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por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // Los nombres de pila, o los apodos, empezaron a oírse los sábados en el horario de seis a diez de la noche. Desde el inicio los oyentes sintieron que aquel gesto era algo más que saludarse; se estaban reconociendo como parte de una tribu urbana en torno a los ritmos afrolatinos y caribeños

por DORA LUZ ECHEVERRÍA // Aunque el Gordo Aníbal era bien ducho en el oficio, los de la mesa del fondo lo retaron cuando comenzó a tratar de calmar los ánimos, y uno de ellos, ya de pie, dijo mirándome provocador: “también traen niñas a Guayaco, ¿será que brindamos con ella?”, “hombre negro, yo no creo, no ves que ni tan niña será, con esa culifalda”…

por PAULA CAMILA O. LEMA // No sé si les pasa, pero cuando llega diciembre, y en tiendas y cantinas resuena un chucu chucu de esos cuya letra todos nos sabemos, de repente me entra lo que me gusta llamar el “síndrome decembrino”: instintivo meneaíto chucuchuquero, que las tías, casi siempre en diciembre, casi siempre al calor de un aguardientico, acompañan de un siseo, muy de tía: ps, ps, ps.

Líbido, un antro sin máscaras

por EDWIN VÉLEZ

Número 4 Febrero de 2009

Corre la voz. Unos metros abajo del Bosque de la Independencia, hoy Jardín Botánico, se encuentra Líbido. El lugar donde concluye la noche, o mejor donde comienza para aquellos que no quieren dejarla ir.

El lugar está al costado izquierdo sobre una de las vías principales que conducen a Campo Valdez, Aranjuez, Santa Cruz y los Populares. Sólo abre los viernes y sábados. No tiene ningún aviso en su fachada. Para llegar allí es necesario conocer la ubicación precisa. Es una casa vieja, con dos ventanas con rejas de hierro y una puerta de aluminio. Al frente un árbol gigante de caucho. Pero si vas demasiado ebrio, quizá la próxima vez no puedas llegar de nuevo, conozco algunos amigos que han tenido que devolverse, frustrados por no dar con la casa, a pesar de haber pasado por su frente varias veces.

Tampoco hay teléfono allí, sólo un armazón de plástico que sirve de adorno. Y, es posible, que al entrar dejes de recibir tu señal de celular. Esto le ha significado a muchos la separación o la prohibición de volver allí.

Líbido se ha convertido en un referente en la Ciudad. Es el sitio para rematar, pero no es para todos los gustos. Quienes lo conocen no hacen alarde y quienes nunca han ido crean imaginarios sobre sexo desenfrenado, drogas ilimitadas y rock mucho rock. La verdad es más compleja y quizá lo único cierto sea el rock and roll y la vivencia de un sitio oscuro, denso y gótico.

En Líbido confluyen todas las ansias de libertad y a veces se produce la chispa que desata todas las inhibiciones y la rumba puede llegar hasta las diez de la mañana; eso sí, casi siempre empieza mucho después de la medianoche. Por eso para llegar a Líbido es necesario beber bastante y entrar en ese estado de desenfreno en el cual todo es posible y la vida es bella y eterna. El periplo puede empezar en el Parque del Periodista o del Poblado, seguir en algún bar de rock o de salsa y finalizar en Líbido a las 3 am, hora pico del lugar.

No se puede definir este antro. Siempre es un lugar que se le ocurre a uno de los ebrios que nos acompañan y que guarda un buen recuerdo, pues allí, en medio de las paredes húmedas y descascaradas, los baños mugrosos y llenos de orín, y el ambiente denso por el humo, sintió esa energía que te conecta con los dioses y se hizo adicto.

Tocas la puerta y entras. Dos personajes indefinibles como el lugar te cachean y te cobran un cóver mínimo; no entiendes por qué. Sigues y tus ojos intentan acostumbrarse a la oscuridad, estás en la sala de una casa, al fondo un closet se mueve, pero no puedes asegurarlo. En la habitación contigua hay una cama y algunos muebles, está iluminada solo por una luz negra, las paredes pintadas con motivos fantasmales te invitan a perderse en ellas.

Enseguida, otra habitación amoblada y al fondo un pasillo donde reconoces las filas para el baño y con el poco olfato que te queda, el olor ácido a orín, cigarrillo y alcohol. Hay gente, mucha gente, pero no distingues a nadie. Está demasiado oscuro.

Sigues y encuentras el patio, también lleno de pinturas de fantasmas oscuros, decorado con baldosas de arabescos, como las de la casa de la abuela, y al fondo una barra y en ella Mario Líbido, que parece alguien que se ha salido de la fiesta para ser el barman y poner la música; pero no, es el dueño. Estamos en Líbido, la casa de Mario, y esa es talvez la definición más aproximada de este lugar de la noche.

