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Soldado y aplomo

Archivo Fotográfico BPP

Número 120 Febrero de 2021

[Retrato de Militar]. Fotografía Rodríguez, circa 1900. Archivo BPP.

El hombre que vemos aquí bien podría ser un militar. O un actor, un cargamaletas o un borracho. O todas las anteriores: al fin y al cabo un poco de todo eso había que tener para echarle el cuerpo a la guerra en la Colombia del siglo antepasado. O en la de cualquier otro siglo.

Pero lo cierto es que esta foto está marcada como “Retrato de Militar”. Así aparece en el buscador digital de la Biblioteca Pública Piloto, junto a un ejército fantasmal de cientos de militares de todos los estilos y tallas: flacos y rozagantes, lampiños y barbados, ceñudos y distraídos, ancianos, infantiles, moribundos, de sombrero, gorra, casco o de vistosos adornos emplumados. Todos ellos muertos, a estas alturas. Y casi ninguno sonriente.

Por eso esta imagen no deja de ser singular.

Para cualquier hombre de guerra (en la Colombia de 1800 las hubo por montones) retratarse de uniforme era matar dos pájaros de un solo tiro. Por una parte, en caso de que un balazo, un sablazo o un cañonazo se los llevara por delante, quedaba testimonio de su heroísmo, de su entrega a la patria o a la causa de turno, y nadie podría decir que aquel hombre “vivió o murió en vano”.

Y por la otra, era también la manera de librar un poco una inversión tan costosa como la de entregarse a la milicia, a cambio de un poco de admiración: “Incluso los reclutas tenían que comprar hasta los uniformes, mientras sus mujeres les lavaban la ropa y les alimentaban, de suerte que el reclutamiento no vinculaba solo al recluta, sino a toda su familia”, escribió un viajero francés —D’Espagnat— que pasó por Colombia hacia finales del siglo XIX.

¿Y para qué?, se preguntaba el militar y político liberal Pascual Bravo por allá en 1860, y él mismo se respondía: “Para satisfacer la ambición de un círculo egoísta, que vive de la esplotación [sic] organizada contra el pueblo”.

¿Cómo lo lograban?, nos preguntamos ahora. ¿Cómo conseguían obrar el hechizo de sacar a tanta gente de sus casas, de sus tierras, para irse a un lejano campo de batalla a arriesgar el pellejo?

Muchas veces el reclutamiento era forzado, por supuesto. Pero “a veces sucede que el pueblo hace esto con placer, porque lo engañan con vanas palabras”, dejó escrito el mismo Pascual. Por eso se lanzaban por todos los medios posibles, incluido el púlpito, encantamientos patrióticos y metafísicos que lograban hacer ver semejantes afugias “como un deber imperioso y absoluto, proporcionando la veneración de compatriotas presentes y futuros y, también se sabe, asegurando una vida futura”, como bien escribe el francés Contamine, erudito de las guerras.

De manera que así, ebrios de patria y sueños de gloria, iban los soldados al matadero —la Guerra de los Supremos, la Guerra de las Escuelas, la Guerra Magna…—, no sin antes pasar por el estudio del fotógrafo a posar para la historia. Como este —que bien podría ser un actor, un cargamaletas o un borracho— retratado en la Fotografía Rodríguez, en Medellín, cuando estallaba el carnaval de plomo y sables que fue la Guerra de los Mil Días.

En medio del océano de imágenes que conserva el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un mar de parejas posando juntas frente a la cámara. Y entre todas ellas, hay solo una que incluye —además de un hombre y una mujer— una lora. Pero, ¿cómo pasó esto que vemos?

Como el óxido, que logra invadirlo todo con paciencia. O al estilo solapado y eficiente de las lloviznas mojabobos, de pronto un día despertamos y la pandemia ya estaba aquí. Y todos estábamos empapados.

El primero y el último

Archivo Fotográfico BPP

Número 103 Diciembre de 2018

El 20 de diciembre de 2018 se realizará la reapertura del edificio central de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín para América Latina. Luego de un proceso de repotenciación y reforzamiento estructural que duró más de tres años, el edificio construido en los años sesenta —el cual no cumplía con la norma antisísmica para edificaciones públicas— ahora aparece renovado y cool, o como dirían nuestras mamás, un verdadero joven buen mozo.

Pero más allá del edificio, de sus viejas estanterías y corredores, de los entrañables ficheros y sus mesas de estudio, a lo largo de su historia la biblioteca ha albergado miles de libros, algunos ya dados de baja o enviados a otros centros de consulta, otros tantos mutilados o desaparecidos. Todos ellos, en suma, han servido para formar e ilustrar a los medellinenses.

Y como una forma de celebrarlos a todos, presentamos aquí el libro que lleva más tiempo en la Piloto y el más reciente. El primer ejemplar ingresado a la colección, el 3 de mayo de 1954, lleva por título Los amigos de Totó, una suerte de narrativa juvenil con ciertos matices escolásticos propios de la influencia franquista en Hispanoamérica, escrito por la catalana Mercedes Baguer; es una primera edición de la Editorial Librería Religiosa de 1947, impresa en Barcelona.

Este primer libro de la colección general y muchos de los que se pusieron al servicio en los años cincuenta tuvieron una especie de filtro de censura o circulación intencionada hacia la formación de lectores obreros y sus familias. La junta de clasificación bibliográfica de la naciente BPP, además de bibliotecarios experimentados, incluía a sacerdotes como Jaime Serna Gómez, más conocido en columnas de prensa y otras publicaciones de la época con el seudónimo de Humberto Bronx, de tal manera que dicho comité de selección, con la aceptada influencia de la Pastoral Cristiana, revisaba y aprobaba el material bibliográfico que llegaba gracias a los convenios de cooperación internacional y de la Unesco. Para los rechazos la biblioteca habilitó un salón especial donde reposaban las obras de los autores no aceptados, pero de gran valor artístico y literario, al cual no podían entrar los menores de dieciocho años. ¡Qué tiempos aquellos!

Luego de 65 años, y como proyecto colectivo de construcción de una biblioteca más libertaria, el más reciente libro en ingresar a la colección general es una novela gráfica y autobiográfica que expresa las transformaciones sexuales y los cambios e imaginarios generacionales en el naciente siglo XXI, y que al leerse hoja por hoja no escandalizaría a ningún lector de hoy, salvo, obviamente, al padre Bronx: Todo va a estar bien, de Powerpaola. Es una primera edición del año 2015, de Silueta Ediciones y Paola Gaviria, impresa en Bogotá por Escala S.A., su registro de ingreso data del 5 de diciembre de este año. No es coincidencia, más allá de los libros de texto, los de historia, teologías y autoayuda, la Piloto ha privilegiado una colección juvenil permanente y fresca, que ahora se enriquece con la novela gráfica, el cómic y las narrativas creativas y experimentales.