El último samurái
por PABLO ROLANDO ARANGO • Ilustración de Señor Ok
Número 151 Octubre-Noviembre de 2026
El maestro internacional de ajedrez Óscar Castro murió el 12 de abril de 2015 en Medellín, a los 62 años. Él hubiera querido pasar inadvertido, y casi lo logra. Pero los genios llaman la atención, aunque no quieran, y a veces justamente la llaman porque no quieren. Uso esa gastada palabra porque no encuentro otra y porque David Bronstein, uno de los más grandes artistas de la historia del ajedrez, le dijo una vez a Castro: “Usted es un genio”; y porque Leontxo García, apenas se enteró de la muerte de Castro, escribió una nota en El País de España en la que apuntó certeramente: “Era un genio que nunca quiso ejercer como tal”.
Además de un genio ocasional frente al tablero, Óscar Castro fue otra clase de rareza: el sabio bufón, el hombre que no pierde los estribos ni siquiera después de beber sistemáticamente durante semanas o meses. Es uno de los pocos tipos que he conocido que era capaz de permanecer un buen tiempo en ese estado “fugaz pero precioso, tan difícil de mantener” (como lo describió uno de sus mayores conocedores) que justifica el uso de expresiones como “alumbrado” o “colocado” para referirse a la inusual lucidez que solo muy pocos son capaces de lograr a punta de arruinarse.
Castro aprendió a jugar tarde (a los doce años) en comparación con la mayoría de ajedrecistas y con el estereotipo del niño prodigio. Él decía que se había enganchado al ajedrez a los trece años (“crecí y aprendí a jugar ajedrez entre prostitutas”). La metáfora adicta es mucho más exacta en este caso de lo que se piensa: como hombre propenso a las propensiones, vivió y murió como un yonqui del ajedrez. Solo quienes hayan oído la llamada proveniente de ese abismo de 64 casillas pueden comprender que alguien sea capaz de entregar ya no horas ni días sino la vida a descifrar las interconexiones y las posibilidades del juego. Había entrado a estudiar matemáticas en la universidad, pero el ajedrez lo sacó de esa otra bruma.
En 1969 ganó el Campeonato Nacional Juvenil, y en 1970 el Campeonato Nacional de Mayores. Era el jugador más joven en lograrlo. La gente de Antioquia vio algo excepcional en el muchacho e hicieron las gestiones necesarias para mandarlo al Mundial Juvenil en Estocolmo (1969). Allí se clasificó para la ronda final, perdió una interesante partida con Karpov —que luego sería campeón mundial— y le ganó a András Adorján, que era el campeón juvenil europeo y que terminó ese torneo en el segundo puesto detrás de Karpov.
Esos primeros torneos en Colombia lo cruzaron con el otro gran bohemio del ajedrez colombiano, Carlos Cuartas (quien murió en 2011 en Itagüí). Cuartas y Castro fueron amigos desde entonces hasta el final. Una vez, a punto de empezar la primera ronda del Torneo Internacional de la Feria de Manizales, alguien se le acercó a Cuartas y le preguntó por Castro. Cuartas dijo que habían estado jugando en Cali y que Castro se había quedado bebiendo pero que no demoraría en llegar. Alguien apuntó que Cali estaba muy peligrosa y que los ladrones estaban usando mucha escopolamina y que temía por el destino de Castro. Cuartas lo tranquilizó: “No se preocupe que él llega después de acabar con la escopolamina”.
