por ALEXANDER OSPINA // Era un cerdo rosado de 120 kilos que refunfuñaba detrás de las estacas de un carro, olfateaba con fuerza la compuerta y cuando se le acercaban retrocedía asustado. Los niños le gritaban: “¡cerdo, marrano!”; mientras jóvenes y adultos se reían y miraban atentos el espectáculo.

La lista de mercado de Universo Centro incluye cabuya, yacón, bagre, cebolla y flores. La compra se hizo en la Minorista, La América, la placita de Flórez y la Mayorista. Cuatro historias con paisaje de campo para la nariz, el bolsillo, el oído y la panza.

por ANDRÉS DELGADO // En la Cevichería Ostras Miramar se venden jugos afrodisiacos. Si fueran más exagerados en su publicidad, dibujarían un cañón de la artillería napoleónica y su eslogan diría: “para la guerra”. Pero no. En la esquina del edificio Portacomidas, en la Plazoleta Nutibara, donde está ubicado el negocio, hay un eslogan mucho más discreto: “Porque es hora de invertir en su salud”.

por JULIÁN ESTRADA OCHOA // Hice lo que hago siempre cuando tomo por primera vez un diccionario, pensé una palabra y procedí: árbol, arce, ardilla, areca, arenque, arilo… ¡Imposible! Se pifió el licenciado Gómez de Silva, se le embolató en su mesa de trabajo ni más ni menos que la palabra “Arepa”. Tranquilo Guido, de esto en Antioquia, tierra de areperos, nadie se entera.

¿Ratas? ¿Las ve?

por MARÍA ISABEL NARANJO RESTREPO

Número 25 Julio de 2011

“Si me preguntan cuál es la comida típica de los paisas,
yo dudaría entre la bandeja paisa y el arroz chino”.
Esteban Zapata – Artista Visual

Hubo una época en la que en el norte de China fue muy popular un dicho sobre los habitantes de la Provincia de Cantón: “Comerán cualquier cosa que nade excepto un submarino, cualquier cosa que vuele excepto un aeroplano, y cualquier cosa que ande excepto un tanque”; y otro, cantonés, que reza: “Cualquier animal que torna su cara al sol puede ser comido”.

Entre las décadas del sesenta y ochenta la mayoría de chinos que llegaron a Colombia fueron cantoneses que se dedicaron a la cocina y abrieron restaurantes, los mismos de los que se dice que comen perros y gatos.

Hace pocos días circularon en internet seis fotografías de la terraza del restaurante chino Gran Fogón, ubicado al frente del Edificio de Extensión de la Universidad de Antioquia. Los elementos captados por la cámara son nítidos e incuestionables: expuestos al sol, y sin ninguna protección, se disponen sobre una placa de aluminio varios cortes de tocino. Minutos después aparecen tres roedores que se acercan a la carne para darse un festín (Blog: www.camiloarango.com).

Las fotografías y un video circularon masivamente, y en menos de una semana se retomó el viejo rumor sobre las prácticas “exóticas” de los chinos, y se llegó a una conclusión apresurada: la carne que entró en contacto con los roedores es la misma que se sirve en el restaurante. También se expresaron otras opiniones que obedecen a los mitos que hay en torno a la comida china, como la de matt87, escrita en el blog donde aparecen las fotografías: “Para mí ellos están criando ratas para venderlas en el arroz chino, y en el techo están cazando las ratas que se les han volado” (sic).

El 15 de julio la Secretaría de Salud visitó el lugar y declaró no haber encontrado evidencia de malos hábitos en la manipulación de los alimentos, ni de ninguna acción que represente riesgo para sus clientes; también aseguró que los roedores son ratas de techo que no tienen acceso al interior del edificio. Esta explicación no dejó satisfechas a varias personas que vieron las imágenes del blog de Camilo Arango, y que se niegan a creer que esa carne no fue directamente al estómago de los desprevenidos clientes, quienes podrían estar expuestos a enfermedades letales como el hantavirus o la leptospirosis. Pero el concepto de la Secretaría de Salud, autoridad responsable de evaluar, controlar y prevenir el riesgo en estos establecimientos, asegura que no hay de qué preocuparse. ¿Cómo entender entonces las imágenes?

