De verdad, ¿en Colombia hay teléfonos?

por ALBEIRO PÉREZ • Ilustración de Camila López

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

A veces el tamaño de la admiración que sentimos por alguien llega a ser igual al tamaño de la decepción que nos causa.

Hay muchas razones para recordar a un profesor, o para que su paso por nuestras vidas se vuelva memorable. De la primaria recuerdo a doña Consuelo, que sabía mucho de matemáticas, pero una vez me castigó con una regleta en la palma de la mano; otra vez no me dejó ir al baño y me oriné en los pantalones. De bachillerato recuerdo a Guillermo Ramos, el profesor de filosofía, porque también nos enseñó a amar la poesía y el tango; y a Jorge Gómez por haberme propuesto que participara en el naciente grupo de teatro del colegio, a cambio de no presentar el examen final de español. No sé cómo intuyó que yo, que vengo de una familia en la que no ha habido un solo intelectual o artista, podía ser uno de los actores del grupo.

De la Universidad de Antioquia, donde hice mi pregrado en teatro, recuerdo especialmente a Mario Yepes por su disponibilidad y generosidad para compartir el conocimiento. Y porque fue Mario quien me animó a aplicar a una beca Fullbright para hacer un posgrado en Nueva York. Él ya había estado allí y me hablaba maravillas de los profesores que había tenido. Y Mario tenía razón, hay muy buenos profesores en esa ciudad. Pero ser buen profesor de algo no justifica el ser un completo ignorante de otras.

En 1995 salí para Estados Unidos. Yo había trabajado como profesor de inglés y eso me daba cierta confianza, pero ni yo, ni nadie de mi familia había salido del país. Había salido de Medellín un par de veces, al Festival de Teatro de Manizales. Y para acabar de ajustar tenía fama de “buen hijo”, casero y lo peor de todo, de elevao; tanto que una compañera de trabajo comentó alguna vez:

—No me imagino a Albeiro en Nueva York, como es de elevao, lo va a levantar un carro.

Esa era toda mi experiencia fuera de casa. No tenía amigos en Nueva York, no tenía familia en EE. UU. y había visto en películas historias terribles del subway, del Bronx y de Brooklyn. De igual manera, de racismo y xenofobia solo había escuchado hablar en las películas de Hollywood y creía que el tema del exilio o de vivir el país desde fuera era solo para gente importante; pero no tardé mucho en vivir algunas experiencias en carne propia.

En aduanas del aeropuerto de Bogotá, sin razón aparente, me hicieron vaciar mis maletas. Yo había empacado de todo, como si fuera para un pueblo donde no se pudiera comprar ni crema dental. Llevaba también un libro de poesía de León de Greiff, Doce cuentos peregrinos de García Márquez y algunos casetes con música bailable, incluidos algunos pasodobles, por si tenía chance de descrestar in New York. Todo quedó en el piso, incluida una libra de frijol cargamanto que me habían encargado.

En la escala en Miami, yo trataba de seguir a la mayoría que parecía tener mi mismo destino. Y llegando a inmigración, ocurrió un amor a primera vista. Un señor mono, alto, de uniforme azul oscuro y ojos azul claro, me hizo señas para que me saliera de la fila. Lo primero que se me ocurrió fue, “¡Dios mío, los frijoles cargamanto!”. “¡El talco Mexana!”. “¡Los casetes de música protesta!”.

Le dije al oficial que era becario, que ya tenía una prematrícula en un instituto, que llevaba recomendaciones de varios profesores, pero de nada sirvió. Me llevaron a un lugar aparte y me preguntaron hasta a qué horas había nacido para dejarme proseguir con mi viaje.

Ya en Nueva York, la mamá de una colombo-gringa que hacía algún tiempo había estado en Medellín dirigiendo Muerte de un viajante, de Arthur Miller, me recibió en su casa de cuatro pisos en Queens Boulevard. A pesar del poco tiempo que estuvo en Medellín, nos hicimos muy buenos amigos y nuestra amistad fue un excelente preámbulo para viajar al norte. Su mamá era viuda de un médico colombiano y ahora vivía sola en un caserón. El edificio de tres pisos tenía un sótano donde estaba la biblioteca de su difunto esposo y en el que la mera zona de ropas podría ser un apartaestudio; sumado a eso tenía garaje, dos comedores, piscina, ático. En aquel caserón yo pagaba cuatrocientos dólares por mi cuarto y por el derecho a utilizar toda la casa, incluida la piscina que en aquel momento estaba cubierta con el naranja, el ocre, el café y el rojo del otoño de 1995. Todo marchaba bien. Me sentaba en el patio trasero a tomar café, a mirar el tapete de colores de la piscina y a reírme leyendo a Oscar Wilde. Más adelante vería también por primera vez, y “en vivo y en directo”, una caída de nieve. Y me quedaría estupefacto al ver cómo aterrizaba un helicóptero en el escenario del musical Miss Saigón, en Broadway. Por su parte, la mamá de mi amiga me cocinó sancocho y frijoles un par de veces, me sacaba a conocer lugares, visitábamos sus familiares en Nueva Jersey y me presentaba a sus amigas de tertulia como un espécimen raro que, a pesar de llegar de Colombia, hablaba muy bien inglés.

—Mírralo, isn´t it incredible?

—No kidding! —decían las señoras—. How did you learn English?

En el invierno de 1995 la dueña del caserón viajó a Chicago a visitar a sus otras dos hijas y me dejó encargado de su espacio. Cada que me paro ante esa casa desde el presente veo imágenes de películas como Los otros o El orfanato. Pero no porque el fantasma del difunto esposo de la señora se me haya aparecido en el sótano, o porque haya escuchado ruidos en el ático, o algún inmigrante se hubiera entrado por una ventana a robarme. No. Por pura mala suerte, ¿o sería el difunto médico? El primer día que quedé solo el televisor grande y viejo que había en la sala dejó de funcionar. Otro día, prendí una lámpara de pared que también estaba en la sala, pero esta prendió, se apagó y nunca más volvió a prender. Y luego hubo otro par de pequeños incidentes que me salieron caros.

Pocos días después regresó de Chicago la mamá de mi exdirectora con sus otras dos hijas. Antes de que llegaran, y por recomendación de mi amiga, puse todo mi empeño en tener la casa impecable. Llegaron, descargaron maletas y muy pronto emprendieron su misión de asegurarse de que la casa hubiera estado bien cuidada. Y por supuesto encontraron que había un par de cosas que no funcionaban. Lo primero que parece haberles pasado por la mente a las dos hermanas de mi amiga fue que la casa había quedado en manos de un irresponsable y descarado que se había aprovechado de la generosidad de su madre. Y reiniciaron su misión e inspeccionaron cuarto por cuarto, baño por baño, objeto por objeto, para asegurarse no solo de que no hubiera más daños, sino de que la casa estuviera impoluta; como si hubieran dejado encargado no a un compatriota bisoño y con ganas de demostrar que podía estudiar en un lugar completamente desconocido, sino a un empleado del aseo. Por eso cuando una de las hijas, tal vez la que menos sangre colombiana tenía, levantó la tapa de unos de los sanitarios y encontró un par de manchas de orina, se encolerizó y le puso la queja a mi amiga. Los cuatrocientos dólares del alquiler del cuarto no contaban en aquel análisis. O sea, no entendían que a mí no me estaban pagando por asear la casa; era yo quien estaba pagando por un servicio.

Mi amiga me compartió la inconformidad de sus hermanas en la mañana de un 24 de diciembre. Entonces yo me llené de mis propios motivos y me senté a escribir mi versión de los hechos, incluyendo la manera como me estaba sintiendo. No lo había pensado, pero ese día descubrí que mi falta de elocuencia y serenidad para hablar de los temas que me afectan emocionalmente las suplo escribiendo. Puedo tomar distancia, puedo borrar lo que no se podrá borrar cuando se haya explotado verbalmente, descargo gran parte de la emoción en la intimidad y hasta me divierto. Terminé las dos hojas de descargos, se las entregué a mi excompañera de montaje y me fui desde las diez de la mañana para un restaurante pequeño, a tres cuadras de la casa. Allí me comí un bagel duro con café para el desayuno, almorcé con una hamburguesa de tres dólares y esperé a que cayera la noche y las cuatro mujeres ya se hubieran ido para Nueva Jersey a celebrar la navidad.

Al día siguiente, casi a la misma hora en que yo había salido el día anterior sonó el timbre de la puerta. Abrí, y allí estaban en el portón las cuatro mujeres. La madre me miró diciendo, “jah, you appeared” y siguió de largo con dos de sus hijas, y mi amiga, con cara de “la cagaste”, me dijo “Hi, Albeiro”. Yo, que después del desahogo había perdido la noción de qué tan acertado había sido el tono de la carta, le dije a mi amiga que quería hablar con todas las herederas del difunto médico. Ella me dijo que se lo expusiera a Nancy, la más “americana” de todas.

—Nancy, ¿podemos hablar un minuto?

—Start, you just have one minute.

Efectivamente, la reunión no duró más de unos cuantos minutos y mi única defensora constantemente tenía que intervenir diciéndoles a sus hermanas:

—Déjenlo hablar, déjenlo hablar.

Las hijas regresaron a Chicago y en la casa quedamos solamente la dueña y yo. Al otro día, la señora robusta y rubia me sentó en la sala y comenzó de nuevo a interrogarme sobre los sucesos como si yo hubiera cometido un crimen atroz.

—¿Cómo se atreviste a no cuirar de mi casa? Tell me… ¿Ah?

—…

—¿Es que usted no sabes hacer nara? ¡Clarro, porque tu madrre siempre te haces todo en Colombia!

—…

—What were you thinking? Ah?! ¿Que tu mami estaba aquí parra hacer toro?

Y yo, en casa ajena, en país ajeno, con una matrona americana iracunda al frente, solo atinaba a decir:

—I´m sorry, Ms. Ca… but…

—But nothing —me callaba ella—. Shut the fuck up!

—But… es que yo…

—Es que io nothing —me interrumpía—. Shut the fuck up. Just shut the fuck up!

Al otro día llamé a mi amiga, le agradecí por todo su apoyo, le pagué a mi interrogadora los daños que nunca causé y decidí largarme.

El 29 de diciembre saqué fuerzas para llamar a Colombia a preguntar dónde estaba viviendo Orlando, un conocido de la infancia. No había querido hacerlo antes porque quería resolver mis necesidades yo mismo y porque a diferencia de Orlando Furioso, este era famoso por sus epopeyas “cacórricas”, y hasta por pedófilo. Pero a la necesidad esas historias le importan un culo. Me dieron el teléfono, lo llamé y acordamos que me recogería el primero de enero en la mañana. Mi mamá se alertó y me llamó el 31, justo el día en que me disponía a empacar y estaba lavando el baño que insultó la asepsia de la hija más gringa.

—Sí, ma, todo bien… Aha… aha… no, nada…, es que quiero irme unos días para Long Island… No, no… No se preocupe, Orlando me va a recoger… Yo tamb… la q… aha… lo… lo mis…

Ese 31 de diciembre, mi primer Christmas in New York, me la pasé empacando hasta casi la madrugada, añorando el olor a natilla y buñuelo, y escuchando, o creyendo escuchar, los estallidos de la pólvora al dar las doce campanadas.

Después del incidente en aquella casa estuve itinerante algunos días. Una especie de desplazado intraurbano en Nueva York. Mi amigo Orlando vivía a unas dos horas de Nueva York con una prima, a quien me sorprendió ver en su casa porque había escuchado rumores de que estaba de puta en Japón. En la casa de Orlando estuve unos días y mientras tanto le ayudaba a hacer aseo en oficinas de bancos: uno de los trabajos más fáciles y más bien pagados que he conocido. Llegábamos a la oficina, recogíamos un par de papeles del piso, pasábamos el escobillón por encima de los teclados, sacábamos la basura and let’s go, a la próxima oficina. Lo más demorado era la distancia entre banco y banco, pero cubríamos entre cuatro y cinco en un par de horas. A finales de enero, como ya había empezado a estudiar actuación en el instituto Lee Strasberg, necesitaba hacer desplazamientos más cortos, entonces le pedí a un compañero italiano que vivía en Astoria, Queens, que me permitiera estar unos días en su apartamento mientras yo conseguía algo en Manhattan. El traslado lo hice un día helado de comienzos de febrero. De la estación del tren a su casa había que caminar varias cuadras con la maleta al hombro y a pesar de los guantes llegué con los dedos casi pelados. Allí estuve muy poco tiempo, pero nunca se me olvida una frase que me dijo Francesco en medio de unas cervezas:

—Ah, paisitas, they are easy.

No supe si enorgullecerme o apenarme.

De la casa del italiano pasé a la sala pequeña de un británico que vivía en el East Village, a unas cuantas cuadras del instituto donde estudiaba. Parecía un lugar de peregrinación de gente de distintos países y había borracheras constantes por lo que el británico varias veces me dijo:

—You are too serious, man.

Mi última estación, antes de conseguir un lugar estable, fue en el apartamento de un colombiano, que al igual que yo era becario Fullbright. Le pedí que me permitiera estar de un día para otro, “in his place”, como se acostumbra a decir en Nueva York, mientras me entregaban mi “apartamento”. El compatriota accedió muy amablemente, pero en la noche me llevé una sorpresa. Me organizó unos tendidos en el piso, destapó una botella de vino y comenzamos a conversar sobre la beca, sobre Colombia y sobre mi deambular. Mientras avanzaba la conversación y a mí me empezaba a vencer el sueño, el tipo se paseaba en calzoncillos de un lado a otro de la sala, hacía chistes malos y se le escapaban algunos quiebres de delicadeza. En una ciudad donde la mayoría de la gente se quita la máscara y a todo le dice que sí, el becario no solo me quería ayudar sino también poner a prueba mi heterosexualidad. Finalmente, convencido de que mis ganas de dormir eran más fuertes que cualquier otro deseo y que conmigo no habría affair posible, me dio las buenas noches.

De las cosas buenas que tiene el inglés es que para designar el lugar donde uno habita, sobre todo en una ciudad como Nueva York, la mayoría de la gente dice nos vemos “in my place” te invito a “my place”. Y tiene todo el sentido. En una ciudad como Nueva York, a veces el lugar donde uno vive no se sabe exactamente qué es. My place in Manhattan, el primer lugar a donde llegué a vivir solo, después de trasegar aquí y allá, era un espacio de dos metros de ancho por cinco de largo, con baño y lavamanos, pero sin cocina. Pocas veces he sido tan feliz como el día en que me mudé a aquel espacio. Solo tenía una cama, una mesita, una olla arrocera donde preparaba hasta el chocolate y un equipo de sonido destartalado que me encontré en la calle. Nada que ver con la casa de Queens Boulevard, pagaba 650 dólares por un cuchitril, pero era feliz. Este espacio estaba ubicado en el East Village, la zona bohemia de Nueva York para estudiantes, artistas, punkeros, hippies rezagados y en general inmigrantes de bajos recursos. Porque otra cosa es, o era, el West Village; lugar frecuentado por lo más selecto de la intelectualidad neoyorquina y estadounidense, y donde se encuentra el Blue Note Jazz Club, famoso porque allí se presentaban con cierta frecuencia artistas como Ray Charles y Woody Allen. Mi cuarto en el East Village estaba cerca al Lee Strasberg Institute y rodeado de restaurantes de todos los países —una vez conté treinta en un solo lado de la calle—, también había bares, galerías de arte y teatros como La Mama que inspiró la creación de su homónimo en Bogotá.

