La sombra de Briceño
por FRANCISCO LEBARIO • Fotografías del autor
Número 150 Agosto-Septiembre de 2026
A diez años de la firma del Acuerdo de Paz en La Habana, la coca y los fusiles todavía dictan la ley en muchos territorios del país. Los grupos armados intercambian miembros y siglas con ligereza, como si fueran una tienda o un taller. Aun así, líderes sociales
y campesinos insisten en cosechar lejos de las grameras y el plomo.
Sentada en su casa, descansando después de un largo día de trabajo, mientras espera que hierva la aguapanela para prepararse un tinto, Flor García, funcionaria de la Alcaldía de Briceño y lideresa de la vereda Buenavista, reflexiona sobre la paz, sobre el significado de esa palabra tan manoseada en los recientes años en Colombia.
“¿Qué es la paz?”, se pregunta y suspira la joven mujer, a quien la tranquilidad le ha sido tan esquiva desde que era apenas una estudiante, y entonces sonríe, nerviosamente.
“Creo que la paz es poder trabajar, progresar, ser una misma sin que nadie llegue a violentarte, sin que nadie te amenace o te ponga obstáculos”, dice finalmente, pero no está tan segura de sus palabras, aunque a mí, que soy su interlocutor, me parecen brillantes.
Esa paz que ha soñado Flor toda su vida, y que ella misma se ha ido construyendo con estoica paciencia, les fue prometida a los briceñitas mucho antes de ese histórico noviembre de 2016, cuando en La Habana, Cuba, el gobierno de Juan Manuel Santos firmó el Acuerdo de Paz con la antigua guerrilla de las Farc. Tras diez años de un tortuoso proceso de implementación, esa palabra esquiva e indefinible parece al borde de consolidarse, pese a que en Briceño, ese pequeño caserío asentado en una de las montañas de la cordillera Oriental, en el corazón del nudo de Paramillo, en el Norte antioqueño, la ley sigue siendo la que dictan los fusiles y la hoja de coca.
Entre el 1 y el 9 de agosto de 2026, Briceño padeció un largo enfrentamiento entre integrantes del Frente 36 de las disidencias de las Farc y un grupo amplio de las Autodefensas Gaitanistas o Clan del Golfo. Guerrilleros y paracos se midieron el aceite en un fuerte tastaseo en cercanías de las veredas El Hoyo y Palmichal, que obligó al desplazamiento de 77 familias hacia el casco urbano del municipio.
El duelo entre los dos poderosos grupos armados cobró la vida de cuatro subversivos y terminó con la rendición del Frente 36, comandado por alias Calarcá. Ese grupo, días previos al cruce de balas y drones cargados de explosivos, había pasado a denominarse Frente 5, pero después de la confrontación, dicen los pobladores de Briceño, se extinguió como guerrilla y sus integrantes pasaron a formar parte del Clan del Golfo.
Gilberto, amigo de Flor desde mucho antes de la primera etapa de la implementación del Acuerdo de Paz, es líder social en la vereda La América y asegura que “ahora sí habrá paz, porque un solo grupo tendrá el control de Briceño”.
Gilberto es beneficiario del Programa Nacional Integral de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito (PNIS), y también es presidente de la asociación de cafeteros Cafepazbri, que aglomera a 79 familias, todas ellas en el PNIS, que venden quinientos kilos de grano tostado al mes.
Pero Gilberto no siempre fue cafetero. Nacido en Medellín, fue abandonado por sus padres biológicos con un año de vida, y tras ser acogido por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar pasó por diferentes familias, hasta que la cuarta de ellas lo volvió a abandonar, dejándolo en la humilde casa de un campesino de Briceño, a mediados de los años ochenta.
El campesino no lo tiró a la calle, pero lo puso a trabajar de seis de la mañana a cinco de la tarde, todos los días. Le enseñó a arar la tierra, a sembrar frijol, tomate, plátano y cacao. Para entonces, las Farc ya se habían asentado en las afueras del municipio, cerca de la frontera con Anorí, y empezaron a obligar a los campesinos a sembrar hoja de coca, un producto que quemaba la tierra.
