Un ilustre desconocido
por CARLOS SÁNCHEZ • Ilustración de Señor OK
Número 148 Marzo de 2026
Rafael Barrett, español, periodista por casualidad, anarquista por “obra del libre examen” y paraguayo por adopción, fue un accidente literario y espiritual que ocurrió en Paraguay, Uruguay y Argentina entre 1904 y 1910. En tan pocos años, cuatro de ellos apurado por la tuberculosis y algunas veces por la policía, modificó el paisaje y el destino periodístico de esos países. Ocho versiones de sus obras completas, la última en 2011 en Paraguay, cerca de cincuenta antologías de su obra, investigaciones y tesis académicas recientes y de muy diferentes disciplinas ilustran su vigencia y su rizoma.
Aunque en Bogotá se publicó una antología de dos de sus libros, La solidaridad de los esfuerzos (Animal extinto, 2018), en Medellín y en Colombia la pregunta parece improcedente, pues se desconocen su obra y su nombre, tanto como su personalidad que fue otra obra que Barrett le agregó al mundo. En realidad, en Suramérica solo en esos tres países la pregunta traería respuestas suficientes.
En ellos y principalmente en Paraguay, donde es la cara más visible de la literatura nacional, después de Augusto Roa Bastos, Barrett construyó su obra de periodismo y sus cuentos, diálogos y aforismos que celebraron los escritores de mayor reconocimiento en estos países y en el mundo: Jorge Luis Borges en 1919 lo recomendó “de rodillas y con lágrimas en los ojos”, en carta a un amigo. José Enrique Rodó en 1908 en Carta abierta a Rafel Barrett, apuntó: “Yo no sé si tengo derecho a envanecerme de haber contribuido a aumentar el número de sus lectores”. Augusto Roa Bastos en 1978: “Barrett nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy”. Otros lo han llamado “héroe”, “santo” y hasta “imprescindible” siguiendo las estimaciones de Bertolt Brecht en su conocido poema, pues habitó en su periodismo, sin pausa, guiando su obra en una militancia esencialmente moral. “Todos tenemos la obligación de vaciarnos antes de desvanecernos”, escribió, cuando ya se había vaciado casi todo.
En su vida de imprescindible abundan episodios que lo instalan en la leyenda y lo alargan hasta el mito que su obra no necesita y que su vida no rechaza ni contradice porque le pertenecen. Que nació en la aristocracia española. Que casó, al menos, cinco duelos de caballero. Que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán apadrinó uno de ellos. Que llegó a Paraguay como corresponsal y más bien se enlistó como soldado de una revolución. Que se inició como periodista a los 27 y dejó de hacerlo a los 34 cuando murió, puede decirse, de periodismo. Que en tan poco tiempo construyó prolífica, profunda obra siempre intransigente con los poderes, incluso antes de declararse anarquista. Que en esos años vivió la cárcel, la difamación, la censura, el destierro, la pobreza sin pausa, algún atentado y también el plagio y la gloria aunque una gloria crepuscular, tres meses antes de morir y entregarnos su huella tan altamente comparable con la de José Martí.
En este punto es probable que la pregunta inicial haya derivado en otra: ¿por qué no conocemos ese periodista? Buenas preguntas en este 2026 que es el año de su sesquicentenario natal.
Como las ponderaciones de una escritura se muestran mejor así mismas que con palabras ajenas, se ofrece aquí una muestra mínima. El resto está en Google.
La gloria
Carta abierta al señor de Phocas, en la revista Germinal, de Paraná, República Argentina:
Distinguido señor:
He visto que se dedica usted a firmar mis Moralidades, empresa poco difícil, y sin embargo superior a las fuerzas de una persona decente; pero ¿tienen razón las personas decentes? ¿No contribuyen también las demás, y tal vez mejor, a hacer justicia? Ya que las Moralidades actuales son tan de su gusto, permítame, elegante señor de Phocas, que le consagre y dirija la que estoy escribiendo en el instante, la más actual de todas, sin disputa.
