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Volver a la tierra

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías por el autor

Número 148 Marzo de 2026

Lo único que le dejaron sus padres a Karleth Izquierdo fue la tierra, más o menos un cuarto de hectárea en Boca de la Ceiba, al borde del río Sinú. Ahí vive en una casa de bloques de concreto con su hijo adolescente. Cuando su papá vivía la casa daba a un pequeño barranco donde crecían unos guamos y donde ahora ella cultiva hojas de biao, que le dan para vivir. A unos metros de sus cultivos, las aguas espesas y marrones del Sinú se estiran acaloradas. Ahí corría un riachuelo que la mayoría de los días no llegaba ni a barro mojado, un minúsculo chorro de agua, el caño Bugre. El bloqueo de su corriente algunos metros aguas abajo por basura y rastrojos cortaron la salida del Bugre al Sinú. Algunos tramos se convirtieron en pantanos. Otros se secaron. En las lluvias de los primeros días de febrero el riachuelo creció y creció. Alarmados, los vecinos construyeron una barrera de costales en su ribera y esperaron lo mejor. Ya antes habían tenido crecidas, pero nunca como esta. En la madrugada, un sonido terrible levantó a Karleth: como si un rayo hubiese caído sobre ella.

La diminuta corriente del caño Bugre se había hecho barrejobo. El río que por años agonizó, ahora era imparable. Karleth y sus vecinos erigieron en la oscuridad una nueva barrera de costales para reemplazar la anterior que había sido arrastrada. Tampoco sirvió. Alguien sacó una canoa de plástico para navegar por donde antes era nada más que tierra firme. El agua devoró todos los cultivos de hojas de biao de Karleth y llegó hasta su casa, a unos cuarenta metros de distancia y por lo menos cuatro de altura. Lo perdieron todo, menos la tierra, todavía. No paraba de llover.

Habían pasado quince días desde las inundaciones y el cultivo de biao de Karleth, ahora podrido, seguía anegado. Ella estaba muy angustiada y había empezado a enfermarse por pasar tanto tiempo metida en el agua, intentando ganar un poco de espacio. Como en el resto de Córdoba, no había ninguna presencia estatal o local apoyando a los inundados. Eran solo ella y sus vecinos contra el río.

Visité Boca de la Ceiba junto a Álvaro Cogollo y su primo José Antonio Cogollo. Este año Álvaro cumple setenta. Es un hombre fuerte, risueño y hablador. Es botánico, uno de los más prolíficos del continente. Tiene unos ojos pequeños e intensos que le han revelado más de doscientas especies nuevas en lugares completamente diferentes de nuestra geografía. Lo que para muchos es la culminación de una carrera, para él es la maravilla usual de ver lo nuevo, una y otra vez. “Cuando estoy en el bosque ya no miro para arriba. Miro para el suelo, a la hojarasca”.

Cuando era muchacho, Cogollo, familia y amigos solían ir con frecuencia a Boca de la Ceiba a recoger agua, a bañarse. Hace años, cuando corría libre, el Bugre era un caño de aguas lentas que bajaba hasta la Ciénaga Grande de Lorica. En Manguelito se dividía en un chorro sin nombre que armó la vida de Álvaro cuando era niño, allá en El Tapón de San Pelayo.

El 24 de diciembre de 1969 Cogollo dormía en la casa de un amigo, no muy lejos de la de sus padres, en la vereda Providencia. Los adultos jugaban dominó cuando alguien se asomó en la noche: “Hay suba”. El afluente del Bugre supuraba bocachicos, tantos que parecían un segundo río. “Vamos a bracearlos”, dijo el amigo de Cogollo, ahora su cuñado. “En par patadas llenamos un costalao de bocachico”. Nunca volvería a ver tantos pescados juntos en su vida.

A veces su abuelo, Fernando Cogollo, hacía un comentario misterioso: “Mañana va a amanecer el caño crecido”. Y en la madrugada la predicción se hacía realidad, las aguas del río se embravecían y el caudal aumentaba. “¿Abuelo, usted por qué sabe?”, le preguntó Álvaro alguna vez. Fernando extendió su dedo hacia el sur, donde las nubes negras se acumulaban: “Está lloviendo en las cabeceras”. La respuesta implicaba más preguntas que se hicieron claras en un libro de geografía de segundo de primaria: en un lugar en Antioquia llamado el nudo del Paramillo nacía el Sinú que en Boca de la Ceiba formaba un ramal, el Bugre, que en Manguelito se dividía en el caño que pasaba frente a su casa. Algún día, se dijo Álvaro, conocería el nacimiento del Sinú. Lo imaginó como una gran laguna, tan bella como la ciénaga.

