Loor del burro

Por EDUARDO ESCOBAR
Ilustraciones de Alejandra Pérez

Una vez dos hombres caminaban por una trocha, por los lados de San Antero, a buen paso, y los dos llevaban sombreros, aunque de distinto modo. El uno llevaba un desgastado sombrero de cañaflecha que había olvidado su forma, y el otro un sombrero de tela azul, de filipichín, nuevecito. Era obvio que caminaba por necesidad el que calzaba sandalias trespuntá. Y que el otro, el que llevaba los zapatos de la misma tela y del mismo color del sombrero, se afanaba por hacer gimnasia, tal vez por recomendación de algún médico sádico que quería amargarle la vida. El primero llevaba un burro de cabestro. El otro iba limpio de responsabilidades, sin obligaciones, como si dijéramos.

Y dijo el dueño del burro. Yo podría comprar un buen caballo, si quisiera, no vaya a pensar. Plata no me falta. Pero prefiero este burro de apariencia humilde. Es muy noble, ahí donde lo ve. Y hasta cariñoso. A veces le gusta rascarse la cabeza contra mí. O descansarla en mi pecho como un niño. Y en ocasiones, cuando vuelvo a casa, sale a recibirme como un perro agradecido. No, no lo tengo por resignación. Porque me dé lástima el abandono de los burros. Porque no tenga otro remedio. Amo mucho este animal. Me gustan los burros. Los burros suelen asociarse con la pobreza, pero a veces también les sirven a los ricos, usted debe saberlo, por la cara que tiene. Se encuentran, aunque no abunden, buenos burros de montar, de buen porte y buena alzada, que se dan mañas para marchar con el garbo de un alazán.

Además, un buen burro yegüero puede valer su peso en oro. Dijo el otro, por no llevar la contraria. Y pensó. Algunos escritores como Claudio Eliano suponen que la yegua recibe al burro con asco, como una afrenta. Pero no es cierto. Al fin y al cabo, si una yegua quiere resistirse, resultará invencible, por más audaz que sea el burro y por más ganas que tenga de desahogarse. Y ahí están las mulas, de todos modos, para corroborar la fertilidad de sus esparcimientos amorosos. Lo pensó. Pero no dijo ni mu.

Por el camino los alcanzó una nube de polvo dorado, dando vueltas, haciendo remolinos, embudos. Hacía mucho viento aquella tarde por los lados de San Antero. El sol era casi rojo, el cielo más que azul, y arriba, altos, los gallinazos se entretenían planeando, dejándose llevar placenteramente por las corrientes de aire, vestidos de negro, como para un funeral.

El del sombrerito de tela se acordó de una cosa que había oído y que a veces atestiguan los escritores regionales. Que en algunos pueblos de la costa, abren o abrían, prostíbulos de burras donde los muchachos hacían sus primeras armas. Y se acordó del poema de amor que le dedicó a su burra de la adolescencia el poeta Gómez Jattin, que en paz descansa. Y recordó también que muy cerca, en San Antero, suelen hacer reinados de burros como en otros municipios realizan reinados de muchachas.

Su majestad el asno, un animal tan desdeñado, suele asociarse también con la torpeza intelectual, puesto que no es más que un pobre más de carga en este mundo, con sus orejas hiperbólicas. Y su única virtud reconocida es la paciencia. Dijo uno de los dos. Pero que hablen de la paciencia de los burros los que no han recibido una patada de burro. El burro puede ser enérgico a la hora de expresar su inconformidad.

A pesar de su aparición repetida en nuestros anecdotarios no hacemos mucho por realzar la majestad antigua y terrible del asno. Dijo el segundo hombre. Siempre en plan de condescender. El burro es un animal comprometido políticamente, como si dijéramos, puesto que tuvo que ver en el primer asesinato revolucionario, según el mito. Caín, representante del nuevo orden agrícola, al abrir el camino de la civilización con el sedentarismo, debió asesinar, en beneficio del progreso, con una quijada de burro, a su retrógrado hermanito. Abel era un nómada recalcitrante, un reaccionario, como se diría ahora, que se negaba a fundar un hogar, insistía en vagar por la inseguridad perpetua de los campos y se empeñaba en dormir a la intemperie. El poeta semita olvidó contarnos qué clase de muerte tuvo el mamífero que sirvió para el primer homicidio. Y por manos de quién. No importa mucho de todos modos.

