Los parias de blanco: memoria y resistencia en tiempos de violencia
Francisco Zuluaga MD
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Los parias de blanco, escrito por Francisco Zuluaga MD, reconstruye la dura realidad que enfrentaron los médicos en Medellín durante los años más violentos de la década de los ochenta y los primeros años de los noventa en la Policlínica. A través de una narración cercana y testimonial, el autor relata cómo el miedo, la presión hospitalaria y la violencia marcaron el ejercicio de la medicina en una ciudad golpeada por el narcotráfico y el conflicto urbano. Desde la mirada del doctor Nando, protagonista de la obra, se retrata la experiencia de quienes trabajaron en hospitales y salas de urgencias intentando salvar vidas en medio del caos.
El libro es un homenaje al personal de salud que debió enfrentar jornadas extremas, heridas de guerra, amenazas y un profundo desgaste emocional. Con una narrativa honesta y reflexiva, Francisco Zuluaga presenta una memoria íntima de aquella Medellín convulsionada, resaltando la valentía silenciosa de médicos y enfermeras, pero también las secuelas que dejó esa época en quienes estuvieron en la primera línea de atención.
La carnicería de baldosas blancas
En la carrera de Medicina, una vez superadas las materias denominadas básicas, los estudiantes pasaban al hospital para los semestres clínicos. En esa rotación, el trauma siempre fue lo que más sedujo a Nando. Era una atracción difícil de definir. Encontraba en esta práctica médica una belleza irreal, una simbiosis entre lo caótico de la atención y la sapiencia del médico, que aplicaba lo mejor de su sabiduría para que el herido se recuperara, sin juzgar, claro, a ninguno de los pacientes, independientemente del bando del que provinieran.
Su bautismo de fuego en la Policlínica ocurrió una tarde cualquiera. Nando pasó por la enorme sala de emergencias y dijo que quería estar en un turno apoyando al personal. Su ofrecimiento, por supuesto, no fue rechazado. En el ingreso a la sala le llamaron a un médico que parecía estar a cargo, y que, sin presentarse ni considerar ninguna cortesía, le soltó una andanada de preguntas:
—¿En qué semestre está? ¿Sabe suturar? ¿Sabe de fracturas? ¿Sabe poner un tubo a tórax?
Nando le confesó que solo había suturado naranjas, práctica de los estudiantes que les sirve para aprender a manejar la aguja y el hilo con los que se cierran heridas. A pesar de su inexistente experiencia, y ante la alta demanda de pacientes en la Policlínica, el médico le respondió:
—¡Suficiente! Venga para acá y póngales cuidado a las instrucciones.
Iba vestido con ropa de estudiante: bluyín, camiseta de manga corta y unos tenis blancos que le había regalado una tía. Arriba de ese atuendo se puso una bata blanca, recién comprada, que tenía el logo de la universidad estampado en verde a la derecha del pecho. En la sala, los demás médicos de diferentes categorías y especialidades estaban ocupados con una multitud de pacientes. Casi nadie se fijó en él. Solo escuchó un comentario, que no fue disimulado y que no supo de dónde vino.