Todos los que lo conocieron expresan la impresión de que Castro, absurdamente, renunció a su destino de gran jugador. Todos, al mismo tiempo, reconocen que fue alguien singular: como esas personas cuya principal obra en la vida son ellas mismas. Cuando Castro estaba conectado con el espíritu del juego era realmente grandioso. Despreocupado hasta lo inconcebible, desapegado de todo lo que a los demás nos enloquece, podía jugar maravillosas partidas en torneos en los que sin embargo le iba mal. Es el caso del Torneo Interzonal de Biel, en 1976, en el que quedó de antepenúltimo (puesto 18 de 20), pero les infligió dos impresionantes derrotas a Efim Geller y a Tigran Petrosian. Petrosian fue el noveno campeón mundial y un jugador que tuvo una muy pobre relación con la derrota: en ese Interzonal quedó en el segundo puesto porque la única partida que perdió fue contra el colombiano. Esa partida ilustra muy bien el estilo de juego y la forma de vida de Castro: le cedió a Petrosian varios peones de ventaja para distraer su pieza más importante, la dama, y así poder atacar al rey del campeón armenio. De hecho, hubo un momento en que las pérdidas materiales de Castro eran excesivas y, con un juego perfecto, como el de las computadoras de ahora, Petrosian tendría que ganar. Pero ningún humano puede jugar como una máquina, y a Petrosian se le estaba acabando el tiempo y tuvo que tomar varias decisiones difíciles con muy poco tiempo para pensarlas (a Castro le gustaba repetir una frase del gran Mijail Tal, a quien conoció justo en ese Interzonal de Biel, que decía: “El tiempo que no tienes vale más que las piezas que sí tienes”, cambien “las piezas” por “el oro” y tendrán uno de los aforismos de todos los tiempos). Durante la partida, el excampeón mundial le ofreció el empate en dos ocasiones a Castro, pero este lo rechazó asombrosamente (ya que la diferencia de nivel entre Petrosian y Castro equivale a un abismo: cualquier jugador con la clasificación de Castro apenas podría delirar en sus ensoñaciones más optimistas con arrancarle un empate a un campeón mundial. En su autobiografía, Mijail Tal dice que esta era la única derrota de Petrosian contra un jugador de menor categoría). Esta victoria de Castro causó cierto revuelo en la legación soviética, no solo porque es muy raro que un jugador de la elite absoluta como Petrosian, justo en uno de los mejores momentos de su carrera, pierda con alguien ubicado tan abajo como Castro, sino porque “el Terrible” Viktor Korchnoi, que en ese momento jugaba por última vez en representación de la Unión Soviética en Ámsterdam, apenas se enteró de la derrota de Petrosian llamó al gran maestro Genna Sosonko y le pidió que le diera unas felicitaciones a Castro con cien dólares de regalo. Korchnoi odiaba a Petrosian y a los jugadores soviéticos fieles a la línea oficial del Partido Comunista. Tres días después defeccionó y se quedó a vivir como asilado político en los Países Bajos, y continuó siendo uno de los mejores del mundo por varias décadas. Boris de Greiff se lamentaba de que el periódico El Tiempo no hubiera querido pagarle unos honorarios a Castro para cubrir el torneo y, de paso, ayudarle con los gastos del viaje (De Greiff le había hecho la propuesta al director del periódico). Pero cuando el triunfo del colombiano contra Petrosian se volvió una noticia deportiva mundial, El Tiempo tuvo que pagar para reproducir las notas de prensa escritas por otras personas. De Greiff admiró y quiso a Castro desde que este empezó a brillar en los tableros. Lo llamaba el Mulato, y señalaba que su fuerza natural de juego era muy superior a lo que indicaba su clasificación oficial. “Cuando está en forma, le puede ganar a cualquiera, algo que puede decirse de muy pocos”, decía De Greiff, quien le prestó su impresionante biblioteca de ajedrez a Castro, y allí pudo este darse la educación autodidacta que le permitió convertirse en ese raro jugador intermitentemente fulgurante y erudito de cantina que fue.
Efim Geller, por su parte, fue un eterno candidato al título mundial, y uno de los más grandes jugadores del siglo XX. Es uno de los pocos jugadores que derrotó a ocho campeones mundiales, y terminó con un marcador positivo contra cuatro de los más grandes jugadores de todos los tiempos: Botvinnik, Smyslov, Petrosian y Fischer. En una revista francesa, la victoria de Castro contra Geller fue reproducida bajo el título “Cuando Castro ve lejos”, que hace referencia, nuevamente, a una entrega de material por parte del colombiano a cambio de un mayor dinamismo para la única torre que le quedaba en juego y con la que finalmente derrotó al ucraniano.
Esos años de la segunda mitad de los setenta y comienzos de los ochenta fueron probablemente los mejores de su carrera: en 1976 quedó segundo en el Torneo de Costa Brava, donde derrotó a otro de los mejores del mundo, Bent Larsen, famoso por haber sido un niño prodigio y por su visión estética del juego. (Borges menciona aprobatoriamente que Larsen, en una ocasión, jugó hasta recibir el jaque mate —una práctica inusual, ya que los jugadores abandonan cuando saben que están perdidos— únicamente porque quería ver realizada la bella secuencia de jugadas sobre el tablero). Acerca de esa partida me cuenta Luis H. Aristizábal que Castro le dijo no sentirse muy orgulloso, ya que Larsen no había dormido la noche anterior. Luis H. le preguntó si él sí había dormido, y Castro le dijo: “No. Pero es que yo estoy acostumbrado”. En resumen, en 1976 Castro derrotó a tres de los mejores jugadores del mundo en ese momento, una hazaña prácticamente imposible para un jugador con su clasificación (y para cualquier ser humano que llevara la vida que llevó él).