Un bus lleno de bultos en la parrilla y de gente sudando la gota gorda en la cabina, pasó rumbando e hizo sonar sus ofensivas trompetas. Y el burro se detuvo un momento, alertando las orejas llenas de briznas de yerba. El sol comenzaba a caer con su lentitud característica. Y el polvo que los seguía se asentó para descansar y esperar los chispazos de las primeras estrellas. Pero estas se iban a demorar aún un rato.

En su discurso contra Apión, dijo el dueño del burro, si no fue el otro, Flavio Josefo refuta con indignación la teoría, descabellada para él, como buen judío que era, según la cual detrás del velo del templo los sacerdotes mimaban un burro vivo o la cabeza de oro de un burro. Lo cual convertiría al pobre burro en el mismo Dios innombrable del pueblo elegido. Es difícil de creer. Y sin embargo puede ser. Porque todo puede ser en este mundo donde suceden tantas cosas. Incluso que los burros sean endiosados. Sucedió otras veces, como tal vez le cuente más tarde, si tenemos tiempo.

De cualquier manera, sea verdad o mentira, el burro ocupa un lugar de privilegio en la historia sagrada de Occidente. En la misteriosa anécdota de Balaam, por ejemplo, cuya burra vio el ángel del Señor antes que él, y le recriminó porque la azotaba con voz desabrida, de burra. Y en la del asno de Buridán, que usaron los filósofos en la Edad Media para discutir el problema espinoso del libre albedrío. Y como mereció un lugar honroso junto a la cuna del Dios encarnado, también tuvo uno trágico en el drama de la redención. La víspera de ser izado en el patíbulo, Jesús entró en Jerusalén montando, no un caballo como un César romano, o como un guerrero griego ni como un jugador de polo, sino en un humilde pollino, para juntar en el símbolo la humildad y el orgullo. Aunque entre, en el libro de Job, en el catálogo de los animales inmundos, y aunque estuviera prohibido por las leyes mosaicas uncir al arado, el asno y el buey al mismo tiempo, el burro nunca perdió su extraña preeminencia histórica. Dicen que Pitágoras vivía en presencia del espíritu de su amigo Califonte. Quien le aconsejó no cruzar jamás por donde se hubiera echado un burro. Y que se cuidara de la calumnia. Pero los burros han sido los más calumniados de los seres de cuatro patas. Tanto como le tocó padecer a Pitágoras de parte de los adversarios de sus reformas aritméticas.

El modesto burro, uno de los más despreciados entre los cuadrúpedos, contó con un papel ilustre en la ilustre literatura de Occidente, la religiosa y la profana. Mire usted el burro de Sileno, dios de la risa y la borrachera, que mereció el Olimpo, y el asno de oro de Apuleyo, y los burros encapuchados que a veces tomaban parte en las rondas de las orgías de Dionisos. Y acuérdese del burro inmortal de Sancho Panza. Puede que carezca de nombre, pero ahí sigue con su fama, con el mote de rucio, por el color deslucido.

Habían llegado a un cruce de caminos. Donde abría una tienda. Y decidieron tomar una cerveza antes de seguir la marcha. El dueño de la tienda destapó las cervezas con mano temblona, y el hombre del burro dijo en voz baja: esta cerveza me sabe a meados de burro. Y usted me hace acordar, dijo el otro, de un personaje de Juan Rulfo que dijo lo mismo en un cuento de ese incomparable escritor mexicano. Pero yo me pregunto si Rulfo probó alguna vez los meados de burro. Es un decir, aclaró el otro, dejando chorrear un poco de cerveza en el piso del tenderete, para alimento de las ánimas, según la costumbre popular.

Rulfo no hubiera necesitado mencionar los burros en sus libros. Sus paisajes los presuponen. Paisajes como estos. Desnudos, de soles mordientes y piedras sueltas y pajonales y cactus sedientos. Esta mañana, a propósito, me encontré unos burros en la novela de Vargas Llosa sobre el finado Palomino Molero.

