convencido ya que en este negocio no se gana sino mui poca cosa que luego vendrá a perderse en un fuerte verano”, le escribe a su hermana el 17 de junio de 1871. Para septiembre del mismo año, le explica a su hermana que hacer el avalúo del establecimiento es difícil, pues “esta empresa de añil es calificada de mala por muchos de los que hasta ahora poco la creían tan buena”. Para julio de 1872, Eusebio, si bien se encuentra aún en La Ceiba, ya no menciona nada sobre el añil en sus cartas; sus angustias han desaparecido. Está feliz porque está preparando su matrimonio con Susana, con quien vivirá en la hacienda desde 1873.

El desenlace de la aventura de Eusebio Liborio no es excepcional. El boom del cultivo del añil en Colombia fue efímero: duró menos de una década. A partir de 1850 los países europeos aumentaron su demanda de productos agrícolas y mineros, provenientes de Latinoamérica. En Colombia, esa demanda se concentró en el cacao, el tabaco y la quina, el producto más exportado en el país durante el siglo XIX. A finales del siglo, el café los desplaza a todos. A mediados de la década de 1860, descendió el cultivo del tabaco y se encontraron oportunidades para la producción y exportación del añil en las regiones de Ambalema y Honda (cerca de Tocaima), pero en la década de 1870 la producción se arruinó porque en Prusia inventaron los colorantes artificiales y Bengala se restableció como principal abastecedor de añil para el mercado inglés. A diferencia del tabaco y la quina, el añil requería una inversión de capital significativa y suponía un riesgo de inversión mayor, pues se necesitaba procesar el producto del cultivo y este agotaba muy pronto la productividad de la tierra. Según afirma Carolina Sastoque, en su artículo «Tabaco, quina y añil en el siglo XIX. Bonanzas efímeras», “solo comerciantes y terratenientes de reconocida trayectoria contaban con la acumulación de capital para iniciar tal negocio”. Eusebio Liborio Caro Tobar no encajaba en ninguna de estas posiciones.

Los Caro Tobar no eran una familia muy acaudalada. Desde que llegó a Colombia el primer Caro, proveniente de España, a finales del siglo XVIII, generación tras generación, los hombres habían ocupado distintos cargos como funcionarios públicos (sobre todo, en Hacienda), primero de la Corona española y luego de la república. Con la Independencia, fue Nicolasa Ibáñez, abuela de Margarita, Eusebio Liborio y Miguel Antonio, quien había intercedido por su esposo, Antonio José Caro, ante Simón Bolívar, para que obtuviera un cargo en el gobierno de la nueva república. Luego de su distanciamiento de Bolívar, Nicolasa fue muy cercana a Francisco de Paula Santander, quien también otorgó a su esposo un cargo como funcionario público. Es con José Eusebio Caro (padre de los hermanos Caro Tobar), que los hombres Caro empezarán a ocupar cargos ya no solo como funcionarios públicos, sino también como políticos en el Congreso (adscritos al Partido Conservador) y que se empezarán a desempeñar como escritores públicos (fundadores y redactores de periódicos, y autores de libros), como lo será Miguel Antonio, quien también ocupó el cargo de presidente de la república. Cuando José Eusebio se casa con Blasina Tobar, ella aporta el capital económico a una familia que solo lo tenía en términos sociales, culturales y políticos.

Las cartas entre los hermanos acompañan los esfuerzos de Eusebio; junto a ellos, hay otros temas importantes, como la salud. Hay una insistencia en el cuidado que Eusebio debe procurarse para no causar sufrimiento a su familia. Según Beatriz Castro (en el libro Historia de la vida cotidiana en Colombia), el periodo 1855-1872 fue una época en la que los ciudadanos padecieron de mucha ansiedad, no solamente por las guerras civiles, sino por las pestes, epidemias (de viruela, sarampión, tosferina, disentería y gripe) y por la mortandad de mujeres y niños durante los partos; la mortalidad infantil era del sesenta por ciento. Ante esta cercanía constante de la experiencia de muerte, la religión católica se convirtió en un refugio. La presencia del credo católico es muy enfática en las cartas entre los hermanos Caro; la virtud cristiana que más se menciona en ellas es la resignación, la “conformidad con la que se deben llevar las muchas amarguras de que está llena la vida” (carta de Eusebio a Margarita, 26 de agosto de 1871). Eusebio se siente menos apto para lograr esta resignación y le escribe a su hermana: “Yo soy malo y tú una santa” (carta del 28 de enero de 1869).