La Voz de Montería pasaba un jingle que lo maravillaba: “Los valles del Nilo, el Tennessee, el Sinú, las tierras más fértiles del mundo”. Los Cogollo, como era propio de los campesinos acomodados del Sinú, tenían una roza, una parcela para la yuca, el ñame, el plátano, la papaya, el mango y la patilla. Bastaba bajar al río para sacar agua. Siglos de ingeniería hidráulica zenú habían canalizado las aguas del Paramillo a la tierra misma, convirtiéndola en una de las más fértiles del mundo en biomasa. La vida se desbordaba por todas partes y Álvaro aprovechaba, cazando pájaros con la honda y pisingos con la escopeta en la ciénaga El Vichal junto a sus tíos Toño y Rafael.

Ellos eran rianos, los que vivían del río, abacú, gente de chancla tres puntá. Cada día pasaba por el afluente del Bugre una chalupa con motor, el portátil, recogiendo campesinos desde Cotorra hasta Cereté y más allá. El papá de Álvaro, Justiniano, se había enamorado en Chimá, al otro lado de la ciénaga, y para ir a visitar a María del Carmen Pacheco se embarcaba en su portátil con el remo y la palanca. Y si en alguna noche cenagosa sin estrellas llegaba a perderse, torres de las iglesias de Arache, Momil, Cotorra, Sitioviejo y Chimá brillaban como faros, en la oscuridad.

La abuela María Ascención Berrocal era yerbatera y partera. Las plantas que para los demás eran invisibles tenían muchos sentidos para ella y su nieto Álvaro era el alumno más atento que había tenido. Cogollo mantenía una libreta en la que anotaba el nombre de todas las plantas que lo rodeaban, con extensos comentarios sobre “cómo se cortaban de acuerdo con las fases de la luna, cuál era la leña de corazón que daba la suficiente brasa para cocinar el arroz o cuál rama de arbusto lechero era mejor para fabricar una honda”.

Después de la pandemia Cogollo usó la plata de un premio que le habían dado y se compró media hectárea en El Tapón de San Pelayo, a unos metros del río donde aprendió a nadar, justo al lado de la tierra del primo Rafael Antonio Zabaleta Cogollo y cerca de la que fue la tierra de sus abuelos. Las aguas del caño donde aprendió a nadar entre guamos se habían eutrofizado y sedimentado y estaba contaminado con pesticidas y basura, aunque menos que otros de la zona. Apenas tenía corriente ahora, como un pantano.

En San Pelayo muchas cosas han cambiado pero otras se mantienen idénticas. Hay un Cogollo o un Berrocal de todas las edades en cada esquina, el ecosistema agrario y el minifundio persisten, pululan las bandas musicales. Pero los ríos ya no hacen parte de la vida pública, ni de la vida en general. Muchos se han vuelto vertederos. Algunos de los pescados del pasado han desaparecido hasta la memoria de la gente. Como Cogollo me dijo, “Fíjate, ya uno ni siquiera… Si uno pregunta: Oye, ¿conoces la mayupa? La gente ya no la conoce. Tampoco el bocachico rubio, el congo o la alondra. Todo eso se ha perdido”.

Si hace más de mil años los zenú construyeron una civilización junto al agua, algunas décadas del siglo XX habían hecho a los cordobeses ajenos a su pasado anfibio. La moto reemplazó al bote. Tanto los campesinos como los terratenientes fueron ganándole terreno a la ciénaga, con ganado o con barreras de material que secaban las aguas, los jarillones. La productividad del Sinú se dio por hecha y las ciénagas que la generaban aparecieron como impedimento para más y más cultivo. Elías Milani, terrateniente de la zona, llegó a ser tan buen destructor de humedales que la Gobernación de Córdoba lo condecoró.

