Jaime Torres Holguín: la vida de un impostor genial
por MARCOS FABIÁN HERRERA • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 148 Marzo de 2026
“¡Dejemos que estos güevones se rompan las cabezas!”. Esa fue la frase escueta y lapidaria que le lanzó al rostro de Urbano Cabrera el hombre que esa noche acaparaba las miradas en el Batallón Tenerife. Coincidían en el baño del salón en el que se hacía la fiesta y el tono contenía una tácita invitación a la complicidad. Era la noche del 14 de diciembre de 1962. El limitado círculo de la aristocracia neivana lo integraban familias de consabidos apellidos que por tradición asistían a la fiesta de Santa Bárbara, la patrona de los artilleros.
Una hora antes, Urbano había llamado por su nombre y apellido al engolado embajador de la India que desde hacía tres días recibía homenajes y atenciones. Mientras bailaba con una amiga, se acercó al diplomático y le gritó: “¡Jaime Torres!”. El hombre corpulento no vaciló en fijar su mirada en su antiguo compañero del seminario de Garzón. El “embajador” había sido jornalero en sembradíos de arroz y sorgo, había probado suerte como vaquero y lechero en un hato de ganado bovino en su pueblo y eran famosas sus tretas retóricas y galanteos de manual. Al final de la adolescencia veía pasar los días en Yaguará entregado a la molicie. Solo su tío podría liberarlo de la condena de parasitar en un extraviado pueblo en el que importaban más las vacas que los humanos. Cuando recibió la carta de su tío acompañada de un par de billetes, supo que el destino enviaba una señal. En la carta, su tío lo apremiaba a armar la maleta y viajar a Garzón para que iniciara sus estudios en teología en el seminario.
Por aquel entonces Urbano se dedicaba a cultivar arroz en los predios de su familia y no desaprovechaba ocasión para disfrutar de los festejos que sus amigos organizaban con las mujeres más pretendidas de la ciudad. Esa noche presenciaba el desconcierto de su amigo Bernardo, un atildado abogado neivano cuyos ímpetus para el cortejo se desvanecían por la injusta competencia: la mujer que pretendía, la bella Silvia, prefería bailar con el diplomático a hacerlo con un lugareño sin lumbre internacional. Para tranquilizar a su amigo le comentó al oído: “Ese pendejo no es ningún embajador. Fue compañero mío de estudios en Garzón”. Incrédulo por lo que parecía una frase consoladora fruto del entusiasmo etílico, Bernardo se resignó a ver a su pretendida tomada de la mano del extranjero que todos los asistentes a la fiesta aplaudían.
Antes de acudir a la mesa de funcionarios de la gobernación del Huila, Urbano buscó a un miembro del G2 del ejército. El militar dio crédito a la versión de Urbano. También le sugirió que no era el momento indicado para desenmascarar al impostor. Cuando se acercó al punto en el que departía el gabinete departamental, le explicó a Ignacio Solano Manrique, para la fecha secretario de Hacienda del Huila, que él conocía al hombre que ellos creían diplomático. Se trataba de Jaime Torres Holguín, un excompañero de estudios, amante del fútbol y virtuoso en los idiomas que lo aventajaba en dos cursos en el seminario. Escéptico, Ignacio lo invitó a la calma y la serenidad. Su confusión, le explicó a Urbano, podía causar un conflicto diplomático de grandes proporciones.
Urbano, quien en esos años era un juerguista empedernido, siguió disfrutando de la fiesta hasta las cuatro de la mañana. Prefirió pasar por necio a protagonizar un escándalo que malograra la celebración de Santa Bárbara. Con sus tragos en la cabeza, se fue a dormir y pasar el guayabo. Al día siguiente recordaría los sucesos de la noche anterior entre brumas y tratando de precisar la secuencia de lo ocurrido. Aunque todos creyeron que su obstinación era producto de la borrachera, ahí no finalizaría su participación en la historia. Dos días después, luego de asistir a la misa en la catedral de la ciudad, se encontraría con su amigo el juez penal Jesús María López, quien sería el encargado de develar la verdadera identidad del impostor.
¿Cómo llega a Neiva?
Desde la década del veinte, Neiva vivía un crecimiento constante gracias a la producción de tabaco, añil, café y ganado. El flujo permanente de pasajeros convirtió la estación del ferrocarril de la capital del Huila en un lugar de confluencia étnica. Todo esto era originado por la mano de obra que demandaba las primeras grandes construcciones civiles, el flujo de materias primas y la necesidad de consolidar la presencia estatal.
