Entregarle un pequeño relato a la avalancha de imágenes del Paro Nacional. No intentar el análisis ni la denuncia sino solo unir dos imágenes y buscar una primera impresión que puede pensarse también como una compresión íntima. Eso les pedimos a tres colaboradores de Universo Centro. Mirar, leer, pensar.


Postales de calle

Fotografías de JUAN FERNANDO OSPINA

Proyectar la voz

Por ESTEBAN DUPERLY


Un grupo de niñas detrás de una ventana que, aunque abierta, tiene barrotes —y todos sabemos a qué nos remite una ventana con barrotes— miran pasar la protesta. Tal vez quisieran estar afuera, con los marchistas; no se sabe. Aunque a juzgar por sus caras, que casi todas son de emoción, es muy probable que más que adentro preferirían estar entre el río de gente. Pero como no pueden, parece que se pusieron a arengar a la marcha, a apoyarla. Es que estar del lado de gente inconforme porque en su país siempre se carece de lo esencial, es algo que fluye natural. Como un instinto, digamos. Son de esas cosas que nadie le tiene que explicar a uno. “Hasta un niño podría hacerlo”, para usar el adagio popular.

Que las niñas apoyan la marcha, decía, y por eso se bajaron los tapabocas: para proyectar la voz y que las oigan, porque afuera había mucho ruido: pasos de cientos, que suenan como agua crecida, y además voces, conversación, gritos, tambores, cornetas, más gritos. Una marcha es para eso: para que se sienta. Lo otro sería el silencio, pero ese es otro nivel: se marcha en silencio cuando la rabia es tanta que ya ni da para gritar. Se hace silencio para confrontar al otro; nada tiene que ver no incomodarlo, como sugirieron hace días.

Gritaron las niñas, pues. Y luego, varias cuadras más adelante, en Castilla, una mujer quiso gritar lo que ellas habían gritado, más lo suyo; todo lo que tenía atorado en el pecho desde que la alumbraron al mundo, que en Colombia suele ser bastante. Pero la voz le salió sorda, por la sordina del tapabocas. En todo caso no importó, porque puso las manos en bocina para que se oyera mejor. El todo es hacerse oír. Proyectar la voz.

El escudo de la ofensa

Por DANIEL PACHECO


Ambos tuvieron que googlear.

Primero, “inmarcesible”: “Del lat. immarcescibǐlis. 1. adj. Que no se puede marchitar”. Consultó con el escudo ya pintado. Qué chimba inmarcesible, pensó. Somos, somos, todos los parceros. Nadie nos puede marchitar. Primera línea papá, que se vengan esos tombos hijueputas. Una gresca que no se acaba. Nunca. ACAB, hijueputas asesinos. Sigamos saliendo todos los días a jugar.

“ACAB”: “All cops are bastards: traducir español: todos los policías son bastardos”. ¿Vieron esa maricada de ACAB?, le preguntó a los compañeros en la estación. Hombres bordeando los cuarenta, mal dormidos, mal pagados, mal entrenados. Los brazos ardidos de devolver piedra. Es una maricada gringa, les contó. Estos culicagados son raros hasta para insultar.

No fue una movida táctica espectacular. Ya los tenían retrocediendo, y al chino se le enredó el pantalón con el escudo y se fue al piso. Tiró el escudo y se le cayeron las gafas, pero alcanzó a escapar.

Pecho al aire y casco en alto por el botín recuperado. Gafas de sol en el bolsillo, y escudo para chicanear. Cuando se los llevó a los compañeros tombos, varios sacaron el celular para buscar: inmarcesible.

Estallido

Por JENNY GIRALDO GARCÍA


De un tiempo para acá no hay día en el que no piense en cuánto vale el huevo que estallo en la cacerola a la hora del desayuno. En una ficción absurda, un ministro de apellido Carrasquilla dijo —con risas de fondo, cortesía de su gentil entrevistadora— que una docena de huevos valía “1800 pesos o algo así”, por eso entre los mares de gente, algunas docenas de huevos también salieron a las calles a protestar.

El gentío que vemos como fuerza colectiva está hecho de individualidades, de pequeños gestos y símbolos que también hacen parte de la disputa. Ella (me doy la licencia de asumir que es una mujer) marcha con sus piernas y su cicla, y lleva ahí ese símbolo del estallido: la docena de huevos de 1800 pesos. Un detalle que se puede perder entre la multitud, de la misma manera en la que se puede perder la afirmación de Carrasquilla en la marea de declaraciones de este gobierno que otras mayorías eligieron. Pero esta imagen no deja escapar una realidad compuesta por muchos vértices: es el hambre del pueblo, es la infamia de un gobierno que nunca ha tenido que fiar el diario en la tienda del barrio, es la rabia contenida. O es, sencillamente, esa forma de reírnos de esta Colombia agobiada, una caricatura, un meme que salió de las redes y se fue para las calles.

Y sí, hay declaraciones mucho más graves que las de un ministro que no sabe cuánto vale un huevo; pero en estas circunstancias los chistes oficiales son de un calibre que siempre ofenden. Hoy, como lo narra esta dupla de imágenes, la docena de huevos de 1800 representa la indignación colectiva, una indignación que entienden mucho más todas aquellas que tienen que hacer maromas para que la plata de la comida rinda. Esta indignación, como tantas cosas, también nace en las entrañas de la cocina.