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BAR-CEL-ONA

(Bar-cielo-ola)

por MANEL DALMAU • Fotos por el autor

Número 11 Abril de 2011

Todo el mundo puede encontrar una definición al uso del centro de Barcelona en cualquier paseo virtual o en las tradicionales guías que trotan por los países del mundo a golpe de fotografías de diseño y comentarios que saben a soborno. Entre estas líneas el lector ni siquiera podrá anotar en su memoria qué destinos puede visitar en algún incierto futuro si alguna vez sus caprichos homéricos llegan a la ciudad de los prodigios.

En mi Barcelona, solo queda el recuerdo de un centro que ya no es, un presente que huele a exilio y un futuro enganchado a una ciudad de moda que empieza a parecer una postal de segunda mano.

Desde la trinchera de cualquier bar del centro se puede desnudar a una Barcelona que ha caído en manos de la especulación. Hay modernidad, cierto, empujada por diseños babilónicos que borran con facilidad la esencia de todas las historias de aquellos pretéritos, tal vez imperfectos, que dejaron huella en la ciudad con el paso de los años. Variedad, también, entregada al gusto del turista con facilidades económicas y de mentes aliñadas para un consumo eficaz (caro). Abierta al mar, efectivamente, aunque el horizonte marino roto antaño por cartagineses, romanos y genoveses, ahora es invadido por cruceros de lujo con ejércitos de jubilados con ganas de joder la penúltima, solterones con ganas de seguir jodiendo y oportunistas del placer con ganas de mantener la jodienda.

Es un centro bicéfalo. Si nos agarramos a la historia de la ciudad, queda lo que hoy se llama el Barrio Gótico. Cerca de la Plaza del Rey se exponen bajo techo los restos de Barcino, villa romana, alrededor de la catedral los turistas serpentean por los callejones medievales recargados de tiendas de anticuarios, algunas librerías con polvos literarios, abundantes restaurantes con trampas y muchos rincones bellamente diseñados que no duran mucho (precios de alquiler desorbitados).

Si buscamos oscuridades canallas nos topamos con el Barrio Chino, o lo que queda de él, rebautizado El Raval. Allí vivían los obreros que entregaban su salud en las fábricas de la Barcelona burguesa e industrial. Allí nació una rosa de fuego dibujada por los anarquistas, allí anclaban los marineros de medio mundo en busca de amores pasajeros y borracheras interminables, donde la clandestinidad era el maquillaje perfecto para esconderse en tabernas con aroma ácido del vino a granel. Hoy, solo hay bares de diseño con clientes infieles, restaurantes que simulan cocina de autor y comercios que niegan su condición de bazar de lujo.

Ambos barrios están separados por un profundo navajazo que ha dejado una herida abierta en forma de calle que nace en la Plaza Catalunya y se desangra al borde del mar. Como dice una canción: “Al final de la Rambla me encontré con la negra flor”, lugar donde los barceloneses que se atreven a visitar la Rambla asisten como invitados silenciosos a las idas y venidas de batallones de turistas japoneses comiendo paella precocinada, pelotones de hinchas de cualquier equipo de fútbol acabando con la sangría o falanges de bárbaros del norte secando de cerveza los supermercados.

El gato triste y negro de Botero que está al final de otra Rambla, la del Raval, simboliza que este lugar oscuro y rebelde pertenecía a los nómadas callejeros, que se la pasaban maullando sus vicios y sus sueños a golpes de ajenjo marsellés, jugo londinense o pastís de Santa Mónica, convertidos en bodegueros bohemios que arañaban las paredes de algunas calles que hoy ya no están, y que han quedado sin herederos que defiendan el sabor añejo del Barrio Chino. Ni siquiera el legendario huelebraguetas Pepe Carvalho (el personaje más popular creado por un hijo del barrio, Manuel Vázquez Montalbán), un detective que vivía en Vallvidrera y que tenía su despacho en la Plaza Real, que comía en la casa de un tal Leopoldo y que resolvía sus casos a golpe de callejear este centro, se asoma por aquí. Quizás este gato esculpido de Botero está plantado en un buen lugar, apenas a veinte metros de la esquina donde fue asesinado Salvador Seguí en 1923, el noi del sucre (el chico del azúcar), un líder anarcosindicalista. Aquí también matan a los atrapasueños o a los cazautopías.

