El pasado abril se cumplió un aniversario redondo de la muerte del Caudillo: setenta años hace que asesinaron a balazos a Jorge Eliécer Gaitán en una esquina del centro de Bogotá, aún no se sabe por qué ni por quién, aunque en el fondo sí se sepa. El caso es que la fecha permitió que una oleada de fotografías de Gaitán vivo, muerto, y de la capital incendiada durante el Bogotazo, inundara periódicos y revistas. Lo interesante de ver una vez más esas imágenes, que ya hemos visto tanto, es que nos recuerdan un punto de giro nacional: los historiadores se han puesto de acuerdo en que ese 9 de abril comenzó La Violencia. Pero además forman parte de eso que los sicólogos, los sociólogos y los antropólogos llaman memoria colectiva, y que no es otra cosa que un puñado de imágenes incrustadas en nuestra psiquis, en las que nos reconocemos todos. Tanto que de eso hicieron un billete —el de mil, con Gaitán arengando al pueblo, aunque ya va de salida—. En el archivo fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto hay un par de tomas de Gaitán que lo muestran de visita en Medellín, y no dejan de ser insólitas en tanto casi toda la iconografía gaitanista ocurre en Bogotá. En la primera, de 1946, aparece interpretando su rol de caudillo: gritando “a la carga”, “yo no soy un hombre soy un pueblo”, “si muero vengadme”, sus frases de batalla contra lo que él llamaba la oligarquía. Lo curioso es que la toma parece ser en el Club Unión. La segunda, disparada en 1947, lo muestra en el Aeropuerto Olaya Herrera, compartiendo con sus partidarios. Sin embargo, todo en él es distinto: el traje blanco, el pañuelo que sobresale, las gafas de lentes oscuros, el pelo peinado hacia atrás, y el gesto de seguridad en la cara le confieren más la apariencia de una estrella de cine que la de un segundo comunero.
Entre relatos, rimas y palabras exquisitas, León de Greiff se ubica en un lugar privilegiado de la historia intelectual antioqueña. A este poeta esencial se le identifica como un erudito dedicado a las letras y al estudio minucioso de la composición narrativa y lírica, esto reflejado en su lectura fervorosa de diversos autores en sus lenguas nativas, como Goethe, Shakespeare, Voltaire, Thomas Mann, Homero, al igual que varios de sus contemporáneos colombianos. Su hacer literario no tuvo fronteras; no obstante, De Greiff tenía un músico dentro que siempre se le escapó entre líneas. El interés y la curiosidad por el hacer musical se hacen patentes en su construcción literaria de tal forma que se le atraviesa hasta en la pluma, llegando al punto de componer sus letras con los matices y florituras propios de la música académica. Entre las libretas personales del poeta que guarda la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto se encuentran varias de ellas con un contenido cuyo orden o sentido aún se desconoce, pero que en su singularidad revelan parte del espíritu erudito de Leo Legris: sus listas de libros, discos y compositores van tejiendo la inmensa red que habría de ser la mente ilustrada de este escritor. Pero entre los autores, las disqueras y los códigos de clasificación resalta la temática reiterativa que refleja precisamente esa curiosidad musical: la vida de grandes compositores como Wagner, Beethoven, Debussy, Bach, Schubert y otros tantos más, en libros y análisis musicales que daban detalles tanto de la estética de la composición como del ánimo y pulsión del músico.
De alguna forma, el espíritu artístico de León de Greiff se encontraba inquieto ante la grandeza de estos compositores que con sus obras impactaron la historia de la música y del arte en general, transformando las dinámicas académicas y sociales de cada una de las épocas en donde tuvieron lugar sus genios. Quizás por eso, sus propios poemas, con una estructura que se asemejaba a diversos ritmos, géneros e instrumentos, sonaban una música única para el poeta, cuya dirección no tenía batuta, sino tinta y pluma.
https://universocentro.com.co/wp-content/uploads/2026/03/UC95-bpp-prev.jpg400400Yeison Sanchezhttps://universocentro.com.co/wp-content/uploads/2020/09/Logo-Universo-Centro.pngYeison Sanchez2018-03-05 16:42:322026-03-05 16:51:30De Greiff: el músico y el poeta
Pocas figuras tan controvertidas y tan influyentes en la historia urbanística del país como las que representan los nombres del catalán Josep Lluís Sert y los suizos Paul Wiener y Charles-Édouard Jeanneret-Gris, más conocido como Le Corbusier. Este último —reconocido por ser el pionero del urbanismo del siglo XX y uno de los exponentes de la arquitectura moderna y del estilo internacional— diseñó más de veinte ciudades en el mundo. Vino cinco veces a Colombia, entre ellas una a Medellín, diseñó un plan de urbanización para Bogotá e influyó tangencialmente en el Plan Regulador de Medellín, o sea, la traza de nuestra “Tacita de Plata” no pasó inadvertida por su cerebro.
La propuesta para la capital antioqueña incluyó la canalización del río y la articulación de la ciudad en torno a aquel, el reordenamiento del Centro y la construcción de un nuevo foco administrativo —que derivó en la creación del aún vigente centro administrativo La Alpujarra—, el control de los asentamientos en las laderas —lo que hoy se entiende como el Cinturón Verde— y la construcción de la zona deportiva del estadio Atanasio Girardot.
Si bien el Plan Piloto de Wiener y Sert no es el primer referente de planificación urbana de la ciudad —lo es el renombrado Plano de Medellín Futuro, realizado en 1913 mediante una convocatoria gestada por la Sociedad de Mejoras Públicas—, sí es el más significativo y determinante de nuestra ciudad actual. Diseñado entre 1948 y 1952, define paralelamente el Plan Regulador de la ciudad, que tardó casi diez años en ser estructurado (1958- 1960) para servir de herramienta de la planeación urbana integral.
