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De verdad, ¿en Colombia hay teléfonos?

por ALBEIRO PÉREZ • Ilustración de Camila López

Número 151 Octubre-Noviembre de 2026

A veces el tamaño de la admiración que sentimos por alguien llega a ser igual al tamaño de la decepción que nos causa.

Hay muchas razones para recordar a un profesor, o para que su paso por nuestras vidas se vuelva memorable. De la primaria recuerdo a doña Consuelo, que sabía mucho de matemáticas, pero una vez me castigó con una regleta en la palma de la mano; otra vez no me dejó ir al baño y me oriné en los pantalones. De bachillerato recuerdo a Guillermo Ramos, el profesor de filosofía, porque también nos enseñó a amar la poesía y el tango; y a Jorge Gómez por haberme propuesto que participara en el naciente grupo de teatro del colegio, a cambio de no presentar el examen final de español. No sé cómo intuyó que yo, que vengo de una familia en la que no ha habido un solo intelectual o artista, podía ser uno de los actores del grupo.

De la Universidad de Antioquia, donde hice mi pregrado en teatro, recuerdo especialmente a Mario Yepes por su disponibilidad y generosidad para compartir el conocimiento. Y porque fue Mario quien me animó a aplicar a una beca Fullbright para hacer un posgrado en Nueva York. Él ya había estado allí y me hablaba maravillas de los profesores que había tenido. Y Mario tenía razón, hay muy buenos profesores en esa ciudad. Pero ser buen profesor de algo no justifica el ser un completo ignorante de otras.

En 1995 salí para Estados Unidos. Yo había trabajado como profesor de inglés y eso me daba cierta confianza, pero ni yo, ni nadie de mi familia había salido del país. Había salido de Medellín un par de veces, al Festival de Teatro de Manizales. Y para acabar de ajustar tenía fama de “buen hijo”, casero y lo peor de todo, de elevao; tanto que una compañera de trabajo comentó alguna vez:

—No me imagino a Albeiro en Nueva York, como es de elevao, lo va a levantar un carro.

Esa era toda mi experiencia fuera de casa. No tenía amigos en Nueva York, no tenía familia en EE. UU. y había visto en películas historias terribles del subway, del Bronx y de Brooklyn. De igual manera, de racismo y xenofobia solo había escuchado hablar en las películas de Hollywood y creía que el tema del exilio o de vivir el país desde fuera era solo para gente importante; pero no tardé mucho en vivir algunas experiencias en carne propia.

En aduanas del aeropuerto de Bogotá, sin razón aparente, me hicieron vaciar mis maletas. Yo había empacado de todo, como si fuera para un pueblo donde no se pudiera comprar ni crema dental. Llevaba también un libro de poesía de León de Greiff, Doce cuentos peregrinos de García Márquez y algunos casetes con música bailable, incluidos algunos pasodobles, por si tenía chance de descrestar in New York. Todo quedó en el piso, incluida una libra de frijol cargamanto que me habían encargado.

En la escala en Miami, yo trataba de seguir a la mayoría que parecía tener mi mismo destino. Y llegando a inmigración, ocurrió un amor a primera vista. Un señor mono, alto, de uniforme azul oscuro y ojos azul claro, me hizo señas para que me saliera de la fila. Lo primero que se me ocurrió fue, “¡Dios mío, los frijoles cargamanto!”. “¡El talco Mexana!”. “¡Los casetes de música protesta!”.

Le dije al oficial que era becario, que ya tenía una prematrícula en un instituto, que llevaba recomendaciones de varios profesores, pero de nada sirvió. Me llevaron a un lugar aparte y me preguntaron hasta a qué horas había nacido para dejarme proseguir con mi viaje.

