37-26-33 o las pulgadas de Marilyn
Manel Dalmau
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Manel Dalmau
Róbinson Úsuga Henao
Juan Fernando Hernández
Los fashionistas lentamente emergen de una adolescencia hiperconectada. Ya entre nosotros se hace notar la primera generación de jóvenes nacidos en un mundo cibernético –bueno, al menos los urbanos–, que en las bibliotecas populares de la ciudad juegan a estilos, en salas repletas de compus, a través de la web.
Andrés Delgado
Preparen las músicas;
compongan los himnos,
para que celebremos el gran sacrificio,
el de los calzoncitos de Toní
Fernando González
Fui a Medellín, y me devolví para Marsella, porque se me apareció Fernando González en el Matacandelas y me dijo: “si alguna vez lector viajas a Francia, pasa por Marsella, sube a la Canebière, hacia la iglesia San Vicente de Paúl, no dejes de girar a la derecha por la calle Sénac. A pocos pasos, unos quince o veinte, encontrarás el Hotel Esfinge…”. Pero no llegué a Marsella caminando, anotando lo que pensaba en el camino, haciendo el viaje que ameritaba, en forma de homenaje, el Brujo de Otraparte. No pasé noches en vela en pensiones austeras, pensando en el significado del hombre gordo antioqueño, ni tuve la certeza de que soy táctil, ni entendí en la travesía que el nombre mejor para nuestro siglo es este: el siglo del hombre que hace fortuna. Tampoco viajé de noche, triste, atormentado por la idea de la muerte. No paré en pueblos ni reparé en cementerios desolados. Ni siquiera medité sobre el pecado, ni discurrí a caballo por caminos ni montañas, filosofando en voz alta, evocando exaltado la belleza suramericana. Ningún don Benjamín, ninguna doña Pilar. Al mar no llegué, como el maestro, tras el viaje a pie: llegué en un tren que salió de París temprano en la mañana y cuando me bajé lo vi al fondo, lejos, en el horizonte: el horizonte era su luminosa raya azul. Lo encontré calmo y sumiso ante el cerro donde se levanta la iglesia de Nuestra Señora de la Guarda, coronada por una virgen dorada que reluce de día por el sol y de noche por la luz de inmensos fanales que la alumbran para que este puerto lujurioso no olvide a su patrona. Y vine no por sentirme un filósofo aficionado, o esperando alcanzar por fin la Intimidad, ni para definir mi clima interior, sino entusiasmado por un propósito más humilde: ver para dónde se traía el maestro a ese “poderoso animal”, a esa “mujer demasiada”, a esa alsaciana “en rijo” que envileció las búsquedas místicas del filósofo, excitó la prosa del escritor y alimentó las humoradas de Monsieur González, cónsul de la Colombie. Vine buscando los calzoncitos de Mademoiselle Toní.
Sin tiempo que perder, bajé de la estación por una calle hacia ninguna parte. Miraba la luz, la luz mediterránea, y me preguntaba cómo hizo el maestro para mantener oculto su secreto con Toní. ¡Qué luz! ¡Y qué secreto! Sentía que bajo este cielo nada se podía esconder. Pero sí se puede, sí se pudo. Me di a preguntarles a unos árabes cómo llegar al Puerto Viejo, donde me esperaban, y cuando me dijeron que bajara a la Canebière me imaginé al maestro subiendo y bajando por la misma calle, yendo y viniendo del hotel donde Toní dejó olvidados los calzoncitos. Ella tenía entonces diecinueve años, diecinueve años menos que el maestro. Había llegado como institutriz de sus hijos, llevaba meses viviendo en su casa con ellos, su esposa y su gata Salomé, y en la tórrida primavera marsellesa le había deslizado un papelito con unas siglas inequívocas: JVA, “je vous aime”. Lo demás se quedó escondido para siempre, al abrigo del sol impúdico, en el cuarto con vista al jardín del Hotel Esfinge.
