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Las pulgas de Leviatán

Las pulgas de Leviatán


La realidad se multiplica en historias y nos excede. La ciudad, el barrio, sus personajes tan cercanos como complejos nos llevan a contemplar la cotidiana ficción de cada día. Álex Jiménez nos revela con gran sensibilidad y pericia una ciudad que se teje en ángeles y demonios, profetas y hombres dados a su animalidad, con un lenguaje claro y simple que nos acerca en sueños y pesadillas a la inmensidad fabuladora. A su vez, nos recuerda que la realidad incita el mito y que la monstruosidad siempre está más cerca de lo que advertimos.

Proyecto ganador de la Beca de creación en cuento. Este libro se publica gracias al apoyo de la Secretaría de Cultura Ciudadana de la Alcaldía de Medellín.


Mi vecino es un motante

“Mi vecino, el flaco que canta, es dizque un motante”, me confía misiá Ednedá, inclinándose hacia mí y abriendo los ojos mientras revuelve el tinto. Luego retoma su posición y sorbe un poco antes de proseguir.

“Yo sí sospechaba algo cuando lo oía cantar las de Nino Bravo y las de Magaldi. Es que él ahí, tan enclenque, con esa voz que incluso a una tan vieja la encrespa. Eso tiene que ser cosa de los infiernos, mi Dios me perdone. Y viviendo solo ahí en ese tercer piso, se tercia una guitarra los fines de semana y llega de amanecida, colgando casi de los hombros de las furufufufas. A mí no me consta, pero alguna cochinada sí les hace porque esas muchachitas dizque gritan como las marranas cuando las degüellan. Yo ya no grito, mijo, pero ni cuando estaba joven gritaba así. Yo solamente lo he oído cantar: puede ser porque él se sienta cerquita del balcón con la guitarra. Pero mis nietos vienen a veces a amanecer y mi Dios me ampare de que les toque oír a una fufa en celo. Los vecinos espantados en la mañana, pero nadie le decía nada. Sí, todos nos untamos de las vidas de los demás, pero nadie conoce a nadie y hay gente que le entra con miedo a otra gente. Es que a estas casas no se las ha llevado un soplo es de puro milagro, y están todas apeñuscadas como cuando una barre y arrincona la basura, entonces la gente se entera hasta de qué ruido hacen los intestinos de todo el mundo. Y sin querer, mijo, porque no hay para dónde más mirar. Yo no tengo la culpa que desde la ventanita de mi baño se pueda ver el balcón del tercer piso del motante en la otra cuadra”.

La anciana se detiene y toma café. Acaricia los lomos de los tres gatos que maúllan a sus pies y se suben a su regazo. Les habla como a niños y les dice que ya va a llevarles la comida. Ellos corren a la cama, saltan, pelean. Salen al patio que da a un barranco, entran al baño y vuelven junto a ella. La casa, un cubil oscuro y triste, huele a orines de gato y de señora. Trato de llevar el diálogo al tema de mi investigación: los grupos criminales que operan en el barrio. Pero ella insiste en hablarme del vecino. Se levanta, va junto a su cama y busca el cuido en un nochero, siempre seguida por los gatos. Vuelve arrastrando las chanclas y en una tapa de plástico que ha puesto en el piso de tierra junto a la estufa, les echa un poco de comida. Luego regresa a la mesa redonda, en la que no cabrían tres platos, y se sienta apoyándose en la silla libre.

“Un día estaba yo en el inodoro y vi por la ventanita unas cosas raras ahí moviéndose en la cabeza de ese hombre: como tentáculos. Yo me eché la bendición y empecé a rezar. Después me puse a pensar si no habría sido un sacrilegio hablarle al mesías con los calzones abajo, sin limpiarme el fundamento”.

Trato de disimular la risa con una tos y doña Ednedá, muy seria, se levanta y me trae un vaso de agua. Tomo un sorbo y percibo un sabor a chicharrón, algo que jamás esperé encontrar en un vaso de agua.

“Pero anote los datos, mijito, que lo veo como desinteresado”.

Yo le sigo el juego. Saco de mi morral una libreta y un lapicero y empiezo a anotar frases del relato. Le pregunto detalles insignificantes para que no se detenga: puede que en el flujo de palabras deje caer datos importantes. Misiá Ednedá prosigue.