Ya en Nueva York, la mamá de una colombo-gringa que hacía algún tiempo había estado en Medellín dirigiendo Muerte de un viajante, de Arthur Miller, me recibió en su casa de cuatro pisos en Queens Boulevard. A pesar del poco tiempo que estuvo en Medellín, nos hicimos muy buenos amigos y nuestra amistad fue un excelente preámbulo para viajar al norte. Su mamá era viuda de un médico colombiano y ahora vivía sola en un caserón. El edificio de tres pisos tenía un sótano donde estaba la biblioteca de su difunto esposo y en el que la mera zona de ropas podría ser un apartaestudio; sumado a eso tenía garaje, dos comedores, piscina, ático. En aquel caserón yo pagaba cuatrocientos dólares por mi cuarto y por el derecho a utilizar toda la casa, incluida la piscina que en aquel momento estaba cubierta con el naranja, el ocre, el café y el rojo del otoño de 1995. Todo marchaba bien. Me sentaba en el patio trasero a tomar café, a mirar el tapete de colores de la piscina y a reírme leyendo a Oscar Wilde. Más adelante vería también por primera vez, y “en vivo y en directo”, una caída de nieve. Y me quedaría estupefacto al ver cómo aterrizaba un helicóptero en el escenario del musical Miss Saigón, en Broadway. Por su parte, la mamá de mi amiga me cocinó sancocho y frijoles un par de veces, me sacaba a conocer lugares, visitábamos sus familiares en Nueva Jersey y me presentaba a sus amigas de tertulia como un espécimen raro que, a pesar de llegar de Colombia, hablaba muy bien inglés.

—Mírralo, isn´t it incredible?

—No kidding! —decían las señoras—. How did you learn English?

En el invierno de 1995 la dueña del caserón viajó a Chicago a visitar a sus otras dos hijas y me dejó encargado de su espacio. Cada que me paro ante esa casa desde el presente veo imágenes de películas como Los otros o El orfanato. Pero no porque el fantasma del difunto esposo de la señora se me haya aparecido en el sótano, o porque haya escuchado ruidos en el ático, o algún inmigrante se hubiera entrado por una ventana a robarme. No. Por pura mala suerte, ¿o sería el difunto médico? El primer día que quedé solo el televisor grande y viejo que había en la sala dejó de funcionar. Otro día, prendí una lámpara de pared que también estaba en la sala, pero esta prendió, se apagó y nunca más volvió a prender. Y luego hubo otro par de pequeños incidentes que me salieron caros.

Pocos días después regresó de Chicago la mamá de mi exdirectora con sus otras dos hijas. Antes de que llegaran, y por recomendación de mi amiga, puse todo mi empeño en tener la casa impecable. Llegaron, descargaron maletas y muy pronto emprendieron su misión de asegurarse de que la casa hubiera estado bien cuidada. Y por supuesto encontraron que había un par de cosas que no funcionaban. Lo primero que parece haberles pasado por la mente a las dos hermanas de mi amiga fue que la casa había quedado en manos de un irresponsable y descarado que se había aprovechado de la generosidad de su madre. Y reiniciaron su misión e inspeccionaron cuarto por cuarto, baño por baño, objeto por objeto, para asegurarse no solo de que no hubiera más daños, sino de que la casa estuviera impoluta; como si hubieran dejado encargado no a un compatriota bisoño y con ganas de demostrar que podía estudiar en un lugar completamente desconocido, sino a un empleado del aseo. Por eso cuando una de las hijas, tal vez la que menos sangre colombiana tenía, levantó la tapa de unos de los sanitarios y encontró un par de manchas de orina, se encolerizó y le puso la queja a mi amiga. Los cuatrocientos dólares del alquiler del cuarto no contaban en aquel análisis. O sea, no entendían que a mí no me estaban pagando por asear la casa; era yo quien estaba pagando por un servicio.