A Gilberto aquello no le gustaba. Prefería bajar a pescar en el Cauca y, de vez en cuando, echarle suerte al baraqueo. Se acostumbró a caminar el monte desde que era un niño y por eso, cuando bajaba al río, hacía esa travesía desde San Fermín, pasando por las quebradas Las Montoya, Cenizas, Los Zapata y el río Briceño, hasta bajar a la represa. No le importaba quedarse acampando en esos matorrales llenos de mapanás y rabos de ají, y cuando el sol calentaba sobre yarumos, balsos y carboneros, él se metía al río y se dejaba refrescar por esas aguas opacas, hasta que se le cansaban los brazos y entonces se acercaba a una orilla pedregosa para buscar las pepitas de oro.
Fue así como conoció a Flor, que también le sacaba granitos y ripio al gran Mono, hasta que llegó Hidroituango y les cortó la veta a fuerza de macanazos del Esmad.
Comenzando los años noventa, con la famosa política de apertura económica impulsada por el entonces presidente César Gaviria Trujillo, el precio del café se fue al piso y a los campesinos de Briceño no les quedó más remedio que meterse de lleno a la siembra de hoja de coca. Gilberto aceptó su destino, pero Flor prefirió volver a su vereda y huyó de la pobreza casándose con uno de sus vecinos.
Mientras Gilberto se ganaba cuarenta o cincuenta mil pesos jornaleando con la hoja de coca, Flor si acaso llegaba a los quince recogiendo con su esposo. Además, el café solo da dos cosechas al año, mientras que la coca puede recogerse hasta siete veces por año.
Hidroituango les había robado el río, la pesca, el oro. La guerrilla les había quitado la cultura del agro y hasta de la guasca. Con el correr de los años, Briceño, pueblo sin nombre y con el apellido de un coronel venezolano de los turbios tiempos de la Independencia, pasó de la música guasca al vallenato y su paisaje se tornó monótono, pálido y oscuro. Y entonces llegó el Acuerdo de Paz y montó su laboratorio en la vereda El Orejón. Todo parecía un pretexto para poder culminar con éxito la megaobra de Hidroituango, pero los briceñitas se tomaron en serio la promesa y la celebraron con bombos y platillos. La paz, por fin la paz.
En 2015, Flor ya había empezado a estudiar gracias una beca que se ganó a través de la alianza Antioquia-Medellín-Bilbao-Bizkaia (AM-BBI), que invirtió cuatro millones de euros en capacitaciones e intercambios.
Tenía 19 años cuando aplicó a las ofertas y terminó siendo elegida para estudiar Tecnología en Gestión Agroforestal en la Universidad Católica del Norte. Fue un reto tremendo para la joven madre, que ni siquiera sabía cómo usar un computador. Entonces no solo tuvo que estudiar la carrera, sino aprender cómo se estudiaba.
“Cuando vinieron con el proyecto de Hidroituango nos dijeron que podíamos vincularnos. Nos capacitaron cuatro años. A mí todo eso me hizo pensar y me abrió los ojos. Cada mes me iba para Medellín a estudiar liderazgo. Después me gané la beca, junto a otras cinco personas. Nos pagaban el cien por ciento de esas capacitaciones. Nos dieron computadores portátiles para poder conectarnos a las clases, pero no sabíamos ni prenderlos”, cuenta entre risas, pero la verdad es que fue un momento de inseguridades, pues muchas veces tuvo que ir hasta el Valle de Toledo para que el sacerdote de ese caserío le ayudara a manejar ese confuso aparato.
Flor se graduó con honores y cuando volvió a su vereda se convirtió en una persona muy importante para la Junta de Acción Comunal; fue secretaria y presidenta. Gracias a sus estudios, aunó esfuerzos con otras mujeres y fundaron MUPA (Mujeres Unidas por la Paz), en agosto de 2009. La organización comenzó con cuarenta socias y recibió apoyo de la Gobernación de Antioquia y Naciones Unidas. Todas eran campesinas, el primer proyecto que emprendieron fue un cultivo de dos hectáreas de mora, en Buenavista.
Sembraron tres variedades: Castilla, San Antonio y mora aceituna. Todo marchó muy bien durante dos años. El suelo que habían tomado en arriendo era fértil y comenzó a dar frutos rápidamente. Lograron obtener varias cosechas y vender muchos kilos de la fruta, hasta que, de un momento a otro, todo se vino abajo.
“La guerrilla nos advirtió que no volviéramos al cultivo porque lo habían minado”, narra Flor con tono melancólico.