En el East Village, sin embargo, volvió a aparecer el karma de ser colombiano. Ya había comenzado a hacer mi posgrado en Brooklyn College y en mis primeras vacaciones de verano comencé a trabajar en un restaurante italiano. Era mi primer trabajo en la vida, como mesero. El ser colombiano inicialmente me ayudó porque la primera persona que me recibió fue un muchacho de Armenia, Quindío; dicharachero, burletero, ventajoso, pero suficientemente generoso para abrirme un espacio como busboy, o sea la persona que recibe a los comensales y les lleva el pan y el agua. El quindiano solía presentarme con orgullo o decirles a los mexicanos y ecuatorianos que había allí:

—Aprendan, pendejos. Él está haciendo un posgrado.

Mis mejores recuerdos de ese restaurante son la comida que allí se preparaba y las rumbas en Queens, a las que me invitaban mis compañeros colombianos en diciembre. Yo, que lo más sofisticado que me había comido era un sudado de pollo o un plato de mondongo, aprendí que en la comida italiana puede haber entre cuatro o cinco platos en una misma sentada: el aperitivo, el antipasto, la entrada, el fuerte y el postre con un espresso espeso. Aprendí también que una pasta al burro no tiene nada que ver con el cuadrúpedo; que en el penne, el linguini y la pasta putanesca no hay nada pornográfico; que el tinto no tiene nada que ver con la Federación de Cafeteros y que Champagne es una región en el noreste de Francia. Pero entre todas las comidas que allí se preparaban, la que más me hace agua la boca son los anillos de calamar frito que nos abastecía a escondidas el chef, un dominicano robusto, alto, que cada que tenía un descanso se blanqueaba la punta de la nariz en el baño, y cuando estaba contento se golpeaba el pecho y decía “kikirikiiii”. Tampoco se me olvida su manera particular de hablarle a su amante los sábados en la noche, cuando estaba terminando su turno:

—Oye, lávate bien ese culito que ya voy pallá.

El recuerdo menos grato de aquel restaurante tiene que ver con algo que nunca me había pasado en Colombia: la manera como fui “atracado” o casi atracado en dos ocasiones. La primera fue a una cuadra del restaurante cuando iba a comenzar mi turno. Un puertorriqueño me encuelló por detrás y me dijo, “don´t move”. Al día de hoy no sé qué putas vio robable en mí, lo cierto es que sí iba elevao, como decía mi compañera de trabajo, pero reaccioné tan rápido como nunca lo había hecho en mi vida, me escabullí y en dos saltos estaba al otro lado de la calle. El otro sí fue un atraco consumado y tiene que ver con el mánager del restaurante: un italiano, cuñado del dueño, que siempre parecía estar ofuscado, con los ojos desorbitados, hablando rápido, acosando a todo mundo, mejor dicho, empericado. Yo nunca llegué a ser buen mesero y por consiguiente no era de los que más recogía propinas, pero siempre, al terminar la jornada, dos a. m. más o menos, se juntaba lo ganado por todos y se dividía por partes iguales. Pero una noche tuve mi golpe de suerte, me dieron más de doscientos dólares. El administrador nos pidió que cada uno le pasara lo que había recogido y nosotros nos paramos alrededor de él a esperar el conteo y la repartición. En determinado momento me dijo que fuera a la cocina y le trajera algo. Fui y cuando regresé me llevé una sorpresa: lo que el italiano decía que yo había hecho era mucha menos plata y por consiguiente mucho menor lo que me iba a tocar. Le expresé mi desacuerdo, que no podía ser, que yo había contado bien. Pero él armó su show, que cómo así, que de qué lo estaba acusando, que respetara y finalmente se paró gritando y me dijo:

—So, go home! ¡Si no te gusta, go home!

Yo me fui para el baño, y no a orinar propiamente.

Que a uno lo traten como a un peón en la casa de unas gringas, que le robe la plata un italiano, que no lo dejen calmar el hambre en el trabajo; incluso, que lo intente atracar un latino, puede ser un golpe duro, pero hasta entendible, en una ciudad como Nueva York. Pero hay otros golpes, más sutiles, pero más dolorosos porque lastiman a todo un país.

George Loros era la vaca sagrada de los profesores en el Lee Strasberg Institute de Nueva York: que conoció a Marlon Brando, que había actuado con Bobby de Niro, que era muy estricto, que en su clase solo podían estar ciertos privilegiados etc., etc. Logré meterme en su clase y ver unas improvisaciones de una escena de ¿Quién le teme a Virgina Woolf? En efecto, cada que Mr. Loros hacía un comentario, a mis compañeros se les corría la baba. Y recibir un elogio de este mastodonte era como ser bendecido por el mismísimo Espíritu Santo.

En las clases de la mañana, yo estaba acostumbrado a que uno podía tomarse un café mientras observaba los ejercicios. Y un día entré a aquella clase con un café en la mano. Observaba los ejercicios, tomaba nota, saboreaba el café, cuando al final de uno de los ejercicios se me acercó aquel paquidérmico y me dijo:

—You can´t eat in my class.

Y yo, mirando a los ojos a aquella mole, repliqué:

—Why? I don´t understand.

Al lunes siguiente me dijeron que no podía seguir en la clase.

Mark Zeller, mi profesor de actuación en Brooklyn College, al igual que mi gran amigo en Medellín, Mario Yepes, era uno de los profesores más antiguos y admirados de la facultad de teatro. También, al igual que Mario, era un hombre grande, panzón, bonachón y de barba profusa. Era de ese tipo de seres cuya sola presencia inspira respeto, un “maestro” por derecho propio. Y yo le recuerdo perfectamente su nombre por dos razones. La primera, por haberme dado uno de los mejores elogios de mi clase de actuación. Hacíamos un ejercicio con un poema de Dylan Thomas en el que debíamos decir unos versos mientras hacíamos una actividad física. La sutileza con la que hice la actividad física y el tempo con el que dije los textos e hice “ver” a mis compañeros espectadores lo que estaba narrando, hicieron decir a mi profesor, “perfect, just perfect”. Pero a los pocos días ocurrió algo también inolvidable. Es la segunda razón por la cual nunca he olvidado ese profesor. Era una improvisación en la que hacía una llamada a Colombia y debía transmitir, o hacer ver a mis compañeros, con quién estaba hablando yo al otro lado de línea. Aproveché el recuerdo de la llamada a mi mamá aquel 31 de diciembre desde la casa de mi anfitriona gringa. De nuevo se me quebró la voz, cayeron un par de lágrimas y terminé. Hubo un silencio inusualmente largo e incómodo en la clase mientras recogía mis cosas y me dirigía a mi asiento.

Me senté. El silencio continuaba. Nadie decía nada. Y mi querido y más admirado profesor de actuación, el más pragmático, el más metódico y organizado, con el que aprendí a amar Under Milk Wood de Dylan Thomas. Uno de los maestros que más me ha enseñado sobre la importancia de la palabra bien dicha en el escenario, sobre la importancia de su sonoridad y de las imágenes y emisiones que ellas evocan. Aquel profesor, al que le tomaba nota de cada letra que caía de su boca, volteó hacia mi silla y dijo:

—Do you have telephones in Colombia?

 —What?! —le pregunté a mi compañera Marianthi Skalubakas—. What is he saying?

Y mi ídolo repitió:

—Yeah, you really have telephones in Colombia?

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Las hay, las hay

por LAURA ALMANZA

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Siempre había querido ir donde un brujo de volante. De esos que prometen, por una módica suma de treinta mil pesos, acabar con el sufrimiento. En realidad era más una curiosidad morbosa que un deseo de bienestar. La idea de recuperar un amor, tener suerte en el chance, o en general acabar con cualquier tipo de amargura no me desvive. Mal influenciada por mis últimas lecturas de Séneca, y encima dieciocho años de educación católica, considero que el dolor hay que sentirlo, pues solo se forja el carácter experimentando las dificultades de la vida. “El fuego prueba el oro; la adversidad, a los valientes”.

En todo caso, lo que yo quería era conocer uno de esos brujos. Cada que pasaba por Junín con La Playa, buscaba un volantero con esos papelitos de colores y los coleccionaba en un cajón de mi escritorio, esperando algún momento de ociosidad para ir a buscar lo que no se me había perdido.

Como no encontraba ninguna excusa para desbocar mi curiosidad brujesca, me inventé una: prometí escribir una historia y pedí la cita.

Dada la concepción negativa sobre la palabra brujería y sus variantes, en todos los papelitos publicitarios estos personajes se nombran más amablemente como videntes, espiritistas o mentalistas. Era el caso de la especialista que me llamó la atención, una tal Sandra Luz, la cual garantizaba que yo no tendría que decirle a qué iba porque ella misma me lo iba a decir.

—Buenas tardes, quisiera separar una consulta.

—Buenas tardes, claro. Para mañana de una a cinco p. m. ¿A qué horas te queda fácil?

—A las dos está bien.

—Deme su nombre por favor.

Titubeé. Si ella no daba su verdadero nombre, ¿por qué yo habría de hacerlo?

—Juanita Ospina.

La oficina de Sandra Luz queda en el tercer piso de un edificio sobre la Avenida Oriental, entre consultorios odontológicos. No llegué puntual pero tampoco afanada. Me recibió un Buda de un metro de alto bañado en bronce, con los brazos levantados, una bata de color rosado metálico y un letrero a sus pies que decía: “Done lo que desee al Buda y sóbale la barriga y pide 3 deseos”.

Toqué el timbre y una mujer se asomó desde la habitación del fondo.

—¿Tienes cita?

—Sí, señora.

—Pasa y espérame cinco minutos que estoy terminando una videollamada.

Me senté en la salita de espera tratando de memorizar el montón de cachivaches esotéricos regados por el consultorio. Una vitrina llena de tarritos de Quereme, una Mano de los Misterios tamaño gigante de color rosa pastel, un cuadro de las pirámides de Guiza flotando en un cielo estrellado.

—Sigue, por favor.

Nos sentamos frente a frente.

—¿Alguien te recomienda?

—No, fue por un volante.

—¿Te vas a hacer lectura de tarot o lectura de cartas? El tarot vale ochenta y las cartas valen treinta.

A diferencia de la sala de espera, el cuarto era estrecho y no tenía mayor cosa. Apenas si cabíamos el escritorio, Sandra Luz y yo. Nada de inciensos, vestuarios aparatosos o bolas de cristal. La bruja era una cuarentona de camisilla blanca, cabello negro queratinado y mirada profunda con pestañas postizas. Los viáticos decidieron la lectura de cartas.

—Bueno, acá veo una separación…, una persona muy importante en tu vida que se aleja. ¿Es tu pareja?

—Era.

Ah, con que así es que ofrecen los amarres…

—¿Y sabías que hay otra persona? Porque bueno, aquí veo otra energía muy negativa. Es de alguien que te quiere hacer daño. No quiere que vos estés bien y te está haciendo todo tipo de cosas para que empieces a meter la pata. O sea, tú quieres tomar decisiones, pero muchas veces esas decisiones que tomas son malas decisiones… ¿Cierto?

(De eso sí no había ninguna duda).

—Esa energía no te deja avanzar. No te deja llegar al punto donde tú quieres estar. Tú quieres felicidad, quieres paz y tranquilidad, pero muchas veces hay personas que no te la van a dar. Tienes que analizarlo muy bien.

Sandra Luz no dejaba de mirarme. Escaneaba cada uno de mis gestos con una atención milimétrica. ¿Se percataría de que también yo la estaba analizando a ella? ¿Se lo advertiría alguna fuerza mística?

—Eh, yo realmente es que vine porque más allá de lo sentimental, tengo un proyecto creativo que no está funcionando muy bien.

—¿Pero ese proyecto creativo tiene de pronto algo que ver con la parte sentimental?

—Pueees… Yo tengo puesto ahí mi corazón, sí. Y la verdad siento que hay algo que no lo deja prosperar.

—Sácame tres cartas…

La bulla de la Oriental se sentía encima.

—Sí. Te está haciendo brujería —me dijo con total seguridad.

Las cartas le respondían como en voz alta. Para mí, en cambio, una ignorante de los símbolos arcanos, un corazón atravesado por tres espadas podría significar un problema cardiovascular.

—¿Por qué? No sé. Porque siento que esa persona no se beneficiaría en nada si te va mal a ti. La parte económica va a salir muy bien, hay un hombre en este momento que va a voltear todo y los va a poner a funcionar. No sé si viene a inyectar dinero, no sé qué es porque no sé qué tipo de proyecto tienes.

—¿Y entonces qué hago?

—A mí no me gusta meterme en el rancho de la gente, pero estabilízate. Lo que yo te recomiendo es limpiarte. Esta persona sí se está moviendo muy feo…, yo no sé qué beneficio le trae. Porque si fuera que te va mal a ti y queda con algo, pero aquí se ve que no va a quedar con nada. Esta persona te está haciendo eso gratuitamente. ¿Has tenido algún problema con alguien?

—Eh, no que yo recuerde.

—Tú eres muy inteligente, entonces eso es. Esa persona quiere el conocimiento que tú tienes, pero no lo va a obtener así. Porque no va a obtener ningún tipo de beneficio de ninguna clase con eso que te está haciendo.

—Qué vaina.

—Si tú no te haces una limpieza en este momento no quiere decir que no vas a progresar. ¿Qué es lo que pasa? Que vas a sentir siempre una piedra en el zapato. Todo lo que consigas va a ser con dificultad y no se trata de eso. Sea conmigo o con otra persona, trata de hacerte una limpieza y una cauterización para que no te entren más de estos trabajos negativos. Ya tú me dirás.

—No, pues, yo creo que tengo que pensar primero en todo esto.

—Claro. Ya tú me dices, tienes el número mío. Yo no cobro el trabajo, el trabajo es lo que usted me quiera dar. El material para eso vale ochocientos. Ya tú me dirás.

Después de pagar los treinta mil de la consulta que duró quince minutos, salí de la oficina de Sandra Luz haciendo cuentas emocionales. Todo lo que supuestamente dijeron las cartas bien podría ser una lectura genérica, pero ¿y si no? ¿Y si de verdad alguien me estaba haciendo la maldad? ¿Qué habría hecho yo para que alguien se pusiera en esas? Yo no creo en las brujas, pero…

Me dañaste, ome, Sandra Luz. Hubiera seguido tranquila tomando malas decisiones y con una piedra en el zapato, pero tranquila al fin y al cabo.

Esa tarde voltié por todo el Centro. En plena hora pico me monté a un bus y alcancé puesto en la esquina de la última fila. Contesté una llamada, cosa que no suelo hacer cuando estoy en la calle, y por casualidad, mencioné mi consulta con la “vidente esa”. Colgué, saqué los audífonos con toda la intención de soportar los tacos de hora pico en Medellín, puse una canción de The Frozen Autumn que tengo pegada. Estaba ya perdida en el sonido de los sintetizadores, cuando sentí que la pelada que estaba sentada a mi lado me tocó el brazo.

—Es que tengo que decirle algo.

Pausé la música, me quité los audífonos y la miré.

—Claro, dígame.

—No vuelva donde esa vidente.

—¿Cómo?

—Es que escuché de lo que estaba hablando y tiene que saber lo que me pasó a mí, porque esas personas lo único que hacen es aprovecharse.

