Tras ser abandonado, el cuerpo de Fernando Botero peregrinó algo más de dos semanas: primero de Mónaco a París, donde envainó un señorial féretro de plomo en el que voló a Bogotá y a Medellín para recibir honores y luego ser cremado en la Atenas suramericana. Los restos del artista paisa recorrieron más de veinte mil kilómetros hasta regresar a Pietrasanta, en Italia, pueblo en el que viviera con su amada Sophia Vari durante décadas en las que, además de tomar el sol y montar en bicicleta, decidieron compartir la eternidad en el sepulcro.
Ciudadano de honor del comune di Pietrasanta desde 2001, la prensa italiana ha agradecido al maestro por elegir a su país y se ha enorgullecido de sus genes, al sacar a rodar la leyenda de que en 1780 los hermanos Giuseppe y Paolo Botero abandonaron Génova y se embarcaron rumbo a América del Sur para cumplir el sueño antioqueño. Por su parte, los medios españoles han agradecido la generosidad de Botero por las exposiciones que en los años noventa descrestaron a un país que apenas conocía la democracia; pero sobre todo por las esculturas que el artista sembró en varias ciudades de España, como un gigante feliz al que le gustaba arrojar doscientos kilos de bronces, por aquí y por allá, para que pelechara alfalfa entre sus sombras durante los próximos milenios. También le agradecieron a Botero los diarios de Estados Unidos, sobre todo los de Nueva York, donde en los años setenta el maestro se convirtiera en una firma de la vanguardia del arte.
Mientras tanto, en el Granero del barrio Carlos E., Alberto contaba que, durante las obras del Museo de Arte Moderno de Medellín (MAMM), Botero vino a tomar aguardiente con Alejandro Obregón. Dicen que, cuando era niño, Fernando le decía a su mamá que le gustaba más el huevo duro que tibio, hasta que una mañana vio a doña Flora rebañar una yema con un pedazo de arepa: la masa de tela blanca del maíz que se mezclaba con el líquido causó un cortocircuito en sus sentidos y quiso pintar su volumen anaranjado. Vivían en la casa familiar de Mon y Velarde con Caracas, donde el niño tenía una caja de colores al óleo que le había regalado su hermano Juancho, algunas ilustraciones de pilotos, de mujeres rubias y la ilusión de triunfar como torero. La plaza de toros La Macarena había sido inaugurada pocos años antes (1945), con un estilo arquitectónico neomudéjar que, décadas después, un político inescrupuloso destrozaría para techarla. Banderillero cumplidor, Botero se entrenó con disciplina para ser matador de toros, aprendió el arte de la tauromaquia con la esperanza de pedir la alternativa y triunfar en las arenas de Colombia, Venezuela, México y España, hasta que una tarde vio un pitón atravesar la pierna de uno de sus compañeros. Al volver a casa pensó en dibujar la arena, las vértebras y la sangre; entonces sintió terror y satisfacción. Corría el año 1948, Colombia se desangraba tras el magnicidio de Jorge Eliécer Gaitán y Fernando Botero vendía su primer óleo de toreros por dos pesos.
Tras discutir con el rector de la Universidad Pontificia Bolivariana sobre la obscenidad de sus dibujos, el 17 de junio de 1949, publica en el periódico El Colombiano su ensayo: “Picasso y la inconformidad del arte”, por el que es expulsado del colegio. Sin embargo, El Colombiano lo contrata para hacer ilustraciones de poemas y cuentos. En el Liceo de la Universidad de Antioquia reafirma su compromiso con las causas sociales y la bohemia: se relaciona con artistas e intelectuales con los que acude a tertulias en casas de elegantes señoras que jugaban a las cartas en el barrio Lovaina. Gustos que conservará, pues, de mayor, Botero se describía como una persona de izquierdas cuya alma quería que fuera a visitar las tiendas donde venden aguardiente.