Los grupos armados ilegales habían regresado al territorio, con los viejos nombres, aunque con otros cabecillas. Ahora eran llamados disidencias, pero mantenían los apelativos de frentes 4, 5, 18 y 36. Los paramilitares también regresaron, pero ahora como Clan del Golfo.
No habían transcurrido ni dos años de la implementación del Acuerdo y Briceño ya estaba plagado de minas, de hombres armados y de cultivos de hoja de coca. La paz se había ido al carajo, como el río Cauca.
Sin embargo, a Flor la vida le había cambiado. Eso de volver a las labores del hogar ya no era para ella. Quería estudiar más, iniciar más proyectos, liderar.
Por su parte, Gilberto estaba en ascuas. Había dejado el cultivo de coca y había vuelto a sembrar plátano, frijol y café. Se había inscrito en el PNIS, muy emocionado, pues para él, “la paz es tener salud y tranquilidad, y eso de estar escuchando balaceras en el monte no es paz para nadie”.
En 2020, Flor y sus amigas volvieron a su cultivo de moras. El Acuerdo había propiciado un desminado humanitario y la noticia era que podían regresar a la vereda Buenavista. Cuando se asomaron al cultivo ya no había nada, las plantas se habían marchitado, la tierra se había quemado. Muchas de las socias de MUPA decidieron irse del pueblo, pero Flor continuó. Entregó las dos hectáreas al anterior dueño, quien inmediatamente las llenó de ganado, y se metió al programa PNIS para reiniciar su vida a través del café.
“No fue fácil porque la coca había dejado contaminados los suelos, pero poco a poco salimos adelante y nos ha ido bien. Sin embargo, muchas de mis compañeras abandonaron el proyecto por miedo, y porque les dolió ver todo destruido. Ahora tenemos un avance significativo con el café, y eso nos ha generado mucha tranquilidad. Podemos sostener nuestras familias”, afirma.
Es difícil determinar si el Acuerdo de Paz fue un fracaso total. Bajo la fría lupa de las estadísticas, pareciera que no, pues en el enclave del Bajo Cauca, Norte y Nordeste antioqueño se lograron impulsar más de 7800 proyectos del Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) y se beneficiaron más de once mil familias con el PNIS, todo eso con una inversión cercana a los dos billones de pesos.
Sin embargo, en el caso de Briceño, la década del Acuerdo ha estado marcada por el asesinato de once líderes sociales, incluidos cuatro inscritos en el PNIS, el exalcalde del municipio en el periodo 2016-2019, José Danilo Agudelo Torres, y del periodista y poeta Mateo Pérez Rueda. Además, asesinaron a un firmante del Acuerdo de Paz y desplazaron forzosamente a 6183 personas, en nueve hechos diferentes.
Y en todo ese territorio PDET, que comprende trece municipios desde Caucasia hasta Segovia, desde 2016 hasta la fecha van 42 masacres, 35 375 personas desplazadas, 116 líderes sociales y 23 firmantes del Acuerdo asesinados, una calamidad.
Por su parte, Flor ya tiene dos hijos, sigue casada y su proyecto de café produce cuatrocientos kilos mensuales para las veinticuatro familias que están asociadas en MUPA. Vive relativamente feliz y continúa estudiando. Gilberto extraña la pesca y el barequeo, pero en Cafepazbri logra vender quinientos kilos mensuales durante los periodos de cosecha. Para ambos, el problema es que siguen siendo los más débiles de la cadena de producción, pues el kilo lo venden a diecinueve mil pesos, mientras que el intermediario, la Federación Nacional de Cafeteros, lo vende por veinte, treinta o hasta cuarenta dólares.
“La paz fue un fracaso, un total fracaso. Yo sigo estando igual que cuando comencé, pero con menos plata. La coca me dejaba ochocientos mil pesos quincenales y con eso compré mi finca y mi casa, pero ahora ni plata ni paz”, menciona Gilberto, un huérfano que ahora también tiene familia, terruño y un montón de personas a las cuales cuidar.
En tres meses se cumplen diez años del Acuerdo de Paz en La Habana y en Briceño, laboratorio de esa ilusión, siguen sumidos en la zozobra de la guerra y en la pobreza de ser campesinos, porque la riqueza de la tierra no es para ellos, nunca lo fue y nunca lo será.










