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Medellín

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de José Sanín.

Número 21 Marzo de 2011

verraco¹.
(Del lat. verres).
1. m. Cerdo padre.


verraco², ca
1.
m. y f. coloq. Cuba. Persona desaseada.
2. m. y f. coloq. Cuba. Persona despreciable por su mala conducta.
3. m. y f. coloq. Cuba. Persona tonta, que puede ser engañada con facilidad.

(Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española)

 

Si usted pronuncia en voz alta la palabra “Medellín”, como si lo hiciera por primera vez, verá que es delgadita, filosa y tiene punta. Hágalo ya: “Me-de-llín”. Chuza, talla, corta. Yo la tengo metida en el centro de las costillas y nunca se me sale por más que me vaya para donde me vaya. Como un dedo punzando el punto donde uno llora. Como si hace mucho tiempo me hubiera tragado una navaja. En los últimos tiempos me la he pasado haciendo todos los esfuerzos para sacarla y limarle el filo.

Me gustaría que ese filo se amellara un poco, que fuera algo que encajara más con las ganas de vivir y reírse. Como veo que le encaja a mucha gente que vive allá. Ya sé que no es un problema de Medellín sino un problema mío. Puede ser que sea una nena, como me decían en la primaria cuando lloraba por todo. Aunque la palabra “Medellín” está hecha de vocales cerradas y suena femenina y frágil, lo que designa es una cosa fuerte, ruda, áspera, con botas que pisan duro. Para varones, para gente pujante, sólida, trabajadora, echada pa’ delante, indolente y optimista, que construye su futuro. Los débiles o se mueren o los matan o asumen una vida humillada o se van de allá.

A mí me llevaron a Medellín cuando tenía siete años, desde Pereira, arrancándome de la sobreprotección de la abuela, de un ambiente de mangas amplias y cañadas delgaditas donde jugábamos comitiva y hacíamos candeladas, para llevarme a ese lugar con un nombre que sonaba a ciudad, a gente más avanzada. Nunca me he podido reponer del todo de ese trasplante abrupto y todavía tengo la sutil sensación de ser una versión contemporánea y masculina de Heidi.

Crecí, entre niños verriondos, a los que les daba pena llorar cuando se caían, que temían a los mayores y que no se metían en las conversaciones de los adultos, que iban a misa y estrenaban en Semana Santa, que sabían desde chiquitos que lo más importante en la vida era ser un verraco. “Este muchacho sí es un verraco”, decía el papá cuando un niño se golpeaba y se hacía el que no le había dolido.

Y allá, en Envigado (vista de afuera, Medellín es el barrio principal de esa gran ciudad compuesta por Sabaneta, Caldas, Envigado, Bello, Copacabana, Girardota, La Estrella e Itagüí. O sea que Medellín además de ser la capital de Antioquia es la capital de Medellín), oí hablar con admiración del primer “verraco”: Mario Cacharrero. Era el año de 1976 y el nombre lo mencionó El Mellizo, hijo de un camionero de la esquina de mi casa, que con sus diez años se imponía pisando duro, mantenía un palillo en la boca y decía que él era como Mario Cacharrero. De El Mellizo oí por primera vez la palabra “mafioso”. Decía que él era un “mafioso”, como uno decía que era Supermán o el arquero de la selección Colombia. Y yo me imaginaba una especie de mago, pero con ruana en vez de capa, carriel en vez de maletín y con el poder de hacer aparecer y desaparecer cosas. Luego comprobé que era tal cual, pero de otro modo. Mario Cacharrero comerciaba con marihuana y ganaba cantidades inconmensurables de plata que le permitían hacer magia. Todo el mundo lo quería y lo respetaba. Quién en el mundo no quiere a los magos. Y quién en Medellín no quiere al que tenga plata.

Años más tarde conocí al otro gran verraco: Pablo Escobar. Pasaba por la casa en medio de una caravana de carros, siempre con un mundo de amigos más grandes que él, que se notaba que lo querían mucho porque no lo descuidaban un solo instante. A veces alguien decía: “Pablo Escobar está en la esquina de La Escuadra repartiendo plata” y el partido de fútbol se acababa y quedaba uno solo con el balón en mitad de la calle. Pablo fue al barrio a entregarnos una cancha de baloncesto sobre rodachines y tengo la imagen de él como un hombre muy amable dándole la mano al presidente de la acción comunal y diciéndonos: “Muchachos háganle pa’delante que ustedes son el futuro del país”. Él era el presente de ese momento. A los amigos con los que yo jugaba en esa cancha, el futuro no les duró mucho.