La muchacha no tendría ni treinta años. Llevaba el cabello recogido en una trenza y vestía pantalón de lino negro con camisa blanca, como recién salida de la oficina. Resultó que había consultado a un brujo cualquiera en un momento de crisis, y entre limpiezas, escudos de protección y promesas de buena suerte, se le fueron más de dos millones de pesos.

—Y eso no es todo. Porque ese brujo algo sabía, aunque fuera un aprovechado… La mayoría son estafas, porque he visto cómo las hacen. Atienden las consultas por llamada, ponen voz de viejito y todo pa que les crean, les inventan cualquier remedio, cualquier cura, les cobran un montón de plata y ni una oración les hacen. Yo tengo un vecino que hace eso, y ese man no sabe nada de magia, es más, ¡no sabe nada de nada! Ni habrá terminado el bachillerato… Y yo no lo puedo denunciar porque a esos estafadores los cuidan los combos.

—Ah, cómo así…

—Vea, mientras uno viva va a tener problemas, y si uno no los resuelve cuando le toca, igual va a tener que hacerlo después.

Habiendo dado su mensaje de advertencia, miró de nuevo al frente y no dijo nada más el resto del trayecto. Me puse de nuevo los audífonos y cerré los ojos. Menos mal no creo mucho en nada, pero si esto no era un mensaje del destino, no sé qué más podría serlo. Además solo tuve que pagar tres mil ochocientos pesos del pasaje.

La suerte está echada

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

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Las ínsulas extrañas

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Adaptación de la obra Virgilio leyendo la Eneida a Augusto y Octavia (1787), del artista Jean-Joseph Taillasson.

Mientras Ricardo y yo distraemos la espera de la comida, se arrima un amigo suyo, Saúl, un cincuentón, calvo y locuaz, en cuya parla tintinea su oficio. Intento ponerme a tono con él y acudo a la libre asociación.

—¿Lacaniano? —le pregunto.

—Claro —dice enfático—, hoy no se puede ser de otra manera.

Me sabía algunas anécdotas de sicólogos, pero Saúl no le dio importancia a ninguno de mis apuntes, lo cual, presumo, es frecuente entre gente que adopta ese papel distante junto al diván. A propósito, reveló que en sus terapias les ponía más cuidado a las expresiones no verbales. Habló del caso de una paciente de Freud. Cuando el vienés le preguntó qué tal andaba su vida conyugal. “Bien, muy bien”, contestó la dama, mientras el doctor veía que ella se quitaba y se ponía varias veces la argolla matrimonial.  “Pero veo que usted se está descasando”, le señaló Sigmund.

Y Saúl habló más sobre el silencio.

—Uno contempla la mirada de un esquizo y es tan enigmática y tan terrible como la de ese Ángel de lo Extraño que se le aparece a un ciudadano incrédulo y racional, mientras lee su periódico, en un cuento de Edgar Allan Poe.

La referencia dio pie para que Saúl hablara de su afición por los incidentes inexplicables.

Había visto una escena grabada con el celular por el inquilino de un conjunto residencial. Los habitantes de esa unidad insistían en la rareza de un columpio que se movía solo y con harto impulso. En el video apareció, meciéndose, en imagen borrosa, la pelaíta que había muerto un año antes en ese lugar.

Después, Saúl también dijo haber visto un video de un cadáver tomado por la policía durante un levantamiento. En él se observaba una especie de espiral ondulante que exhalaba el cuerpo del recién fallecido.

—Son entidades —apostilló, con mucha propiedad.

Me pareció gracioso que un sicoanalista hablara de esas escenas en términos tan peregrinos, y bien serio. Tenía repertorio. Y contó la historia de un ruso al que encierran en un hospital mental porque asegura que antes él andaba en Siberia, cuando los alienígenas lo abdujeron, y no recuerda cuándo lo descargaron en Moscú. El tipo dice que es fotógrafo y muestra unos negativos que ha tomado de una nave con forma de campana. Nadie le creyó el cuento, pero más tarde tampoco pudieron explicar cómo hizo para desaparecer del encierro en el manicomio.

Ricardo también sonrió escéptico, pero por la demora del pedido. Hacía rato que habíamos ordenado un pollo a la naranja y un sánduche de rosbif.

—¿Querés comer algo? —le preguntó al amigo sicólogo.

—¿Qué me recomiendas?

—Hay unas julianas de pollo muy buenas, si es que las traen…

—¿Qué son julianas?

—¡No me digás que no sabés!

Ricardo le explicó con gestos cómo eran esas cintas de carne aviar doradas en el wok.

—Está bien, me apunto a unas julianas. Ah, y otra botella de vino.

—¿De cuál vino? —pregunté.

—No es nada del otro mundo —comentó Ricardo—, debe ser de la chaza.

—No importa —concluyó el analista—, aquí nadie es enólogo.

Luego se despachó contra algunos de sus colegas de oficio. Describió pugnas de índole teórica, y otras que degeneraban en riñas afines a cualquier gremio, intrigas de envidia y celos profesionales.

Mientras tanto, Saúl libaba largos tragos, cómo se veía que quería darle gusto a su libido esa noche.

—En mi época de prestigio, cuando tenía un nombre en esta ciudad, atendía hasta treinta pacientes al día. Parece que la terapia daba sus frutos, de lado y lado, y como mi fama se regaba, les desaté una envidia tal que me hicieron la guerra, me tildaron de farsante. Hasta tuve un colega que iba con el pretexto de saludarme, pero con la intención disimulada de saber cuántos pacientes tenían cita y sumar lo que él no podría ganar jamás.

Harto de esta inquina, Saúl volvió de terapeuta al manicomio de Sibaté. Le tenía cariño a ese lugar donde había hecho sus prácticas profesionales. Y recordó entonces que encaró a un paranoico que, en medio de un ataque de terror compulsivo, le arrancó de un zarpazo la oreja a otro paciente.

—Tuvimos que llevar al mutilado al pueblo, con su oreja en hielo, para que se la pegaran.

En ese momento llegó la mesera con el pedido. Saúl, analista o alienista, según se lo mire, iba a atacar sus julianas de pollo. Se las merecía. Y era posible que al comer, por fin callara.

Falsa alarma. Saúl tenía otra carga lista.

Nos dijo que en el edificio donde queda su consultorio se sentían malas energías.

—¿No serían las envidias de tus colegas?

—No, eran otras, más raras. Se oían ruidos, gritos, voces. Hubo que contratar a una síquica y ella constató la presencia de un inquilino invisible. La mujer me pidió que guiara a esa buena alma hasta la salida. Le susurré una oración sufí, luego le rogué que por favor nos dejara en paz, ya que éramos gentecita del montón, pero buena, aunque atormentada por nuestras neurosis. Aléjate de aquí, busca la luz. Y a aquella cosa, lo que fuera, no le quedaron ganas de volver.

Saúl pidió otra botella del vino tinto, y entonces aproveché para meter baza.

—¿Sabía usted que Ricardo tiene el don de la profecía?

—No lo sabía.

—Sí. Lee las suertes virgilianas.

Y era cierto que practicaba hacía rato ese oráculo medieval que según Borges se hacía con la Eneida, pero que ahora él ejercita con cualquier libro.

—Lástima que no tengamos un libro a mano —se lamentó Saúl.

—Yo tengo uno —dije, y saqué de la mochila a Naomi, una novela de Junichiro Tanizaki que me tenía encantado.

—Haga una pregunta cualquiera —le pidió Ricardo.

—¿Tengo que decirla?

—No es necesario.

—Está bien, ya la tengo.

—Piénsela ahora.

Ricardo agarró el libro con ambas manos y ademán de taumaturgo: ya no es el libro de un romance japonés que yo guardaba para leer en tiempos de espera sino un oráculo. Ceremonioso, cariacontecido, como si estuviera de verdad en conexión con las sibilas para que el azar obre con seriedad, repasó las hojas del volumen como una baraja hasta detenerse con gesto terminante en algún lugar de la novela.

El texto que señaló el oráculo habla de un amante que le chupa los dedos de los pies a la protagonista de la novela, la bella y pálida Naomi.

—¿Coincide con algo la respuesta? —le preguntó Ricardo a su amigo.

—No exactamente, aunque habla de algo.

Saúl vacilaba, temeroso o quizás pudoroso. Acaso la penumbra de esa terraza del café evitó delatar el rubor de su rostro. De pronto soltó su confesión.

—Es que yo también le chupaba los dedos de los pies a una mujer.

—¿Es la mujer de la pregunta?

—Sí —confesó Saúl al fin.

—¿Entonces por qué dijo antes que no tiene nada que ver? —replicó el agorero—, si el oráculo no miente.

Ricardo parecía contrariado por la suficiencia del doctor de almas que no quería reconocer el acierto de la respuesta. Y me da risa lo serio que se toma este juego de adivinos. Los dejé un momento para ir al baño y de regreso Ricardo me confirmó que el resto de la página de Tanizaki responde por completo la pregunta que le hizo el psicólogo.

—Quería saber si volvería a ver a esa mujer.

—La va a ver de nuevo —le confirmó Ricardo.

—¿Para chuparle los dedos otra vez? —insistía.

—Sí, claro. Eso fue lo que usted le preguntó, ¿o no?

Ricardo podría abrir su consultorio y dejar fuera de la competencia a síquicos, freudianos o lacanianos, pero lo hace para divertirse. Después de que le confirman sus presagios, días o meses más tarde, él les responde risueño que solo fue un médium, que él no cree en eso, ni cobra, y que además es ateo.

—¿Pedimos la cuenta? —pregunté.

—Está bien —dijo Saúl, antes analista y ahora consultante, como Edipo, del oráculo, y aclaró algo al final—: ¡Cuentas separadas, por favor!

La suerte está echada

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

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Médico José Gregorio, cuídanos

por TOMÁS SHKLOVSKI

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Fotografía de la serie Visitas y apariciones (1994), del artista Alfonso Suárez.

Es el 29 de junio de 1919 en Caracas. El sol del verano ilumina las avenidas con esa luz filosa de las dos de la tarde, la gente debe poner la mano a modo de visera para ver a la distancia. Por el Ávila se descuelga un lejano aroma del mar de La Guaira que flota entre los árboles. Hace un calor seco. En la esquina Amador, cerca de la parroquia La Pastora, suenan las llantas chirriantes de un carro que maneja Fernando Bustamante, de 28 años. Se escucha un grito primero, luego un golpe húmedo. Unos segundos de silencio espeso y apretado. El mundo se paraliza por un instante, igual que las nubes, las aves, los animales, también los espíritus. El carro frena en seco, pero no alcanza a detenerse a tiempo. Un cuerpo tendido en la calle a varios metros sin el sombrero que siempre lleva puesto. Un día antes, el 28 de junio, se firma el tratado de Versalles que pone fin a la Gran Guerra entre el Imperio Alemán y los países aliados. Dicen, sus más fervientes devotos, que el hombre que yace acostado con una fractura mortal en el cráneo pidió al cielo por el fin de la guerra y que días antes había alzado oraciones a Dios para que ayudara en ese propósito.

El cuerpo pertenece a José Gregorio Hernández, el médico de los pobres. Famoso por su trabajo científico, su fiereza en la fe católica y su capacidad de curación, casi mágica, con los enfermos, sobre todo los más desposeídos. El periódico El Universal, de Caracas, titula: “Duelo de la Patria y de la Ciencia”. Desde ese momento empieza a desarrollarse la idea de su beatificación. Es un santo, vivió como uno, entonces debe santificarse. Su muerte causa un revuelo inusitado. La multitud se aglomera en la Universidad Central de Venezuela al lado del templo de San Francisco, ahí velan su cuerpo. Oran, piden, rezan. Dicen: no puede ser, ¿cómo se va a morir un médico tan bueno? Los médicos también se mueren, responden. Se rumora, con lujo de detalles, en las elegías y las notas necrológicas, que fue quien introdujo el microscopio en Venezuela, también lo designaron padre de la fisiología experimental y la bacteriología, y se le atribuye la construcción de una de las primeras cátedras de histología en la universidad. Lo entierran en el Cementerio General del Sur.

Pasan veinte años raudos del siglo XX. En 1949 intentan hacer un primer traslado de los restos cuando inicia el proceso formal de beatificación por sus milagros. En 1975, luego de un incendio en el cementerio por la aglomeración de velas, el cuerpo es exhumado para trasladarlo a Nuestra Señora de la Candelaria, donde permanece actualmente. El 26 de octubre de 2020 hacen una exhumación reglamentaria, ordenada por la Arquidiócesis de Caracas y el Vaticano, como Dios manda para su beatificación definitiva. El 25 de febrero de 2025 el Vaticano da a conocer la decisión de la canonización de José Gregorio Hernández por el milagro de la niña Yaxury Solórzano Ortega, que sobrevivió a un impacto de bala en su cabeza y el médico desde ultratumba intervino en su inesperada recuperación. Es el primer laico declarado santo de su país, 106 años después de su muerte.

Su presencia en Colombia es definitiva y se expande como las fake news y el universo. Muchos se confunden y piensan que el médico José Gregorio es colombiano, aunque también lo sea de algún modo. Su imagen se consigna en altares, en camisas, en estampitas, en tatuajes y tiene devotos que se cuentan por cientos de miles. En la obra Visitas y Apariciones (1994), del artista momposino Alfonso Suárez, el médico se encarna en el cuerpo del artista y se confunden ambos para producir un performance fantasmal, que oscila entre lo religioso y lo artístico. Resultó ganador del Salón Nacional de Artistas.

Desde hace unos años en Medellín, Bogotá y Cali, entre otras ciudades, se ven cada vez más, desperdigados entre los barrios, letreros que ofrecen las consultas espirituales, por la módica suma de ocho mil pesos, del médico José Gregorio Hernández. El formato se repite una y otra vez en los postes de la luz. La consulta sirve para sanar alguna enfermedad, pero también curar un mal económico o un lío de amores.

En una de mis recurrentes crisis espirituales, después de meditarlo y no encontrar la respuesta ni en la poesía ni en el viche, fui a una cita. Pagué los ocho mil pesos reglamentarios. Una angeóloga, que sirve de médium, hizo una lectura de mi espíritu. Me señaló, después de observarme por unos minutos y mover sus manos de arriba a abajo con los ojos cerrados, que el médico, cuyas manos se habían encarnado en las suyas, me recomendaba una operación espiritual. Debía pagar ochenta mil para que me revisaran el estómago, pues ahí se evidenciaba el problema. Está cargando con un peso muy grande, dijo. Accedí. Pagué y me hizo pasar atrás, a una camilla. Después de unas oraciones y movimientos con las manos, ponerse guantes y tocarme el abdomen con fuerza sacó un trapo teñido de negro, de unos treinta centímetros. Yo sentí un alivio inmediato y le agradecí a la angeóloga. Me indicó que debía consultar cada cierto tiempo para que no hubiera complicaciones futuras. Y salí más dueño de mí que unas horas antes.

Esa noche, me afeité la barba, me dejé el bigote. Compré un sombrero de fieltro negro y desempolvé el cachaco que no usaba desde el último matrimonio y salí a caminar por el Centro sin rumbo aparente. Ni un carro ni un disparo pudieron detener mis pasos.

La suerte está echada

Se asegura que las distinciones entre ritos espirituales y mañas ilusionistas son notorias. En la ciudad están desperdigadas fórmulas mágicas para curar enfermedades, recuperar al ser amado o dejar de sufrir. Pero de la veracidad de los milagros solo pueden hablar aquellos que con fe han acudido a buscarlos.
Estamos cansados de soluciones, queremos promesas.