Álvaro Díaz Chavarro era un comerciante de la ciudad que desde los años cuarenta proveía los insumos a las obras de la incipiente urbe. Además de ferretero y comerciante, servía de intermediario para la búsqueda y selección de profesionales que se requerían en los proyectos inmobiliarios que por entonces se gestaban. Ese mediodía esperaba a un ingeniero civil proveniente de Bogotá. Aldichar, como se le conocía entre sus amigos, además de su pulcritud en la vestimenta, era de una puntualidad obsesiva. Media hora antes de lo anunciado ya se encontraba en la populosa parada de tren. Cuando atisbó entre los pasajeros que descendían al ingeniero civil, se acercó para recibirlo con la calidez que lo distinguía como un patrón amable y cortés. Luego del saludo, el recién llegado le señaló con discreción a un hombre de rostro cetrino que caminaba con parsimonia y observaba con estudiado asombro a las personas que entre el alborozo circulaban en todas las direcciones.
—Es un extranjero. Parece que es el embajador de la India. Venía leyendo la revista Life.
—No puede ser embajador. Ellos tienen un protocolo especial. Además, anda sin acompañantes.
—Le entendí que había abordado el tren en Espinal luego de abandonar su carro averiado. Quiere pasar desapercibido porque su propósito es hacer un viaje de descanso.
—Podríamos confirmar su identidad si le preguntamos hacia dónde se dirige.
Los nulos conocimientos idiomáticos de don Álvaro y el ingeniero civil les hicieron creer que el incomprensible idioma del viajero era inglés. También asumieron con candidez que el limitado balbuceo de frases en español confirmaba su pertenencia a la esfera diplomática y que necesitaba acompañamiento y protección. Por ello no dudaron en llevarlo al Hotel Plaza. Al ser el más importante y lujoso de Neiva, no podría ser otro el lugar de acogida para el representante de un país milenario. Prometieron no divulgar su ubicación y menos su identidad y el hombre, que actuaba con los protocolos propios de un jerarca hindú y las formas naturales de un curtido diplomático, se despidió de los baquianos con reverencias.
—Ignacio, en el Hotel Plaza se aloja el embajador de la India. Lo acabo de dejar allá. No dude en avisarle al gobernador —fue la primera frase del saludo que Álvaro pronunció en esa conversación telefónica con el hombre de confianza del gobernador del Huila.
Gustavo Salazar Tapiero era un acérrimo militante del partido conservador. Jurista consagrado y litigante experimentado en las áreas del derecho contencioso administrativo, desde sus inicios como abogado sostenía una oficina en la calle 9 con carrera 4 justo al frente del ingreso al parqueadero del Palacio de Mosaico. Cuando Guillermo León Valencia juramentó como presidente de la república el 7 de agosto de 1962, pronto se supo que el jefe de debate en el Huila de la campaña del candidato del Frente Nacional sería el nuevo mandatario de los huilenses.
—¿Un embajador sin seguridad ni acompañantes? La cancillería debió habernos informado de la llegada de un hombre de esas calidades. Si se confirma, no debemos perder tiempo y organizar el protocolo para visitantes ilustres —le repuso el gobernador a Ignacio Solano cuando le relató los detalles de la llegada y el deseo manifiesto del diplomático de no ser identificado por las autoridades civiles de la ciudad.
El gobernador llamó a Jaime París, gerente del Hotel Plaza, para confirmar la presencia de un hombre proveniente de la India. En una conversación que según los testimonios de la época fue breve y emotiva, el señor París corroboró que en el hotel se alojaba alguien que correspondía a la fisonomía de un hombre originario de la India.
De inmediato, el gobernador convocó un consejo de gobierno y se conformó una comitiva liderada por el mandatario para dirigirse al hotel y presentar un saludo en nombre de los huilenses. Cruzaron el Parque Santander cinco personas: tres secretarios de despacho, el gobernador y el comandante de la Novena Brigada, el coronel José ‘Pepe’ Rivas. En el hall del Hotel Plaza, luego de unos minutos de espera, y ante una escasa concurrencia que de a poco fue aumentando, el ilustre visitante era notificado del recibimiento oficial y del orgullo que le reportaba a la ciudad y el departamento la presencia de una figura emérita que oficiaba como vocero oficial de un país con presencia destacada en la geopolítica mundial.
Dispusieron de un carro oficial para desplazar al diplomático y procedieron a izar las banderas en la Plazoleta de Armas. Los directivos del único rotativo con circulación diaria enviaron a un reportero y un fotógrafo. En el acto, el homenajeado pronunció unas deshilvanadas frases con una arrastrada dicción. El esfuerzo por dominar el castellano se truncaba por sus tropiezos en el habla. Aunque no existe una publicación impresa que dé fiel testimonio del discurso pronunciado por el gobernador, todas las versiones coinciden en que el mandatario enfatizó el privilegio y la oportunidad que esa visita significaba para el desarrollo económico del Huila.
