La deuda del padre Evaristo
por ADELAIDA VENGOECHEA • Ilustración de Cahorro
Número 151 Octubre-Noviembre de 2026
El pueblo de Bocas de Yegua llevaba tres meses sin que el cielo tuviera la decencia de abrirse cuando llegaron los primeros calores de noviembre. El Magdalena bajaba flaco y amarillo, casi avergonzado de sí mismo, y las mujeres lavaban la ropa en orillas que antes eran fondo. El padre Evaristo Contreras Palomino celebraba misa con el cuello de la sotana pegado al pescuezo como una mordaza, y atribuía el calor a la tibieza espiritual de su grey, que era su manera de no decir que Dios también sudaba.
Nadie recordaba con precisión cuándo había muerto Candelaria Maturana. Algunos decían que fue en el 49, otros, que en el 51, pero todos coincidían en que murió bailando en la fiesta de la Virgen del Carmen, que el corazón se le fue sin avisar mientras ella daba una vuelta de cumbia con los brazos en alto y las caderas en su propio tiempo. La enterraron con su pollera amarilla porque nadie tuvo el valor de quitársela, y el padre Evaristo le prometió una misa cantada cada noviembre, en su nombre, hasta que el mundo se acabara. El mundo no se acabó pero la memoria del padre sí empezó a fallar, y llevaba ya dos años sin cumplirle.
Fue Petra Insignares, la vendedora de pescado frito, la primera en escucharlo. Dijo que oyó un tambor viniendo del río a las tres de la madrugada, un golpe sordo y continuo como el latido de algo muy grande enterrado bajo el barro. Se levantó dormida, salió al patio en camisón y empezó a bailar entre las matas de yuca sin que sus pies le pidieran permiso a su cabeza.
Su marido la encontró al amanecer con los pies en carne viva y una sonrisa que él no le conocía desde el noviazgo. Cuando intentó detenerla, ella lo miró con unos ojos que él describió después ante el padre Evaristo como “los ojos de alguien que está muy lejos, pero muy contento de estarlo”.
Para el mediodía bailaban doce personas. Para la noche, veintisiete.
Evaristo Contreras era un hombre que había sobrevivido a la violencia, a la diarrea del 46, a un obispo que lo odiaba y a tres intentos de traslado, pero nunca había visto nada que le doblara el espinazo como lo que encontró en la plaza esa tarde. Los bailarines no paraban. No era euforia ni borrachera —él conocía bien las dos cosas—. Era algo más profundo y más antiguo, como si la tierra misma les hubiera enredado los pies en sus raíces y no los quisiera soltar.
Reconoció el ritmo. No podía no reconocerlo: era la cumbia que Candelaria Maturana bailaba siempre en las fiestas, esa que empezaba lenta como pregunta y terminaba rápida como respuesta. Nadie tocaba ningún instrumento. El sonido salía del suelo.
“Padre, mis pies no me pertenecen”, le dijo el sacristán Otoniel, bailando mientras lo decía, con lágrimas que no eran de tristeza sino de algo para lo que no existe nombre en castellano. Esa noche el padre no durmió. Rezó, fumó dos cigarrillos que guardaba para las emergencias del alma, y supo —con esa certeza que no viene de la razón sino de la culpa— exactamente qué era lo que estaba pasando.
Al tercer día bailaban 64 personas y el resto del pueblo las miraba con una mezcla de terror y envidia que nadie confesaba en voz alta. Llegaron curiosos de La Dorada y de Mompox en canoas y en champán, y algunos de ellos también fueron atrapados por el ritmo antes de poder volver al agua. Los que resistían eran los viejos que ya no tenían rodillas para bailar, los niños muy pequeños y, curiosamente, las mujeres embarazadas, a quienes el baile parecía respetar como se respeta una tregua.
El calor aumentó. El río bajó otro palmo. En las noches, desde la orilla, quienes miraban decían que la luna se veía distinta, más roja y más baja, como si también quisiera ver.
Al cuarto día Evaristo intentó exorcismos. Roció agua bendita sobre los bailarines, que siguieron bailando mojados y más contentos. Leyó el ritual en latín con voz que él creía firme y que todos oyeron temblar. Nada. El quinto día recibió un telegrama del obispo preguntando qué demonios pasaba en Bocas de Yegua, y no supo qué responder porque la respuesta exacta era que no eran demonios sino algo mucho más específico y mucho más personal.
La noche del séptimo día el padre Evaristo fue al cementerio solo, con una vela y sin sotana, que era su manera de ir a hablar sin el peso del oficio. La tumba de Candelaria Maturana tenía flores frescas que nadie había puesto —flores de río, lilas de agua y una palma de iraca trenzada que olía a fiesta—. Se arrodilló en la tierra seca y habló en voz baja como quien no quiere que Dios escuche.
Le dijo que lo sentía. Que se le había olvidado, que el tiempo pasa distinto cuando uno envejece, que las intenciones no alcanzan cuando las acciones faltan. Le dijo que ella había sido la mujer más alegre que él había conocido en cuarenta años de sacerdocio y que merecía su misa y mucho más. Le dijo, y esto último lo dijo con la voz partida, que nunca había bailado en su vida y que lo lamentaba, porque si hubiera bailado alguna vez tal vez habría entendido antes lo que ella le estaba pidiendo.
La vela no se apagó aunque soplaba viento del río. Eso lo tomó como respuesta.
El octavo día, al amanecer, el padre Evaristo celebró la misa más rara que jamás vio nadie en el Bajo Magdalena. La celebró en la plaza, sin altar y sin banco, con los bailarines moviéndose alrededor como una marea de faldas amarillas y pies rotos. Cantó él solo porque el coro no podía detenerse a cantar, y cantó con una voz que nadie le conocía, una voz que venía de más abajo que la garganta.
Cuando llegó al momento del ofertorio, hizo algo que ningún manual litúrgico contempla: sacó un par de maracas que había tomado de la casa del difunto músico Fermín Escorcia, cerró los ojos, y tocó. Torpemente al principio, con vergüenza, con esa torpeza de quien llega tarde a una fiesta que debió haber celebrado hace años. Pero tocó.
Los que estaban mirando dijeron que fue en ese momento cuando el ritmo del suelo cambió. Se volvió más suave, como despidiéndose. Y uno a uno, como velas que se apagan sin viento, los bailarines fueron deteniéndose. Cayeron sentados donde estaban, algunos llorando, la mayoría con esa expresión de quien acaba de regresar de un sueño que no puede contar.
Cuando el último paró de bailar, empezó a llover.
Dicen que desde ese noviembre el padre Evaristo nunca faltó a la misa de Candelaria. Y dicen también —esto lo dicen más bajo, como quien no quiere que el obispo escuche— que el padre aprendió a bailar cumbia. Que se le veía a veces, tarde en la noche, solo en la sacristía, moviéndose apenas, con esa torpeza honesta de quien cumple una deuda que contrajo demasiado tarde pero que al menos tuvo el valor de pagar.
Los bailarines tardaron semanas en recuperar los pies. Petra Insignares nunca volvió a vender pescado frito porque dijo que sus manos seguían oliendo a fiesta sin importar cuánto las lavara, y que era una señal de que debía dedicarse a otra cosa. El río volvió a su cauce en diciembre.
Nadie en Bocas de Yegua habla de aquello con extrañeza. Hablan de ello como se habla del clima o de las crecientes: como de algo que el río y sus muertos hacen de vez en cuando para recordarles a los vivos que las promesas no se pudren, se fermentan.
Y que los muertos que amaron bailar tienen mucha paciencia, pero no infinita.


