Día 3

Bernal, el cuervo que ganó en Campo Felice

Por MAURICIO LÓPEZ RUEDA

Todos los días me despiertan los cuervos. Están por todas partes. Los he visto de negro entero y también con el vientre y el flanco blanco. Los he visto con esos ojos de cristal, opacos como las esferas de las brujas. Graznan desde el amanecer. Hace días leí que habían invadido Berlín, hace un par de años, y que todo aquello parecía la película de Hitchcock.

Anoche llegué a Perugia, capital de la región de Umbría, para el día de descanso del Giro. Ya vamos por la mitad de la carrera. Me siento un poco cansado y a veces me da por extrañar a Colombia, pero la felicidad por ser testigo de la gesta de Egan Bernal en Campo Felice es un aliciente para seguir en este recorrido.

Lo que me pregunto ahora mismo, sin embargo, es si vale la pena seguir. Si de verdad quiero estar acá tanto tiempo. Creo que tengo un espíritu trashumante, vagabundo, pero también solitario. Me resulta difícil compartir una aventura con otros. No soy bueno para administrar caprichos.

Es un canto melancólico el de los cuervos, como llegado desde tiempos lejanos en la historia. Me hace pensar en la muerte, en mi muerte. En Colombia, casi siempre, me despiertan las tangaras, con sus silbidos lisos, brillantes, repetitivos. Los cuervos graznan una o dos veces, y todo se queda en silencio mientras lo hacen.

Me sorprende mucho Italia por su verde. En todas partes hay árboles, bosques y llanos preciosos donde crecen de forma silvestre florecitas lilas, amarillas, azules. Los olivos se han multiplicado desde que dejamos Módena, la ciudad de la familia Ferrari. Allí me topé con un señor llamado Carlo, de unos 76 años de edad. Se salvó del covid, dice, “grazie alla Madonna”, y conoció a los Ferrari, desde la calle del frente. Los veía salir en sus carros, tan aristócratas, tan perfumados. “Avevano solo una bicicletta. A loro piacevano solo le macchine”, cuenta el viejo, quien todos los días sale a cuidar sus setos y su árbol, a donde también llegan los cuervos a graznar por las mañanas.

Esa etapa llegó a Cattolica, sobre el mar Adriático. Allá tampoco ganó Gaviria, que ya había fallado en Novara, cuando salimos del Piamonte. El mar de Cronos nos persiguió hasta Termoli, a lo largo de campos colmados de molinos, que a la distancia parecen nadadores del estilo libre, braceando sin parar en las olas del viento.

Y allí, en esos extensos campos, también estaban los olivares y los viñedos, y árboles y puentes, y castillos de siglos idos de la memoria. Siempre el verde en Italia, por todos lados. Y ese cielo azul por las mañanas, y de repente nublado por las tardes, cuando las nubes se amarran unas con otras y sueltan relámpagos del fin del mundo. Y el mar a la diestra y los olivos a la siniestra, y los cuervos graznando con esa tos apagada, con el disparo de una carabina hechiza.

También abundan, por estos días en Italia, los trabajos de carretera. El gobierno aprovechó los largos periodos de cuarentena y se puso a arreglar calles, puentes y autopistas. Las grandes grúas, las máquinas retroexcavadoras y los obreros se ven por todos lados, y aun así se puede ir en carro plácidamente, por las carreteras secundarias o terciarias.

A lo largo de esas carreteras, llenas de asfalto levantado y máquinas de cemento, también se ven los estragos de la pandemia. Casas abandonadas, fábricas cerradas por quiebra, migrantes pasando hambre y frío en los caminos o en las calles de las ciudades. Hace poco, en un minimercado, noté algo que me dejó perplejo. Todos los porteros de los supermercados y los minimercados son africanos, y todos los que piden limosna en las afueras también son negros, africanos y migrantes.

Como dicen los españoles, que en el Giro son bastantes, “me flipó” ver ese contraste. Un negro sufriendo y pidiendo a las puertas de un mercado, mientras otro, limpio y con su reluciente uniforme de camisa blanca, custodia la puerta con gesto autoritario. “Una doble humillación racista”, pensé mientras compraba un litro de agua para el camino, porque los cuervos me despiertan la sed.

