Un perro caliente con ella en la mejor esquina de América

por JORGE IVÁN AGUDELO

Número 27 Septiembre de 2011

—Tintín Tantán… lleve gallina—, y bailaba el perrero hacia nosotros como impulsado por su estribillo.

Hacía años que no lo veíamos; tanto tiempo había pasado, que caminamos un poco incrédulos hasta ese cruce de calles donde siempre nos esperó su carrito, sus malos chistes, sus canciones inventadas…

—Eavemaria… qué milagro, la última vez que vinieron por acá yo tenía todos los dientes y ustedes eran dos niños… y ahora hasta hijos tendrán… ¿Se casaron, cierto…?

Y como si la pregunta hubiera sido su mejor chiste, tú y yo soltamos la carcajada… lo abrazamos sabiéndolo la única certeza de que en algún momento estuvimos juntos, y tú, parsimoniosa, respondiste, no Checho, yo no estaba por aquí, desde hace nueve años no pisaba esta tierra, desde ese tiempo no nos veíamos.

El viejo Checho se lleva la mano a la cabeza como si le hubieran dicho que se iba a morir mañana…

—Hombre Checho, ¿y ya cambiaste la receta?—, le pregunté para sacarlo del trance…
—No mi niño, es la misma pero mejorada…
—Entonces danos dos perros con todo, especiales, para tus mejores clientes… ¿O tú quieres otra cosa?
—Cómo se te ocurre que me voy a comer otra cosa—, me contesta Andrea haciéndose la indignada. Nos sentamos, ella a mirar la calle, las casas, cerciorándose de que todo estuviera en su sitio… y yo, a mirar para atrás, a buscarnos en ese mismo andén antes de los años.

Nueve años, dijo ella y el tiempo se me tiró encima… yo había perdido la cuenta y aunque todavía la recordaba de vez en cuando, ya no soñaba con un reencuentro, hasta que me llamó en la tarde y me propuso que nos viéramos, que ya era justo que habláramos, que un enojo de tanto tiempo era inhumano… ¿enojo?, ¿pero de qué me hablaba?, si yo había pasado por todo, pensé, menos por el enojo… primero estuve plañendo al lado de cualquiera, después anduve con una tristeza como asordinada que se atravesaba en cualquier cosa que hacía, con los meses me acometió un pacífico aburrimiento y, por último, como dice cualquiera después de cualquier tragedia, la vida sigue… luego de esa llamada tan inesperada, de haber acordado encontrarnos en el Tíbiri Tábara a las nueve… me quedo mirando al techo, recordando nuestro último encuentro, cuando me dijiste, con la resolución de tus veinte años, que no aguantabas un minuto más en Medellín, que nos fuéramos, que estábamos a tiempo, que no valía la pena quedarse en una ciudad que más se demoraba en verte que en cobrártelo… Acabábamos de volver del entierro de tu hermana, lo recuerdo muy bien, la hora no estaba para decidir ni qué camisa ponerse, pero tú, en medio de la rabia y el dolor habías tomado tus decisiones… te abracé y lloramos, volviste a lo mismo, que mi prima nos recibe en Madrid y allá vemos, que hablo en serio, que tenía que elegir entre un mierdero lleno de bombas, o tú, y yo, sincero y estúpido, te respondí: de Medellín no me muevo. Saliste de mi casa con tu vestido de luto a empacar para el viaje. Cuando después de dos días te llamé, confiado en oírte triste pero tranquila, y nadie me contestó, supe que te habías ido, sin embargo repetí la llamada a distintas horas, fui a buscarte, le pregunté a tus vecinos y a tus amigas, y nadie, pero nadie, me quiso decir nada, como si tu última voluntad antes de irte hubiera sido castigarme aleccionando a todos los conocidos para que no me dieran noticias tuyas.

—¿Al frente no quedaba esa licorera donde nos vendían cerveza a los catorce?—, preguntas señalando el garaje de una fábrica de brasieres.
—Sí, ahí quedaba, ¿te acuerdas que tu mamá amenazó al dueño con hacerle cerrar el negocio si nos volvía a vender, así fuera una caja de fósforos?
—Señora tan brava ¿no?
—Ya van a estar los perritos mis muchachos— y Checho hace su baile mostrándonos las salsas…

Tú te acomodas mejor en el murito, donde, desde los catorce hasta los veinte, como si fuera más sagrado que el Sabbat, comiste a mi lado perro con todo, te reíste con Checho, hablaste mal de tus amigas y me quisiste.

