El regreso del puma a la amazonía ecuatoriana

por FELIPE CARDONA • Imágenes del autor

Exclusivo web Junio de 2026

Cuando el puma llora, la selva entera lo acompaña en su lamento. Basta un mínimo sollozo  del felino para que todo quede inmóvil: los insectos interrumpen su canto, las hojas  suspenden su caída. Las criaturas parecen apagarse para rendir tributo a su desdicha.  

Leodan Vargas, líder de la comunidad indígena Lisan Wasi —cuyo nombre significa “Casa de  la Hoja” en español—, habita en la Amazonía ecuatoriana y es uno de los pocos testigos de  este acontecimiento. El hombre, que ronda la treintena, parece frágil; su contextura  diminuta no hace justicia a la magnitud de su determinación. De sus manos —pequeñas,  casi invisibles— ha germinado un bosque. Árboles que hoy se yerguen como pilares vivos y se extienden hasta donde la vista no alcanza.

Todo en él sugiere mesura, la timidez lo acompaña como una sombra silenciosa. Es  cauteloso al hablar y viste casi siempre con ropa de jornalero, como si su destino estuviera atado al pulso de la tierra y al ritmo de la selva que no cesa. 

Leodan recuerda que, tras escuchar unos alaridos que le helaron la sangre, la selva se sumió en un silencio tan hondo que pudo sentir los latidos de la tierra bajo sus pies. No todos acceden a este privilegio: oír al puma es inusual. Generaciones enteras de la Amazonía vivieron y murieron sin percibir las agudas tribulaciones de la bestia. Por eso, cuando ocurre, los sabios dicen que no es un animal quien llama, sino la selva misma.  

Los abuelos —guardianes de la memoria, guías espirituales y consejeros de las tradiciones en los pueblos indígenas— cuentan que el felino pertenece al Amo de la Amazonía, una  presencia ancestral que habita la montaña donde la vida humana apenas se percibe como un susurro. Dicen que es el vigilante del equilibrio, custodio de las criaturas más preciosas, resguardadas en cavernas ocultas bajo la tierra, lejos de los apetitos desmedidos del hombre.

Durante años, los clamores del puma dejaron de escucharse y su presencia se volvió un mito desdibujado en la memoria de los ancianos. La bestia permaneció confinada mientras la  selva enfrentaba la piel dura de los forasteros, quienes, con papeles de membrete, botas  relucientes y rifles cruzados al pecho, intentaron borrar del mapa todo aquello cuyo nombre  no sabían pronunciar.  

Fueron los años de los terratenientes y ganaderos descendidos de la sierra ecuatoriana, un flujo silencioso que atravesó los últimos compases de los ochenta y se prolongó hasta la primera década de este siglo. Con ellos llegó también la sombra de las empresas petroleras extranjeras —Andes Petroleum, Compañía General de Combustibles y la argentina holandesa Pluspetrol—, esta última quizá la que más profundamente trastocó los dominios ancestrales de la comunidad kichwa. La selva, paciente y antigua, sufrió ultrajes  imborrables; y los pueblos indígenas, seducidos por promesas de abundancia fácil, olvidaron los consejos ancestrales que los ligaban a la tierra. Leodan Vargas confiesa que él y muchos miembros de su comunidad perdieron el rumbo y emigraron a la ciudad de Puyo en busca de un progreso que los alejaba de su verdadera naturaleza.  

Pero en este extravío hubo alguien que recordó la voz  de Pedro, el abuelo, último chamán de Lisan Wasi. Los que lo conocieron cuentan que era  un hombre que destilaba bondad, que sus dones jamás servían al capricho, sino a la sanidad  de los enfermos, el consejo en los momentos de zozobra y la defensa de las tradiciones ante  la amenaza externa. Fue uno de los hombres más poderosos de las comunidades indígenas  que flanquean el río Puyo, y su poder, intangible pero cierto, despertó la envidia de otros  seis chamanes —oscuros y ambiciosos— que, en su codicia, se reunieron para tramar un  hechizo de enfermedad que al final terminó por diezmarlo. A finales de los años noventa, presintiendo la proximidad de la muerte, el sabio realizó un gesto destinado a perpetuar la  sabiduría de los antiguos. Fue Luz Vargas, hermana de Leodan, quien recogió esta semilla y mantuvo vivos los actos y las palabras del anciano.  

En la antesala de la muerte, cuando el aire se le volvía espeso, Pedro reunió nueve variedades de ají y creó un potaje ardiente. Mandó traer a sus nietos y tomó en brazos a  uno de los más pequeños. En la mirada del niño descubrió una humildad antigua, una modestia capaz de soportar potencias invisibles. Entonces lo recostó y vertió el brebaje en  sus ojos abiertos. El llanto del niño fue absorbido por la algarabía de la comunidad: Pedro había elegido al futuro chamán de Lisan Wasi. Luz, que entonces era una niña, fue testigo de cómo su hermano Leodan quedaba vinculado para siempre con la selva y sus ancestros.

El abuelo no se equivocó. La naturaleza traza planes que escapan al capricho humano. Corría el año 2012 cuando la selva, agobiada por su largo cautiverio, lanzó un llamado de liberación y sus hijos fueron llegando, uno por uno, dispuestos a jugarse la piel para recuperar el paraíso arrebatado.  

La primera fue Luz. Llegó al caserío con el paso firme de quien ha transitado entornos  hostiles. Tras años en las aulas entre códigos, expedientes y signos ajenos a la selva aprendió que las armas legales, pueden ser, a veces, más implacables que la fuerza bruta. Emprendió una batalla contra los ganaderos que la llevó al límite de su paciencia y logró que los tribunales restituyeran ochenta hectáreas de tierra. Ese espacio recuperado se convirtió en el cimiento de una nueva generación que dejaba atrás las fracturas de identidad  y restauraba, con dignidad, su condición indígena.  