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Una grilla buena gente

por DIANA CARMONA • Ilustraciones de Titania

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

Corría el año 1989, yo contaba con escasos dieciséis años y estaba a punto de graduarme como bachiller en el Colegio de María, adonde había logrado ingresar en el último año luego de dar tumbos por varias instituciones de la ciudad. 1989 ha sido catalogado por muchos investigadores del conflicto en Medellín como el peor año de la historia reciente de la ciudad, y no por nada, pues la escalada terrorista declarada desde las filas de la mafia desplegaba sus más terribles e infames acciones: una guerra contra el Estado era la consigna cuya máquina de muerte y dolor se disponía mediante carros bomba, estallidos de aviones en pleno vuelo, consolidación del paramilitarismo, recompensas por muerte a policías y asesinatos selectivos de jueces, magistrados, profesores, líderes estudiantiles, jóvenes… Los muertos se sumaban por miles, y aunque los de un barrio como Aranjuez no aparecían en los noticieros o en el periódico —que eventualmente comprábamos—, solo había que salir de la casa para encontrarlos en alguna esquina, en la panadería, donde los Vélez, frente a la iglesia o en la “curva del diablo” —llamada luego sofísticamente la “curva de la Virgen”—, que fungió como depósito de cadáveres no solo de personas ejecutadas en el barrio sino en otros lados de la comuna y la ciudad.

Ese fue mi último año de adolescencia, pues lo que se vino a finales de ese 1989 me sacaría definitivamente de esa condición y me arrojaría a una adultez precipitada y constreñida por lo real de la sobrevivencia. En ese tránsito imposible de anticipar estaba y como una pelada de dieciséis años intentaba despegarme del pegote de la infancia para tomar un lugar como mujer, entonces, adolescente. Las opciones eran más bien precarias: una, guardar la idea de decencia y sanidad inculcada desde muchos de nuestros hogares (compuestos la gran mayoría por madres solteras con abuelos y abuelas a cargo de la manutención y la educación de dos generaciones en valores familiares aún derivados de la vida campesina), que implicaba quedarse en casa, no relacionarse mal, no pararles bolas a los pillos, no andar con las grillas del barrio, no ir a fiestas ni a bares, no dormir en casas ajenas, y guardar otra serie de recatos para evitar ir de boca en boca y de mano en mano; la otra opción, desoír esa pobre pero a veces efectiva eugenesia social femenina y dejarse arrastrar por la atracción que producían los pillos (muchos de ellos pares, amigos que estaban creciendo al unísono con nosotras), las motos, el estatus que daba ser la novia de tal o cual, el sexo y la libertad incluso de consumir marihuana o licor. Así que la división para las mujeres era clara en el barrio: la puta o la santa, o dicho de otro modo, la grilla o la sana, elección no muy distante de la que a su manera vivían también los pelaos.

Bueno, pues la estrecha posibilidad de maniobra no se concede necesariamente con la decidida elección, y en mí, como en el resto de mis amigas, reinaba la ambigüedad, me debatía entre una y otra cosa. Esa suerte de habitanza del borde, de ese margen entre perspectivas de futuro tan opacas como aciagas me invadía e inquietaba. Tenía un novio de los sanos, el primero que tuve, con quien me conocí yo teniendo catorce y él diecinueve, y estaba en una relación estable en la que, a pesar de todo, me sentía amada y acogida. Sin embargo, y como dicen por ahí, “la suerte de la fea la bonita la desea”, hice también mis incursiones de grilla, al menos en tres ocasiones, la primera en el funesto año en cuestión.

Una mañana de domingo decidimos con algunas amigas irnos a patinar por los lados del Estadio (una de las pocas actividades que aprobaban nuestras familias por considerarla sana) y en medio de la jornada fuimos abordadas por un par de hombres mayores que venían transitando por el sector en un carro “lujoso” (váyase a saber qué tipo de carro era, probablemente cualquier Mazda bien tenido, tampoco sabía yo de carros para tener buenos gustos en aquella época), estaban bien vestidos y presentados, no como los pillos del barrio cuyas estéticas dejaban mucho qué desear. Aquellos desconocidos comenzaron a hablarnos y a admirar nuestra belleza juvenil; yo era una flaca de 1.68 que pesaba 45 kilos para la época y no me sabía especialmente bonita, pues, al contrario, la estética femenina que se incubaba fuertemente en esos tiempos era la de mujeres voluptuosas —tetonas, piernonas y culonas— y en eso yo no daba pie con bola; nos pidieron el número de teléfono —fijo para la época—, o nos dieron el suyo, no lo recuerdo bien, pero seguro fue lo segundo, pues habría sido una situación muy riesgosa con nuestras familias que nos llamaran a nuestras casas.

Lo cierto es que, días después, una amiga y yo quedamos con estos dos hombres en salir a La 70, uno de los lugares de rumba más populares de la ciudad; si mal no recuerdo, fuimos a Oro Sólido, una de las mejores discotecas de salsa para el momento y adonde, pensábamos, nunca nos habría llevado ninguno de los pelaos del barrio, ni tampoco el novio de turno. Fuimos con susto, claro está, cualquier cosa podía pasar: que nos llevaran para otro lado, que nos drogaran, nos violaran…, además, éramos menores de edad, mentimos a nuestras familias sobre a dónde íbamos y solo una que otra amiga sabía lo que estábamos haciendo. Lo inusitado de esta experiencia es que nada de lo que podía pasar pasó y el encuentro, por el contrario, se desenvolvió de un modo respetuoso y cordial; hubo conversa, baile, algunos tragos y ningún tocamiento por parte de estos extraños; luego, no siendo muy tarde, nos regresaron al barrio en su “lujoso” auto y les pedimos que nos dejaran a unas cuadras lejos de la nuestra, para despistar al enemigo que en mi caso, suponía, serían mi abuela o mi madre.

Lo que pasó después es ahora un poco confuso. Recuerdo que veníamos caminando por la parte trasera del Alzate Avendaño (uno de los colegios en que estudié, al menos una parte del quinto de bachillerato, y de donde me fui antes de terminar el año debido a la creciente situación de peligro del colegio, con tan buen tino de matricularme en un colegio en el Centro que llamaban popularmente “Prostituto América”); traíamos la contentura de habernos sentido cortejadas pero también respetadas, los tipos bailaban muy bien y nosotras éramos tremendos trompos, así que habíamos disfrutado la fiesta. De pronto, de la nada, apareció mi novio a unos metros frente a mí (alguien, quizás alguna de las otras amigas, tenía que haberle campaniado dónde estaba yo y en qué momento llegaba al barrio), el gesto de furia y desprecio en su rostro era implacable. Me inquirió acerca de dónde venía y yo balbuceé una y otra mentira, pero él decidió tomar propiedad de su lugar de novio y no dejarse ver como un güevón por sus amigos (quienes, si no sabían ya, se iban a enterar, porque en ese barrio la intimidad era tan escasa como anhelada); así que, sin advertirlo, recibí un puño en la cara que me tiró al borde de la calle. En esos casos nadie se metía, no hablábamos de violencia de género ni cosas similares, las vainas eran entre el hombre y su hembra, y el orgullo de varón debía ser restablecido a cualquier costo. Luego del primer cimbronazo, me levanté del piso bastante mareada y, sobre todo, avergonzada, no por lo que había hecho, sino por lo que estaba pasando, nunca antes Carlos me había golpeado…

De ahí el camino a mi casa fue eterno, las miradas se posaban sobre mí con reproche y Carlos me insultaba e increpaba para que le dijera dónde, con quién y en qué había estado. Llegamos a mi casa y yo traté de ocultar la situación frente a mi abuela y mi madre, pero eso era prácticamente imposible, por lo que Carlos me dijo que fuéramos a su casa, en el barrio El Salvador, a donde nos dirigimos a pie desde Aranjuez como parte del castigo. Lo que pasó allí en ese lugar más privado que era su casa y su habitación no es necesario enunciarlo, solo sumó a una serie de conversaciones incoherentes, insidiosas y actos de agresión que, sin duda, minaron mi amor por él y precipitaron nuestra ruptura al año siguiente, una vez yo había ingresado a la Nacional, gracias a la orientación y acompañamiento de Carlos, a estudiar Geología. Esa excursión de grilla dejó como resultado una ambigüedad: la conciencia de la mujer como posesión de un hombre —que hasta entonces no había experimentado—, así como el desamor y la destitución de este hombre por el que, aún hoy, guardo profundo agradecimiento, pues me enseñó unas formas de estar en el mundo alternas a las que el barrio me ofrecía.

El segundo envión de grilla sucedió probablemente al año siguiente, cuando ya había terminado mi relación de cinco años con Carlos. Entonces había comenzado a salir con un pelao del barrio, llamado Hugo, que estudiaba en la Universidad de Antioquia, pero que, a pesar de su calidad de estudiante, tampoco había podido renunciar definitivamente a la opción opuesta a la sanidad, y si bien no estaba en vueltas de pillaje, sí chicaneaba con las hembras que levantaba y hacía alarde de su moto (de carenaje blanco, siempre impecable, que incluso limpiaba y brillaba afectuosamente durante las visitas que me hacía afuera de la casa, y que me dejó marcada la imperdible e indeleble quemadura de mofle que toda grilla llevaba como sello de su experiencia). Este Hugo era, por las mismas razones geográficas y de azar que mis amigas y yo, vecino de Los Priscos, y también era amigo íntimo de alguno de los hermanos menores de esta familia, a quien, valga decir, tampoco vi nunca en vueltas de pillos; Hugo y su amigo eran, podría decirse con Andy Montañez, “pillos buena gente”… Con este Hugo pasé la tusa de Carlos y él conmigo la de una novia que había tenido con más carnes —tetas, piernas y culo— que yo, lo que no dejaba de informarme cada vez que le era posible. Ahora que lo pienso, creo que era un hombre un poco triste, atribulado quizás por la pérdida de su madre, y bastante influenciado por los estereotipos de las mujeres que “valían la pena” para los pillos. No tardamos mucho en separarnos, dadas múltiples incompatibilidades.

Por esa misma época conocí a otro Hugo, era un hombre mayor que yo, debía rodear los cuarenta años, y aunque no vivía en el barrio, lo habitaba constantemente pues iba a hacer vueltas con algunos de los pillos y sus patrones. Tenía una DT-175, envidia de buena parte de los pelaos y pillos de la cuadra, que acompañaba de un atuendo perfecto y fino compuesto por camisas coloridas de chalís, jeans Levi’s y mocasines Lacoste o zapato tipo Zodiac. También era un pillo buena gente, decente y atento en el trato. No me acuerdo cómo lo conocí (probablemente de la manera en que se conocía a los hombres como él, al pasar por la esquina del barrio a merced del ametralleo de la mirada despresadora de cada uno de aquellos que —apostados en las paredes por interminables horas— disfrutaban de la música salsa, la bareta, y de acosar los cuerpos de las recién hechas mujeres), lo cierto es que Hugo me gustaba y cuando iba al barrio me buscaba para conversar, darme alguna vuelta en la moto o invitarme a comer un helado. Nunca tuvimos intimidad, pero sí algún que otro beso, y, aunque había coqueteo, quizás algún prurito moral le hacía pensar que aún era muy pequeña para él. La última vez que vi a este Hugo fue la tarde en que alguna de mis amigas, después de que escuchamos una balacera a un par de cuadras de la casa, me llamó para decirme que a quien le habían disparado era a él. Fui inmediatamente hasta el lugar (lo más usual cuando había un muerto era ir a mirar cuál amigo, vecino o familiar de uno era), supe que le dispararon mientras iba en la moto, así que cuando lo vi, como siempre perfectamente vestido, pero con un zapato fuera del pie, estaba entre el pavimento y la DT-175; allí me despedí de él, en una lejanía vergonzante y un poco afligida, nunca supe dónde vivía, ni tampoco si tenía una familia. Con esa muerte se cerró el segundo intento de grilla.

El tercer y último envión de grilla advino unos años después, 1993 —mismo en el que asesinaron a Pablo Escobar—, ya estando de lleno en la vida laboral y de sostenimiento de mi madre, luego de que en diciembre de 1989 falleciera mi abuela, mi refugio y sustento en la niñez y precoz adolescencia. Yo trabajaba como mesera en un restaurante mexicano en El Poblado, con lo que pagaba mis estudios ya en la de Antioquia (a donde me había pasado a estudiar Psicología) y mantenía a duras penas la casa, pues solo alcanzaba para pagar algunos meses al año los servicios y llevar algo de comida para mi madre y yo. Ya para esa época tenía experiencia como mesera y bartender y había pasado, desde los diecisiete años, por varios bares, tanto en el Centro como en Envigado y ahora en El Poblado. En la taberna en Envigado donde trabajé un par de años había conocido a un hombre también mayor, del cual me hice amante durante un tiempo; más que amantes éramos amigos y disfrutábamos largas conversaciones sobre literatura, filosofía, psicoanálisis y otras materias en las que este hombre se movía con interés, fluidez e inteligencia, las excursiones sexuales entre ambos eran para mí fuente de exploración y de vivencia de un cuerpo libre y placentero. Luego de que me retiré del bar en Envigado comencé a trabajar en este restaurante mexicano situado en el Parque Lleras, pero mi amigo y yo seguimos en contacto y a veces iba a visitarme o conversábamos por teléfono. Era también un pillo buena gente, pero a otro nivel…, ya no se trataba de la vida pilla del barrio, del calentón, del sicario, sino de un hombre inmiscuido en negocios de narcotráfico internacional.

Una noche que estaba trabajando en el restaurante recibí una llamada suya en la que me hacía una invitación a Cartagena “con todo pago”, necesitaba que le dijera si quería acompañarlo a un viaje y le diera los datos para comprarme el tiquete aéreo; eso significaba pedir permiso en el restaurante y ausentarme el fin de semana, que eran los días de mayores entradas por propinas, él lo sabía y previendo la dificultad me dijo que no me preocupara, que él me daba una platica al regreso para que estuviera tranquila. Yo no había ido nunca a Cartagena, no había viajado en avión, y el mar lo había conocido apenas ese mismo año de la mano mi amada amiga Mila (quien, en una arrebolada tarde en San Bernardo, me había llevado a conocerlo, con los ojos tapados y el corazón rebosante por el rugido de lo que, al abrirlos, me pareció un inmenso jugo de lulo); así que, luego de pedirle permiso a quien administraba el restaurante, le avisé a mi amigo Jorge que lo acompañaría al viaje.

Me indicó qué día y a qué hora debía dirigirme al aeropuerto de Medellín y que allí un amigo suyo, conocido para mí, me entregaría los tiquetes y un dinero para gastos. Llegué y encontré a nuestro conocido en común en compañía de un par de mujeres despampanantes, de mi edad, pero finamente vestidas y peinadas como aquellas muñecas Barbies —aunque morenas— que en mi infancia solo veía en los comerciales, me las presentó y me dijo que viajaríamos juntas. Hicimos buenas migas desde el principio y luego del vuelo fuimos recogidas en el aeropuerto de Cartagena por mi amigo y un amigo suyo —conocido previamente de las muñecas—; nos llevaron al casco histórico con el fin de comprar lo que necesitáramos: ropa, productos de aseo y belleza, zapatos, etc., después de lo cual nos desplazamos al muelle y abordamos un yate. Me río ahora al recordar aquella escena, algo surreal para mí —intuyo que no para mis acompañantes—: una humilde muchacha del barrio Aranjuez abordando un yate de lujo rumbo a lo desconocido… Por unos días, al parecer, fui una “muñeca de la mafia”.