La partida que le ganó Castro en 1979 al gran maestro islandés Guðmundur Sigurjónsson (una miniatura formidable, según Boris de Greiff, la mejor que había jugado Castro) fue presentada por el British Chess Magazine como “Trampa diabólica”. (Boris de Greiff le dijo a Luis H. Aristizábal que esa es la mejor partida “desconocida” que incluyó en su magnífico libro Mil y una partidas de ajedrez). Esta partida es una pequeña joya de lógica e imaginación, en la que Castro ve más allá que su rival y se da cuenta de un sutil detalle que arruina por completo los planes aparentemente seguros de las piezas negras: parece que Castro tendrá que perder, como de costumbre, uno de sus peones a cambio de conservar su pieza más valiosa, la dama. Pero la idea magnífica que se le ha ocurrido implica precisamente entregar su dama para que las pocas piezas que le quedan se coordinen de una manera tan formidable que la presión que ejercen se vuelve irresistible.
En 1980 quedó segundo en el Torneo de Linares, y tanto en 1980 como en 1981 ganó el Festival de Benidorm. En esos años jugó con el equipo de ajedrez del Club Olot de Cataluña y en 1977 ganaron el Campeonato de España por Equipos. En total, Castro ganó el Campeonato Nacional colombiano en cinco ocasiones.
Los aficionados colombianos asistimos a varios momentos brillantes contra jugadores menos destacados —lo cual no importa ni le importaba a Castro—, en los que él alcanzaba la conexión que todos los ajedrecistas buscan con las ignotas leyes del juego. Alguna vez dijo que su única aspiración era “jugar bellas partidas y, si es posible, ganar”. A la belleza tuvo acceso como pocos, al triunfo no. Había aprendido de Carlos Cuartas que el triunfo o la derrota son apenas incidentes. También le gustaba repetir un verso de Arquíloco: “Comprende que en la vida impera la alternancia”.
En su necrológica, Leontxo García apunta que Castro “era mucho más popular que lo normal con su categoría como jugador”. Se refiere a que Castro no llegó a convertirse en Gran Maestro (el escalón más alto en la clasificación de la Federación Internacional de Ajedrez, FIDE) y permaneció en una modesta posición en la clasificación de Colombia y el mundo. Todos los que conocemos algo del ajedrez colombiano sabíamos que Castro tenía una fuerza de juego superior a la de varios jugadores mejor clasificados que él. En varias ocasiones lo vi enfrentar a algunos de los grandes maestros colombianos y, cuando estaba en forma, podía barrerlos del tablero. Pero, aunque la popularidad de Castro se basaba en algunas de las hazañas ajedrecísticas que mencioné, se debía principalmente a lo que él era dentro y fuera del tablero. Era una suerte de Diógenes el cínico del siglo XX. En un mundo en el que todos queremos ganar, ser admirados y tener cosas, él solo quería jugar y contemplar la belleza; en un juego, deporte o lo que sea que fuere el ajedrez, en el que los profesionales van detrás de los premios y el reconocimiento, él rechazó todo eso y, con su enorme talento, tenía las mismas aspiraciones, puramente estéticas, que cualquier jugador de café; en un mundo en el que muchos de nosotros somos incapaces de dormir sin un techo sobre la cabeza, él vivió y murió en la calle. A los jugadores disciplinados y estudiosos, pero con menos fuerza natural, les parecía una especie de alienígena que derrochaba su genio en banalidades y distracciones como la literatura (era un lector omnímodo) y el vicio (era un bohemio integral: podía dedicarse, como en un oficio que requiere concentración y esfuerzo, a beber por semanas, meses).