“A la primera que le dije fue a doña Luceli, la que tiene al hijo mayor en la cárcel. ‘Mire bien y verá, doña Luceli’, le dije yo. El flaco del tercero, el de la otra cuadra, siempre sale con gorros grandes de marihuano. ‘Pues porque eso es lo que es’, me decía ella. Pues sí, pero no: es para taparse los tentáculos. Yo misma se los vi. Ella no más dijo ‘ay, misiá Ednedá’.

‘Entonces es un motante’, dijo el chiquito que estaba viendo la televisión en la sala. Y como yo no sabía qué era eso, me mostró la película que estaban dando, y a mí me pareció que sí. Y al otro día ya se había regado el chisme. Doña Carlota fue y me tocó la puerta en la tarde. Que entonces qué íbamos a hacer con ese bicho, que si hablábamos con el hijo de doña Luceli para que lo espantara. Y se persignó. ‘¿No sabe que está en la cárcel?’, le dije yo. ‘¿Todavía? ¿Y es que a cuántos mató?’, me dijo. Yo de eso sí no sé, pero por ahí están los amigos de él, Los Cuervos. ‘Entonces no, con esos mejor no’, me dijo doña Carlota y se persignó otra vez. Y ahí fue que decidimos advertirle al motante con papelitos. Los escribía doña Carlota, que es la que mejor letra tiene. Le escribimos varios, bien grandes: ‘bueno es culantro pero no tanto’, ‘o se va o lo acabamos como a los canastos viejos’. El matrimonio del segundo piso subía de noche y pasaba las notas por debajo de la puerta. Pero al otro día aparecían en la acera convertidas en avioncitos y los niños los recogían y jugaban con ellos. Y los fines de semana seguía el bicho, como dicen por ahí: pasando del brazo con quien no se debe pasar. Que gritaban no me consta, pero sí sé que iban: con decirle que una se madrugaba a comprar las arepas y se encontraba a las sonámbulas, con los ojos en la trastienda, dando tumbos por los callejones hasta la estación. Más de una, dicen por ahí, dizque no alcanzó a llegar porque Los Cuervos las desaparecían… Entonces decidimos que había que hablar con alguien que tuviera autoridad para reprender a Satanás. Y fuimos hasta la casa parroquial y le contamos todo al padre Medardo, y a él se le ocurrió que lo mejor era agarrar al bicho en la mera vergüenza del pecado. Por eso lo esperó un fin de semana: subió hasta el tercer piso detrás de él y de dos fufitas raquíticas que trabajaban más con la voluntad que con el cuerpo. Y se encerraron los cuatro. Esa noche dizque los gritos fueron más espantosos. Yo traté de ver o de oír algo desde la ventanita de mi baño, pero nada. A mí se me está endureciendo el oído, debe ser. Doña Carlota me llamó por teléfono: “vea misiá Ednedá, van a matar al cura, qué griterío”. Y cuando ya íbamos a mirar qué hacíamos, lo vimos bajar tambaleándose, caído de la perra, echando bendiciones al aire. Al otro día no dio misas, que dizque estaba esausto por el esorcismo. Nosotros no revolvimos más ese revoltijo, sino que ahí fue cuando yo me convencí que doña Carlota sí tenía razón. No nos quedó más que hablar con Los Cuervos”.

Yo cometo el error de decirle a misiá Ednedá que en mi opinión el vecino simplemente es un soltero en ejercicio de sus facultades y que eso no debería importunar a nadie. Le pregunto por el jefe de Los Cuervos, pero ella me corta la pregunta.

“Mijito, es que usted no ha entendido. Y me va a disculpar, pero eso es mucha ennorancia. ¿Cómo no va a ser problema? Una papa podrida pudre el bulto… Vea lo que pasó con el padre. Pero esa no es la noticia. Cuando supimos que usted venía de parte del periódico, aprovechamos: la noticia es que ya la gente de bien es más. Eso sí es noticia. Queremos que usted cuente que la justicia bajó de los cielos y nos cubrió con su divino manto”.

Yo la miro sin entender.

“¡Que ya lo cogimos, mijo! ¡Al motante! Ahí lo deben tener afuera. Mientras usted y yo le dábamos a la conversa lo trajeron. Venga y mire cómo limpiamos, para que cuente en ese periódico suyo”.