De cuatro a nueve no tuve sosiego, pensé en destapar unas cervezas para calmar la ansiedad de verte, pero me pudo el propósito de llegar sobrio a tu lado. Busqué qué ponerme, y después de escoger y no decidir, me conformé con cualquier cosa y salí a caminar. Barajé todas las vidas posibles para ti… lo más seguro es que se haya graduado en medicina, que tenga dos hijos, que reparta su tiempo entre ser una esposa y una madre ejemplares y en curar heridas, pero decidí ensoñar, crear otras vidas para ti, tal vez regenta un restaurante de comida típica que le sirve de tapadera para el menudeo de la mejor cocaína colombiana o, y lo pensé sonriendo, hace parte de una secta milenarista y viene a despedirse porque llegó la hora de los elegidos.

Y después de jugar a darte un destino, de recordar tus maravillosos pezones, el amor en el parqueadero de tu edificio, los conciertos de rock en el teatro Carlos Vieco, tu camisetica con Kurt Cobain en el pecho, las vueltas y revueltas para comprar un bareto en una chaza de la Setenta, después de hacerle honor a esa frasecita estúpida de: recordar es vivir un poco, llego a la puerta del Tíbiri y ahí estás tú, moviendo los labios, cantando pa dentro Tu amor es un periódico de ayer… sólo atino a sonreír, a señalarte la entrada de ese sótano donde tanta salsa se ha escuchado, pero tú te adelantas y me abrazas. Bajamos las escalas de la mano, te ríes con risa abierta y pides un tequila en la barra, por los viejos buenos tiempos.

No estaba tan errado… te casaste, te divorciaste, tienes dos hijos preciosos, vives para ellos y para la medicina, piensas en mí de vez en cuando, optaste por no aparecer, porque de haberlo hecho, me hubieras convencido de viajar y según cuentas, nunca hubiera sido feliz al otro lado del charco… ¿y después? Después fue tarde. Así las cosas, suena un tema del Joe y bailamos… o tu bailas y yo te estorbo y te piso… me preguntas por mis cosas como si te hubieras ido una semana de paseo a Santa Marta y no nueve años a Madrid, algo te contesto, no te lo niego, digo, fue duro al principio, pero… así fueron las cosas y me encanta verte. Estás hermosa, lo noto, lo nota todo el bar… y tú lo sabes más que nadie. Salimos al poco rato, los timbales no se hicieron ni para los reencuentros ni para las confesiones. Mientras caminas y preguntas si es seguro, si es cierta tanta belleza, si se acabó la zozobra, yo asiento y oigo tu taconeo por los adoquines de la Setenta… Y ¿qué pasó con éste?, ¿volviste hablar con tal?, pero si eran los mejores amigos… me inquieres por gente que ya ni recuerdo, cansado de no saber de nadie me invento dos o tres vidas para los amigos de la primera juventud. Como acometida por una epifanía, me suplicas: vamos donde Checho, por favor, vamos donde Checho. No puedo negarte nada, si con el sólo recuerdo de nuestro amigo el perrero se te ilumina la cara y vuelves a estar a mi lado, a usar tenis, a ser la de hace años… y aquí estamos viendo llegar dos perros calientes que parecen barcos de colores.

—Está delicioso— dices con la boca llena y vuelves a morder
—Así suene a una de esas frases que pegan en los corchos de las papelerías… hay cosas que nunca cambian.
—¿Por qué lo decís?—
me preguntas extrañada.
—Porque mientras te apoyas en mi rodilla, aprovechas para limpiarte la salsa en mi pantalón.
—Jajaja, qué pena, disculpame.

Y en esas estamos, comiendo pan y salchicha en la mejor esquina de América, cuando de la nada aparece una moto con dos pelaos, me miras como preguntando si tu miedo es un vicio adquirido en el primer mundo.

—No te preocupes, si me hubieras avisado con tiempo, te alquilo el carro de perros, solamente pa que comas tú, pero como llegaste de improviso, vas a tener que soportar a otros comensales— te ríes y terminas de comer.

