Álex Jiménez

Miguel Botero

María Cristina Arango de Tobón

Santiago Rodas

Francisco Saldarriaga

Los alivios literarios

Sobre Muerde perra espléndida, una novela de Jorge Iván Agudelo (Medellín, 1980). Coeditada por Editorial Eafit, Editorial Cesa, Editorial Universidad Icesi y Editorial Uninorte, 2023.


Por Pedro Adrián Zuluaga

“Muerde perra espléndida el esfuerzo” es el misterioso verso, ni el primero ni el último, de un poema que, de repente, el ingeniero John, sentado en un bar, recuerda. Es un fragmento que sobrevive de un tiempo perdido, recuperado —con su saldo de misterio— en la evocación. Como eso que pasa cuando, al oír una canción, vuelve con ella una época entera, restaurada con un raro sentimiento de plenitud. La magdalena de Proust, solo que al alcance de cualquiera; revelaciones posibles, cotidianas, que suceden en una cantina prosaica.

El verso, que no en vano forma parte del título de la primera novela de Jorge Iván Agudelo, tiene pues un poder de condensación para el protagonista, es su llave al “tiempo recobrado”. La jornada de John en el vientre del tiempo (de la duración y la percepción) es descrita por un narrador reflexivo y autoconsciente, pero siempre cómplice de su héroe, aliado de su aventura o, para ser más precisos, de su desilusión. Porque el desencanto, tal como ocurre en el tronco principal de la novela moderna, es el principal aprendizaje del personaje, la marca de su trayecto.

Las bellas banderas de la juventud han quedado atrás para John, pero aferrado a su recuerdo puede transitar por esa noche en la que “sentado a horcajadas como el más satisfecho de los burgueses, vuelve de cuerpo entero a una mañana llena de luz…”. En el bar John espera a su viejo amigo Vladimir, H, su profesor, el que lo introdujo en los alivios de la literatura y le sembró aspiraciones de poeta ahora dejadas atrás como sacrificio ante los exigentes dioses del autocontrol y la respetabilidad.

En esa espera, que se vuelve la certeza de una ausencia —la improbable pero aun así posible materialización de un fantasma—, ocurre un flujo de conciencia que va del narrador al personaje. En esa corriente verbal tiene lugar el triunfo estilístico de la novela: su confianza en la respiración de la frase, en su ritmo interior. El fraseo largo que se impone en Muerde perra espléndida, con sus meandros y derivas, no es pues un simple capricho, es la forma que la novela de Jorge Iván (que es un delicado poeta) encuentra para trazar su vínculo particular con una lengua poética, y establecer la distancia con la lengua transaccional y realista, llana, exigida por el mercado literario y sus heraldos.

Muerde perra espléndida nos advierte que los acontecimientos de una vida, al ser trasvasados a la literatura, importan ya no como hechos sino por el sentido y el significado que se extrae de ellos, y que sentido y significado viven en una forma de decir; no son un contenido sino un estilo. Y ahí es cuando la literatura viene en auxilio de la vida, que es asaltada para ser sustituida por algo distinto. Tal vez ese algo distinto es lo que el escritor italiano Roberto Calasso describió en La Folie Baudelaire: “Momentos en los que el tiempo y la extensión son profundos, y el sentimiento de la existencia queda inmensamente aumentado”. Es, sin más, la literatura como vehículo para reencantar el mundo, o al menos para hacerlo tolerable.

En su fuga del canon realista con su subordinación a los hechos, la novela de Jorge Iván se libera de las deudas contraídas con un contexto, escapa de la ilustración y se pliega, en cambio, a una república de las letras libremente escogida por el autor, y en la que el italiano Cesare Pavese comparte estadía con el antioqueño Amílkar U, y este con Juan José Saer, con Malcom Lowry, con Gil de Biedma y Rimbaud, con Juan Carlos Onetti, y todos ellos con Héctor Lavoe, o con Enrique Santos Discépolo, letrista de ese tango que ayuda a John a salir de su pozo de melancolía. “Verás que todo es mentira / Verás que nada es amor / Que al mundo nada le importa / Yira, yira…”.

Y aunque el programa estilístico se sobrepone a cualquier anécdota, Muerde perra espléndida es, también, y sin que haya contradicción en ello, una novela sobre la amistad masculina y la transmisión. Es sobre John en el espejo de H. Porque como escribió el poeta griego Yorgos Seferis: “Un alma, si quiere conocerse a sí misma, en otra alma ha de mirarse”. “Hay una historia”, le responde John a la mesera del bar cuando esta le pregunta por su relación con Vladimir. Pero reconstruirla no es fácil, pues los “varios palmos de su vida en común” (la de H y la de John) se presentan a la conciencia del amigo como fragmentos y astillas.