Felipe Wu es el único miembro de la familia que puede comunicarse conmigo en español al momento de mi visita. Aparenta unos 25 años y es el hermano de Santiago Wu, dueño del restaurante. Felipe fue enviado a la silla donde yo aguardaba por el padre, David Wu, quien a su vez fue enviado por la tímida esposa del señor Wu, quien enrojeció de pena y se escondió, ante mi sorpresiva petición de explicar las fotografías. David Wu lo había intentado sin éxito al llevarme del brazo hasta el fondo del restaurante, con el fin de que yo constatara qué animales echaban al aceite caliente. “Mire usted misma, mire, mire”, decía señalando los espacios llenos de cajas, delantales y estanterías, y vociferaba, con las únicas palabras en español que le escuché, “¿Ratas? ¿Las ve?, ¿Ratas? ¿Las ve?”. Yo solo vi calderos enormes, decenas de pechugas de pollo, y cinco cocineros concentrados cada uno en una actividad diferente: picar, deshuesar, cocinar, freír y empacar.

Felipe Wu me señala a uno de los comensales y me dice: “¿Quién mejor que un cliente que dé fe del restaurante?”. Todas las mesas están vacías, excepto dos: en una hay una pareja, y en la otra está Carlos, de cuerpo voluminoso y tez ennegrecida por el humo de la calle. Come allí desde hace cuatro años y dice, burlón, que no le preocupa que le vendan carne de rata. “Es que hasta en los mejores restaurantes de Las Palmas venden carne de burro enternecida con jugo de papaya, ¡y nadie se da cuenta!”, declara mientras se sirve una generosa porción de arroz chino, chop suey (que en chino significa “trozos mezclados”), medio pollo frito y Cocacola.

Revolviéndose en la silla, el joven Wu explica con escasas palabras lo que aparece en las fotografías: “Es tocino curado. Nosotros comemos la carne así porque es más gustosa, y la dejamos al sol para que tenga un sabor más fuerte y para que se preserve más”. Hace referencia a la salazón, que consiste, según sus palabras, en untar el alimento con cristales de sal y adobarlo con diferentes salsas, para dejarlo al sol varios días hasta que se seque. Esta práctica es muy común en la cocina cantonesa, de donde proviene la familia Wu. Especias como la pimienta, el jengibre, la cebolleta, e ingredientes como la salsa de soja, el vino de arroz y el almidón, son fundamentales en su cocina; así mismo, son tradicionales el pescado fresco y los alimentos en conserva.

Resulta extraño que coman animales como perros, gatos, culebras o tortugas, pero hacen parte de una civilización de más de cinco mil años, y de un país de mil 300 millones de habitantes que ha sido asolado por periodos de pobreza y hambruna, lo que los ha llevado a elaborar recetas con una variedad increíble de ingredientes, y a aprovechar todas las partes comestibles de los animales, como tripas, cartílagos, cabezas y garras de aves.

Felipe vuelve su mirada hacia el techo y lo señala tratando de convencerme de que no hay ninguna grieta que comunique el restaurante con la casa del segundo piso, donde viven siete de sus familiares. Insiste, con desgano, como si hubiera gastado todas las palabras dando explicaciones obvias, en que esa comida fue desechada luego de constatar que las ratas tuvieron contacto con ella. “¿Qué más quiere saber?”, dice, y me da a entender que la conversación ha terminado.

***

El idioma es una de las principales barreras para comprender esta cultura milenaria, cuya población en Colombia se estima en diez mil. Dos mil de ellos viven con sus familias en Medellín según datos de la Embajada de China, lo que ya podría ser un barrio chino disperso en las calles de la ciudad; uno similar al de Barranquilla, donde existe el primero y hasta el momento único Chinatown del país.

El primer restaurante chino en Medellín fue Chung Wah de Hugo Chan, el mismo del reconocido Restaurante Asia. Cincuenta años después, en el directorio telefónico pueden enumerarse cerca de noventa, un número que evidencia la colonia de extranjeros más grande de la ciudad, y que significa una fuente importante de empleo para cientos de colombianos, quienes encuentran oficio como cocineros, meseros, armadores de cajas y mensajeros.

La necesidad de acercarse a su cultura para garantizar la asimilación de las normas sanitarias hizo que la Secretaría de Salud, en el marco de su campaña “Coma Tranquilo” (2009), dedicara una presentación exclusiva a la colonia china. Al evento llegaron una veintena de dueños de restaurantes para presenciar una obra de mímica, una cumbia colombiana, una canción y homenaje al arroz chino en letra pegajosa –”lo que todo el mundo quiere es comer arroz chino, lo comen universitarios y hasta reinas de belleza. Hasta para un chino lo mejor es el arroz chino”–, y una sección de penaltis contra las bacterias, animado en mandarín por Rafael Chan, uno de los asistentes.