Mi amiga me compartió la inconformidad de sus hermanas en la mañana de un 24 de diciembre. Entonces yo me llené de mis propios motivos y me senté a escribir mi versión de los hechos, incluyendo la manera como me estaba sintiendo. No lo había pensado, pero ese día descubrí que mi falta de elocuencia y serenidad para hablar de los temas que me afectan emocionalmente las suplo escribiendo. Puedo tomar distancia, puedo borrar lo que no se podrá borrar cuando se haya explotado verbalmente, descargo gran parte de la emoción en la intimidad y hasta me divierto. Terminé las dos hojas de descargos, se las entregué a mi excompañera de montaje y me fui desde las diez de la mañana para un restaurante pequeño, a tres cuadras de la casa. Allí me comí un bagel duro con café para el desayuno, almorcé con una hamburguesa de tres dólares y esperé a que cayera la noche y las cuatro mujeres ya se hubieran ido para Nueva Jersey a celebrar la navidad.

Al día siguiente, casi a la misma hora en que yo había salido el día anterior sonó el timbre de la puerta. Abrí, y allí estaban en el portón las cuatro mujeres. La madre me miró diciendo, “jah, you appeared” y siguió de largo con dos de sus hijas, y mi amiga, con cara de “la cagaste”, me dijo “Hi, Albeiro”. Yo, que después del desahogo había perdido la noción de qué tan acertado había sido el tono de la carta, le dije a mi amiga que quería hablar con todas las herederas del difunto médico. Ella me dijo que se lo expusiera a Nancy, la más “americana” de todas.

—Nancy, ¿podemos hablar un minuto?

—Start, you just have one minute.

Efectivamente, la reunión no duró más de unos cuantos minutos y mi única defensora constantemente tenía que intervenir diciéndoles a sus hermanas:

—Déjenlo hablar, déjenlo hablar.

Las hijas regresaron a Chicago y en la casa quedamos solamente la dueña y yo. Al otro día, la señora robusta y rubia me sentó en la sala y comenzó de nuevo a interrogarme sobre los sucesos como si yo hubiera cometido un crimen atroz.

—¿Cómo se atreviste a no cuirar de mi casa? Tell me… ¿Ah?

—…

—¿Es que usted no sabes hacer nara? ¡Clarro, porque tu madrre siempre te haces todo en Colombia!

—…

—What were you thinking? Ah?! ¿Que tu mami estaba aquí parra hacer toro?

Y yo, en casa ajena, en país ajeno, con una matrona americana iracunda al frente, solo atinaba a decir:

—I´m sorry, Ms. Ca… but…

—But nothing —me callaba ella—. Shut the fuck up!

—But… es que yo…

—Es que io nothing —me interrumpía—. Shut the fuck up. Just shut the fuck up!

Al otro día llamé a mi amiga, le agradecí por todo su apoyo, le pagué a mi interrogadora los daños que nunca causé y decidí largarme.

El 29 de diciembre saqué fuerzas para llamar a Colombia a preguntar dónde estaba viviendo Orlando, un conocido de la infancia. No había querido hacerlo antes porque quería resolver mis necesidades yo mismo y porque a diferencia de Orlando Furioso, este era famoso por sus epopeyas “cacórricas”, y hasta por pedófilo. Pero a la necesidad esas historias le importan un culo. Me dieron el teléfono, lo llamé y acordamos que me recogería el primero de enero en la mañana. Mi mamá se alertó y me llamó el 31, justo el día en que me disponía a empacar y estaba lavando el baño que insultó la asepsia de la hija más gringa.

—Sí, ma, todo bien… Aha… aha… no, nada…, es que quiero irme unos días para Long Island… No, no… No se preocupe, Orlando me va a recoger… Yo tamb… la q… aha… lo… lo mis…

Ese 31 de diciembre, mi primer Christmas in New York, me la pasé empacando hasta casi la madrugada, añorando el olor a natilla y buñuelo, y escuchando, o creyendo escuchar, los estallidos de la pólvora al dar las doce campanadas.