Entregada como una puta cara al turista de medio y alto presupuesto y gustos raros, en el centro de Barcelona quedan pocos barceloneses de tercera o cuarta generación que resistan vivir en él. La consigna de la alcaldía es proteger al turista, que es el que suelta la pasta y mantiene la calidad de servicios de la ciudad y acabar con la santísima paciencia de los vecinos de los barrios del centro, acuchillándolos con impuestos de mierda y convirtiendo sus apartamentos y casas vacías o abandonadas o mal vendidas en lugares de alquiler fácil (y caro) al servicio de los visitantes que se han creído el cuento de la globalización.

Su multiculturalidad es uno de los pocos atractivos que tiene el centro, Bollywood callejero, cuentos chinos, carnicerías árabes, galerías de arte con acento francés, bicicletas de alquiler importadas de Holanda, lavanderías con páginas del Corán enmarcadas en la pared, joyerías fieles al sabbath, centros teatrales con espíritu paisa, barberías con shivas armados con navajas de afeitar y tijeras en sus seis brazos, tabernas irlandesas sin hombres tranquilos, tatuadores que pintan copitos de nieve en las nalgas de los que se emborrachan y se atreven, o mercados populares donde se confirma la presencia de productos exóticos que antes resultaba imposible encontrar.

Bajo distintos cielos que tiene Barcelona, (los hay), el centro te da facilidades para convertirte en un caminante ocasional y perderte en sus laberintos en busca de un minotauro para que te pueda dar un par de cornadas y devolverte a la cruda realidad. Tras intensas jornadas de ramblear y conocer museos, dietas mediterráneas y algunas chorradas para pescar al turista, uno se da cuenta de que se ha metido en un parque temático en forma de ombligo que vive del sueño olímpico del lejano 1992.

Las eternas olas del Mare Nostrum golpean con suave desdén los escalones que mueren al borde de una aceitosa espuma de sal, es el final del camino, protegido bajo una estatua de Cristóbal Colón que señala hacia alguna parte y que aguanta con estoicismo de bronce las constantes cagadas de gaviotas y palomas sin mensaje. Allí, en esos escalones, solía sentarme a fumar un porrito, y mirar a esas palomas comer las migas de pan seco que los desocupados de la ciudad les daban, pero esa era otra canción, o canciones, recitadas bajo la influencia del aprendizaje del eterno adolescente que se lleva dentro, y que con el tiempo, dar la espalda a una ciudad que como una amante, te entrega todo su placer con sus primeros besos y te lanza al vacío con una caricia.

Un recuerdo para el BAR “La Granja del Gavà”,
el CEL de Septiembre i la ONA mediterránea
del amanecer.

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En el 'esla' perdí a Gabriela

por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Número 11 Abril de 2010

En una noche cargada de luna blanca, una luna colgada de un cielo oscuro y tan blanca, que parecía ser el terrible ojo de un ciego… En esa noche láctea, ay Dios, conocí a Gabriela…

Recuerdo que era sábado y que en mi mente andaban trabados múltiples pensamientos, de pronto, un revoltoso guaguancó de Gilberto Cruz (Resignación) hizo temblar los parlantes del bar y mis pies se fueron despegando del piso y empezaron a golpear suavemente el pegajoso embaldosado gris. Me levanté de mi silla, todavía con una cerveza en la mano, y me fui hasta una mesa repleta de “mango bajito”. Quería sandunguear, “soltar los caballos”, y escogí a una negra de caderas sabrosas para saborear la pista. La negra me hizo dar vueltas, me tiraba y me traía. Yo era feliz nadando en ese mar de trompetas y tambores isleños, pensando en un retozón debajo de las estrellas, sin más compañía que Joe Cuba, sin más abrigo que el vientre de esa negra sandunguera y recia, pero la canción se terminó y tuve que cancelar mi primer arrebato en la tibia noche de sábado por la noche. Volví pues a mi “chela” fría, a mi “tripita” de cebada y alcohol, el mejor energético pa’ menear el esqueleto.