Los padres de Cogollo estaban montados, como casi todos los campesinos de la zona, en la fiebre del algodón. Impulsada por la política de colonización agraria colombiana y por la Alianza para el Progreso del gobierno de Kennedy, la frase favorita de los políticos y terratenientes era “Habilitar tierras para el cultivo”. Los humedales eran especímenes de un pasado montuno que podía desaparecer, como en el Valle del Cauca, para dar paso a los cultivos del mañana en la forma en que lo hacían los gringos, con pocas manos, muchas máquinas, altas concentraciones de agua y, pronto, el dulce olor de los pesticidas.

“No se me olvida el olor del toxafeno DDT 40-20”, me dijo Cogollo. Primero regado por manos humanas, luego desde un helicóptero y luego del primer avión que Cogollo vio en su vida, dejando una estela de toxafeno detrás de sí. Él cortó una madera de balso y se hizo un avión con una hélice de lata.

A su tío Rafael un sobrino le propuso alquilarle sus tierras. “¿Para sembrar algodón?”, contestó, “No, señor, desde que llegó el algodón todo hay que fumigarlo. Hay que fumigar el maíz, la yuca, el ñame, a todo le cae plagas. Y uno pasa al día siguiente y encuentra el sapo muerto, la rana muerta, lo que se comía las plagas. ¿Tú te comes una mota de algodón? Yo siembro lo que me pueda comer. El maldito va a ser la ruina del Sinú y mientras yo viva no se va a sembrar una mata de algodón en mis tierras”.

En febrero de 1963 Álvaro y su hermana Fausta se fueron a estudiar a Chimá, al otro lado de la ciénaga. Chimá, “tierra bonita”, una de las pocas palabras que nos quedan del zenú, es una zona de transición entre el bosque húmedo del Paramillo y el bosque seco del Bajo Sinú y el golfo de Morrosquillo. Es un pueblo de pescadores y campesinos mecido en el ritmo paciente del calor de las cuatro, donde la vida empieza y termina en la ciénaga. Allí Cogollo escuchó la historia de un pescador que un día le avisó a su familia que iría a “darle la vuelta al mundo”. Salió en la madrugada con su canoa y su familia lo despidió incierta del futuro. Dos días después había vuelto. “Eche, ¿no le ibas a dar la vuelta al mundo?”. “Ya la di, le di la vuelta a la ciénaga”.

Después de unos meses en la escuela de Chimá, Cogollo recorrió varias escuelas de la región antes de hacer parte de la primera promoción del INEM de Montería, otro legado de la Alianza para el Progreso que tenía la enorme novedad de que tenía baños; como nadie tenía ni idea de qué era un lavamanos, los estudiantes orinaban en ellos. En el INEM cultivó una pasión por el vallenato, militó algunos años en la causa de la reforma agraria en las juventudes del MOIR y conoció en un salón de octavo grado a Nohra Guzmán, una de las pocas mujeres del colegio y la compañera de toda su vida.

Por un tiempo pensó que iba a ser ingeniero agrónomo pero decidió ser botánico, como María Ascención. Entró a la Universidad de Antioquia y conoció a Enrique Rentería, el profesor de taxonomía que lo llevó a conocer la selva húmeda por primera vez, en el Magdalena Medio, y lo conectó con Thomas Croat, experto en las aráceas. En su primer viaje al Chocó, acompañando a Croat, Cogollo recolectó un anturio que vio curioso y que Croat identificaría ahí mismo como nuevo para la humanidad. Lo nombró Anthurium cogolloanum.

Volví a Chimá con Cogollo a ver la ciénaga. “Es un árbol críticamente en peligro de extinción”, me dijo de un solitario guayacán azul, el Guaiacum officinale, en la tierra de su hermano Lucho, un campesino. Álvaro fue el único de los hermanos Cogollo Pacheco en irse de Córdoba. El resto hizo su vida en el Medio y Bajo Sinú, como maestros, campesinos o líderes. Con su hermano Óscar, quien nunca se queda quieto, recorrimos un pequeño jarillón que los campesinos habían construido sobre la ciénaga Los Charcos, que en el pasado fue parte de un gran complejo ininterrumpido de humedales que conectaba Lorica con los pueblos del sur. Durante mucho tiempo reducida, las inundaciones la habían hecho crecer hasta confundir el agua con el horizonte.