La secretaria de salud, María del Pilar Pastor, asegura que la idea de que los chinos tienen malas costumbres en su cocina es un mito, ya que todos los restaurantes están sujetos a la vigilancia y control de sus prácticas. “Más bien es una idea preconcebida por el desconocimiento de su cultura”, puntualiza la ingeniera Luz Bibiana Gómez, líder de la campaña.

Cualquier persona puede verificar las condiciones sanitarias de un establecimiento mediante unos círculos verdes, amarillos o rojos, que indican un concepto favorable, condicionado o desfavorable. Según el ente de control, el 96 por ciento de los 18.927 establecimientos visitados son catalogados con concepto sanitario favorable y favorable/condicionado. Un círculo rojo significa que el lugar no cuenta con las condiciones adecuadas y es un riesgo para la salud. En este caso el lugar tiene una orden de “clausura inmediata” y si está abierto se debe dar aviso a la Secretaría de Salud.

El Gran Fogón abrió sus puertas en Medellín hace siete años. El año pasado recibió siete visitas y este año tres. Tiene un concepto sanitario favorable/condicionado, debido a detalles como una mesa metálica descascarada y al robo, el mismo día de la visita, de las tapas de los baños.

Del restaurante dependen ocho miembros de la familia Wu y seis empleados paisas que pueden ser ocho, pero con la situación actual no saben si incluso tendrán que despedir algunos. Los Wu están preocupados por la disminución de sus ventas. Días después visitaría nuevamente el restaurante y encontraría sus trece mesas vacías.

***

Mientras apila cajas, Santiago Wu me dice que “las mesas vacías que usted ve no es normal. Lo normal es que la gente haga fila. Creo que la persona que puso en internet la información lo hizo de maldad. ¿Por qué no verificó primero con la autoridad competente si era verdad lo que él creía?”.

Santiago me habla de un viaje que hizo el año pasado. Recorrió durante diez meses los lugares que su padre le describía cuando era niño, y aprovechó para hacer un curso de cocina y panadería. Hoy habla con amor de su lejana China, pero no piensa regresar porque después de vivir catorce años en Colombia se siente más de acá que de allá. “Todavía no se me ha ocurrido qué me voy poner a hacer si esto se pone mal”, dice.

El desespero en el rostro de los Wu me recuerda la historia de un grupo de 705 cantoneses que llegó el 30 de marzo de 1854 para agilizar la construcción del ferrocarril de Panamá. El relato del historiador Germán Patiño cuenta que los chinos, lejos de su tierra natal y molestados por los irlandeses que trabajaban en las obras, cayeron en una depresión profunda. Las autoridades confundieron la nostalgia con anhelo de opio y repartieron el narcótico entre el grupo, que comenzó a suicidarse y a pagar a malayos para que cercenaran sus cabezas con un machete. Es una imagen escalofriante, pero más aún lo es saber que hay una cultura milenaria de la que solo hemos conocido la cajita de arroz.

El pecado de la carne

por ANDRÉS DELGADO • Fotografías de Juan Fernando Ospina

Número 22 Abril de 2011

La carne es exquisita. Carne viva y amorosa o carne jugosa y asada. Una semana en blanco, sin llevarnos un buen bocado de carne a la boca, es un penoso trance. Para no tener que soportarlo usted sabrá cómo se las arregla para agenciarse la porción de carne viva. Pero por el otro lado ¿cómo es el proceso para disfrutar del suculento sabor de la carne asada? En UNIVERSOCENTRO se lo contamos.

“Tengo tres años de edad y en pocos minutos seré sacrificado. Seré despellejado, me abrirán en canal, me sacarán el corazón, trozarán mi hígado, me cortarán la cabeza, rebanarán mis patas y me extirparán los ojos. Son las tres de la mañana y el beneficiadero está en plena faena. Otros novillos hacen fila en dirección de una rampa. Los humanos nos sacrifican en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía. Talvez por esa obsesiva puntualidad con los restaurantes es que a mi muerte la llaman beneficio. Y es muy posible que esta misma noche una porción de mí caiga en las brasas de un asadero y unas muelas humanas terminen por triturarme. Tengo tres años, soy un novillo de 400 kilos y eso quiere decir que estoy bueno para comer, literalmente”.

Si un novillo pudiera escribir su diario, esto es lo que más o menos escribiría antes de su muerte:

“Estamos encerrados en la Central Ganadera de Medellín, en un corral lejos de la planta industrial para que no sintamos el olor a sangre de nuestros congéneres y no nerviemos ni comencemos a dar patadas y cabezazos. Nos bañan con agua fresca que cae sobre mi cabeza y me sienta bien. Después del baño estoy más relajado. Un sujeto con bata blanca me alza la cola, mira por debajo, se levanta y me palmotea el lomo. El procedimiento se llama Inspección ante-mortem, para determinar que no tengo ninguna enfermedad y que estoy en condiciones de morir en esta madrugada. En fila, vamos pasando por una rampa. Ahora camino sereno, con dignidad. Ha llegado mi hora”.

