En un diminuto cuarto con la oscuridad del laberinto gotean por las piernas de un muchacho de veintiún años las babas de un hombre sombra que devora su culo como si fuera un manjar. El muchacho alza su mirada buscando su reflejo en el espejo del techo, pero a medida que la respiración se agita el vapor que exhala su cuerpo llena el cuarto y la imagen de su rostro se empaña poco a poco hasta desaparecer. Después de unos minutos de intensos gemiditos, el muchacho, bañado en sudor, termina por venirse a chorros sobre el piso. Toma aire agitado y después de un momento, aún con la lengua del hombre sombra en su culo, se apresura a subirse el jean, mientras le dice sin mirarle a la cara: “Parce, voy a salir ya”.
En Medellín comienza a anochecer a las 6:30 de la tarde, pero en Men´s club siempre está oscuro. A excepción de unos austeros rayos de sol que alcanzan a entrar a algunas zonas del laberinto y el patio, pareciera que siempre es noche cerrada. En el atardecer, a medida que la luz amarilla del día se va extinguiendo al ritmo de los largos sets de electrónica, las luces rojas y azules comienzan a imponerse cegando a quien las mira y la oscuridad termina por cubrir totalmente el lugar.
Men´s abrió en 1991. Siempre ha estado ubicado en el Centro de Medellín, entre las calles Argentina y Perú sobre Girardot, en un edificio de tres pisos que por sus capas de pintura agrietadas y las ventanas selladas da la impresión de ser una vieja bodega o estar abandonado. Pese a esto, cada tanto, en una secuencia apresurada se ve cómo un hombre atraviesa la cuadra de prisa, toca el timbre ansioso y la puerta metálica se abre, dejando ver un destello de luz roja en el interior, un faro.
Al igual que todos, me detengo ante la reja gris y toco el timbre. Unos segundos después abre la puerta un hombre de unos cincuenta años; lleva un gesto de desgano, enmarcado en sus ojos apagados que se asoman a través de unos lentes cuadrados. Entonces anuncia: “Hoy es parche sin camisa”. Me guía a un cuarto, cubierto de lockers, de donde proviene la ráfaga de luz roja. Me entrega unas llaves y un candado. “Guarde la camisa”, me indica. Yo aún sin pronunciar una sola palabra, me quito la camisa y la meto al locker. “Son diez mil pesos”, es lo último que me dice. Después de entregarle el dinero lo sigo a través de una segunda puerta. Al entrar, me da la bienvenida el estridente sonido de la música a cargo de bandas iconos de la electrónica como los son Claptone, Hercules & Love Affair, Salumon y Daft Punk. Me encuentro con lo que antes debió ser el patio de una casa, ahora reformado en un pequeño bar, incrustado en una ventana. Al fondo una sala inspirada en el movimiento pop art, muebles tapizados con fotografías de Elvis Presley y marines americanos. En el techo, colgadas desde el tercer piso, están suspendidas ocho esferas de espejos que se pueden ver desde cada nivel del club.
La sala sirve de lobby para explorar una voluminosa colección de libros de porno y de arte erótico homosexual, con títulos como: Él y el otro. Homohistorias y My buddy, un compendio de fotografías homoeróticas de la segunda guerra mundial.
Al tiempo, en un televisor rojo de manivela de al menos hace cuatro décadas se reproduce a blanco y negro una escena porno gay de los ochenta que nadie mira. Porque en el primer piso, a excepción de algunos clientes que lo visitan de paso el bar para comprar cervezas, cigarrillos o condones, no suele tener mucho movimiento.
Una escalera en espiral lleva al segundo piso. Hay dos ventanales gigantes, en donde algunos visitantes, atentos al sonido aturdidor del timbre, posan la mirada sobre la puerta, a la espera de nuevas presas.
A la derecha se encuentra un cuarto que recrea una tienda de video porno; algunos de los títulos ofrecidos son Los hombres grandes también comen culo, Sorpresa cremosa, ocho horas de hombres amando la verga, Amantes del pene, Doble ataque militar y Pai de crema.
En un televisor gigante se reproduce la escena de un negro siendo cabalgado sobre un sillón rojo por un joven rubio. En la habitación hay un hombre sombra, que alterna la mirada entre el televisor y la pantalla del celular, observando en silencio, a la expectativa de quienes llegan.