Los chimalenses aprovecharon el jarillón que le construyeron a la ciénaga para hacer unos pequeños cultivos de algodón y patilla. Con las inundaciones, no habrá esperanza de cosecha este año. Muchas familias del pueblo esperaban esos ingresos para sobrevivir. Sin la patilla, la economía circular de todo el pueblo tambaleaba. Como nos dijo Alexander Jiménez, un activista zenú por el buen vivir con las ciénagas: “El pescador vende al mercado local que le vende al pescadero y el dinero va rotando”.

Isaac, un pescador ya veterano, pasa el calor de la tarde con sus compañeros en una cabaña al borde de la ciénaga. Las inundaciones habían afectado la ecología de los peces y aunque la ciénaga es un refugio de manatíes, las capturas en las atarrayas y trasmallos de los pescadores habían caído significativamente. Otros pescados como el sábalo han desaparecido. Un brillo emanaba del cielo casi despejado. Isaac, con voz pausada, describió con calma la situación: “Ya solo quedaba el hambre”.

La revolución agraria que prometía la Alianza para el Progreso implicaba menos gente para más campo. Ese proceso de desplazamiento masivo se consolidó con la arremetida paramilitar de finales de siglo y la dramática transformación del Sinú por la construcción de la hidroeléctrica de Urrá. Y antes que amilanarse con el cambio climático, la voracidad de los terratenientes continúa sin vergüenza: Erasmo Zuleta, el gobernador de Córdoba, es poseedor de una finca con ciénaga, un gusto mafioso impedido en teoría por la ley colombiana y la Convención Ramsar de los Humedales. Entonces Zuleta construyó jarillones para secarla y que así no le pongan mucho problema por lo que es suyo.

Durante quién sabe cuántos siglos, los habitantes de las ciénagas se movían por ellas con libertad, monteando la liga. Así lo hicieron Alexander, Isaac y Cogollo de muchachos. Buscando asegurar su propiedad, los terratenientes locales han empezado a cerrar la ciénaga con cercas eléctricas. Según Alexander, alrededor de Chimá hay más de doscientas hectáreas electrificadas. Y si los campesinos logran superarlas, vigilancia enfierrada les anuncia que estos humedales son ahora propiedad privada. Ahora vivir al lado de una ciénaga, como de un río, es un encarte.

Las carreteras, como las casas, como las haciendas, se construyeron sobre ellas durante muchos años. Ahora mismo poderes locales planean construir un extenso jarillón de Lorica a Purísima, una traición más a la ciénaga de Lorica, la más grande del bajo Sinú. La Oxy quiere aprovechar que hay pocos interesados y convertir las ciénagas del Medio Sinú en campos de gas conectados con Cartagena.

Entre Ciénaga de Oro y Chimá se abre uno de los paisajes más hermosos que he visto en mi vida, un extenso complejo cenagoso rodeado por guayacanes y sangregallinas en plena floración, sus flores empantanando el agua diáfana del espejo. Pero en la mitad de una ciénaga convertida en el antejardín de una hacienda, una valla publicitaria anuncia para el Senado a Milena Flórez, esposa del condenado Musa Besaile.

En 1991 Cogollo intentó por primera vez subir al alto del Paramillo, a donde nace el Sinú. Solo otras dos expediciones habían logrado coronar antes el alto. Cogollo arrancó la subida por Ituango, por el Bajo Inglés y siguió por Santana y luego La Redonda. Alcanzó a llegar a los 3100 metros pero dio la vuelta. Lo volvió a intentar en el 93, con el botánico valluno Hermes Cuadros y con Alwyn Genthry, del jardín botánico de Missouri, una leyenda de la botánica neotropical del siglo XX. En vez de seguir por La Redonda, remontaron a machete el cauce del río Ituango. La selva húmeda dio paso a los bosques de montaña y los bosques de montaña al páramo más inexplorado del país, donde nace el San Jorge, donde nace el Sinú.