Una vez adentro nadie te mira ni determina. Puedes contorsionarte, saltar de cabeza o hablarle a cualquiera de las pinturas y será totalmente normal. Puedes fundirte en un abrazo con un desconocido, con un metalero, un punkero, un abogado, un artista o un pillo y todo será natural. En Líbido puedes quitarte las máscaras y ser sólo uno más de la jauría humana; ser libre y mirar hacia arriba y claro ver el techo lleno de humedad y la pintura cayéndose y formando diseños abstractos que nunca te imaginabas contemplar, hermosos te dices. Te preguntas sobre lo divino, lo humano ha dejado de importar.

Luego suena The Doors. Te desconectas:

You know the day
destroys the night
Night divides the day.
Tried to run, tried to hide
Break on through to the other side

Cantas y sólo puedes brincar y contorsionarte. Luego te rodea un tumulto, no te das cuenta y empieza el pogo. Pero no te importa, es como una forma de comunicación, no sientes dolor, te caes y te paras y buscas los cuerpos con ansia de golpear y ser golpeado. Gritas un coro que no escuchabas hace mucho tiempo:

Hit Man Hit Man
You’re Not Afraid To Die

Todo se hace más suave, el dulce olor de la hierba te atrapa. Recuerdas épocas pasadas. Las canciones se suceden, bailas y luego te sientas, bebes otro poco. Miras el reloj y te das cuenta de la hora, pero no importa. Suena Nirvana y quieres pararte al pogo, pero todos se abrazan y gritan:

With the lights out,
it’s less dangerous
Here we are now, entertain us
I feel stupid and contagious
Here we are now, entertain us
A mulatto, an albino
A mosquito, my libido, yeah

Te dices que esa canción siempre debe sonar allí. No hay ninguna más apropiada.

En cualquier momento de la noche llega la policía. Pero no hay requisas. La música rebaja un poco, el humo denso escapa por el patio y te das cuenta que se puede ver un pedacito de cielo desde adentro y con suerte la luna y con más suerte sentir la lluvia allí mismo mientras suena Shadowplay de Joy Division.

Mario te dice que allí es el lugar de la tolerancia, Sin máscaras, sin pretensiones. Que esa es su casa y donde tiene la vida y el alma. Te cuenta que estudió pedagogía y que quiere trabajar, ser maestro; mientras tanto piensas en dejar de trabajar y tener un lugar así para liberarte.

Siempre fue su sueño tener este lugar; empezó hace trece años con una grabadora en el garaje y ha tenido público sólo desde hace 5 años; los otros 8 los pasó solitario en Líbido. “Hice esto en contra de la familia, los vecinos y la iglesia de la esquina, en la que me acusaban de satánico cada fin de semana. Pero seguí constante, aquí encontré mi energía. Quizá porque en esta casa velaron a mi padre, en esa sala”.

Los policías beben gaseosa en un rincón. Uno de ellos le pregunta a Mario si las paredes y el techo están descascarados intencionalmente como decoración. Mario le contesta que las paredes y el techo de Libido están vivos y que le agradecen cada vez que pone música, pues se les va la humedad y el tiempo que las corroe. Los policías ríen y se marchan. Por esta noche han dejado tranquilo a Líbido y la gente sigue llegando.

Sube de nuevo el volumen y Mario toma un micrófono, con voz ronca grita frases de tolerancia, invita a hacer el amor detrás de las cortinas, en el closet. “Cuidado con el dedo gordo de la Novia” y concluye con una canción de Metallica que suena atronadora y maravillosa.

Luego suenan grupos de rock, punk y underground de Medellín. Frankie ha Muerto. Encisos After The Rain. Nepentes. IRA. Fértil Miseria. Luego el pogo y en medio de todo una canción de Héctor Lavoe. Algunos se acercan y hablan con Mario; él dice que eso es pedagogía de la tolerancia.

Cuando el primer rayo de sol despunta por el patio, huyo hacia la salida. Con los ojos inyectados de sangre, miro a Mario y me despido. Levanta la mano y me recita una poesía de la que recuerdo sólo el final: Dios te bendiga y te deje en el infierno 78 años.

por TOMÁS CARRASQUILLA // El relato de una juerga de un día completo con final en la cárcel y jóvenes alebrestados por el anís y el respaldo de la pistola en la pretina, es la historia de Tomás Carrasquilla más cercana a los alborotos del Medellín de nuestros días.