La señora me toma de la mano. Yo me dejo guiar al callejón de afuera, por donde hace un rato entré. En efecto, hay un griterío de los vecinos que hacen corrillo en torno a un hombre con el torso desnudo que está de rodillas con las manos en el piso. Al principio creo que usa un gorro estrafalario pero al acercarme me doy cuenta de que las cosas que serpentean en su cabeza se mueven con vida propia y escurren baba y sangre. Algunos niños tienen alfileres y buscan una entrada entre el tumulto para dar pinchazos y esconder la mano. Unos pocos miran con horror, pero no intervienen. Quiero alejarme pero la mujer me persigue, me agarra de la mano, me pregunta varias veces: “Va a contar, ¿cierto mijo?”.

Muevo la cabeza, no respondo, me voy dando tumbos contra personas que tienen palos y cuchillos. Miro una última vez hacia atrás. Por debajo del vestido de misiá Ednedá se asoman tres colas de gato, larguísimas, y junto a ella, unas patas de cabra sostienen al sacerdote bajo la sotana. Tengo náuseas. Alguien me pone un vaso de agua en una mano. Que estoy muy pálido, dice. “Venga lo acompaño a la estación”. Me dejo guiar. Lo miro: es el cabecilla de Los Cuervos.

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Vuelta por el universo

Vuelta por el universo

por IGNACIO PIEDRAHÍTA • Fotografías de Juan Fernando Ospina


Número 130 Agosto de 2022

Panorámica de San Antonio de Prado desde la piedra Galana. Foto de Ignacio Piedrahíta.

Medellín está dentro de un valle amplio, con la forma de una batea. Desde cualquier punto alto se ve la ciudad de color ladrillo en el fondo de este cuenco natural. Cuando es de noche se ve chispear en dorados sobre negro. La vista es tan cautivadora que las laderas se llenaron de miradores. A menudo la idea de observarse a sí mismo resulta mejor que cualquier programa.

La geografía de Medellín dirige de esta manera parte de nuestras búsquedas y placeres. Los alrededores de la ciudad se han hecho atractivos para coger un poco de aire. Sentirse por fuera del fondo del valle nos da la idea de salirnos temporalmente de nosotros. Esto es posible gracias a las montañas que nos rodean: alejarse de la parte urbana de la ciudad es alzarse sobre la propia cotidianidad.

Un poeta describió la línea de montañas que rodea a Medellín como el “borde de una copa quebrada”, refiriéndose a los contornos abruptos de las cimas que nos confinan. Los alrededores de la ciudad son el límite inicial de su belleza, el esbozo lineal de nuestra naturaleza. No sería lo mismo si esta línea estuviera cubierta de casas y edificios. Debe ser verde de día y negra en la noche.

Este paisaje de nuestras proximidades tiene nombres propios. Al oriente, Santa Elena. Al occidente, San Antonio de Prado, Altavista y San Cristóbal. Y, cruzando hacia Santa Fe de Antioquia, San Sebastián de Palmitas. A estos lugares se les conoce como corregimientos, y son los que custodian nuestros confines en redondo.

Cada corregimiento tiene su parque principal o centralidad, lo que normalmente conocemos de ellos. Pero lo que es más potente en estas fracciones administrativas es su vasto territorio. A ellos pertenecen los bosques y el verdor que le queda a la ciudad. Es desde sus laderas salvajes que la observamos, y es a donde escapamos para soltarnos del ahogo urbanístico. La centralidad de algunos corregimientos está separada de la parte urbana de Medellín, caso de Santa Elena y Palmitas. Otros son prolongación de barrios o de municipios vecinos: las calles de Itagüí pasan a ser territorio de San Antonio de Prado, la comuna de Belén se trueca en Altavista y la parte alta de San Javier muta en la vereda La Loma de San Cristóbal.

Más allá de la centralidad de los corregimientos, cuyo fondo suele ser un territorio rural, de campos, fincas y bosques, comienza la espesura de su follaje, su verdadera mística, su poesía de quebradas y arboledas, promontorios y ramales de montañas, divisorias de aguas y altiplanicies, serranías y collados.

Los caminos

Los corregimientos fueron en algún momento pueblos cercanos a Medellín, por donde entraban y salían mercancías desde y hacia la ciudad en crecimiento. Eran estaciones de arrieros o lugares de descanso para el viajero. Por eso estos lugares están marcados por los caminos antiguos, que cosían por medio de canalones o vallados de piedra las montañas circundantes.

En Santa Elena está el famoso camino de La Cuesta, que pasa por el costado del cerro Pan de azúcar y llega al parque Arví. Por ahí salía todo el mundo a pie o a caballo antes de que hubiera carros en Medellín. Este era nuestro camino de llegada internacional desde el río Magdalena. Casi una semana se echaban los viajeros en mula para llegar desde el río hasta el borde de la ciudad. Pero una vez miraban el valle desde allí, se les quitaban los cansancios.

