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Mitos y certezas de un desconcierto

por GLORIA ESTRADA

Latina Stereo 40 de volumen Octubre de 2025

Willie Colón y su banda tras las rejas. Autor desconocido.

Testigos hay que aseguran haber visto, la noche del jueves 5 de octubre de 1985, a un tipo con una conga por la carrera 70, a eso de las once, cuando los alrededor de diez mil asistentes al fallido concierto de Willie Colón en el coliseo Iván de Bedout abandonaron el sitio derrotados y tristes: tras una pequeña inversión de dinero y una enorme cantidad de tiempo y esperanza tuvieron que irse sin ver ni escuchar al Gran Varón.

Se rumora también que en Barrio Antioquia vive un mecánico que tiene plastificada una partitura sonsacada en medio de los disturbios de esa noche. Dicen que no se le alcanza a leer nada de lo deteriorada que está. Podría ser cualquier cosa. Ni certeza ni garantías: el propietario cada tanto cambia su versión sobre el origen del papel.

También en Bello un hombre afirma tener en su poder la partitura de Oh que será. “En una bolsita”, declara alguien, como en secreto, que califica al contador de esta historia como poco confiable.

Tal vez sea verdad que un galeno de Medellín, un tipo serio, se haya robado esa noche, en el despelote, las partituras de Sin poderte hablar y Voló, esta última incluso con algunas correcciones en lápiz hechas presuntamente por el mismísimo Willie, pero todo se reduce a si le creemos o no a esta eminencia médica, pues imposible verlas, tocarlas, analizarlas: las perdió en un trasteo. ¡Vaya!

La que fue la primera visita de Willie Colón y su orquesta a Medellín, hace cuarenta años, está llena de especulaciones y mitos, datos por confirmar, historias que en el fondo lo que tratan es de hacer a cada uno de sus testigos dueño de una verdad, la que sea, aunque no lo sea.

Sobre las razones para la ausencia de Willie Colón, quien nunca llegó a subirse a la tarima en el coliseo, especulan algunos que en el Hotel Nutibara, adonde llegó a hospedarse, conoció a una bella señorita que también era huésped, se encerró con ella en una habitación y se le olvidó el compromiso. Se dijo también, algunos lo sostienen todavía, que se quedó en Bogotá en una fiesta con mafiosos, trago y coca. Sin embargo, si nos atenemos a lo publicado por la prensa regional y nacional, donde se registran las diferentes versiones, el cantante y los miembros de su orquesta llegaron a Medellín, sí, pero no a tiempo para presentarse al concierto convocado para las siete y media de la noche, sino dos horas después, cuando ya en el Iván de Bedout estaban a punto volar botellas de aguardiente por el aire. El retraso en el vuelo desde Bogotá al recién inaugurado José María Córdova fue el culpable: programado para el mediodía, el avión de SAM donde venían los músicos apenas vino a despegar a las 7:15 p. m.

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A las diez de la noche los asistentes al coliseo (unos diez mil promediando los reportes) que habían ido a ver al Malo del Bronx, “directamente desde Nueva York”, estaban todos exhaustos y desilusionados, y algunos, también, borrachos y trabados. La mayoría había llegado a las afueras del Iván de Bedout desde las cinco de la tarde y adentro llevaban casi tres horas de espera, de parcos anuncios en los que más que información se lanzaban engaños: “Ya casi, ya casi”. Ya habían pasado por el escenario un conjunto vallenato, al decir de algunos, contratado a última hora ahí en la 70, ve tú a saber, y unos bailarines de salsa. A los primeros los dejaron cantar tres o cinco temas y se bajaron en medio de la rechifla, a los segundos, unos afirman que los celebraron y trataron de imitar, otros dicen que produjeron más desespero. El público pedía salsa, pedía a Willie y su famosa Gitana. Así que desde las nueve de la noche lo que se escuchó por los amplificadores, unas torres de sonido gigantes, potentes y novedosas, fueron discos.

Poco a poco los gritos de “¡Queremos salsa!” fueron cambiando por los de “¡Ladrones! ¡Pícaros!”. Medios y asistentes coinciden al señalar las 10:10 p. m. como la hora llegada. En ese instante empezó el lanzamiento de botellas desde las tribunas y de sillas metálicas desde la pista. Todos los objetos apuntaban al escenario. En cuestión de segundos grupos de muchachos derribaron las portentosas torres de sonido y enseguida arremetieron contra instrumentos y partituras ya dispuestos en la tarima.

Darío Calderón estuvo allí. “A las ocho y media el animador nos pedía paciencia, que en 45 minutos llegaba. A las nueve y media salió a decir que ya venía y la gente empezó a gritar ¡ladrones!”, relata este contador público que para entonces tenía 40 años.

