Como el óxido, que logra invadirlo todo con paciencia. O al estilo solapado y eficiente de las lloviznas mojabobos, de pronto un día despertamos y la pandemia ya estaba aquí. Y todos estábamos empapados.

Enterrar a la mamá

Archivo Fotográfico BPP

Número 117 Agosto de 2020

Cobertura de la quebrada Santa Elena. Francisco Mejía. Circa 1940.

Si usted hubiera sido un niño en esos tiempos habría podido presenciar con asombro —y quién sabe si dolor— uno de los entierros más descomunales que haya organizado Medellín. Un entierro por lo alto, planeado por años, promovido con entusiasmo y finalmente ejecutado con bríos, recursos y convicción. Un crimen, lo han llamado algunos. Un asesinato, otros. Un mal necesario. Un acierto, incluso. Pero un entierro al fin y al cabo.

En esta foto lo podemos ver clarito. Ante nuestros ojos —y ante los ojos de quienes miran o conversan dispersos en la escena—, el proceso de enterramiento en todo su esplendor. En medio de la imagen, proyectando su cauce en diagonal desde abajo hacia la derecha, vemos el flujo de agua más importante en el largo proceso de surgimiento, crecimiento y desarrollo de esta ciudad. El que la “amamantó”, la “bautizó” y le dio todo lo que un arroyo —con su lecho y sus riberas— le hubiera podido ofrecer a un pequeño asentamiento humano. Un pequeño caserío en tierras indígenas convertido luego en sitio de españoles y, casi cuatro siglos más tarde —aquí lo vemos—, en un pueblo grande que se negaba a aceptar un apelativo diferente al de “ciudad”: la “Villa de nuestra señora de la Candelaria de Aná”, luego “Villa de nuestra señora de la Candelaria de Medellín”, y hoy Medellín, a secas. Esa que nació recostada a orillas de la antigua quebrada de Aná, la mismísima quebrada Santa Elena. La que desde los días en que fue tomada esta fotografía atraviesa a oscuras el Centro, bajando desde las montañas del oriente hasta desembocar en el río Medellín.

¿Cómo llega una ciudad a tomar la decisión de que la fuente de agua que históricamente “la trajo al mundo” debía ser sepultada bajo una lápida de cemento armado? ¿Qué extraño encadenamiento de hechos puede llevar a que se prefiera eso a abrazarla, a salvarla?

La respuesta sin duda está dispersa en los archivos históricos, en las páginas de los periódicos o en los ires y venires de los títulos de propiedad del suelo urbano. Pero en últimas la explicación está en un lugar más inasible y sutil, pero contundente: la mentalidad de los hombres y mujeres que hemos habitado este valle desde los tiempos de la invasión española. Y que aunque se ha transformado con el paso de los siglos y las modas, aún sigue ahí, aquí, a su manera, dando forma a este pedazo de mundo.

Si los modos de vida medievales que heredamos de España la comenzaron a asfixiar en aguas negras, por otra parte las obsesiones por las idea de progreso, higiene y acumulación de capital —importadas de Estados Unidos, Inglaterra, Francia— se ocuparon de darle el golpe de gracia. Vertimientos continuos de residuos industriales y la posibilidad de convertirla, de un solo golpe, en una alcantarilla que arrastrara todo lo sucio por debajo, y una calle que permitiera la circulación de todo lo nuevo y limpio (automóviles, aceras, gente bien bañada) por encima.

De modo que esto que aquí vemos es el proceso de cobertura o “entamboramiento” de la quebrada Santa Elena, pero al mismo tiempo es la ansiedad de una ciudad latinoamericana por dejar atrás su pasado colonial de tapia, bahareque y barro, y abrazar con furor una promesa de futuro motorizada, encementada y perfumada.

Uno se podría detener en el hecho de que Coltejer decidiera, olímpicamente, convertir esta quebrada de todos en el alcantarillado de ellos, para deshacerse —a cielo abierto— de sus hediondos residuos de tintorería.

O en la falta de sentido colectivo y defensa de lo público de un Concejo Municipal que permitió que una empresa privada se ahorrara los costos de deshacerse de semejantes pestilencias en un lugar distinto a la “quebrada madre” de esta ciudad.