Sin embargo, yo tampoco estoy tranquilo, no se han bajado de la moto, el parrillero manotea, Checho intenta explicarle algo, da media vuelta para coger un cuchillo, pero el otro se mete la mano a la chaqueta, saca un revólver, le apunta a la cabeza, dispara tres veces y arrancan. Eso es todo. Tú gritas y te levantas, pero antes de que corras a salvar a un muerto te agarro del brazo y empezamos a caminar rápido hacia la otra esquina. Intentas devolverte, te abrazo por la cintura y te recuerdo que estuvimos a dos pasos de los matones, que ellos nos vieron y nosotros a ellos, además, Andrea, le pegaron tres tiros en la cabeza a menos de un metro.

Nos montamos en un taxi, el chofer arranca sin rumbo y te mira llorar por el retrovisor; antes de que pregunte nada, le das la dirección del hotel, abres la ventanilla y recuestas el cuerpo contra la puerta, como si yo fuera el culpable, el organizador de una escenografía sangrienta, con sicarios y todo, para amenizar tu regreso. Busco enojarme pensando que eres un ave de mal agüero, nueve años sin visitar al pobre Checho, llegas como si tal cosa, te sigo el capricho… y Tintín Tantán… lleve gallina, pero no me engaño, me gustaría abrazarte, decirte algo, consolarte de alguna manera.

Te bajas y no te despides. Pienso, mientras te miro la espalda, que te debí haber dejado separar los sesos de las salsas, que fue injusto no permitirte un acto heroico.

—Llevame al centro— le digo al taxista con toda la intención de tomarme unos rones en ese parqueadero donde una vez me trozaron el dedo con una piedra.
—¿Le molesta si prendo el radio?
—No, bien pueda— y empieza a sonar esa canción promocional que cantábamos de niños:
La ciudad donde nací/y con mis amigos crecí/la ciudad que es de mis hijos/donde vivo y trabajo/por tí/ Medellín crece contigo/su progreso es para todos…

De golpe recuerdo que estamos a primeros de agosto y que Medellín está de fiesta. 

Pascual Gaviria

Brisas de la Iguaná

por REDACCIÓN UC

Número 27 Septiembre de 2011

Un martes lluvioso de febrero, hace 40 años largos, Misael Pastrana llegó a Medellín para entregar una urbanización de edificios medianos para la clase media. Pastrana creía estar cortando la cinta de un suburbio que sería clientela. No sabía que inauguraba un barrio con voz propia y labia larga.

En el principio era La Iguaná. Los viejos mapas de la zona de Otrabanda muestran un hilo negro en medio de un amplio cauce gris. La quebrada hacía de las suyas al menos tres veces cada año y sus vecinos se acostumbraron a vivir con los pantalones remangados hasta la rodilla. La Iguaná era el demonio de la zona y solo quienes estaban obligados a enfrentarla -pobres de solemnidad, campesinos recién bajados, areneros, lavadores de cueros- daban la pelea contra sus embestidas y su mala fama. La leyenda negra la completaban los malos olores y el zumbido de las moscas. Además de las curtimbres y sus aguas fétidas estaban los mataderos y una fábrica de jabones en cercanías de lo que hoy es Suramericana, para terminar de ensuciarlo todo.

Los barrios de Otrabanda que ya lucían rosales en el antejardín preferían mirar más hacia la calle San Juan que hacia Colombia. Laureles y La América le daban la espalda a esas mangas turbias llenas de sauces, pomos, guamos y algunas eras de maíz y fríjol, y arrugaban la nariz frente a los tugurios en las orillas del ferrocarril y los talleres en Naranjal. Pero un buen precio es capaz de vencer todos los prejuicios. Y poco a poco aparecieron los inversionistas decididos a convertir esas tierras malsanas en apetecibles: “de fincas a estancias, de estancias a parcelas, de parcelas a mangones, de mangones a mangas y de mangas a lotes”. Cuando en el centro una vara cuadrada valía 50 pesos, en cercanías de La Iguaná se podía conseguir entre 2 y 5 pesos.

J. B. Londoño, la Compañía Industrial de Sombreros y Lisandro Ochoa, un cronista con buen ojo y buen bolsillo, fueron algunos de los grandes inversionistas en la zona. Era cuestión de arrendar los predios como potreros y esperar. Desde 1932 se hablaba de proyectos urbanísticos en Otrabanda. Un plano de la época dibuja una pequeña ciudadela en el sitio exacto donde hoy está Carlos E. Restrepo. Era apenas un triángulo modesto en una porción de la ciudad que mostraba los tranvías eléctricos de La América, Belén y Robledo, señalaba el estadio Los Libertadores en San Joaquín y le entregaba importancia a la calle Colombia como salida al occidente.