Como Luz, mujeres de comunidades vecinas también alzaron el puño y se embarcaron en la defensa del territorio: en la región selvática ecuatoriana de Pastaza, al sur de la ciudad de  Puyo, los pueblos Sarayaku y Waorani lograron lo impensable: la Corte Interamericana de Derechos Humanos reconoció la potestad sobre sus territorios, marcando un claro límite a  la voracidad de las multinacionales. No sólo fue un triunfo jurídico, sino una gesta de  esperanza en medio del despojo.  

Luego fue el turno de Leodan. No regresó solo: volvió impulsado por la voz de su hermana  Luz, una voz que sembró en su corazón el anhelo de liderar a su pueblo. El retorno no fue  sencillo. Cada paso, cada palabra fueron prendas arrebatadas a la incertidumbre. Había crecido mancillado por la estrechez mental de la ciudad, donde su vida se reducía a trabajar  como obrero de construcción, alimentando sueños ajenos mientras los propios se desvanecían. 

Poco a poco la memoria regresó, el cauce extraviado encontró su río. Sin prisa, pero con una potencia inevitable, Leodan se acopló al ritmo de la selva. Volvieron las madrugadas  consagradas a descifrar los sueños bajo el amparo de la Guayusa, la bebida ceremonial que aclara el pensamiento y otorga vigor para el día naciente. Volvieron también las manos  llenas de tabaco, limpieza y protección; los rostros pintados con achiote, rojo inmortal de la tierra, símbolo de una identidad que se elige, se habita y se defiende.

Su padre lo encaminó también en la medicina ancestral. Le presentó la ayahuasca, liana sagrada que no trepa, sino que desciende a la tierra, raíz que sumerge a los seres en la  vastedad de la conciencia para enfrentar los miedos enquistados en lo profundo. Fueron noches de inmersión total, vigilias que escapaban al tiempo. Leodan se habituó a los seres de otros planos que le susurraban ícaros antiguos cantos de curación capaces de alterar el curso del pensamiento y de la vida. 

Una noche supo que el tiempo de aprendiz había terminado. La revelación llegó mientras guiaba una toma de ayahuasca junto a una mujer que se declaraba escéptica de sus  plegarias. Tras beber la medicina, Leodan sintió un estremecimiento que le encendió la espina dorsal. Una fuerza salió de su cuerpo y tomó forma. En la visión se contempló a sí mismo en el plano espiritual. Era como verse en un espejo; sus facciones eran las mismas, pero su doble llevaba un tocado de plumas digno de la realeza prehispánica; en la mano, un  bastón de madera tallado con esmero; en el cuello, collares cuyo destello competía con el de los astros. No hubo duda ni sobresalto. Fue la confirmación de una sospecha que siempre  lo acompañó.  

Desde entonces, Leodan junto a Luz, su hermano Inti y un puñado de jóvenes animados por  el mismo ardor, rasgó la tierra para plagarla de árboles, abrió cauces de agua cristalina  donde el cielo pudiera contemplarse y levantó un bohío para resguardar los maderos que  hasta el día de hoy avivan una llama inextinguible. Sin miedo a perderse abrieron la selva a  quienes llegaban desde tierras remotas y hablaban lenguas extrañas. La premisa ya no fue  la reverencia sino la hermandad: el intercambio de saberes bajo el manto de las prácticas ancestrales.  

Faltaba una última señal.  

Llegó cuando Luz y otras mujeres preparaban la chicha en una choza internada en la espesura. Mordían el maíz y lo escupían en bateas de madera para macerarlo. Estaban solas:  la tradición lo exige. Ningún hombre puede participar. Entonces ocurrió: Desde las ramas  una figura se deslizó hacia ellas. Un ruido seco, unas pisadas ágiles. Era el puma. Las mujeres  treparon a la parte alta del refugio. Luz se quedó abajo. Apretó el pilón y lo convirtió en una lanza improvisada. Alzó la mirada y sostuvo los ojos de la criatura. No retrocedió. El animal  quedó inmóvil unos instantes y luego se internó en la maleza.  

Los hombres llegaron alertados por los gritos, con carabinas en las manos. Luz los detuvo. A pesar del miedo, la señal era inequívoca: El puma había descendido de la montaña para  anunciar su regreso. El pueblo Lisan Wasi ya no estaba sólo. 

En el plano espiritual Leodan también recibió el aval de la selva. En las tomas de ayahuasca y San Pedro otra medicina sagrada heredada de los incas la presencia del felino se volvió  recurrente. Comprendió entonces que el puma era su animal de poder, su tótem. Desde ese momento el joven chamán se presenta como “el puma” frente a todos aquellos que vienen a conocerlo.  

Nunca sabremos si su mirada es la misma que conmovió al abuelo Pedro. Pero sus ojos  transmiten un sosiego que repara el alma. Basta compartir unos instantes con él para  comprender el vínculo que lo une al felino. Para los kichwa, el puma no gobierna: custodia. Así camina Leodan por la selva. Cada vez que llega a un lugar, lo hace sin alboroto, sin que  nadie lo advierta. Se integra en las conversaciones con discreción y dice solo lo necesario. Su liderazgo no empuja: es una presencia sin apuros. 

Como el puma aprendió a custodiar el mundo desde la calma, con pasos que no alertan, pero con la firmeza inamovible de quien conoce los caminos de la selva.

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