Serpentinas y basiliscos
Lucas Vargas Sierra
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En Serpentinas y basiliscos, lo cotidiano se abre, casi siempre de manera inesperada, hacia lo absurdo, lo fantástico, lo monstruoso y lo profundamente humano. Detrás de sus criaturas extrañas, situaciones imposibles y giros inesperados aparecen preguntas reconocibles: qué hacemos con el amor cuando se acaba el tiempo, cuánto pesa una culpa, qué significa sobrevivir, de qué manera convivimos con la muerte y hasta dónde estamos dispuestos a llegar para conservar aquello que creemos perdido. En algunos relatos, el humor negro convive con la ternura; en otros, la violencia se mezcla con la belleza o lo sobrenatural irrumpe en la situación más ordinaria. Sus personajes suelen encontrarse al límite: atrapados, envejecidos, heridos, obsesionados, desesperados o simplemente incapaces de comprender del todo aquello que les sucede. Sin embargo, aun en los momentos más oscuros, aparecen pequeñas formas de belleza: una mano que busca otra bajo el agua, una luz que llega lentamente a una habitación, un recuerdo que se resiste a desaparecer. Quizá por eso estos cuentos nos resultan tan cercanos: hay en ellos un monstruo interno que está por saltar de la ventana.
Habitación 801
¿Saben de qué hablo? Hablo del sudor, la saliva y la sangre. Hablo de Hércules y Maximiliano. Hablo de Van Damme. Lo hago desde el fondo de mi corazón ruñido de cicatrices. Son las seis. En alguna parte se encienden los reflectores, luces blancas golpeando un círculo de arena. Alguien pasa recogiendo las apuestas, hay manos que se tensan, brazos donde dejan su tatuaje las cadenas. De vez en cuando un ladrido solitario, solo. Cuando empiece será todo silencio. Jadeos y lamentos, dientes que crujen, pero en silencio. También de ese silencio hablo.
Fue mi tío el que me inició, una tarde de junio que habría sido idéntica a las otras. No tendría por qué recordar que era miércoles, que bajamos desde la finca en su camioneta, que desde el volco Octavio ladraba a los motociclistas. Siempre me dijeron, de niño, que no me acercara a los perros de mi tío, que eran bravos, malas bestias. Siempre desobedecí. Me gustaban sus cuerpos duros, firmes, los parches de piel rugosa que dejaban al sanarse los mordiscos. No sabía amar otra cosa, no lo sé. Ese aferrarse a la vida y no querer soltarse. Esa elegancia bruta de la supervivencia. Mi tío vio eso en mí antes que yo, por eso me mostró.
¿Qué? La belleza. La brutalidad en la belleza. Ahora lo comprendo. Al fin.
Las peleas se acordaban afuera de Monterrey. Veías a alguien paseando en el sentido contrario a la autopista. Caminabas tras él, sin prisa. Los perros parecían decidir por uno. Si el de adelante esperaba, si gruñía, si se tensionaba la traílla. Entonces se acompasaban los pasos. Se intercambiaban nombres y número de victorias y derrotas. Peso. Raza. Por lo general allí mismo, entre el gemido del tráfico, se proponía una fecha. Cuento esto ahora porque el lugar y la dinámica han cambiado, y porque me estoy muriendo. Ahora hay grupos de Telegram donde se suben fotos, videos, incluso algunos bien editados. Los highlights de las peleas viejas. Siento que ha perdido pureza con todo ese espectáculo.
Mi tío también me enseñó que lo importante era fijarse en las patas y en los huevos. Buenas patas. Buenos huevos. Buen peleador. Todo lo demás puede entrenarse. Pero la firmeza y la ferocidad son biológicas. Patas. Huevos. También quiso enseñarme que está bien llorar. Cuando Octavio perdió lloró a los gritos, lo abrazó bajo la luz de los reflectores, manchándose el traje. Esa vez fui más consciente que las otras veces de que éramos extraños entre la multitud, y de lo mucho que lo respetaban. Cuando volví después de su muerte uno de la vieja escuela se me acercó. Me apretó el hombro. “Era cacorro, pero todo un hombre. Esto no será lo mismo sin él”. No lo fue. Hacía falta alguien que llorara a los derrotados. Yo nunca pude. Nadie pudo aprender.