Hasta aquí el diario del novillo.

A qué huele el beneficiadero

En la sala de sacrificio el olor es vomitivo. Es un fuerte olor entre boñiga, herrumbre, sangre y químicos que le produce arcadas a quien no esté acostumbrado. Esto es un beneficiadero pero parece una línea de ensamble de Sofasa. Lámparas blancas, sierras crujientes, golpes de troqueles, rieles en la altura; no hay reses en el piso sacudiéndose mientras se desangran; hay pasillos congestionados de operarios con pesados delantales amarillos, guantes largos, botas industriales y cascos de obra civil. El siguiente novillo ingresa a la plataforma y queda atrapado. Un operario retiene su cabeza en la caja de sacrificio y empuña una pistola neumática de perno. Apoya el cañón entre los ojos del animal y dispara. El perno rompe el hueso frontal, destroza los sesos, pero el animal sigue vivo. Al disparo ese se le llama insensibilización; el novillo está y no está. Es un procedimiento diseñado para el bienestar del animal, para que no se angustie con la idea de la muerte, ni se huela lo que le viene después.

El novillo tiene los ojos abiertos pero no ve, ni se da cuenta en qué momento le amarran una pata trasera y lo levantan cabeza abajo. Está atontado y su corazón aún bombea sangre. La lengua le cuelga, casi tocando el piso. Este procedimiento se llama izamiento. Una vez arriba, avanza por el riel elevado entre el sonido industrial de las poleas, los golpes y las sierras. Más adelante, un operario sostiene el cuchillo vampiro. Este pedazo de metal es un tubo con punta diagonal, conectado a una manguera que va a una bolsa plástica transparente. El operario clava el cuchillo vampiro en la yugular. La sangre roja y caliente empieza a descender por la manguera y se recoge en la bolsa. Con este operario sería imposible una pelea a cuchillo. Finalmente el novillo muere por anemia aguda en aproximadamente diez minutos. No quedan rastros de violencia. Aún así no quisiera que un hindú ingresara a la planta de beneficio, ni llorara las reencarnaciones de su madre y su cuñada.

“Tenemos un proceso muy tecnificado”, me dice el médico veterinario Jorge Mario Escobar, gerente de la Central Ganadera, el beneficiadero de 28 hectáreas fundado en 1954, ubicado en la autopista norte, a 6 kilómetros del centro de Medellín. La usanza de los viejos matarifes consistía en zanjar el cuello sin previa insensibilización. La muerte era traumática. Los novillos perdían el equilibrio, desangrándose a borbotones; caían lanzando patadas y coces, inundando el recinto de sangre. Los novillos sufrían y el organismo, en su agonía, liberaba sustancias que dañaban el sabor y la textura de la carne. Ahora es distinto. El procedimiento de insensibilización fue todo un logro después de muchos años de estar buscando alternativas que mitigaran el sufrimiento del animal. En Medellín, hay grupos de activistas en contra del consumo de carne. No han entendido que es un asunto natural, que comemos carne hace milenios y que los novillos no son mascotas sino bienes de consumo.

La línea de producción

El novillo colgado se desliza por el riel. En la próxima estación de trabajo se despelleja la carne, se apila el cuero, y en la siguiente, se abre la panza en canal. Es un trabajo que requiere un operario con destreza para manejar una poderosa sierra eléctrica que troza los huesos como si se deslizara por un blando y grueso filete. También se necesita cursar en el Sena Operaciones básicas de sacrificio bovino y Buenas prácticas de manufactura, BPM. A los trabajadores se les exige además rasurarse barba y bigote, no portar anillos ni pulseras y mantener las uñas limpias y bien cortadas. Todo esto para cumplir con el decreto 1.500 que regula la oficina del Invima, ubicada dentro del mismo beneficiadero. El operario gana un sueldo de 700 mil pesos mensuales y cubre un turno heroico: de doce de la noche a ocho de la mañana. Lo leímos en el diario del novillo: “La jornada debe hacerse en la madrugada para que los restaurantes tengan carne fresca al mediodía”.