John emplea el tiempo de la noche solitaria que está viviendo a juntar esos pedazos para hacerse una imagen del amigo, completa, pese a todo. En la remembranza del Vladimir ausente sabremos que la literatura es el contenido de la historia en común que este comparte con John, su final justificación. Es la reminiscencia de las lecturas y los autores compartidos lo que finalmente va a ofrecer la estampa del maestro. H como profesor y crítico de literatura, como animal literario en quien la lectura es un acto creativo que permite la posesión plena del mundo. Son los libros leídos lo que permanece fijo y presente en medio del deslizamiento de todas las cosas en la nada.

Jorge Iván Agudelo ha escrito una novela en la que, sin embargo, no solo ha vertido sus filiaciones y convicciones literarias. Sus 138 páginas dejan traslucir también su fino escepticismo vital, sus experiencias como habitante y observador de una ciudad, que sabemos que es Medellín sin que sea necesario subrayarlo. Logró, no obstante, desprenderse del fetichismo de los márgenes —tan habitual en la narrativa que se crea en la capital antioqueña—, y de una fácil exaltación de la noche o de la fiesta. Lejos del malditismo literario, esta novela es la prueba de todo lo que la experiencia debe atravesar para que nazca la expresión literaria perdurable.

Conozco desde hace más de dos décadas al autor de esta novela singular y exigente, sé de sus lecturas y de su confianza en que, a pesar de la precariedad del mundo, algo puede pasar de unas manos a otras. Hablo de su fe en que existen la tradición y el legado, y de que existimos en una y en otro. Para certificar esta idea, solo hay que reparar en los marcos que permiten entrar a la novela. La dedicatoria a José Libardo Porras, el escritor y amigo muerto. O el epígrafe tomado de El pozo de Onetti.

No está de más decir que Jorge Iván es tallerista y profesor de literatura, y que en esos oficios parece consumarse una vocación que nunca ha traicionado. Al sumergirme en las páginas de Muerde perra espléndida, en su música tan pacientemente ejecutada, sentí que estaba con él en un lugar a salvo del tráfago del tiempo, en un espacio acogedor y hospitalario en el cual lo reconocí y me reconocí.

El libro impreso puede conseguirlo en las siguientes librerías de Medellín: Librería Acentos (Instagram: @libreria_acentos_eafit; Facebook: @libreriaacentos), El Acontista, Grámmata-Estadio, Exlibris, Al pie de la letra-MAMM, Al pie de la letra-Brasilia, Interuniversitaria.

Telarañas

Viajes en bus, conversaciones incisivas, listas de tareas domésticas y editoriales, avistamiento de aves, paseos de río y procesiones de Semana Santa, confesiones y encuentros con el espejo: en los textos de Gloria Estrada palpita lo cotidiano, el ritmo frenético de la vida, la sabiduría de quien sabe mirar y dotar de literatura la vida. En Telarañas, su primer libro, nos acercamos a su vida de muchacha de pueblo, de montaña, del centro de Medellín. Vemos sus gatos, su hogar, su huerta. Entre, bien pueda, siga querido lector: Gloria lo invita a habitar su casa, su mirada, su mundo, un puerto de descanso para bichos, tierra fértil para frutas gigantes. No cierre la puerta: este es un libro para entrar y salir todos los días. 

Arbitraria

***

Con el recato de los iluminados que no se regodean con su don, Gloria Estrada ha podido narrar la vida, señalar las cosas que están ahí, pidiendo una mirada que devele su encanto, que nos permita acercarnos a ellas y entenderlas despojadas de su aparente intrascendencia, reveladas por una escritura que señala la grandeza de la pequeñez. Y no solo las descubre sino que logra inventarlas para que existan para otros, y se convierte ella misma en la creadora de un universo que, sin su pluma, pasaría inadvertido. 

(…) Esta recopilación de textos es una manera de entender el mundo del que nos estábamos privando quienes no habíamos tenido acceso a sus publicaciones, esparcidas en el tiempo como semillas que ahora florecen en este libro. Después de leerla, no se puede entender cómo habíamos podido vivir sin su mirada.

Cristina Toro. 