De Cartagena pasamos en el yate a una isla privada con una casa preciosa y una flotilla de otras embarcaciones pequeñas y motos de agua, era un paraíso de comidas exquisitas y licores venidos de diversos confines del mundo. Apenas llegamos, las dos muñecas, mi amigo, su amigo y yo nos encontramos con un hombre mayor, de origen mexicano, cincuentón para ese momento, de muy bello porte y elegancia, que nos recibió sin camisa, exhibiendo aún un espléndido cuerpo, pantalones cortos de lino y mocasines de cuero finos. Era un hombre del que emanaba, además de belleza y sensualidad, una fuerza sobrecogedora, y no tardé en comprender que se trataba del jefe, no sabía de qué exactamente, pero todo lo que veía le pertenecía.

El fin de semana se desarrolló para nosotras las mujeres a la manera de una fiesta permanente, pasábamos todo el día a media caña, bien fuera a punta de vodkas con naranja, tequilas reposados o whiskies, y las noches las amenizábamos con bailes, risas y cocteles que yo preparaba para todos y cuya experiencia fue de las delicias de los asistentes y me dio un lugar especial en aquella peculiar escena. Por su parte, los hombres estaban muy ocupados durante el día en sus negocios: luego de los primeros vodkas para paliar la resaca derivada de la noche anterior, se encerraban largas horas en la casa o en el yate, nosotras no sabíamos de qué hablaban, pero no teníamos que hacer mucho esfuerzo para saber que los negocios que se estaban cociendo allí tenían que ver con muchos kilos de droga. Al parecer, cada uno de estos tres hombres tenía en cada una de nosotras a su pareja de viaje, yo estaba con mi amigo y dormíamos en un pequeño yate juntos, donde también disfrutábamos de otras delicias. Tampoco, como en el caso de aquellos otros enviones de grilla, sentí en algún momento el peligro de que me pidieran u obligaran a hacer algo que no quisiera, ni hubo nada por la fuerza, por el contrario, nos sentimos siempre respetadas y mimadas. El fin de semana se fue en un abrir y cerrar de ojos y a la semana siguiente yo ya estaba nuevamente despachando margaritas, bloody marys, cucarachos y dry martinis a diestra y siniestra, y retomando sin pena ni gloria mi vida de estudiante y trabajadora. Con mi amigo vino luego una distancia, no supe si hubo algún percance en su vida de pillo buena gente, o si simplemente se casó con alguna mujer y dejó las andadas; lo cierto es que no pude volver a tener noticias suyas, desde entonces he pensado que ojalá pueda alguna vez encontrarlo de nuevo y recordar aquellos extraños y felices tiempos. De los demás personajes de la escena tampoco volví a saber nada: las muñecas se fueron como llegaron, los amigos de mi amigo desaparecieron con él, y del jefe, el mexicano, no volví a tener señales, aunque busqué durante un buen tiempo su nombre y fotografía en las noticias nacionales sobre incautaciones de drogas y capturas de personas asociadas al mundo de la mafia.

Muchas veces en la vida me he preguntado cómo, en medio de tantos dolores y mierda en común, unas o unos tomamos unas decisiones y otras u otros tomaron otras; es un enigma que me sobrevive a pesar de varios años de vida y de análisis. Lo cierto es que algo hacía obstáculo a mi factible carrera de grilla. Una cosa fue el encuentro con Carlos, quien fue para mí un flotador durante mi adolescencia en un barrio pobre y violento como fue Aranjuez, y que me permitió ver a la universidad como una vía posible para hacer algo distinto, para soñar un futuro diferente. La otra, la honestidad de mi abuelo Manuel Salvador, un hombre sumamente trabajador, arrendador de caballos que durante toda su vida trabajó para Fabio Ochoa, y quien a la edad de 77 años murió con las riendas en sus manos, que me enseñó con su ser el valor del trabajo y la decencia. “Mija, ¡no se vaya a meter con un cargaleña!”, me decía siempre, y aunque yo no sabía muy bien eso qué significaba en su jerga campesina, se aproximaba a la idea que tenía ya sobre ciertos hombres de poca aspiración, “patos” en nuestra jerga animalaria de la época. Tampoco creo que la abuela Argemira hubiera resistido el embate de una nieta grilla, no solo porque ella había sido criada bajo unos principios religiosos recalcitrantes, sino, sobre todo, porque le importaba mucho el qué dirán. Lo cierto es que el obstáculo se incorporó en mí a la manera de un mal carácter, de una repelencia que ahuyentaba a los pelaos —y especialmente a los patos y pillos—, gesto que aún conservo como una tormenta en la mirada y que hace pensar a la gente que me ve, o apenas conoce, que soy brava; y sí, quizás esa fiereza logró alejarme de los caminos de la grillería en que la mayoría de mis amigas cayeron y en que varias de ellas perdieron la vida en aquellos trágicos años en Medellín.

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El voyerista de la piscina

por JOAQUÍN BOTERO BERRÍO • Ilustración de Alejandro Rivera

Número 150 Agosto-Septiembre de 2026

La piscina pública y cubierta que frecuentaba en la confluencia de las avenidas Metropolitan y Bedford en Brooklyn fue cerrada durante la pandemia. Cuando fue reabierta a finales de 2021 regresé y no cobraron la membresía, que es modesta. Al suspenderse el cobro temporalmente, se abrió la puerta a algunos personajes del circo neoyorquino. Yo estaba golpeado porque había fracasado el matrimonio con M y la paternidad con M, porque la pandemia había sido dura y porque la vida en Nueva York es con frecuencia ardua. Entonces estaba más irritable, quisquilloso y neurótico de lo usual. Sin embargo, nadar le hacía mucho bien a mi cuerpo y mi mente.

A la piscina iba con frecuencia un individuo de origen oriental, tal vez chino, marginal, excéntrico, que no tenía ninguna razón para molestarme excepto que era un voyerista descarado en los guardarropas. Nunca puso sus ojos en mí. Simplemente extendía muchísimo su uso de los vestieres con el único fin de ver hombres desnudos o semidesnudos de una manera solapada. No miraba de la manera que los hombres miran a las mujeres en los clubes de desnudistas o en los bares u otros lugares en los que la gente va a buscar pareja. Sus miradas eran oblicuas, parecía a veces con la mirada perdida, pero en realidad distinguía a los hombres acuerpados y guapos para deleitar su vista. Hablaba bien inglés, entonces conversaba repetidamente con la gente que iba conociendo o con nuevas caras y así ganaba tiempo y audiencia para alargar su estadía en el guardarropa.

El voyerista no usaba las pesas del centro recreativo. Solo la piscina en el horario de natación de carriles, cuando era más frecuentada. Se cambiaba dentro de los cubículos de los sanitarios y vestía una pantaloneta negra, un gorro y gafas de natación. Se ubicaba en el carril lento, en la parte no profunda y hacía una serie de estiramientos del torso y los brazos. A veces se zambullía y nadaba por debajo de la superficie lo más que podía como un renacuajo. También usaba una tabla flotante y se impulsaba con los pies. Si ocurría que dejaba la piscina alguien que le llamara la atención lo seguía, no sé si para verlo ducharse o cambiarse, y al rato regresaba. Sabía que la hora de más tráfico era al final del turno y entonces más gente se acumulaba y el panorama podía ser más abigarrado. Yo que analizaba el modus operandi del mirón me di cuenta de que podía quedarse todo el turno de dos o tres horas entre que se cambiaba, entraba a la piscina, regresaba al vestier, volvía a la piscina, esperaba el final del turno y luego tomaba todo el tiempo para terminar su faena.

El mirón procedía con su voyerismo sin dejar de llamar la atención en sí mismo. En vez de una mochila, cargaba una o dos bolsas enormes de compras en las que quién sabe qué llevaba, quizás todas sus pertenencias. Era delgado, pequeño y calvo: usaba una peluca de cabellera negra, larga y lacia que se sacaba antes de entrar al agua. Cuando terminaba sus poco ortodoxas actividades en la piscina, se ubicaba en las bancas de espaldas a los casilleros y entablaba conversación o miraba al frente o de reojo. En sus voluminosas pertenencias no cargaba una toalla. Dejaba que el limitado aire de un ventilador o el calor del mismo espacio lo secaran de a poco. Sacudía la humedad del torso o de los brazos, como el que se libra de las boronas de las galletas en la camisa. Mientras, hablaba con los otros nadadores que lo toleraban o atraían con su cordialidad.

A veces había una congestión de cuerpos desnudos y semidesnudos en el pequeño espacio entre las bancas de madera y los casilleros, entre usuarios que intentaban cambiarse lo más rápido posible y pedían permiso para abrir los candados y sacar sus pertenencias y cambiarse como podían en un espacio muy reducido. Mientras, el voyerista con sus enormes bolsas miraba al frente sin ninguna prisa por salir de aquella concentración de testosterona. Luego, casi al final, se ponía su peluca negra y se ubicaba frente al espejo a peinar o a enlazar unas trenzas como de muñeca de trapo. El espejo le daba una imagen IMAX de los alrededores.

El mirón tenía una edad imprecisa: aparentaba treinta, pero podía tener cincuenta. Vestía prendas femeninas y holgadas. No parecía tener prisa para ir a ningún lado. Me preguntaba cómo viviría y con quién, cómo se ganaría la vida o si alguien más le supliría lo necesario: techo, comida, ropa.

Así pues, como dije, por esos días yo estaba más irritable, neurótico y quisquilloso que lo normal. Una tarde al final del turno decidí encararlo: extendí mi toalla compacta, de las que se enjuagan, escurren y guardan en una cápsula de plástico: “No hay razón para que te demores tanto esperando a secarte. Si quieres usa mi toalla”. Me miró fijamente, algo sorprendido, y nadie alrededor intervino ni miró. Otras conversaciones siguieron cerca. No ocurrió como en una película en la que los espectadores se quedan en silencio. Seguí: “He visto que vienes, nadas poco, pero hablas mucho y te quedas todo el tiempo. Ocupas mucho espacio con tus bolsas. Este lugar no es para pasar el tiempo ni hacer amigos, es para hacer deporte y luego te cambias y vas a casa o a otro lugar público”. Respondió con voz recia: “Ocúpate de tus asuntos”. Ahí quedó la cosa. Di la espalda y dejé el lugar con cierta satisfacción.

Había un grupo de hombres adultos, buenos nadadores, con los que seguí ventilando mi frustración. Los veía que eran cordiales con el mirón y no les molestaba ser su fuente de placer. Uno de ellos era el escritor mexicano Naief Yehya, amigo de Juan Villoro del que le dije que era también amigo, aunque Villoro es realmente un conocido amable y afamado que ha leído textos míos cuando fue jurado en un concurso de no ficción. Envidié las tranquilidades de mis hermanos acuáticos: parecía no afectarles el mirón. Otro dijo: “Hubieras visto cómo eran las piscinas públicas en los años setenta y los ochenta, eran peores, un voyerismo incontrolable”.

El asunto me empezó a obsesionar. Sin falta, cada dos días que yo iba, el voyerista estaba en sus rutinas. Lo abordaba desde mi carril del medio de la piscina: “Nada, nada, no estés bloqueando el espacio para gente que sí viene a ejercitarse”. Me quejé con uno de los salvavidas. Dijo que el reglamento indicaba que si no había contacto físico ni evidencia de miradas directas no había nada que ellos pudieran hacer. Agregó que otros usuarios también se habían quejado, lo cual me hizo sentir menos solo en mi lucha y drama. El salvavidas era desenfadado y se reía cuando veía las tensiones entre el mirón y el policía en contra del voyerismo.

Una tarde vi entrar al fisgón después de mí. Regresó a los dos minutos a los vestidores porque vio a través del vidrio de la recepción que llegaba un sujeto de deseo. Le hablé a voces: “¿A dónde vas si acabas de entrar?, ¿qué olvidaste adentro?… Ven a nadar”.

Me empeciné en una campaña de mala prensa, intrigas y quejas, como si fuera una contienda política. Hablé con el administrador del centro y luego con el asistente. Me dijeron que no había nada que hacer y que otros ya habían también protestado. Me remitieron a la línea telefónica 311. Llamé desde la calle a la salida del centro recreativo. Allí me atendieron varias personas que se tiraban la una a la otra la papa caliente. Hasta un supervisor llegó la queja: si no había contacto físico, comunicación inapropiada o miradas directas no había nada que se le pudiera decir. Escuché la información sentado en las gradas externas, cuando en esas salía el mirón con sus trenzas de muñequita de trapo: sonrió de oreja a oreja.

El tema lo conversé con la psicoterapeuta con la que hablaba en esa época oscura de mi vida. No porque fuera el tema más importante, sino para explicar el tipo de cosas externas que me molestaban, distraían y desenfocaban de los verdaderos retos.

Seguía con el hostigamiento al mirón. Implacable: “Nada o deja de bloquear el espacio de los nadadores”, “Vístete pronto, el día está lindo afuera”, “No hay razón para que permanezcas acá”. Las palabras eran oblicuas como sus miradas: nunca nombré ni describí lo que consideraba era su verdadero propósito para visitar la piscina.

Ahora que escribo, pienso en mi propia condición de marginalidad en la que por largos periodos no he tenido pareja; además no tengo hijos. No puedo costear el alquiler de un apartamento para mí solo, entonces debo compartirlo siempre con alguien, ha sido así desde que llegué en 1999. Aunque en ocasiones salgo con amigos y el amor llega o lo busco lejos, salgo solo, como solo, viajo solo, voy a cine solo, camino solo por mi barrio o monto en bicicleta sin compañía por la ciudad. Ya no pertenezco a grandes grupos como en el pasado. Así que otros me pueden ver como raro y marginal.

Mi obsesión con el mirón de la piscina se curó cuando menos lo esperaba. Meses después se reanudó el cobro de la membresía semestral o anual. Que apenas cuesta setenta dólares por semestre. El voyerista desapareció. Sin embargo, sobrevivieron las constantes perturbaciones de mi vida acuática: la molestia por los nadadores que usan las tablas para ejercitar la patada en el carril rápido y bloquean al que lleva un ritmo más alto, en vez de pasarse a hacer el ejercicio en los carriles más lentos, pues se creen dueños del carril. O me irritan los grupos que nadan juntos, por ejemplo, los domingos en la mañana, y hacen rutinas y pausas y luego se agrupan en la orilla poco profunda a hablar y reír, en lugar de ubicarse a los lados y dejar el centro despejado. Así que a veces no encuentro un punto de llegada para volverme a impulsar o hacer una pausa. También me irritan los que usan paletas de pasta en las manos para fortalecerse, o aletas en los pies para impulsarse. O hay los que nadan con mucha agresividad y rozan o golpean a otros nadadores. Así que, aunque obtengo mucha relajación en la piscina, a veces hay motivos de roces y conflictos como los hay en el metro o en otros lugares públicos de Nueva York. Casi que amo la oportunidad que me dan de decir en voz alta: “Necesito el centro para impulsarme de nuevo. No sé dar la vuelta olímpica ni conozco otra técnica”. Entonces no miran ni se disculpan, pero abren el espacio y me ignoran como el viejo neurótico y gruñón en el que me he convertido. Son otros los que tal vez me miran como un bicho raro.

A principios de 2025 se cerró indefinidamente la piscina de la esquina de Metropolitan y Bedford. El lugar requiere cambios estructurales que tomarán varios años, quizás hasta 2027 o 2028.