En Grotte de Frasassi conocí a Francesco Moser y a Gianni Motta, dos glorias de ese otro ciclismo, de ese ciclismo de hace cincuenta años, el de Cochise y Gimondi. Todavía andan en bici los viejos, ambos campeones del mundo y del Giro. Ese día, previo al de Termoli, también fui hasta la Grotte. Quería ver las cuevas, pero cuando llegué, la señora del torniquete, muy hermosa como casi todas las italianas, me dijo que el tiquete costaba diez euros y el viaje duraba una hora.

No tenía ni tiempo ni dinero para botar así porque sí, entonces me conformé con ver el río que pasa debajo de esas piernas milenarias, y volví a la “partenza”.

Ahora estoy más concentrado en el ciclismo y menos entusiasmado con las caminatas. Y es que el cansancio se acumula, el cansancio de los pensamientos. Mi vida es una barcaza vieja y arruinada, como esas que vi sobre las playas vacías del Adriático. Tengo un mar enorme por el cual navegar, pero ya no tengo ancla. Quizás sea mejor así, no lo sé, no lo he descubierto todavía.

Todas las noches me pregunto: ¿y cuando vuelva a Colombia?, ¿qué haré cuando regrese? Ya no tengo una mamá a donde llegar. Una mamá a la cual contarle todos esos pensamientos que me cansan. Quisiera contarle de los cuervos. “Ma, si vieras, por allá, a uno lo despiertan los cuervos”.

Seguro me diría: “Hijo, yo también soy cuervo. Yo soy la que canto para despertarte todas las mañanas”.

¿Será que estoy soñando? Sí, parece que me distraje y me quedé dormido. Y es que son las cuatro de la tarde y sigo acá, en Perugia, esperando que el día se derrita en uno de esos atardeceres de rojo. Perugia fue una ciudad papal, antes de unirse a Italia, hace como cuatrocientos años. Mañana vamos para Montalcino. Será una etapa muy difícil, “la Strade Bianche” le dicen los ciclistas. Pasarán cosas, seguramente, quizás, incluso, Egan pierda el liderato. Ya veremos.

Ganó en Campo Felice, hace dos días. Lo hizo de una manera magistral, y yo estaba ahí, a un metro de su abrazo con Mafe, su novia. A cincuenta centímetros de su golpe al aire, cuando le dijeron que sí, que había ganado. Su ataque fue tan demoledor e inconsciente, que ni siquiera se dio cuenta de que había pasado a los fugados. Iba tan fuerte que los empujó contra las vallas, con la onda expansiva de sus pedalazos. Y siguió de largo hasta la meta con la cabeza levemente ladeada y los ojos hundidos en un lago opaco, como los de los cuervos.

Pensé que iba a emocionarme más con todo aquello. Con toda la gritería y el llanto de Egan, de Mafe, de los colombianos que improvisaban las astas de las banderas con ramas que tomaban en el camino. Pero mi mente sigue vagando entre viejos pensamientos, y en la penumbra del futuro incierto. Como zombi me acerqué hasta el podio y luego fui a la zona mixta. Extendí el micrófono y dejé que el héroe se desahogara. Solo pensaba, en esos momentos de alegría desbordada, en llegar al hotel, y que el hotel fuera Colombia y ya no hubiera más cuervos.

“Yo soy ese cuervo hijo, vuelvo a tu lado para despertarte por las mañanas”, me susurra el alma de mi madre. O tal vez volví a quedarme dormido. Dormido de pie, como los migrantes del centro de Foggia.

“¡Gracias Egan!”, le grité desde el brumoso horizonte de mis pensamientos. Algo contestó, eso creo. Luego al teleférico para volver al estacionamiento. Luego a la carretera y a buscar dónde escribir. Luego al hotel, que no es Colombia sino L’Aquila, de donde salió la etapa, la que llegaba a Foligno. Allá tampoco ganó Gaviria, pero sí graznaron los cuervos, cuando ya nos íbamos para Perugia.

“¿Y si tiembla, como en 2016?”, me dijo Barbosa, mi amigo, bromeando un poco con mi melancolía. “¿De pronto un temblor te saca de tus pensamientos?”, añadió.

“Sisas parce, pero si tiembla se acaba el Giro, y seguro los putos cuervos volverían, a graznar en medio de las ruinas”.

“Los cuervos nunca se van, Mauro, por acá abundan”.