Les ahorro la descripción del Puerto Viejo. Y la del barrio contiguo de callejuelas misteriosas. Les aclaro solamente que lo de “viejo” es un decir. Viejo será el lugar, el espacio, la entrada de mar. Porque el puerto que vio el maestro, del que debió zarpar hacia Colombia, desapareció por los años cuarenta: lo volaron con dinamita los alemanes. De Italia lo habían sacado los esbirros de Mussolini, pero cuando llegaron los de Hitler a Marsella, arrasando con todo, el maestro ya se había embarcado para Barcelona. Se fue definitivamente en 1934, dejando virgen a Toní y a Francia acechada por los nazis. Recuerdo que era sábado cuando llegué al Puerto Viejo, a lo que queda. Era el mediodía y les puedo jurar, señores lectores, que al acercarme vi lo que paso a enumerar: “restaurantes afamados por La Boullabaise, cafés y comercios populosos donde se comen todos los mariscos, desde pulpos hasta caracoles. Exhibidas sobre tendidos de verdes algas, las ilustres ostras portuguesas, osos, almejas, babosas… Viejas gordas y habladoras abren las conchas con pedazos de cuchillos; mozas de carnes abundantes sirven los platos con olor a esencia marina”. En medio del calor y la algarabía de los vendedores me alcanzaron a decir cómo llegar al 70 de la rue Sainte, la calle santa donde me seguían esperando.
Dejé mi maleta y salimos. Pero qué, cuál maleta. Eso suena como a gran cosa y no, lo mío es andar ligero de equipaje. Dejé lo poquísimo que llevaba, cogí El remordimiento y volvimos al Puerto buscando la Canebière que ahí termina. Íbamos como remontando un río desde su desembocadura, siguiendo las indicaciones del maestro, reviviendo los afanes que debía de sentir por el camino. Así, como peregrinos por la Canebière, atravesamos calles afluentes sin desviarnos un palmo de su cauce, el que conduce a la calle Sénac, la del Hotel Esfinge, el de los calzoncitos de Toní. Atrás quedaron la calle Beauvau y la plaza del General De Gaulle. Atrás el Museo de la Marina y la rue Albert 1er. Atrás incluso la calle Paraíso, que tan importante fue para el maestro, pues ahí está la iglesia de San José, el esposo beato de María, la del papelito de Toní: “Vengo a ofrecerte este papelito… a cambio de esto Señor, dame conocimiento”.
Cuando leímos la inscripción en lo alto de la fachada, entendimos que no había mejor lugar en el mundo para venir a ofrecer ese sacrificio: In honorem Sancti Joseph sponsi beatae Mariae Virginis (En honor a San José, esposo de la Santa Virgen María). En pleno atrio, y a propósito de sacrificios, nos acordamos de Fernando Vallejo cuando dice: “Es mi opinión que los santos se hacen santos a fuerza de remordimiento”. ¡Claro! Esa es la mía también. Y para remordimientos el de don Fernando González: “En Envigado tengo un remordimiento de no haberme acostado con Toní, que me está matando”. Se lo propongo entonces a su tocayo para el santoral, ahora que le dio la canonizadera.
Seguimos anhelantes, a contracorriente de la Canebière. El sol buscaba hundirse por detrás del Castillo de If al atardecer, y Marsella parecía a esa hora una inmensa ruina devorada por los años y el salitre. En los puertos todo huele a mar aunque el mar esté lejos. Allá estaba la casa del maestro, frente al mar, al otro lado de la ciudad, junto al parque Borely, a orillas del río Huveaune. Era la amplia casa de dos pisos en que Toní perturbaba al maestro bajando las escalas de tres en tres. Era la sede consular en cuyos jardines acontecieron los agitados calores de la gata Salomé, sus escarceos con el gato Rousseau, tan parecidos a los de don Fernando con Toní. Era la casa en que el cónsul entraba a hurtadillas al cuarto de la institutriz, olía sus ropitas y se medía en su cama “para ver cómo quedaba uno allí”. En esa casa, cierta Nochebuena, Toní pidió con fervor “un marido como Monsieur González”. Cuando no estaba escribiendo o rezando en esa casa, el maestro erraba por Marsella atisbando, meditando, estando ocioso, pero también huyendo de la tentación. Claro que también huía de la casa para reencontrar la tentación lejos, donde fuera menos imposible, en aquellas citas del Hotel Esfinge en que Toní decía “mil veces no” pero entraba “como los alemanes a Bélgica”.
Entonces llegamos a la calle Sénac. Seguimos de largo la primera vez porque nos confundió el nombre: se llama “rue Sénac de Meilhan”, y hace honor a un político dizque adepto de Voltaire. Volvimos a la esquina y empezamos a contar los quince o veinte pasos que decía el maestro. Estrecha, aunque no tanto como las aledañas al puerto, la Sénac es una calle de putas viejas y ariscas que se las saben todas. Se pasan las eternas tardes del Mediterráneo sentadas en los quicios de las ventanas, fumando y esperando, hablando a los gritos con otras asomadas en los balcones. Los edificios están corroídos por el viento de mar y en los marcos de las ventanas altas hay ropa, toallas, sábanas colgadas. En todas, menos en la del Hotel Esfinge.