A veces, después de varios días de aislamiento y poca interacción, siento la necesidad de salir a ver gente. Un buen punto es la avenida Bedford, muy recorrida por peatones. Un día me asomé a ver el centro recreativo y encontré todo en proceso de reconstrucción, lleno de escombros y materiales. Detrás del mostrador y de un enorme ventanal se veían fragmentos de la piscina, ahora de un color verdoso. Al fondo, en la parte no profunda, fantaseé y casi que extrañé al voyerista haciendo sus estiramientos con la mirada aguda. A continuación, di la espalda y me senté en el andén a mirar fijamente a la gente que pasaba.

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El crimen más organizado del mundo

por GUSTAVO DUNCAN • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 101 Marzo de 2018

I

En el principio fue el caos. Luego vino el orden y al orden lo siguió un caos aun peor. Desde entonces, la ciudad ha pasado del caos al orden. A veces más el uno y a veces más el otro. Todo depende de a quién se pregunte.

II

El inicio de todas las entrevistas en las cárceles fue el mismo: “El crimen en Medellín es el más organizado del mundo, en Colombia ninguna otra ciudad se le parece”. Entre los reclusos la idea que prima es la de que todo lo que ocurre en Medellín, al menos todo lo relacionado con el crimen, obedece a un orden que se origina en una sólida y tradicional estructura que dicta qué se puede hacer y qué no.

En la base están los combos. Son los muchachos de siempre en varias cuadras a la redonda. Conocen a todos en la comunidad porque son parte de ella. Allí, entre callejones y escaleras, han gastado sus pocos años de vida. Son los encargados de vigilar que la ley de los bandidos se cumpla en el terreno. Quien mate, quien robe o quien venda droga sin permiso, o simplemente quien no se sepa comportar es sujeto de un castigo. Puede ser una multa, una paliza, el destierro o la muerte. En la calle, inconscientemente, se pueden ver los efectos de la ley. Muchos de los drogadictos que deambulan al lado del río fueron expulsados de sus comunas cuando la droga los convirtió en un problema de convivencia.

La ley tiene su precio. En algunos barrios todos deben pagar una vacuna. En otros solo los negocios, desde los buses hasta los distribuidores que quieran surtir las tiendas. Sin embargo, los muchachos del combo no se hacen ricos con esa renta. Son muchos y al final no es tanto dinero, son barrios pobres. Les basta saber que ganan más que si se dedicaran a trabajar en algo legal. Además, obtienen un poder, un prestigio y un atractivo sexual que difícilmente obtendrían en otra ocupación. No todo es dinero en la vida.

Arriba están las razones, como se conoce a las cerca de dos decenas de bandas que se reparten la ciudad. Cada una de ellas maneja un territorio a través de combos leales que le garantizan que solo sus mercancías —sean drogas, aguardiente adulterado, gaseosas, huevos, etc.— se vendan en el lugar y que ninguna otra “razón” cruce sus fronteras. Los coordinadores, una suerte de administradores profesionales del crimen, son los que conectan las razones con los combos, llevan las órdenes de arriba abajo y las quejas de abajo arriba. Es una tarea difícil mantener el control de tantos jóvenes llenos de testosterona y habituados a una violencia letal. Uno de ellos, ya retirado, resumió su oficio: “Mi trabajo era ponerle disciplina a los jóvenes”.

Quizá no haya asunto de la vida de las comunidades en que más se vea reflejada la disciplina impuesta por el crimen organizado que la violencia sexual. Los violadores, sobre todo los violadores de niños, son ferozmente perseguidos por los combos y el castigo es el más severo. Un coordinador, entre las risas que le causaba un cigarrillo de marihuana que acababa de fumarse a la vista de todos en la calle, respondió cuando se le preguntó qué se hacía con los violadores: “En esos casos lo que se recomienda es matarlos”. No siempre fue así.

III

Es difícil resistir los primeros diez minutos de la película. Las escenas son de una crudeza tal que uno se niega a creer que eso haya podido ocurrir. La realidad es que La mujer del animal, de Víctor Gaviria, es un relato de lo que solía pasar en muchos barrios de invasión en los setentas. Surgían pandillas que aterrorizaban a la comunidad. Amedrentaban y robaban, pero lo verdaderamente humillante eran las violaciones. Se hizo común la práctica del revolión, en que una muchacha era seducida por alguno de la pandilla y luego cuando la llevaba a algún lugar apartado era violada por todos.

Tanta humillación llevó a que los hombres de la comunidad organizaran grupos de vigilantes para cazar los delincuentes. Pronto, se convirtieron también ellos mismos en delincuentes aunque algo había cambiado: ahora se convertían en la autoridad de la comunidad. Imponían orden, un orden oprobioso pero orden al fin al cabo.

Por esa misma época, en barrios populares pero no tan pobres como los que retrata La mujer del animal, surgió otro fenómeno entre jóvenes que sentían que las perspectivas de trabajo en las fábricas, que habían aliviado las aspiraciones de sus padres, eran cosa del pasado. Eran tiempos de crisis económica. Se sintieron desahuciados del futuro y optaron por la delincuencia, aunque como estaban más integrados a la ciudad se convirtieron en bandidos más sofisticados. En vez de robar a su propia gente asaltaban bancos y carros de valores. Y, al igual que los vigilantes, desarrollaron una cultura de gobierno de sus comunidades.

Entonces apareció Pablo. Del orden precario que surgió con los nuevos bandidos vino el peor de los caos.

IV

Se comenta que el gran error de Escobar fue haberse metido en política. Y, de manera ingenua, se reduce su vida política a la campaña electoral de 1982 y su paso fugaz por el Congreso. En realidad, Escobar todo el tiempo hizo política a través de medios muy distintos a las elecciones.

Él se dio cuenta de que si se ganaba a los jóvenes bandidos no solo podía hacerse al control del Cartel de Medellín sino que podía disponer del ejército y del territorio para plantear una guerra contra el Estado. Las fotos de Escobar en campaña, inaugurando canchas de futbol en los barrios populares, esconden una transacción política muy profunda. No era a los líderes políticos a quienes se iba a ganar. Era a los bandidos a quienes estaba seduciendo. La lógica era simple: ellos dejaban de cometer los crímenes de siempre, tomaban de una vez por todas el control de sus barrios y hacían parte de su ejército personal, a cambio Escobar les transfería una parte de las rentas del narcotráfico que por entonces inundaba la ciudad. Si un narco se atrevía a no pagar su parte iba a tener un ejército de bandidos respirándole en la nuca. Ese fue su verdadero poder político.

Comenzaba, en medio del sangriento caos que fue la guerra de Escobar, a gestarse el control actual de las bandas y los combos. Ya no eran simples delincuentes de barrio. Los bandidos se volvieron conscientes del poder que encarnaban y de las rentas que estaban disponibles si actuaban de manera organizada. Cómo no iban a darse cuenta si en un momento dado bajo el liderazgo de Escobar pusieron al Estado en jaque. Al final, como era de esperarse, fueron derrotados por una alianza entre fuerzas de seguridad, disidencias del Cartel de Medellín y se dice que la propia cúpula al menos sabía lo que se cocinaba, pero la enseñanza de la guerra les despejó cualquier duda sobre la magnitud de su poder.

V

De nuevo el orden o, mejor, una pretensión de orden.

El reto de quienes mataron a Pablo era imponer orden entre los bandidos que dejó la guerra. A los Castaño y a Don Berna les tomó tiempo hacerlo. Y cuando lo lograron tuvieron que usar esa fuerza para combatir a las milicias de las guerrillas. Por eso, en la desmovilización de los paramilitares la mayoría de quienes dejaban las armas eran bandidos.

Los tiempos de Don Berna dejaron una nueva enseñanza. No tenía sentido hacer una guerra contra el Estado y desafiar el resto de la sociedad. Si los bandidos racionalizaban sus comportamientos podían mantener el poder en sus comunidades, hacerse a jugosas rentas y evitarse problemas con las autoridades. La clave estaba en identificar negocios susceptibles a la explotación, que no involucraran un despojo, sino una extracción sistemática por el solo hecho de disponer la fuerza para extorsionar o monopolizar sus rentas. ¿Qué sentido tenía robar si en proteger empresas informales y criminales había mayores ganancias?

Había comenzado la domesticación del crimen en Medellín. Ahora los bandidos estaban interesados en la pacificación. La violencia era pésima para los negocios y las autoridades se los hacía saber. Podían sobornarlos pero si en la prensa aparecían los muertos no había caso. Los policías cerraban las plazas de vicio y capturaban sus cabecillas. Todos perdían.

VI

En las propias estadísticas del Estado se vio el efecto. Luego de la extradición de Don Berna vino la guerra entre Sebastián, el elegido de los bandidos, y Valenciano, el dueño de la riqueza. Ganó Sebastián pero apenas pudo disfrutar su poder, enseguida fue capturado. La sorpresa fue que en el largo plazo la tasa de homicidios, con sus sobresaltos, bajaba a pesar de las guerras.

¿Por qué esta tendencia a la baja de la violencia? En gran parte porque el Estado llegó y reclamó orden, así fuera a su manera, con garrote y zanahoria, o lo que es lo mismo, con operativos, sobornos e inversiones en el hábitat. También en parte porque la historia, como se aprecia, les enseñó a los bandidos que la civilización trae enormes beneficios. Ya el destino no está marcado por una muerte segura antes de los treinta años ni por una prisión perpetua en Estados Unidos si se quiere ser rico.

Ahora la ruta hacia el orden, en una ciudad que lo ha anhelado y exaltado durante años, se nota en que hoy tiene unos bandidos que se precian de ser el crimen más organizado del mundo.

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Primera vez

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Veróniza Velásquez

Número 77 Julio de 2016

A mí no me importaba que el Medellín perdiera otra final. O quizá no era que me diera lo mismo, sino, más exactamente, que estaba preparado para soportar un nuevo subtítulo. Ya había visto a mi equipo quedar campeón tres veces, y, a fin de cuentas —como dice Mono, mi hermano—, uno es hincha del cuadro poderoso incluso si gana. Algo de eso sentí en el partido de ida de una de las finales perdidas en seguidilla, el 17 de diciembre de 2014, cuando, al término del 1-2 contra Santa Fe, volteamos a mirarnos entre algunos hinchas y descubrimos que en nuestros gestos había tanta frustración como buen humor: “Qué maricada ome”, dijo con inigualable gracia un hombrecito calvo con pinta de operador de televisión por cable.

Con todo, poco importaba lo que a mí me importara. En la nueva final de junio de 2016 mi angustia nacía de la expectativa de Juan Manuel, mi hijo de 10 años. Su uso de razón futbolera apenas había conocido segundos lugares, y eran vanos mis intentos de tranquilizarlo con el argumento de que él ya había probado las mieles del triunfo: supuestamente cuando, el 20 de diciembre de 2009, el DIM empató 2-2 con el Huila y se llevó la última Copa Mustang de la historia. Pero la verdad era que Juan Manuel tenía de aquella final una imagen tan borrosa y surrealista como la que yo atesoro de la final de Argentina 78. Respecto de la final de aquel diciembre glorioso, mi hijo creía haber visto, en alguna parte, un carro de bomberos.

Por más que yo quisiera engañarme, Juan Manuel se encontraba en un momento especialmente propicio —y por ello crítico— de fijación de recuerdos, a tal punto que una nueva final perdida sería para él una hecatombe sentimental. Muy por el contrario, yo quería que a partir de ese momento con indiscutida objetividad, él pudiera vanagloriarse de haber alcanzado su primera estrella. Precisamente, a los diez años yo fijé en mi memoria un par de sucesos rutilantes de la historia rojiazul: el gol de Eduardo Malásquez contra el Unión Magdalena en el octogonal de 1984 —la temeraria “malasqueña”—, así como el dulce tercer lugar en la tabla final de posiciones tras América y Millonarios, escaño alcanzado después de vencer 3-2 al Bucaramanga y callar, con ello, a los escépticos. De hecho, recuerdo especialmente que fue ese año, al otro día de un apretado triunfo por 1-0 contra Santa Fe —un gol del Benny Aristizábal en el minuto 83—, cuando Mono y yo presionamos a nuestra madre para que aceptara comprarnos el periódico ese lunes y todos los del siguiente lustro. Aquella vez El Colombiano usó un titular soberbio: “A siete del pitazo final”. ¿Qué podía quedar en la cabeza de mi vástago si el DIM perdía su cuarta final al hilo? No quería imaginarlo, pero su cabeza gacha del 2012, sus ojos acuosos del 2014 y sus palabrotas biches del 2015 —cuando el Cali se coronó en nuestras propias narices— eran claros indicios del apocalipsis que se fijaría en su cabeza.

Juan Manuel se cansó de mis falsas épicas y mis resignados sofismas y decidió interrogar a Mono sobre el asunto con puntualidad científica: “Tío, ¿y qué pasa si perdemos otra vez?”. Mi hermano, autoridad futbolera de la familia —muy por encima de nuestros tíos folclóricos y triunfalistas—, le dijo al niño algo que no supe si era un subterfugio pusilánime o una sabia respuesta budista: “Nada, Juanma, no pasa nada”. Estábamos en casa de nuestra madre, a pocos minutos del inicio del partido de ida en Barranquilla, con la nevera atestada de cervezas que, en verdad, nadie tenía ganas de tomar —ni siquiera el tío desenfadado que recaló por allí—, y no fue fácil sopesar aquella frase. Pero una vez acabó el partido con aquel marcador de 1-1 que, a pesar de toda la angustia desplegada durante noventa minutos para lograrlo y mantenerlo (yo me martiricé con la cábala de sentarme en un sillón alejado del que ocupaba mi angustiado hijo), no significaba todavía ninguna ganancia real, sospeché que en mi hermano se escondía realmente un filósofo consumado.

Como pudimos, sobrevivimos hasta el crepúsculo del domingo (Día del Padre por más señas). Dígase lo que se diga, es un consuelo empatar de local o perder el primer partido de una final: entonces uno archiva las esperanzas y se dedica, sin más, a vivir la tranquila vida de todos los días. Pero cuando de entrada se saca un buen marcador la ansiedad de la victoria hace de la existencia algo insoportable, de modo que el acto más cotidiano pesa insufriblemente sobre la voluntad. No sé cómo no morí de hambre entre los partidos de ida y vuelta de la final de diciembre de 2002 o cómo pude leer Cumbres borrascosas en la misma instancia en junio de 2004. Por fortuna, mi abuela murió un par de horas después de que el DIM ganara el partido de ida en Neiva en diciembre de 2009 y nos permitió distraernos con su recuerdo hasta la antesala del juego definitivo. En la reciente final, el alivio vino por cuenta de un inteligente truco de mi esposa, quien pretextó un arrebato altanero de Juan Manuel y le prohibió asistir al partido de vuelta, y con ello nos tuvo en vilo al niño y a mí hasta la media tarde del mismísimo 19 de junio, cuando el castigo acabó disolviéndose entre la efervescencia del Día del Padre. Al fijar esa fecha, Fenalco acertó de cabo a rabo.

Doblegados por la angustia nos entregamos al rito paquidérmico de hacer tres filas y esperar por casi dos horas el inicio del partido, aplastados por el calor del inminente solsticio de verano. Una vez sobre las gradas de Oriental, Mono y yo, por el puro miedo de espantar la gloria, contestamos a regañadientes las preguntas de Juan Manuel sobre los campeonatos cosechados por el Medellín en la década pasada. Uno de los tíos folclóricos, fiel a su estilo oportunista, se presentó a última hora con sus historias agrícolas y poco pudo hacer por distraernos del suplicio de los buenos recuerdos y de la visión de la cancha enorme que, como un paredón de fusilamiento, se extendía a nuestros pies.