Pero no había laguna por ninguna parte. Apenas unos hilos lentos en el silencio del páramo. Ese era el nacimiento del Sinú. Cogollo tomó fotos apresuradamente. No tenían suficiente agua. Tenían que bajar de nuevo. Después de recargar las cantimploras en el río Ituango, se perdieron. Los morrales les pesaban con las muestras de todo lo que habían recolectado. El bosque espeso se cerraba contra ellos y la comida se había agotado. Ahí encontraron una mora silvestre gigantesca que Cogollo jamás volvió a ver y que les calmó el hambre un instante. Sin signos de camino, Cogollo se acostó en su morral a calmar el cansancio. Cuando caía la noche, un grito lo levantó: “¡Mierda de vaca!”. Era Genthry, que había visto la civilización.

De regreso al caserío de Santa Ana, decidieron cruzar el nudo por un filo menos elevado y salir al otro lado, al pueblo de Juan José en la cuenca del San Jorge. Los interceptó una avanzada de las Farc. Los venían siguiendo. Tuvieron que devolverse y en el camino de regreso Álvaro se volvió a fijar en una planta “que en el trayecto nos estuvo mamando gallo”. Luego sabrían que era una Metteniusa, ahora llamada Metteniusa cogolloi. Cuando Álvaro fue a revelar el rollo de las fotos que tomó en el alto del Paramillo, el rollo estaba quemado. No quedó nada de las aguas del Sinú.

El mismo año que Cogollo escaló el Paramillo el Inderena otorgó una licencia ambiental a la que hasta entonces era la hidroeléctrica más grande del país, una fantasía de control de la naturaleza que bajaba desde la Alianza para el Progreso: Urrá. Abeja en eberá. El aguijón de la abeja destruyó 7400 hectáreas del Paramillo y desplazó a más de tres mil personas, la mayoría indígenas emberá de los resguardos de Karagabí e Iwagadó.

El activismo contra la represa se organizó en Tierralta alrededor de Simón Domicó y Kimy Pernía. En Bogotá el cordobés Paul Sánchez Puche fue financiado por el Cinep para impulsar un movimiento clave en la historia de las luchas ecológicas contra el pillaje energético. El lema de Urrá, “Energía para el desarrollo de Córdoba”, resultó ser poco más que una burla. Durante años la clase alta de Córdoba y Antioquia utilizó escuadrones de la muerte para asegurarse el control de la montaña e imponer el proyecto sobre los cadáveres que fueran necesarios.

Aunque el movimiento logró impedir que se construyera una segunda hidroeléctrica junto a la primera, Urrá 2, en el año 2000 la culminación de la construcción y el cierre de las compuertas le dieron lo que parecía ser la última puñalada al Sinú. Urrá contribuyó al declive de las ciénagas de Córdoba al no suplir el mismo caudal de antes al gran complejo de la ciénaga de Lorica. La población de pescados del Sinú colapsó. Y justo lo opuesto de la agricultura zenú que usaba al río para dar gran fertilidad a las planicies, al descender el nivel freático, las tierras de Córdoba se irán salinizando con cada año de operación de Urrá.

La primera selva húmeda que conoció Cogollo fue cerca del río Carare, en Campo Capote. Nunca había visto nada igual. Estaba en primer semestre y había logrado que lo aceptaran en el semillero de botánica de Enrique Rentería. Incluso para él, que venía de las infinitas ciénagas del Sinú. Esa selva no tuvo par, ni aún hoy, porque en algunas décadas había sido completamente arrasada. Ahora el que vuelva a ver ese paraje se va a encontrar solo con tierra yerma para el ganado y el petróleo. “La vida de un ser humano es demasiado corta ante cambios de esa clase”, me dijo Cogollo.

Más de doscientas mil personas sufrieron las inundaciones y 35 000 hectáreas se inundaron en Córdoba, apenas una muestra de lo que vendrá después. Las ciénagas volverán. El futuro para alguien como Karleth es incierto. La tierra firme está desapareciendo debajo de sus pies. La clase política cordobesa ha reaccionado con el apropiado cinismo: “Borrón y cuenta nueva”, es el eslogan de David Barguil, ahora senador del Partido Conservador.

