Tres mil mandamientos para aprender a mentir

Por GUILLERMO CARDONA
Ilustración de Fragmentaria

El poeta es un hombre
al que a veces agobian la incomprensión, el barro,
el alquiler, la luna

Raúl González Tuñón


La literatura es el arte de mentir. Mentimos incluso cuando escribimos en primera persona un diario, unas memorias o una autobiografía. El solo hecho de plasmar en el papel nuestros recuerdos, tamizados por el estado de ánimo o el ego, es ya un indicio de ficción, así sean recuerdos de esa misma mañana. La literatura puede concebirse entonces como un refinado y elusivo artefacto para hacer creíble lo imaginado, con visos a la inspiración y versos a la disciplina, al trabajo artesanal con el lenguaje. La más lúcida inteligencia, la más exquisita ironía no sirven para nada sin entrega, constancia, rigor, estudio, cosas que hacen la diferencia entre el simple oficio y el talento, una rutina que recomiendan los más grandes traficantes de ensueños y pesadillas.

Los mismos que para honrar esta flagrante violación del séptimo de los diez mandamientos mosaicos han elaborado sus propios decálogos, con miras a que los aprendices podamos afinar nuestra vocación de embusteros.

En una reciente conversación en la Fiesta del Libro, tuve oportunidad de repasar si acaso una docena de estos curiosos documentos, entre decálogos y antidecálogos, de autores como:

Piedad Bonnett,

“Cuida el silencio que hay en ti, para que la poesía del mundo te hable”.

Augusto Monterroso, del que anotaremos por lo pronto dos:

“Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre”.

“Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras”.

Juan Carlos Onetti,

“Mientan siempre”.

Horacio Quiroga,

“Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón”.

Jorge Luis Borges, quien recomienda en literatura evitar:

“Todo aquello que pueda ser ilustrado. Todo lo que pueda sugerir la idea de ser convertido en una película”.

Stephen Vizinczey, con coda:

“No adorarás Londrés-Nueva York-París.

El provinciano suele ser una persona inteligente y dotada que acaba por adoptar la idea de algún periodista o académico de mucha labia sobre lo que constituye la excelencia literaria, y traiciona su talento imitando a retrasados mentales que sólo tienen talento para medrar”.

Andrés Neuman,

“Nada más trivial, narrativamente hablando, que un diálogo demasiado trascendente”.

No hubo tiempo de explorar El método fácil y rápido para ser poeta, de Jaime Jaramillo Escobar, más que un decálogo todo un tratado de ese poeta sabio y sencillo al que ahora, fallecido, podemos llamar maestro sin que nos regañe. Un Método en el que trata de convencer por todos los medios a los aprendices para que no se metan en esos berenjenales de la poesía, una deidad caprichosa e inclemente que exige –sin ofrecer nada a cambio–, santidad, candor y pobreza. De todas maneras, el propio maestro Jaime nos recuerda las palabras de Pedro Salinas: “De la lista no se parte; a la lista se llega”.

También se nos quedó en el tintero, durante nuestra conversación con la profesora Clemencia Ardila, el Collage sobre los decálogos para escritores, de Darío Jaramillo Agudelo, publicado en El Malpensante, donde, con gran despliegue de erudición y buen humor, nos hace un muy interesante recorrido por 89 decálogos que detectó en algo más de una semana de exploraciones en bibliotecas reales y virtuales, con diferente número de mandamientos y matices, pero decálogos al fin y al cabo, donde brillan los aportes de:

Chéjov,

“Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado”.

Javier Cercas,

“Huye como de la peste de las frases bonitas”.

Roberto Bolaño,

“La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”.

Hemingway,

“Lee sin tregua”.

García Márquez,

“Cuando uno se aburre escribiendo el lector se aburre leyendo”.

Alison Kennedy,

“Defiéndete a ti mismo. Averigua qué te mantiene feliz, motivado y creativo”.

Italo Calvino, sobre la mejor hora para escribir:

“Soy un escritor diurno, pero como desperdicio la mañana, me he convertido en un escritor vespertino. Podría escribir de noche, pero cuando lo hago no duermo. Así que trato de evitarlo”.

George Orwell,

“Si es posible recortar una frase, eliminar una palabra, siempre hay que hacerlo”.

Juan Goytisolo,

“Dar algo consabido y previsible es tratar al lector con desprecio”.

Vargas Llosa,

“La sinceridad o insinceridad no es, en literatura, un asunto ético sino estético”.

Sarah Waters,

“Si eres realmente un gran escritor, no te hace falta aplicar ninguna de estas reglas”.

En fin, un completo y muy complejo vademécum para oficiantes del arte literario, cuyos discípulos deberán andar con tino para no tropezar con tal cantidad de prohibiciones y preceptos, muchos de ellos paradójicos cuando no contradictorios.

Para los contradictorios, mientras Vizinczey en su primer mandamiento dicta: “No beberás, ni fumarás, ni te drogarás”, porque para ser escritor se necesita el cerebro completo, Monterroso nos conmina: “Si no sabes adónde vas, detente, mira el techo, cuenta hasta diez, bebe un whisky”. Javier Cercas, por su parte, recomienda: “Cultiva tus obsesiones, tus vicios, tu locura y, con moderación, tu cordura; cultiva tus perplejidades, tus pasiones (las altas y las bajas, sobre todo las bajas), tu gusto intransferible (el bueno y el malo, sobre todo el malo), y no olvides reírte con alegre fiereza de ti mismo”. No sabemos al respecto qué dirían Hemingway o Malcolm Lowry, Porfirio Barba Jacob o Thomas de Quincy, pero resulta fácil imaginarlo.