Mientras se cantaban los himnos, Juan Manuel hizo un nuevo alarde de sangre fría. Me dijo: “Papá, ¿por qué siento como si este fuera un partido común y corriente, y no una final?”. Fue sin embargo su última fanfarronada, porque poco después se desmoronó. No habíamos llegado al minuto quince cuando, entre pase errático y pase errático de nuestro equipo, me dijo: “Papá, ya estoy temblando”. Y no solo tembló: una y otra vez se puso las manos en la cabeza y se mordió los dedos hasta astillarse las uñas y rasparse la lengua; así lo hizo antes de que Christian Marrugo clavara el primer gol en el minuto 34, cuando se bosquejó, por fin, la promesa de la estrella. No comió nada en el receso, y si abrió la boca fue solo para preguntar, a destiempo, cuánto faltaba para terminar el partido. La primera vez que quiso saberlo apenas se arrastraba, como gota de aceite, el minuto 62; a partir de allí volvió a hacerlo cada cinco minutos con tortuosa sincronía, y terminó haciéndolo cada instante a partir del minuto ochenta. Por supuesto, lo sé porque luego reconstruí los hechos con los testimonios de nuestros acompañantes, pues por entonces yo era también un guiñapo de los nervios: zapateaba y berreaba como un crío cada vez que perdíamos el balón y — con sinestesia poética— me tapaba los oídos para no ver los tiros de esquina con que Junior nos bombardeó en los últimos minutos. En los estertores del juego, la conciencia de la existencia de mi hijo se redujo a un bulto rubio y rojo que estaba puesto a mi lado derecho, incandescente y cada vez más luminoso con el correr de los segundos y los rechazos de la defensa, y al que yo no debía tocar hasta que el árbitro no hubiera dado el pitazo final.

Pero el pitazo final nunca sonó o, mejor, a nadie le importó que sonara. Antes de que eso ocurriera, Marrugologró salirse del estanque infestado de tiburones y se encaminó hacia el arco solitario que había al otro lado. Por el rabillo del ojo logré advertir que Juan Manuel abandonaba la posición recogida en que había contemplado hasta entonces el partido y se paraba en la silla, listo para saltar hacia cualquier parte. Marrugo llegó casi hasta la línea del área chica y fusiló al único defensa que había logrado ponérsele enfrente. Cuando el balón chocó contra la red, hice dos cosas por primera vez en mi vida: en vez de gol grité otra palabra para celebrar la anotación de mi equipo, y me volteé para abrazar a mi hijo y felicitarlo por su primera estrella. En lo sucesivo, también él podría decir que no le importaba si el Medellín perdía otra final.

Enfermo por Nacional

por DAVID E. GUZMÁN • Fotografías  por el autor

Número 77 Julio de 2016

La cosa no estaba fácil para mis papás, un filósofo recién graduado y una joven bachiller con alergia a las oficinas y a los jefes. Yo todavía no había cumplido el año de nacido cuando decidieron viajar a Venezuela —donde vivía mi familia paterna— para probar suerte con algún trabajo. La primera oportunidad se presentó rápido: vender una inmensa carga de pinzas para el pelo y otros objetos metálicos que llevaban cinco años en bodega. Era el último chance para que no chatarrizaran esa mercancía. Luego de aceptar el desafío, mis padres salieron temprano para el centro de Valencia, a la zona de quincallerías, se repartieron las calles y se quedaron de encontrar para almorzar y compartir la experiencia. Al mediodía regresó mi papá cabizbajo, apretado por el fracaso de las pinzas, pero cuando vio la sonrisa de mi mamá supo que traía buenas noticias: le había vendido todo a un par de comerciantes chinos. Ante semejante milagro, el dueño del cargamento, Alex Gorayeb, mayor accionista del Deportivo Cali en esa época y timonel de la empresa General Metálica, dijo que quería conocer a la persona que había logrado tal hazaña. “Quiero conocer a esa muchacha, me la traen ya”, dijo Gorayeb. Así regresamos de la boyante Venezuela a Medellín y mi mamá empezó a trabajar con Gorayeb, viajando a Cali con frecuencia. En Medellín mi papá había conseguido empleo en un colegio y como mi entrada a la guardería aún estaba lejos, empecé a acompañar a mi mamá en todos sus viajes a la Sultana del Valle. Mientras ella cumplía sus citas y descollaba en el mundo de las ventas, yo me la pasaba en los entrenamientos del Cali. Allí conocí el olor del linimento, y jugadores como el Tigre Benítez y la Mosca Caicedo me cargaron en sus brazos. Al calor de estas circunstancias, todo pintaba para que fuera un paisa hincha del Cali; en mis primeros años regresaba a Medellín con banderines del equipo azucarero y en la familia se volvió famosa la anécdota del día que conocí al gran Willington Ortiz. Cuentan que al ver al negro, al descubrir su pequeña humanidad, dije decepcionado “¿y este es el viejo Willy?”, ocasionando carcajadas entre los demás jugadores y en el mismo Gorayeb, a quien recuerdo por sus elegantes pipas, siempre oliendo a tabaco de ciruela. Lo que no recuerdo es el viaje de mi mamá a Argentina, a La Bombonera, para la final de la Libertadores del 78; Alex la llevó para que cuidara a Karim, su hijo, que me llevaba unos siete años. Era tan grande la amistad con el poderoso libanés que el carro que utilizó Salvador Bilardo cuando dirigía al Cali terminó en manos de mi padre, un Simca azul clarito con caja de velocidad de Porsche que después de unos meses quedó en pérdida total tras volcarnos en plena autopista regional. Todos salimos ilesos.

El plato estaba servido pues para que fuera un azucarero más. Yo mismo lo decía aunque todavía no sabía en realidad qué era ser hincha, ni sabía de pasiones, solo iba pegado de las faldas de mi mamá. Ella sí se volvió azucarera y se enfrentaba a mi primo Jaime y en especial al tío Memo, hinchas furibundos del Atlético Nacional; que como se le ocurría volverme hincha del Cali, que tenía que ser verde, pero de la montaña, decían ellos. Y yo inocente, la seguía acompañando a la sede del equipo. En medio de ese tira y afloje entre mi mamá y Memo y Jaime, llegó la época en que empecé a cobrar conciencia. Ya ellos me habían llevado al Atanasio un par de veces, pero no habían podido volverme nacionalista, aún estaba muy niño y quizás no me interesaba tomar decisiones más allá de preferir un juguete a otro. Si bien seguía más cerca del Cali por influencia materna, en diciembre de 1981 tuve un primer encuentro a solas con Nacional. Recuerdo ver la portada de El Colombiano entrando por debajo de la puerta de la casa; en primera plana estaba la foto del equipo formado y el titular decía “Nacional Campeón”. Nacional, el equipo del primo y del tío. Pero a mis cinco años seguía ajeno a esas pasiones aunque, sin saberlo, la semilla verdolaga ya estaba sembrada.

Un año más tarde, en 1982, en otro de los viajes a Cali, Memo nos acompañó porque al domingo jugaban Cali-Nacional en el Pascual Guerrero. Ese año, a pesar de que Nacional defendía el título, el Cali tenía una estrella más y mejores pergaminos, venía de ser el primer club colombiano en disputar la final de la Libertadores. El partido era todo del Cali, Memo sufría y mi mamá cantó a rabiar el primer gol caleño cuando empezaba el segundo tiempo. Fue un riendazo de Nadal, de zurda, inatajable para Carrabs. El partido pintaba para victoria del Cali. Faltando pocos minutos para el final, hubo un tiro libre a favor de Nacional, al cobro César Cueto. Nunca olvidaré el grito de gol del tío Memo cuando la pelota iba apenas por el aire y la felicidad mía cuando infló la red. Después entendí que Memo lo había cantado desde antes porque el balón pegó en la barrera, exactamente en Carpene, volante del Cali, y dejó al arquero Zape lejos de atajarlo. Lo celebramos juntos, me levantó en sus brazos, gritamos. Recuerdo que mi mamá le dijo que estuvo a punto de pegarle una palmada en la cara por cantar el gol sin que entrara el balón y creo que no le faltaron ganas de darme una pela por traición. Así se supo toda la verdad, las puntadas del destino me habían hecho verde, verde de la montaña contra todos los pronósticos.

A partir de entonces empecé a vibrar como hincha del Atlético Nacional. Ir al Atanasio de la mano de Memo o Jaime se convirtió en plan semanal y los banderines y otros suvenires del Cali fueron desapareciendo de la casa. Una de las primeras veces que fui al estadio de noche, un miércoles de 1984, jugaron Nacional-Santa Fe. Al salir del estadio fuimos a comer chuzo y a tomar fresco. Todo transcurría dentro de lo normal, recogimos el carro en las afueras del estadio después de una media hora y emprendimos el camino de vuelta a casa. No muy lejos vimos un negro en sudadera caminando por la calle Colombia con una tulita colgando de la espalda. “¿Ese es Sapuca?”, preguntó Memo sorprendido. Nos acercamos y mi tío, que era inspector de policía, se ofreció a llevarlo a su destino. Sin pensarlo, el negro Aparecido Donisette de Oliveira se subió al puesto del copiloto y yo me pasé para la banca de atrás por encima de la palanca de cambios; no lo podía creer, quedé mudo del susto y la emoción. Habló poco Sapuca, que expulsaba un tufillo a cerveza, y aunque no fue mucho lo que estuve en el carro porque me dejaron en el barrio Carlos E. Restrepo, ahí cerca al Atanasio, fue una escena que me marcó. Negro y de barba, con ese porte, lo vi como a Baltasar, el rey mago.

Entre los años 85 y 88, o sea de los nueve a los doce años, mi amor por Nacional creció más que mi conciencia. Y conocí lo que es el sufrimiento por el equipo amado, las derrotas a manos de rivales de peso, el odio hacia ellos y el amor hacia los jugadores que defienden la camiseta. En el último partido del 87, aquel domingo fatídico que Nacional, en los pies de Beto Sierra y el Andino de Oro, botó dos penales ante el América y perdió la opción de ir a Libertadores, derramé lágrimas por primera vez. Desde ese año empecé a sufrir de seborrea capilar a causa de la angustia y los nervios, según el médico; era una caspa que se costrificaba en el cuero cabelludo y me picaba mucho. También la padecí en el octogonal del 88 cuando al final perdimos el título con Millonarios, después de empatar a uno contra Santa Fe en Bogotá. El gol santafereño de Checho Angulo fue como una cuchillada y otra vez el llanto, la frustración, la caspa. Recuerdo que me mandaron una loción llamada Seborín que para la Copa Libertadores del 89 ya me tenía aliviado. Para ese momento mis padres estaban divorciados y los fines de semana los pasaba con mi papá. Sumergido en sus libros no comprendía por qué si Nacional jugaba a las 3:30 de la tarde, yo giraba alrededor del partido desde por la mañana hasta por la noche que daban el noticiero y los goles de la fecha. “¡Enfermo por el Nacional!”, era su frase, su regaño preferido.

Para la Libertadores del 89 me desteté de Memo y Jaime y empecé a ir al estadio con gente del colegio, en especial con Daniel, compañero desde kínder, y con Ángela, la profesora de Estética. Por algún inconveniente con las torres de iluminación, los cuartos de final y la semifinal fueron por la tarde. La fiesta se armaba entonces desde el primer descanso y ya nadie ponía atención en clase. En los pliegos de cartulina que nos servían para hacer carteleras sobre el sistema solar o las partes de la célula hacíamos letreros para llevar a los partidos. El día que jugamos contra Millonarios, Daniel hizo una mano empuñada con el dedo corazón levantado y debajo una frase que no podía faltar en los cotejos contra el azul: “Pimentel HP”. Fue avalado por Ángela pero nos lo decomisaron a la entrada del estadio, no por el mensaje para Eduardo sino porque presumían que la cartulina era un material con el que se podían armar baretos. Después de eliminar a Millos y desquitarnos de los dolores que nos habían ocasionado en el 88, y en la primera ronda de esa Copa, el partido contra Danubio prometía una bacanal y así fue: se vino una lluvia de goles, un exceso de celebraciones en una tarde inolvidable. Era la primera vez que cantaba media docena de goles en un solo partido; el quinto y sexto no los cantamos a rabiar, afónicos ya de gritar, sino que nos detallamos la celebración de los jugadores. “Mirá como saltó el Palomo, ¡qué brinco metió!”.

También era la primera vez que acariciábamos la posibilidad de ganar un título, uno continental, era un sueño increíble. Pero como un baldado de agua fría cayó la noticia de que la final no se podía jugar en Medellín porque el Atanasio no tenía al aforo suficiente. Cuando ya estaba resignado a verlo por televisión, porque no nos dejaron ir en bus a Bogotá, recibí la llamada de una tía que era novia de Fausto, el cantante. Que pidiera permiso para faltar al colegio miércoles, jueves y viernes porque nos íbamos para Bogotá a ver la final, que Fausto había conseguido boletas y que ella me iba a regalar el pasaje en avión. Fui el elegido entre decenas de primos de todas las edades porque en la familia sabían lo enfermito que era por el verde.

Recuerdo la pinta con la que llegué a Bogotá y presencié el título de Copa: una camiseta OP verde de manga larga, de las chiviadas que vendían en El Diamante, y un overol índigo. Ese 31 de mayo del 89 sufrí como nunca en el primer tiempo al ver que no hacíamos gol y luego me desboqué de alegría con la remontada, aunque hubo sustos tremendos porque Olimpia estuvo a poco de descontar. En la tanda de penales, mi tía, hincha a muerte del DIM, me cuidaba de reojo. Estuve relativamente tranquilo hasta que Pipe Pérez botó su disparo y comencé a llorar como si hubiéramos perdido, el recuerdo de los penales del 87 se me vino a la mente con la sensación de derrota. Un señor desconocido que estaba a mi lado me puso la mano en la cabeza y me dijo, “tranquilo pollito que esto lo vamos a ganar”. Todavía agradezco esas palabras que me devolvieron la confianza. Qué momento feliz en medio de la fría noche bogotana ver al equipo dar una vuelta olímpica de esa magnitud. Tanto sufrimiento se veía recompensado.

A principios de los noventa me conseguí con Fausto un pase para quince personas, para la tribuna sur alta, y fundé, con catorce amigos de la unidad residencial donde vivía, la barra “El rebaño verde”. El trapo no era muy grande, creo que de ninguna tribuna se alcanzaba a leer el nombre de la barra, pintado con un verde claro y letra gordita típica de pelada de colegio de esa época. En el 91, después de eliminar al América en cuartos de Libertadores con goles del Torito Cañas y Diego Osorio, nos fuimos a celebrar a la 70; en medio del festejo unos hinchas verdes se bajaron de un R4 embadurnados de harina y me pegaron para robarse mi bandera. En ese mismo año, en diciembre, hicimos una fila de todo un día para comprar las boletas del partido que definía el título. Con un sombrerito hermoso del Bendito Fajardo quedamos campeones y por fin dimos una vuelta olímpica en el torneo local. Fue un delicioso desquite luego de las lágrimas que nos había hecho derramar La Mecha en los pies de Gareca, Battaglia y el Pipa de Ávila. Tres años más tarde, en el 94, con el rebaño extinguido y la amargura de la reciente muerte de Andrés, dimos otra vuelta olímpica en el Atanasio frente al Medallo, y al año siguiente nos volvimos a ilusionar con un gol de tiro libre de René y la Libertadores. Terminamos con la mirada clavada al piso, soportando los cánticos victoriosos de la hinchada de Gremio. En ese 95 ya estaba en la universidad y un día cualquiera me fui para la sala de periódicos de la U. de A. con el recuerdo borroso de aquella vieja portada de El Colombiano que había visto a mis cinco años. Quería corroborar si esa imagen era real y pedí todos los ejemplares de diciembre del 81; los miré uno a uno hasta que me encontré la portada, tal cual la tenía en mi mente. Ahí me di cuenta de que esa lejana epifanía infantil fue la que terminó por hacerme hincha de Nacional.