Hace más de treinta años, Cogollo fue a un evento en Montelíbano. Ahí vio a unos árboles curiosos, sembrados en fila. Veintiséis años después se los volvió a encontrar, en Tierralta. “Ahí mismo me acordé”. Luego en la ciénaga de Betancí los volvió a ver. Eran de una especie nueva, la primera que descubre en su departamento, la Cordia nicandroides. Llega a los veinticinco metros de altura, florece en cientos de flores blancas y su pariente más cercano está a miles de kilómetros de distancia, en la caatinga brasileña. Es un descubrimiento con profundas implicaciones para la conectividad vegetal del continente. Pero ahora Cogollo encuentra el árbol en partes insospechadas de Córdoba y la Costa. Siempre estuvo ahí. Lo único que tuvo que hacer fue volver a mirar.

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Simón Murillo Melo

Simón Murillo Melo

por SIMÓN MURILLO MELO // Medellín se construyó no sobre lo que hoy llamamos el río Medellín, sino sobre la quebrada Santa Elena. El río durante buena parte de nuestra historia corrió libre alimentado por más afluentes que los que hay en todo Portugal. No sabemos casi nada de ese valle: mucho se perdió.

Simón Murillo Melo

Simón Murillo

Simón Murillo Melo

Simón Murillo Melo

Sazonando el viaje

por SIMÓN MURILLO MELO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 100 Septiembre de 2018

Solo había pasado por allá sin detenerme y con algo de susto por el exceso de bulla y suciedad. Un extraño edificio con forma de huevo, una virgen blanca pelada por el sol y una ceiba rosada enfermiza, como una araña moribunda a punto de dar el último salto. “La mataron de orinarla” dice Margarita, Márgara, que vende lentejas, sancocho y fríjoles en un carrito de mercado en la esquina del parqueadero de la placita.

Antes Margarita vendía en plena plaza, pero hace unos meses la Alcaldía metió la mano y le puso baldosa nueva y matas todavía vivas; la virgen desapareció y el cadáver de la ceiba fue enterrado. A ella la trasladaron unos metros, y dice que no le choca porque hay menos borrachos saliendo de Picar Pollito (donde me comí un consomé con sabor metálico que me hizo botarlo todo por el periodismo). Tampoco ha perdido clientes. “Oiga, que un domicilio pal Tigre en la esquina”, le dice una desdentada. “Dígale que yo no hago domicilios”, responde con la tranquilidad que le da vender más de sesenta platos por noche, todos a menos de cuatro mil pesos. Otro comensal, que la mira con afecto, mete la cucharada: “Y le cuento, platos muy deliciosos”.

Sus lentejas, servidas en un plato de icopor, son gigantes y van coronadas de un espinazo. Se come en un taburete, acompañado de mecánicos y obreros de las litográficas de los alrededores de la plaza, todos conversan con ella con la confianza del tiempo, lleva sin descansar un solo día desde hace seis años. La fuerza de Margarita es enorme: trabaja desde los nueve años y ya pasa por los sesenta. Con más de cuarenta años en Medellín, llegó desde El Santuario a los veintiuno. Además, le da tiempo, o ganas, para estudiar mercadeo en el Politécnico Andino. Cuando le conté lo de la indigestión en Picar Pollito, fue la primera en regañarme: “¡Uno no puede comer pollo en la calle!”.

Conversa muy rápido y de todo, moviéndose como una hormiga para atender a los clientes o irse para el sitio donde tiene la cocina, media cuadra arriba. Cuando el ficóptero amenaza justo encima de nosotros, uno de sus clientes ríe nervioso y pregunta: “¿Qué nos irá a hacer ese helicóptero?”, y ella replica: “¡Nosotros no tenemos nada que esconder!”.

La creencia de que la placita del Huevo alberga un crimen escondido va más allá del prejuicio. Frontera última entre ese cuadrante del Centro abierto para las familias de bien y la terra incognita de Niquitao, la placita se parte en cuatro por las épicas arterias que la desangran. Fue hogar de muchos indigentes por un tiempo, tal vez como signo de su naturaleza viajera. Aquí y allá pululan los hoteles, inquilinatos y moteles. Es bien movida pero no surgió como un sitio de encuentro sino como uno de perpetuo paso: fue creciendo con los buses, sus únicos habitantes estables, descargando y cargando gentes a toda hora.