Después del incidente en aquella casa estuve itinerante algunos días. Una especie de desplazado intraurbano en Nueva York. Mi amigo Orlando vivía a unas dos horas de Nueva York con una prima, a quien me sorprendió ver en su casa porque había escuchado rumores de que estaba de puta en Japón. En la casa de Orlando estuve unos días y mientras tanto le ayudaba a hacer aseo en oficinas de bancos: uno de los trabajos más fáciles y más bien pagados que he conocido. Llegábamos a la oficina, recogíamos un par de papeles del piso, pasábamos el escobillón por encima de los teclados, sacábamos la basura and let’s go, a la próxima oficina. Lo más demorado era la distancia entre banco y banco, pero cubríamos entre cuatro y cinco en un par de horas. A finales de enero, como ya había empezado a estudiar actuación en el instituto Lee Strasberg, necesitaba hacer desplazamientos más cortos, entonces le pedí a un compañero italiano que vivía en Astoria, Queens, que me permitiera estar unos días en su apartamento mientras yo conseguía algo en Manhattan. El traslado lo hice un día helado de comienzos de febrero. De la estación del tren a su casa había que caminar varias cuadras con la maleta al hombro y a pesar de los guantes llegué con los dedos casi pelados. Allí estuve muy poco tiempo, pero nunca se me olvida una frase que me dijo Francesco en medio de unas cervezas:

—Ah, paisitas, they are easy.

No supe si enorgullecerme o apenarme.

De la casa del italiano pasé a la sala pequeña de un británico que vivía en el East Village, a unas cuantas cuadras del instituto donde estudiaba. Parecía un lugar de peregrinación de gente de distintos países y había borracheras constantes por lo que el británico varias veces me dijo:

—You are too serious, man.

Mi última estación, antes de conseguir un lugar estable, fue en el apartamento de un colombiano, que al igual que yo era becario Fullbright. Le pedí que me permitiera estar de un día para otro, “in his place”, como se acostumbra a decir en Nueva York, mientras me entregaban mi “apartamento”. El compatriota accedió muy amablemente, pero en la noche me llevé una sorpresa. Me organizó unos tendidos en el piso, destapó una botella de vino y comenzamos a conversar sobre la beca, sobre Colombia y sobre mi deambular. Mientras avanzaba la conversación y a mí me empezaba a vencer el sueño, el tipo se paseaba en calzoncillos de un lado a otro de la sala, hacía chistes malos y se le escapaban algunos quiebres de delicadeza. En una ciudad donde la mayoría de la gente se quita la máscara y a todo le dice que sí, el becario no solo me quería ayudar sino también poner a prueba mi heterosexualidad. Finalmente, convencido de que mis ganas de dormir eran más fuertes que cualquier otro deseo y que conmigo no habría affair posible, me dio las buenas noches.

De las cosas buenas que tiene el inglés es que para designar el lugar donde uno habita, sobre todo en una ciudad como Nueva York, la mayoría de la gente dice nos vemos “in my place” te invito a “my place”. Y tiene todo el sentido. En una ciudad como Nueva York, a veces el lugar donde uno vive no se sabe exactamente qué es. My place in Manhattan, el primer lugar a donde llegué a vivir solo, después de trasegar aquí y allá, era un espacio de dos metros de ancho por cinco de largo, con baño y lavamanos, pero sin cocina. Pocas veces he sido tan feliz como el día en que me mudé a aquel espacio. Solo tenía una cama, una mesita, una olla arrocera donde preparaba hasta el chocolate y un equipo de sonido destartalado que me encontré en la calle. Nada que ver con la casa de Queens Boulevard, pagaba 650 dólares por un cuchitril, pero era feliz. Este espacio estaba ubicado en el East Village, la zona bohemia de Nueva York para estudiantes, artistas, punkeros, hippies rezagados y en general inmigrantes de bajos recursos. Porque otra cosa es, o era, el West Village; lugar frecuentado por lo más selecto de la intelectualidad neoyorquina y estadounidense, y donde se encuentra el Blue Note Jazz Club, famoso porque allí se presentaban con cierta frecuencia artistas como Ray Charles y Woody Allen. Mi cuarto en el East Village estaba cerca al Lee Strasberg Institute y rodeado de restaurantes de todos los países —una vez conté treinta en un solo lado de la calle—, también había bares, galerías de arte y teatros como La Mama que inspiró la creación de su homónimo en Bogotá.