Las regulaciones del Invima obligan a la Central Ganadera a cumplir con las normas de inocuidad y a realizar procedimientos modernos, donde se priorice la muerte digna del animal. La planta tiene capacidad para beneficiar 640 novillos por turno de trabajo; la velocidad del riel es de 80 animales por hora. El doctor Escobar se deleita, como si se tratara de un lomito a la pimienta, con el ritmo de la línea de producción: especialización del trabajo, estandarización de procedimientos, estudios de métodos y tiempos, ergonomía y cero tiempo perdido en cambios de referencia. Si a la sierra de pecho se le parte un tornillo, toda la línea se detiene. La solución: planes de mejoramiento intensivos en el mantenimiento mecánico. Y en verdad el riel elevado, las luces blancas de neón, los operarios uniformados, las estaciones de trabajo, los sonidos de sierras, pistones y golpes, son los mismos que en una fábrica manufacturera.

La diferencia: mientras en Sofasa, a medida que un Renault Logan avanza por el riel, los operarios le adicionan componentes. En el matadero ― el doctor Escobar insiste en que es beneficiadero, pero cada cosa tiene su nombre―, en el matadero, digo, a medida que el novillo avanza, los operarios lo desvalijan. En Sofasa, al final del recorrido, el Logan está ensamblado. En el matadero, al final, no queda nada del novillo. Es desmontado en su totalidad, pieza por pieza.

Y ninguna parte se desperdicia. Con la sangre se produce harina, morcilla, carnes frías y es utilizada en farmacéutica. Con la bilis, laxantes. Con el estiércol, abono orgánico. Con el miembro viril, juguetes para mascotas. Así es, los perros son los que terminan comiéndose el pipí del novillo. Con el intestino delgado se hace la chunchurria de Buenos Aires. Las vísceras del novillo van a dar a la paila de la cocina o son utilizadas como materia prima para los concentrados animales. Nada se desperdicia. El ganado siempre ha sido un excelente negocio. No es gratuito que el oficio de cuidar vacas en corrales se llame ganadero, porque en efecto, quien lo practica, es un indiscutible ganador. Con las patas, se preparan gelatina y colágeno. El cuero va directo a las curtimbres. Con los cachos se producen artesanías y botones porque no creemos, como los chinos, que sean afrodisiacos. La lengua también se come, pero ahora no la ofrecen en las cartas de los restaurantes. No porque sea de mal sabor, sino porque pedirla es un atrevimiento. Imagínense: “Mesero, deme lengua por favor”.

Los cálculos renales son una verdadera fortuna. Cada gramo de estas piedras cuesta más que uno de oro. Aún así, no hay manera de predecir que un novillo tenga en los riñones o en la vesícula biliar, una de estas valiosas perlas orgánicas. Para evitar robos en la Central Ganadera, la mesa de acero inoxidable donde se abren estas vísceras es vigilada por una cámara. Gracias a esa vigilancia se impide que los cálculos vayan a parar en el mercado negro de la Plaza Minorista, donde se comercializan bajo cuerda. Al matadero llega un sujeto con lentes oscuros y un maletín de cuero, compra la mercancía y se larga. Se lleva en promedio 200 gramos al mes. No se sabe qué hace con ellos. Se especula que son materia prima para microcomponentes japoneses, pero debe ser falso porque los cálculos renales se cuidan con celo desde años antes del desarrollo de la electrónica. El asunto es un misterio; ni el doctor Escobar supo contestar la pregunta.

Vale decir, finalmente, que ningún pedazo, ninguna garra, ninguna excrecencia del novillo cae al rio Medellín, y a eso lo llama el doctor Escobar un buen balance ambiental.

Carne en pie, bistec a caballo

La raza más común en Colombia en cuestión de carne es la brahman, descendiente del cebú; es una raza proveniente de la India y que se diferencia del ganado europeo por su giba. El valor del ganado se mide en la masa muscular que se obtiene en el menor tiempo posible. En Colombia, los novillos alcanzan 400 kilos en tres años. En Argentina, las vacas obtienen ese mismo peso en la mitad de tiempo, gracias al tipo de ganado y a la geografía; en las pampas las vacas argentinas pastan con mansedumbre, son extremadamente perezosas y crecen con los músculos flácidos y pulposos. El filete de calidad debe tener un balance entre grasa y músculo. Esa característica se llama marmórea, como las vetas negras en el mármol blanco, las vetas de grasa blanca en la carne roja.

La Central Ganadera no es dueña de ningún novillo; es la intermediaria. El vendedor y el comprador cierran el negocio en los corrales de la Central. Allí se presta el servicio de corral y se facturan $51.400 pesos por cada res beneficiada, además se adiciona un impuesto con el nombre más truculento de todo el estatuto tributario: Impuesto al degüello, de $17.900 pesos por res.