Con los transeúntes, este mercado espontáneo trajo los locales de comida, los vendedores como Margarita y las seis pastelerías que la rodean. Los primeros reflejan el ahorro paisa y el rebusque obligatorio para lograr uno o dos golpes; las últimas, gemelas de luz blanca de las que ahora ocupan cada rincón del Centro, son un reflejo de la monotonía que siempre amenaza a las urbes.

Para la plaza, los vendedores–cocineros como Margarita se convierten en esquinas móviles, centros de actividad, conversa y memoria del sector: una quinceañera bonita de Niquitao apenas la ve le suelta, “¡Carebruja!” y sale corriendo con Margarita detrás riéndose; los mecánicos la molestan pidiendo rebajas. “Solamente nos pega un regaño”, y los caminantes preguntan por las lentejas, cumpliendo el inmemorial ritual de la acera.

El restaurante Tutunendo es una esquina pintada de verde limón. En pleno nacimiento de Amador con la Oriental, fue el primero de una generación de establecimientos chocoanos que se acabarían tomando casi toda la calle y los alrededores. Visitados casi exclusivamente por chocoanos, han construido una embajada cultural negra en mitad del Centro de Medellín. Con música de Bomby a todo taco a las dos de la tarde, los fines de semana cada restaurante se llena de familias que hacen el peregrinaje semanal para almorzar sancocho de guagua. Alegando en la calle por las cuentas, molestando con los meseros, acariciando la mano un poco más a una clienta hermosa, Edwin Rengifo, mesero, fotógrafo y creador de la revista Afrosentido, vino del Chocó para vivir en Medellín.

Los sancochos de carne ahumada son la estrella de los fines de semana, herencia mestiza de quién sabe cuántos cocidos españoles, gallinas chinas, hierbas indígenas y sazones africanas. Ante la pregunta de si ha sentido ecos de la esclavitud en Antioquia, dice que al contrario. Los restaurantes chocoanos de la zona rehabilitaron ese segmento de Amador, llenándolo de gente y limpiando un poquito las aceras.

Si algunos llevan años en Medellín, Luis Kanzler llegó el mes pasado desde Venezuela. Inmigrante nuevo y nieto de refugiados alemanes que escaparon del Holocausto, atiende en un puesto de jugos a mil y dos mil, adjunto a una frutería en El Palo, unos metros arriba de la plaza. Con pinta de vocalista de una banda de Altavoz que escucha a Leo Jiménez y a Pearl Jam a todo volumen, apenas puede, empieza a hablar de Venezuela. Fue dirigente político, barman, le hizo catering al alto mando militar venezolano.

La señora que se detiene a comprar un jugo de guanábana en leche de mil le entrega un billete de dos mil y al saber que es venezolano no espera la devuelta. La solidaridad viene en muchas denominaciones: hace las cuentas de la frutería y trabaja seis días a la semana de seis a. m. a nueve p. m. Insiste en que lo han tratado muy bien, ya conoce a los taxistas y buseteros del sector, conversa con la señora del carrito de helados que suele pasar por El Palo y empezó a salir con la morenita del Cellmax, dos locales hacia la plaza. Se le aguan los ojos y la voz decae cuando habla mucho tiempo de Venezuela. “Si el socialismo del siglo XXI gana acá en cuatro años, no le deseo a ningún colombiano tener que migrar a otro lado”. El inmigrante vendedor de jugos heredero del Holocausto recién enamorado y anticomunista es un hilo más de la trama que viene a ser la placita del Huevo. El nombre es casi pleonástico. No hay nada más aburrido y fácil de quebrar que un huevo. Tal vez, en esas tres cuadras del Centro, feas y manchadas por el hollín y el incesante recorrer, el universo se rehaga cada día. El ruido del big bang acallado por los pitidos de los buses, masas de individuos anónimos engullendo pollo. Una vez acaban con el plato, se limpian con la servilleta que Margarita nunca deja de entregar y se montan al bus.

Los tres golpes

Almorzar trancado con tres monedas es un sueño para famélicos, caminantes sin rumbo, empleados ahorradores y gorreros de esquina. Aquí no se clasifica ni con estrellas ni con tenedores, lo que vale es el tamaño de la montaña de arroz, el fondo del plato para los frijoles o la sopa de pasta y las promesas de la carne. No se gasten la plata del trago en comida. Sigan esta ruta gastroanémica.