A Pablo lo adoraban en todo Medellín: los alcaldes, los gobernadores, los políticos, los empresarios, los curas, toda la gente honesta y trabajadora y emprendedora. El sottovoce siempre ha dicho que un alcalde de Envigado, por ejemplo, era súper amigo de él y juntos formaron un organismo de seguridad para proteger a los habitantes del municipio. A los ciudadanos que ellos consideraban que le hacían mal a los otros ciudadanos los mandaban matar y los tiraban en Las Palmas o en las cañadas. Se llamaba Seguridad y Control y en esa época no atracaban a nadie en Envigado y casi ni bazuqueros había, a excepción de los hijos de las familias de los ciudadanos que mataban a los otros. Me acordé mucho de esa época hace año y medio cuando entré a la Alcaldía de Envigado y vi el cuadro de ese alcalde expuesto entre los próceres del municipio. No me pareció muy equitativo que los créditos de toda esa prosperidad y seguridad que consiguió Envigado en los últimos años se los llevara sólo el alcalde, teniendo en cuenta que Pablo aportó tanto.

De ahí para adelante y para atrás ha habido muchos verracos en Medellín. Y siempre habrá uno. Todos los hemos conocido. Son vecinos y familiares nuestros. Es una cosa del modo de ser de la ciudad. Como la obsesión por el trabajo, como la santidad de la cucha, como el desprecio a los débiles, como el aseo por encima de todo… y como esa rabia ciega y honda que siempre se ha confundido con un carácter fuerte. De hecho, para uno ser verraco tiene que tener mucha rabia. La rabia es el poder. Yo no sé de dónde surgió la primera rabia. Esa que fue creciendo geométricamente, diseminándose por la geografía, extendiéndose en el tiempo, filtrándose en la tierra, ramificándose en los árboles genealógicos, permeando los pliegues del cerebro y del alma de todas las personas, incluso de la gente que no tendría razones para tenerla y que ni siquiera sabe que la tiene.

La otra vez tomé un taxi en una estación del metro y el conductor estaba todo asustado porque venía de llevar al hospital a un compañero al que lo había mordido una rata. La rata había salido de la alcantarilla y, cuando cinco taxistas la persiguieron para matarla, no huyó como es costumbre sino que se les enfrentó mirándolos a través de unos ojos ensangrentados de odio que los hombres no se esperaban ni habían visto nunca. Saltó sobre el amigo del taxista, le hirió la cara y siguió retando a los demás, que escaparon aterrorizados pensando que habían visto al diablo en persona. La rata volvió a la alcantarilla lanzando chillidos. Mientras el taxista me contaba esa historia yo pensaba en toda la rabia que hay apresada en las alcantarillas. En la gente de Medellín y de su capital. En las alcantarillas de la mente. Y recordaba esa rabia escondida, tapada, contenida, que hierve en las cloacas y que tantas veces he percibido en la cara del que pide limosna, en el gesto del que la da, en la mirada de los muchachos de la esquina, en el rictus de los jubilados, en la voz de los taxistas, en los chismes de las viejitas, en el tono de los que hablan de política, en los chistes de los oficinistas, en las amonestaciones de las madres, en el silencio de los indígenas, en la genuflexión de la muchachas del servicio, en la mirada del subalterno, en el gesto del jefe, en el consejo del cura, en las palabras del periodista, en la voz del que protesta, en la firmeza del que calla y en los gestos más amables de la gente más buena… en las calles, en las oficinas, en el metro, en las fábricas, en la casas, en los rostros de los ricos, de los pobres, de la clase media. Pero también la he visto en el espejo, en la cara del que creció viendo todas esas rabias.