Hay gente que no diferencia entre su vida y lo que hace, su oficio o profesión (los griegos, más sabios que nosotros, no separaban las dos cosas y llamaban a todo eso arte o ciencia). Ante el tablero, Castro desplegaba las mismas virtudes socráticas, cínicas, estoicas que lo hicieron un enigma para todos nosotros por fuera del tablero. Recuerdo, por ejemplo, un torneo clasificatorio para la final del Campeonato de Mayores de Colombia. Era en Medellín, iba punteando otro maestro internacional y jugaba la última partida contra Castro. Con un empate, el otro se alzaría con el torneo, y los dos, él y Castro, clasificarían para la ronda final del campeonato que se disputaría en otra ciudad. Era normal esperar un empate arreglado, y el otro le hizo llegar la propuesta a Castro. Casi cualquiera habría aceptado de inmediato. Castro rechazó la oferta. Ya en la partida, el otro le ofreció a Castro el empate más la plata del primer premio, y Castro lo rechazó de nuevo. Al final, jugando con negras, borró del tablero al otro, ganó el torneo, la plata (que luego despilfarró en cuestión de horas) y se clasificó para la ronda final.
En ese mismo torneo, Castro anduvo todo el tiempo con un libro de literatura japonesa, Hagakure de Yamamoto Tsunetomo (que se traduce como A la sombra de las hojas y contiene el código guerrero del samurái). Mientras todos los jugadores, jóvenes y viejos, estudiaban las publicaciones especializadas de ajedrez más importantes (el Informador y la Enciclopedia yugoslavos —todavía, ¡ay!, existía Yugoslavia—), Castro leía el libro de los samuráis. Al final del torneo, durante el acto de premiación, un muchacho que apenas se iniciaba en las competencias se le acercó, pasmado, le señaló el libro y le preguntó si eso era lo que él estudiaba para jugar al ajedrez. Castro le contestó: “Claro. Las leyes del samurái. ¿No ve que esto es un campo de batalla?”.
¿Hasta dónde llega nuestra admiración por aquellos que pueden llevar vidas que seríamos incapaces de soportar por una semana siquiera? En 2008, Castro se clasificó para la Olimpíada de Ajedrez que se jugaría en Dresde. Tenía algunos problemas con sus documentos (la cédula empeñada en un bar, el pasaporte en otro) y, ante la demora para presentarlos, la Federación Colombiana de Ajedrez (Fecodaz, sí, tal cosa existe) decidió sacar a Castro del equipo olímpico y darle el cupo a otro jugador. Castro perpetró una carta de reclamo y uno de los directivos de Fecodaz le respondió con una larga filípica en la que, entre regaños y consejos, le recordaba a Castro algunos episodios supuestamente vergonzosos de su carrera. Usando el recurso retórico de enumerarle a Castro las cosas que él, el funcionario, no había hecho en la vida (que eran, precisamente, las que sí había hecho Castro), en el mejor momento le dice:
“Maestro, yo nunca he sido acusado ni he estado preso en Rusia por prostitución. Nunca le he echado borracho la madre al presidente de la FIDE en alguna olimpíada y ni he sido sancionado por eso. Nunca me ha guardado la policía por empelotarme en lugares públicos… Nunca en el Continental de Argentina llegué borracho a la sede a las cuatro de la mañana con mariachis despertando a todos los demás jugadores, haciendo quedar mal el nombre de Colombia… Nunca, después de un torneo en Duitama me he gastado en una noche cuatro millones de pesos de la premiación en un lupanar, llevándome a jugadores jóvenes y produciendo tal escándalo que el alcalde no volvió a patrocinar torneos de ajedrez”.
Como puede verse, la envidia del funcionario va in crescendo. No solo la de él. La mayoría de jugadores habría querido recordarle la madre a Florencio Campomanes, el presidente de la FIDE durante catorce años, quien la manejó en una manguala con los rusos, en el estilo mafioso instaurado por el gran jugador y canalla Mijaíl Botvínnik. Para evaluar el resto de las ejecutorias de Castro propongo la siguiente versión del imperativo categórico: actúa de tal manera que puedas soltar una carcajada en el lecho de muerte. El tipo termina la carta sugiriéndole a Castro que se mire en un espejo para que encuentre “al verdadero causante de tus desgracias”. Castro puso punto final al incidente con una nota en la que desistía de participar en la olimpíada y remataba siguiendo el consejo: “Me miro al espejo y veo con sorpresa mi rostro surcado por arrugas, pero constato que la mayoría son de reírme. Os dejo con vuestras disputas, seguid felices”.
