Sin un lugar dónde reunirnos quedamos huérfanos. El mundo jamás volvió a ser el mismo para ninguno de nosotros. Las tabernas como Lauro’s donde uno iba a sentarse a oír “música americana”, o las discotecas como Kevin’s, con toda la fiebre merenguera y traqueta de la época, nos resultaban aburridas y clichés.
Empezamos a reunirnos en las casas que algunos voluntarios ofrecían. Eso sí, apenas los padres veían las pintas de los invitados iban cambiando de opinión, jamás pudimos repetir casa. Terminamos reuniéndonos todos los viernes en el Parque de Laureles. Alberto Hurtado ponía la grabadora y la fiesta seguía al aire libre hasta que, naturalmente, llegaba la policía.
A mediados del 87 Paneso, un estudiante de medicina que cambió su carrera por perseguir la buena música, me dijo que en los bajos de la Bolera Acuario había un bar de jazz que estaba quebrado y lo alquilaban. En el edificio de la Bolera solo había cuatro bares funcionando, uno de lesbianas, otro de tango, Boca de Chicle con música de los sesentas y uno más de música vieja, de resto asustaban por sus pasillos vacíos. ¡Era perfecto para que nadie nos molestara! No lo pensé dos veces y con Jairo Álvarez lo arrendamos. Quitamos las sillas y las mesas, tapamos las ventanas y pusimos una vieja registradora de bus a la entrada. El artista Jorge Botero, Boterito, nos donó dos murales brutales que le dieron todo el carácter underground al sitio.
El nombre New Order nació, por supuesto, de la banda inglesa de tecno, pero tenía además la connotación de un nuevo orden de rumba con música que traía una nueva poética, letras provocadoras y que reunía, en una sola tribu, al punk, al tecno, al new wave y al rock duro. Atrás habían quedado los bailes de garaje y los amacices de discoteca. Había nacido el individualismo. El yo salgo solo y bailo solo y no necesito pareja para estar bien.
New Order puede haber sido el primer pub de Colombia. Llegabas, comprabas tu trago en la barra y luego te hacías donde pudieras con tu vaso desechable. Sin meseros ni nadie para consentirte o ante quien darte ínfulas. Desde que abrimos, el lugar siempre estuvo lleno con la comunidad heredada de New York New York, pero acrecentada por el boca a boca que crecía en volumen. Lo neorromántico estaba en su apogeo y sus clientes llegaban cada noche con la moda de The Cure, Depeche Mode, Siouxsie and The Banshees, Plasmatics o Sex Pistols. Mientras el mundo afuera seguía adormilado, entrar a New Order era como entrar a un bar con habitantes de mundos extraños y por ende de extrañas formas.
En un momento dado levantabas la mirada y veías brincando a Fanny Mickey, Camilo Pombo o Pilar Castaño, y en una esquina a los Toreros Muertos, a Alcohol Etílico, o a músicos de Soda Stereo, Enanitos Verdes y Caifanes.
Edison Morales, el DJ de base, sabía exactamente el momento en que el lugar estaba listo para disparar la energía. Solo era escuchar los primeros acordes de El baile de los que sobran de Los Prisioneros para que la pista se llenara y desde ahí hasta el final ya jamás se detenía. Bailábamos por horas, hipnotizados en esa envolvente música que sonaba como queríamos y decía lo que sentíamos. El piso se movía, a veces parecía que nos desplomaríamos sobre los carros del parqueadero. La pista era una masa humana que subía y bajaba al ritmo de la música, todos concentrados mirando al piso, al techo o con los ojos cerrados. Uno que otro pogo pero solo como parte del menú. ¡Y cantábamos! “Litros de alcohol corren por mis venas, mujer / No tengo problemas de amor / Lo que me pasa es que estoy loco por privar / Salta hacia atrás o quítate la ropa, mujer / No provoques más mi pasión / Tengo un fuego dentro / que no puedo contener”.