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Los gitanos de Itagüí

Archivo Fotográfico BPP

Número 102 Noviembre de 2018

En la memoria de muchos aún estarán los gitanos de Itagüí. Habitaban un descampado amplísimo, no lejos de lo que hoy es la Central Mayorista, colmado de tiendas como si estuvieran de paso, aunque vivían allí de manera permanente. Habían aparecido hacia el final de la década del cuarenta, tal vez como resultado de los grandes éxodos europeos hacia Suramérica durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Se instalaron y siempre vivieron en calma, aunque los acompañó la sospecha heredada que todos los pueblos del mundo suelen tener de los gitanos: tramposos y raponeros. Y en efecto las lenguas flojas de acá les endilgaron lo de siempre, y, como si fuera poco, le sumaron el robo de niños. Pero no era verdad; solo eran distintos. Hacían la vida trabajando metales, en especial calderos y pailas de cobre, y más tarde se convirtieron en negociantes de mulas y ganado.

Desde luego —qué tal que no— también leían la mano. A las mujeres, que eran fáciles de reconocer por las faldas y los pañuelos —los hombres iban más en ropa de paisano—, se les veía a menudo en el Centro de Medellín, sobre todo andando por Junín. Con mucho poder de persuasión conseguían que los peatones les dieran pesos a cambio de contarles el futuro que tenían labrado en los surcos y las líneas de la palma de la mano. El asentamiento gitano de Itagüí se volvió tan permanente que las toldas se tornaron en casas y el descampado en un barrio, que se llamó Santa María y fue famoso. Las cifras hablan de hasta tres mil personas. Pero con el tiempo las familias originales se mezclaron en matrimonios y uniones con locales, y durante la década del noventa los gitanos empezaron a abandonar Santa María en un proceso natural de dispersión que se extendió hasta principios de este siglo. Se trasladaron a otros sectores del valle de Aburrá, especialmente a Envigado, donde aún vive un pequeño enclave gitano amparado y reconocido como minoría étnica.

Gabriel Carvajal. Sin fecha. Archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto

Gaitán en Medellín

Archivo Fotográfico BPP

Número 96 Mayo de 2018

Fotografía de Gabriel Carvajal, 1947.

El pasado abril se cumplió un aniversario redondo de la muerte del Caudillo: setenta años hace que asesinaron a balazos a Jorge Eliécer Gaitán en una esquina del centro de Bogotá, aún no se sabe por qué ni por quién, aunque en el fondo sí se sepa. El caso es que la fecha permitió que una oleada de fotografías de Gaitán vivo, muerto, y de la capital incendiada durante el Bogotazo, inundara periódicos y revistas. Lo interesante de ver una vez más esas imágenes, que ya hemos visto tanto, es que nos recuerdan un punto de giro nacional: los historiadores se han puesto de acuerdo en que ese 9 de abril comenzó La Violencia. Pero además forman parte de eso que los sicólogos, los sociólogos y los antropólogos llaman memoria colectiva, y que no es otra cosa que un puñado de imágenes incrustadas en nuestra psiquis, en las que nos reconocemos todos. Tanto que de eso hicieron un billete —el de mil, con Gaitán arengando al pueblo, aunque ya va de salida—. En el archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un par de tomas de Gaitán que lo muestran de visita en Medellín, y no dejan de ser insólitas en tanto casi toda la iconografía gaitanista ocurre en Bogotá. En la primera, de 1946, aparece interpretando su rol de caudillo: gritando “a la carga”, “yo no soy un hombre soy un pueblo”, “si muero vengadme”, sus frases de batalla contra lo que él llamaba la oligarquía. Lo curioso es que la toma parece ser en el Club Unión. La segunda, disparada en 1947, lo muestra en el Aeropuerto Olaya Herrera, compartiendo con sus partidarios. Sin embargo, todo en él es distinto: el traje blanco, el pañuelo que sobresale, las gafas de lentes oscuros, el pelo peinado hacia atrás, y el gesto de seguridad en la cara le confieren más la apariencia de una estrella de cine que la de un segundo comunero.

Fotografía de Gabriel Carvajal, 1947.