Ahora bien, todo hay que decirlo, en Medellín también comemos caballo. El matadero La Mosca, en el municipio de Rionegro, por ejemplo, sacrifica caballos y su carne se comercializa en restaurantes y carnicerías. Las deliciosas butifarras callejeras, que nos rescatan de las peores borracheras a las tres de la mañana, son producidas con carne de caballo. En realidad, eso no tiene nada de malo. Evitar meterle el diente a los caballos es un tabú y un despropósito. Es un condicionamiento cultural absurdo como el que tienen los judíos contra el cerdo o como el que tienen los hindúes, que se mueren de hambre mientras engordan vacas y ratas pardas. En la Argentina se cultivan caballos y se los comen en jugosos filetes de diez centímetros de ancho. Sirven el filete con un cuchillo desechable de plástico y el trinchete se desliza entre la carne como si fuera mantequilla. Imagínense la delicia.

En Medellín también abunda el mercado negro de carne de caballo. Si a un campesino en San Pedro de los Milagros se le enferma un potro flaco y acabado y no puede recuperarlo, el campesino no pierde. Lo sacrifica, se lo hecha a los hombros y lo baja en moto hasta San Cristóbal. Un distribuidor pirata lo compra, lo estruja en la maleta de su Mazda 323 y lo transporta a una casa de barrio, como tantas otras, donde funcionan mataderos clandestinos con todo su arsenal de neveras, mesas de faena, sierras eléctricas, cuchillos, operarios, y, por supuesto, buenos clientes en carnicerías y restaurantes. ¿Alguna vez se ha preguntado cómo es posible comerse un sabroso menú ejecutivo por $5 mil pesos? Ya sabe la respuesta.

La carne en cifras

Según Acopi, el consumo de carne per cápita por año en Colombia es de 17 kilos. En Argentina, 55. Brasil es el primer exportador de carne a nivel mundial, lo sigue Australia, y Colombia ocupa el décimo puesto. Argentina no está en el primer renglón exportador porque prefieren comerse las vacas que exportarlas. Aún en las peores crisis económicas, los australes siempre han ostentado el título de primer consumidor de carne del mundo.

El pecado de la carne

Desde hace milenios estamos obsesionados con la carne. Punta de anca, tabla, mondongo, churrasco, solomo, hígado, ojos, nalga, lengua. Incluso la iglesia católica le dio un giro metafórico a la lujuria y la llamó de manera gráfica: El pecado de la carne. En la tradición se recomienda la abstinencia de saborear la carne viva y amorosa o jugosa y asada, durante los viernes de cuaresma.

Según el catecismo del padre Astete, esta regulación debe cumplirse entre los 6 y 60 años. Quien esté por fuera de este rango puede mandarse la carne que quiera y no queda en pecado. La iglesia y sus vainas. Es más, hasta hace pocos años, si durante los viernes de cuaresma usted se comía un par de muslos a punta de picos corría el riesgo de quedar pegado a ellos.

El cuadril es la parte externa y trasversal del cuarto trasero de la vaca. Contiene la tabla, la posta, el huevo de aldana y el solomito. Es un culo delicioso. Andrés Calamaro dice en una canción: “Y así suene muy poco sutil, de tu cuadril no me olvido nunca más”.

La carne es un placer. Y un pecado. De gula y de lujuria. Nuestra costumbre es comernos a nosotros mismos. Gracias a ello y a que nos comemos nuestras vacas, esta especie ha sobrevivido por centurias.

¿Qué quieres comer hoy? Cuello, hoy quiero comerte el cuello.

El hombre y los animales

La vida de los animales es un libro de J.M. Coetzee y narra la relación de los humanos con los animales. Paseando por corrales llenos de vacas dice Coetzee: “No he visto horror alguno, no he visto ningún matadero. Sin embargo, estoy seguro de que están ahí. Simplemente no se anuncian al público”. El asunto es: nos encanta la carne pero nos repudia su sistema de producción. En Discovery Channel hemos visto cómo se produce el cereal, la cerveza y el pan, pero nunca veremos el capítulo de la producción cárnica. Es mejor que otro sujeto mate la vaca, y bien lejos. Obvio. La muerte no es asunto para ver. A menos que usted sea lector de Q´hubo. 

por PASCUAL GAVIRIA // Los siete días a la semana, las 24 horas del día dos despachadores se encargan de llenar los termos de 300 tinteras —el 90% son mujeres— que inician sus recorridos con la esperanza de cambiar los brebajes por monedas de 200 contantes y sonantes.

por LUIS MIGUEL RIVAS // No señores: la natilla y el buñuelo no están en el mismo nivel. La primera es un adminículo, una rémora, un complemento. Pero el buñuelo es autosuficiente, autónomo. Creo que la natilla solo existe en función del buñuelo, y prueba de ello es que su preeminencia en la vida cotidiana se circunscribe a un mes en el año.

por FERNANDO MORA MELÉNDEZ // A este noble tubérculo de color amarillo se debe que los índices de hambrientos no perezcan en el intento de coger un colectivo. Y más allá de esto, se trata de una de las golosinas de sal más apetecidas por los mecateros de la urbe.