Fueron dos actos principales los que se realizaron en torno a la visita del falso embajador. La primera fue una fiesta en el Club Campestre de Neiva a la que asistieron líderes cívicos, empresarios, familias distinguidas de la ciudad y todo el gabinete departamental. La segunda fue la celebración de Santa Bárbara en el casino de oficiales del Batallón Tenerife. Fue en esta última en la que tuvo lugar el encuentro con Urbano Cabrera y empezó el desvelamiento del personaje. En el intervalo, el farsante aceptó una invitación de Ignacio Solano Manrique a su finca en Campoalegre. Fue una jornada de comidas y bebidas y muchas promesas para la comitiva. Se especula que ese día anunció la importación de razas de ganado provenientes de la India para el mejoramiento genético de los semovientes bovinos del Huila. En el agasajo en el Club Campestre departió con don Oliverio Lara, el hacendado más importante del sur de Colombia y el único huilense que había visitado la India. Por las remembranzas de los asistentes a estos actos, se sabe que fue don Oliverio el más escéptico en la autenticidad del visitante. Cuando el tema de conversación se centraba en los linajes y las razas del animal sagrado en la tradición brahmánica, el embajador se mostraba evasivo y titubeante.
¿Cómo se revela y confirma la verdadera identidad del falso embajador?
Urbano tenía por tradición asistir a la misa en la catedral de Neiva los domingos a las siete a. m. Ese día, luego de su habitual asistencia a la eucaristía, invitó a un café a Jesús María López. El popular Chucho López era un destacado juez penal municipal del circuito de Neiva. También había sido compañero suyo en los años de adolescencia en el seminario conciliar de Garzón. En ese periodo conocieron a un Jaime Torres, dueño de un temperamento altivo, con algunos visos de arrogancia, muy seguro de sí mismo, siempre liderando causas y con un aprendizaje avezado en latín, francés, inglés e italiano. Sabían que era oriundo de Yaguará y que su padrino y benefactor era su tío monseñor Félix María Torres, a la postre arzobispo de Barranquilla. Ese era el hombre que durante siete días Neiva había aclamado como el portavoz oficial de la enigmática India. Ahora, mientras vaciaban las humeantes tazas de café y se aprestaban a saborear el almuerzo, desde la distancia observaban a quien simulaba concentrar el equilibrio espiritual liderando una sesión grupal de yoga con agraciadas mujeres de la localidad.
Plenamente seguros de la identidad del autor de la patraña, Chucho López informó a investigadores del DAS, quienes rápidamente apresaron al suplantador y lo llevaron a un interrogatorio a las oficinas principales de la entidad. En un acto de compasión, el juez envió esa noche un pollo asado al calabozo para que el impostor no aguantara hambre. Como un polvorín, el rumor del falso embajador de la India se propagó por toda la ciudad. Las jovencitas que se habían fotografiado con él buscaron afanosamente a los fotógrafos para rogarles que destruyeran los rollos y no quedara ninguna evidencia del entramado de provincianismo, ignorancia e ingenuidad que por una semana asaltó las buenas intenciones de miles de personas. El Sapo Villoria, un periodista radial y autor de fallidos versos, que en un acto de lambonería le entregó un anillo de oro con la heráldica de la familia luego de que el embajador le prometiera una expedición a Bombay y Calcuta, amaneció junto a la puerta del DAS a la espera de verlo para pedirle la devolución de la joya. Jaime Torres fue amparado por un defensor compasivo y altruista. Encontró en Guillermo Plazas Alcid el defensor y espadachín jurídico para librarlo de los líos con la justicia.
Plazas Alcid era un valeroso abogado nacido en Baraya que editaba el semanario El Debate. Fue el primero en editorializar con sorna y desparpajo el suceso que dejó más lecciones y chistes que convenios portuarios y comerciales con la India. La pluma de quien en el futuro llegara a ser senador de la república, alcalde de Neiva y embajador en Moscú, sentenció lo siguiente: “El advenedizo Jaime Torres Holguín evidenció públicamente la falta de visión, la escasez de prudencia, la mentalidad yérmica, la cortesía frívola y la espesa ignorancia que distingue a nuestra empinada élite político-social”.