Como mirábamos y mirábamos desde afuera, salió un señor discreto y nos invitó a entrar. Medio le contamos la historia de un escritor colombiano que se venía para acá con una muchacha a darle muchos consejos espirituales.
“Ya no se llama Esfinge pero este es”. Nos invitó al jardín a tomar café y se puso a contarnos lo del cambio de nombre. Que era un hotel muy viejo, que era el mejor que quedaba en la calle Sénac y que en ese momento, sin embargo, estaba completamente vacío. También dijo que los cuartos habían sufrido ciertos cambios. “¿Cuáles?”, le pregunté, y nos dijo que si queríamos ver alguno. “Sí, el del primer piso con vista al jardín”. “Vengan conmigo”.
Dejamos el café servido y subimos palpitantes por una escalera de madera crujiente. El calor seguía poderoso en ese punto de la tarde. Nos mirábamos risueños tras el hombre discreto como diciéndonos: “en el cuarto te voy a decir un secreto”. Se abrió la puerta y lo vimos por fin: la ventana, la cama, la chimenea, el baño diminuto. Abrimos la ventana y entró una bocanada fresca. Vimos las tasas a medias en la mesita del jardín, los solares casi tropicales de las casas vecinas, la fuente con la esfinge de león que desde los tiempos del maestro adorna el patio del hotel. En esas estábamos cuando el señor discreto nos dijo: “búsquenme abajo si necesitan algo”. Y salió.
Solos en el cuarto, en el hotel, en Marsella, nos pusimos a recordar los jaleos del maestro con Toní. El calor se volvió más abrasivo. Empecé con la blusa, azul y humedecida, que le quité por el cuello de un solo jalón. Seguí con el brasier ligero que cedió al primer intento, se cayó solo y me mostró la doble misericordia de Dios. Después llegué a la falda, ya sin nada qué perder, y cuando también se vino abajo, entre un espasmo y otro, empezamos a darnos muchos y muy preciosos consejos espirituales. Fueron consejos rítmicos, cadenciosos, firmes pero suaves, impetuosos y delicados. Y nos olimos, nos olimos mucho porque amar es oler: olemos todo lo que amamos. Me dijo mil veces que no lo hiciera y mil veces me incitó a seguir haciéndolo. Que entonces en la cama no, que sería imposible rehacerla igual, que mejor en el piso. Pues al piso fuimos a dar. Las tablas crujían al ritmo de los consejos como la escalera al de los pasos. Sabíamos que desde abajo se escuchaba el ruido de la visita, y sin embargo nadie subió en esos minutos que parecieron horas. Al final escuché otra vez aquello de “dónde están mis calzoncitos” (où sont mes petites culottes) y agitados todavía por lo vívido del recuerdo, bajamos donde el señor discreto acomodándonos la ropa como pudimos. Nos despedimos de él agradecidos y salimos a desandar el camino en el lento crepúsculo marsellés.
Maestro: Entre las tantas cosas que se han hecho con usted, que va de boca en boca de expresidentes, rectores, muchachas, profesores, actores y poetas, han intentado hasta robarse su cadáver. ¿Se imagina? ¡Unos marihuaneros de Envigado lo querían exhumar! Menos mal que la traba apenas les dio para sacar el cráneo, y que entre los aprendices de sepulturero había un pariente suyo que se lo devolvió a la familia. Cuentan que lo pusieron de adorno encima de un armario, como si fuera un santo de yeso. Veinte años antes, Jean-Paul Sartre, otro canonizador (el que canonizó a Jean Genet) había propuesto su nombre para el Nobel, pero los políticos colombianos se opusieron a la postulación y la truncaron. Otros dicen que usted “usó para pensarnos el dialecto que hablamos”, que era “un alpargatado filósofo viajero”, “un escritor imprescindible”, “un hombre implícito”, un “místico”. Como ve, dicen y hacen muchas cosas que usted a lo mejor no pidió. Pero que yo sepa nadie, nadie se había tomado el trabajo de cumplir este deseo tan sencillo: “Si fuere por allá el lector, pregunte si encontraron les culottes de Mademoiselle (los calzoncitos de la señorita) que se nos quedaron olvidados sobre la chimenea”. Pues sepa maestro que por allí estuve, y que en lugar de ponerme a preguntar los busqué yo mismo. Y le quiero decir que los calzoncitos sí estaban encima de la chimenea, donde los dejaron olvidados por salir de afán. Aquí los tengo. Cuando vuelva a Otraparte se los entrego.
Etiquetas: Ana Salas , Fernando González , Medellín , Pablo Cuartas , Universo Centro 36
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