 

 


 

Fragmentos Telarañas

En estos días me sorprendí diciéndole a una amiga, “estoy dedicada a las pequeñeces”, haciendo referencia a mis labores de corrección, edición y producción de textos por encargo. Me gustó haberlo dicho de esa manera, quizás porque nunca lo había hecho, aunque siempre lo he pensado: alguien tiene que hacer las cosas pequeñas para que otros hagan las grandes. Otra amiga, mucho tiempo atrás, me dijo, “la gente que está haciendo cosas importantes está en la Nasa”, para señalar el error de una colega suya que andaba empecinada en arruinarse la vida a cambio de hacer “cosas importantes” para la empresa donde trabajaba. Entre las muchas lecciones que mi papá nos inculcó estaba la de hacer lo que nos gustara, lo que nos hiciera sentir bien y que pudiéramos hacer con amor. Seguramente, vista en retrospectiva, esa enseñanza fue la que me desvió del camino del periodismo y me hizo fluctuar por senderos menos ásperos, si se quiere más mediocres, más simples, menos comprometidos, menos responsables. La comodidad que llaman, la zona de confort con la cual no tengo problema ni resistencia alguna. En el reino animal habrá arañas dedicadas a remendar redes, a corregir trazos y encaminar líneas… ¿O tejerán perfecto las arañas? De pronto sí, no me sorprendería. Pero en el mundo de los humanos se necesita quién remiende los zapatos de los que recogen residuos reciclables que dan de comer a muchachos que asisten a la universidad con ganas de llevar algo más que aguapanela a sus casas. Alguien limpia, sirve y recoge la mesa para que otros puedan cantar, bailar, escribir, debatir, sembrar, recoger, viajar, criar, estudiar, pintar, pensar, diseñar, enseñar, dirigir, crear. A mí me gusta ser esa araña que teje y repara, así no sea indispensable, pero que forma parte del engranaje de hacer cosas con las palabras.

 

Enlace de compra

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Animales de familia

Los animales nos buscamos unos a otros, incluso en sueños. Queremos complicidad, compañía, algún tipo de equilibrio, también juego, confrontación y dominio. Los animales son ellos, el pato, el mico, el búho y la araña, pero también nosotros, y a veces lo olvidamos. Los doce cuentos de Animales de familia nos recuerdan la animalidad del alma humana a través de personajes que se enfrentan al encuentro y al desencuentro, como el ama de casa y el perico australiano que coinciden en un apartamento; a la fascinación, como el hombre que se dedica a observar meticulosamente unas hormigas; al asombro y al miedo, como el muchacho de montaña que visita las burras de la sabana. En este libro, David Eufrasio Guzmán narra con poesía, humor e ironía el misterio, el reto y la belleza de vivir en cardumen.

 

 


 

 

Domingos (fragmento)

Me acuerdo patentico, cómo se me va a olvidar ese día, y eso que mis días son más o menos igualitos, hasta los domingos que salgo con mis amigas a tomar ron al centro. Madrugué como siempre, ya bañada fui a despertar al niño, le puse la mano en el hombro y lo estrujé pasito. Despierte que ya es hora, le dije, despierte y métase al baño mientras hago el desayuno, su papá ya se levantó. El niño protestó como siempre y se tapó con la cobija entonces me tocó jalársela de a poquito hasta verlo todo lagañoso y con ese vozarrón que se despierta me dijo que ya va, que otro ratico. Yo creo que es esa sinusitis que mantiene lo que hace que por la mañana huela como a lechuga vieja. Una muchacha que también trabaja aquí en la urbanización me dijo en estos días que los hijos únicos eran insoportables. Son un karma para los papás, fue como dijo la patrona de ella.

El niño se metió al baño y al rato tuve que ir a tocarle la puerta, él roncea mucho y ya lo he pillado que se queda dormido debajo del chorro de agua caliente. Y no se estrega, porque después voy a extender la toalla y le encuentro manchas de tierra, entonces qué dice una, no se estregó los raspones que trajo de jugar fútbol, apenas se pegó la mera mojada. Él tenía educación física y entrenamiento, me acuerdo porque se puso la sudadera del colegio, la camiseta, los tenis blancos y empacó los guayos en la tula del Nacional. Aquí el desayuno es casi siempre lo mismo: huevo revuelto, a veces con aliños, una salchicha, arepa con mantequilla, quesito y chocolate. Porque al niño no lo dejan comer kelos sino es al algo, don Pancho dice que eso es pura azúcar y no alimenta, yo también prefiero algo de sal.