Pero en últimas fuimos todos. Como rezaba un anuncio de la época que promovía la cobertura de la quebrada, nos convencimos de que había que hacerlo “por salud, por transporte… ¡y hasta por negocio!”.

Si nos pusiéramos en tónica punzante podríamos decir, por ejemplo, que esta historia fue algo parecido a “matar a la mamá y hacer negocio con el entierro”.

Pero para qué llorar sobre lo que ya fue.

La pregunta ahora es, ¿nos alcanza la mentalidad de estos tiempos que nos correspondió vivir para revertir ese proceso y rescatarla?

Porque aunque parezca, la Santa Elena no está muerta. Solo está perdida, sucia y escondida bajo nuestros propios pies.

***

*Sobre este tema, la Biblioteca Pública Piloto presentó el documental Santa Elena está perdida, con una charla introductoria, el 18 de agosto de 2020 (día de Santa Elena, patrona de la arqueología y las cosas perdidas). Aquí se puede ver completo.

“La desgraciada”: el debut de la muerte en el cine paisa

Archivo Fotográfico BPP

Número 115 junio de 2020

La primera persona que murió en pantalla en la historia del cine hecho en medio de este arrume de montañas fue “La desgraciada”.

Así, con ese nombre, aparece el personaje en los créditos iniciales y en los intertítulos de Bajo el cielo antioqueño: la primera película rodada en Medellín, en 1925, el mismo año que se estrenaron, por citar dos clásicos cualquiera, El acorazado Potemkin y La quimera del oro.

La mujer, plagada de infortunios, aparece cuando los protagonistas entran a la Estación del Ferrocarril de Antioquia con la firme intención de tomar un tren que los lleve lejos, a darle rienda suelta a ese amor prohibido por un poderoso patriarca sobreprotector.

En la primera de estas fotos vemos a “La desgraciada” de rodillas, a los pies de Lina y Álvaro (¡uhm!), quienes hacen una brusca pausa en su huida hacia el fin del mundo para ayudar a una mujer desconsolada…

“Para Lina tuvo aquella voz una extraña atracción. Sonaba a sus oídos como venida de lo Alto”, reza el sugerente intertítulo, típico del cine mudo.

La mujer les cuenta entonces su tragedia en dos letreros: “Amé ciegamente a un hombre… Dejé por él la felicidad de mi hogar… hoy el infame se ha convertido en mi verdugo…”. Y les muestra “una enorme cuchillada sobre la morbidez del brazo, horrible herida que Álvaro se apresuró a vendar con su perfumado pañuelo”.

El pobre Álvaro lamentará en adelante ese gesto, y en general haberse detenido ante “La desgraciada”, quien, además de oracular, resultará ser una especie de médium a través de la cual la mamá de Lina alcanza a reprenderla desde el más allá.

“Pobre mujer”, exclamó Lina, “me ha salvado de cometer igual locura. Para que cure sus heridas, para que viva lejos del miserable que la maltrata, tome usted. Y desprendiéndose de sus más ricas joyas, las puso en manos de la mendiga”.

Si observan la misma imagen, verán, atrás de la columna, a dos representantes del hampa local que merodeaban por allí: “el Aeroplano” (versión cinematográfica del “avión” paisa) y “el Puntillas”.

“La buena Lina estaba bien lejos de sospechar el plato que les servía a aquellos dos desalmados”, nos advierte el intertítulo 95.

Lo demás es historia. El par de aviones puntiagudos siguen a “La desgraciada” hasta que al doblar una esquina la emboscan, la acuchillan y le arrebatan las joyas que la redimirían de su miseria.

En la última imagen de la secuencia, “el inspector de policía, acompañado de dos facultativos y un detective” inician “el levantamiento del cadáver”.

“El único indicio era aquel perfumado pañuelo con que Álvaro vendó piadosamente el brazo de la desgraciada…”.

Hasta ahí lo anecdótico.

El psicoanálisis y el socioanálisis de este primer trauma letal en la historia del cine antioqueño se los dejamos a los más aventurados.

*Estas imágenes hacen parte de la foto fija de la película Bajo el cielo antioqueño (Arturo Acevedo Vallarino, 1925) a cargo del fotógrafo Daniel A. Mesa: un conjunto de 75 fotografías, resguardadas en la Torre de la Memoria de la Biblioteca Pública Piloto y disponibles para consulta en su repositorio digital.