A uno a veces se le quitan las ganas

por LUIS MIGUEL RIVAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 7 Noviembre de 2009

uno a veces se le quitan las ganas de las cosas. Como ese jueves que andaba con Juan Cañola por el Parque del Periodista y nos dio hambre. Eran las once y media de la noche. Fuimos a la calle Girardot, frente a las licoreras, a una chaza que despacha empanadas y arepas de queso a diestra y siniestra todo el día.

Llegamos a la chaza, pedimos arepas, separamos dos sillas plásticas rojas sin espaldar y nos sentamos ahí mismo, casi sobre la acera, en la entrada de un parqueadero. Pusimos otra silla a manera de mesa de centro y sobre ella las gaseosas y la canasta con las arepas. Es lo que llaman salir a comer en la calle. Saqué la arepa de queso con lecherita de la canasta, la levanté y la contemplé con satisfacción. Representaba la feliz conjunción de cuatro circunstancias que no siempre coinciden:

1. Andaba con un amigo.
2. Nos habíamos trabado.
3. Teníamos la cometrapo.
4. Había plata.

Estábamos hablando con la boca llena de no sé qué tema, cuando llega a la chaza un hombre alto con los cartones de una caja recién desbaratada bajo el brazo, rostro embetunado y una camisa negra que alguna vez no fue negra. Se detiene frente a nosotros. Lo miro mientras me llevo la arepa a la boca. Me mira fijo con un dolor punzante y con un desvalimiento agresivo. Miro pasar los carros, le digo algo a Cañola y al volver la cabeza veo al hombre haciendo notar que me está viendo. Aunque nos separan diez metros tengo la sensación de que lo tengo encima. No me importa su hambre. Me ha dañado la arepa. El dueño de la chaza le grita algo y él vuelve la mirada. Le hablo a Cañola pensando más en mis movimientos que en mis palabras. Vuelvo a la arepa. Levanto la cabeza y veo que el hombre ya no está. Lo veo caminar hacia el Parque del Periodista, silbando, desentendido de nosotros. Siento descanso y por allá en el fondo hasta la extraña sensación de haber sido abandonado.

Doy el segundo mordisco a la arepa y veo cruzar la calle a una rubia trajinada que no hace mucho debió haber sido bella y entera. Se agranda a cada paso, directo hacia nosotros. Nos pide dinero o comida. Con la arepa a medio camino le digo que no hay nada en este momento. Se queda haciendo presencia. No la determinamos y de repente se va. Vuelvo a la arepa, doy dos mordiscos más y paso con la gaseosa.

Cañola empieza a contarme un chiste y yo saboreo la arepa cuando aparece un hombre con cachucha roja y raída, alto y flaco, con la expresión de quien acaba de tomar leche cortada. Lleva media camisa por fuera y tiene un palo de escoba en la mano izquierda. Habla firme y seguro, se le nota la intención de arrasar con la voz. Me extiende la mano y levanta las cejas mirándome como desde arriba.

—Entonces qué peludo.

No le contesto. Me concentro en mi arepa. Sigue con la mano estirada.

—Entonces qué peludo.

Tengo claro que no quiero estrechar una mano a las malas. Solo quiero dar otro mordisco a la arepa. Pero la persistencia de la mano extendida en el vacío está diciendo que negar un saludo es ningunear, ofender. Miro la otra mano con el palo de escoba. Extiendo el brazo malamente.

—Todo bien. ¿Entoes que? ¿Me va a colaborar con algo pa comer?

—No tengo nada, hermano.