Por el otro lado está el camino de Guaca, que iba desde Medellín hasta la población del mismo nombre, hoy Heliconia. Este camino pasaba por Belén, subía por Altavista y cruzaba por San Antonio de Prado. Pasaba el alto de Romeral en el filo de la cordillera y caía a Guaca del otro lado. Este camino era importante no solo porque comunicaba con las poblaciones del occidente, sino también porque de Guaca se traía la sal que se consumía en la ciudad.

Esta sal nos lleva al tercer camino que cruzaba por lo que hoy son nuestros corregimientos, el del noroccidente. Este salía de Medellín a pasar por Robledo y San Cristóbal rumbo al Boquerón. Allí se cruzaba la cordillera y ya estaba el viajero en Palmitas, donde descansaba y seguía para Santa Fe de Antioquia. Por allí transitaba la carne en tasajo, es decir la carne salada que se cultivaba en el valle de Aburrá e iba a alimentar a los pueblos mineros a orillas del río Cauca.

Los tres caminos aún se pueden visitar y recorrer al menos en parte. El de Santa Elena sigue mostrando su magnífico trazado, el mismo que asustara por lo elegante a los conquistadores hace quinientos años. Está restaurado y muestra a su vera ruinas de su antiguo ajetreo. El de Guaca arranca en la vereda Buga Patio Bonito, en Altavista, y se interna en ascenso a cruzar por el cerro el Barcino en San Antonio de Prado. El del Boquerón —esa despampanante boca natural que invita a cruzar la cordillera— se coge allí mismo, y entre vallados o muros de piedra va llevando al caminante a un viaje en el tiempo.

Panorámica de Altavista.

El agua

Si algo no tenían que llevar los viajeros de aquellos tiempos salvajes era agua. En todos los corregimientos abundan las quebradas cristalinas, recién nacidas de sus bosques. Cada uno de estos territorios tiene su quebrada principal, hito central en las vidas de sus habitantes. La mayoría tiene en estas aguas sus mejores recuerdos de infancia y sus lugares de esparcimiento en la actualidad.

Las quebradas son en los corregimientos un lugar equivalente al centro comercial en la ciudad, pero gratis y más variadas. Están los charcos de música aguardientera y están los remansos para los más contemplativos. En Santa Elena está el famoso Chorro Clarín, que pasó de ser de sancocho de grabadora y leña recogida, a elegantes casetas para asar o irse de pícnic. En cualquier caso, los dientes castañean igual en esas aguas vívidas y frías del altiplano.

San Antonio de Prado y San Cristóbal están dominados por una sola quebrada mayor cada uno, pero ambas de temer por su fuerza y caudal. En Prado está la fragosa Doña María, que lo recorre de norte a sur por su brusco cañón. Allí hay desde estaderos de parlante afuera hasta trucheras menores de mesas rústicas y acentos bucólicos. A esa quebrada mayor le caen muchas otras, que en días de invierno y crecidas la tiñen de marrón.

San Cristóbal por su parte está dominado por la Iguaná. La forma del territorio de San Cristóbal asemeja un teatro griego, cuyas graderías recorre esta Antígona transfigurada en arroyo hasta pasar por la escena de su centralidad. Cuando esta quebrada siente que debe actuar bajo las leyes naturales y no las que le impone la sociedad, se sabe pronunciar. Hoy tanto la Doña María y la Iguaná están domesticadas en su parte baja, con canaletas de cemento a lado y lado.

Igual destino corren todas las quebradas que nacen en los corregimientos. Nacen en los bosques de las cimas de las montañas y bajan salvajes y vivaces por las gargantas estrechas rumbo a la ciudad. Esa alegría sin embargo no les dura mayor cosa. Al tocar la ciudad les ponemos camisa de fuerza y las anulamos, les vaciamos cemento a sus orillas cuando no es que las ocultamos entre tuberías. La primera de ellas fue la Santa Elena, de la que ya ni nos acordamos de que existe, y de ahí siguió el resto. Sometidas y avergonzadas entran estas quebradas en el río tumba que es el Medellín, salvo las de Palmitas, que van a dar al río Cauca.

Montañas salvajes

El valle de Aburrá se formó por un desgarrón en la cordillera. Las montañas se abrieron en la brecha gigantesca que hoy ocupamos, varios millones de años después. Luego comenzó a correr el río por la mitad y se formaron dos ambientes: el de las laderas en los costados del valle y el del río que serpenteaba suavemente en su parte de abajo. Era un valle hermoso, con un clima inigualable, con caza y pesca suficiente para sus primeros pobladores.