Salir en hombros

Archivo Fotográfico BPP

Número 113 Febrero / marzo de 2020

Baltasar Ochoa. Fotografía Rodríguez, 1914.

La de un tal Baltasar Ochoa es también la historia del huérfano aguerrido que logra ser alzado en hombros por las multitudes. Pero no en versión de superhéroe o de alcalde… sino de médico. Y en este caso, y a propósito de la más concurrida de estas fotos, cuando ya había atendido al último paciente. 

Para haber tenido la despedida masiva que aquí vemos, es curioso que ya nadie cuente su historia. Y que para medio recomponerla un poco toque reunir retazos dispersos por ahí, entre párrafos sueltos en libros viejos, pies de foto o secciones de “Páginas Olvidadas” en volúmenes sobre médicos antioqueños, que ni siquiera lo incluyen en el índice.

Y si no existe libro ni folleto dedicado a su memoria, menos todavía un monumento: el que había lo demolieron a martillo y pica los constructores de la avenida La Playa a mediados del siglo pasado. Porque a esta historia se puede llegar también sobre un puente. Uno con nombre de rey mago y apellido vernáculo, que unía las dos orillas de una quebrada que ahora es invisible: el Puente Baltasar Ochoa, que sobrevoló por años la quebrada Santa Elena (hoy avenida La Playa), en el cruce con la calle de Carúpano (hoy carrera Sucre) y que fue bautizado en homenaje a este famoso médico olvidado.

Puente Baltasar Ochoa. Foto de “Obando” en Figuras significativas en el tricentenario de Medellín, de Arturo Puerta y Olimpo Gómez.

Esquirlas de historia como esas cuentan que nació en febrero de 1859, en una finca “entre los distritos de Santa Bárbara y El Retiro”. Y que para llegar a ser “uno de los hombres más queridos y populares de esta capital” no la tuvo nada fácil. “Huérfano de padre a los cuatro años, la mala situación pecuniaria de su familia lo obligó dedicarse a labores agrícolas y pecuarias hasta la edad de 17”.

Cuando pudo deshacerse del azadón y el zurriago, el joven Baltasar, temerario, emigró a Bogotá a estudiar literatura “en el Colegio de San Bartolomé, donde obtuvo el título de bachiller”. Y luego, “luchando brazo a brazo con la miseria”, logró obtener “lucidamente el título de Doctor de la Facultad Nacional en el año de 1888”, cuando rondaba ya la treintena. 

“Ejerció por varios años en Fredonia y allí sentó las bases de una modesta fortuna, en el negocio del café”. Tanto que, alrededor de sus 36, pudo darse el lujo de irse a Europa en “viaje de estudio” y volver un par de años más tarde a radicarse en Medellín. 

Se cuenta que ejerció “brillantemente su profesión”, que fue profesor “de varias asignaturas en la Facultad de Medicina” y redactor de los Anales de la Academia de Medicina de Medellín, en tiempos en que la granalla, el ántrax difuso o las histerectomías desvelaban al gremio. Y fue, además, médico personal de familias poderosas, como la de Ricardo Olano. 

Pero no fueron sus éxitos, títulos o relaciones con la alta sociedad lo que lo hicieron célebre. Sino su “benevolencia y nobleza de corazón”, si creemos en las palabras que acompañan, insistentes, las escasas menciones de su nombre. Según parece, al médico rico nunca lo traicionó la memoria y se entregó a aliviar los pesares de cuantos pobres le cabían en la agenda. Y se terminaría de convertir en leyenda después de que la muerte lo sorprendiera en pleno servicio: falleció “prematuramente en la casa de un paciente pobre”, “cumpliendo con su deber de honrado médico al frente del lecho de la enferma confiada a su cuidado”. 

Su entierro fue multitudinario, y el cortejo colmó las orillas de la quebrada Santa Elena —que quedó retratada aquí también— una mañana (¿o una tarde?) de 1914. No era cualquiera, en todo caso. Era “el médico más democrático que tuvo la Villa”. O eso decían. Porque ya nadie se acuerda. Y de todo eso ya no queda nada, salvo algunos retazos y tres negativos de la Fotografía Rodríguez, resguardados en el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto.