No hace mucho caminaba por una calle de Buenos Aires, Argentina, y en una esquina crucé mirando el semáforo peatonal en verde. Sentí el rugido de un bus a mis espaldas pero seguí impertérrito sabiendo que las señales de tránsito me daban la razón. Al llegar al otro lado escuché un pito fuerte e insistente. Giré y vi que el chofer había detenido el bus en media vía y sacaba la cabeza por la ventanilla para mirarme fijo mientras hacia esa típica señal argentina que consiste en juntar todos los dedos de la mano tocándose las yemas, apuntando hacia cielo y moviendo el conjunto abajo y arriba para expresar un mensaje claro: “boludo”, “huevón”. La persona que era yo y que había amanecido sonriente y plácida fue eliminada por ese gesto y abruptamente salió de mi alcantarilla un tipo que estaba viviendo en mí sin haberme avisado. Más que una persona era un punto chiquito, ciego e incandescente en el que se comprimía toda la rabia del mundo, pero a la colombiana, ligada a la idea de matar. El tipo que había en mí giró mi cuerpo y caminó como una bestia hacia el bus gesticulando y gritando: “¡Entonces qué gonorrea! ¿te vas a hacer matar o qué?” y mandándose las manos a la pretina de un pantalón en el que sólo reposaban unas cuantas monedas. Ese tipo de verdad quería matar al chofer, así el otro no fuera capaz de hacerlo. El bus arrancó despacio, el tráfico volvió a su cauce y el tipo de adentro mío desapareció abruptamente como había llegado, dejándome solo, sin energías y con espasmódicos rezagos de ira y vergüenza. Respiré hondo, traté de pensar un poco y en ese momento me di cuenta de que ser colombiano no es una nacionalidad sino una enfermedad mental. Y que ser antioqueño es estar enfermo y convencido de la sanidad de uno y de la enfermedad de los otros. Seguí caminando con ganas de llorar y de matar, sin querer hacer ninguna de las dos cosas y dándome cuenta que váyase para donde se vaya uno no puede dejar de ser de donde es.

A veces me preguntan: “¿A qué te viniste acá?”, y yo sólo sé contestar: “A no estar allá”. Una nena, un cobarde. Un tipo que se persigue delante de él. A veces pienso que no quisiera volver, que quisiera quedarme en otro lugar donde me aleje de mí. Y luego regresar. Volver cuando Medellín sea distinta, cuando haya cambiado, porque no tengo tanto arraigo ni tanto valor como para morir allí tratando de convertirla en lo que sueño. Pero una ciudad y un país también deberían permitir que las nenas y los débiles vivan en su territorio y busquen la felicidad a su manera. Me gustaría mucho que Medellín quedara en los otros lugares a donde me voy huyéndole. Pero que no fuera ella, que no fuera su aguardiente para pelear, ni sus caballos para ostentar, ni sus mujeres para mostrar, ni su prepotencia, ni su pujanza ni su verraquera. Que me dejara de chuzar tanto por dentro para poder quererla con toda esta rabia que le tengo.

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Mi vida como sospechoso

por LUIS MIGUEL RIVAS • Ilustración de Cachorro

Número 63 Marzo de 2015

Fue a finales de los años ochenta cuando descubrí que tenía cara de sospechoso. Antes ni me había enterado. Una de dos: o siempre fui sospechoso y no me lo decían y desconfiaban de mí a mis espaldas (alguna vez le pregunté a mi madre: Mamá, decime sinceramente: ¿Yo te parezco sospechoso? y ella solo contestó con un movimiento lateral de la cabeza, sin ningún énfasis ni apoyo verbal), o fue precisamente en esa época de finales de los ochentas de la que les hablo, cuando eclosionó en mí, sorpresiva e irremediablemente, esta extraña condición de presunto implicado, instaurando a mi alrededor un aura de suspicacia que no me abandona nunca. Soy el que siempre sacan de la fila para una requisa exhaustiva, el que arrastra tras de sí a los vigilantes en los supermercados, el único del grupo al que la autoridad le pide los documentos, a quien los de la aduana le revisan con jeringa la caja de aguardiente, al que apuntan todos los indicios del jarrón quebrado, el terrorista que no lo sabe, el supuesto ladrón. El culpable a priori. A tal punto y desde hace tanto tiempo que he terminado identificándome con esa condición y a veces me sorprendo pidiendo disculpas a la gente por cosas que no hice e incluso por lo que ni siquiera se me ha pasado por la cabeza que podría hacer, pero que los demás están seguros que sería capaz de hacer, dada mi aura, supongo.