Las cartas entre Margarita y Eusebio no se leen solamente como cartas entre hermanos, sino entre dos seres que han construido una amistad, es decir, un tipo de relación excepcional entre hombres y mujeres en la época (a las mujeres les restringían mucho las relaciones con los hombres, pues se temía por la pérdida de su “virtud”), a través de la cual podemos acceder a su mundo emocional. La complicidad entre Eusebio y Margarita es clara en las cartas desde su niñez, cuando él estaba internado en el colegio; en una de las cartas, le pide a Margarita que interceda por él ante su mamá para que lo saque de interno, porque está muy aburrido de estar encerrado. De esta complicidad y grado de intimidad alcanzado en el vínculo entre los hermanos se desprende otro tema muy importante en las cartas: la relación afectiva que cada uno de ellos estaba comenzando con quienes luego serían sus cónyuges: Susana de Narváez Guerra y Carlos Holguín Mallarino.

Sus nombres no aparecen en las cartas (solo alusiones a ese “él” y a esa “Ella”), sino hasta que el compromiso de matrimonio es oficial en ambas parejas. Susana le había pedido a Eusebio que no le escribiera, porque, al parecer, esto le producía demasiada ansiedad; ella sufría por no ver a Eusebio y manifestaba celos. Por su parte, Eusebio también sufría, no solo por no tener noticias de Susana (que le solicitaba frecuentemente a Margarita), sino por no tener el patrimonio suficiente para casarse con ella: “Espero nuestro matrimonio como una salvación para mí. ¿Que qué me ha faltado para realizarlo? Dinero” (carta a Margarita del 24 de junio de 1871). En mayo de 1870, tras la aprobación de la propuesta de matrimonio por parte de Susana y de sus padres, la familia Caro Tobar la acepta como futura esposa de Eusebio; luego de esto, su hermano Miguel Antonio comienza a visitar la casa de los Narváez Guerra y terminará casándose, en 1872 (un año antes del matrimonio de Eusebio), con la hermana menor de Susana: Ana de Narváez.

El matrimonio católico era un mandato para los hombres y, sobre todo, para las mujeres de la clase social de los hermanos Caro Tobar. Sin esposo, a las mujeres les era difícil gozar de autonomía económica y social; toda su formación tenía como única finalidad la de “cautivar un marido”, según leemos en los manuales de comportamiento de la época.

Margarita se preocupaba porque su hermano, siendo tan joven y sin tener aún un oficio o patrimonio claros estuviera pensando en casarse, guiado por los consejos de un corazón que se sentía enamorado por primera vez. Eusebio expresará durante toda su correspondencia cómo las cartas de Margarita siempre son un consuelo para su alma y lo mucho que extraña verla: “Cada carta tuya me hace una impresión tal, que no podría esplicártela. Cuando veo que ya se acaba casi siempre lloro de aflicción al ver que tú me estás pensando i que me hablas i yo no puedo verte i abrazarte” (carta a Margarita del 14 de marzo de 1869). Lo mismo le sucede a Margarita: “Dulcificas mis disgustos y mis tristezas” (carta a Eusebio del 17 de septiembre de 1873). Cada uno desea ser el mejor amigo del otro y no hacer más pesada “su carga”:

Mi amor por ti, amor que no se funda únicamente en la sangre que corre igual por nuestras venas, y que hace que todos los hermanos, a no ser excepciones monstruosas, se quieran instintivamente, sino también en la simpatía de nuestros sentimientos, en la amistad que hace nacer la estimación, y sobre todo en la extremada ternura y la confianza que tú me has inspirado desde que éramos niños. (Carta de Margarita a Eusebio del 2 de enero de 1870).

Lo que más anhelan es verse para poder hablar muy largamente; las cartas se quedan cortas para sustituir una verdadera conversación, además porque debían ser muy cautelosos con lo que se contaba en ellas, no solo debido al temor de que las palabras llegaran a destinatarios distintos (las cartas se leían en voz alta a familiares y amigos cercanos), sino por el imperativo de no preocupar en demasía a los seres queridos. Margarita le envía a Eusebio, además de las cartas, libros, periódicos y diccionarios para ayudar a paliar un poco la soledad y el aislamiento del hermano. Ambos cumplen con una tarea que, por lo general, se atribuye como propia de las mujeres: una función terapéutica de regulación de la vida emocional del otro. “Hay veces que me dan deseos de contarte ideas que no le contaría ni a mi confesor”, le escribe Margarita a su hermano (carta del 21 de septiembre de 1870).