En el East Village, sin embargo, volvió a aparecer el karma de ser colombiano. Ya había comenzado a hacer mi posgrado en Brooklyn College y en mis primeras vacaciones de verano comencé a trabajar en un restaurante italiano. Era mi primer trabajo en la vida, como mesero. El ser colombiano inicialmente me ayudó porque la primera persona que me recibió fue un muchacho de Armenia, Quindío; dicharachero, burletero, ventajoso, pero suficientemente generoso para abrirme un espacio como busboy, o sea la persona que recibe a los comensales y les lleva el pan y el agua. El quindiano solía presentarme con orgullo o decirles a los mexicanos y ecuatorianos que había allí:

—Aprendan, pendejos. Él está haciendo un posgrado.

Mis mejores recuerdos de ese restaurante son la comida que allí se preparaba y las rumbas en Queens, a las que me invitaban mis compañeros colombianos en diciembre. Yo, que lo más sofisticado que me había comido era un sudado de pollo o un plato de mondongo, aprendí que en la comida italiana puede haber entre cuatro o cinco platos en una misma sentada: el aperitivo, el antipasto, la entrada, el fuerte y el postre con un espresso espeso. Aprendí también que una pasta al burro no tiene nada que ver con el cuadrúpedo; que en el penne, el linguini y la pasta putanesca no hay nada pornográfico; que el tinto no tiene nada que ver con la Federación de Cafeteros y que Champagne es una región en el noreste de Francia. Pero entre todas las comidas que allí se preparaban, la que más me hace agua la boca son los anillos de calamar frito que nos abastecía a escondidas el chef, un dominicano robusto, alto, que cada que tenía un descanso se blanqueaba la punta de la nariz en el baño, y cuando estaba contento se golpeaba el pecho y decía “kikirikiiii”. Tampoco se me olvida su manera particular de hablarle a su amante los sábados en la noche, cuando estaba terminando su turno:

—Oye, lávate bien ese culito que ya voy pallá.

El recuerdo menos grato de aquel restaurante tiene que ver con algo que nunca me había pasado en Colombia: la manera como fui “atracado” o casi atracado en dos ocasiones. La primera fue a una cuadra del restaurante cuando iba a comenzar mi turno. Un puertorriqueño me encuelló por detrás y me dijo, “don´t move”. Al día de hoy no sé qué putas vio robable en mí, lo cierto es que sí iba elevao, como decía mi compañera de trabajo, pero reaccioné tan rápido como nunca lo había hecho en mi vida, me escabullí y en dos saltos estaba al otro lado de la calle. El otro sí fue un atraco consumado y tiene que ver con el mánager del restaurante: un italiano, cuñado del dueño, que siempre parecía estar ofuscado, con los ojos desorbitados, hablando rápido, acosando a todo mundo, mejor dicho, empericado. Yo nunca llegué a ser buen mesero y por consiguiente no era de los que más recogía propinas, pero siempre, al terminar la jornada, dos a. m. más o menos, se juntaba lo ganado por todos y se dividía por partes iguales. Pero una noche tuve mi golpe de suerte, me dieron más de doscientos dólares. El administrador nos pidió que cada uno le pasara lo que había recogido y nosotros nos paramos alrededor de él a esperar el conteo y la repartición. En determinado momento me dijo que fuera a la cocina y le trajera algo. Fui y cuando regresé me llevé una sorpresa: lo que el italiano decía que yo había hecho era mucha menos plata y por consiguiente mucho menor lo que me iba a tocar. Le expresé mi desacuerdo, que no podía ser, que yo había contado bien. Pero él armó su show, que cómo así, que de qué lo estaba acusando, que respetara y finalmente se paró gritando y me dijo:

—So, go home! ¡Si no te gusta, go home!