Al lado izquierdo, detrás de una cortina negra, aparece una minisala de cine, nueve sillas revestidas con tela roja brillante. Las paredes están tapizadas por carteles que anuncian los “iconos del porno gay”: “Al Parker 70s”, “Rick Donovan 80s”, “Ryan Idols 90s”. En la pantalla del cine se proyecta la selección de la casa. En el momento un hombre de cabello largo se mece en un columpio, mientras es penetrado por una fila de hombres velludos.
El segundo piso, con excepción del hombre del cuarto de la tienda porno y otros dos que observan la puerta desde el ventanal, también permanece vacío. Así que sigo las escaleras de caracol que llevan al tercer piso.
Hay seis caminos posibles, el que decido seguir lleva al patio, de donde viene la luz más fuerte. Allí los hombres sombra, sentados sobre una banca de concreto incrustada en la pared, esconden su mirada en la pantalla del celular. La mayoría toma cerveza, fuma marihuana o cigarrillo formando una nube densa de humo que se esparce lentamente hacia el cielo.
La luz de las lámparas de neón que cuelgan de las paredes permite ver los cuerpos semidesnudos de los hombres sombra. La fluorescencia acentúa la forma de los cuerpos y permite apreciar mejor sus músculos marcados o flácidos, músculos de muchacho o de señor. Se descubre la piel tatuada; rosas en la mano; tribales en los brazos; la palabra “PODEROSO” en la espalda; “Dios le da las peores guerras a los mejores luchadores”, en letra cursiva en el pecho. Despojados de ropa, no desaparecen las jerarquías sociales, se da lugar a una nueva, donde los altos, musculosos y vergones están en la punta; son quienes eligen. En la base, relegados a una noche de suerte, están los cuerpos pequeños, gordos y viejos.
Los hombres sombra se miran los unos a los otros sin pronunciar palabra. No es común escuchar conversaciones, porque los hombres sombra solo buscan descargar el deseo en un cuerpo, con prisa y sin explicaciones; evadiendo las preguntas convencionales: ¿cómo te llamas?, ¿cuántos años tienes?, ¿dónde vives? Aquí las preguntas que importan (y mejor si no se tienen que hacer) son: ¿qué le gusta?, ¿quiere que lo clave?, ¿quiere que lo ponga a mamar?
Dejo atrás el patio y entro al laberinto, tomo el primer camino a la izquierda. Aquí la oscuridad es tan densa como una bruma, pareciera incluso que uno la puede apartar con la mano, como se aparta el humo. Camino lento, las paredes de madera hacen eco de gemidos lejanos, chasquidos y golpecitos repetitivos que lentamente se van sincronizando con los beats de electrónica, formando una sola canción.
Hay dos clases de hombres sombra. Los primeros esperan pacientes sus presas, inmóviles contra la pared, estrechando más los pasillos. Los segundos, al igual que yo, dan vueltas explorando el lugar. En este juego se hace inevitable que los cuerpos se encuentren. La regla es clara: en cada encuentro hay un roce, insinúa una pregunta: ¿quieres? Si decides quedarte, si los cuerpos encajan, las manos buscarán ver lo que los ojos no ven y aun a ciegas encontrarán el camino a los diminutos cuartos que dan forma al laberinto.
Al entrar una lucecita roja se enciende. La cara del hombre sombra aparece, ojos negros, barba corta, músculos firmes, brazos tatuados. Comienza a acariciarme la cara, me intenta besar pero yo lo esquivo. Me sigue acariciando en silencio, desabrocha su pantalón y saca su pene. Sube la mano hasta mi cuello y me da un leve empujón intentando guiar mi cabeza hacia abajo, de nuevo lo esquivo, sin decir nada.
—Mámemelo —me dice finalmente y yo le respondo que no.
—¿Por qué no? ¿Quiere que me lo culee entonces? Venga yo le doy por ese culo —dice sin dejar de buscar mi boca con la suya.
—No quiero —repito sonriendo, pero sin corresponder sus caricias.
—Qué bobo, parce, venga mámemelo —insiste, mientras inútilmente intenta empujar mi cabeza en dirección a su pene—. ¡Mámemelo pues! —dice ya sin ánimo de jugar.
—No, es que usted ya se ha comido mucha gente.
—Oigan pues, solo me he comido a dos y me los comí con condón, además yo ya me lo lavé.
Me río, pero él insiste:
—Mámemelo pues o lo violo. Me va decir que aquí nadie lo ha puesto a mamar —dice y me empuja contra una de las paredes—. ¿Entonces a qué vino?