Para Ricardo Barrios, comunicador, todo fue el resultado de un “error lamentable del promotor y del representante. Ya había habido espectáculos en Medellín, se habían presentado el Gran Combo, Héctor Lavoe, eso en los ochenta era masivo, pero en este caso en particular no lo supieron manejar. El presentador no era claro, que ya viene, que ya viene…”. Barrios, que asistía al coliseo por primera vez a sus 25 años, recuerda que afuera también estaba muy caliente. La policía hizo disparos al aire con el objetivo de dispersar a la gente que salía.

“Los ánimos estaban muy exacerbados. En medio de la espera y cuando menos pensamos voló una garrafa de una de las tribunas… Tumbaron las torres de sonido, arrojaron sillas, había gente dañando los instrumentos en la tarima. Acabaron con el coliseo, el sonido quedó en el suelo”, así lo recuerda Juan Fernando Trujillo, quien tenía 15 años cuando acudió al concierto junto con su hermana.

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Aquel jueves, Willie Colón y sus estrellas llegaron al Hotel Nutibara a las nueve y media de la noche, muy cansados, según informaron después, se dieron un respiro, posiblemente una ducha —minutos valiosos en acicalamiento— y salieron. Eran las 10:20 p. m. cuando arribaron al coliseo, pero ni se bajaron del carro. “La policía lo enteró de lo que estaba pasando adentro y no le permitió entrar. Junto con sus músicos se devolvió para el hotel”, informó El Mundo el sábado 7 de septiembre. Una hora después, a las once y treinta, llegaron al hotel veinte uniformados, según El Tiempo, que detuvieron a Willie y sus trece acompañantes (en otros medios se habla de once, pero el diario bogotano enlista trece nombres) y se los llevaron para el F2 en Belén. La orden la dio el coronel Miguel Carrillo García, comandante de la policía metropolitana. Los cargos: incumplimiento y estafa.

Dieciocho horas estuvo detenido Willie Colón en Medellín en una celda con todos sus compañeros. De pie, incomunicados y sin alimento. Piedad Córdoba, subcontralora municipal, se apareció por allá y le impidieron llevarles pollos asados a los reclusos. “Nos trataron como criminales”, diría a su salida el cantante.

Entre las cinco y seis de la tarde del viernes 6 de septiembre el combo musical fue liberado y en cambio fueron detenidos dos empresarios de la firma Rumba Productions quienes supuestamente deberían responder por los daños ocasionados en el coliseo y ante los espectadores que pagaron sus boletas. Algunos de estos, al parecer, alcanzaron a recibir su reembolso. Willie canceló sus presentaciones en Cali y Barranquilla, previstas para ese fin de semana y voló de regreso a Nueva York, no sin antes dejar entrever que no volvería a Colombia. Su amarga experiencia en Medellín lo inspiraría a componer Especial #5, su versión sobre los hechos, dedicada al coronel Carrillo y lanzada al año siguiente en el álbum con el mismo nombre.

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Las fotos publicadas por los diarios los días 6 y 7 de septiembre de 1985 dan cuenta de los destrozos en el Iván de Bedout. “Los revoltosos dañaron 16 puertas, los vidrios de seis oficinas, 14 soportes del escenario, cinco baños, el tablado de la cancha de baloncesto, sillas e implementos de las oficinas que funcionan en el coliseo”, compendió El Tiempo. Según el diario que se lea, los daños se calcularon en tres o cinco millones de pesos solo en los equipos de sonido y otros tantos por la destrucción del lugar. Los heridos fueron seis, tal vez siete, es posible que ocho, entre ellos varios técnicos que intentaron proteger los equipos y recibieron el impacto de los objetos lanzados por la turba.

Por su parte, Willie Colón calculó las pérdidas por el deterioro de sus instrumentos en quince mil dólares. Mientras que su apoderado informó que los daños al piano se podían estimar en cuatro millones de pesos y que en aquel episodio se robaron una batería, dos tumbadoras, dos congas y un bombo grande.

La periodista de El Colombiano afirma que a la salida del coliseo, bordeando la medianoche, empezaba a llover, mientras la gente abandonaba el lugar “corriendo hacia los buses, alejándose de la sirena que anunciaba la llegada de los antimotines y las fuerzas del orden, alejándose del ruido de disparos al aire…”. Entre ellos quizás iba la sombra del tipo aquel que nadie sabe quién es ni dónde está, pero que muchos aseguran haber visto con una conga marcada con el nombre de Willie Colón debajo del brazo. O en la cabeza, quién sabe, para protegerse de las primeras gotas de lluvia.