Dejé que pasaran canciones, evité sones y salmueras románticas. Evité la “leche en polvo” y el “hechizo de media luna”, luego me tiré al baldoseo con Margie de Ray Barreto, esta vez con una blanquita francesa que no sabía mover los hombros. Con ella también me inventé un final feliz, quizás entre sábanas, en un apartamento pequeño y con buen olor, escuchando Pink Floyd y Velvet Underground hasta la muerte de la última hora de la madrugada. Le arrimé mi aliento y saboreé el palpitar de su pecho con mis manos flacas; le repasé la espalda con mi dedo anular y ella me miró con ojos de miel brillante. Pude haberle robado el color rosado de sus mejillas pero Tito Puente soltó a Patato Valdés con el Stick on Bongo. La nena se escurrió dulcemente de mis manos de lobo y fue a sentarse junto a la negra de las caderas sabrosas. Yo me quedé petrificado, sintiendo como se erguía la hombría dentro de mis pantalones.

“Sabés qué flaca, dame media de ron y una botella de soda”, le dije a la mesera, ella me hizo una mueca salpicada de malicia y luego desapareció en el tumulto. Después de Patato cayó Rubén Blades con el “Padre Antonio y su monaguillo Andrés”.

A mí se me hizo muy chafa la mezcla de timbales ketaminosos con la suavidad eclesiástica de los xilófonos de los Seis del Solar, pero ya estaba muy cogido de la electricidad de la música como para no dejarme sobornar de las estrellas. Los dos primeros tragos de ron me sacaron una sonrisa de pendejo.

Iban pasando las horas, mis ojos, cada vez más rojos, se plantaron en una línea recta que daba a la puerta de madera del Eslabón. Allá, como una muñeca luminosa, estaba Gabriela, cambiando el aire de sus pulmones por el humo de un cigarrillo húmedo.

Yo la esperé atado a mi silla metálica, la detallé línea por línea, hasta que la tuve en frente y comencé a temblar como perro callejero. Ella no dijo nada, o eso creo, tan sólo alzó esos ojos de pantera rabiosa y se sentó a mi lado. Pidió una copa y un vaso con agua, bebió de mi botella sin preguntar. Luego, tras el amargo trago, me cogió de la mano y me tiró a la pista, “vamos a bailar”, dijo, y me apretó contra su cintura. Me dejé dominar por ese cuerpo cálido y me emborraché con el suave olor de su cabello.

El tornamesa gorjeaba una dulzura de Roberto Roena y Gabriela y yo nos fuimos envolviendo en un solo sudor al ritmo de la voz de Poncho Sánchez. Casi ni escuchaba la música, encantado que estaba con el vaivén pélvico de ‘Gabi’. Parecíamos en otro espacio, suspensos en otro aire. Yo me imaginé que era Laurent Wolf el que sonaba… o quizás Debussy, y que en vez del Eslabón, estábamos, ella y yo, en medio de una iluminada llanura cercada por robles y cedros.

Pero la salsa me trajo de vuelta a la realidad, ese sonido de tambores y de trompetas me rebotó de nuevo hasta la barra, donde ya no estaban las nalgas duras de Gabriela.

La media de ron iba por la mitad. Yo estaba medio loco, medio aturdido, pero feliz.

A Gabriela no la vi más esa noche, no la vi más ninguna noche, pero al Eslabón volví siempre, me sedujo el bar, el aliento a alcohol petrificado de Carelo y John, el bozo mejicano de Palomino y las banderas del Medellín que se dejan correr silenciosamente por la brisa, pendidas de las vigas de madera añeja que sostienen el largo techo del bar.