La universidad, las mujeres, la fiesta, los amigos, algunas temporadas en el extranjero, toda esa mezcla y otros intereses me alejaron del estadio desde el 96. La tristeza, más no el llanto ni la seborrea, regresó con las humillaciones del 2004 ante Medellín y Junior, quizás el año más duro para la hinchada de Nacional. Las vueltas olímpicas que siguieron a ese fatídico 2004 las viví con fervor en las calles, sobre todo los títulos ganados al Santa Fe en 2005 y 2013. En la final del primer semestre de 2007 tuve la oportunidad de ir al estadio y bajar a la pista atlética para dar la vuelta olímpica con los jugadores gracias a que uno de mis primos contemporáneos trabajaba en las inferiores del equipo. Ya Nacional era otro, un verdadero poderoso, muy diferente al que conocí a comienzos de los años ochenta, de media tabla y permanentes fracasos a pesar de sus grandes jugadores, mis primeros ídolos: Herrera, Santín, Carrabs, Cueto, La Rosa, Sapuca.

En 2014 estuve en Brasil y después de acompañar al verde en Porto Alegre ante Gremio y en Montevideo ante el Nacional de Uruguay por la primera ronda de la Libertadores, me agarró una nostalgia hasta rara y unas ganas insaciables de volver al Atanasio. Una vez regresé a Medellín, motivado además por la presencia y títulos de Libretica Osorio, me aboné para ir al estadio durante todo el 2015. Ya no en preferencia, sin pases oficiales, sino a la popular Norte. Con un par de amigos barbados, que parecen más filósofos que hinchas como yo, colonizamos lo más alto de la baranda, justo abajo del tablero electrónico. Otra vez víctima de la enfermedad —de la que quiero morir y no me quiero curar— ir al fútbol se convirtió de nuevo en plan semanal, volvieron las celebraciones a rabiar, las lágrimas de alegría, la fiebre verdolaga.

En la Libertadores de este año 2016, de la mano del profe Rueda y de cracks como MacNelly, Armani, Sebas Pérez, Guerra, Alex Mejía, volvimos a acariciar la gloria continental. En el partido en casa contra Rosario Central el corazón me empezó a latir más rápido, a esta edad ya el miedo no es la seborrea sino un infarto. En los últimos minutos tuve que respirar profundo y sentarme. El gol de Berrío no lo pude gritar sino que levanté los brazos al cielo mientras la hinchada se revolvía y abrazaba convirtiéndose en una sola amalgama desenfrenada. Me sentí como un dios viendo semejante escena. Luego, contra Sao Paulo, en la antesala del partido, la gente empezó a cantar el coro que dice “Yooo te vi salir campeóoon del continennnte, vamos mi verdolaga, quiero volver a verteee” y para mí fue imposible contener el llanto, volví a llorar de la emoción esta vez junto a muecos sin camisa, viejos asfixiados y mis compañeros de tribuna, con quienes suelo calentar motores y rematar partidos en el caspete de la Mona, allá donde también celebran los fundadores de la barra Aquel 54. Al son de guaro y cerveza se cocinó una nueva alegría, una nueva alegría continental.

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Noches de radio

por JUAN CARLOS ORREGO • Ilustración de Tobías Divad Nauj

Número 63 Mayo de 2015

Hace más de treinta años — para ser exactos, la noche del miércoles 19 de octubre de 1983—, mi hermano y yo escuchamos un partido del Medellín entre las cobijas. ‘El Poderoso’ jugaba contra el Tolima en el Atanasio Girardot y logró poner el marcador 2-2 con un gol tardío de Carlos ‘El Tigre’ Acevedo, un uruguayo que pasó sin mucho ruido por la historia del equipo rojiazul. El que por entonces hacía la magia y, en consecuencia, copaba las portadas de los periódicos, era León Villa, conocido más adelante —cuando se vistió con las rayas verdes del vecino de patio— como ‘El León de Campo Valdés’; porque la noche de marras recibió del locutor el remoquete —más sencillo pero al mismo tiempo más solemne— de ‘Maestro colombiano’. Esa jornada de octubre, alargada clandestinamente hasta las diez y cuarto de la noche a despecho de la temprana rutina colegial que nos esperaba al día siguiente, fue una de mis primeras experiencias importantes con la radio al oído; por lo menos, la que aparece en el primer lugar de mi tramposa memoria. Yo tenía nueve años.

Sobra decir que en los años ochenta la transmisión por televisión de los partidos de la liga colombiana era impensable, como no se tratara de la última fecha del octogonal final, día en el que, casi invariablemente, solíamos ver a los diablos del América dar la vuelta olímpica. En 1985 ocurrió algo salido del libreto y fue que, para adormecer al país mientras los rockets del ejército se clavaban en la mole del Palacio de Justicia, el presidente Betancur autorizó la transmisión de no sé qué partido o resumen inédito de goles. Por razones que se me escapan, ese mismo noviembre, el recién nacido Teleantioquia retransmitió un partido en que Medellín había vencido 1-0 al Cali; por supuesto, mi hermano y yo lo habíamos escuchado por radio la noche anterior, y más que el gol de cabeza de Luis Carlos Perea —otro que saltó al solar ajeno— nos había quedado en la cabeza una expresión usada por ‘El Espectacular’ Jorge Eliécer Campuzano para describir cómo ‘Ormeño’ Gómez había atajado un remate letal del ‘Checho’ Angulo: “¡A contrapierna!”. Nunca nos lo confesamos el uno al otro, pero cuando pudimos ver la jugada en la transmisión diferida sentimos que, contada en la radio, la acción de nuestro arquero había sido más audaz.

El transistor de casa era el radiorreloj que nuestro padre, in artículo mortis, le había dejado a mamá como regalo de Navidad en 1980. El aparato solía estar en su alcoba, salvo por alguna situación de excepción; sobre todo, que ella estuviera agobiada por sus pertinaces jaquecas y, además, que el partido que nos interesara acabara demasiado tarde. Otra cosa era cuando se trataba de escuchar las transmisiones de las etapas de la Vuelta a España o el Tour de Francia: entonces mi hermano estaba autorizado de antemano para instalar el radiorreloj en nuestra habitación desde la noche anterior, pues las emisiones comenzaban en la madrugada, y como él y yo ya estábamos en bachillerato —por lo menos así fue a partir de 1986—, íbamos al colegio en la tarde y no era forzoso aprovechar todas las horas oscuras para dormir. Por lo que respecta a mi madre, a ella le bastaba su reloj biológico para levantarse a la hora exacta en que debía despachar a nuestra hermana mayor. Recuerdo particularmente el alba del 4 de mayo de 1987, cuando el radiorreloj se encendió automáticamente a la hora programada y pudimos saber que, en la carrera ibérica, Néstor Mora se había fugado y marchaba con una ventaja de nueve minutos sobre el pelotón; cuando clareaba lo capturaron, pero hacia las nueve de la mañana ‘Lucho’ Herrera despertó, se alzó sobre la bicicleta, sembró a los demás en la carretera y se enfundó la camiseta amarilla en la meta de Lagos de Covadonga.

Como no mediaran los dolores de cabeza maternos o las grandes vueltas ciclísticas europeas, lo habitual era que mi hermano y yo nos acomodáramos junto al radiorreloj en la propia alcoba de mi madre. Como en 1986 —por lo que se ve, el año de nuestra mayoría de edad— nos hicimos visitantes asiduos del estadio, lo que restaba por oír en la radio eran los juegos de visitante del Medellín, la mayoría de las veces en la voz provinciana de Rodrigo Londoño Pasos. Un juego quedó particularmente grabado en mi memoria: un 2-2 frente a Millonarios en Bogotá, jugado un mediodía de sábado por motivos que ahora no recuerdo, y en el que los uruguayos Rafael Villazán y Yubert Lemos anotaron por el DIM; goles que, por lo excepcional de la programación sabatina, escuchamos narrados por la voz histérica de Luis Fernando Múnera Eatsman. Pero no solo nos convocaban los partidos: también los magazines futboleros nocturnos, cuyos debates, regularmente acalorados, nos parecían el colmo del atrevimiento periodístico, de modo que los escuchábamos con el delicioso sentimiento de estar degustando lo prohibido. Jamás olvidaré que en esa misma temporada del empate con Millonarios, en Gente, Deporte y Punto, Iván Mejía Álvarez pronosticó que Medellín sería el campeón. Se entenderá que, si a la fecha no odio a ese ríspido comentarista, no es solo porque deteste afiliarme a las causas populares. Dicho sea de paso — quizá haya quién no lo sepa— el campeón de 1986 fue América; no podía ser de otro modo.

Escuchar los partidos en la radio fue, para mi hermano y yo, una liturgia que se extendió hasta el siglo XXI, y si terminó fue solo porque yo salí de casa a principios de 2001, cuando, plenamente consciente de lo que hacía, decidí compartir mi vida con una hincha del club de las franjas verdes. Como nos fuimos a vivir a Santa Lucía, al mismo tiempo que me enteraba de las gestas de mi equipo, podía escuchar —con todo el recelo del caso— los murmullos eufóricos que venían desde el Atanasio Girardot y por los que Nancy, mi esposa, se interesaba particularmente. Sin la tutela de mi hermano fui haciéndome un energúmeno, y llegó el día en que quise tumbar las paredes a puñetazos cuando los goles rivales caían en el último minuto. Así sucedió cuando, en el cuadrangular final del primer semestre de 2004, Chicó nos derrotó 3-2 en la agonía del reloj. Por fortuna, en ese torneo —y sin que mediara ningún vaticinio— Medellín alcanzó el título tras derrotar a su eterno vecino de patio. Ya por entonces menudeaban las transmisiones televisivas, y como, además, las emisiones de Fox y ESPN nos habían civilizado con el arte de la narración mesurada y el comentario conciso, la transmisión radial —cuyos protagonistas eran, en buena parte, solistas cavernícolas— fue quedándose relegada, y casi se la olvidó cuando las cámaras de Une coparon toda la programación de la Dimayor. Por entonces, se me antojaba que mi suegro — conectado por walkman a los alaridos de Múnera Eatsman al mismo tiempo que veía los partidos de su equipo— era un anacronismo sobre dos pies o, por lo menos, un romántico empedernido, anclado a las emociones auditivas de los viejos tiempos.

Juan Manuel, mi hijo menor, llegó al mundo en la época del auge de los partidos por televisión. En el segundo semestre de 2009, cuando apenas ajustaba cuatro años, tuvo su primera rabieta frente a la pantalla chica al presenciar cómo el DIM —por entonces casi invencible— se doblegaba por tres goles ante Millonarios, en la fría Bogotá. Por lo visto, yo había hecho un excelente trabajo inconsciente como maestro iracundo frente a los malos resultados de nuestro equipo, al que por fortuna mi hijo se aficionó a pesar de los genes adversos que le venían por el linaje materno; genes que, con fatalidad, habían enquistado en el alma de Laura, nuestra primogénita.

A la sazón, Juan Manuel tenía de la radio una idea harto particular: creía que la componían, apenas, las emisoras de rock latinoamericano, baladas y música para planchar que eran del gusto de Nancy y —confieso— mío. Solo muy tardíamente, por los días de su sexto cumpleaños, vino a descubrir que en la vieja grabadora de la biblioteca podía escucharse una simpática versión auditiva de los partidos que solía ver, de modo perfectamente sinestésico, en el televisor. Ocurrió el 14 de septiembre de 2011, cuando Medellín derrotó 4-1 al Real Cartagena en el Atanasio Girardot. Era necesario escuchar el partido por dos razones: nuestro equipo nos había espantado de las graderías después de un par de temporadas desastrosas, y, como el juego era en mitad de semana, no había posibilidad de verlo por televisión. Me pareció que mi hijo encontró ingeniosa la ocurrencia radial, de la misma manera como, tras años de montar en taxi —prácticamente desde que surgió en el vientre de su madre—, disfrutó su primer paseo en un Circular Coonatra.

La radio volvió de repente a nuestras vidas cuando el monopolio de DirectTv y Win Sports nos impidió ver todos los partidos de la liga. Mi alma, a un mismo tiempo tradicionalista y adolescente, se rebeló contra las imposiciones del mercado de los medios; es decir, no solo sentía dolor ante la idea de cambiar de operador de cable, sino que veía como una afrenta el que se me obligara a hacerlo. Me pareció que, con tal de salvar mi dignidad —o, si se quiere, con tal de no tener que fatigarme firmando un nuevo contrato televisivo—, podía pagar el precio de no ver más partidos de la liga, y supe que no tendría ningún problema si apenas tomaba las migajas que, a mí y otros como yo, nos servía la Futbolmanía de RCN. Para todo lo demás estaba la radio, vibrante y rápida como ninguna otra cosa en el mundo. En todo caso, Juan Manuel —que solo ha aprendido de mí el modelo estoico y furibundo de mi afición por el equipo del pueblo— lo resolvió de otra manera, y muy pronto llegó a acuerdos con mi suegro para que lo llevara a ver los partidos del DIM en alguna de las tiendas del barrio que estaban dotadas con el exclusivo servicio. Para suerte de mi hijo, su abuelo acababa de jubilarse y necesitaba, desesperadamente, razones para salir de casa; en su entraña verdusca, poco le importaba que la coartada fuera un partido del Medellín; por supuesto, también pesaba aquello del amor rendido por los nietos.

Un cuarto de hora después, cuando yo había logrado, por fin, redondear el primer párrafo de la reseña, el árbitro sancionó un tiro libre a favor del Medellín, no lejos de la valla de los pijaos. El locutor anunció, con no poco aspaviento, que Vladimir Marín se aprontaba para el cobro y que, como un toro de lidia, zapateaba sobre la grama, y tanto insistió en ello —con el coro del comentarista principal y el vocero de los anuncios comerciales— que no me sorprendí particularmente cuando, un minuto después, el balón se coló en el arco de Joel Silva. Realmente me sobrecogí un segundo después del grito del locutor, cuando, desde el otro lado de la casa, llegó el alarido eufórico y destemplado de Juan Manuel. Fui hasta su cuarto para celebrar el gol con él, pero me detuve en la puerta apenas distinguí en la oscuridad lo que él hacía: tenía los ojos cerrados y sonreía de modo beatífico mientras apretaba, contra su corazón, el pequeño aparato radial. Ya que Tolima —a diferencia del Medellín de tres décadas atrás— no tuvo un Tigre Acevedo que nivelara el marcador, mi hijo tuvo la noche más feliz de su vida, arrullado por las voces y las ondas del triunfo. Ignoro a qué hora pudo conciliar el sueño; como quiera que sea, cuando fui a llamarlo en la madrugada me pareció que todavía sonreía.

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