Cuando estábamos desayunando, porque yo como con ellos en la mesa, don Pancho me dijo que no venía a almorzar, que él ya volvía por la noche con Minora después de recogerla en el aeropuerto. Yo ahí mismo pensé, Virgen santa, como pasa el tiempo, hace nada que Minora se fue y tanto drama para saber que todo pasó tan rápido, y el niño está bien, ni enflaqueció ni va perdiendo el año ni hace lo que le da la gana. Y despuecito me dije, Ay, qué dicha la tarde sola para ponerme a planchar tranquila. Y como era poquita ropa, terminaba rápido y me ponía a ver la telenovela mientras llegaba el niño. Una ya sabe más o menos cómo se le va a venir el día y lo mejor es que salga sin aspaviento. Esas semanas sin Minora todo estuvo tan tranquilo, como que todo pasaba a la hora que tenía que pasar y cada quien hacía sus cosas sin sentir los ojos de ella por ahí vigilando. Yo la conozco hace años y no le exagero si le digo que es como familia mía, ella me quiere mucho, y me manda mucho también.

El niño salió a esperar a don Germán y a las hijas, seguido salió don Pancho y quedé sola, recogí los trastes y cuando los estaba terminando de lavar, el timbre. Y yo, pero quién será, ninguna de las muchachas podía ser porque todas tenemos destino a esta hora, hay que arreglar cocina, arreglar casa, tender camas… Fui a abrir y era el niño, qué susto, como si ya se me hubiera ido el día entero sin hacer nada, y no, que don Germán y las hijas no aparecían, que el carro tampoco estaba donde siempre lo parqueaba, frente a los bloques verdes. Que lo dejaron. Y eso no me cuadraba, porque ese señor siempre esperaba al niño y si se estaba demorando mucho, mandaba a una de las hijas a acosar, que quihubo pues, que iban a llegar tarde al colegio. Y el niño, para decir verdad, era muy cumplido, ya la mamá le tenía dicho que no le llegara tarde a don Germán, que con mucho gusto lo estaba llevando gratis al colegio, de puro querido solo porque ya había llegado a bachillerato y entraba a la misma hora que las hijas.

Yo no me iba a quedar con la duda y fui con el niño a preguntarle al portero si don Germán ya había salido con las hijas para el colegio y el portero me dijo que no, que lo único que sabía era que doña Mery, la esposa de don Germán, se había ido la noche anterior con las niñas en un taxi, que todas tres iban llorando y que ni siquiera se despidieron, y que de don Germán no se sabía nada desde ese mismo domingo por la mañana que había salido solo en el carro. Yo llegué por la nochecita toda copetona y no reparé si el carro estaba, yo nunca reparo en eso, pa qué, yo venía era pensando en un pelao lo más de querido que conocí allá en la heladería a la que vamos con mis amigas.

Lo primero que pensé fue que el niño no podía perder colegio, ¿cómo le decía yo a Minora, justo el día que llegaba de ese viaje, que el niño había faltado al colegio? Eso no le iba a gustar para nada. Y como le conté hace un momentico, todo venía saliendo muy bien como para que el último día me quedara cruzada de brazos. Ella me dijo muy claro antes de irse, Lo que pueda resolver usted, resuélvalo, entonces en un arranque le dije al portero, Présteme para llevar al niño en taxi, ahorita se los devuelvo, es para no tener que ir a la casa, vea que ya va a llegar tarde. Guineo, así le dicen al portero, me prestó quinientos pesos y así en arrastraderas me monté a un taxi con el niño. Yo sé que el colegio es cerquita al Paguemenos de la calle Colombia, entonces nos bajamos ahí y luego caminamos, el niño sabía por donde, cruzamos un puente lleno de gamines lo más miedoso, yo lo llevaba agarrado de la mano y él me decía, Irene, me está apretando muy duro, me está enterrando las uñas, y era que yo iba muy asustada, y no sabía si estaba haciendo las cosas bien o si se me había corrido la teja por salir así a la calle y estaba jugando con lo que la patrona más quería, usted se imagina donde se me roben el niño o le pase algo, ¿qué le digo yo a Minora?

* * *

Esos gamines que se le van acercando a uno como cojiando sí me dan miedo, porque en la parte de atrás del muslo llevan el cuchillo, cómo será que se lo lleven a uno para una cueva debajo de la calle o lo metan a un rastrojo… Una vez, cuando estaba en el bus del colegio, vi por la ventanilla a un loco bañándose en pelota debajo de un puente, me acuerdo que un profesor de la ruta, que no me daba clase, me regañó porque me reí muy duro, y me dijo, No se ría tanto que ese podría ser su destino.