Esa vez de finales de los ochenta estaba en Bogotá con mi compañero de universidad William Rodríguez; nos acercábamos a las instalaciones del hoy inexistente periódico conservador La Prensa (en cuya desaparición, aclaro, no tuve nada que ver) para conocer cómo funcionaba un diario capitalino, y con base en esa información preparar una exposición para la clase de periodismo. Llevábamos nuestros morrales con las cámaras fotográficas y un estuche largo con el trípode, que yo cargaba en bandolera; nos dirigíamos contentos, casi con pasos saltarines, a la sede de semejante templo de la objetividad periodística, cuando un tipo de cachucha cruzó por nuestro camino con un radioteléfono pegado a la boca y dijo algo en clave mientras nos miraba. Seguimos caminando sin comprender y sin darle importancia cuando apareció un carro lleno de policías que se tiraron del vehículo como si estuvieran desembarcando en Normandía y nos gritaron: “¡Quietos!”, como si hubiéramos acabado de robar un banco. Dijeron que tiráramos nuestras cosas al suelo y levantáramos las manos. Nos miraban con prevención y rabia (y en el fondo de sus ojos parpadeaba la satisfacción de haber materializado sus innumerables terrores abstractos en las figuras de dos pobres diablos concretos). Cuando comprobaron que a pesar de ser jóvenes, hablar paisa y llevar un estuche largo en bandolera no éramos dos de los sicarios que Pablo Escobar estaba mandando cada tanto a Bogotá para matar personas poderosas y hacer atentados, se tranquilizaron (y en el fondo de esa tranquilidad había como una decepción) y nos dejaron ir. El impacto fue tan fuerte que es la situación que más recuerdo en mi carrera como sospechoso. Fue en ese momento cuando me hice consciente de mi condición. Pero el asunto venía de antes.

Previo a mi viaje a Bogotá hubo una época en la que la policía hacía redadas en Medellín para levantar jóvenes. No era sino que usted fuera joven y caminara por la calle y ya era sospechoso. A unos amigos y a mí nos levantó la policía una vez y nos llevaron a una pesebrera que había pertenecido a los Ochoa. Esa noche el local que había servido para domar caballos estaba repleto de jóvenes y jóvenes y jóvenes, apiñados como bestias, detenidos por no tener más edad. Es que Pablo hizo la guerra a punta de jóvenes. Matándolos, mandándolos a matar y mandando a que se mataran entre ellos. ¿Cómo sería esto hoy en día si todos esos jóvenes no se hubieran muerto? (En el otro mundo debe haber un barrio que se llama Medellín sin tugurios… y sin jóvenes). En esa época el gobierno les tenía mucho miedo a los muchachos de Pablo y por ellos chupábamos todos. Todos éramos sospechosos. Y en realidad cualquiera de nosotros podría haber hecho lo peor o podría llegar a hacerlo. Todos éramos lo mismo por muy distintos que fuéramos. Varios amigos míos se volvieron sicarios o mafiosos. Yo también hubiera podido porque yo también era ellos. Pero la verdad fue que nunca me ofrecieron. Habría aceptado esa única oportunidad que teníamos los chicos de mi contexto para rasguñar un poco de autoestima y respeto y arrebatarle una pizca de sentido a una vida que no nos pertenecía. Pero creo que no me vieron cualidades. O sea que yo no fui mafioso fue por falta de oportunidades.

Años después, pasado el 2000, hubo una época en la que los policías de Envigado se enamoraron de mí. Iba, por ejemplo, caminando por una calle, absorto en mis audífonos, y un dedo en el hombro me hacía detener y dar vuelta para encontrarme con un policía que se disponía a pedirme papeles y requisarme; estaba sentado en el parque principal del pueblo, tranquilo en medio de la multitud, y aparecía una patrulla de la que se bajaban dos policías avanzando con determinación y firmeza hacia el lugar específico en que yo me encontraba, para pedirme papeles y requisarme; me estaba comiendo un helado y llegaba un agente a pedirme papeles y a requisarme; volvía a casa por la noche y aparecía un policía a pedirme papeles y a requisarme.

Terminé acostumbrándome a las requisas hasta el punto de extrañarlas. Una noche iba caminando por esa acera larga que hay entre la estación Envigado y el Éxito y vi que una moto de la policía se detenía delante de mí, a unos cinco metros; mientras los agentes se bajaban llegué a su lado, levanté las manos y me dispuse a la rutina. Pero los policías no me determinaron. Esperé con las manos arriba para salir de una vez del asunto, pero voltearon y me miraron extrañados.

—¿Qué le pasa pelao? —me dijo el policía bajito y churrusco que venía manejando la moto.

—¿No me van a requisar?.