A mediados de los años sesenta llegó la certificación definitiva para esa encrucijada. La Biblioteca Pública Piloto había desafiado el ambiente desde 1952. Luego se vendieron los lotes para los centros comerciales Los Sauces y El Contemporáneo, y el almacén Sears le señaló al Éxito dónde debía montar su local y cómo no debía manejarlo. En 1966 Suramericana todavía tenía dudas sobre su edificio de oficinas y su proyecto de viviendas. Le preguntó, entonces, a una firma consultora llamada Asesorías e Interventorías (AEI). El informe se puede resumir con una frase vieja: “No lo piensen más”. Ya el municipio hablaba de una “zona en pleno desarrollo para uso habitacional” y el Instituto de Crédito Territorial (ICT) anunciaba un “gigantesco plan de vivienda en Medellín”.

En 1970 llegó el gobierno de Misael Pastrana con una frase que hoy bien podría ser propiedad de Angelino Garzón: “Frente social, objetivo el pueblo”. Medellín tenía dos grandes proyectos apoyados por el ICT, uno para familias pobres en López de Mesa en el norte y otro al pie de la Biblioteca Pública Piloto pensado para “la laboriosa clase media de la ciudad”, según los avisos de prensa. En el diario El Correo de 1971 aparecen múltiples avisos con las listas de los “preseleccionados dentro del plan alcancía aplicado a la Urbanización Carlos E. Restrepo”. Medellín era todavía un pueblo en busca de costumbres de ciudad. Las notas sociales dan cuenta de los acontecimientos memorables: “Doña Clementina P. de Ospina ofreció a sus amigas una taza de té. El juego de canasta tuvo lugar ayer en su casa de Perú con El Palo”.

El martes 16 de febrero de 1971 llegó el presidente Misael Pastrana a la ciudad. Fue recibido por el ceño fruncido del gobernador Diego Calle y la sonrisa conservadora del alcalde Álvaro Villegas. Se fue para el barrio Las Nieves, arriba de Manrique, para hacer la primera visita presidencial a la comuna nororiental. Según El Correo fue aclamado por la multitud y rompió el protocolo para juntarse con el pueblo. Les dejo el cassette del discurso: “En nuestro país la reforma urbana será quizá la más avanzada de América… Hemos pedido al ICT centrar sus esfuerzos en suministrar auténticas viviendas populares y bueno ámbitos para los colombianos más pobres”. Siguió para López de Mesa a entregar las más de 600 casas y remató en Carlos E. Restrepo. Según el cronista de la época fueron 2 horas y 17 minutos de frenesí popular antes de prepararse para el coctel de rigor en el Club Unión.

En Carlos E. Restrepo se entregaban los primeros 216 apartamentos de los 1000 proyectados. Un aviso de página entera lo celebraba: “No estamos prometiendo, estamos cumpliendo”. En el acto público, bajo un toldo y con un edificio como telón de fondo, el director del ICT le explicaba al Presidente Pastrana -“a las 5:40 de la tarde”- que un año y medio atrás esos terrenos estaban ocupados por tugurios cuyos habitantes fueron llevados a otras viviendas. Pastrana admiró el primer piso del edificio marcado con el número 53-14 y “acarició una niña y estrechó docenas de manos” antes de ir a bañarse para estar presentable en el Club Unión.

La lista de los “felices propietarios” que entrega El Correo tiene profesores, jueces, la viuda de un cronista radial, jubilados y un decorador de Fabricato. También hay un estudiante burgués entre esa “laboriosa clase media”. El periódico no se cansa de elogiar el nuevo suburbio: “los apartamentos son cómodos y acogedores. La zona verde es grande y bien distribuida”. Y eso que todavía era un peladero, qué tal que lo vieran hoy cuando ya está cubierto por un toldo verde de 40 años que sembraron sus primeros dueños.

Pocas veces los elogios de la prensa no producen risa una vez han pasado cuatro décadas. Los habitantes de Carlos E. Restrepo supieron construir un barrio abierto y saludable en medio de las recientes emboscadas del miedo, se han resistido a las rejas y a las serpentinas de acero, y ni siquiera la vecina funeraria que ya viene podrá oscurecer su ambiente de cantina y parque infantil, de cafetería universitaria y guarida de jubilados, de primera estación para la fiesta y casa de abuelos. En este caso es la ciudad la que le debe al barrio.