El hombre del burro dejó que el otro pagara las cervezas. No soltó un instante el lazo de su compañero ni siquiera para meter la mano en el bolsillo. El dueño de la tienda recibió la paga y agradeció con un escupitajo entre sus pies descalzos y un gruñido de despedida. Y mientras seguían su derrotero, el del sombrerito de tela, continuó de esta manera.

En los textos orientales el burro es un motivo recurrente. En la Misná abundan los comentarios donde aparece el burro en medio de los pormenores legales que plagan ese libro abstruso. Si un burro se come una viña, el dueño del burro deberá pagar el daño al de la viña. Y en los tiempos de la formación de Europa, todavía se juzgaba a los burros como sujetos judiciales. Y llegó a darse el caso de la excomunión de algún burro que en su despiste se comió unas hostias consagradas. En Las mil y una noches, un libro pródigo en engaños, hay una historia en la que un ladrón finge ser el burro desencantado de un viajero. Pero olvidé los pormenores. Usted puede buscar el cuento. El libro es fácil de conseguir.

En nuestra provincia literaria los burros suelen padecer a los fabulistas que los ponen a hacer tonterías casi siempre. Juan Ramón Jiménez intentó en vano devolver la dignidad a los burros con su Platero, en un libro muy famoso hace años, que ayudaba a dormir los niños con las aventuras insípidas de un burro andaluz. Siempre me pareció que Juan Ramón Jiménez no redime los burros con ese pollino lírico y meloso, sentimental como un sacristán de antes. Digamos que Platero no es más que otro burro en el reparto de los burros de la película del mundo, entre el anónimo que puso la quijada para el primer fratricidio y los que cuidaba el rey Saúl, pastor de burros, y primer monarca coronado, fíjese en la analogía, y el burrito del pesebre y la pollina que condujo a Jesús a Jerusalén para que fuera crucificado.

Yo me imagino los burros de Juan Rulfo muy parecidos a los burros que circulan por todos estos pueblos costeños. Con un mulato sentado en loto en el duro lomo, gritando un canto de trabajo, o haciéndole la segunda a una canción que resuena en un radiecito de pilas remendado con pedazos de esparadrapo. Y fíjese usted que en Boyacá, otra región de burros en Colombia, casi nunca los montan. Los boyacenses parecen ser más respetuosos con sus burros. Allá son animales de pura carga. Para llevar leña y agua. Ni siquiera los niños los cabalgan. Pero cabalgan tal vez no es la palabra adecuada. Aunque el burro, de cualquier modo, pertenece al género equus con el mismo derecho que los caballos. Y las mulas. El burro no es más que el proletario de los equinos, si uno quiere. Pero es mucho más que eso también.

En la conquista de América existe un burro inolvidable, que fue convertido por azar en divinidad, aunque a la postre acabó sus días en una barbacoa para calmar el hambre de un misionero español, añadió el hombre del burro con tristeza, mientras descendían hacia una aldea donde raleaban unas casas pajizas con las cumbreras rotas, las fachadas cariadas y las ventanas cegadas con tablas podridas. Y al entrar en las primeras calles, su burro fue saludado con rebuznos por unos congéneres que curaban la sed en una poceta de agua sucia. El burro del hombre rebuznó también en señal de reconocimiento, pero sin mucho entusiasmo, valga la verdad.

El hombre que no era el dueño del burro sonrió ante el agasajo. Y el otro siguió diciendo por su lado, mientras palmeaba con cariño las enflaquecidas ancas de su compañero, conozco la historia. Y el otro dijo, los historiadores suelen recordar a Belalcázar que fue porquerizo antes de emprender el viaje americano. Y recuerdan al perro Leoncico, que descubrió la mar del sur para mayor gloria de su amo. Pero suelen olvidar al Conquistador. O Marubare, como también se le nombró, en son de sorna, como vamos a ver si me deja acabar la historia sin interrumpirme, porque se acerca el momento de separarnos.

