Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.
por REDACCIÓN UC • Fotografías de Juan Fernando Ospina
Número 72 Diciembre de 2015
La casa es un lugar meramente funcional; salvo por un par de fotos familiares y un cuadro torcido, no hay adornos. En la sala un sofá doble de cuero, una silla de plástico y un televisor encima de un escaparate conforman todo el mobiliario. En los cuartos sin puertas, lo básico: camas y armarios. Al fondo de la casa, la cocina con un poyo largo de cemento gris que termina en un lavadero con un tanque grande donde se lava ropa, loza y mucho pescado. Exactamente, tilapias rojas y negras traídas desde Armenia, Quindío, a la casa de María Eida Martínez, ubicada en un alto junto a la cancha del barrio Ocho de Marzo. Desde la amplia terraza que la precede se divisa el barrio La Sierra, al otro lado de la quebrada Santa Elena. Es allí donde María Eida, más conocida como ‘La Abuela’, dispone de mesas y sillas para atender la clientela que llega los viernes, sábados y domingos en busca de pescado frito con patacón.
Según el tamaño, el precio del plato puede variar entre siete y doce mil pesos. Pero cualquier tipo, cualquier tamaño, cualquier precio garantiza un sabor único y un comensal que vuelve. “El que viene una vez viene más veces”, asegura María Eida, de 84 años, mientras limpia y descama pescado.
De Villa Hermosa, Manrique, Buenos Aires y hasta de Itagüí ha llegado gente para comer el pescado de La Abuela. Su asistente, ‘La Tía’, otra negra grande, de risa fácil y muy coqueta, los echa a la sartén después de que La Abuela los adoba. “Ella tiene su secreto, el cuento se riega y ya hasta hay gente que encarga para llevar y nos pide domicilios”. La Tía unta de harina el pescado y lo desliza en la paila de aceite caliente.
Ambas mujeres y sus familias vienen del Chocó. María Eida llegó hace treinta años a Medellín, y abriéndose camino se fue trayendo a una parte de su gente. Vende pescado hace veinticuatro años y se ufana de no fiar y no regalarle a nadie: “El que se come el pescado, lo paga”; no vale ser sobrino, nieto, hijo, el que sea.
Todo empezó porque María Eida no quería depender de su esposo. “Tener que pedir plata para esto, para lo otro, que vea que deme mil peso, ah, ¿qué para qué mil peso? Entonce a explicar para qué los mil peso. En cambio uno tiene su plata, se pone su falda y dice: ahí le dejo la casa, me voy para el centro a comprarme un labial, una blusa”. Así explica La Abuela por qué se metió en el negocio. Y cuenta que solo en diciembre deja de lavar, preparar y vender pescado para ir a ver a los suyos en Istmina..
El pescado en el plato cruje, al cliente lo consienten: el patacón se lo hacen de plátano maduro, verde o pintón, y si avisa con tiempo, la noche o el día anterior, le cocinan yuca para acompañar. El limón no falta y le consiguen la bebida.
En cualquier momento, La Abuela grita desde la cocina con su delantal mojado: “¿Les gustó?”. No hay remedio, hay que volver y traer a Perano que es fanático de la tilapia. La Tía, en la terraza, junto al fogón de leña cubierto con una lona, aplasta plátanos sonriendo: “Aquí lo único que dejaron fue espina”.
Gastronomía sin ruta
Los barrios marcan algunos hitos con el carbón, la paila hirviente y la ruta que siguen los antojos ambulantes. Culinaria y repostería de esquina. Empanadas, obleas y tilapias que no necesitan aviso ni local. Siga la voz, siga el aroma, siga la fila.
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