Berenice Quintero, su esposa, a quien había conocido a sus 26 años en unas fiestas en Carmen de Apicalá, lo acompañaba la tarde de diciembre de 1962 cuando los dos, gracias a una carta de recomendación firmada por su tío, presentaban una entrevista de trabajo en la oficina de correos del barrio Teusaquillo en la ciudad de Bogotá. Llevaban tres meses en la capital dedicados a actividades de supervivencia y tratando de conseguir un empleo estable para organizar una familia. Luego del examen que presentó perfumado y acicalado con esmero, le dijo que iría a pasar unos días con sus padres en Yaguará, en el Huila. Con el dinero ganado en la atención de una cigarrería compró el tiquete de tren que lo llevaría a Neiva, la última estación de la larga carrilera que se extendía desde la Estación de la Sabana, cruzaba la región andina, atravesaba el valle del Magdalena y culminaba en la capital del Huila. Al llegar ahí, protagonizaría la historia central de su vida.
Camilo Francisco Salas, historiador y autor del libro Así es mi Huila, lo conoció tres años después, en 1965. Se desempeñaba como docente de idiomas del colegio público Jorge Isaac en Ibagué. Camilo era visitador de la Secretaría de Educación del Tolima y lo trató en una ocasión en la que practicaba una visita de rutina a la institución educativa en la que laboraba. Siempre locuaz y dotado de un sentido del humor que afloraba en cada frase, recordaba el engaño con desparpajo y sin asomo de rubor.
Histriónico y con una imaginación desaforada, disfrutaba de que sobre su figura circularan todo tipo de rumores y hazañas, muchas de ellas inverosímiles pero todas atribuibles a su ingenio y talento para la actuación y el engaño. Urbano escuchó que vivía en los Llanos Orientales y era el propietario de una flota de avionetas. En los cafetines del centro de Neiva se oyó que, gracias a su formación políglota, Jaime era miembro honorario de la sociedad de Caballeros de Malta, el exclusivo círculo de poder al que pertenecen magnates y expresidentes del mundo entero. Monseñor Libardo Ramírez, ordenado como sacerdote en 1956 en el mismo seminario en el que estudió Jaime, lo conoció como condiscípulo. Cuando supo de su tramoya, no dudó en creerla: “Era tan inteligente como ambicioso. Sabía que tenía un talento excepcional y una mente cultivada que le servía para descrestar a gentes humildes e incautas”.
Jaime Salazar Díaz, arquitecto, urbanista y exalcalde de Neiva, lo encontró cinco años después en San Juan de Puerto Rico en un congreso latinoamericano de arquitectura urbana. Se le presentó como profesor de Filosofía de la Universidad de Puerto Rico y lo invitó a almorzar después de escuchar la ponencia de Jaime en el evento. Entre sorprendido y perplejo, Jaime aceptó la invitación con el propósito de conocer la versión del engaño de boca de su protagonista y auscultar al hombre que con su histrionismo y habilidad demostró el carácter lambón de los huilenses. Jaime disfrutó la gracia cautivadora del yagüareño.
Jorge Villamil Cordovez, le reveló a su biógrafo, Vicente Silva Vargas, que Lizardo Díaz, uno de Los Tolimenses, fue estafado por Jaime Torres Holguín en Bogotá. Se presentaba como importador de licores finos y nunca le entregó la botella de un whisky escocés que vendió al músico. Irma Suz Pastrana, amiga de Villamil, recuerda que, al año siguiente del fraude en Neiva, en 1963, la canción más escuchada de la radio en Colombia fue el sanjuanero El Embajador de la India. Orgulloso por haber inspirado la lírica picaresca de la canción, Jaime Torres le envió una carta agradeciéndole a Villamil el haber compuesto esa canción que lograba perpetuar sus peripecias en la memoria de los colombianos.
Guillermo Plazas Alcid, en calidad de abogado defensor del imputado, probó que no existía mérito alguno para abrir una indagación preliminar o abrir un proceso. El delito de suplantación, tipificado en el Código Penal de esos años, no se configuró. La República de la India no tenía en aquel momento representación diplomática en Colombia. Fue solo en 1968 que dicho país abrió formalmente un consulado en Bogotá. Tampoco se cometió hurto o usurpación. Todo lo recibido fueron obsequios y dádivas generosas y espontáneas de los parroquianos que, anonadados, escuchaban el enrevesado idioma del extraño.
Radicado en New Haven, en el estado de Connecticut, destacó como líder de iniciativas empresariales y filantrópicas en la comunidad de emigrantes latinoamericanos residentes en Estados Unidos. Su aura de leyenda se prolongó en el tiempo y la memorable hazaña que protagonizó en el Huila se convirtió en un símbolo de la pasividad y genuflexión de las opitas. Aunque sus restos –según versiones familiares– fueron repatriados, en el fichero fúnebre del cementerio central de la catedral de Neiva no se encontró una tumba catalogada bajo el nombre de Jaime Torres Holguín. Quizás hasta su sepultura, supo burlarse de quienes hoy lo buscamos para contar su historia.
Etiquetas: Edición 148 , estafas , Jaime Torres Holguín , Marcos Fabián Herrera , Neiva
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