No era una cuestión de amor. Todos amamos a nuestros perros. Todos. Eso no significa que ellos nos amen de vuelta. A mi tío sí. Eso era otra extrañeza. Ese era un secreto que nunca me enseñó o no tuvo tiempo de enseñarme o a lo mejor no puede enseñarse. Todos los perros que tuvo lo amaron. Todos. A nadie le pasa eso. Hay dos opciones, sin punto medio. Te aman o te odian. Hay los que dicen que lo más difícil es entrenar la mordida. Que aprendan a agarrar sin soltar. Por eso las llantas y las cuerdas en los árboles. Por eso el ejercicio de balancearlos mientras cuelgan. Cinco minutos, y luego diez, y luego quince, y luego veinte. Hércules era capaz de estar una hora sin aflojar. Enseñar eso toma tiempo, pero no es lo más difícil. Si hay alguna dificultad basta con hacerles comprender que de esa mordida depende la vida. Apenas lo entienden se esfuerzan. La vida es terca.
No, lo más difícil es soportar el odio. Uno lo soporta porque uno ama. Pero es difícil. A veces sabes que te odian con razón. Van Damme me odiaba. Nadie nunca me ha odiado con esa intensidad. Si alguna vez me amó, no lo recuerdo. Es posible que lo hiciera. Al principio es fácil. Amar, digo. Sin embargo, mi historia con Van Damme está tan llena de odio que ese amor primero es un fósforo que se apaga entre la niebla. Intuyo el humo, pero no lo veo. Era un buen perro. Peleó mejor que muchos otros. Tenía que sacarlo del coliseo usando una vara con bozal. No porque despedazara los cuerpos, como a veces otros hacían, embrutecidos por la sangre. Van Damme jamás se habría rebajado así, nunca perdió el control. Por eso había que tenerle cuidado. Una astucia de esas. Era brillante.
Solía aguardar sin moverse la primera dentellada. En ocasiones regalaba incluso la primera sangre. Sabía que ninguno iba tirar el primer mordisco en serio, que no había ninguno tan imbécil ni tan inexperto. Esa era inteligencia verdadera. La que espera que los demás también sean listos. Pobre, pobre Van Damme. Existen los perros idiotas. Aquiles era un bruto.
No saben cuánto duele. No pueden imaginarlo. Cada vez. Cada vez duele. Yo reconocí el cadáver de mi tío. Nadie quiso ir excepto yo. Duele así. Aquiles mordió sin guardarse fuerzas. Todas las ganas en el primer mordisco. No le importó que fuera la pata trasera. No le importó que Van Damme pudiera girar y morderle el cuello. Mordió para triturar. Comentaban luego que fue el dolor de la fractura lo que congeló a Van Damme, previniendo el contrataque y permitiéndole a Aquiles retirarse ileso del primer contacto. Se equivocan. Fue el desconcierto. No podía creer que hubiera un animal tan estúpido como para arriesgarse así. Era contrario a la supervivencia.
Después intentó ganar. Peleó como un titán. Pero una pata rota es una pata rota. No pudo sostenerse. Al final, Aquiles estaba lleno de heridas, pero Van Damme no podía levantarse. Se iba. Era evidente. Además de la pata, la columna. Corrí a abrazarlo. Quería tenerlo en mis manos, consolarlo mientras llegaban con la inyección. Pegué su cuerpo al mío. Sentí el odio como un calor viscoso. Supongo que de ahí sacó las fuerzas. Un último gesto.
Torció el cuello y me mordió el brazo. No alcanzó a hacerme sangrar. Posó los dientes en la carne casi como si me maldijera con una caricia. Entonces pude haber llorado.
Lo peor de este sitio es que no te dejan tener perro. La comida es mala, la atención es mala y a veces vienen parejas de voluntarios extranjeros que pretenden que te escuchan para practicar español. Pura lástima insidiosa. Sería tolerable con la compañía de un perro. Dicen que es un asunto de higiene. Riesgos de infección. Las bacterias. Tonterías. Igual voy a morirme. No me angustia la muerte. Ahora ya no. No tanto. Solo hay dos opciones: o luego hay algo o luego no hay nada. Estoy preparado para ambas. Si no hay nada, está bien. Y si hay algo, entonces espero que estén permitidos los perros. No me interesa de otro modo.
Quisiera que estuvieran todos allí. Incluyendo a Van Damme. Y si puedo pedir, me gustaría hacer las cosas distinto. Los rascaría detrás de las orejas. Miraría sus ojos. Olería su pelo mojado por la lluvia. Dejaría que durmieran a mis pies. Procuraría que vivieran para siempre. No en el honor, y la gloria, y nada de eso. No. En mí. Junto a mí. Conmigo. ¿Saben de qué hablo?