Yo me fui para el baño, y no a orinar propiamente.

Que a uno lo traten como a un peón en la casa de unas gringas, que le robe la plata un italiano, que no lo dejen calmar el hambre en el trabajo; incluso, que lo intente atracar un latino, puede ser un golpe duro, pero hasta entendible, en una ciudad como Nueva York. Pero hay otros golpes, más sutiles, pero más dolorosos porque lastiman a todo un país.

George Loros era la vaca sagrada de los profesores en el Lee Strasberg Institute de Nueva York: que conoció a Marlon Brando, que había actuado con Bobby de Niro, que era muy estricto, que en su clase solo podían estar ciertos privilegiados etc., etc. Logré meterme en su clase y ver unas improvisaciones de una escena de ¿Quién le teme a Virgina Woolf? En efecto, cada que Mr. Loros hacía un comentario, a mis compañeros se les corría la baba. Y recibir un elogio de este mastodonte era como ser bendecido por el mismísimo Espíritu Santo.

En las clases de la mañana, yo estaba acostumbrado a que uno podía tomarse un café mientras observaba los ejercicios. Y un día entré a aquella clase con un café en la mano. Observaba los ejercicios, tomaba nota, saboreaba el café, cuando al final de uno de los ejercicios se me acercó aquel paquidérmico y me dijo:

—You can´t eat in my class.

Y yo, mirando a los ojos a aquella mole, repliqué:

—Why? I don´t understand.

Al lunes siguiente me dijeron que no podía seguir en la clase.

Mark Zeller, mi profesor de actuación en Brooklyn College, al igual que mi gran amigo en Medellín, Mario Yepes, era uno de los profesores más antiguos y admirados de la facultad de teatro. También, al igual que Mario, era un hombre grande, panzón, bonachón y de barba profusa. Era de ese tipo de seres cuya sola presencia inspira respeto, un “maestro” por derecho propio. Y yo le recuerdo perfectamente su nombre por dos razones. La primera, por haberme dado uno de los mejores elogios de mi clase de actuación. Hacíamos un ejercicio con un poema de Dylan Thomas en el que debíamos decir unos versos mientras hacíamos una actividad física. La sutileza con la que hice la actividad física y el tempo con el que dije los textos e hice “ver” a mis compañeros espectadores lo que estaba narrando, hicieron decir a mi profesor, “perfect, just perfect”. Pero a los pocos días ocurrió algo también inolvidable. Es la segunda razón por la cual nunca he olvidado ese profesor. Era una improvisación en la que hacía una llamada a Colombia y debía transmitir, o hacer ver a mis compañeros, con quién estaba hablando yo al otro lado de línea. Aproveché el recuerdo de la llamada a mi mamá aquel 31 de diciembre desde la casa de mi anfitriona gringa. De nuevo se me quebró la voz, cayeron un par de lágrimas y terminé. Hubo un silencio inusualmente largo e incómodo en la clase mientras recogía mis cosas y me dirigía a mi asiento.

Me senté. El silencio continuaba. Nadie decía nada. Y mi querido y más admirado profesor de actuación, el más pragmático, el más metódico y organizado, con el que aprendí a amar Under Milk Wood de Dylan Thomas. Uno de los maestros que más me ha enseñado sobre la importancia de la palabra bien dicha en el escenario, sobre la importancia de su sonoridad y de las imágenes y emisiones que ellas evocan. Aquel profesor, al que le tomaba nota de cada letra que caía de su boca, volteó hacia mi silla y dijo:

—Do you have telephones in Colombia?

 —What?! —le pregunté a mi compañera Marianthi Skalubakas—. What is he saying?

Y mi ídolo repitió:

—Yeah, you really have telephones in Colombia?

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