Archivo restaurado

Universo Centro 005
Septiembre 2009

Me enredé con una minutera

Por FERNANDO MORA MELÉNDEZ
Fotografías de Juan Fernando Ospina

Las mujeres que dejan marcas son las que menos tiempo pasaron con nosotros”. Así reza un aforismo que leí hace poco y que comprobé en carne propia y en hechos aislados que me sucedieron en la Villa de la Candelaria.

Como estoy desempleado, salí a regar algunas hojas de vida por el Centro y a buscar un encargo para mi madre en un laberinto de chucherías y abalorios conocido como El Hueco.

Andaba a trompicones por ese amasijo de gentes y comercios cuando me acordé de que no me acordaba del nombre del antojo. Sabía que era una especie de rallador de verduras de los que hacen figuras: papas rizadas, flores de zanahoria y estrellas de remolacha. Pero no sabía ni el nombre, ni la forma, ni qué sentido tenía comprar eso.

Marqué el número del celular de mamá y entonces una voz maquinal me dijo que ya no me quedaban minutos. Por suerte, tenía alguna menuda y tal vez podría encontrar por estos lados un móvil alquilado. Pregunté a un vendedor de dividís piratiados si sabía de dónde podía llamar.

—Vea… allá en la esquina está la minutera.

Junto a la sombrilla de una chaza, entre humos de chunchurria, alcancé a ver a una mujer de gorra y chaleco con anuncios reflectivos. Varias zancadas después estuve junto a ella. Su tarifa estaba a mi alcance: 250 el minuto.

—Hola —dije—, ¿tienes minutos?

Me hizo un bizco para recalcar la estupidez de la pregunta. No andaba de buenas pulgas. Debajo de esa casaca promocional se intuía una mujer de formas opulentas, de un palpitante atractivo. No sé por qué el nombre de minutera y ese cuerpo producían en mí extrañas e íntimas fantasías. Lo curioso es que de su chaleco se desprendían por lo menos seis cadenas como tentáculos, de cuyos extremos colgaban celulares de los viejitos.

“Qué minutera tan bonita”, pensé mientras le dictaba el número de mi anciana madre.

Escuchar el hilo de voz de mi mamá en la algarabía urbana fue una labor tan ardua como oír el susurro de las ánimas en medio del avance de una retroexcavadora. Y para que ella me oyera había que sobreponerse a la cantinela de los voceadores que pregonaban a grito pelado el último disco de Silvestre Dangond, la novena del padre Marianito y toda la serie de El cartel de los sapos.

—Sí, ya sé que es un rallador, ¿pero qué marca?

—…

—¡No te oigo!

—¡TIZA CHINA! ¡EL MATACUCARACHAS!

—Es de plás… ti… co.

—¡SIN TETAS NO HAY PARAÍSO!

—¿Cómo?

—En la calle.

—¡AMANDO A PABLO! ¡LAS PREPAGO!

—…que lo venden en la calle, no en los almacenes…

—Sí, ya sé que lo venden en la calle, ¿pero… en cuál calle?

Al mismo tiempo, habían empezado a mezclarse las conversaciones de los otros usuarios que estaban pegados a las cadenas de la muchacha, quien como un pulpo comercial ofrecía los servicios de todos los operadores telefónicos. Ante semejante maraña de voces y sensaciones no me había dado cuenta de que ya había trenzado mi cadena con la del vecino y lo tenía enlazado como a un corderito. Este, tratando de desatarse de mí, a su vez rodeó con la suya a un rapero que discutía con alguien al otro lado de la línea.

—Bróder, córrase para allá —me ordenó el rapero— que se está armando un lío el berraco…

Supe a esas alturas que iba a ser muy difícil deshacer la trama. El cliente de al lado no se inmutaba, concentrado, creo, en describir el estricto orden y horario de las pastillas que seguía en un tratamiento.

Mientras trataba de descifrar las exigencias de mi madre, había dado varias vueltas hasta el punto que la cadena se había templado entre la vendedora y yo. Entretanto, el cliente de la receta médica por fin advirtió que estaba metido en un nudo gordiano, y ahora tampoco entendía la lógica de los hilos y lo único que hacía era jalar para el lado suyo. Esta reacción logró que la minutera y yo nos acercáramos bruscamente. En medio de la incomodidad, ella trataba de dar una devuelta con una mano, mientras con la otra sacaba un celular del otro bolsillo. Y solo cuando sintió un fuerte tirón del rapero, me mentó la madre, que, a propósito, todavía estaba en el teléfono.

Ya andábamos más anudados que un truco de Houdini. Y en el centro del nudo la mujer pulpo repartía por igual encantos e injurias. Mi vecino de atar, el paciente, pareció entrar en coma de la rabia, como si solo él pudiera tener el privilegio de enredarse con la bella minutera.

—Se llama rallador multiplex —gritó mi madre al otro lado, y por primera vez se oyó muy claro su hilo de voz.

—ME PIDO LA VENTANA —gritó un vendedor de películas.

No sé si dijo esto porque en ese momento quería ver el encuentro del atado de humanos con un funcionario de Espacio Público que venía a deshacer el embrollo, o tal vez a amonestarnos por obstruir la circulación de los peatones.

La marca de la cadena en mi piel duró varios días, como la de un ahorcado que indultan. Cuando me preguntaron: “¿Qué te pasó en el cuello?”, yo les contesté: “Nada, fue en estos días que me enredé con una minutera”.