Receta de luz
por CARLOS SUÁREZ QUICENO • Ilustración de Alejandra Pérez
Número 148 Marzo de 2026
I
Aunque atravesamos la montaña, el Nevado del Ruiz había permanecido oculto a nuestros ojos. En el segundo día descendíamos por la carretera de Murillo a Armero, en el departamento del Tolima. Ahora el valle del río Magdalena aparecía alternativamente a uno y otro lado de la vía. En el último tramo alcanzamos a ver un restaurante que ofrecía chivo a la brasa.
Acaso porque era la última oportunidad de contemplar ese paisaje o por la proximidad del mediodía, nos detuvimos. Un horno de hierro humeaba a la entrada de una amplia caseta de hierro y lata. Dos árboles de mango guardaban el frente donde se ubicaba un aviso: Doña Luz. Atrás y por ahí dispersos se veían unos arbolitos que luego supimos que eran de moringa, el árbol de la vida.
Una señora, cercana a los setenta años, de cara abrasada por el sol, habló con cierto acento tolimense y nos confirmó que sí había chivo, pero solo costilla o sobrebarriga, porque la carne magra ya se había acabado. Añadió, con cierta confusión, que la sobrebarriga incluía costilla. Al fin entendimos que todo era un mismo plato, y nos conformamos viendo que el asador tenía carbón.
Mientras esperábamos el pedido recorrimos la caseta azul y blanca. Un hombre de bigote estaba sentado en una mecedora de la que se levantó para ir a atender el fuego. En una pared cercana había muchas fotos de álbumes familiares impresas en tres lonas envejecidas y maltratadas. Tenían una leyenda: Memorias de Armero. Eran estampas de los desaparecidos pobladores de Armero en reuniones familiares, en celebraciones, reinados y encuentros deportivos. Las imágenes, medio sostenidas entre la pared y un enrejado contiguo, miraban de soslayo al valle.
Hablamos entonces de las fotos y del paisaje, mientras el costillar rechinaba al carbón. Preguntamos lo obvio y la pareja confirmó que las fotos eran parte del recuerdo de los que perecieron hace cuarenta años.
—Yo perdí veintidós familiares… Y ella once —dijo el hombre señalando a su esposa.
—¿Y sus hijos? ¿Y ustedes cómo se salvaron? —preguntamos.
Entonces siguió hablando el hombre, que para ese momento ya sabíamos que se llamaba Antonio:
—Yo trabajaba allí, al otro lado de la carretera, en un molino. Ahí vivíamos mientras nuestros dos hijos se quedaban en el pueblo con la abuela. Esa noche habían venido para que les firmáramos un permiso para un paseo de la escuela. Se quedaron a dormir aquí y al otro día ya no encontraron nada.
—¿Y qué pasó con la abuela? —seguimos preguntando.
La abuela esa noche sintió un ruido como el que hacían en las celebraciones de los partidos de fútbol. Salió a la puerta con una linterna y un machete para ver qué pasaba. En ese momento alguien la tomó cargada y la montó a un carro de los bomberos que subía hacia el cerro para escapar de la avalancha. Cuando se pusieron a salvo, las llantas ya tenían pantano.
Pasamos luego a disfrutar del plato de chivo, en franca lucha con la sobrebarriga. La sazón era única, no recordábamos el sabor del chivo. Las costillas huesudas, exiguas, dejaban una promesa.
Ellos debieron estar muy jóvenes en aquel fatídico año 1985. Don Antonio siguió trabajando en el molino. Años más tarde, la tierra aún quería sepultarlo. Un derrumbe lo sorprendió mientras cortaba un tajo de caña. Quedó enterrado de medio lado, apenas sobresalían la cabeza y un hombro.
—Entonces me di cuenta de que podía respirar, pero tenía que hacer como un marrano, suavecito, sin soltar el aire del todo; porque entonces la tierra me aprisionaría. En esas llegó mi hijo y me sacó. Desde entonces quedé con un nudo en la rodilla.
Efectivamente, caminaba con el pie izquierdo en comba. Hace muchos años que abrieron el restaurante. Venden chivo y avena. La avena es una fórmula secreta que tuvieron que descubrir por sí mismos, porque el cuñado de doña Lucila, como oímos que la llamaba su esposo, les cobraba diez millones de pesos por dársela y los obligaba a venderla lejos de allí, para no hacerle competencia. Entonces ellos se indignaron y buscaron por sí mismos la receta. Y como testimonio de su relato, la mujer fue al refrigerador y sirvió dos vasos pequeños de un líquido nebuloso, brillante, casi traslúcido que nos ofreció en silencio. Lo degusté con absoluta sorpresa: una avena fría, de consistencia fluida, con un sabor que no la hacía comparable a ninguna otra. Le pregunté cómo se hacía.