El pueblo vacío se caía a pedazos. El viento batía las puertas desajustadas. La iglesia estaba en ruinas, convertida en palomar la pequeña torre donde faltaba la campana. Unas cabritas comían arbustos espinosos, ropa vieja, zapatos, latas de sardinas. Un perro cundido por la sarna dormitaba bajo el aviso borroso de la abandonada estación de policía. Y un gallo solitario en la puerta de la farmacia cerrada aleteó de puro aburrimiento. Iba a cantar, pero se arrepintió. Y solo emitió una serie de gorgoritos de rey viejo.

Los historiadores suelen olvidar en sus narraciones de los días del descubrimiento del altiplano cundiboyacense, y de la fundación de Bogotá, ese burro de origen español, sobreviviente del naufragio de unas carabelas en las primeras circunnavegaciones europeas frente a las bahías de Santa Marta. Ese burro dobló su buena suerte. Después de salvarse del desastre, cayó en manos de los caníbales que habitaban esas costas azules adonde no habían llegado todavía los oidores con sus orejas acuciosas, ni los obispos con sus mitras tan parecidas a las orejas de los burros, ni los políticos con sus componendas, ni la idea salvaje de que tenemos derecho a servirnos de los otros animales para lo que se nos ocurra. Con los caníbales no le fue tan mal al pobre burro como le había ido desde el comienzo del mundo llevando canastos y haces de leña mojada y jinetes pasados de kilos. Y como le habría de volver a pasar, andando el tiempo, cuando fuera rescatado por sus compatriotas ibéricos, más inescrupulosos. Con los indígenas le mejoraron las cosas. No hay duda. Nunca se sintió tan bien atendido un náufrago.

Los aborígenes que presenciaron el hundimiento de la nave frente a sus costas quedaron asombrados ante la criatura orejona surgida de las olas, con sus ojos de inocencia llenos de pestañas y de susto después del chapuzón. Y lo llevaron entre mimos a su poblado, soplando carrizos y danzando al son de unos atabales, según me imagino. Era un ser precioso y nuevo para ellos. Digno de toda fiesta y de toda alabanza. Con fatigas, palancas y maromas, sin interrumpir los cantos, como es dable suponer, lo subieron a la cresta del risco donde vivían. Lo instalaron en una basílica improvisada, un ramada que había sido secadero de mazorcas y le dieron de comer en abundancia y le pusieron agua fresca, como corresponde con un dios desconocido. Y cuando rebuznaba a sus horas según el deber asignado a los burros por el Creador, paraban lo que estuvieran haciendo hasta que el desconocido terminaba de cantar y se miraban orgullosos entre ellos como si oyeran el himno de uno de los ángeles de sus rústicos cielos.

Yo no creo equivocarme si digo que los hombres desnudos de la aldea lo convirtieron en un animal de culto a causa de sus atributos y de las micciones abundantes de su falo monumental, que las muchachas fantaseaban con el apéndice entorchado y que hablaban entre ellas, a escondidas, de su tranca olímpica y lo adornaban con diademas de flores de orquídeas de la sierra con admiración, ocultando sus sentimientos para no ofender a sus novios. Y los niños, con mucha seguridad, le mojaban el hocico con miel de abejas, esperanzados en que les daría una trola así de milagrosa cuando estuvieran mayorcitos, en edad de procrear.

Así fue como resonó el primer rebuzno en tierra firme en Colombia, dice uno de los cronistas mayores. Y desde entonces no han cesado de rebuznar por aquí. Lo digo sin ironía, dijo el dueño del burro. Respeto mucho a los burros para comparar sus burradas inocentes con nuestros despropósitos y nuestras corrupciones. O para burlarme de la estupidez de ciertos alcaldes a su costa, como hizo Cervantes en su libro glorioso. El hombre del burro soltó un regüeldo y se quejó. Esa cerveza me cayó como si hubiera estado envenenada.