Entierro del doctor Baltasar Ochoa. Fotografía Rodríguez, 1914.

Noticias del desastre

Archivo Fotográfico BPP

Número 112 Diciembre de 2019

Esta imagen de uno de los incendios del Parque de Berrío hace parte de los elementos identificados en el proyecto Inventario del patrimonio fotográfico mueble en Medellín que realiza la Biblioteca Pública Piloto. Fotografía de Benjamín de la Calle.

El Parque de Berrío, en Medellín, solía incendiarse con mucha frecuencia. Las lenguas largas de café y aguardiente aún se despachan en hipótesis materialistas y mercantilistas para explicar esa vocación por el fuego de la plaza del comercio principal, que rara sí resulta, pero no viene al caso mencionarlas acá, sobre todo con la boca tan seca y la mente tan sobria. Lo que sí es del caso es que, por la razón que fuera, el Parque de Berrío se quemaba tanto que para los fotógrafos locales se convirtió en una rutina ir a retratar las ruinas. Casi podría hacerse una iconografía: el incendio del 12, el del 16, el del 21, el del 59… quién sabe cuántos más. Total que los escombros humeantes se convirtieron en un motivo fotográfico y no tardó mucho para que los fotógrafos empezaran a vender tarjetas postales como suvenires.

Uno de esos incendios, el de octubre del año 1921, para ser precisos, lo usó un enamorado para enviar a Bogotá las noticias de su propio desastre. “Querida Emilia: Estas son las ruinas de dos edificios, derruidos por las llamas, quisiera poder enviarle también un corazón derruido con la ausencia de lo que más quiere en el mundo, pero ningún fotógrafo se atreve a tomar esa vista, no quieren quedar mal, no quieren mostrar tan atroces escombros. Adiós Emilia, este es su corazón”. Firma al pie de la nota el hombre que, como bien puede leerse, es un alma consumida y agónica entre fuegos de desamores y nostalgias, pero cuya rúbrica intencionalmente omitimos para picar de duda al lector y cubrir con velo de anonimato las astucias de este amante.

Tarjeta postal con revés manuscrito.

Bebidas energéticas

Archivo Fotográfico BPP

Número 111 Octubre de 2019

Laboratorios Salomón (1942). Fotografía Rodríguez. 

Hubo un tiempo en el que el yerbatero y el farmacéutico confluían en un lugar común: la botica. Y por extensión, en el boticario. Este personaje, que no era un chamán pero tampoco un químico, fue un personaje fundamental en sociedades del pasado pues era una especie de puente entre el conocimiento ancestral y la técnica moderna. En una ciudad a la vez urbana y rural como fue Medellín por tanto tiempo, en cuya población los médicos de facultad no abundaban, los dueños de botica terminaban ofreciendo la solución para el dolor; para los males diarios: la consunción, el patatús, el colerín calambroso, la tontina, el vértigo lila, el descagalete, el cólico miserere. Con sus polvos en papeleta o sus jarabes en frasquito, el boticario purgaba al lombriciento, espulgaba al niguatero, le devolvía el rubor a la empalidecida. Curaba, en fin, las cosas que padecía la gente de a pie. Tan importante era el boticario que por siglos en toda buena obra literaria o teatral hubo uno en el reparto. Y herramienta fundamental en su gabinete fueron los jarabes reconstituyentes: mezclas de todo lo conocido y de sabor almizclado y astringente para cumplir un único fin: alentar al desganado. El Confortativo Salomón y el Eliminol fueron dos ejemplos de tónicos reconstituyentes que se comercializaron con mucho éxito en Medellín en el despunte del siglo XX, aunque para la época de estas fotos eran ya fabricados con todas las de la ley en los Laboratorios Salomón de Francisco Rojas, dueño de la Droguería Universal, que era la evolución de la botica de antaño. Decía la etiqueta del Confortativo Salomón: “Composición química fosfohemogenciokolarsenito”. ¿Qué significaba aquello? Tal vez ni el mismo creador lo sabía, pero en la línea de abajo el bebedizo prometía “restablecer las fuerzas y el color perdidos”. Y en aquel entonces eso equivalía a ir al hospital.

Publicidad de Eliminol (1937).
Confortativo Salomón (1942).