Mi impresión primera fue de rabia. Si la musculatura física de usted es por el estilo de su musculatura moral, y hubiera usted estado a mano cuando abrí la revista y contemplé mi artículo prisionero, inerme y huérfano, quizás no lo hubiera usted pasado bien. Al cabo de unos minutos me serené y sonreí, consolado de este… ¿cómo diré?… de esta sustracción. Y Dios sabe que tengo al que sustrae el pensamiento y el alma por ladrón absoluto, y al que sustrae oro por ladrón relativo y en ocasiones disculpable y hasta meritorio. Mas usted conoce ya mis opiniones. La moralidad titulada El Robo, y publicada no ha mucho, ha sido de seguro leída por usted y me atrevo a esperar que la habrá usted hallado digna de su firma y de ser estampada en Germinal.
Pues bien, no solo me consolé; le quedo profundamente agradecido. Me ha proporcionado usted la sensación exquisita de la gloria, del naciente rayo de la gloria.
¡No llevo dos años de escritor militante, y ya me plagian! Y no me plagia un cualquiera, sino el señor de Phocas, el refinado personaje de Juan Lorrain, el rival del no menos maravilloso Des Esseintes de Huysmans. Tener la certeza de agradar a alguien encanta; tener la certeza de agradar a un señor de Phocas, y de agradarle hasta el extremo de arrastrarle, a él, tan delicado y pulcro, a la tentación y al delito, es cosa soberbia. Gracias, distinguido señor.
Por otra parte, ¿qué importa la firma? A usted le gustan mis ideas, las reproduce y las propaga; he ahí lo esencial; ¿qué importa la etiqueta Rafael Barrett o señor de Phocas? ¿Será distinto el vino? ¿Dejarán de ser mías las ideas? Son ellas las vivas, y no mi nombre, letrero casual. Son ellas las que constituyen mi personalidad, lo único de mi espíritu, y no las letras de mi apellido. Usted es mi vehículo, el medio de que mis ideas circulen, algo así como mi cabalgadura mental. Usted me es útil. Usted y los que son iguales a usted me son necesarios. El saqueo ha fundado la propiedad moderna. El plagio, ¡oh señor de Phocas!, fundará mi reputación y mi gloria. Porque yo, que no soy tan genio todavía, quiero serlo, quiero la gloria. Un día vendrá, señor de Phocas, en que no podrá usted plagiarme, pues los pedazos de mi sensibilidad, dispersos por obra de usted y compañeros, se habrán integrado en una gran individualidad solitaria, que llamaremos X. Y todo lo que yo haga será inmediatamente reconocido como de X; y si usted se arriesgara a suscribir una moralidad futura, la gente exclamaría por doquier: “¡Oh, el señor de Phocas caloteando a X!”.
Y entonces se cumplirá el segundo período de la gloria de X, o sea de Rafael Barrett. En lugar de imprimir mi prosa con firma ajena, pondrán mi firma a la ajena prosa. Usted, señor de Phocas, caso de que sobreviva a sus crímenes, aprovechará mi nombre para tratar de dar aceptación a sus propias producciones, y quizá de este modo conseguirá usted salir de la mediocridad en que yace.
Se pensará que bosquejo una triste imagen de la gloria. ¿No hemos de contar con el amor honrado de los hombres?
¡No! La vida que no es lucha es olvido y muerte. La admiración que no es envidia es indiferencia. La energía que no remueve el fondo cenagoso y cruel de la humanidad no es energía. La gloria sin plagio no es gloria.
¡Salud, señor de Phocas!