Le Corbusier en Medellín.
A partir de este, muchos de los proyectos de la planificación urbana hasta nuestros días fueron ejecutados y otros comenzados, pero la ausencia de una legislación urbanística a nivel nacional y el enorme e inesperado crecimiento demográfico de la ciudad en el período 1950-1980 hicieron que la propuesta del Plan Piloto no pudiera ser implementada por completo. Sin embargo, este se eleva como referencia primera de la influencia de la modernidad aplicada a las ciudades latinoamericanas y como modelo específico de planificación y ordenamiento urbano para Medellín.
Los informes, planos, correspondencia y documentos complementarios a este y otros proyectos de desarrollo urbano se pueden consultar en los Centros de documentación del Departamento Administrativo de Planeación Municipal actualmente ubicados en el Archivo Histórico de Medellín y en la Biblioteca Pública Piloto.
Horacio Gil Ochoa, fotógrafo antioqueño, dedicó cuarenta años de su vida a andar detrás de ciclistas. Retrató la Vuelta a Colombia, circuitos urbanos en varias ciudades del país e, incluso, algunos eventos deportivos en Europa.
Entre rutas y casualidades, en 1969, Gil Ochoa capturó la naturaleza más trágica del ciclismo: un accidente. Durante un circuito dominical por el barrio Laureles en Medellín, un niño salió entre los curiosos que observaban y terminó chocándose de frente con el corredor Jairo González. El descuido del infante propició no solo La Caída, como se titula esta foto que se conserva en el Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto, sino la pérdida de dos dientes del ciclista, que en la imagen se ven volar cerca del mentón. El fotógrafo cuenta, entre preocupación y orgullo, que se alegró del incidente, no porque le gustaran los ciclistas caídos —aclara con firmeza—, sino porque supo que sería una buena foto. El éxito de la imagen fue tal que al otro día alcanzó primera plana en los periódicos locales, y luego llegaría a exposiciones deportivas en otros lugares del país y del mundo.
Años después el niño de la imagen se encontró con Horacio Gil y le contó su lado de la historia: en vez de ir a misa, como lo había mandado su mamá, se dejó llevar por la bulla de los espectadores emocionados por los ciclistas. Luego del accidente, y al verse mugroso y ensangrentado, le dijo a su madre que camino a la iglesia se había caído en una alcantarilla. Pero la pela vino al otro día, cuando todos lo vieron en primera plana.
Bien dicen por ahí que primero cae un mentiroso que un cojo.
Entre titís grises, reinos de palmas, verdolagas florecidas y patos esperando migas de pan, vive el espíritu del maestro que custodia las especies animales y vegetales conservadas en el Jardín Botánico de Medellín: Joaquín Antonio Uribe, un hombre florecido en Sonsón, por quien fue bautizado este edén criollo.
Representó, en el desarrollo intelectual antioqueño del siglo XX, la combinación perfecta entre disciplina, poesía y ciencia. Su pasión por la naturaleza se desbordaba en el saber aplicado con absoluta entrega, plasmado en una prosa armoniosa que da cuenta de su vocación por la enseñanza. Este sabio naturalista concentró sus esfuerzos en abarcar distintas disciplinas científicas, y aunque es reconocido por sus adelantos en biología y botánica, su curiosidad lo llevó también por la geografía, la geología, la historia y la literatura. Parte de su legado se conserva en la Sala Antioquia de la Biblioteca Pública Piloto, en el Fondo Marceliano Posada, intelectual amigo quien se encargó de guardar los detalles de su hacer investigativo y de su vida personal. Las libretas de apuntes hablan por sí solas del detalle minucioso que llevaba el maestro Uribe en cada tema, descubrimiento y objeto de estudio. Para la muestra, su libreta titulada Historia Natural, una recopilación de estudios sobre fauna y flora en Antioquia que inició en julio de 1925, en la que describe y cataloga especies según su taxonomía; en el detalle, el Cuadro de la Clasificación Vegetal dividido en clases, órdenes y familias, en el que evidencia la variedad de las 1.134 plantas determinadas a lo largo de esta investigación.
Poco es lo que se ha dicho del maestro Joaquín Antonio, pero sus aportes no se quedan cortos para la dedicación con que trabajó y vivió la naturaleza en estas tierras; no en vano decimos que su espíritu se quedó viviendo, entre orquídeas e iguanas, como guardián del Jardín.
Alguna vez todos fuimos jóvenes. Sin embargo, en la iconografía de personajes célebres por lo general abundan las imágenes de la adultez. Estos sujetos aparecen siempre retratados muy bien puestos y trajeados, adustos y serios, con el rostro que queda después de años y años de vida compleja. O de caminos fáciles y placenteros, porque la pura dicha también moldea. En últimas, no tenemos la cara que nos tocó, sino la que nos forjamos.
Aquí presentamos a dos personajes a quienes solemos ver muy curtidos. Por un lado estamos acostumbrados a María Cano en su versión de agitadora social, con el pelo corto, quieto, y el rostro más bien duro. Y por el otro, al fotógrafo Benjamín de la Calle, caracterizado como si no viviera en Guayaquil sino en Montmartre, con sobrero bombín y chaleco de terciopelo. Pero aquí los vemos antes de todas las hazañas y las desgracias. La Cano, de pie en el grupo de tres, es apenas una doncellita en traje. Por su parte, Benjamín, si se le quita el bigote, a duras penas resiste el título de señor. Ambas fotografías son retratos hechos por Melitón Rodríguez y hacen parte de la colección patrimonial del Archivo Fotográfico de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.
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