Pero ese valle no fue fácil de habitar para la ciudad. En los dominios del río abundaban humedales y pantaneros en los que era un problema construir. Además, sus meandros naturales se iban moviendo con el tiempo como una culebra que reptaba libremente y no armonizaban con la rigidez propia de lo urbano. Como si eso fuera poco, las quebradas se crecían y se desbordaban, y en las partes altas la montaña se desgarraba por su propio peso.

De ahí que hubiéramos decidido encauzar el río. Así quedaba resuelto —a costa de la vida del mismo río— el problema de los humedales. La ciudad creció entonces más tranquila en el fondo del valle y fue cubriendo todo aquello que era plano, encauzando quebradas y dominando la naturaleza. Las laderas más bajas y suaves se mostraron generosas y pronto se llenaron de casas también.

Pero esa tierra buena se fue acabando y la ciudad se encontró con sus laderas más pendientes. A las cuestas más salvajes no se les somete tan fácilmente, pues en su genética está el desgarrarse, el derrumbarse. Torrentes de lodo, movimientos de la tierra, caídas de piedras gigantescas. Esta forma de alzar la voz es propia de las montañas, y se levanta aún más con la urbanización. La tragedia está a la vuelta de cada invierno, especialmente en estos lugares de los contornos.

Muchas de estas catástrofes ocurren en los corregimientos, pues son ellos los que ocupan las laderas de Medellín. Media Luna en Santa Elena es ya un desastre clásico, en los años cincuenta, así como el de Villatina, que a pesar de ser en Medellín es parte del mismo fenómeno. La ciudad asegura más de estos problemas en el futuro conforme avanza sobre estas partes altas de las montañas, rebeldes de suyo.

Laguna de Guarne en Santa Elena.

Bosques y campos

El valle de Aburrá estaba originalmente cubierto de bosques. Salvo quizá ciertas orillas arenosas del río y algunos pedreros traídos por las quebradas, el resto eran arboledas. Para construir la ciudad hubo que ir talando los árboles, lógicamente. Pero también para sacar madera de construcción y carbón para cocinar. Mucha de esa madera vino de lo que hoy son los corregimientos.

Poblaciones que antes fueron mineras por excelencia, como Santa Elena, al acabarse el oro siguieron con los bosques. Se cortaba el bosque nativo y se vendía la madera, y las generaciones siguientes usaban el terreno ya sin árboles para la agricultura. En algunas partes se establecieron fincas de ganado o cultivos de alimentos. Incluso en otras se sembraron pinos o cipreses, que crecían más rápido y podían aprovecharse.

De los bosques nativos quedan algunas reservas en las partes altas de los corregimientos. En Santa Elena está Arví, en San Antonio de Prado El Astillero, en Altavista la Ana Díaz, en San Cristóbal El Moral y en Palmitas toda la parte baja de Las Baldías, entre otras. Desde hace décadas la ciudad ha ido comprando y protegiendo estas zonas altas de las cimas que la rodean. Caminar por allí es un viaje por ese momento anterior a la urbanización de la ciudad. Aves y árboles de incontables especies se expresan en torno al concepto de diversidad, algo tan difícil para el ser humano.

De estos bosques viejos o en recuperación hacia abajo en la ladera vienen las fincas ganaderas y los terrenos de cultivo. Esta es quizá la franja más amplia de verdor de los corregimientos, antes de llegar a sus centralidades. Esa es la zona que hoy está en disputa por las fuerzas urbanísticas de la ciudad y el mercado de tierras. La ciudad no ve la hora de devorarse ese manjar aún sin construir.

El acaparamiento de estas tierras se realiza tanto a manera de urbanizaciones de edificios como de parcelaciones. En Altavista, por ser el corregimiento que está en mayor simbiosis con la ciudad, es más evidente. Los barrios de la comuna de Belén trepan por las pendientes comiéndose a zarpazos las veredas bajas de Altavista. Esta tendencia seguramente continuará en los otros corregimientos cercanos a la ciudad: San Antonio de Prado y San Cristóbal.

