por JORGE IVÁN AGUDELO // En un periodo que va de 1914 a 1925, Tomás Carrasquilla escribe, para el periódico El Espectador, dieciséis piezas breves, habitualmente emparentadas con la crónica, que tienen a Medellín como escenario y protagonista.

por JORGE IVÁN AGUDELO // Avanzando en su diario, Piglia sentencia: para leer hay que aprender a estar quieto. Y los protagonistas de la foto, que a su manera también leen, detenidos en 1962, en su infancia, se mueven, o, para ser más precisos, parecen moverse, expresar bellos desacomodos, gestos sin cálculo, contrarios a lo uniforme o a las poses.

por JORGE IVÁN AGUDELO // Veo la foto, y aunque sé que es Medellín, su plaza, una época lejana, lo que taladra, en azaroso contrapunto, es la sentencia de Juan Rulfo, su descripción de otro pueblo, de Luvina: “Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza”.

Letras y Encajes: revista para muchachas de buena sociedad

por MARÍA ALEJANDRA BUILES // En los años veinte un grupo de mujeres “revoltosas” empezaron a sonar con fuerza en la literatura antioqueña. En aquel entonces eran contadas las mujeres que se atrevían a hablar más allá de temas de etiqueta, belleza y las aclamadas “artes culinarias”.

por MARIA ALEJANDRA BUILES // El Cementerio Universal empezó a conocerse como el de los N. N., en latín nomen nescio, es decir, “sin nombre”. Los anónimos del Universal configuraron un universo de signos y símbolos que develan la tragedia de una ciudad en guerra, cuerpos jóvenes, huesos trajinados entre el ir y venir de una fosa a otra, para terminar calcinados, desaparecidos, lejos de sus seres, ausentes. Cadáveres de nadie.

por MARÍA ALEJANDRA BUILES // En las primeras décadas del siglo XX oleadas de mujeres de la clase baja caminaron a pie limpio, con costales a cuestas hasta llegar a la ciudad en busca de empleo. La joven fémina destacada por su fuerza y vigorosidad fue el prototipo femenino preferido para los empresarios emergentes con anhelo de progreso industrial.

En 1900 la vida era frágil y las condiciones eran incluso precarias para muchos, así que morir siendo bebé, pequeño, adolescente o mayor era un asunto altamente probable que se aceptaba como voluntad de Dios y se recibía con ceremonias y ritos que variaban según la edad y las posibilidades económicas del fallecido.

Claro que sí. Hasta 1950 Colombia era un país rural, donde era común que los hombres anduvieran sin zapatos o que los usaran solo para ir a misa. Las mujeres, flexibles para adoptar nuevas ideas, decidieron ponerse botas y botines mucho antes… ¿Cómo lo sabemos?

34 hombres y una mujer

por FEDERICO RUIZ • Archivo Fotográfico BPP

Número 128 Abril de 2022

Grupo Medicina, por Fotografía Rodríguez, 1946.

Es 1946 y están a punto de graduarse en Medicina. Todos importan, pero ella mucho más. En una época de dogmas según los cuales las mujeres tenían el destino marcado (el hogar, el esposo, los hijos), Klara Glottman eligió las ciencias. ¿Quién fue?

Hace ochenta, noventa o cien años había opciones (no muchas, pero había). Algunas mujeres fueron obreras en las fábricas de tejidos; otras estudiaron secretariado, mecanografía o contabilidad en la Escuela Remington; otras eligieron la vida religiosa con sus viajes y aventuras llevando la cristiandad a Tombuctú; algunas prefirieron avanzar en lo social ingresando a las asociaciones femeninas; otras, a la Escuela Doméstica de Medellín donde aprendían desde cocina y planchado hasta horticultura y repostería; otras eligieron un camino en el que las oportunidades para las mujeres eran escasas: entre ellas, Klara.

Para ser aceptada en una profesión “tradicionalmente masculina”, además de cambios en el sistema educativo, Klara contó con el apoyo de su familia (provenían de Europa, donde las mujeres ya incursionaban en el campo científico) y con el de un decano con mentalidad abierta. “Preséntese”, le dijo. En ese entonces (además de las calificaciones, fotos, pagos y la aprobación del examen) se requerían certificaciones morales: las mujeres debían acreditar que no vivían solas o con sus hermanos, que no vivían en hoteles, pensiones o apartamentos y que su colegio respaldaba su idoneidad moral. Klara ingresó en 1941 a la facultad de Medicina. No fue la única mujer, pero sí quien llegó más lejos.

Con ella se matricularon Clara Uribe y Ligia Montoya. Solo se graduó Klara, en 1946, tras superar prejuicios y burlas de sus compañeros: la llamaban Klara Glúteos, según cuenta el anestesiólogo y escritor Tiberio Álvarez en su libro Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia, ciencia y presencia en la historia 1871-2016. También superó el antisemitismo: los judíos llegaban a ser blanco de insultos, como lo narra Héctor Abad en El olvido que seremos (aclarando que en general Medellín ha sido una ciudad amable con esta comunidad). Luego de graduarse, Klara fue a Harvard. Se especializó en endocrinología ginecológica.

Aunque se avanzaba hacia sociedades más igualitarias, “no todas pudieron lograrlo. Bachilleres recién graduadas fueron presionadas para volver a sus hogares, dejando el desarrollo profesional a los hombres”, como lo cuenta la revista Semana en un artículo sobre la historia del voto femenino en Colombia. Otras mujeres, quizá con más suerte, más ingresos y más vocación, fueron abriéndose paso hacia la siquiatría, pediatría y obstetricia. Para ellas, Klara fue inspiración.

En medio del océano de imágenes que conserva el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un mar de parejas posando juntas frente a la cámara. Y entre todas ellas, hay solo una que incluye —además de un hombre y una mujer— una lora. Pero, ¿cómo pasó esto que vemos?