Esta regulación emocional era un lujo en un contexto en el que hablar abiertamente de las emociones no estaba bien visto; la expresión de las emociones estaba limitada para ambos sexos, aunque especialmente para las mujeres, pese a que históricamente se haya relacionado a la mujer con esta capacidad, pues sobre ellas se ejercía —y se ejerce— mayor vigilancia sobre su comportamiento.

En el best seller de la época —que sigue editándose en la actualidad—, el Manual de urbanidad y buenas maneras de Carreño, se afirma: “Los gritos descompasados de dolor, de la sorpresa o del miedo, los saltos o demás demostraciones de alegría y el entusiasmo, los arranques de ira son enteramente características de las personas vulgares y mal educadas”. La expresión de las emociones que muestran vulnerabilidad, como el amor, tal como lo hace Eusebio en sus cartas, la podemos entender como liberación por escrito de aquella expresión que en persona no podía hacer. Sin embargo, lo interesante en el caso de Eusebio es que la expresión exaltada de los sentimientos, que vemos en sus cartas, sobre todo, los de desasosiego, miedo a la locura, pero también amor y alegría máxima, parecen ser un rasgo de su personalidad, tanto escritural como comportamental: “Yo no nací sino para amar”, le escribe a su mamá Blasina (10 de julio de 1870), y luego a su hermana: “Yo sin afectos no podría vivir, como no podría vivir un árbol sin agua” (carta a Margarita, s.f.). Eusebio parece identificarse con su padre José Eusebio Caro, el mayor exponente del romanticismo en Colombia:

¡Me he acordado mucho de papá! Me parecía cuando estaba llorando i sentía una dicha tan grande, que él me miraba desde el Cielo i que me bendecía. Nunca como ahora había podido estimar, ni graduar en todo su valor el profundo sentimiento que a él lo dominaba i que espresó tan bien en su [poema] “Lágrima de felicidad”. (Carta a Margarita del 14 de mayo de 1870).

Eusebio, a quien le gustaba cantar, tocar la cítara y practicar la ebanistería, se sentía “incapaz de hacer nada útil” y se sentía avergonzado cuando se comparaba con su cuñado Carlos Holguín (congresista, luego director del Partido Conservador y más tarde presidente de la república) y con Miguel Antonio. Esta situación expresa las presiones a las que también ha estado sometida la masculinidad dentro del sistema patriarcal.

Margarita es menos expresiva frente a sus emociones y amonesta a Eusebio por sus continuas pesadumbres, quizá también porque temía que la desazón del hermano por la falta de su amada afectara el patrimonio familiar que estaba en juego; sin embargo, en junio de 1869, le expresa que por fin lo entiende y que ya no reconvendrá más su actitud, pues ella misma ha experimentado el sufrimiento por amor, cuando su familia se opone a su matrimonio con Carlos Holguín; si antes instaba a Eusebio a que no pensara en amores tan pronto, siendo tan joven (aunque era mayor que ella) y, más aún, sabiendo que era la primera vez que se enamoraba, a partir de ese momento, será más comprensiva con su situación. Sin embargo, después de casada vuelve al tono serio de reconvención, aunque prudente, para que el hermano sea más ordenado con la economía del negocio, con el orden en el gasto.

Para un hombre —y no solo de la clase social de Eusebio—, el matrimonio demandaba tener un oficio o profesión consolidada socialmente, desde la cual pudiera ofrecerse un futuro estable a la futura esposa (y su familia). No era, pues, suficiente, con ser de la élite social, cultural y política para ser un “buen partido”, sino también demostrar suficiencia económica, como no era el caso, en un principio, de Eusebio frente a Susana, menos habiendo escogido la vía del añil. Margarita, por su parte, debía cuidar muy bien su decisión de con quién casarse, pues de ello dependía no solo su futuro, sino también el de su familia.

Esta relación epistolar entre Margarita y Eusebio Caro Tobar se cuenta a través de las cartas conservadas en el Fondo Holguín y Caro, del Instituto Caro y Cuervo (Bogotá), que apenas ahora empieza a ser explorado, y nos permite cuestionar los prejuicios sobre las relaciones de género en el siglo XIX colombiano. Si bien hubo un régimen emocional que impelía a hombres y mujeres a constreñir la expresión de sus sentimientos, Margarita y Eusebio —como todos los hombres y mujeres de todas las épocas— encontraron formas de negociar con él. En la identidad masculina de Eusebio confluyen el hombre sensible y el hombre productivo; en Margarita, la exigencia de ser el “ángel del hogar” y la mujer práctica que puede sostener el orden y la economía familiar.

Felipe Osorio Vergara

Laura Almanza