Iceberg masivo

Archivo Fotográfico BPP

Número 110 Septiembre de 2019

Las imágenes que acompañan este texto fueron hechas por el fotógrafo Juan Fernando Ospina a lo largo de varios años, aunque son solo una pequeñísima fracción de su archivo; apenas el ápice que sobresale por fuera del agua de un iceberg masivo y voluminoso que se extiende hacia todos lados y está lleno de aristas.

Se trata de un trabajo que empezó al final de la década de los ochenta y ha continuado hasta hoy. No es broma: una de estas fotos fue tomada hace un par de meses, pero comparte de igual a igual con otra de hace seis años, y con otra de hace quince, y con otra de hace treinta, como la de la mujer y el edificio Coltejer, una fotografía que fue una suerte de ícono local cuando la vimos por primera vez con los ojos impresionables de los noventa, a pesar de que para entonces ya habíamos visto tanto.

Todas estas imágenes, en el buen sentido de la palabra, se parecen. O mejor: están ligadas por una estética similar —la calle como un gran estudio fotográfico, rebosante de personajes y utilería real— y representan una búsqueda sistemática y serial del fotógrafo que se ha pasado la vida reconociendo y señalando la belleza a menudo confusa y rara que producen los ecosistemas humanos que llamamos ciudades. De ahí que un chicle opaco de esmog estampado contra el aviso rasgado de una turbia sala de masajes pueda ser retratado de una manera tan gozosa.

Estas fotos, junto al grueso del archivo, comienzan a formar parte de las colecciones que salvaguarda la Biblioteca Pública Piloto de Medellín en la Torre de la Memoria, el lugar donde se conserva buena parte del patrimonio fotográfico de la ciudad.

El primero y el último

Archivo Fotográfico BPP

Número 103 Diciembre de 2018

El 20 de diciembre de 2018 se realizará la reapertura del edificio central de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Luego de un proceso de repotenciación y reforzamiento estructural que duró más de tres años, el edificio construido en los años sesenta —el cual no cumplía con la norma antisísmica para edificaciones públicas— ahora aparece renovado y cool, o como dirían nuestras mamás, un verdadero joven buen mozo.

Pero más allá del edificio, de sus viejas estanterías y corredores, de los entrañables ficheros y sus mesas de estudio, a lo largo de su historia la biblioteca ha albergado miles de libros, algunos ya dados de baja o enviados a otros centros de consulta, otros tantos mutilados o desaparecidos. Todos ellos, en suma, han servido para formar e ilustrar a los medellinenses.

Y como una forma de celebrarlos a todos, presentamos aquí el libro que lleva más tiempo en la Piloto y el más reciente. El primer ejemplar ingresado a la colección, el 3 de mayo de 1954, lleva por título Los amigos de Totó, una suerte de narrativa juvenil con ciertos matices escolásticos propios de la influencia franquista en Hispanoamérica, escrito por la catalana Mercedes Baguer; es una primera edición de la Editorial Librería Religiosa de 1947, impresa en Barcelona.

Este primer libro de la colección general y muchos de los que se pusieron al servicio en los años cincuenta tuvieron una especie de filtro de censura o circulación intencionada hacia la formación de lectores obreros y sus familias. La junta de clasificación bibliográfica de la naciente BPP, además de bibliotecarios experimentados, incluía a sacerdotes como Jaime Serna Gómez, más conocido en columnas de prensa y otras publicaciones de la época con el seudónimo de Humberto Bronx, de tal manera que dicho comité de selección, con la aceptada influencia de la Pastoral Cristiana, revisaba y aprobaba el material bibliográfico que llegaba gracias a los convenios de cooperación internacional y de la Unesco. Para los rechazos la biblioteca habilitó un salón especial donde reposaban las obras de los autores no aceptados, pero de gran valor artístico y literario, al cual no podían entrar los menores de dieciocho años. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego de 65 años, y como proyecto colectivo de construcción de una biblioteca más libertaria, el más reciente libro en ingresar a la colección general es una novela gráfica y autobiográfica que expresa las transformaciones sexuales y los cambios e imaginarios generacionales en el naciente siglo XXI, y que al leerse hoja por hoja no escandalizaría a ningún lector de hoy, salvo, obviamente, al padre Bronx: Todo va a estar bien, de Powerpaola. Es una primera edición del año 2015, de Silueta Ediciones y Paola Gaviria, impresa en Bogotá por Escala S.A., su registro de ingreso data del 5 de diciembre de este año. No es coincidencia, más allá de los libros de texto, los de historia, teologías y autoayuda, la Piloto ha privilegiado una colección juvenil permanente y fresca, que ahora se enriquece con la novela gráfica, el cómic y las narrativas creativas y experimentales.