Malabarista nervioso

Malabarista nervioso, el más reciente libro Luis Miguel Rivas, es otro gran deleite para quienes ya hemos disfrutado de su talento como cuentista en obras como Los amigos míos se viven muriendo (Editorial Eafit, 2007), Tareas no hechas (Editorial Eafit, 2014), ¿Nos vamos a ir como estamos pasando de bueno? (Planeta, 2015); sus poemas en Hoy no quiero metáforas (Angosta, 2018) y su maestría como novelista en Era más grande el muerto (Planeta, 2017).

Los libros de Luis Miguel suelen agotarse, con razón. Su narrativa fresca y a la vez profunda nos transporta a territorios comunes para señalar en ellos su singularidad. Con una narración ágil, pincelada con sabiduría por el humor, este autor colombiano radicado en Buenos Aires por más de una década nos demuestra que existe un universo que es de él, pero en el que todos nos sentimos aludidos.

Las nuevas voces que aparecen en esta reciente publicación dan cuenta de la versatilidad del autor, su habilidad para mantener el suspenso, su capacidad de nadar con fluidez al interior del pensamiento humano con todas sus contradicciones, patetismos, tragedias cotidianas, ilusiones, temores y mezquindades.

Los relatos transcurren en diversas ciudades y épocas. Colombia, las maneras de expresarse de sus personajes, sus referentes urbanos, reales como Bogotá, Medellín o Envigado e imaginarios, como Villalinda, que ya es un clásico de las ciudades míticas de la literatura, y también Buenos Aires o incluso en lugares que no se pueden identificar.

El hotel de “¿Podría apagar la luz?”, por ejemplo, no necesita patria para hacernos saber que se está en un lugar aséptico, sin referentes de identidad, en el que la arquitectura borra al ser humano sin permitirle saber dónde está, como ocurre con los espacios uniformados que cada vez más pueblan el planeta. No habría mejor escenario para el transcurso de esta historia de desamor en la que todo ocurre sin que aparentemente pase algo.

“Fantasma sin énfasis”, el relato que da inicio al libro, es todo un divertimento que da cuenta de las rutinas cotidianas de los fantasmas, una hermosa manera de especular acerca de la vida después de la muerte y de apropiarse de ese género literario que habla de los seres del más allá, llevando al lector a recorrer sus espacios, sus pensamientos, sus frustraciones y perversiones con una capacidad de convicción que logra hacerle creer que los conoce desde siempre.

En “El muerto sigue bien” el autor da al lector el lugar del demiurgo, le da el poder para que decida cuál es la verdad, a sabiendas de que no existe, lo hace trastabillar como al malabarista nervioso por la cuerda floja de la cordura dejándolo en libertad para que sea él quien cuente la historia y compruebe que cada quien percibe el mundo desde una óptica particular.

“Marejada feliz” plasma la pesadilla del confinamiento, la desazón de una época en la que el afuera desaparece, el contacto físico se anula y la vida trascurre en el ciberespacio. Una historia de amor premonitoria que enciende sirenas de alarma ante el futuro.

En “La sonrisa de nuestra señora”, “San Cristóbal” y “A mí lo que me mató fue ese salsaludo” volvemos a caminar de la mano Rivas por calles conocidas en sus publicaciones anteriores. Los sonidos y olores del barrio, sus tiendas, los puntos de encuentro, la emisora local, la jerga de las esquinas. Sísifo que ha vuelto a beber y repasa las cuentas de lo adeudado en las cantinas, la música popular que es un leitmotiv en su obra, el patrón al que se le sirve en bandeja la ilusión ajena para que él la vuelva parte de su inventario, la religiosidad, la astucia de los desposeídos.

“Plantas contra zombis” y “La gran carrera de Jaime Luis Correa” comparten con “El muerto sigue bien” el referente del mundo laboral. La ambición, la envidia, la revancha, la traición, los horrores de los que tienen que “ganarse la vida” a punta de codazos.

Con un conocimiento profundo de esos mundos poblados de seres serviles y turbios aparecen como protagonistas la arrogancia y la sumisión de los asalariados de media petaca hacia arriba quienes terminan dando vueltas atrapados como fichas de un engranaje. Magistral la alegoría al lenguaje de la narración deportiva en “La gran carrera de Jaime Luis Correa”, que da fin a este gran libro.

Para alegría de quienes buscaban sus libros anteriores, ya está de nuevo en circulación Era más grande el muerto y vale la pena que corran a comprar Malabarista nervioso antes de que se agote la edición.

Cristina Toro