—¡¿Usted fue que se engüevonó o qué?! ¡No ve que estamos haciendo un retén! ¡Muy gracioso maricón! ¡Te abrís, te abrís! —gritó el otro.

Me abrí. Caminé hasta mi casa sintiéndome, por primera vez en mucho tiempo, liviano, puro, inocente, fuera de sospecha. Esos policías iban a detener a otros sospechosos que andaban en carros y en motos y que no eran yo. Y me fui pensando que el enamoramiento de los policías no era exclusividad mía sino patrimonio de un sector de la sociedad representada por los ciudadanos que no tenían plata o poder o un patrón poderoso y que por alguna señal externa (la ropa, el aire descarriado, la falta de higiene, la carencia de rumbo fijo, los modos de barrio, los prejuicios del tombo), ameritaban sospecha. Cualquiera que tuviera cara de ser capaz de orinar en la calle o fumarse un bareto en un parque podría también ser un delincuente y era susceptible de ser detenido para que de pronto no lo fuera a hacer; “se lo llevaron por intento de sospecha”, decíamos nosotros. Así los policías podían gastar sus energías y el presupuesto de la Nación buscando sospechosos menores para poder dejar tranquilos a los verdaderos culpables de todo que eran los jefes de sus jefes, los dueños del pueblo y del departamento y del país, quienes jamás de los jamases llegarían a ser considerados como sospechosos porque eran ellos los que determinaban quiénes eran dignos de sospecha.

Y más atrás, mucho antes de los policías y de Pablo Escobar, la primera persona que me empezó a ver como sospechoso fui yo mismo; en los primeros años de primaria, en el colegio La Salle, por intermedio del hermano Horacio. Él nos explicaba, enfática y redundantemente, que todos nacimos siendo pecadores porque Adán y Eva habían pecado y que por tanto de entrada ya veníamos a este mundo sucios, malintencionados, merecedores de desconfianza. Y su insistencia en el asunto era casi una conminación a cultivar como virtud ese ánimo achicopalado del culpable, del perro apaleado, del sí señor agente, para que Dios y el rector del colegio y nuestros padres y el alcalde de Envigado y Pablo Escobar o cualquiera que tuviera el poder en ese momento nos quisiera más. O no nos matara.

Y si fuera aún más atrás en la historia de mi condición sospechosa tendría que ir a la historia de mi madre y a la de los padres de mi madre y esto se volvería una historia de Colombia que nos llevaría hasta los tiempos de la conquista. Lo cierto es que nunca me pude explicar por qué, si todos éramos culpables, solo había un sector de la población a quienes nos lo recordaban con tanto énfasis, hasta tatuárnoslo en el alma; y otro sector que parecía desconocer esa doctrina pero que de todas maneras la cultivaba para seguir tatuándosela en el alma a los sospechosos de siempre.

Aunque de nada me ha servido intentar comprender esas cosas porque de todas maneras me siguen requisando en todas partes. Este artículo, por ejemplo, lo empecé a escribir en mi cabeza, mientras los agentes de inmigración en el aeropuerto se tomaban su tiempo para sacar y revisar concienzudamente, una a una, las cosas que contenía mi maleta (descubriendo prendas que no me acordaba haber empacado y hasta encontrando cosas que daba por perdidas, como unas medias de rombos que no había vuelto a ver). Sí, después de tanta historia, a estas alturas sigo siendo el que soy sin poder ser otra cosa: el de la fila de las requisas, el foco de la mirada oblicua de los celadores, el bocadillo del policía que justifica su día, el emoticón que la gente de bien le puso a sus pavores sin nombre. Uno más de los millones de sospechosos que caminamos por las calles de las ciudades y que seguiremos siendo objeto del recelo hasta que se reconozcan los verdaderos culpables que todos conocemos.

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Luis Miguel Rivas

Luis Miguel Rivas

Luis Miguel Rivas

por LUIS MIGUEL RIVAS // Ustedes no saben lo que es oír el nombre de uno saliendo de ahí, de la radio. O sea, que las palabras con las que a uno lo bautizaron las esté escuchando todo el mundo en todas partes: “Un saludo para Manuel, ‘El Muelas’”. Uno como que existe más, uno es más grande que uno. A uno lo están diciendo en la radio.

por LUIS MIGUEL RIVAS // No señores: la natilla y el buñuelo no están en el mismo nivel. La primera es un adminículo, una rémora, un complemento. Pero el buñuelo es autosuficiente, autónomo. Creo que la natilla solo existe en función del buñuelo, y prueba de ello es que su preeminencia en la vida cotidiana se circunscribe a un mes en el año.