El otro apunte de Leontxo García que no quiero dejar pasar es que Castro era “generoso hasta el absurdo”. La sorpresa con que jugadores y aficionados lo veían deshacerse de la plata que ganaba en los torneos era el equivalente exacto del asombro de sus contrincantes ante las jugadas geniales en el tablero. Castro recibía un premio de ocho millones de pesos en un torneo y en unas pocas horas ya había repartido la mitad entre prostitutas y mendigos. En una semana, en una noche a veces, ya no tenía nada y volvía a pedir prestado. Su forma de obtener plata consistía principalmente en conseguir préstamos, ganar torneos y dar clases de ajedrez. Con preponderancia de lo primero, desde luego. A Leontxo García le dijo una vez: “Hay días en que me levanto y decreto una amnistía general para mis deudores y acreedores. Estos son siempre más numerosos”. Pero la gente le volvía a prestar porque era imposible resistirse a su magnetismo, a la impresión de que estábamos obligados a cuidarlo; y porque muchos habrían pagado por una borrachera con él o por unas cuantas palabras.
Al verlo salir de sus borracheras oceánicas, con el aspecto de un mendigo o un sobreviviente de un bombardeo, la gente que recibía las primeras noticias sobre su vida o lo oía hablar no podía dar crédito a sus sentidos. Recuerdo una ocasión en la que estábamos un grupo de amigos conversando en un café de la Plaza de Bolívar de Manizales. De pronto pasó Castro, sucio, sin zapatos, los ojos vidriosos y caminando resueltamente, como de afán, en dirección a la catedral. Entonces lo llamé. Se sentó con nosotros y se los presenté a mis colegas. Conversamos un rato, nos contó que llevaba un par de semanas en La Galería (“Me pasé de copas”, dijo) y que iba a buscar un amigo para que le prestara plata. Yo le presté algo, se despidió y siguió su camino. Ante la sorpresa teñida de pánico de mis contertulios por el contraste entre la compostura y la elocuencia de Castro y su aspecto visible y aromático, hice un breve perfil de su carrera como ajedrecista. Entonces un amigo exclamó: “Me siento como si hubiera conocido un cliché cinematográfico: un desechable que derrotaba campeones del mundo”.
Esa doble impresión de fragilidad y fortaleza nacía desde el fondo de su misterio. ¿Cómo podía preservar su cordura con semejante vida? ¿Cómo podía recuperarse después de tantas décadas de vicio y locura? Cargaba todas sus pertenencias en una bolsa de plástico: un libro, un cepillo de dientes y unos calzoncillos y, cuando entraba en sus insondables borracheras, lo perdía todo menos su alma: podías conversar con él por horas, aunque estuviera borracho. Era mucho más estimulante y divertido que las conversaciones con muchos sobrios.
“Uno sabe que llegó a Colombia cuando todas las mesas son cojas”, decía. Este aforismo resume la visión de Castro: percibía perfectamente el desajuste, pero no se quejaba; veía la brecha que hay entre las cosas como son y como deberían ser, pero sabía que es insalvable; caminaba por el filo de una cuchilla a cuyos lados estaban la parodia y la seriedad, el absurdo y la belleza.
Un amigo cuenta que Castro tuvo problemas con la policía en Viena por dormir en un parque (aunque tenía habitación en un hotel). Esto era usual y las historias abundan. El 28 de marzo de 2015 se coronó campeón de un torneo en San Antero en el departamento de Córdoba (en el que participó el actual campeón nacional, Gran Maestro, Alder Escobar, quien hizo los mismos puntos que Castro pero no fue favorecido por el sistema de desempate). Como de costumbre, se puso a beber. El 8 de abril algunos amigos lo acompañaron en los tragos para celebrarle el cumpleaños en un club de ajedrez en Medellín. Como de costumbre, siguió bebiendo. El sábado 11 de abril, o la madrugada del 12, se cayó en la avenida La Playa en el cruce con la carrera Girardot, se rompió la cabeza y murió. En las fotografías del levantamiento está tendido debajo de un árbol, con las manos cruzadas sobre el pecho, como si se hubiera acostado a dormir. Casi no encuentran a un familiar para reclamar el cadáver. Los ajedrecistas recogieron plata, como en una borrachera de parque, para cubrir los gastos del entierro. Lo velaron jugando al ajedrez y bebiendo, entre risas y lágrimas. No puedo imaginar un mejor final de partida.
La editorial Jaravela de Manizales acaba de publicar la segunda edición de Grandes borrachos colombianos, en la que el autor aprovecha para corregir y ampliar los textos de la primera edición y agregar otros capítulos. El autor completó este perfil del gran ajedrecista Óscar Castro, que publicamos aquí en su versión más larga. El libro lleva un prólogo de Luis Miguel Rivas.