Ya hablábamos con tan amistosa confianza que también nos ofrecieron semillas de moringa. Doña Lucila dijo que ellos no eran egoístas, que les gustaba compartir lo que sabían y ofreció darnos la receta escrita. Así lo hizo. Se levantó de la mesa cercana y fue hasta la cocina que se apreciaba detrás de unas rejas, y volvió con un trozo de papel y un lapicero. Escribía mientras yo escuchaba la conversación que mantenía don Antonio acerca del cultivo de la moringa.
Ella volvió al tema:
—Aquí venían unas señoras a tomar avena y decían “esto sí es avena de verdad”. Y vaciaban el vaso y repetían. Luego entregamos el restaurante y no hace mucho regresamos; pero ya estamos muy viejos y queremos alquilar de nuevo.
Entretanto, me dejó ver la receta y empezó a hablar acerca de un ingrediente que era una esencia de arequipe y de la importancia de que la leche fuera de tal marca y que además le agregara leche en polvo. El primer ingrediente que aparecía en la receta era Yucarina, la tradicional harina de yuca. Los revisé mientras escuchaba las explicaciones. Le advertí que había olvidado escribir el ingrediente principal: la avena.
Entonces ella, como por darme gusto, lo escribió al final del papelito, casi al borde y me dijo.
—Es que si usted quiere le echa avena, pero la verdad es que no la necesita.
Acaso ese era el secreto de la avena de doña Lucila, que no tenía avena, pero estaba llena de luz.
II
Era hora de seguir el camino y la conversación no terminaba. Pagamos el almuerzo y otro poco por todo lo demás. Don Antonio hizo lo propio, salió con nosotros y nos mostró los árboles de la vida. Cortó dos esquejes y nos los ofreció para que lográramos más pronto la cosecha, porque las semillas suelen ser lentas. Esa vida de los árboles era el único robo que había hecho en su vida, recordó mientras nos los obsequiaba. La charla de la avena que sostuve con doña Lucila estuvo combinada con la de la moringa que mantenía don Antonio con mi esposa:
—Yo trabajé con un ingeniero… Estábamos en una finca donde tenían un criadero de cerdos y los alimentaban con moringa y cuidos especiales. Todo era para exportar. Esa finca como que era de un mafioso. A la hora del almuerzo nos hicimos debajo de un árbol para aprovechar la sombra. Entonces, el ingeniero me hizo señas y yo empecé a coger todas las semillas que pude, aunque allá había mucha vigilancia. Pasó luego el tiempo y me olvidé de ellas, hasta que las sembré y logré que crecieran varios arbolitos. En la pandemia venían a comprarme las hojas. Muchos se salvaron del covid con esta planta. Me ofrecían comprarme todas las hojas que tuviera.
Antes de continuar el viaje, también alcancé a ver algo así como las semillas de una casa, unos ladrillos arrumados a la espera del capricho de alguna mano. ¿Qué sería? Más tarde lo entendí: allí construirá una casa doña Lucila, cuando alquilen de nuevo el restaurante. Probablemente se dedique, entonces, pensativa, a mirar el valle.
Habían conservado la vida donde tantos la perdieron, pero debió serles muy difícil continuar tan solos. Ahora la vejez se cierne implacable sobre ellos, acaso lo que más les importe ya sea recordar todo aquello por lo que valió la pena seguir, todo aquello que les permitió sobrevivir mientras se convierten a su vez en un recuerdo.
Al despedirnos sentí que había estado en un lugar donde se cuece la supervivencia, un lugar al que algún día volvería, ¿pero estarán entonces estos viejos valerosos? Un poco más adelante, sin haber dejado aún de pensar en el restaurante Doña Luz, nos encontramos con lo único que pudimos ver de Armero: un peaje que conserva el nombre del desaparecido poblado. Nada quedaba de lo que fue, en todo había algo fantasmal, contradictorio. Nos alejábamos al fin del cerro blanco, de Cumanday como le decían los quimbaya, de las garras del león dormido.
Etiquetas: Alejandra Pérez , Armero , Carlos Suárez Quiceno , comida , Edición 148 , Nevado del Ruiz
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