En cuanto a Santa Elena y Palmitas, así como las partes más altas de los otros corregimientos, las parcelaciones están de moda. Los precios de la tierra suben y los propietarios de fincas ven la oportunidad de vender. Esto crea un paisaje nuevo en el que conviven la vivienda de estrato alto con la casa campesina de antaño. En una prima el césped cortado a ras y los setos de eugenios que no atraen ni siquiera un ave, las otras parecen una despensa de frutales y arbustos florales más acordes con la diversidad propia de la tierra.

La agricultura aún sobrevive. Algunos de sus cultivadores producen sin agroquímicos, unidos en cooperativas y fomentando la asociación. Gracias a la cercanía con la ciudad encuentran compradores que pueden pagar un poco más por sus productos limpios. Esos predios donde todavía se cultiva, y donde además se hace de manera orgánica, alimentan la montaña, la enriquecen: dan verdor al barrio, conservan una práctica esencial, un oficio memorable, el del agricultor. Tal vez, así como se hace con los bosques, también estas personas deberían ser reserva protegida, porque allí está la memoria y quizás algo del futuro.

Picos y cerros

Además de las quebradas, los hitos más significativos de los corregimientos son sus peñascos y macizos. Estos testigos naturales e imperecederos han sido la señal de ubicación espacial de la humanidad desde siempre, y aún están presentes en nuestros alrededores. Y, más, en una geografía como la nuestra, donde a las montañas y sus diferentes formas les gusta hacer alarde.

El cerro Pan de azúcar en Santa Elena es un hombro que sobresale de la montaña justo por encima de los últimos barrios de Medellín hacia el oriente. Está hecho de una roca llamada dunita, propensa a las oquedades y pequeñas cuevas hechas por el agua. Justo detrás de la imagen religiosa que hay en la cima del cerro hay una de estas cavernas menores. Considero a esta abertura natural mi oráculo personal, y es ella quien recibe mis rezos cada vez que la visito.

En San Antonio de Prado está la piedra Galana, en lo alto de la reserva El Astillero. Se trata de una saliente rocosa que despunta sobre un claro del relieve, del tamaño de la sala de una casa, con muebles duros y puntudos pero que aseguran un mejor trato que cualquier visita. La roca está partida a lo largo de fracturas paralelas que le dan la forma de un mazo de cartas separado a tramos gruesos. Desde allí la vista de Medellín es bastante particular. En el campo visual se expresan en primer plano una serie de collados montañosos que se alargan hacia un punto de fuga que no es otro que el Centro de Medellín. Desde allí la ciudad aparece como un borrón naranjado entre la bruma contaminada.

En Altavista está el popular cerro de las Tres Cruces. Miles de personas —acaso sin saber que pertenece a Altavista—, lo visitan los fines de semana. Su cima es una meta accesible —sin ser regalada tampoco—, que tiene como premio una preciosa mirada baja sobre el valle de Medellín. Los más epicúreos se sientan a descansar y a contemplar la vista, mientras aquellos de estoica figura pasan a una sesión extra de aparatos. En la parte plana de la cima han sido instalados una serie de bancos y barras para el ejercicio muscular. Allí los relieves de sus practicantes pasan a constituir una discreta parte del paisaje, digna de observación.

En San Cristóbal está el cerro El Picacho, que sobresale de la montaña como el elefante de El Principito que una culebra se ha comido. Aquí lo tenemos en versión montañosa, pues la culebra no va por plano sino bajando la lisa cuesta. Allí también hay una imagen religiosa, que corona el camino que lo asciende entre grandes bloques de piedra. Estas rocas son diferentes a las del Pan de azúcar, y si bien por fuera lucen oscuras, por dentro son rayadas de una belleza que se expresa generosamente a los amantes de las rocas.

Desde cualquiera de estos peñascos en las montañas puede verse la ciudad, mirarse, mirarnos a nosotros mismos como en un cuento de Cortázar. Esencial en este doble juego es el objeto que observamos, pero igualmente el lugar desde donde lo hacemos. Estos contornos que hoy son los corregimientos, balcones naturales, fuentes de agua, alimentos y vida, donde aún asoman los caminos de tierra, los collados rocosos, los charcos y los bosques, son lugares a los que siempre desearemos retornar por mucho que adoremos la comodidad del asfalto. La Medellín endurecida por la historia tiene una oportunidad única de recobrar su suavidad ocupándose de estos territorios como fuentes de un poder proveniente de la tierra misma.

* Este fragmento escrito para Universo Centro hace parte del proyecto para la recuperación de la memoria histórica y la identidad campesina de los corregimientos de Medellín, en convenio con la FAO.

Vista de Medellín desde el alto de Boquerón en Palmitas.