A uno a veces se le quitan las ganas

por LUIS MIGUEL RIVAS • Fotografía de Juan Fernando Ospina

Número 7 Noviembre de 2009

uno a veces se le quitan las ganas de las cosas. Como ese jueves que andaba con Juan Cañola por el Parque del Periodista y nos dio hambre. Eran las once y media de la noche. Fuimos a la calle Girardot, frente a las licoreras, a una chaza que despacha empanadas y arepas de queso a diestra y siniestra todo el día.

Llegamos a la chaza, pedimos arepas, separamos dos sillas plásticas rojas sin espaldar y nos sentamos ahí mismo, casi sobre la acera, en la entrada de un parqueadero. Pusimos otra silla a manera de mesa de centro y sobre ella las gaseosas y la canasta con las arepas. Es lo que llaman salir a comer en la calle. Saqué la arepa de queso con lecherita de la canasta, la levanté y la contemplé con satisfacción. Representaba la feliz conjunción de cuatro circunstancias que no siempre coinciden:

1. Andaba con un amigo.
2. Nos habíamos trabado.
3. Teníamos la cometrapo.
4. Había plata.

Estábamos hablando con la boca llena de no sé qué tema, cuando llega a la chaza un hombre alto con los cartones de una caja recién desbaratada bajo el brazo, rostro embetunado y una camisa negra que alguna vez no fue negra. Se detiene frente a nosotros. Lo miro mientras me llevo la arepa a la boca. Me mira fijo con un dolor punzante y con un desvalimiento agresivo. Miro pasar los carros, le digo algo a Cañola y al volver la cabeza veo al hombre haciendo notar que me está viendo. Aunque nos separan diez metros tengo la sensación de que lo tengo encima. No me importa su hambre. Me ha dañado la arepa. El dueño de la chaza le grita algo y él vuelve la mirada. Le hablo a Cañola pensando más en mis movimientos que en mis palabras. Vuelvo a la arepa. Levanto la cabeza y veo que el hombre ya no está. Lo veo caminar hacia el Parque del Periodista, silbando, desentendido de nosotros. Siento descanso y por allá en el fondo hasta la extraña sensación de haber sido abandonado.

Doy el segundo mordisco a la arepa y veo cruzar la calle a una rubia trajinada que no hace mucho debió haber sido bella y entera. Se agranda a cada paso, directo hacia nosotros. Nos pide dinero o comida. Con la arepa a medio camino le digo que no hay nada en este momento. Se queda haciendo presencia. No la determinamos y de repente se va. Vuelvo a la arepa, doy dos mordiscos más y paso con la gaseosa.

Cañola empieza a contarme un chiste y yo saboreo la arepa cuando aparece un hombre con cachucha roja y raída, alto y flaco, con la expresión de quien acaba de tomar leche cortada. Lleva media camisa por fuera y tiene un palo de escoba en la mano izquierda. Habla firme y seguro, se le nota la intención de arrasar con la voz. Me extiende la mano y levanta las cejas mirándome como desde arriba.

—Entonces qué peludo.

No le contesto. Me concentro en mi arepa. Sigue con la mano estirada.

—Entonces qué peludo.

Tengo claro que no quiero estrechar una mano a las malas. Solo quiero dar otro mordisco a la arepa. Pero la persistencia de la mano extendida en el vacío está diciendo que negar un saludo es ningunear, ofender. Miro la otra mano con el palo de escoba. Extiendo el brazo malamente.

—Todo bien. ¿Entoes que? ¿Me va a colaborar con algo pa comer?

—No tengo nada, hermano.

Mira, acusador, la arepa, la gaseosa y a mí. Me siento como sorprendido en una vileza. Busco refugio en mi arepa y doy otro mordisco que me sabe maluco. La voz imponente del tipo me dice que tenga la caridad de colaborarle con algo. No levanto la cabeza. Sé que se va a quedar ahí, cada vez más notable, más cerca, hasta que no quede más remedio que darle lo que quiere. Alguien dentro de mí no quiere ceder, no quiere entregarse. Él quiere diezmarme con su asedio. Yo necesito soportar sin ceder. Él tiene la fuerza del que no tiene nada que perder y yo el miedo del que tiene techo, proyectos y gente que lo quiere. No se trata de la arepa. Si me amedrento, pierdo. Si lo vuelvo a mirar o le respondo, pierdo. La solución está en mirarlo derecho y cerrar el asunto diciéndole con firmeza que no tenemos o no podemos o no queremos. Si insiste reiterarle que “no” y decirle que solo queremos estar tranquilos y comernos nuestra arepa en paz. Y si se da el caso estar dispuesto a tropeliar con el tipo, en las condiciones que sea y armado solamente con la fuerza que me dé la rabia. Esa sería la solución si no estuviera amedrentado.