Mira, acusador, la arepa, la gaseosa y a mí. Me siento como sorprendido en una vileza. Busco refugio en mi arepa y doy otro mordisco que me sabe maluco. La voz imponente del tipo me dice que tenga la caridad de colaborarle con algo. No levanto la cabeza. Sé que se va a quedar ahí, cada vez más notable, más cerca, hasta que no quede más remedio que darle lo que quiere. Alguien dentro de mí no quiere ceder, no quiere entregarse. Él quiere diezmarme con su asedio. Yo necesito soportar sin ceder. Él tiene la fuerza del que no tiene nada que perder y yo el miedo del que tiene techo, proyectos y gente que lo quiere. No se trata de la arepa. Si me amedrento, pierdo. Si lo vuelvo a mirar o le respondo, pierdo. La solución está en mirarlo derecho y cerrar el asunto diciéndole con firmeza que no tenemos o no podemos o no queremos. Si insiste reiterarle que “no” y decirle que solo queremos estar tranquilos y comernos nuestra arepa en paz. Y si se da el caso estar dispuesto a tropeliar con el tipo, en las condiciones que sea y armado solamente con la fuerza que me dé la rabia. Esa sería la solución si no estuviera amedrentado.

Entonces queda la opción de anularlo por la vía de la indiferencia absoluta. Es difícil porque el hombre se nota demasiado. Me hace una pregunta directa mirando a la gente. Empieza a usar el arma del bochorno. No le contesto. La gente que come de pie en la acera y los que están sentados en las otras sillas plásticas sin espaldar, nos mira. Cuando está diciendo algo relacionado con que por eso es que uno se vuelve malo, giro el cuerpo y nuestras miradas se encuentran. Hay odio puro en esos ojos. Un odio sin fondo que no le cabe en el cuerpo. Tan fuerte que suelta las rabias que yo mantengo amarradas. Somos la misma rabia con ganas de matarse a sí misma. Ninguno de los dos odia realmente a ese desconocido que tiene al frente. Para él yo soy rico. La vida mía que él no tiene le produce odio. Yo tengo rabia porque siento que su dolor daña mi momento. Y porque me ataca, con o sin razones.

Concentro todos mis sentidos en la arepa. Él habla cada vez más fuerte, más dirigido a mí. La arepa se ha enfriado, las palabras son cada vez más ofensivas, la gente nos mira. Estoy a punto de decirle: “Bueno, pida dos empanadas y una gaseosa” y quedarme aplastado con el peso de mi poquedad. Clavo la mirada en el suelo. El hombre sigue hablando en voz alta y de un momento a otro corta su perorata en mitad de una frase. Por un rato solo se escucha el silencio de los carros pasando. Miro de reojo y lo veo alejarse. No entiendo. Tal vez descubrió algo temible en mí. Lo vencí por resistencia, me digo. Alcanzo a sopesar la dimensión de mi fortaleza, la firmeza de mi actitud.

Levanto la cabeza y veo que el tipo de los cartones, que está en la acera opuesta, habla mientras camina para atrás.

—¡No le tirés! ¡No le tirés!

Frente a él avanza un tipo de chaqueta de cuero café y camisa de cuadros metida dentro del pantalón, motilado con la cuchilla número dos de la maquinita. Da pasos seguros como de patrón, mirando al hombre de los cartones, que retrocede. Se nota que le habla en vez de pegarle solo porque hay mucha gente alrededor.

—¡Yo no le tiro a nadie! —le grita al de los cartones pero lo dice para que lo oiga todo el mundo.

Ahora mira hacia el fondo de la calle. El hombre de la cachucha roja se va alejando. El de la chaqueta grita:

—¡Te abrís!

Luego vuelve al hombre de los cartones. Estira la mano y chasquea los dedos.

—¡Vos también te abrís! ¡Aquí no pidás!

El de los cartones da la vuelta y se aleja con pasos rápidos. Más adelante, ya casi en la esquina, se encuentra con el de la cachucha roja que vuelve la cabeza de vez en vez para mirar con odio al de la chaqueta café.

La gente sigue normal, comiendo y conversando. Ahora estoy a solas con mi arepa. No hay nadie que me pida. Miro al hombre de la chaqueta café que está ahí para evitar que nos pidan. Veo a los que se alejan amedrentados: el de la cachucha roja, el de los cartones, la mona trajinada. Van más humillados, más derrotados y con más rabia que siempre y que nunca. El hombre de la chaqueta café camina firme, dando pasos concretos, cabeza levantada, ufano, dueño de sí mismo y de esta cuadra y no sé de cuantas cuadras más. Es solo un tipo, un hombre, pero actúa como si fuera el mensajero de una fuerza más fuerte que él, como si representara la presencia de los dueños de todo. El chasquido de sus dedos y su voz sin matices ni dudas le bastarían para desocupar la cuadra. Y si se le antojara, la ciudad y el país. Descargo en la canasta la arepa sin terminar. La llevamos junto con los envases hasta la chaza. Pagamos y nos vamos.