Los gitanos de Itagüí

Archivo Fotográfico BPP

Número 102 Noviembre de 2018

En la memoria de muchos aún estarán los gitanos de Itagüí. Habitaban un descampado amplísimo, no lejos de lo que hoy es la Central Mayorista, colmado de tiendas como si estuvieran de paso, aunque vivían allí de manera permanente. Habían aparecido hacia el final de la década del cuarenta, tal vez como resultado de los grandes éxodos europeos hacia Suramérica durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Se instalaron y siempre vivieron en calma, aunque los acompañó la sospecha heredada que todos los pueblos del mundo suelen tener de los gitanos: tramposos y raponeros. Y en efecto las lenguas flojas de acá les endilgaron lo de siempre, y, como si fuera poco, le sumaron el robo de niños. Pero no era verdad; solo eran distintos. Hacían la vida trabajando metales, en especial calderos y pailas de cobre, y más tarde se convirtieron en negociantes de mulas y ganado.

Desde luego —qué tal que no— también leían la mano. A las mujeres, que eran fáciles de reconocer por las faldas y los pañuelos —los hombres iban más en ropa de paisano—, se les veía a menudo en el Centro de Medellín, sobre todo andando por Junín. Con mucho poder de persuasión conseguían que los peatones les dieran pesos a cambio de contarles el futuro que tenían labrado en los surcos y las líneas de la palma de la mano. El asentamiento gitano de Itagüí se volvió tan permanente que las toldas se tornaron en casas y el descampado en un barrio, que se llamó Santa María y fue famoso. Las cifras hablan de hasta tres mil personas. Pero con el tiempo las familias originales se mezclaron en matrimonios y uniones con locales, y durante la década del noventa los gitanos empezaron a abandonar Santa María en un proceso natural de dispersión que se extendió hasta principios de este siglo. Se trasladaron a otros sectores del valle de Aburrá, especialmente a Envigado, donde aún vive un pequeño enclave gitano amparado y reconocido como minoría étnica.

Gabriel Carvajal. Sin fecha. Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

El Atanasio

Archivo Fotográfico BPP

Número 98 Julio de 2018

Estadio Atanasio Girardot. Gabriel Carvajal, 1952.
Proyecto estadio Atanasio Girardot por Nel Rodríguez.
Fotografía Rodríguez.

Antes de la construcción del estadio Atanasio Girardot el fútbol en Medellín se jugaba en mangas más o menos adaptadas para que rodara un balón: en la grama interior llena de parches de arenilla del antiguo hipódromo San Fernando, por ejemplo, que en realidad quedaba en Itagüí. Así fue hasta 1937 cuando se puso en consideración un proyecto para construir un estadio con todas las de la ley. Pero fue solo en 1946 que se adquirieron los terrenos para hacerlo: unos lotes inmensos en una zona llena de descampados que se llamaba Otrabanda y donde se planeaba levantar “el Medellín del futuro”. El proyecto de estadio no consistía solamente en una gramilla con tribunas, sino que era una amplia ciudadela deportiva con varias canchas para más deportes, adornada con bulevares y plazoletas como bien puede verse en los dibujos hechos por el arquitecto Nel Rodríguez — una vista general del estadio y el detalle de la circulación bajo las graderías— y en la maqueta a escala, que es de 1940.

Como suele pasar, todo el proyecto se retrasó y en marzo de 1953 se entregó un estadio solitario. Pero Medellín tuvo por fin un lugar para que sus equipos jugaran fútbol de manera decorosa y eso alegró a la gente. Luego, año a año, se fueron construyendo e integrando otros escenarios hasta conformar la Unidad Deportiva Atanasio Girardot que conocemos hoy en día.

Estadio Atanasio Girardot. Gabriel Carvajal, 1952.
Proyecto estadio Atanasio Girardot. Fotografía Rodríguez.