(6 de febrero de 1907)
La plegaria del burro
La reciente psicología comparada revela que los animales —sobre todo los animales superiores— tienen lo necesario para ser tan infelices como nosotros; deseos, inteligencia, manías morales, remordimientos y la ilusión de la responsabilidad. El perro es hasta religioso; su dios es el hombre. Consultad los estudios de Anatole France sobre Riquet, el can de monsieur Bergeret, y quedaréis convencidos. Maeterlinck, en su artículo Sur la mort d’un petit chien, opina igual, y asegura que el perro es la única especie con que se comunica la nuestra, de alma a alma. El caballo padece un espanto incurable. Está medio loco. Las otras bestias domésticas no piensan sino en tragar. Yo, y perdóneme el gran Maeterlinck, haría una excepción con el burro. Se le ha colocado científicamente junto al caballo, pero eso no prueba nada, como no prueba mucho nuestro parecido exterior con el mono. La naturaleza gusta de disfrazarse, y no es prudente juzgar por la cáscara el fruto. Creo que somos también los dioses del asno, y que su metafísica y su teología son más profundas, más alemanas que las del perro. El asno nos reza. Escuchemos su plegaria. No seamos sordos como las demás divinidades. Escuchemos:
Hombre omnipotente, a ti me entrego en cuerpo y en espíritu. Tómame: ¿qué asno habrá bastante ciego para no ver que eres el creador del cielo y de la tierra? Si creas faroles y focos rechinantes que disipan las sombras nocturnas, vencedoras del sol, ¿no hemos de reconocerte el poder de crear el mismo sol y las exiguas estrellas? Y si creaste el pasto esencial, el grano absoluto, ¡oh señor de las mieses!, ¿no habrás creado plantas y cosas menos útiles? El que puede lo más puede lo menos. Hombre innumerable y sutil, dueño mío, tú fabricas establos sublimes y altas viviendas que duran tanto como cien generaciones de burros. Sin duda me engendraste a mí, que duro tan poco. Si existo, es por tu infinita bondad. ¿De qué te sirvo yo, torpe, lento, ingrato, irreverente, a ti, amo de los carros de fuego que devoran la distancia rodeados del universal terror? Tu mano sagrada sostiene mis horas. Cada minuto de mi existencia es un beneficio tuyo.
Tú me das de comer —¡oh misterio adorable!—, tú permites que te transporte de un punto a otro, que oprima mis lomos tu excelsa persona. ¡Y cuántas veces te he llevado con sacrílega distracción! Pero cuando resplandece tu inagotable misericordia es cuando me castigas, cuando haces caer tu santísimo palo sobre mis huesos.
Si te ocupas de mí, es con un fin trascendental. Me pegas desinteresadamente; me corriges como padre amoroso. Te propones elevarme a la vida perfecta. Tu rigor es benéfico. Mis pecados formidables merecerían torturas sin término. El crimen mayor del burro es su soberbia. Soy impaciente, colérico, cruel. Soy, además, lascivo. La lujuria de la burra, su perfidia disimulada a veces bajo las apariencias del pudor y de la virginidad nos traen vergonzosas catástrofes. ¡Ay! La burra es amarga como la muerte.
Tus palos divinos me indican mi deber; debo ser humilde, casto, resignado. No debo desanimarme en la lucha. La carne del burro es flaca, las tentaciones numerosas, pero Tú me ayudarás. Los cortos días que pasamos en un mundo de penas y de horrores obscuros, y lo inmenso de nuestros sueños, me dicen que el alma del burro es inmortal. Después que me hayan enterrado resucitaré, si fui burro y supe aprovechar las enseñanzas de tu palo santísimo; entonces me uniré a ti, y contemplaré en tu espléndido rostro la sonrisa de la eterna reconciliación.
Entonces obtendré tus caricias, que aquí abajo serían absurdas. Cuenta la leyenda que un Hombre cabalgó sobre un asno sin fustigarle, y entró así en una ciudad donde les recibieron entre palmas. Aquel Hombre era débil, y los Hombres le pusieron en una cruz. Hicieron bien. Mi Hombre es el Hombre fuerte, el Hombre del palo. Sin el palo tu majestad sería inconcebible. Obedecido y reverenciado seas por los siglos de los siglos, y hágase tu voluntad, y no la mía. (Me parece que es lo que más me conviene por ahora).
(27 de mayo de 1909)
Etiquetas: Carlos Sánchez , Edición 148 , Paraguay , Rafael Barrett , Señor Ok
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