Allá, convertido en una encarnación divina, encontraron al dichoso burro, divinizado, los primeros expedicionarios españoles rumbo a Bogotá, al mando de Gonzalo Jiménez de Quesada. El cronista cuenta el asombro de los hombres del granadino al escuchar un rebuzno inesperado en aquellas tierras sin burros posibles. Y narra cómo enviaron exploradores a buscarlo y cómo lo descubrieron por fin, entregado a la gran vida, encima en el peñol remoto, donde los indígenas lo habían encaramado a punta de lazos y de rezos. Los españoles lo bajaron en angarillas entre maldiciones, como a un burro cualquiera, porque acostumbrado como estaba a ser tratado como un príncipe, se resistió. Y lo invitaron a la fuerza a acompañarlos en el camino del altiplano, donde iban a fundar la capital de este país desmesurado. Sin prestar oídos a las protestas de los indígenas que ya lo consideraban suyo ni parar mientes en la repulsa del animalito. Y lo nombraron Marubare. En recuerdo del cacique que lo había tenido bajo su cuidado y a quien lo arrebataron después de combatir con él por la presa.

Así fue como Marubare debió asistir, impertérrito, a la misa de la fundación de la ciudad capital de Colombia, juntando las orejas piadosamente, a falta de manos, al cabo de la travesía inhumana por los pantaneros rojos de Santander y por los lodazales del río Magdalena arriba y por los helajes de la emparamada Tunja. Rebajado a burro común y corriente otra vez, a simple feligrés necesitado, después de haber sido un dios, aunque fuera un dios pagano, pero un dios al fin y al cabo. En la marcha, los tropeleros de Jiménez de Quesada olvidaron a la larga el primer nombre de Marubare que le habían puesto al principio, para concederle el sobrenombre de Conquistador, en son de befa. Una mordacidad más que un título, aplicado a un burro convertido en un simple carguero de bastimentos y peroles.

Fue el primer burro que pisó esas tierras, agrega fray Pedro Simón en las Noticias Historiales. Y habría de pisar otras. Porque después el sargento Salinas lo llevó a sus entradas, dice el historiador, por los lados del Huila cuando fueron en busca del inhallable El Dorado. Y más tarde pasó a manos de un tal Juan de Montalvo. Y luego acompañó otro tiempo al hermano de Jiménez de Quesada cuando este lo dejó por lugarteniente de la sabana, mientras fue a España a resolver sus enredos de ladrón, que no le faltaron, con razón y sin razón.

Por último, dice el fraile en sus noticias, sirvió a Vicente de Requesada, un agustino venido con Nicolás de Federman. Las crónicas no cuentan los pormenores del negocio, si lo intercambiaron por un puñado de esmeraldas o por algún tunjo de tumbaga o unas mantas. Ni cómo Requesada, cura en Tunja y encomendero de Moniquirá, después de recibir mil beneficios del jumento, a la vuelta de una jornada de la cual venían desbaratados y hambrientos, lo sacrificó para comérselo, porque el sacrificio es muchas veces el destino de los dioses. Sin desperdiciar cosa, dice la crónica. Pues con la sangre y las tripas hicieron morcillas de burro. Y consumieron hasta el cuero cocido para que los indios del montón y los simples troperos mercenarios también participaran del homenaje. De este modo sirvió bien en vida. Y mejor muerto. Dice sin remordimiento el cronista.

Así recompensó el cura Requesada a un dios degradado, que le prestó servicios invaluables en su papel de burro. Uniendo la ingratitud al sacrilegio.

Nietzsche dijo que el rebuzno del burro suena como un canto en las orejas del tigre. Finalizó el hombre su gesta burresca. Lástima que debamos separarnos. Podría decirle otro montón de burradas para convencerlo de la sinceridad de mi amor por mi burro. Pero debemos despedirnos aquí.

Y se separaron. Y el hombre del burro siguió su camino con su burro detrás, y agitó su sombrero roto. Y el otro hizo lo propio con el suyo, para no ser menos, haciendo media reverencia. Y llegó tarde la noche ya a Tolú. Que era su destino, cuando hasta los burros estaban profundamente dormidos y empezaban a brillar las estrellas que un poeta llamado Baltasar Gracián, nombró gallinas de los campos celestiales. Con una metáfora que a Borges le sonó prosaica y cómica pero que a mí me parece muy bella a pesar de la aparente crudeza. Y por qué no pueden compararse las estrellas con las gallinas cuando un poeta árabe antiguo, pasado de licencioso, se atrevió a llamar al sol ojo del culo del cielo. Y fustigó a la luna comparándola con las trotanoches que andaban a la caza de novios por las esquinas de Toledo.