Y en cuanto a los paradójicos, tenemos el Antidecálogo del escritor, de Jorge Luis Borges, donde afirma que en literatura es preciso evitar:

“Las parejas de personajes groseramente disímiles o contradictorios, como por ejemplo Don Quijote y Sancho Panza, Sherlock Holmes y Watson”.

“La costumbre de caracterizar a sus personajes por sus manías, como hace, por ejemplo, Dickens”.

“En el desarrollo de la trama, el recurso a juegos extravagantes con el tiempo o con el espacio, como hacen Faulkner, Borges y Bioy Casares”.

Y el summum de lo que se debe evitar en un texto literario:

“Las metáforas en general, y en particular las metáforas visuales. Más concretamente aún, las metáforas agrícolas, navales o bancarias. Ejemplo absolutamente desaconsejable: Proust”.

Otro tanto pasa, por contradictorio y paradójico, con el mismo Vizinczey quien, en su mandamiento cuatro, dictamina:

“No serás vanidoso

Si crees ser sabio, racional, bueno, una bendición para el sexo opuesto, una víctima de las circunstancias, es porque no te conoces a ti mismo lo suficiente como para escribir”.

Para, en su mandamiento cinco, ordenar:

“No serás modesto

La modestia es una excusa para la chapucería, la pereza, la complacencia; las ambiciones pequeñas suscitan esfuerzos pequeños. Nunca he conocido a un buen escritor que no intentara ser grande”.

Escribiendo historias

Para esta colección de advertencias y consejos tocó pasar a las volandas por “Los mandamientos de un escritor: decálogos, testamentos y antidecálogos”, un capítulo del libro Escribiendo historias, de Juan José Hoyos, quien nos presenta su propio catálogo de catálogos, como “un resumen de la experiencia de los artistas más experimentados”. Describe estas prescripciones como búsquedas personales refinadas en la mente de grandes maestros y a renglón seguido nos advierte que “todo autor está obligado a descubrir sus verdades y a crear su arte poética”. Y cita a José Manuel Arango como testimonio:

No hay camino, dijo el maestro

Y si acaso hubiera un camino nadie podría hallarlo

Y si alguien por ventura lo hallara no podría enseñarlo a otro

Juan José Hoyos incluye entre sus preferencias El Testamento, del escultor francés Auguste Rodin, que bien puede aplicarse también para los escritores (talladores de espectros), como cuando recomienda: “¡Paciencia! No contéis con la inspiración. Ella no existe. Las únicas cualidades del artista son prudencia, atención, sinceridad, voluntad. Cumplid vuestra tarea como honrados obreros”.

Como si fueran pocos

Y justo antes de comenzar la charla, el médico y escritor Emilio Restrepo nos sorprendió con su recorrido, caminando despacio, donde recogió algo así como 350 referencias con, mal contadas, unas tres mil prescripciones, proscripciones y consejas para neófitos. Anotaremos apenas unas cuantas:

Bertrand Russell,

“No estés absolutamente seguro de nada”.

Roald Dahl,

“Es una gran ayuda tener mucho sentido del humor. Esto no es esencial cuando se escribe para adultos, pero es de vital importancia cuando se escribe para niños”.

Stephen King,

“Creo que el camino al infierno está pavimentado con adverbios”.

William Faulkner,

“El único entorno que realmente necesita un artista es cualquiera que le proporcione paz, soledad y todo placer que para obtenerse no requiera de un alto costo”.

Anaïs Nin,

“Es en los momentos de crisis emocional cuando la verdadera humanidad se revela con mayor precisión”.

Joyce Carol Oates,

“No trates de saber lo que espera el lector ideal. Él existe, pero está leyendo a alguien más”.

Sobre la lectura

Ahora, no es ningún misterio que el mejor camino para aprender a escribir sea justamente leer de todo. A los clásicos, a los consagrados, a los contemporáneos, a los aprendices destacados o a tantos autores olvidados. Leer historia, filosofía, recetas de cocina, en un ejercicio permanente de curiosidad y devoción por esa apasionante búsqueda de no se sabe muy bien qué.

Al respecto, nuestros decálogos nos invitan:

Piedad Bonnett,

“Lee ensayo, novelas, textos científicos, periódicos, mucha poesía. Y lee, como aconseja Steiner, con un lápiz en la mano”.

Juan Carlos Onetti,

“No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios”.

Horacio Quiroga,

“Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chéjov— como en Dios mismo”.

Monterroso,

“Lee El Quijote. Luego, relee El Quijote. Luego, escribe un cuento en el que nadie conoce El Quijote”.

Colm Tóibín,

“Si tienes que leer, anímate leyendo biografías de escritores que se volvieron locos”.

Roberto Bolaño,

“Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Camilo José Cela ni a Francisco Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral”.

Aunque digo yo, sin aventurar mandamiento alguno, que debe dejarse siempre una puerta abierta y darles la oportunidad a escritores noveles, de todas las edades, condiciones, saberes y procedencias. Y leer decálogos. Que son muchos y aquí no caben.

Ahora, a qué o a quién hacerle caso, cada aprendiz deberá decidirlo, mas no debe olvidarse el célebre dictum de Augusto Monterroso que reza:

“En literatura no hay nada escrito”.

Y en cuanto al lector

No puedo terminar este artículo sin incluir el decálogo de Daniel Pennac, el único dedicado al lector, ese desvelo tan abstracto y real, representado en quien quiera meta sus narices en nuestras páginas. Según este excéntrico decálogo, los lectores tenemos derecho “a no leer, a saltarnos páginas, a no terminar un libro, a leer en cualquier sitio, a hojear o a leer en voz alta”; incluso tenemos “derecho al bovarismo”, según Pennac, “una enfermedad de transmisión textual, término alusivo a Madame Bovary, la protagonista de la novela homónima de Flaubert, lectora compulsiva y apasionada de novelas románticas”.