Entonces queda la opción de anularlo por la vía de la indiferencia absoluta. Es difícil porque el hombre se nota demasiado. Me hace una pregunta directa mirando a la gente. Empieza a usar el arma del bochorno. No le contesto. La gente que come de pie en la acera y los que están sentados en las otras sillas plásticas sin espaldar, nos mira. Cuando está diciendo algo relacionado con que por eso es que uno se vuelve malo, giro el cuerpo y nuestras miradas se encuentran. Hay odio puro en esos ojos. Un odio sin fondo que no le cabe en el cuerpo. Tan fuerte que suelta las rabias que yo mantengo amarradas. Somos la misma rabia con ganas de matarse a sí misma. Ninguno de los dos odia realmente a ese desconocido que tiene al frente. Para él yo soy rico. La vida mía que él no tiene le produce odio. Yo tengo rabia porque siento que su dolor daña mi momento. Y porque me ataca, con o sin razones.

Concentro todos mis sentidos en la arepa. Él habla cada vez más fuerte, más dirigido a mí. La arepa se ha enfriado, las palabras son cada vez más ofensivas, la gente nos mira. Estoy a punto de decirle: “Bueno, pida dos empanadas y una gaseosa” y quedarme aplastado con el peso de mi poquedad. Clavo la mirada en el suelo. El hombre sigue hablando en voz alta y de un momento a otro corta su perorata en mitad de una frase. Por un rato solo se escucha el silencio de los carros pasando. Miro de reojo y lo veo alejarse. No entiendo. Tal vez descubrió algo temible en mí. Lo vencí por resistencia, me digo. Alcanzo a sopesar la dimensión de mi fortaleza, la firmeza de mi actitud.

Levanto la cabeza y veo que el tipo de los cartones, que está en la acera opuesta, habla mientras camina para atrás.

—¡No le tirés! ¡No le tirés!

Frente a él avanza un tipo de chaqueta de cuero café y camisa de cuadros metida dentro del pantalón, motilado con la cuchilla número dos de la maquinita. Da pasos seguros como de patrón, mirando al hombre de los cartones, que retrocede. Se nota que le habla en vez de pegarle solo porque hay mucha gente alrededor.

—¡Yo no le tiro a nadie! —le grita al de los cartones pero lo dice para que lo oiga todo el mundo.

Ahora mira hacia el fondo de la calle. El hombre de la cachucha roja se va alejando. El de la chaqueta grita:

—¡Te abrís!

Luego vuelve al hombre de los cartones. Estira la mano y chasquea los dedos.

—¡Vos también te abrís! ¡Aquí no pidás!

El de los cartones da la vuelta y se aleja con pasos rápidos. Más adelante, ya casi en la esquina, se encuentra con el de la cachucha roja que vuelve la cabeza de vez en vez para mirar con odio al de la chaqueta café.

La gente sigue normal, comiendo y conversando. Ahora estoy a solas con mi arepa. No hay nadie que me pida. Miro al hombre de la chaqueta café que está ahí para evitar que nos pidan. Veo a los que se alejan amedrentados: el de la cachucha roja, el de los cartones, la mona trajinada. Van más humillados, más derrotados y con más rabia que siempre y que nunca. El hombre de la chaqueta café camina firme, dando pasos concretos, cabeza levantada, ufano, dueño de sí mismo y de esta cuadra y no sé de cuantas cuadras más. Es solo un tipo, un hombre, pero actúa como si fuera el mensajero de una fuerza más fuerte que él, como si representara la presencia de los dueños de todo. El chasquido de sus dedos y su voz sin matices ni dudas le bastarían para desocupar la cuadra. Y si se le antojara, la ciudad y el país. Descargo en la canasta la arepa sin terminar. La llevamos junto con los envases hasta la chaza. Pagamos y nos vamos.